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Por Ale Kur, 13/2/19.

El marco del discurso: la crisis del “shutdown”

El martes 5/12 Donald Trump pronunció su discurso sobre el «Estado de la Unión». Es una tradición de los EEUU que su presidente inicie el año político con un informe sobre el estado general de la gestión y los asuntos políticos mas importantes.

Este año la realización del evento se demoró como consecuencia de la crisis política abierta con el “shutdown” (cierre gubernamental), que se prolongó durante 35 días. A lo largo de ese periodo, Trump dejó sin cobrar sus salarios a 800 mil empleados federales: se trataba de un chantaje al Congreso para obtener de aquel los fondos necesarios para construir su tan preciado muro con México[1].

Finalmente, tras sufrir una fuerte caída en sus índices de aprobación popular (que actualmente ronda el 30%) y luego de algunas acciones de lucha de los trabajadores afectados (incluyendo el bloqueo de aeropuertos), Trump debió volver atrás temporariamente con la medida, otorgando fondos para financiar al gobierno federal hasta el 15 de febrero. En esa fecha el “shutdown” podría volver si los dos partidos mayoritarios no llegaran a un entendimiento: sin embargo, esta perspectiva al momento actual no parece probable, ya que habría un principio de acuerdo entre ambos partidos para proporcionar 1.400 millones de dólares para la construcción del muro (muy por debajo de los 5.700 millones que demandaba Trump inicialmente).

En síntesis, el discurso del “Estado de la Unión” estuvo enmarcado en una situación dominada por los efectos de la crisis política, por un relativo debilitamiento y retroceso parcial del gobierno de Trump. Dificultades que se agravan por la derrota sufrida en las últimas elecciones legislativas (noviembre de 2018), en las que su Partido Republicano perdió la mayoría de la “Casa de los Representantes” (cámara baja del congreso nacional). Esta situación defensiva se vio con claridad en el tono del discurso, en el que llamó reiteradamente a la “unidad bipartidista” y al “consenso nacional” – es decir, a garantizar la gobernabilidad en lo que resta de su mandato.

Toda esta situación, por otra parte, se encuentra atravesada por un elemento de gran importancia: en 2020 habrá elecciones presidenciales en las que Donald Trump deberá pelear por su reelección, en condiciones que al momento actual parecen ser más bien adversas.

El discurso de Trump

En su discurso, Trump realizó una defensa de su gestión resaltando el crecimiento económico y la generación de empleos que existió en los últimos años – cuestión que oculta el hecho de que el salario mínimo federal permanece en niveles ridículamente bajos, y que una parte muy significativa de la clase trabajadora viene perdiendo cada vez más poder adquisitivo y aumentando la extensión de su jornada laboral para poder llegar a fin de mes.

En ese marco, también defendió abiertamente su criminal política de eliminar regulaciones climáticas (lo que habría producido un “boom energético”), llevando al mundo cada vez más cerca de una catástrofe por el calentamiento global.

Por otra parte, insistió con su prédica contra los inmigrantes y a favor de la construcción del muro racista, con un discurso demagógico que se intenta abanderar falsamente como defensor de los intereses de los “americanos de clase trabajadora” (que supuestamente se verían perjudicados por la presencia de los extranjeros). De esta manera, Trump intenta poner a los explotados y oprimidos unos en contra de otros, generando una división que solo puede favorecer a los de arriba.

En la misma tónica reaccionaria, reafirmó sus ataques contra las mujeres, lanzando críticas contra el derecho al aborto. Por otra parte, también atacó al gobierno venezolano de Maduro y defendió la perspectiva golpista de reconocer a Guaidó como presidente, reafirmando la política de intervencionismo imperialista.

Trump contra el socialismo

Sin embargo, el apartado más significativo de todo el discurso de Trump fue pronunciado casi al pasar: “Aquí, en los Estados Unidos, estamos alarmados por los nuevos llamados a adoptar el socialismo en nuestro país. América se fundó en la libertad y la independencia, y no en la coerción, la dominación y el control del gobierno. Nacemos libres, y nos mantendremos libres. Esta noche, renovamos nuestra determinación de que Estados Unidos nunca será un país socialista”.

Resulta muy sorprendente (y gratificante) escuchar a un presidente de los EEUU plantear que el socialismo es una amenaza real para su país en pleno siglo XXI. Ya por sí solo, este dato desmiente a todos los teóricos del “fin de la historia” que afirmaban que con la caída de la URSS, se acababa definitivamente cualquier posible alternativa al sistema capitalista.

Pero, ¿a qué se refiere exactamente Trump con estos “nuevos llamados a adoptar el socialismo”?

Con ello, Trump hace referencia a dos fenómenos políticos que se encuentran en ascenso: el de la diputada nacional Alexandria Ocasio-Cortez (electa en noviembre de 2018 junto a varias otras candidatas de orientación similar), y el del senador nacional y excandidato presidencial Bernie Sanders. Ambos se reivindican “socialistas democráticos”[2] y vienen introduciendo en la agenda política norteamericana propuestas que se encuentran muy a la izquierda de la tónica dominante en los últimos 50 años.

Es el caso, por ejemplo, del proyecto conocido como “Green New Deal”, consistente en transformar completamente la infraestructura energética del país para reducir a cero las emisiones que producen el calentamiento global. Un proyecto de este tipo implicaría la movilización en masa, por parte del estado federal, de recursos y mano de obra, generando pleno empleo y remuneraciones dignas para millones de trabajadores.

Para financiarlo, se establecerían fuertes impuestos sobre los “billonarios” (es decir, la ínfima minoría que concentra la mayor parte de las riquezas), una propuesta que genera escándalo entre todo el establishment liberal, incluyendo a ambos grandes partidos Demócrata y Republicano. De conjunto (y más allá de la “letra chica”), el “Green New Deal” se trata de un proyecto cuyo contenido es muy progresivo, aunque es importante señalar que es prácticamente imposible de realizar hasta el final en los marcos del capitalismo: requeriría una ruptura profunda con la clase dominante y su lógica de lucro a cualquier costo.

El dato más novedoso (y de enorme valor) de la actualidad política norteamericana es que las propuestas del “Green New Deal” y del impuesto a los “billonarios” (así como otras propuestas progresivas como el “Medicare for All” -sistema de cobertura universal y gratuita de salud-), poseen una enorme popularidad. Las encuestas señalan que existe un fuerte apoyo a estas medidas entre la población, lo que rompe con la idea de sentido común de que la sociedad norteamericana sería intrínsecamente de derecha o neoliberal.

En ese mismo sentido, los candidatos como Ocasio y Sanders poseen tasas de aprobación cada vez mayores, estando actualmente entre los políticos más respetados (y admirados) de EEUU.

Una salida socialista es precisamente lo que hace falta

El auge de las ideas socialistas en EEUU, inclusive bajo la forma limitada y reformista que adquiere hoy en día, es un fenómeno enormemente progresivo, que implica una lenta pero sostenida recomposición de la conciencia de grandes masas populares, en especial de la juventud y de sectores de trabajadores.

Empalma además con un proceso también lento y muy incipiente, pero de enorme valor, de resurgir de las luchas gremiales de los trabajadores, como es el caso de las huelgas docentes que sacudieron la ciudad de Los Ángeles y muchas otras ciudades y estados del país. Y más de conjunto, con un ciclo de movilizaciones y protestas de muy amplios sectores contra el reaccionario gobierno de Donald Trump.

Es necesario desarrollar este proceso hasta el final, construyendo una salida socialista que no solo derribe a los Trump (y todas las variantes políticas reaccionarias), sino que tire abajo al capitalismo imperialista norteamericano y ponga en el centro a sus trabajadores, a la juventud, al movimiento de mujeres, los inmigrantes, la comunidad negra y todos los sectores explotados y oprimidos del país.


[1] Ver al respecto la nota “EEUU: Trump deja sin sueldo a 800 mil empleados estatales para construir su muro racista”, en http://izquierdaweb.com/eeuu-trump-deja-sin-sueldo-a-800-mil-empleados-estatales-para-construir-su-muro-racista/.

[2] Es necesario señalar que tanto Bernie Sanders como Ocasio-Cortez, aunque se reclamen como «socialistas democráticos», plantean como ejemplo a imitar el modelo de los países escandinavos (capitalismo con ciertos restos del llamado «estado de bienestar»), y citan como referente histórico al ex presidente demócrata de EEUU Franklin D. Roosevelt. Es decir, en las definiciones de fondo no sacan los pies del plato del capitalismo imperialista, con el enorme límite estratégico que eso implica.

Por otra parte, ambos candidatos se presentan a elecciones bajo el sello del Partido Demócrata, el mismo aparato neoliberal e imperialista que durante todo un siglo fue parte de la alternancia de gobierno de EEUU. Un partido completamente dominado por las grandes corporaciones y que nunca va a cederle el control a candidatos «insurgentes», y que inclusive en el caso que se viera obligado a hacerlo, sería solo para encadenarlos al «statu quo» y quitarles todo su posible filo independiente.