Por Ale Kur. IzquierdaWeb, 12/11/18.

Categoría: Situación mundial Etiquetas: ,

Junto a todos los elementos políticos-económicos-sociales que explican el auge de la “nueva derecha” a nivel internacional (ya desarrollados en otros artículos, como por ejemplo http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=11905), es necesario también agregar otro aspecto para completar el panorama. Se trata de la universalización en la última década de un nuevo vehículo técnico-cultural para la comunicación política: las redes sociales.

Las mismas redes sociales que jugaron un rol de amplificación de las protestas en 2011, en la Primavera Árabe y el movimiento de Indignados, Occupy, etc., también están jugando un rol en el sentido exactamente opuesto, el de fortalecer a las tendencias reaccionarias. Pero a diferencia de aquellos movimientos progresivos, para la derecha las redes sociales no son solamente un medio para amplificar propaganda y convocatorias. Son algo mucho más profundo.

Porque las redes sociales no son simplemente una prolongación virtual del mundo real, que acorta distancias y facilita vínculos. Las redes sociales tienen un poder mucho mayor: el de crear una cultura propia, una mentalidad propia, un discurso propio, con efectos muy directos sobre el mundo real.

Uno de los aspectos más conocidos de lo anterior son las llamadas “Fake News”. Noticias falsas que circulan sin límites porque las personas no tienen forma de chequear su contenido, o no tienen tiempo o la costumbre de hacerlo, porque están mentalizadas a pensar que si algo es publicado “es porque es verdad” (prolongación del mito burgués de la “neutralidad informativa” y del supuesto rol constructivo de los medios de comunicación). O, peor aún, porque creen lo que quieren creer, porque escuchan lo que quieren escuchar, porque encuentran ahí el argumento para validar un punto de vista que ya sostenían.

Pero las “fake news” son solo una parte de la cuestión, y ni siquiera necesariamente la más peligrosa. Hay otro problema todavía mayor. Y es que las redes sociales e internet poseen un aspecto profundamente sombrío, que la comunicación en el “mundo real” no posee: el anonimato. Es decir, el hecho de que las personas en internet o bien no se sabe quiénes son, o bien da lo mismo porque están “lejos”, porque no hay una presencia física que produzca efectos de intimidación, de temor, de respeto. Esto hace que en las redes/internet las personas se sientan impunes, que se sientan completamente desinhibidas para actuar de formas que en otros ámbitos no habrían podido (incluyendo las actitudes agresivas e irrespetuosas hacia las otras personas).

Esta impunidad y desinhibición permite a las personas sacar lo peor de sí mismas, los aspectos más oscuros de su personalidad. Aspectos que en el “mundo real” no se animaban (hasta ahora) a mostrar tan públicamente o de manera tan frontal, porque iban contra la “corrección política”, porque recibían una censura social. Porque todos sabían que los comentarios racistas, machistas, xenófobos, anti-pobres y homofóbicos eran “mal vistos”, porque durante décadas se fueron instalando convenciones sociales relativamente progresistas sobre estas cuestiones.

Por eso, durante mucho tiempo los reaccionarios no pudieron mostrarse plenamente a la luz del sol, o solo se limitaban a destilar su odio en sus conversaciones cotidianas, en sus círculos más inmediatos. Se podían escuchar los comentarios atrasados del taxista, del vecino/a, del comerciante o el compañero/a de trabajo, pero estos comentarios no salían de la esfera de lo personal, no llegaban a configurar una corriente político-ideológica definida y organizada como tal (a excepción de algunos pequeños grupos ultraderechistas que nunca salían de la marginalidad). A lo sumo, estas personas votaban a fuerzas políticas de centroderecha tradicionales, que en términos generales se mantenían dentro de las convenciones sociales establecidas.

Pero las redes sociales, a través de la impunidad del anonimato, permitieron sacaron a los reaccionarios de este aislamiento. En primer lugar, porque encontraron un lugar donde decir exactamente lo que pensaban, sin necesidad de censurarse a sí mismos. En segundo lugar, porque eso les permitió encontrarse entre sí, descubrirse mutuamente en ese “closet” derechista, y llegar a una terrible conclusión: que eran muchos más de los que pensaban. Esto produce un efecto nefasto: que recuperen la confianza y seguridad en sí mismos, que se sientan contenidos en una corriente colectiva, que pasen de la defensiva a la ofensiva.

De esta forma, el populismo de derecha encontró una base social de masas en las redes sociales, con la campaña explícita contra la “corrección política”, contra las convenciones progresistas. La demagogia reaccionaria finalmente provocó que se “corra el velo”, y que lo que empezó en la virtualidad se desborde hacia el “mundo real”. Con la euforia de los que por fin salen de sus cuevas al aire libre, para conquistarlo después de décadas de encierro.

Por último, el anonimato/lejanía de las redes también producen una figura propia, que no podría existir sin este vehículo: el troll. El provocador que se dedica sistemáticamente a atacar a otros, con insultos o chicanas, con agresiones personales, con “contenido basura” (spam). La derecha y los partidos patronales utilizan de manera sistemática a los trolls para inundar las redes sociales, hostigar a opositores, etc. Este bombardeo, por un lado, genera un efecto psicológico de cansancio y desmoralización en sus adversarios progresistas y de izquierda. Pero los trolls generan también un efecto en la propia base social reaccionaria: la sensación de que la derecha hegemoniza el discurso público, de que es la verdadera representante del “sentido común”, y por lo tanto, de que habla en nombre de una supuesta mayoría social. Un efecto que le permite trasladar el paraguas de impunidad de las redes hacia el “mundo real”, levantando la moral de la tropa. Los “trolls” son entonces el grupo de choque de la nueva derecha en las redes, su vanguardia reaccionaria en la lucha contra la “corrección política”, contra las convenciones sociales progresistas.

Por las razones desarrolladas aquí y en otros espacios, la “nueva derecha” no es un fenómeno superficial ni pasajero, sino que es una corriente política que sin duda alguna va a seguir desarrollándose, creciendo, ganando posiciones políticas en diversos países y regiones. Nadie está completamente a salvo de esto, aunque según la relación de fuerzas y las tradiciones de cada lugar, estas corrientes reaccionarias van a tener más o menos espacio político para desarrollarse.

En cualquier caso, sigue tratándose de un fenómeno limitado, que aunque alcance proporciones muy importantes, no deja de estar reducido a sectores políticos y sociales específicos. Y, especialmente, no deja de estar atravesado por las mismas contradicciones de la “derecha tradicional” y de todas las fuerzas políticas conservadoras que existieron en este mundo. Contradicciones y puntos débiles que tarde o temprano las terminan haciendo caer, como ocurrió en todas las experiencias históricas anteriores.

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