SoB 465, 19/4/18

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En el día de hoy Miguel Diaz Canel, 57 años, miembro de la dirección del Partido Comunista Cubano, reemplazará a Raúl Castro al frente del gobierno. La novedad es, precisamente, que por primera vez no será una persona con apellido Castro la que quedará al frente del Estado.

En el fondo, el cambio no va mucho más allá de esto. Lo que se busca es un recambio más “institucional” que en el largo período anterior marcado por el paternalismo de Fidel Castro y luego por la sucesión de Raúl Castro años atrás. 

Un recambio más institucional con un techo en el mandato sería la alternativa para estabilizar una burocracia que perdida la autoridad de la vieja guardia, busca en este tipo de mecanismos atributos de estabilidad.

Por lo demás, las elecciones para el Congreso que lleva adelante esta elección indirecta del jefe del Estado fueron tan anti-democráticas como siempre; elecciones de partido único. La isla de Cuba sigue más o menos aislada del mundo, bloqueada por el imperialismo yanqui, llevando adelante medidas de restauración capitalista a paso de tortuga; todo digitado por una burocracia que acepta introducir reformas de mercado a cuenta gotas, pero de ninguna manera dejar el poder.

Si con Obama parecía que se abría una vía a una salida negociada de restablecimiento de las relaciones con los EE.UU., de fin del bloqueo y de lenta vuelta al capitalismo, todo bajo el control del PC cubano, con Trump los términos se han modificado, pero no se sabe hasta qué punto.

En todo caso, más allá de estos elementos que venimos analizando periódicamente en estas páginas, nos resultó sumamente interesante publicar testimonios de jóvenes blogueros de Cuba, que desde una posición crítica de izquierda a castrismo (aunque no anti castristas), reflejan agudamente las condiciones de vida de los cubanos y cubanas; una suerte de “aguas fuertes” que son un alegato en contra de la burocracia al mando de Cuba desde hace años, pero que no promueven un retorno al capitalismo, sino más bien esbozan la idea de la democracia socialista como alternativa.

Elecciones en plaza sitiada

Yassel A. Padrón Kunakbaeva

“Científico, filósofo marxista, activista revolucionario. Un polovina nacido en la Unión Soviética en medio del derrumbe. Cubano de corazón.”

El sábado 10 de marzo la noche habanera estuvo particularmente animada. No puedo decir si se trata de una percepción subjetiva, pero me pareció ver una muestra de esa manera desenfadada en la que los cubanos nos tomamos los momentos complejos de nuestra historia. Tal y como una vez pasamos las vísperas de una guerra nuclear a paso de conga, esta vez enfrentamos la noche previa a nuestras primeras elecciones saliendo para la calle a pasarla bien. Porque se trata de nuestras primeras elecciones, aunque haya habido otras antes, con la misma estructura.

Por primera vez se nos ha dicho que el próximo presidente no será ninguno de esos Castro que hace sesenta años bajaron de la Sierra. La sensación de enfrentarnos a lo desconocido permanece, aunque tengamos casi la certeza de que el elegido será Miguel Díaz-Canel, aunque las listas a la Asamblea Nacional sean grises e interminables filas de cuadros desconocidos. Todo el mundo sabe que Raúl va a seguir siendo el primer secretario del PCC, y que va a seguir siendo el puntal de legitimidad del gobierno. Sin embargo, la zozobra permanece.

Hace mucho tiempo que Cuba vive en un estado de excepción. Bloqueada, cercada y agredida por la nación más poderosa de la tierra, la nación isleña ya no sabe vivir de otra manera. Nadie puede decir si la existencia de un partido único es una conquista meritoria del socialismo o una necesidad impuesta por las circunstancias de una plaza sitiada. Ambas explicaciones coexisten en el discurso oficial, a pesar de que se aniquilan mutuamente. Lo mejor que se puede decir es que el estado de excepción se ha vuelto una costumbre, hasta el punto de que se ha convertido en la normalidad.

La versión, digamos positiva, sobre la ausencia de pluralismo político en Cuba, hace una invocación al espíritu de unidad del Partido Revolucionario Cubano de Martí. Es conmovedora la idea de una unión de todos los patriotas, y tal vez sería posible avanzar con un solo partido si este fuese capaz de llevar dentro de sí la diversidad, si fuese lo suficientemente dialéctico. Pero las estructuras que copiamos del mundo del socialismo real no están hechas para eso. El centralismo democrático fue limpiado por Stalin de todo lo democrático y no quedó más que el centralismo. La idea de la unidad, cuando es aplicada con métodos de ordeno y mando, termina por transformarse en una unidad de cementerio, un desfile de sombras.

La única explicación mínimamente creíble sobre la situación cubana es la que recurre a la razón de Estado. Cuba no puede autorizar otras corrientes políticas porque servirían de quinta columna para el agresor externo. Sin embargo, este domingo, la plaza sitiada se ha llenado de urnas dónde parece incubarse algo diferente, que nadie sabe lo que es. Una gota de incertidumbre se ha colado en un lugar dónde se suponía que todo fuese marcha cerrada.

De estas elecciones va a surgir un nuevo gobierno. Para ese gobierno, los cubanos tenemos un sinfín de exigencias. Queremos salir de la situación de subdesarrollo económico en que vivimos, queremos que nuestros jóvenes no se tengan que ir del país para tener una vida digna, que mejore la situación del transporte, el agua, la vivienda. Exigimos que se lleven adelante esos lineamientos que surgieron de la discusión con todo el pueblo. Esperamos que se promulguen leyes que encaminen al país realmente hacia una situación de prosperidad. Los cubanos queremos vivir dignamente.

Lo más curioso de la situación es que los planes y caminos correctos ya están sobre el papel en documentos oficiales del Partido, y que no se cumplen por la incapacidad de los cuadros y de las estructuras. Este nuevo gobierno, tiene el encargo de traer vida nueva a las estructuras, forzarlas, ser audaz en sus decisiones y actos. Pero si son incapaces de enfrentar el gigantesco reto de arreglar Cuba, entonces no hagan nada. Tan solo no se quejen cuando otros vayan a hacer lo que ellos no pueden. Porque otros vendrán; ninguna unidad fabricada en los sótanos de la historia va a impedir que la sangre caliente de este pueblo salga a la superficie.

Cuba – Westworld y el lado oscuro del turismo

Yassel A. Padrón Kunakbaeva 2 abril, 2018

La serie de televisión Westworld, ofrecida por la cadena HBO, y aparecida en las pantallas cubanas con el título de Almas de Metal, ha sido sin duda una de las mejores producciones de ciencia ficción de los últimos tiempos. No solo tiene una buena trama, sino que penetra en puntos bastante polémicos acerca del futuro de la tecnología y el destino de la naturaleza humana. Los autores de la serie se dieron incluso el lujo de introducir toda una reflexión sobre la conciencia, su naturaleza intrínseca y las posibilidades de que sea replicada en un recipiente no humano. Se trata, con Westworld, de un producto “filosófico”: todo lo filosófico que puede ser un producto de la actual cultura de masas.

Muchas cosas podrían decirse sobre el mundo que nos ofrece la serie, ese bucólico paisaje del lejano oeste poblado de máquinas. Podría hacerse hincapié en el evidente carácter nietzscheano de la búsqueda de William, que como una poderosa bestia hace su voluntad sobre ese mundo, solo para repetir una y otra vez su sombrío destino. O podría arrojarse luz sobre la presencia de Hegel y de su impronta en la manera en que conformaron la trama de Dolores. La protagonista se lanza a un viaje a través del Laberinto, un viaje hacia la conciencia a través del sufrimiento, semejante únicamente a aquel que Hegel expuso en la Fenomenología del Espíritu. Incluso, podría hablarse del contenido marxista implícito en toda la historia. Sin embargo, la lectura que proponemos aquí es un poco más terrenal, y tiene que ver con el turismo.

El mundo de Westworld es un mundo con las reglas claras. Por un lado, están los insaciables usuarios, los huéspedes que vienen a usar el parque para satisfacer sus deseos más oscuros. Por el otro, están los anfitriones, un pueblo de autómatas con la única función de satisfacer a los huéspedes, aunque ello signifique enfrentarse a la violencia y el dolor todos los días. Puede parecer una situación límite, insoportable; sin embargo, Westworld no se diferencia mucho de cualquier destino turístico. Existe un grupo de condiciones que debe cumplir todo paraíso turístico y que en dicho parque se cumplen a la perfección. Estas son: 1) El amplio gasto de recursos naturales. Un sitio dedicado al turismo consume una gran cantidad de recursos naturales. 2) Una población completamente al servicio de los turistas, completamente objetualizada, tanto en su producción cultural como en el manejo de sus cuerpos. 3) Un tipo de individuo que se adapte a ser un mero recurso. No puede tener una gran memoria: lo ideal es que cada día se olvide de su pasado. 4) Un grupo de tecnócratas que administren el lugar, que decidan la vida y el destino de los anfitriones desde sus oscuras oficinas.

Hoy en día, estamos acostumbrados a que nos ofrezcan una imagen muy idílica del turismo. Y puede ser que algunos modos del turismo, como el de naturaleza, sean más inocuos que otros. Sin embargo, pocas veces nos hablan del lado oscuro, de los efectos que tiene esa actividad sobre la población nativa. El turismo se construye, desde su concepto, sobre la idea del consumo: un consumo asociado únicamente a la satisfacción de la apetencia. Ser un objeto de consumo es una forma de objetualización más fuerte que aquella que sufre el trabajador enajenado de los medios de producción, ya que de ti no se espera que vendas solo tu fuerza de trabajo, sino también tus palabras, costumbres, rituales e incluso tu cuerpo. En los países turísticos tiende a surgir una capa de población dedicada únicamente a actuar como el turista espera que ella actúe. Esto, en el parque de Westworld, se garantizaba de antemano: los anfitriones eran androides programados para servir.

En los últimos años, en Cuba ha crecido la idea de que el futuro económico del país está en convertir la isla en un parque temático del socialismo, con palmeras y mulatas incluidas. Apostar de ese modo por el turismo, como única opción económica, puede resultar suicida para la sociedad cubana. Avanzar por ese camino podría significar el arraigamiento de tendencias negativas. Podríamos terminar intentando emular con el Gran Maestro de Westworld, queriendo mover con un chasquido de dedos gigantescas cantidades de recursos que otros necesitan; dejando, por ejemplo, a la población de La Habana Vieja sin agua. Podríamos terminar creando una vida cultural falsa, folklórica, parecida a la que tenían los androides de la serie, hecha solo para consumo de los huéspedes. También podríamos terminar favoreciendo la reproducción de un tipo de ser humano enajenado, tercermundista, sin capacidad para sostener una misma idea por mucho tiempo. Y lo peor, podría crearse una casta de ingenieros de almas, oculta tras el cristal oscuro de los automóviles. La raza de los administradores del parque.

Cuba – Crecer entre las ruinas

Yassel A. Padrón Kunakbaev

Un día estaba yo sentado en la concurrida parada de 23 y 12 en compañía de mi buen amigo Alejandro Mustelier, cuando este compartió conmigo una profunda reflexión. Según Alejandro, el ambiente hostil en el que los cubanos nos veíamos forzados a vivir nos había convertido a algunos en verdaderos escorpiones del desierto de tres colas. Es decir, nos había transformado en criaturas extremadamente resistentes, capaces de sobrevivir en las más áridas circunstancias. La ocurrencia puede parecer graciosa, pero merece una reflexión más demorada.

La inmensa mayoría de los cubanos convivimos día a día con una realidad verdaderamente dura. Las grietas, manchas, derrumbes, etc. han pasado a ser parte de nuestra vida cotidiana; la basura misma, los escombros, el agua desbordada, son una parte necesaria del paisaje. Tanto es así, que ese mundo de las películas, en el que todo está estilizado y limpio, nos parece hasta cierto punto irreal. Más de un adolescente cubano se ha preguntado si el mundo exterior a Cuba realmente existe, y si no viviremos todos en un reality show.

Cuba se siente como un lugar que está al borde de un colapso civilizatorio. Y no se trata solo de la imagen. Vivir en Cuba implica una permanente lucha por acceder a los bienes más elementales, participar de una economía subterránea de barracudas y tiburones. El transporte urbano de La Habana es un verdadero suplicio que muchos sufren a diario; los pasajeros viajan como un ejército de zombis condenados, muertos en vida. Incluso las celebraciones en Cuba tienen algo de demoníaco: se celebra entre las ruinas de una vieja civilización.

La reacción más común entre la gente es la de tratar de esconder la cabeza, encerrarse en una burbuja, llegar a casa, bañarse, y sentarse a ver la novela. La realidad, no obstante, toca fuerte a la puerta. Son muchos los que se sienten derrotados, los que han aceptado la miseria y la angustia como la marca de sus vidas fracasadas. Entre estas personas, lo más común es el deseo de condenar en bloque al sistema político, de echarle las culpas al “gran padre” de todos sus problemas.

¿Pero qué pasa si un cubano, con deseos de llegar hasta la causa última del mal, se dedica leer a Marx, y descubre sorprendido que el filósofo le da la razón desde la lejana fecha de 1844, en la crítica del comunismo vulgar? Leer a Marx desde la Cuba del siglo XXI puede ser una experiencia interesante, sobre todo cuando se lee al mismo tiempo a Nietzsche. Uno comienza a leer a Marx con los ojos de Nietzsche y a Nietzsche con los ojos de Marx. La vida revolucionaria puede ser entendida entonces como una manifestación de la voluntad de poder; la lucha contra el capitalismo, como la determinación de construir un poderoso lazo de solidaridad entre hombres y mujeres libres.

Nuestro destino nacional, trago amargo, puede dejar de parecer algo especialmente terrible cuando se comprende que el mundo es un lugar terrible. No somos más que las víctimas de una tragedia histórica, en la que no se va a ganar mucho con sacar la cuenta de los culpables o los inocentes. Todos hemos sido cómplices de esta Revolución maldita. Nuestros padres, y un poco también nosotros, hemos bebido del dulce vino de sentirnos dignos, soberanos, la capital del antimperialismo mundial. Ahora nos toca seguir el camino al abismo.

La mejor opción que nos queda, existencialmente, es asumir la fuerza que nos da ser seres que hemos crecido entre las ruinas. Mirar de frente a la oscuridad del destino, con la sonrisa de Zaratustra a flor de piel, y atrevernos a ser libres. Rompiendo con el pasado, sintiéndonos libres de deudas y de resentimientos, es la forma en que, paradójicamente, más cerca vamos a estar de seguir en lo mejor de nuestra tradición revolucionaria. Los hijos del nuevo día son los que construirán el futuro.

Publicado originalmente en:

La Luz Nocturna

laluznocturna.wordpress.com

Cuba – A ese hombre hay que respetarlo

Miguel Alejandro Hayes Martínez – Tomado de La Joven Cuba

Cuando un cubano que vive en Cuba va a buscar un nuevo trabajo en el sector estatal, que es el que ofrece la mayoría de los empleos en nuestra sociedad, tiene que pasar determinados procesos. Dentro de estos, está el de las llamadas verificaciones. ¿Son verdaderos diagnósticos en aras de velar por una correcta contratación o un anacronismo heredado de épocas más dogmáticas?

Si bien es cierto que el proceso no se da en muchas ocasiones de la manera ideal, sí juega un papel importante en la contratación del ciudadano. Durante el proceso, en los CDR se debe buscar información sobre su comportamiento en el barrio. Si es buen vecino, si hace las guardias, si tiene una actitud político-ideológica correcta, es parte de lo que se averigua. ¿Cuál es el origen de semejante cosa? ¿Por qué se mantiene en nuestra sociedad? ¿Para qué sirve?

Todo empezó en épocas de euforia revolucionaria, -de paranoia e ignorancia diría yo-, donde el que no estaba con el proceso, es decir, el que verbalmente no expresaba su simpatía, era rechazado. Nuestra sociedad en su política, no podía convivir con esas personas. Solo podíamos construir el socialismo, se pensaba, con quienes estuvieran de acuerdo. ¿Es esa una concepción correcta?

No todo el que vive en el capitalismo está perdidamente convencido de que el capitalismo es el último estadio social y el más avanzado. Incluso, muchos extranjeros del capitalismo del primer mundo vienen a decirnos a los cubanos ‘’el paraíso’’ que tenemos, y según ellos es mejor, pero viven en ese capitalismo y regresan a él. El hecho de que vivan ahí, es lo que fortalece al capitalismo, y aunque digan que les gusta Cuba, todo su aporte es este, y solo contribuyen al proceso de construcción socialista con ahorros vacacionales.

Digo esto porque tiene que quedar claro, quién aporta a una sociedad y quién no. Marx afirmó que un sistema se valida cuando las mejores mentes trabajan para él. Eso llevado a un plano más amplio, nos conduce a pensar que se fortalece una sociedad que suma, socializa, logra incorporar individuos, no excluirlos. Al capitalismo en los marcos de estado nación, le importa que produzcan y consuman, solo quien atente contra esto representa un enemigo.

Debemos aprender alguna de esas cosas. No tiene que ser una persona simpatizante de la máxima dirección del país y de las políticas que se llevan a cabo, para que aporte a la sociedad su trabajo. Si lo excluimos, lo estamos privando del derecho laboral, incitando a la tan condenada “disidencia” y la sociedad pierde el aprovechamiento de una capacidad productiva más.

Siempre habrá quien haga uso oportunista del gastado recurso de “la plaza sitiada”, y plantee que posturas como las defendidas en este post van contra la tradición revolucionaria. Sin embargo, el más puro pensamiento revolucionario, el de Ernesto Guevara, pudiera responder ante el rechazo y la negación de empleo a quien no apoya al gobierno:

“De tal manera que hay que reconocer la realidad actual, y reconocer que hay una cantidad, una determinada categoría del pueblo de Cuba que no está con la revolución, que no tiene mucha simpatía o que no tiene ninguna simpatía, pero como individuos que venden su trabajo o su fuerza de trabajo durante determinadas horas, que percibe un sueldo, y que si lo dejan tranquilo, con su mujer y sus hijos, su forma de educarlos, él se queda en su casa. A ESE HOMBRE HAY QUE RESPETARLO.” (1 p. 171)

Bibliografía

Borrego, Orlando. El camino del fuego. La Habana : Imagen Contemporánea, 2011.

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