Por Antonio Soler, 28/8/18

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Brasil: elecciones presidenciales

Polarización, crisis e inestabilidad

Construir candidaturas anticapitalistas e independientes, que luchen por el derecho del pueblo a decidir. 

Antonio Soler

Traducción de Rosi Luxemburgo

La crisis económica abierta en 2008, la rebelión juvenil de junio de 2013, el impeachment de 2016 y la ofensiva reaccionaria vivida desde entonces, crearon un escenario crónico de crisis de representatividad, de inestabilidad y polarización política que además de otros efectos reconfiguró el mapa de la disputa político-electoral. Hoy el que está al frente en las encuestas de intención de voto está preso sin pruebas y en el segundo lugar tenemos la presencia de un candidato neofascista. Esto genera una gran polarización político-electoral y tremendos desafíos para los trabajadores y para la izquierda socialista.

Un escenario de indefinición electoral 

En las encuestas de intención de voto para presidente realizadas después del 15 de agosto se confirmó el escenario de polarización política entre Luiz Inácio Lula da Silva (PT) y Jair Bolsonaro (PSL).

La encuesta del instituto Data Folha trae el siguiente cuadro: Lula está con el 39% de las intenciones de voto, seguido por Bolsonaro (PSL) con 22%, Marina Silva (Red) con 8%, Geraldo Alckmin (PSDB) con 6% y Ciro Gomes (PDT) con un 5%. En esta investigación, los demás candidatos aparecen con el 1% o no llegan a puntuar.

Cuando la pregunta es espontánea -un nombre es sugerido al elector-, Lula dobla su índice en relación a la última encuesta, pasando su intención de votos espontáneos del 10% al 20%, Bolsonaro pasa del 12% al 15% y los demás candidatos no se presentan variaciones significativas, quedando entre el 1% y el 2%. [1]

En un posible escenario en que Lula no sea proscripto como candidato según la Ley de la Ficha Limpia, y teniendo a Fernando Haddad como candidato oficial por el PT, Bolsonaro trepa a la primera posición con el 22% de las intenciones de voto; es seguido en ese escenario por Marina (16%), Ciro (10%), Alckmin (9%), Álvaro Dias (4%) y Haddad (4%). En una segunda vuelta, Haddad pierde frente a cualquier candidato; mientras que Lula ganaría con holgura ante cualquiera. [2]

Con Lula fuera, su capacidad de transferencia de votos es una de las cuestiones electorales más importantes y puede decidir la elección presidencial. En ese sentido, según la encuesta que estamos analizando, el 48% de los entrevistados no votaría a un candidato indicado por Lula, el 31% votaría y el 18% “tal vez”, lo que pondría hipotéticamente al candidato del PT en una situación mejor.

En el corte por región, Bolsonaro tiene la preferencia del 30% de los votos en la región Sur, seguido por Dias con el 13% y Alckmin con el 6%. En el Sudeste, mayor colegio electoral del país, Bolsonaro aparece con el 22%, Marina tiene el 19% y Alckmin tiene un 12%.

En cuanto al criterio rechazo, Bolsonaro ocupa el primer lugar de la encuesta con el 39%, es seguido por Lula con el 34%, Alckmin con 26%, Marina con 25% y Ciro con 23%.

Es interesante notar que en relación al corte por género, la intención electoral de alguna forma demuestra el dinamismo del movimiento de mujeres. Hay gran rechazo a las posiciones misóginas de Bolsonaro entre las mujeres, pues entre ellas tendría solo el 13% de los votos.

El candidato preferido del gran capital, Alckmin, aparece en cuarto lugar en la carrera electoral con el 9% de las intenciones de voto, un nivel muy bajo para quien quiere llegar a la segunda vuelta. Pero, consiguió amalgamar el apoyo de la mayor parte de las asociaciones fisiológicas, el llamado “Centrão”, lo que le confiere el mayor fondo partidista, amplia estructura partidaria y mayor tiempo de radio y TV. En contra tiene que su nombre quedó ligado al de Temer por denuncias sobre su implicación en esquemas de corrupción, sus gobernaciones con fuerte barniz neoliberal y antipopular, su poco carisma para proyectarse a nivel nacional y la pérdida de electorado frente a Bolsonaro.

Haddad parte de un nivel de intención electoral bajo (4%); el PT ha sido el centro de las denuncias de corrupción y sufrió una derrota electoral al intentar reelegirse a alcalde de Sao Paulo en 2016. Pero tendrá un importante aporte de los votos de Lula que puede estar creciendo en la opción del electorado más allá del 39%. Según el sondeo, el 31% de los que votaría por Lula también apoyaría a un candidato apoyado por él, lo que le sumaría 14% más. Además, tiene bajo nivel de rechazo (21%). [3]

En el caso de Marina y Ciro parten de una posición más favorable de intención de voto: tendrán una parte del botín electoral de Lula, no están involucrados en los esquemas de corrupción y cuentan con la simpatía de diversos sectores. Pero están aislados desde el punto de vista de las alianzas partidistas, así tendrán mucho menos tiempo de TV, débil estructura partidista y bajo financiamiento para colocar la campaña en la calle.

Lo que más está impactando en ese escenario es la polarización electoral entre un candidato de característica social liberal y un candidato neofastista. Se observa que la experiencia de los últimos años de ofensiva reaccionaria y de las contrarreformas políticas y económicas de Temer hizo que la mayoría del electorado, con un fuerte corte social, regional y de género, se inclinara hacia la candidatura de Lula.

Dado que entre importantes sectores de masas Lula es una especie de mito que en cualquier situación podría usar su capacidad de negociación, articulación y dirección para solucionar los problemas nacionales, esa es una reacción “natural” en un escenario en el que la lucha directa entre las clases cedió el lugar para las elecciones.

Por otro lado, parte importante del electorado, marcadamente lo que vive en la región sur y sureste, hombres blancos, de clase media y con alta escolaridad, sectores que votaban por el PSDB, han encontrado en Bolsonaro la solución ultrarreacionaria ante la crisis crónica que vivimos. Es decir, Bolsonaro asume el papel antiLula que cupo tradicionalmente al PSDB.

Hoy por hoy es imposible prever con exactitud la evolución de las candidaturas, lo que parece seguro afirmar es que la polarización presentada arriba tiende a mantenerse al menos mientras Lula esté colocado con candidato oficial.

Las masas tienen el derecho de decidir 

Como hemos visto arriba, en este proceso electoral tenemos grandes contradicciones. Aquí queremos señalar las que consideramos más relevantes:

El candidato que tiene la mayor intención de votos (Lula), que personifica de manera distorsionada un descontento por izquierda y que ganaría frente a todos los demás candidatos, fue condenado a prisión sin pruebas y por lo que muy probablemente no podrá disputar la elección. En ausencia de Lula quien asume el liderazgo de la carrera electoral es un candidato abiertamente neofascista (Bolsonaro) que, si se consolidó, significa un enorme peligro para la organización de los trabajadores; y las candidaturas de la izquierda socialista están extremadamente relegadas por la polarización, sin una táctica electoral clara y no han logrado hasta el momento aparecer como alternativa política al lulismo para ningún sector de masas.

No se puede perder de vista que a pesar de ser enemigos mortales del lulismo, la prisión de Lula y su proscripción constituye un importante capítulo de la ofensiva reaccionaria. Esta medida, que produce un fraude electoral y ataca la soberanía popular, tiene por objeto crear las condiciones para hacer avanzar de forma mucho más brutal los ajustes a los ataques a todo y cualquier derecho. Por eso, necesitamos combatir seriamente ese ataque a los derechos democráticos. Combate que el PT nunca da de forma consecuente, ya que siempre apuesta por la salida institucional en detrimento de la lucha directa y del auto organización.

Por otro lado, la cuestión del crecimiento vertiginoso de posiciones neofascistas en Brasil no es un tema menor. Por el contrario, debe colocarse en el centro de nuestra acción política en el momento actual. El ambiente reaccionario polariza las posiciones y crea el caldo de cultivo para el crecimiento de tesis de extrema derecha populistas. Pero no se trata de una situación local: el giro a la derecha que viene sucediendo en el mundo y últimamente exacerbando en América Latina, ha llevado en Europa al crecimiento electoral de partidos de este matiz (Francia y Alemania, principalmente). En los Estados Unidos, aunque no pueda llamarselo fascista, Trump sostiene posiciones misóginas y racistas y cuenta con el fuerte apoyo de los sectores vinculados a la idea de la supremacía racial blanca y de la defensa del armamento de la “población de bien”.

Hay consenso que Bolsonaro es una representante político de la extrema derecha, una figura neofascista con todas las letras, que tiende a mantener una elevada intención de votos (alrededor del 20%) hasta el final de la campaña electoral y, por lo tanto, consolidar la construcción de un movimiento en torno a sí con sesgos protofascita que comparte efectivamente la conciencia y la organización de importantes sectores, tal como se demostró en la huelga de los camioneros. [4]

Incluso si es derrotado en la elección, Bolsonaro puede permanecer durante los comicios con un alto nivel de intención de votos, mantener su popularidad en el período post-electoral y seguir siendo un galvanizador de las demandas populares desde una perspectiva neofascista. Se configura de este modo como una fuerza real en Brasil y que potenciará el proceso de la polarización política post-electoral. Por eso, no podemos pensar sólo en el enfrentamiento de la candidatura de Bolsonaro en el marco de la denuncia política general, hay que estar abiertos a todas las formas de lucha, teórica, política y física.

En este contexto la exclusión arbitraria de Lula hace parte de la ofensiva reaccionaria que está al servicio de la imposición de más explotación y opresión a partir de octubre de 2018. Para la clase dominante es parte de su estrategia para imponer una situación reaccionaria, impedir que las masas puedan decidir con su voto quien el presidente es un paso importante: suprime la mínima democracia existente y, de antemano, impone a un presidente totalmente alineado con el sector más reaccionario de las fuerzas burguesas. [5]

Aun siendo el proceso electoral una distorsión de la lucha de clases efectiva, siendo uno de los factores de legitimación de la clase dominante y no teniendo por sí solo la capacidad de modificar la realidad política; el soslayar los fenómenos de resistencia de las masas a través de candidaturas, es un error más teniendo en cuenta que en el momento actual el voto y la elección es, por ahora, el único proceso para medir los desplazamientos y las expectativas políticas de las masas.

En ese sentido, el 39% de la población que declara voto en Lula, marcadamente la más pobre, periférica y femenina hizo la experiencia con el gobierno reaccionario de Temer, busca una salida alternativa al reaccionarismo y señalan de forma distorsionada que quieren cambios en otro sentido.

Tal dinámica tampoco exclusivamente local: el movimiento en defensa del plebiscito de independencia de Cataluña en España; la victoria de varias candidaturas de los Socialistas Democráticos de América en las primarias del Partido Demócrata, en varios estados; las jornadas de diciembre en Argentina; el movimiento latinoamericano feminista por el aborto, son ejemplos de la bipolaridad instalada en el mundo, en que la clase trabajadora viene reaccionando al ambiente reaccionario general, que si aún no se ha manifestado de forma contundente en Brasil, ha dejado pistas un pasible y fuerte entrada de la lucha de clases de forma más directa.

Que es una realidad que no podemos ignorar, pues aunque no se traduzca en lucha para que Lula pueda participar en las elecciones, el crecimiento de intención de votos en Lula tiene un gran potencial político. En ocasión de su arresto el 7 de abril no hubo una movilización de masas en su defensa, incluso porque la vergonzosa rendición de Lula no propició una conmoción más amplia, lo que demostró una relativa desconexión entre la intención de voto en el candidato y la disposición de acciones efectivas para garantizar su libertad.

Sin embargo, el crecimiento cuantitativo de la intención de votos sumado a una dura polarización electoral puede generar un salto de calidad, y lo que era sólo expectativa electoral puede transformarse en acciones efectivas de la lucha de clases, es en eso que necesitamos apostar.

Fragmentación, sectarismo y oportunismo 

A pesar del avance de la reacción, la clase trabajadora en Brasil no está derrotada y tiene fuertes reservas de lucha. Así, la tendencia es que continuemos durante el período post-electoral viendo una profundización de la crisis crónica hasta que un desenlace más categórico se imponga.

De la misma forma que en la lucha en defensa de los derechos democráticos y contra el desarrollo del neofascismo, necesitamos encarar las dificultades para que la izquierda radical alcance un auditorio político más amplio y salga del 1% de intención de voto. Esta situación puede ser explicada en parte por el hecho de que la dinámica de la lucha de clases en los últimos años. El impeachment de Dilma no permitió que se hiciera una experiencia hasta el final con el lulismo y las traiciones de las burocracias impidieron que la clase trabajadora avanzara hacia una perspectiva independiente. Pero también existen factores de orden más subjetivo, de decisión estratégica y táctica que combinados con los elementos objetivos, anteriormente señalados, impidieron que la izquierda emergiera como una fuerza política alternativa más allá de un sector minoritario de la vanguardia de los movimientos sociales, sindicales y juveniles.

Una combinación de posiciones sectarias y oportunistas, pasando por burocratismo y economicismo, marcadamente desde la rebelión de junio de 2013, dificultaron el acceso de la izquierda a sectores más amplios de los trabajadores, de las mujeres y de la juventud. Lo que se tradujo en una situación electoral muy difícil para PSOL, PSTU y PCB, las tres agrupaciones políticas con legalidad que pueden considerarse como representación de la izquierda radical.

El primer problema es la estrategia de secta que viene impidiendo un proceso de unificación de la izquierda socialista en un momento tan crucial para combatir el avance de las fuerzas reaccionarias. La alianza con el PSTU fue dificultada porque existe una pérdida total de las coordenadas políticas de esa organización en relación a la dinámica más general de la lucha de clases. El extrañamiento causado por sus posiciones hizo que esa organización se partiera casi al medio y se aislara aún más del conjunto de la izquierda socialista.

En las elecciones pasadas todavía hubo cierta discusión sobre la posibilidad de retomar un frente de izquierda para las elecciones, pero el sectarismo y la incomprensión de los desafíos estratégicos impidieron tal alianza. En ese proceso electoral, la aún mayor involución política del PSTU y la línea de la dirección del PSOL de realizar una alianza con el MTST, al cerrar por arriba los acuerdos con el MTST sin debatir claramente la táctica electoral con la base del partido y con la izquierda en general, la posibilidad de una alianza electoral quedó aún más lejos.

A pesar de su debilitamiento orgánico, por la fuerte ruptura, y político, por su desastrosa línea, contribuiría a la construcción de un frente de izquierda electoral más amplio que podría entusiasmar a más sectores. Esta fragmentación a pesar del hecho que la dinámica de la lucha de clases plantea dos desafíos combinados, por un lado la necesidad de la lucha a muerte para derrotar a la reacción y de otro de aprovechar política y organizativamente el espacio que se abre a la izquierda socialista ante la evidencia cada vez mayor de que el lulismo no puede ofrecer una alternativa efectivamente viable para los trabajadores. 

Movilizar contra la prisión de Lula, sin confundirse con el lulismo 

Debido a la responsabilidad que tiene el PSOL y su alianza electoral contra la ofensiva reaccionaria, los ataques a los derechos democráticos y la construcción de una alternativa política para los trabajadores, pensamos que es necesario reorientar la línea de la campaña electoral para que sean un catalizador por la izquierda del descontento popular más allá del lulismo.

Es necesario operar urgentemente cambios tácticos en la campaña electoral de la Coalición Sin temor a cambiar Brasil, para que podamos enfrentar el peligroso proceso de cierre del régimen, de fortalecimiento de la extrema derecha y de emparedamiento político-electoral de la izquierda radical, con una política independiente

Como dijimos arriba, la salida a los problemas reales a través de la candidatura de Lula es una fantasía contra la que necesitamos combatir sistemáticamente, denunciando las traiciones, los límites y la inviabilidad del lulismo para resistir y construir una alternativa de los trabajadores ante la crisis. Pero no podemos desconsiderar el potencial para la movilización que tiene ese fenómeno de crecimiento masivo de la intención de votos en Lula para que nos apoyamos para que podamos hacer un llamado a la acción, exigencias de que la burocracia lulista movilice efectivamente contra la prisión e inelegibilidad.

En ese sentido, es un tremendo error sectario considerar que el único problema de la prisión de Lula es que la justicia está siendo selectiva y que tenemos que luchar para que todos sean presos y agitar que “se prendan todos”, como hace el PSTU y algunos satélites, lo que impide que tengan política efectiva para actuar en el escenario actual, su política acaba siendo únicamente para el consumo interno, lo que sólo refuerza el carácter de secta de esa organización. [6]

Por otro lado, la dirección del PSOL y de la candidatura de Boulos actúa con una política no menos equivocada, pues a pesar de acertar en la línea de unidad de acción no la desarrolla de manera independiente de la burocracia lulista. Entendemos que nuestra política de unidad de acción durante las elecciones no puede limitarse a una “buena noche presidente”, como nuestro candidato hizo en el Debate de la Band, o en la defensa de que el púlpito de Lula esté presente, posición en el debate de la Red TV.

Ante el real potencial de movilización contra el brutal ataque al derecho a votar en cualquiera de los candidatos, es necesario que Boulos, los demás candidatos y toda la militancia en los debates electorales, en los mensajes de facebook, en las entrevistas de radio y televisión, en los discursos en la plaza pública, no pierdan la oportunidad de denunciar la prisión de Lula como un ataque a los derechos democráticos, y exigir que la burocracia llame a movilizaciones concretas contra la prisión y los demás ataques políticos y económicos a los trabajadores, pero sin perder nunca la oportunidad se diferencian del lullismo y de su estrategia de conciliación de clases. [7]

De ese modo, el llamado a unidad de acción, no puede prescindir de la diferenciación sistemática con el lulismo. Si no hacemos esto contribuimos a las ilusiones en Lula y en el PT, por un lado, y por otro, no estamos presentando una alternativa político-electoral estratégica. De esta forma, la lucha común en defensa de la libertad de Lula sólo ganará corazones y mentes de toda la militancia si se hace a partir de la demostración sistemática de políticas distintas.

En una situación de crecimiento de la contradicción política que está generando la prisión e ilegibilidad de Lula no es un delirio que se pueda abrir la posibilidad para la construcción de procesos amplios de movilización. Los procesos que deben concatenar un sistema de reivindicaciones que provienen de la lucha contra la prisión de Lula, pero que incluya Justicia para Marielle Franco, reversión de todas las contrarreformas de Temer y los derechos de las mujeres, de los negros y de los trabajadores.

La dinámica de lucha que se plantea de hecho abriría espacio para revertir todas las contrarreformas de Temer, avanzar en la lucha por derechos y democratizar de hecho el sistema económico y político. En un ambiente como ese, la imposición desde abajo, a partir de la movilización, de una Constituyente Soberana y Democrática podría unificar las demandas de los explotados y oprimidos, revertir las contrarreformas y resolver las históricas demandas democráticas no resueltas en Brasil.

Para finalizar, tenemos que exigir constantemente en el sentido que la burocracia llame la lucha contra los ataques a los derechos democráticos y muchas veces ver la posibilidad de tomar la iniciativa. Pero en esas luchas tenemos que estar en la primera línea, con nuestras banderas, columnas, informativos y política propia. La ausencia de la diferenciación, que vimos presenciando en la línea de la dirección del PSOL y de la campaña, hace que la correcta lucha contra el terrible ataque que quita de la mayoría del pueblo (la clase obrera) el poder de elegir de hecho en las próximas elecciones, hegemonía lulista. Así, si queremos construir una alternativa, la más amplia unidad para luchar contra la ofensiva reaccionaria no puede en ningún caso desarrollarse sin una denuncia y diferenciación política de esa burocracia.

Notas

[1] Otro dato relevante es que con Lula en el partido los votos blancos y nulos suman el 11% y los indecisos 3%, sin Lula en la ronda, los índices suben al 22% y el 6%, respectivamente.

[2] En los escenarios sin Lula, Alckmin vence a Bolsonaro por 38% a 32% y Ciro por 37% a 31%. Marina gana de Alckmin por 41% a 32% y de Haddad por 43% a 20%. Haddad pierde para Bolsonaro del 38% al 29%.

[3] Sólo el 59% oyó hablar de Haddad. En comparación con 99% de Lula, Marina, 93% y Alckmin, el 88%.

[4] Vivimos una tendencia extremadamente peligrosa en la lucha de clases, pues por más que la clase dominante y la política más general apunte a una salida mediada para las elecciones de octubre, tal como el reaccionario Alckmin por ahora, estamos ante el surgimiento de un movimiento protofascista organizado que disputa la conciencia de amplios sectores de masas, interviene en los conflictos y tiene capilaridad nacional. Este es un fenómeno de masas no visto en Brasil desde hace muchas décadas y que coloca para los trabajadores y hacia la izquierda otro nivel de polarización de la lucha de clases.

[5] No tenemos ninguna ilusión en que Lula gobernaría para los trabajadores. Pero ese operativo de impedimento pretende quitar a las masas la decisión de elegir al próximo presidente para que al quedarse fuera del proceso no se generen expectativas, no aprendan de sus experiencias, no avancen políticamente hacia alternativas más radicales y no resistan los ataques venideros.

[6] Por otro lado, apostar sólo en la lucha jurídica contra el impedimento de participación de Lula en las elecciones, es un error opuesto, que comete el MRT, pues en realidad desconsidera que se trata de una cuestión de principio la lucha en defensa de la soberanía popular y el potencial movilizador que tiene el hecho de que el principal candidato no podrá participar por estar preso sin pruebas. Esta es una contradicción que está poniendo cada vez más presión en la coyuntura y necesita encontrar una salida que pase por la movilización para ser efectiva, no sólo por iniciativas jurídicas, como propone el MRT.

[7] De la misma forma que con el tema de la prisión proscripción de Lula, es necesario construir la más amplia unidad contra la candidatura de Bolsonaro y toda acción efectiva de cuño neofascista, incluso en medio del proceso electoral, pues la historia ha demostrado que el no enfrentamiento de ese tipo de expresión política puede llevar a terribles derrotas de los trabajadores y de la izquierda, particularmente de la izquierda radical. La denuncia contra el neofascista Bolsonaro – tan fundamental y que ha sido hecha de forma correcta por Boulos – ganará más fuerza, autenticidad y penetración con una campaña que en nada se confunda con esa horrenda burocracia.

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