Por Ciro y Martiniano. IzquierdaWeb, 25/11/18.

Categoría: Historia y Teoría Etiquetas:

Los fantasmas de las nuevas derechas en el mundo son una realidad. A decir verdad, la discusión sobre el “fascismo” está de vuelta. Si bien nunca ha dejado de interesar a los historiadores el ascenso de las derechas radicales merece hoy una atención especial, porque constituye uno de los aspectos más significativos de la política mundial.

Desde hace un lustro hemos visto cómo un nuevo fenómeno se desarrolla en Europa, en América y en el mundo y, precisamente como nos introduce Enzo Traverso en su libro, no es el comunismo, sino una derecha extrema que gana espacios en el mapa político global.

Frente a la asunción de Donald Trump como presidente de Estados Unidos en el 2016, y ante la reciente elección de Jair Bolsonaro en Brasil, muchos intelectuales, periodistas y políticos han desarrollado una serie de análisis y discursos sobre el carácter de los nuevos fenómenos políticos. Frente a ello, las numerosas publicaciones sobre el tema ponen en circulación términos de manera indiscriminada como fascismo o neo fascismo para designar o hacer mención a las personas y grupos políticos más diversos, desde Le Pen, a Donad Trump, pasando por Bolsonaro y el Estado Islámico. Sin embargo, Enzo Traverso, nos introduce en el análisis de los nuevos espectros para  dilucidar entre la maraña de caracterizaciones, de qué estamos hablando cuando hacemos mención a las caras de las nuevas derechas. Para ello, y entendiendo que los conceptos son indispensables para pensar la experiencia histórica, acuña el término de posfacismo, con la intención de aprehender realidades nuevas e identificar a los nuevos fenómenos en curso.  Prestando especial atención al Frente Nacional de Marie Le Pen, en Francia y a Donald Trump, en Estados Unidos, el autor desarrolla algunos elementos que permiten ver en ellos casos representativos de  lo que denomina posfacismo. De esta manera, cuestiona conceptos como fascismo o neofascismo para caracterizar a los movimientos de extrema derecha. Lejos de convertir al fascismo en una categoría transhistórica, en el sentido de que pueda ir más allá de la época que lo engendró, ubica históricamente a los nuevos fenómenos de las extremas derechas como parte del  siglo XXI. Si bien considera que los nuevos espectros en curso no pueden definirse sin remitirnos a los fascismos clásicos del siglo XX , como éstos se han independizado de la matriz histórica que los vio nacer, no son lo mismo ni constituyen una continuidad de los fascismos clásicos de la Europa de los años 30. Pensar el fascismo hoy significa entrever y advertir las formas posibles de un “fascismo” del siglo XXI, no la reproducción del fascismo de entreguerras.

Lejos de haberse agotado el debate historiográfico sobre el fascismo, hoy en día sabemos que estamos hablando de un fenómeno con cotas cronológicas y políticas bastante claras. El surgimiento de estos regímenes se debió a coordenadas relacionadas a los primeros años del siglo XX.  El fascismo, en plena respuesta al comunismo, se presentaba como una alternativa a la crisis del capitalismo y a la crisis de la Europa Liberal. Anunciaba su proyecto de civilización y de revolución nacional y se proyectaba hacia el futuro. Coordenadas que  hoy en día no existen. El ascenso del posfacismo se produce en un contexto profundamente distinto del que vio nacer al fascismo en las décadas del 20 y 30 del siglo XX. Surge en una época post-ideológica marcada por el hundimiento de las esperanzas del siglo XX y se encuentra limitado por una temporalidad «presentista» que excluye todo «horizonte de expectativa» más allá de las citas electorales. Al hablar de posfascismo, Traverso acuña un concepto transicional, en transformación, con la intención de señalar el comienzo de un fenómeno embrionario que todavía no está completamente delineado. Son movimientos políticos racistas, xenófobos y machistas, que han puesto en el debate público temas como la seguridad nacional, la defensa de una cultura identitaria y la protección de las soberanías nacionales, etc.  Así han podido empatizar con sectores sociales en el marco de una crisis económica que con altibajos no pareciera terminar. Por ello, el autor sugiere que “no podemos pasar por alto esta matriz fascista, pero también debemos tener en cuenta su evolución, cuyo destino final no conocemos. Cuando se hayan estabilizado en algo nuevo, con características políticas e ideológicas precisas, quizá habrá que acuñar una nueva definición. Lo que caracteriza al posfacismo es un régimen de historicidad específico – el comienzo del siglo XXI – que explica su contenido ideológico fluctuante, inestable, y a menudo contradictorio”[1]. Por lo tanto, al hacer hincapié en el carácter transicional de los posfascismo, el autor aborda las continuidades y diferencias. Esto es importante de señalar, porque muchas publicaciones impresionistas sólo observan las continuidades y  no logran observar las discontinuidades. No advertir sus similitudes nos haría perder de vista  los peligros que estos fenómenos en curso pueden ocasionar al conjunto de la sociedad, pero no tener en cuenta las diferencias nos haría pensar que los nuevos movimientos son meras continuidades de los fascismos clásicos del siglo XX.

A través del recorrido del libro el autor italiano identifica similitudes claras como el racismo y su discurso anti-inmigración, cuyo eje son los musulmanes, en el caso de Francia y Estados Unidos. Los movimientos posfascistas se dirigen al hombre blanco, remarcan la defensa del ser nacional, llegando a hablar de los derechos sociales y laborales. Por ejemplo Donald Trump hace del racismo y la xenofobia  un arma de propaganda al proponer expulsar a los musulmanes y los latinos de Estados Unidos. Se presenta como un hombre de acción, no de pensamiento, da pruebas de un machismo a ultranza; llega a la fibra chovinista de su electorado y se erige en defensor de las clases populares golpeadas por la desindustrialización del país y de la crisis económica del 2008. Se vale de la demagogia para que los estadounidenses se opongan al sistema político corrupto de Washington. Todos estos rasgos fascistas son innegables, pero el fascismo no se reduce a la personalidad de un líder político. En verdad, como afirma Traverso, detrás de Trump no hay un movimiento fascista. No es el líder de un movimiento de masas. Detrás de él no hay tropas organizadas. Ha sido capaz de encarnar el hartazgo popular de cara a las élites de Wall Street y Washington, cuyo símbolo ha terminado por ser la familia Clinton, pero no puede oponerle otra cosa que su propia persona, que a su vez representa a la élite económica del país.  En consecuencia, Traverso identifica  a Trump como un líder posfacista, sin fascismo.

Además, Traverso considera que la aparición del posfascismo se debe al desarrollo de la crisis económica y a la falta de una izquierda que dé respuestas. La crisis económica abierta en el 2008, que aún no se cierra, habría permitido el desarrollo del posfascismo, como la crisis posterior a la Primera Guerra Mundial (mucho más profunda) que fue el caldo de cultivo del fascismo clásico. Las crisis económicas, “asustan” a ciertos sectores que buscan respuestas para  salir de ella, y encontramos entonces otra similitud, el rol de la izquierda. En ambos casos la izquierda poco hizo para lograr que las masas se vuelquen hacia ella. En el periodo de entreguerras fue la falta de una dirección a la altura de las circunstancias, hoy el problema es más profundo. Se podría decir que la centroizquierda, de acuerdo a lo que establece Traverso, perdió la brújula, se presentan como la opción de izquierda y son los que encabezan el desmantelamiento del Estado de Bienestar. Los nuevos proyectos de izquierda, como “los indignados”, se han mostrado carente de proyectos y la izquierda radical (como la llama el autor) y sigue fracasando con su política de unirse a sectores amplios para captar al electorado, como el NPA francés.

Otra similitud que reconoce Traverso es su discurso anti sistema. Le Pen y compañía suelen hablar contra el establishment, contra las castas, colocándose por fuera, como un sujeto nuevo y puro que viene a cambiar lo viejo y corrupto. Hitler supo explotar esto al máximo, quizás más que ninguno. Hoy volvemos a escuchar encendidos discursos contra la vieja política, que ataca los sistemas políticos pero no la democracia, que todavía supone un freno. En Francia, Italia y de forma diferente en EEUU, se observa cómo los partidos clásicos no logran detener el avance electoral de estas figuras y asisten pasivamente a su propia caída. Además, la globalización también es puesta en discusión, sobre todo cuando es entendida  en clave de  diversidad cultural y libre mercado. Los post fascismos tienen un eje claramente nacionalista, que promueve el racismo hacia el extranjero y la salida del Euro, como forma de generar trabajo y uniformidad cultural.

Por otra parte, a lo largo del recorrido del libro el autor aborda las diferencias fundamentales que establecen límites claros a las caracterizaciones comunes de estos  nuevos movimientos con el fascismo del siglo XX.

En este sentido considera que en primer lugar Europa ha hecho su balance sobre el fascismo y sus crímenes. Por eso, hoy en Europa, en algunos países el neofascismo es un vestigio o un fenómeno residual y en otros es un intento por prolongar y generar una vez más el viejo fascismo. Un buen ejemplo es el Movimiento por una Hungría Mejor (jobbik), que reivindica una continuidad ideológica con el fascismo histórico, y Amanecer Dorado en Grecia. Ahora bien, el posfascismo es diferente, ya que la mayoría de estos movimientos no reivindica esa filiación directa con los fascismos clásicos, diferenciándose claramente de los neofacismos. En el plano ideológico, no hay una continuidad visible con el fascismo clásico. Si intentamos definirlos no podemos pasar por alto esta matriz fascista, sin la cual no existirían, pero también debemos tener en cuenta su evolución. Por ello, hoy ningún movimiento puede identificarse con el nazismo o fascismo abiertamente sin espantar u horrorizar a muchas personas. Son límites que todavía no pueden cruzar y esto no es menor, Hay un límite en la memoria colectiva actual que todavía no pueden superar, más allá de que quieran o no.

Otra cuestión que desarrolla el autor es el eclecticismo de las ideas de la derecha. Traverso cree que el posfascismo (al ser hijo de esta época específica) es parte de la posmodernidad. La falta de una ideología y de un programa claro es una diferencia que los separa del fascismo. Como dijimos, en los años de entre guerras, este último proponía una alternativa global al orden liberal que parecía decadente. La falta de un programa claro hace que estos movimientos se organicen en torno a ideas fuertes alrededor de una persona carismática. De esta forma podemos ver como en el siglo XXI una mujer puede dirigir un partido de base machista y de origen fascista, como Le Pen en el Frente Nacional de Francia y tener posiciones ambiguas respecto al matrimonio igualitario. En este caso Le Pen se llamó a silencio respecto a  “Manifestación Para Todos” (grupo de asociaciones que organizó las mayores manifestaciones contra el matrimonio igualitario en Francia). Con su silencio se diferenciaba del discurso conservador y tradicionalista de los manifestantes, sin ignorar que éstos constituían su base electoral; o por ejemplo Trump, quien puede hacer promesas o amenazar, sin cumplir nada o decir lo contrario al otro día.

A lo largo de las páginas del libro Enzo Traverso nos propone que las derechas radicales europeas de comienzos del siglo XXI no son exactamente iguales a las del siglo XX. Con una ubicación histórica determinada, elabora el término de posfacismo que apunta a tomar en cuenta las continuidades y simultáneamente las rupturas. En este ejercicio de comparación histórica de las derechas políticas, que arroja categorías para pensar a las derechas más allá del viejo mundo, encontramos indispensable remarcar que la lucha de clases como método de análisis es una de las grandes ausentes en el desarrollo de este trabajo. Sobre todo si consideramos que las nuevas derechas son fenómenos recientes y que se encuentran en plena expansión, dejar de analizarlas sin tener en cuenta la lucha de clases, nos despoja de herramientas para poder observar su desarrollo, o como establece el autor, su decantación en movimientos más clásicos.

Sabemos que el siglo XXI no será de felicidad, y lo que tendremos que propagar es un proyecto para el futuro que ponga límites a las caras de las nuevas derechas y abra nuevos horizontes de expectativas. Un proyecto de transformación revolucionaria que tenga en cuenta el espacio de  experiencia de la Revolución Rusa a principios del siglo XX, para construir una alternativa al posfascismo y al neoliberalismo. Tendremos que pelear por una izquierda clásica aggiornada. Tendremos que aprender del presente y proyectarnos a futuro. Sabemos que habrá grandes cambios y nos tendremos que preparar para ellos. Comienza a borbotear el alcantarillado de la historia y el final se encuentra abierto.

Ciro y Martiniano

[1] Traverso, Enzo: “ Las nuevas caras de la derecha”, Editorial Siglo XXI, Buenos Aires, 2018. Pagina 19

  • Publicaciones de la corriente SoB

  • Elaboraciones estratégicas de la corriente SoB