Por José Luis Rojo, SoB 446, 2/11/17

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El “reformismo permanente” de Macri

Un plan de guerra contra los trabajadores

José Luis Rojo

“Ni la dictadura se animó a tanto’. El presidente de la Asociación de Abogados Laboralistas, Matías Cremonte, repasó el borrador de la reforma que circula entre gremios y abogados y fue taxativo: ‘Es una ley hecha a la medida de los empresarios” (Página 12, 31/10/17).

Finalmente Mauricio Macri comenzó a revelar las medidas que tenía guardadas bajo siete llaves durante los largos meses de campaña electoral.

Lo suyo fue algo artero porque se la pasaron vendiendo globos y diciendo que no se iba a tomar “ninguna medida que afectara a la población” y se terminaron despachando con un ataque en regla que agarra a la población mirando para otro lado.

El ataque es global: laboral, tributario, en materia educativa, jubilatorio y se hace bajo la excusa de que las contrarreformas en Brasil “condicionan al país”…

En el fondo, es la confirmación del carácter que el gobierno tiene desde el primer día de su gestión (y que desde nuestro partido acertamos en definir): un gobierno agente directo de los empresarios y el imperialismo, ajustador y reaccionario.

De todas maneras, sería un error completo ceder a la presión de la desmoralización k, impresionarse. Esta actitud tiene un elemento cínico vinculado a la política de Cristina de no hacer olas: echarle la culpa a la gente que votó al oficialismo y a esperar a las elecciones de 2019. En criollo: resistir sin aguante.

Ocurre que, en cualquier caso, las reformas del gobierno deben pasar por el parlamento; y si este es una cueva de bandidos que seguramente le votará muchas de ellas, también es verdad que convertir estos brutales ataques en ley les da un estatus político que puede terminar favoreciendo que se construya un foco de resistencia a las mismas.

La traidora burocracia de la CGT ha sido un factor clave en toda esta picardía oficialista: se dejó conscientemente “engañar” para no hacer olas antes de las elecciones; y ahora resulta que no se trata de una “negociación gremio por gremio” ¡sino de una contrarreforma laboral brutal con un proyecto de ley que tiene 56 páginas!

La tarea del momento es clarificar acerca del carácter antiobrero y antipopular de las nuevas medidas de Macri y prepararse para organizar la resistencia desde abajo, al tiempo que se sigue trabajando por una alternativa política que surja por la izquierda de los dos bloques patronales, el macrismo y los k.

Con Brasil en el espejo

Macri ha dicho que se lanza a un “reformismo permanente”. Parece claro que esta nueva etapa que inaugura el gobierno luego de imponerse en las elecciones, expresa un categórico giro a la derecha de su gestión.

En realidad, su carácter de gobierno derechista y empresarial venía marcado desde su asunción hace dos años. Pero resulta ser que recién ahora el gobierno aparece consolidado: con todo el poder para llevar adelante las medidas que podían esperarse según su conformación.

Hay varios aspectos a destacar. El primero es el profundo sentido de clase de todas las medidas y / o proyectos de ley que propone el oficialismo. Su sesgo es abiertamente patronal; de ahí que los empresarios sean el sector que está festejando a manos llenas a estas horas.

Si comenzamos por la reforma laboral, con solo ver algunos de sus ejes (los desarrollamos in extenso en otras notas de esta misma edición) queda claro su carácter antiobrero, el salto cualitativo que significara en la explotación de los trabajadores de imponerse: “El texto, que ya llegó a los gremios, sorprendió a los especialistas por su parecido ‘a la brasilera’. ‘Modifica toda la ley de contratos de trabajo, incluso algunos aspectos que ni (el ministro de Economía de la última dictadura militar), Alfredo Martínez de Hoz, se animó a tocar” (Página 12, 31/10/17).

Adelantémonos a señalar que en esto Macri no hace más que seguir la tónica mundial. Es lo que está ocurriendo en Francia, en Brasil y muchos otros países y con las mismas excusas: que los trabajadores tendrían “muchos privilegios”, que de esta manera “no se puede competir” y cuestiones así, que solo expresan la vuelta de rosca que está ocurriendo internacionalmente en la explotación de los trabajadores[1].

Lo concreto es que mientas se reduce el impuesto a las ganancias empresariales y las cargas patronales (¡entre otros múltiples beneficios para los capitalistas!), el proyecto de ley macrista apunta a reducir a la mitad la indemnización por despidos.

En vez de tomar el sueldo bruto de los trabajadores para el cálculo del mes de indemnización por año trabajado[2], se tomaría simplemente el básico, que todo el mundo sabe que es mucho menor (entre otras cosas porque los empresarios siempre han maniobrado para que no se pase al básico sumas enormes de los ingresos obreros).

Otro ataque brutal, el más grave de todos, es que se habilitaría a pactar convenios a la baja por lugar de trabajo y hasta por trabajador en relación a la ley de contrato colectivo y al convenio que rige el sector. Una reforma que se ha impuesto en Brasil y que desmiente rotundamente el “compromiso” de antes de las elecciones de que “la ley de contrato de trabajo no sería tocada”.

Por otra parte, otra embestida altamente peligrosa, es el verso macrista de que en la Argentina “habría demasiados sindicatos”… La única explicación para muchas de las conquistas obreras que subsisten en nuestro país, es que la clase trabajadora está altamente sindicalizada para el promedio mundial (37% de los trabajadores se encuentran afiliados).

La crítica al nivel de sindicalización de la clase obrera argentina es un clásico que apunta a profundizar su fragmentación para incrementar así la explotación  por parte de los empresarios. Llevándola la fragmentación  de este modo a niveles como los de Estados Unidos o varios países de Europa (por no hablar de Chile y otros de Latinoamérica), donde la sindicalización apenas si llega al 10% de los trabajadores.

Si de la reforma laboral pasamos a la impositiva, se trata de otro escándalo: la misma no viene más que a ratificar la transferencia de riquezas que el gobierno viene operando desde comienzos de su mandato[3].

Dicen que la reforma tributaria tendrá efecto fiscal “neutro”. Pero esta es una trampa para esconder que le sacaran más a unos, los trabajadores, y menos a otros, los empresarios. Es que la reforma tiene como uno de sus caballitos de batalla bajar la alícuota de ganancias -las verdaderas, la de los capitalistas-, del 35% al 25%, lo que de todas maneras es ya un chiste porque la Argentina figura tercera o cuarta en el ranking de mayor evasión mundial de este impuesto.

Junto con ellos, también se les permitiría a los empresarios desgravar aportes del impuesto al cheque, además de reducirles las cargas patronales sobre sus empleados, cuestión señalada arriba.

Como contracara de esto está la cantinela de “ampliar la base impositiva”. Pero esto lo único que busca es universalizar cada uno de los impuestos. Es decir: aquellos que pagamos todos pero que tiene una carga mucho mayor sobre aquellos que viven de un salario que respecto de los que son millonarios.

Aquí hay una doble trampa: ocurre que la universalización impositiva significa una norma igual para personas desiguales (Marx): pagan lo mismo un millonario que un trabajador (que gana el mínimo). En proporción, el trabajador paga muchísimo y el millonario, nada. Para el macrismo y su mundo del revés el impuesto “distorsivo” sería el “más injusto”: ¡aquél que lejos de ser universal haría que paguen los que más tienen!

Se reduce el pago a las ganancias empresarias. ¿Qué se pone en su lugar? Por ejemplo, un impuesto del 17% por encima del IVA y demás impuestos que ya pagan las aguas gaseosas y las cervezas y los vinos, todos los consumos populares.

Además, el proyecto es cuidadoso en reducir el impuesto a la verdaderas ganancias, pero no toca un centavo del aberrante impuesto al trabajo: el componente fundamental hoy del impuesto a las “ganancias” en este mundo del revés que es la Argentina macrista (¡y atención que este impuesto lo sostienen a pie juntillas también los k!).

Y no nos olvidemos de la reforma jubilatoria, donde nuevamente se piensa modificar la forma de calcular los aumentos de las mismas (arrastran también asignaciones familiares y otros beneficios sociales), para que su aumento sea en menor proporción de lo que subirían estos ingresos miserables con la fórmula de cálculo actual (se los quiere aumentar estrictamente por la inflación; lo que quiere decir congelar estos ingresos en la miseria que se paga actualmente)[4].

Un mundo del revés

¿Cuál es el ángulo legitimador de estos anuncios? Se trataría de medidas para “modernizar” el país.

Apoyándose en la corrupción kirchnerista, en su aprovechamiento del poder para enriquecerse, esta ofensiva antipopular se desarrollará en nombre de la pelea “contra las mafias que no permiten que progrese el país”; del capitalismo de libre mercado como alternativa “superadora” del “capitalismo de amigos”, “estatista”, del gobierno anterior.

En el mundo del revés macrista los trabajadores serían “privilegiados”; los sindicatos serían “corporaciones mafiosas”; y el “enemigo” es el trabajador de al lado. Un nuevo relato, una nueva “batalla cultural” para negar cómo funciona la realidad: ¡que el chupasangre del obrero es el capitalista, que lo explota con ritmos de trabajo infernales y le paga una miseria salarial!

Se trata de una “modernización” medio rara porque en vez de permitir el progreso de la sociedad trabajadora, el progreso se llevaría adelante colocando a la mayoría en una situación de mayor vulnerabilidad: en una regresión de sus condiciones de vida, trabajo, salario, acceso a la educación, jubilaciones etcétera[5].

Ocurre que una verdadera modernización sólo puede provenir del desarrollo de las fuerzas productivas: del crecimiento económico y el mejoramiento de las condiciones de vida y trabajo de la mayoría. Pero en esta materia lo único que ha logrado Macri hasta el momento es una recuperación anémica que simplemente está colocando al país en los niveles de 2015 (sin que se verifique, paralelamente, ningún boom de inversiones como las varias veces anunciado[6]).

El déficit comercial crece, lo mismo que el fiscal. La mayor parte de las divisas que ingresan al país, van a la timba financiera; mientras tanto, el país se endeuda cada vez más (la debilidad de las exportaciones industriales es una muestra palmaria de que no está en curso ninguna “modernización” real).

El único crecimiento que se ha verificado ha sido el de la construcción (que es sabido no es multiplicador de la inversión productiva), amén de los productores agrarios beneficiados por toda una serie de medidas a comienzos del 2016 (¡y ahora por el nombramiento de Etchevehere, ex presidente de la Sociedad Rural, al frente del Ministerio de Agroindustria!).

Mientras tanto la industria languidece en bajos niveles y el empleo privado industrial sigue por detrás del 2015.

No impresionarse

Es verdad que estas medidas expresan un categórico giro a la derecha del gobierno. También es real que este 2017 parece saldarse con una consolidación de los gobiernos reaccionarios tanto en Brasil como en nuestro país (un dato no menor para toda la región).

Por otra parte, la inmensa mayoría de la dirigencia política patronal “opositora” salió muy mal parada de las elecciones. Si el kirhcnerismo sufrió una derrota digna, de todas maneras su futuro es un interrogante. Difícilmente Cristina pueda ganar una nueva elección presidencial. Sólo la izquierda aparece con una fuerza ascendente si bien todavía de amplia vanguardia y no de masas.

Por otra parte, el papel de la CGT (y la CTA) no podía ser más vergonzoso. Durante el 2016 realizaron sólo la movilización del 29 de abril y este año un paro general sin continuidad en el mismo mes; después de eso nada más.

Conscientemente se prestaron al juego de que en el país “no se venía una reforma tipo Brasil” y ahora los trabajadores se desayunan con un plan de reforma laboral esclavista.

Es evidente que no se puede tener ninguna confianza en la CGT y que la tarea pasa por organizarse desde abajo (lo que de todas maneras no excluye que los burócratas se vean obligados a convocar medidas de fuerza dada la dureza del ataque).

Sin embargo, sería un error impresionarse y pensar que el gobierno ya las tiene todas consigo, que el plan ya pasó.

Una contradicción de importancia es que el pasar las reformas a leyes, las coloca en una caja de resonancia política que puede impactar negativamente sobre la sociedad y desatar grandes crisis.

Es posible que aprovechen el verano para votar parte de este paquete cuando la población trabajadora esté distraída disfrutando de su merecido descanso.

Pero en algún punto se van a producir enfrentamientos. Es muy difícil que pase un ataque de esta naturaleza sin enfrentamientos, sin poner a prueba las relaciones de fuerzas más generales entre las clases.

Ahora mismo persiste una prueba de fuerzas alrededor del caso Maldonado. La canallada del juez Lleral al afirmar que “el cuerpo no tenía lesiones” el día anterior a la elección, terminó generando en la sociedad el efecto de pensar que murió “de muerte natural”, no en medio de una represión de la gendarmería.

La movilización que se realizó al cierre de esta edición fue de cierta importancia, unos 40.000 asistentes, pero no pudo (no podía) romper el impasse que rige en la causa por cuenta del peritaje del cuerpo de Santiago. No está demás recordar aquí la entregada de los k (acompañados por el FIT), al negarse a movilizar masivamente el día que apareció el cuerpo que finalmente sería de Santiago.

Lo real es que eso junto con las declaraciones de Lleral y el triunfo electoral de Macri, han puesto esta lucha a la defensiva. Una lucha que, aun así, no ha terminado. Y que podría volver a ponerse en la palestra en caso que el peritaje de un nuevo giro.

2017 fue un año de imágenes cambiantes. La Argentina ha vivido este año como en “dos países”; dos países que para transformarse en uno monocolor amarillo, deberá pasar seguramente por importantes pruebas de la lucha de clases.

Mientras desarrollamos la tarea de explicar pacientemente el verdadero carácter de las medidas del gobierno, y nos preparamos para salir a la calle contra su ajuste antiobrero y reaccionario; mientras seguimos la pelea por justicia para Santiago, ponemos en marcha también todo un sinnúmero de iniciativa para multiplicar las filas de nuestro partido.

¡A no dejarse impresionar que en el horizonte se vienen seguramente grandes batallas en las cuales la izquierda puede transformarse en nuestro país en una fuerza histórica!

[1] Se trata de una nueva ronda de ajustes estructurales en el marco de la crisis abierta en el 2008. Una crisis que en el contexto del giro a la derecha internacional que se está viviendo en los últimos años, se pretende resolver dándole una vuelta de tuerca al ataque a las conquistas laborales y jubilatorias de los trabajadores.

[2] Cálculo que incluye las horas extras, los pagos no remunerativos, el aguinaldo, etcétera.

[3] Recordemos la quita de retenciones al agro y a las exportaciones industriales, entre otras.

[4] Agreguemos, de paso, que con la excusa de que “todos el mundo se jubile a la misma edad”, buscaran llevar a la baja todos los convenios y sectores que tienen como conquista una jubilación anticipada al promedio. Esto por no hablar, además, de la posibilidad de aumento de la edad jubilatoria para todos o, en su desmedro, la posible equiparación de las mujeres con los hombres; cualquier cosa se pueda esperar de este gobierno patronal.

[5] Lo que muestra de paso la flagrante mentira de que el objetivo del gobierno es “reducir la pobreza”, lograr que “cada día se viva un poco mejor”… Slogans de campaña solo al servicio de engañar y confundir.

[6] Señalemos que las inversiones están en algo en torno al 17% un promedio bajísimo hasta para los patrones históricos de la Argentina y muy lejos del 21% de mínima que se necesita para que el país reproduzca de manera ampliada su capital: es decir, crezca de manera genuina.

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