Por Ale Kur, 15/10/18.

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El triunfo del fascista Bolsonaro no se trata solamente de un fenómeno brasilero, sino que es parte de una oleada global de auge o fortalecimiento de fuerzas derechistas neoliberales, conservadoras y autoritarias (con sus diferentes variantes más “extremas” o más “moderadas”). Son los casos de Donald Trump en EEUU, o de las fuerzas islamófobas y xenófobas en Europa (especialmente en Reino Unido, en Francia, en Alemania, en Hungría y en Austria). En Argentina, el macrismo es una versión más “tradicional” e institucional, pero no menos neoliberal, de esta oleada conservadora. En otras regiones del mundo, esta tendencia se expresa bajo la forma de gobiernos nacionalistas autoritarios (y también neoliberales) como los de Netanyahu en Israel, Erdogan en Turquía, Putin en Rusia, al Sisi en Egipto, Al Assad en Siria, Modi en la India, etc.

Este fenómeno global, en última instancia, se trata de una respuesta por derecha a los efectos económicos, sociales y políticos de la crisis mundial de 2008, y todavía más profundamente, a la larga decadencia provocada por el sistema capitalista en las últimas cinco décadas.

En este artículo queremos desarrollar cómo se relacionan entre sí estos elementos.

1. La polarización y los gobiernos “progresistas”

Toda crisis económica tiene como efecto un aumento de la polarización político-social, ya que se agudiza la pelea entre las diferentes clases sociales y sectores de clase alrededor del problema de quién debe pagar los costos de la crisis.  Al mismo tiempo, las crisis aumentan también el descontento social y reducen la legitimidad de los partidos y figuras políticas que de una u otra forma se asocian al “statu quo”. El régimen político se desestabiliza y las divisiones políticas se hacen cada vez más intensas.

Esta tendencia pegó de lleno en los países en los que existían gobiernos aunque más no sea moderadamente “progresistas”, “populistas” o de centroizquierda, que por su naturaleza política dificultaban o entorpecían a la burguesía su tarea de descargar sobre los trabajadores todo el peso de la crisis mediante un ajuste brutal. Es aquí donde más resistencia hubo de las clases dominantes, tirando la situación cada vez más hacia la derecha, generando un clima político cada vez más conservador.

Esto fue, por ejemplo, el caso en Argentina bajo el kirchnerismo, en Brasil bajo el PT, e inclusive en Estados Unidos bajo el gobierno de Obama. Sectores de la gran burguesía pusieron en pie campañas agresivas de ataque al “progresismo” y a sus gobiernos, en el plano mediático, en el plano judicial, estimulando movilizaciones reaccionarias de las clases medias, de sectores populares conservadores y atrasados (especialmente influenciados por las Iglesias, por los medios de comunicación, etc). Como parte de estas campañas, dieron rienda suelta al racismo, a la xenofobia, al machismo, a la homofobia, al odio contra los pobres y contra la izquierda.

Así es como se formaron y desarrollaron tendencias derechistas como el Tea Party en Estados Unidos, el movimiento ruralista en Argentina en 2008 y los cacerolazos reaccionarios de 2012, el movimiento “pro-impeachment” en Brasil con crecientes simpatías hacia la dictadura militar, las “guarimbas” derechistas en Venezuela, etc.

Por otra parte, en esos mismos países, el avance de la derecha se produjo en un terreno abonado por el impacto económico y social de las crisis, que los gobiernos “progresistas” no pudieron evitar ante la ausencia de grandes transformaciones estructurales de sus economías. Por ejemplo, en América Latina, pese a un amplio ciclo económico favorable desde comienzos de 2000, los gobiernos “populistas” fueron incapaces de romper con la matriz económica dependiente, ligada a la exportación de productos primarios, fuertemente sometida al capital extranjero. En Estados Unidos, a pesar de haber generado expectativas progresistas en amplios sectores de la población, el gobierno de Obama no consiguió evitar el progreso de la desigualdad social, de la precarización laboral, de la injusticia racial – y la opresión policial- sobre negros y latinos, etc.

De esta manera, bajo el efecto de la crisis las condiciones de vida de amplios sectores populares se degradaron cada vez más en estos países, con el crecimiento del desempleo, la inflación, la precarización laboral, la pobreza, la criminalidad, etc. Esto estimuló el desencanto y desmoralización de un importante sector de la sociedad, inclusive -y especialmente- entre las bases sociales de esos gobiernos “populistas” o “progresistas”: las clases trabajadoras y populares.

En condiciones de ofensiva de la derecha, el “vacío político” dejado por el fracaso de la centroizquierda y el “populismo” fue rápidamente ocupado por las tendencias conservadoras y neoliberales. En particular, la catástrofe económica en Venezuela (con una de las hiperinflaciones más grandes de la historia y el éxodo masivo de trabajadores)  sirvió como propaganda para toda la derecha latinoamericana contra los efectos del supuesto “socialismo chavista”. En Europa jugó un rol similar el rotundo fracaso de la experiencia de gobierno de Syriza en Grecia, que terminó aplicando ajustes iguales o peores que los que teóricamente venía a combatir.

Este fue en definitiva el caldo de cultivo donde avanzaron los Trump, los Macri, los Bolsonaro, etc.

2. Las migraciones masivas y la islamofobia

En algunas regiones del globo (especialmente Europa y en menor medida EEUU), el giro reaccionario tuvo como factor principal el éxito de la demagogia derechista frente al enorme incremento de las migraciones internacionales. Este fenómeno es a su vez una consecuencia de la crisis (y, más profundamente, de una larga decadencia económico-social, que incluye también los efectos del cambio climático, de la globalización y el neoliberalismo, etc.), que viene produciendo de manera sistemática un crecimiento de la pobreza y desempleo en regiones enteras del globo como Medio Oriente y el Norte de África (y también en Centroamérica, México, etc.), así como un aumento de la inestabilidad en esas regiones que multiplica las guerras civiles, los “estados fallidos”, el crecimiento del terrorismo, del narcotráfico, etc.

Estas cuestiones desencadenan aluviones migracionales hacia el “primer mundo”, generando fuertes fricciones con los sectores conservadores de las sociedades locales. La derecha instrumentaliza esos roces para desatar campañas abiertamente xenófobas, racistas e islamófobas, profundizando los prejuicios y encendiendo el odio. En especial, se aprovechan los casos estridentes de terrorismo jihadista (llevados a cabo por organizaciones como ISIS y Al Qaeda) para responsabilizar colectivamente a todo el mundo árabe e islámico.

Para peor, en muchos casos los propios gobiernos “liberales”, de manera demagógica, terminan tomando en sus manos esta retórica contra los inmigrantes, para evitar perder votantes contra las tendencias de la “lejana derecha”. Pero al hacerlo, terminan legitimando aún más el giro reaccionario y abriendo lugar a una dinámica de radicalización que en algunos casos los termina desbordando: ese fue por ejemplo el caso en Reino Unido del gobierno conservador de Cameron, al abrir la “caja de Pandora” de la discusión del Brexit, que se salió por completo de su control.

Por último, el auge de la islamofobia tiene como uno de sus principales impulsores internacionales al Estado de Israel, que instrumentaliza los prejuicios reaccionarios contra el mundo islámico con el objetivo de legitimar su propia política de ocupación y apartheid contra el pueblo palestino, así como su política guerrerista contra los pueblos de la región.

3. Los efectos de la desindustrialización de las viejas potencias occidentales

En las viejas potencias industriales como EEUU y Europa occidental, las tendencias derechistas se nutren también de los efectos de la amplia oleada de desindustrialización desarrollada a lo largo de los últimos 50 años, como producto de la globalización, de la automatización y de las transformaciones en la estructura productiva. Estos procesos dejaron regiones enteras de dichos países en franca decadencia (con el caso típico del “cinturón de óxido” del Medio Oeste norteamericano). Regiones donde creció fuertemente el desempleo, la pobreza, la criminalidad, las adicciones a drogas, etc., desestructurando el tejido social y aumentando el resentimiento y el pesimismo.

En muchas de estas regiones prendió especialmente la retórica nacionalista de ciertas corrientes de la “lejana derecha”, que propone volver a recuperar la “vieja gloria” industrial de los países imperialistas, restableciendo barreras arancelarias, negociando “mejores” tratados comerciales y, en el caso de Europa, recuperando las monedas nacionales que existían antes de la imposición del Euro. Así es como en estas regiones se hizo fuerte el apoyo a Trump (Estados Unidos), a fuerzas como el Front National (Francia), UKIP (Reino Unido), los “euroescépticos” en Italia, etc. Estas fuerzas en muchos casos conquistan bastiones tradicionalmente en manos de los partidos de centroizquierda, laboristas, socialdemócratas e inclusive de los antiguos partidos comunistas, y en otros casos significan una radicalización hacia la derecha de regiones que ya eran conservadoras.

4. Los regímenes nacionalistas autoritarios orientales

En varios países orientales (como Turquía, Rusia, Israel, Egipto, Siria, la India, etc.), donde gobiernan sectores abiertamente conservadores y nacionalistas -en muchos casos inclusive desde antes de la crisis de 2008-, estos establecieron formas de gobierno y políticas cada vez más autoritarias y represivas, para blindarse contra la polarización propia del periodo (por ejemplo, para protegerse de rebeliones como las de la “Primavera Árabe”).

Para legitimarse y solidificar el apoyo de sus bases sociales, desarrollaron una retórica cada vez más derechista, incitando también al odio y las divisiones sociales contra los de abajo, así como el furor patriotero. Esto tiene como resultado un incremento de las divisiones étnico-sectarias, de la persecución política a los opositores, del militarismo y las tendencias expansionistas.

5. Conclusión

En síntesis, lo que motiva el giro a la derecha de amplias regiones del globo es que, ante el aumento de las dificultades económicas y sociales, de la inestabilidad y polarización política, de la deslegitimación de los regímenes y partidos liberales, etc., amplios sectores de la sociedad (tanto de las clases medias como de las clases trabajadores y populares) encuentran como respuesta la reafirmación y profundización de una lógica conservadora e individualista, de los valores tradicionales, de los prejuicios reaccionarios.

Esto no ocurre en el vacío, sino en el marco de campañas agresivas de sectores de las clases dominantes capitalistas que intentan canalizar la bronca en esa dirección, y ante el fracaso de las alternativas “progresistas”, de centroizquierda o “populistas”, que terminan frustrando las expectativas de sus bases sociales. En este sentido, sigue teniendo también un importante peso en la conciencia el colapso de los así llamados “socialismos reales”, que cristalizó en la conciencia de millones de personas la idea de que no hay alternativa (posible o deseable) frente al sistema capitalista.

Sin embargo, esto no debe llevar a conclusiones unilaterales. Así como amplios sectores respondieron a la crisis girando a la derecha, otra importante porción de la sociedad viene sacando conclusiones opuestas: que de la crisis solo se puede salir hacia la izquierda. Es lo que ocurre a lo largo y ancho del globo con amplias porciones de la juventud estudiantil, del movimiento de mujeres, de las bases sociales del progresismo (inclusive entre sectores de trabajadores y de las capas populares en general). Entre esos sectores también ocurre una radicalización, pero en sentido contrario a la de la ola derechista. Crece internacionalmente la adhesión a ideas socialistas (como es el caso de EEUU con Bernie Sanders o del Reino Unido con Jeremy Corbyn), la identificación de amplios sectores como parte de una clase trabajadora, la noción de que el mundo se transforma tomando las calles. En México, esta contratendencia dió lugar al triunfo electoral del “progresista” López Obrador, rompiendo con décadas de gobiernos reaccionarios.

Por otro lado, inclusive entre los sectores que vienen votando a la derecha, se está realizando (y se va a realizar cada vez más) una experiencia política con los nuevos gobiernos reaccionarios, que por su programa neoliberal avanzan brutalmente sobre las condiciones de vida de sus propios votantes de la clase trabajadora e inclusive de las clases medias. Así, por ejemplo, puede verse en Argentina una cantidad cada vez mayor de “arrepentidos”, tendencia que pueda traducirse en un salto de las luchas sociales y en un eventual rebote hacia la izquierda de la situación política, si se logra hacer caer al gobierno de Macri.

En el próximo periodo todas estas tendencias se seguirán desarrollando cada vez más en todos los países, en una batalla política abierta que va a determinar si las relaciones de fuerzas entre las clases sociales terminan decantando hacia la derecha o, por el contrario, terminan rebotando hacia la dirección opuesta, abriendo el camino a una salida realmente progresiva, obrera y socialista.

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