Por Ale Kur, 27/11/18

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Imagen: trabajadores hoteleros de EEUU en huelga. La consigna en las pancartas: «Un solo trabajo debería ser suficiente».

Estados Unidos: desigualdad, pobreza y precarización en una economía en crecimiento

Por Ale Kur

Luego de la enorme crisis económica de 2008, la economía norteamericana consiguió recuperarse en muchos aspectos. Entre otras cosas, pudo sumar casi 20 millones de nuevos puestos de trabajo desde comienzos de 2010. De esta forma, la tasa de desempleo está en uno de los niveles más bajos en los últimos 50 años (alrededor de 3,7%, comparable al del año 1969). Eso significa que inclusive se están incorporando a la fuerza de trabajo sectores que durante la última década se habían mantenido fuera de ella.

Sin embargo, al contrario de lo que se esperaría, esto no significa que las condiciones de vida de la clase trabajadora norteamericana estén mejorando. Para comenzar, entre 40 y 45 millones de personas siguen viviendo bajo la línea de pobreza, alrededor de un 12% de la población (con proporciones aún más altas entre la población negra y latina). Y esto inclusive con estadísticas “benévolas”, que posiblemente subestimen los números reales. Los niveles de pobreza solo bajaron unos pocos puntos desde el pico de la crisis ¿Cómo se explica tanta pobreza con tan bajo desempleo?

La clave está en el nivel de los salarios que recibe la clase trabajadora norteamericana. Algunos estudios[1] señalan que el salario real promedio (es decir, el poder de compra promedio de los trabajadores) se encuentra prácticamente estancado en el mismo nivel que en la década del ’70. Pero inclusive este “promedio” encubre una profundísima desigualdad estructural: mientras los “asalariados” mejor pagos (incluyendo a gerentes y CEOs –que ganan sumas astronómicas-), vieron aumentar fuertemente su salario real, los trabajadores peor pagos (no calificados, etc.) de hecho vieron disminuir su poder de compra.

Por otra parte, se da una gran paradoja: en ese mismo periodo de estancamiento del salario proedio -desde lo ’70 a la actualidad-, la productividad total de la economía de EEUU aumentó enormemente (un 77% según señala otro estudio[2]). Durante más de 40 años, como producto de las mejoras tecnológicas, la economía norteamericana produjo cada vez más bienes por trabajador, pero el salario real se mantuvo en el mismo nivel. Esto quiere decir que durante cuatro décadas, la clase capitalista (menos del 1% de la población) se apropió de una porción cada vez mayor de la riqueza socialmente producida (por el 99% restante). El resultado de este proceso es un brutal aumento en la desigualdad social[3].

Pero regresemos a los últimos años. Según señalan los medios de comunicación, supuestamente estaría ocurriendo una lenta recuperación del salario, por su leve aumento nominal (entre un 2 y 3% anual en los últimos 5 años). Pero lo que no se tiene en cuenta es el sostenido aumento en el costo de vida. Por ejemplo, el alquiler de la vivienda se incrementa cada año: la especulación capitalista inmobiliaria cumple un rol parasitario cada vez más grande en las vidas de la clase trabajadora. Algo similar ocurre con los costos crecientes de cobertura de salud, en un sistema en el que para la enorme mayoría no existe ninguna prestación gratuita (ni que hablar de hospitales públicos). Si a esto se le suma los enormes costos de la educación superior, la resultante es que a los trabajadores les queda muy poco sueldo para “minucias” como el alimento, el transporte, la vestimenta, el cuidado de los niños, el ocio y la recreación, etc.  Y todavía queda por considerar un ítem de gran importancia: los ahorros para el momento de la jubilación, que cobran especial importancia en un sistema tan fragmentario y precarizado.

En síntesis, el costo de vida no para de aumentar, y los diferentes subsidios y sistemas de asistencia social del Estado (cada vez más desmantelados y desfinanciados tras décadas de gobiernos neoliberales -y especialmente desde Trump) solo llegan a cubrir una parte de todo lo anterior. Pero veamos ahora que ocurre con los ingresos y condiciones laborales de la clase trabajadora.

Para esto, es necesario partir de una realidad: que la propia composición de la clase trabajadora se viene transformando rápidamente en las últimas décadas. Por el poderoso aumento de la productividad que tuvo la economía norteamericana en los últimos 50 años –revolución tecnológica, etc.-, en la actualidad se alcanzan volúmenes muy altos de producción industrial con una cantidad relativamente escasa de obreros fabriles. De esta manera, la economía fuertemente industrializada de EEUU solo ocupa una pequeña minoría de su fuerza de trabajo (entre el 8% y el 12%) en el sector industrial. En cambio, la gran mayoría de la clase trabajadora (80%) se desempeña en el llamado “sector servicios”.

El problema de esto es que los empleos en dicho sector no tienen la misma calidad que los empleos fabriles. Si bien el “sector servicios” es fuertemente heterogéneo (incluyendo sectores tan disimiles como comercio, enseñanza, salud y cuidado de personas, bancarios, informática, etc.), en su interior lo que más se expande es un sector específico: las grandes cadenas comerciales, que abarcan desde los locales de comida rápida, supermercados, plataformas de ventas online, etc. Cuentan entre ellas grandes emblemas como McDonalds, Starbucks, Walmart, Amazon, etc.

Se trata de empresas que pagan salarios bajísimos, muchas veces limitados solamente por los “salarios mínimos legales” de cada Estado (que, por otra parte, son terriblemente disimiles en distintas regiones del país, llegando en algunos a niveles ridículamente bajos). Que prohíben o ponen todo tipo de trabas para limitar la sindicalización de sus trabajadores. Que implementan regímenes de extrema flexibilidad y precariedad laboral, sin estipular una cantidad fija de horas de trabajo semanales (o por escasa cantidad de horas), con muy magros beneficios sociales (en términos de aportes a cobertura de salud o jubilaciones, etc.). Que dan lugar con muchísima frecuencia a accidentes laborales, e inclusive a relaciones abusivas entre patrón y empleadas (habiendo epidemia de casos de abuso sexual, etc.).

Esta clase de trabajos hace que sea imposible para un/a trabajador/a sostenerse (y menos aún sostener a una familia) con un solo empleo, por lo cual muchas veces deben tomar dos o tres en simultáneo. Esto eleva la jornada laboral diaria tomada en su conjunto muy por encima de las 8 horas, eliminando el tiempo disponible para dormir, para recreación o tiempo en familia, etc. (ni que hablar de intentar trabajar y estudiar al mismo tiempo).

Esta situación no solo genera situaciones de pobreza, superexplotación y precariedad en la clase trabajadora. Sino que cada vez más transforma estas situaciones en un estado permanente. En generaciones anteriores, los trabajos como atender un McDonalds eran concebidos como una “fase transitoria”, muchas veces realizados por jóvenes que los utilizaban para poder costear sus estudios. Pero en la actualidad, cada vez más esa clase de empleos son el destino de toda una vida: los trabajadores pueden rotar entre distintas cadenas y rubros, pero sin ascender en ningún momento socialmente, sin avanzar a empleos mejor pagos y en mejores condiciones. No existe aquí ninguna perspectiva de progreso[4].

Para concluir, lo que estamos viviendo no es un fenómeno transitorio, donde una baja económica estacional provoque una depresión momentánea en las condiciones de vida de los de abajo, que luego vaya a restablecerse cuando finalice la crisis. Por el contrario, lo que está ocurriendo es un fenómeno mucho más profundo, estructural: un verdadero cambio en el paradigma económico y laboral, una transformación de fondo en las relaciones de fuerza entre las clases sociales. La ofensiva neoliberal de las últimas décadas generó un efecto permanente: un estancamiento o baja en el poder de compra del salario de los trabajadores, un crecimiento de la pobreza inclusive en condiciones relativo “pleno empleo”, un aumento brutal de la precarización laboral, de la super-explotación, así como de la desigualdad social. En las condiciones actuales del capitalismo neoliberal y globalizado, toda perspectiva de “crecimiento económico”, de “generación de empleos”[5] no significa ni remotamente que vaya a mejorar el nivel de vida de los de abajo. La vieja “teoría del derrame” se está mostrando más ridícula y falsa que nunca.

En el mundo actual, lo único que realmente puede elevar el nivel de vida de los trabajadores es su organización y su lucha, tanto en el terreno sindical como en el político. En Estados Unidos, este es el importante ejemplo que está dando el movimiento de pelea por un salario mínimo de 15 dólares por hora de trabajo (y por el pleno derecho a la sindicalización), así como las importantes huelgas de los trabajadores hoteleros (impulsadas por 8 mil empleados del rubro). Es también la pelea por conquistar demandas cada vez más sentidas por la población norteamericana, como un programa de cobertura universal y gratuita de salud (Medicare for All), la gratuidad universitaria, el control de alquileres, etc. Estas son las batallas que está dando en este momento el movimiento de trabajadores y la izquierda norteamericana en sus diferentes expresiones, y que debemos apoyar hasta su triunfo.

[1] “For most U.S. workers, real wages have barely budged in decades”. DREW DESILVER. 7/8/2018. Pew Research Center. http://www.pewresearch.org/fact-tank/2018/08/07/for-most-us-workers-real-wages-have-barely-budged-for-decades/

[2] “The Productivity–Pay Gap”. Economic Policy Institute. Agosto 2018. https://www.epi.org/productivity-pay-gap/

[3] Este proceso fue ampliamente estudiado por economistas, sociólogos, etc. Una obra mundialmente conocida en este rubro es la del francés Thomas Piketty, quien sostiene que están regresando los niveles de desigualdad que existían a fines del siglo XIX.

[4] Más aún, en las últimas semanas trascendió una noticia sorprendente (y bastante deprimente): las cadenas de comida rápida en EEUU comenzaron a emplear jubilados, para cubrir el faltante de mano de obra en la situación de bajo desempleo. La otra cara de la moneda es que evidentemente, hasta los jubilados necesitan salir a trabajar en condiciones miserables para poder cubrir su costo de vida en un sistema que deja a todos a la deriva.

[5] En los últimos años, uno de los rubros más “dinámicos” en la generación de empleo en el mundo es el de las “apps” como Uber, Rappi, Glovo, etc: la precarización laboral llevada al extremo.