Sep - 13 - 2014

En tres capítulos –“ I. Ortodoxos y convencionales“, II. Pensamiento socio-liberal y “III. Globalistas y cosmopolitas”–, Claudio Katz desarrolla un amplio y documentado análisis del neoliberalismo latinoamericano, tratando de dar respuesta a diversas preguntas, como cuáles son las peculiaridades del neoliberalismo en América Latina, si alcanzó mayor penetración que en los países centrales, si aquí registra un declive superior al resto del mundo, y otros temas que hacen también al debate de su enfrentamiento político, que desde nuestro punto de vista es anticapitalista…(SoB)

I. Ortodoxos y convencionales

¿Cuáles son las peculiaridades del neoliberalismo en América Latina? ¿Alcanzó mayor penetración que en los países centrales? ¿Registra un declive superior al resto del mundo?

Es sabido que esta modalidad reaccionaria fue introducida en la región con cierta antelación. Las dictaduras del Cono Sur anticiparon en los años 70 la oleada derechista, que posteriormente se afianzó en el grueso del planeta. Pero Latinoamérica ha sido también el epicentro de grandes resistencias populares, que propinaron significativas derrotas a ese aluvión conservador. Una revisión de la trayectoria e ideología del neoliberalismo permite explicar muchas especificidades de la región.

Caracterizaciones generales

Las primeras discusiones internacionales sobre el neoliberalismo destacaron las raíces teóricas de esta corriente en el pensamiento económico neoclásico. También explicaron su aparición por el agotamiento del crecimiento keynesiano de pos-guerra y resaltaron sus objetivos políticos regresivos. El neoliberalismo fue definido en los años 80, como una ofensiva del capital sobre el trabajo para recomponer la tasa de ganancia[2].

En la década siguiente se constató la hegemonía ideológica mundial alcanzada por esta vertiente. A pesar de los magros resultados económicos logrados durante ese decenio, la derecha se reforzó aprovechando el debilitamiento de los sindicatos y el desasosiego creado por la fractura social. El neoliberalismo expandió su influencia e implementó una drástica reconversión de la economía.

La expectativa en un rápido declive de esta corriente fue disipada por la implosión de la URSS y la crisis del horizonte socialista. Las tendencias conservadoras obtuvieron un impulso adicional con la anexión de Alemania Oriental, el amoldamiento de la Unión Europea a la globalización y la demolición del estado de bienestar[3].

La crisis económica iniciada en el 2008 abrió grandes interrogantes sobre la continuidad del modelo privatista. Esta convulsión superó las conmociones financieras precedentes e ilustró la magnitud de los desequilibrios creados por el neoliberalismo. Pero la preeminencia de este ciclo se mantuvo[4].

Su persistencia se ha verificado en todos los acontecimientos de la coyuntura 2008-2014. La etapa que comenzó con el thatcherismo transformó el funcionamiento del capitalismo mediante privatizaciones, aperturas comerciales y flexibilizaciones laborales. Este esquema intensificó la competencia global por aumentos de la productividad desgajados del salario, que amplifican todas las tensiones de la producción, el consumo y las finanzas.

En los últimos años este modelo profundizó los atropellos contra los trabajadores en contextos recesivos que potencian el temor a la miseria. La desigualdad social alcanzó niveles sin precedentes, la pobreza se expandió en las economías centrales y la precarización laboral se masificó en todo el planeta.

El neoliberalismo converge con la internacionalización de la economía. La fragmentación mundial de los procesos de fabricación, el desplazamiento de la industria hacia al Oriente consolidan la primacía de las empresas transnacionales. Las grandes firmas utilizan las normas del libre-comercio y los bajos aranceles para desenvolver intercambios entre sus filiales. Estos movimientos apuntalan, además, la globalización financiera y el vertiginoso flujo de capitales entre los distintos países.

Las transformaciones neoliberales han generando un modelo que opera con parámetros muy distintos al keynesiano de posguerra. Ese esquema desencadena crisis muy específicas, que ya no irrumpen como arrastres de viejos desequilibrios de los años 70. Al cabo de tres décadas de reorganización capitalista se han creado nuevas contradicciones en múltiples esferas.

El neoliberalismo contrajo los ingresos populares, afectó la capacidad de consumo, incrementó la sobreproducción de mercancías y agravó varias modalidades de sobre-acumulación de capital. Acentuó, además, un deterioro del medio ambiente que amenaza desatar inéditos desastres ecológicos.

En el plano geopolítico este curso ha precipitado un rediseño de fronteras que contrasta con el congelado mapa de la guerra fría. Ya transitó por fases diferenciadas de bipolaridad, unipolaridad y multipolaridad en las relaciones que mantienen las grandes potencias. Pero todos los conflictos entre las clases dominantes se procesan en un nuevo marco de negocios globalizados.

El neoliberalismo perdura por el retroceso que impuso a los trabajadores. Se sostiene en el cansancio político que genera la alternancia de conservadores y socialdemócratas en la administración del mismo modelo. Todo indica que la reversión de esta etapa exigirá grandes victorias populares impuestas desde abajo[5].

En este escenario: ¿cuáles son las peculiaridades de América Latina?

Justificaciones y períodos

A mitad de los años 70 el neoliberalismo latinoamericano anticipó todas las tendencias de los países desarrollados. Ese paradigma se forjó en Chile bajo Pinochet, con el asesoramiento económico ortodoxo de Hayek y Milton Friedman. Allí se experimentó la doctrina que posteriormente aplicaron otras dictaduras de la región.

Estos ensayos no se extinguieron con el fin de los gobiernos militares. El neoliberalismo fue convalidado por los regímenes constitucionales que sucedieron a las tiranías del Cono Sur. Esta continuidad afianzó las transformaciones estructurales introducidas por el modelo derechista.

La prioridad del neoliberalismo en la región fue desterrar la influencia alcanzada por la izquierda y el nacionalismo radical al calor de la revolución cubana. También arremetió contra la heterodoxia keynesiana de varios pensadores de la CEPAL.

Su cruzada contra las reformas sociales, la redistribución del ingreso y la defensa del patrimonio nacional signó todo el período de transición post-dictatorial. Con algunos cambios de formato fueron convalidadas las principales mutaciones regresivas impuestas por los militares.

En el plano económico el neoliberalismo latinoamericano atravesó por dos etapas diferenciadas. En los 80 prevalecieron las “reformas de primera generación” con prioridades de ajuste anti-inflacionario. En el decenio siguiente predominó el “Consenso de Washington” con transformaciones complementarias de apertura comercial, privatizaciones y flexibilización laboral.

En el primer período se introdujeron políticas de shock para recortar el gasto público social y elevar las tasas de interés. Estas medidas fueron justificadas con criterios neoclásicos de equilibrio, que realzaban la primacía del mercado en la asignación de los recursos[6].

Estos postulados walrasianos fueron esgrimidos para exaltar el reinado de la oferta y la demanda y cuestionar la injerencia estatal. Todos los debates fueron encapsulados en conceptos neoliberales. Abundaron los estudios para mensurar el aporte de cada “factor” (tecnología, recursos naturales, capital humano) al crecimiento. Las evaluaciones de los procesos productivos fueron despojadas de sus fundamentos sociales y la enseñanza de economía quedó reducida a una indagación de relaciones funcionales entre variables inexplicadas[7].

La ideología neoliberal incentivó esa fascinación con la formalización y el tratamiento de la economía como un sistema mecánico, sujeto a los ajustes aconsejados por los técnicos neoclásicos. Toda la tradición latinoamericana de estudios históricos-sociales quedó sepultada por el aluvión de especialistas llegados desde Washington y Chicago. El análisis de las contradicciones, desequilibrios o límites de la economía latinoamericana fue reemplazado por espejismos tecnocráticos.

En este clima se gestó la segunda fase neoliberal. Se afirmó que el saneamiento del escenario macroeconómico regional ya permitía abrir las compuertas de la eficiencia, desmantelando empresas estatales y eliminando protecciones arancelarias.

A partir de ese momento cobró más relevancia la vertiente austríaca de la teoría neoclásica. Las supersticiones en la mano invisible fueron complementadas con propuestas de darwinismo social competitivo. Se incentivó el remate de las propiedades del estado y la apertura masiva a las importaciones. Con el pretexto de restaurar patrones de riesgo, esfuerzo y productividad se propició la reducción de los ingresos populares y el aumento de la desigualdad.

El establishment transformó estos principios en un libreto de toda la sociedad. El mismo relato fue expuesto por los gobernantes, transmitido en las escuelas, enaltecido en las universidad y popularizado por los medios de comunicación. La organización ultra-liberal Mont Pelerin Society y sus Centros de Estudios de la Libertad (CDEL) introdujeron muchas ideas para esta contrarreforma.

Crisis y fracasos

Al comienzo del nuevo siglo irrumpió la crisis del neoliberalismo latinoamericano. Los desequilibrios generados por ese modelo salieron a flote en toda la región, junto a la creciente primacía del sector exportador en desmedro del desenvolvimiento interno. Aumentó la heterogeneidad estructural de la economía y se concentraron las actividades más rentables en un puñado de empresas. La capacidad del estado para priorizar las decisiones de inversión quedó muy debilitada [8].

Las dos etapas neoliberales de ajuste y apertura no sólo deterioraron los ingresos populares. También provocaron la desintegración de la vieja industria local gestada durante la sustitución de importaciones. Se acentuó la vulnerabilidad de todas las economías ante la descontrolada afluencia o salida de capitales externos. También se intensificó la dependencia del vaivén internacional de los precios de las materias primas.

Las economías latinoamericanas volvieron a soportar la carencia estructural de divisas. No pudieron respaldar las reservas, ni mantener bajo control el tipo de cambio, la tasa de interés o el nivel de inflación. Cuando estos desequilibrios emergieron, los ministros pro-mercado abandonaron sus doctrinas y recurrieron al mismo endeudamiento que caracterizó a sus antecesores.

Todas las prédicas de ortodoxia fiscal, cuidado monetario y prudencia en la expansión de la deuda pública fueron archivadas. Se optó por el costoso crédito externo para lidiar con las asfixias generadas por el propio modelo. En muy poco tiempo los mitos del rigor neoliberal en el gerenciamiento del estado quedaron desmentidos. Esta política desembocó en la misma asfixia de pagos que ha jaqueado repetidamente a la región[9].

Varios años de privatizaciones y flexibilidad laboral recrearon las crisis financieras, los quebrantos fiscales, las fugas de capital y los colapsos cambiario-monetarios del pasado. El desplome de la Argentina en el 2001 fue la expresión más dramática de esta repetición de viejas convulsiones.

El neoliberalismo mantuvo un bajo nivel de actividad económica. La ilusión en un repentino despegue por el simple efecto de políticas conservadoras quedó desmentida. El recorte de los salarios y del gasto social no incentivó la inversión. Tampoco las privatizaciones encendieron la mecha del crecimiento.

En todo el período estuvo ausente el esperado derrame de bienestar desde los acaudalados hacia el resto de la población. Sólo resurgieron los breves ciclos de mayor consumo de la clase media. Fue muy visible el acaparamiento de ingresos de los poderosos a costa de los trabajadores.

El balance del neoliberalismo es contundente en los propios términos de ese esquema. Pretendía revertir el bajo crecimiento y mantuvo un reducido nivel de expansión de la economía. Esperaba eliminar las crisis financiero-cambiarias y agravó esos desmoronamientos. Prometía erigir una plataforma duradera de inversión y acentuó la distancia de la región con los países que incrementaron su desarrollo.

Los intentos de remontar estos fallidos con alguna dosis de la misma medicina terminaron precipitando las crisis mayúsculas de principio de siglo XXI. Estas convulsiones confirmaron que las clases dominantes atropellaron las conquistas populares, sin convertir esos éxitos capitalistas en procesos sostenidos de acumulación[10].

Los propios impulsores del liberalismo extremo quedaron defraudados por un retroceso económico que deterioró la incidencia de América Latina en el mercado mundial. La cohesión política inicial del proyecto derechista se diluyó y el modelo afrontó su desafío más directo a partir de las sublevaciones populares de 1999-2005.

Rebeliones y virajes

El neoliberalismo latinoamericano fue socavado por levantamientos sociales parcialmente exitosos. Este resultado determinó la principal singularidad de este proyecto  en la región. Las protestas pusieron un límite a la ofensiva del capital, especialmente luego de cuatro alzamientos victoriosos (Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela) que tumbaron a los artífices del ajuste.

Las rebeliones no alcanzaron la envergadura de las revoluciones del siglo XX, pero modificaron las relaciones de fuerza y forzaron concesiones sociales que contradicen el programa de Thtacher-Hayek. Estas conquistas erosionaron el plan de la reacción y generaron un escenario que diferencia a Sudamérica de otras zonas con predominio neoliberal continuado[11].

En este nuevo marco la derecha ajustó su estrategia e introdujo una variante más moderada del mismo modelo. Este curso incluye discursos éticos, cierta intervención del estado y alguna sintonía con la síntesis neoclásico-keynesiana de posguerra[12].

La retórica que adoptó el Banco Mundial es muy representativa de este cambio. Los promotores del ajuste han edulcorado sus recetas y esgrimen una hipócrita preocupación por la pobreza. Reconocen las “fallas de mercado” y promueven alguna regulación del estado parar corregir los excesos de la concurrencia[13].

Los informes de los organismos internacionales ya no presentan la radicalidad neoclásica de los años 80 o 90. Reconocen las imperfecciones mercantiles y destacan la primacía de la acción estatal en ciertas áreas (medio ambiente, capital humano, infraestructura). Estos mensajes combinan el acervo ortodoxo con la intervención pública y proponen nuevos remedios para las rigideces de los precios y las trabas en la circulación de la información.

Este neoliberalismo más atenuado también remarca la importancia del asistencialismo. Acepta el gasto público para contener la explosión de pobreza, como un precio a pagar durante la transición en curso. Supone que esa erogación será pasajera y se extinguirá cuando el modelo genere más empleo. En los hechos registra el enorme impacto de grandes sublevaciones que atemorizaron a los capitalistas.

El neoliberalismo del siglo XXI ha morigerado su entusiasmo inicial con la globalización. Ya no transmite el espíritu triunfalista de “fin de la historia” que anunciaba  Fukuyama, ni se vanagloria por las “victorias de Occidente”. Acepta la existencia de una mayor variedad de caminos al bienestar que la simple imitación de Estados Unidos o Europa.

También destaca la incidencia de los valores imperantes en Oriente que facilitaron los despegues de China y el Sudeste Asiático. Resalta la centralidad cultural de la comunicación global y subraya su novedosa influencia para incentivar el desenvolvimiento de la periferia.

El neoliberalismo actual ha incorporado además varias teorías de crecimiento endógeno, que realzan la necesidad de inversiones públicas para financiar los procesos de innovación. La tecnología ya no es vista como un bien público, neutral y exógeno, que puede ser absorbida por cualquier concurrente atento a la señales del mercado.

Pero ninguno de estos agregados, sutilezas o complementos ha modificado las conclusiones regresivas del neoliberalismo. Estos corolarios se mantienen tan invariables, como las convocatorias a garantizar los negocios de los poderosos. La prioridad de políticas “amigables” hacia el capital mediante aperturas comerciales, privatizaciones y flexibilidad laboral no ha cambiado. El mismo recetario persiste con un nuevo envase de presentación.

Variedad de sentidos

Al comienzo del siglo XXI el neoliberalismo perdió la homogeneidad que caracterizó a su debut. El término adoptó múltiples connotaciones y la definición previa de ofensiva del capital sobre el trabajo quedó referida a cuatro problemas específicos.

En primer lugar existe una interpretación de este fenómeno como nueva etapa del capitalismo. Esta acepción alude al período transcurrido desde los años los 80 hasta la actualidad a escala global. La peculiaridad de América Latina en esta fase ha sido su inserción internacional como proveedora de materias primas.

El neoliberalismo aporta la justificación de este modelo exportador con primacía agro-minera, pilares extractivistas, fabricación maquiladora y servicios transnacionalizados. Todos los gobiernos de la región comparten este patrón de reproducción primario-exportador.

Un segundo sentido del neoliberalismo reúne a los países que han optado por estrategias de libre-comercio. México lidera este pelotón desde la suscripción del NAFTA con Estados Unidos y Canadá hace 20 años. Su economía ha quedado moldeada por las consecuencias de un tratado que reforzó la integración del país a la potencia del norte, como proveedor de petróleo y mano de obra barata.

Pero el ambicioso proyecto estadounidense de forjar un mercado hemisférico para las grandes empresas (ALCA) se frustró. Las resistencias populares, la disconformidad de ciertos sectores empresarios y el rechazo de los gobiernos más autónomos alineados con el MERCOSUR neutralizaron ese intentó en el 2005 (Cumbre de Mar del Plata).

Desde ese momento la promoción imperial de un gran tratado de libre comercio ha quedado sustituida por convenios bilaterales suscriptos con los gobiernos más afines. Varios TLC se consolidaron, otros se demoraron y algunos quedaron bloqueados. Pero un enjambre de acuerdos ya enlaza a Estados Unidos con el grueso de la región centroamericana y con varios países del sur (Chile, Colombia o Perú).

En los últimos años Obama retomó la ofensiva para introducir un convenio general de libre-comercio (Tratado del Pacífico), tendiente a gestar cierta triangulación mundial con Europa y Asia. También las firmas europeas impulsaron sus propias negociaciones e intentan erosionar el MERCOSUR forjando acuerdos unilaterales con Brasil[14].

Las mismas tratativas de Europa con Ecuador apuntan a extender el sometimiento comercial que ya impera en Perú o Colombia. En el caso de Uruguay las negociaciones incluyen un drástico compromiso de apertura comercial y equiparación de los proveedores nacionales del Estado con sus competidores externos[15].

Esta oleada de presiones no sólo recrea las rivalidades entre europeos, estadounidenses y chinos por el control de los recursos naturales de la región. El libre comercio es un mecanismo de la mundialización que promueven todas las potencias. Cuanto más elevado sea el número de convenios suscriptos por la región, mayor será su subordinación a un modelo que bloquea el desarrollo latinoamericano.

La tercera acepción del neoliberalismo alude a una política económica de ortodoxia monetaria, fiscal y cambiaria con variantes monetaristas y ofertistas. Pero la crisis global del 2008 ha generado importantes cambios en esta práctica. Muchos neoliberales olvidaron los principios de riesgo y competitividad y justifican los auxilios estatales a los bancos.

Esta adaptación pragmática al temblor financiero no presenta hasta el momento la magnitud observada en las economías centrales. La región no padeció desmoronamientos bancarios, ni explosiones de endeudamiento. Persiste el ascenso de los precios de las commodities (en forma atenuada) y también la afluencia de inversiones extranjeras. Por esta razón se implementan políticas contra-cíclicas de gasto público e impulso al consumo. Los ministros neoliberales han recurrido a estas recetas con el mismo fervor que sus adversarios heterodoxos, especialmente en Chile, Colombia, México o Perú.

Ciertamente existe un tipo de política económica singular del neoliberalismo que se contrapone al patrón keynesiano. El signo determinante de esta orientación no es la gravitación del Estado, sino la jerarquía asignada a las privatizaciones, la apertura comercial y la flexibilización laboral. También se prioriza el gerenciamiento privado y las inversiones extranjeras como sustitutos del ahorro interno.

¿Cuáles son los intereses sociales favorecidos por esa política? Es evidente que beneficia a los capitalistas en desmedro de los trabajadores, pero no es tan nítido su apuntalamiento de sectores burgueses específicos. Algunos autores subrayan las ventajas obtenidas por los rentistas financieros y otros resaltan el sostén general de los grupos concentrados[16].

Es evidente que el neoliberalismo mejoró inicialmente el perfil de los sectores financieros y afianzó posteriormente los negocios agro-mineros volcados a la exportación. Ha obstruido, en cambio, los procesos de acumulación de las fracciones industriales más dependientes del mercado interno.

Evaluaciones combinadas

El cuarto sentido del neoliberalismo es su dimensión política. En este plano se identifica con los gobiernos derechistas subordinados a Estados Unidos, que recurren a la represión para apalear la protesta popular.  Es la estrategia elegida por el PAN y el PRI que ensangrentaron a México en una guerra social bajo la cobertura de “erradicar el narcotráfico”. También aquí se ubican los mandatarios de Colombia que acumulan un récord de persecuciones y asesinatos de luchadores sociales.

En ese  mismo campo deben ser situados los presidentes de Perú que privilegian la respuesta represiva frente a las resistencias al extractivismo. Es la misma política que han seguido en Chile los líderes de la Concertación, manteniendo los pilares de la Constitución pinochetista. El uso de la fuerza es también un rasgo compartido por los presidentes privatistas de Centroamérica.

Todos estos gobiernos desarrollan agendas reaccionarias apuntaladas por los medios de comunicación. Priorizan especialmente la difusión de valores conservadores, para oponer a las clases medias con los sectores más empobrecidos.

Pero este neoliberalismo político ha perdido el empuje triunfalista que exhibía en los años 90. Sólo mantiene una gran capacidad para lanzar contraofensivas. En los últimos años recurrió al golpismo con disfraz institucional, para derrocar a un presidente tibiamente reformista en Paraguay y para tumbar un mandatario aliado del chavismo en Honduras.

La derecha igualmente fracasó en las acciones destituyentes para desplazar a los presidentes de Venezuela y Bolivia. Esta incapacidad para imponerse en los principales países en disputa ilustra los límites de la reacción. Habrá que ver como impacta el reciente afianzamiento electoral de la derecha en Colombia, el giro conservador de varios gobiernos de centroizquierda y el resultado de importantes elecciones en curso.

El rumbo estadounidense es el principal condicionante de cualquier acción significativa del neoliberalismo regional. La primera potencia mantiene su influencia en la zona desplegando fuerzas militares en Colombia. El margen de intervención directa de los marines ha quedado recortado, pero la función geopolítica de América Latina para el imperio no ha cambiado. En la nueva realidad de UNASUR y CELAC el imperio ensaya distintos caminos para restablecer su injerencia.

El neoliberalismo regional debe ser analizado evaluando esta variedad de procesos. Presenta cuatro dimensiones diferenciadas como etapa, estrategia de libre-comercio, política económica y gobiernos derechistas. Es muy importante distinguir esos niveles a la hora de establecer un balance.

A diferencia de otras regiones no hay respuesta simple para definir si el modelo derechista se encuentra a la ofensiva o en repliegue. Existen varios gobiernos en conflicto con este curso y se han obtenido triunfos populares que limitaron su predominio. Pero todas las administraciones actuales comparten el mismo patrón primario exportador de inserción en la mundialización neoliberal.

Un gobierno derechista se amolda por completo al rumbo neoliberal, otro de centroizquierda no se aviene fácilmente a ese sendero y los procesos radicales chocan con sus fundamentos. En un caso prevalece la sintonía, en otro la convivencia y en un tercero la contraposición.

Esta desincronización deriva en última instancia del impacto generado por rebeliones populares victoriosas, que limitaron el alcance regresivo del neoliberalismo sin sepultarlo. Introdujeron grandes transformaciones políticas que incidieron en forma muy limitada sobre la esfera económica. Por esta razón es erróneo suponer que América Latina ha ingresado en una fase “pos-liberal”. Ese giro supondría que toda la etapa de las últimas tres décadas ha quedado atrás y hasta ahora ese viraje no se consumó.

Libre-comercio y globalización

Los neoliberales contemporáneos retoman la vieja caracterización del libre-comercio como llave maestra del desarrollo. Afirman que es la manera más directa de reducir la pobreza y la inequidad.

Pero olvidan que la implementación de este principio en América Latina desembocó en la primacía de exportaciones agro-mineras e importaciones industriales. Esa asimetría condujo al subdesarrollo y a la inserción dependiente en el mercado mundial.

Los defensores del libre-comercio ignoran esta trayectoria histórica. Olvidan que Inglaterra optó por esa estrategia cuando ya era dominante a escala mundial. Tampoco recuerdan que el comercio irrestricto fue evitado por Estados Unidos, Japón o Alemania en el debut de su desenvolvimiento industrial. Sólo aceptaron parcialmente esa orientación cuando lograron alta productividad en los sectores sujetos a la competencia global[17].

Todas las economías desarrolladas impusieron normas de libre-comercio a la periferia para asegurar la colocación de sus exportaciones industriales. Lejos de constituir un instrumento de prosperidad para las naciones atrasadas, esa apertura introdujo obstáculos a la diversificación económica y al crecimiento de la periferia. América Latina padeció el fortalecimiento de las oligarquías rentistas y el bloqueo a la acumulación sostenida de capital.

Los neoliberales contemporáneos retoman las viejas críticas al proteccionismo, señalando que impide aprovechar las ventajas comparativas de cada país. Sitúan esas conveniencias en la agricultura o en la minería, como si América Latina cargara con un mandato divino de provisión de materias primas a los países desarrollados.

No registran el evidente beneficio que aportó ese status internacional a las economías ya industrializadas y la adversidad que impuso a las naciones periféricas. Mientras que el primer tipo de países pudo desenvolver intensos procesos de expansión fabril, el segundo grupo quedó relegado a un estadio básico de exportador primario.

Es absurdo suponer que cualquier economía puede mejorar su perfil, reforzando su colocación “natural” en la división internacional del trabajo. El desarrollo exige lo contrario: lidiar con la adversidad de los condicionamientos externos.

Ningún país latinoamericano puede convertirse espontáneamente en una economía avanzada, sin modificar la matriz histórica que obstruyó su desenvolvimiento productivo. Esa estructura genera transferencias de recursos hacia los países desarrollados y reproduce distintas modalidades del atraso[18].

Las ingenuidades librecambistas perdieron influencia durante la segunda mitad del siglo pasado con la industrialización de México, Brasil y Argentina. Pero las limitaciones y fracasos de los modelos de sustitución de importaciones reavivaron las creencias previas en los beneficios de la apertura comercial.

Esas ilusiones han encontrado un nuevo techo. Los efectos devastadores de la desprotección padecida por América Latina en las últimas dos décadas afectaron seriamente la credibilidad de los mitos libre-cambistas. Salta a la vista cómo la disminución de las tarifas aduaneras desmorona a las industrias locales, frente al aluvión de importaciones fabricadas en el exterior.

Los neoliberales igualmente realzan los beneficios de la globalización. Afirman que la apertura de las fronteras para la circulación del capital favorecerá a las economías relegadas, al inducir una traslación de fondos desde los países con altas dotaciones de capital hacia las economías subdesarrolladas.

Pero si esa tendencia fuera tan dominante ya habría irrumpido en el pasado. La existencia de un mercado mundial no es una novedad del siglo XX. Arrastra varias centurias de experiencias que nunca derivaron en equilibrios de la acumulación.

Teorías de la convergencia

El desenvolvimiento capitalista no está regulado por sencillos movimientos de capitales excedentes hacia los países empobrecidos. Es pura ensoñación suponer que las empresas transfieren espontáneamente fondos de Suiza hacia el Congo o de Alemania hacia Ceylán, en escenarios de capitales sobrantes en un polo y faltantes en el otro.

El sistema se reproduce siguiendo otros patrones de rentabilidad determinados por múltiples factores. La localización del capital es definida por los costos, los mercados y las expectativas en el comportamiento de las monedas, las tarifas o los salarios.

La fantasía globalista supone que esa compleja estructura histórica del capitalismo ha quedado abruptamente disuelta por el afianzamiento de idearios neoclásicos. Transforman esos imaginarios en realidades normativas que nadie logra corroborar[19].

Es cierto que la liquidez global fluye con más rapidez e intensidad que en el pasado, pero de la mano de empresas transnacionales que relocalizan su producción en ciertas regiones ya enlazadas con el capital global. Sólo en esas condiciones usufructúan de la baratura, el adiestramiento o el sometimiento de la fuerza de trabajo.

Pero tampoco esos movimientos equiparan los acervos nacionales de capital. Generan fracturas y polarizaciones que segmentan al capitalismo en un nuevo orden de perdedores y ganadores, con centros, semiperiferias y periferias.

El esquema de las ventajas comparativas desconoce la existencia de obstáculos elementales al logro de equilibrios mundiales. Ignora la nueva secuencia de polaridades que caracteriza a cualquier reorganización del mercado global. Un hipotético curso de aproximación de África Sub-sahariana con Europa del Norte o de Centroamérica con Estados Unidos generaría fracturas de mayor alcance que las brechas a reducir. Estos desniveles serían propios de la acumulación y obstruirían los empalmes que imagina la teoría neoclásica.

El librecambismo neoliberal promueve políticas reaccionarias con supuestos banales. Reivindica la desigualdad social, celebra la mercantilización de la acción humana, glorifica el consumismo e incentiva un ejercicio despiadado de la competencia individualista.

También afirma que la revolución de las comunicaciones achicó el planeta, facilitando la concreción del ideal neoclásico de un mercado perfecto. Supone que una vez reducidas las barreras interpuestas por los estados nacionales, nada impedirá la plena circulación del capital, la transparencia total y la asignación óptima de los recursos a escala mundial.

En estas condiciones el libre-comercio aseguraría el desarrollo, al erradicar las trabas que en el pasado obstruyeron la movilidad del capital y del trabajo. Los economistas más ortodoxos (Barro, Sala I Martin, Williamson) y sus instituciones (FMI, Banco Mundial) recurren a esa teoría de la convergencia global, para justificar su promoción de políticas de apertura.

Pero esas afirmaciones no aportan ninguna novedad al conocido libreto de los rendimientos decrecientes en el centro, que deberían incentivar el despegue de la periferia. En esta hipótesis de convergencias entre economías atrasadas y adelantadas se inspiraron todas las teorías metropolitanas del desarrollo[20].

Durante décadas los neoclásicos ensayaron una “econometría de la convergencia”, para intentar corroborar el achicamiento de las brechas estructurales entre el centro y la periferia. Pero con gran frecuencia esos estudios confundieron movimientos financieros coyunturales con tendencias de largo plazo.

Además construyeron modelos muy arbitrarios, atribuyendo el secreto del empalme global al comportamiento virtuoso de cierto factor (educación, tecnología, gestión). Aislaban ese elemento de la dinámica general de la acumulación buscando demostrar la preeminencia de tendencias hacia la equivalencia global. Pero estos procesos sólo se verificaban en la nebulosa de un razonamiento abstracto.

Frente a las inconsistencias de ese procedimiento algunos teóricos neoclásicos optaron por introducir una tesis sustituta de “convergencia condicional”. Postularon únicamente el empalme entre países con parámetros tecnológicos, institucionales o legales similares.

Pero con esta enmienda diluyeron los interrogantes a dilucidar. Ya no se supo quién converge y cuál sería la explicación de ese proceso. Al introducir una restricción más acotada abandonaron de hecho el presupuesto previo. Recurrieron a una hipótesis de “segundo mejor”, para exponer tautologías de convergencias entre economías que ya empalmaban previamente[21].

Raíces ideológicas regionales

El pensamiento neoliberal contemporáneo combina fundamentos económicos neoclásicos con actualizaciones de la historiografía liberal. Esta concepción nutrió la ideología de las clases dominantes latinoamericanas desde la Independencia hasta la crisis de 1930. Recreó los mitos del colonialismo y retomó todos los supuestos de superioridad del colonizador europeo sobre los indígenas y los esclavos.

Las versiones más básicas de esa teoría repitieron los prejuicios iniciales propagados por los conquistadores de América. Esos enfoques concebían al nuevo continente como una región estructuralmente atrasada por la gravitación de imperativos climáticos adversos. Suponían que esos condicionamientos impedían a los nativos desenvolver la agricultura y el comercio. Por eso postulaban superar la barbarie regional con un padrinazgo externo.

Durante tres siglos esta concepción difundió creencias de supremacía occidental. Divulgó la imagen de un nuevo continente dotado de excepcionales riquezas y pobladores incapacitados para aprovecharlas. Europa quedó identificada con la introducción de la civilización en un continente previamente divorciado de la historia humana.

Con estas ideas colonialistas se justificó la explotación impuesta a los pueblos originarios. El indio era sinónimo de salvajismo y su evangelización era presentada como un correctivo de ese primitivismo. Esa redención incluía el trabajo servil en las minas y en todas las haciendas creadas a partir de la usurpación de las tierras comunales.

Estos mismos preceptos fueron utilizados para introducir esclavos africanos en las regiones con poblaciones originarias diezmadas. La brutalidad de estas prácticas era maquillada con mensajes de padrinazgo tutelar sobre las razas inferiores[22].

El pensamiento radical del siglo XIX confrontó con estas teorías de glorificación colonial. Pero el liberalismo conservador de las oligarquías criollas retomó todos los diagnósticos de incapacidad de los nativos. Estos principios fueron utilizados por los terratenientes y comerciantes locales para afianzar su dominación. Con esos pilares gestaron naciones formalmente soberanas y económicamente dependientes del capitalismo británico.

La derrota de las corrientes democrático-radicales al concluir las guerras de la Independencia facilitó la consolidación de los prejuicios euro-centristas Aparecieron nuevas explicaciones que atribuían el subdesarrollo no sólo a la gravitación previa de culturas indígenas. También fue impugnado el débil liberalismo de la tradición española.

En ese contexto el desprecio por al retraso indígena fue combinado con cuestionamientos al proteccionismo hispánico. La fascinación por la cultura inglesa (y francesa) condujo al repudio de lo identitario y al rechazo de la propia singularidad mestiza de la región[23].

La idealización del Viejo Continente se reforzó en todos los planos. Europa fue identificada con la racionalidad y el desarrollo de la ciencia. Con este bagaje de creencias se promovió la incorporación de los países latinoamericanos a un desenvolvimiento guiado por la locomotora europea. Estos mismos principios alimentaron la ideología positivista de la modernización.

El liberalismo se amoldó a las necesidades de las oligarquías agro-mineras. Justificó el incremento de sus fortunas y la instrumentación de un esquema de exportación de materias primas, a cambio de manufacturas provistas por la industria británica.

Las teorías librecambistas convalidaron el ahogo de la estructura productiva local y facilitaron la apropiación oligárquica de las rentas de la región. Fueron  ideas muy persistentes hasta las primeras décadas del siglo XX. Presentaban los intereses de las minorías privilegiadas como conveniencias comunes de toda la sociedad latinoamericana.

Estas miradas perdieron influencia a partir de la gran depresión, pero resurgieron en los años 50-60 a través de nuevas teorías del desarrollo. La fascinación con el ejemplo europeo fue sucedida por el deslumbramiento con el modelo norteamericano. Mediante grandilocuentes llamados a la modernización se convocó a sustituir los patrones rutinarios de conducta por nuevos valores de riesgo, inversión y competencia. Se afirmó que ese cambio de costumbres encarrilaría a Latinoamérica por la senda del desarrollo[24].

El salto de la pobreza hacia el bienestar, el consumo en gran escala y el trabajo especializado solamente requería insertar a la región en el despegue modernizador. El teórico estadounidense Rostow aportó los fundamentos de este guión. Utilizó también ese mensaje para contener la amenaza revolucionaria. El nuevo programa era motorizado por asesores del Departamento de Estado que intervenían activamente en la guerra fría y difundían sus concepciones como antídotos del comunismo[25].

Contradicciones de todo tipo

Desde los años 70-80 el neoliberalismo latinoamericano amalgamó viejas tradiciones de elitismo regional con un proyecto de ofensiva thatcherista. La hostilidad al estatismo (pre-colombino, colonial, pos-independentista o nacionalista) reapareció con nuevos discursos de demonización del estado.

La crítica al intervencionismo hispánico y a la idiosincrasia pasiva de los pueblos originarios se transformó en objeciones a la ausencia de competencia, en sociedades subordinadas al despotismo de los funcionarios. Resurgieron los cuestionamientos al agobio que impone la burocracia a la vida de los ciudadanos.

Estos mensajes resumen el libreto neoliberal contemporáneo. Despotrican contra el estado omnipresente, que impide desenvolver los negocios creados por los individuos. Convocan a eliminar esa opresión estimulando a las personas a valerse por sí mismas, con el mismo ingenio e individualismo que florecen en los países exitosos.

Pero esta visión omite que el Estado no es tan adverso a los capitalistas. Solventa activamente el enriquecimiento de los poderosos y convalida el desamparo de los desprotegidos. Nunca abandona a los dominadores a su propia suerte, ni asegura la subsistencia de los desamparados.

Los neoliberales atribuyen el atraso latinoamericano a ciertas estructuras culturales internas. Explican siglos de estancamiento regional y resignación frente al paternalismo estatal por la ausencia de un talante competitivo anglo-sajón.

Pero olvidan mencionar que el liberalismo fue la ideología constitutiva de las naciones latinoamericanas y que sus parámetros definieron el modelo agro-exportador prevaleciente desde mediados del siglo XIX. Al atribuir la falta de progreso a la inferioridad cultural de la zona, no explican como persistió esa tara en sociedades regidas por principios liberales. Suponen que las elites encarnaron ese espíritu mercantil frente a mayorías populares afectadas por el atontamiento estatista.

La versión actual de esa mirada aristocrática se concentra en la crítica al virus del populismo. La influencia de esta enfermedad es explicada por la conducta facilista que adoptan los funcionarios, para asegurarse el sostén de sus clientelas electorales. Imponen una dependencia de los votantes hacia el estado que frustra la preeminencia del mercado y recrea el estancamiento.

Pero también aquí omiten recordar a los grupos capitalistas beneficiados por este tipo de administración. En ese ocultamiento se fundamenta el hipócrita palabrerío que despliegan contra el gigantismo estatal. Proponen erradicar esa atrofia mediante la instalación de un “estado mínimo”, que se desenvolvería mejorando la eficiencia del gasto y la eficacia de los funcionarios[26].

Este mensaje suele olvidar que el neoliberalismo ya arrastra varias décadas de administración estatal y que en ningún lado ha logrado alcanzar esa meta de eficacia. A veces justifican este fracaso afirmando que la mayoría de las experiencias gubernamentales “no han sido genuinamente liberales”. Contrastan lo vivido con un ideal de pureza mercantil-competitiva que no existe en ninguna parte del mundo.

Pero lo más curioso de ese argumento es su complementaria impugnación del socialismo. Afirman que este proyecto es una “utopía irrealizable” cuando su propio modelo navega en la fantasía.

El neoliberalismo actual retoma también la teoría de la modernización como explicación de las dificultades afrontadas por el empresariado latinoamericano para desplegar sus potencialidades. Atribuye esa frustración a la preeminencia de patrones culturales tradicionales, que obstruyen el surgimiento de los valores característicos del emprendedor contemporáneo. Estiman que esas capacidades empresariales están presentes, pero no logran emerger en el agobiante clima de estatismo latinoamericano[27].

Una idealización extrema de este individualismo empresario fue introducida en las últimas décadas por talibanes del neoliberalismo como Carlos Alberto Montaner, Martín Krause y especialmente Hernando de Soto. Presentan a los empobrecidos cuentapropistas como ejemplos de resurrección de la iniciativa privada. Afirman que los comerciantes precarizados del circuito informal han comenzado a liberar a la economía del estatismo, con acciones de racionalidad mercantil en universos de genuina competencia.

Pero esta exaltación de los desamparados como exponentes del ideal capitalista constituye una verdadera confesión de los resultados del neoliberalismo. Este esquema expropia a los trabajadores, expulsa a los campesinos de sus tierras y empobrece a las clases medias hasta desembocar en la miseria que padece América Latina.

Lo más insólito de la argumentación neoliberal es su enaltecimiento de estos efectos. Aunque atribuye la precarización al intervencionismo estatal, es evidente que la informalidad es consecuencia directa de un modelo que destruye empleos, mediante privatizaciones y aperturas comerciales. Sus artífices idealizan las desgracias causadas por la flexibilización laboral.

Las caricaturas de los empobrecidos como agentes transmisores de la mano invisible tuvieron cierto eco en el debut del neoliberalismo. Pero han perdido influencia en la última década, a medida que el empobrecimiento potenció la fractura social, masificó la delincuencia y acrecentó las tensiones de la marginalidad.

Este terrible escenario induce a la mayoría de los neoliberales a sustituir los elogios de la informalidad por la promoción de programas masivos de asistencialismo. Con teorías de auxilios transitorios (“hasta que el mercado genere empleo privado”) han incluido este tipo de gastos sociales en sus políticas de gobierno. Las administraciones derechistas destinan importantes erogaciones presupuestarias a contener la rebeldía que genera su modelo.

Una ideología de la dominación

La idealización del empresario es un pilar de la vertiente austríaca de la economía neoclásica, que se gestó con Menger y Bohm Bawerk y se afianzó con Von Mises y Hayek. Sus voceros propician la ampliación de las desigualdades sociales, la subordinación de la democracia a la propiedad y el reforzamiento de la supremacía irrestricta del mercado. Reivindican modalidades extremas de competencia, argumentando que aleccionan al consumidor y alientan la innovación del empresario.

A diferencia de la corriente walrasiana reconocen el carácter incierto de la inversión, la imperfección de la racionalidad individual y la fragilidad de las preferencias de los consumidores. Pero no deducen de estas dificultades ninguna propuesta de regulación de los mercados. Al contrario, proponen liberar el juego de la oferta y la demanda de cualquier interferencia, subrayando el carácter benéfico del orden mercantil y el efecto positivo del darwinismo social.

Con este tipo de concepciones, el neoliberalismo ha desenvuelto una influyente ideología en todos los sentidos del término. Aporta ideas que naturalizan la opresión para orientar la acción de los dominadores. Como creencia, cosmovisión o legitimación del grupo dominante, el neoliberalismo constituye un credo de gran peso para el funcionamiento actual del capitalismo[28].

Es una ideología con fundamentos racionales que a su vez propaga sistemáticos engaños. Promueve ilusiones en el reinado del mercado y en la existencia de oportunidades para todos los individuos. Oculta la apabullante preeminencia de las grandes empresas y el estructural afianzamiento de la explotación. Difunde el mito de la obstrucción estatista del desarrollo latinoamericano, omitiendo la dependencia y la inserción primarizada de la región en el mercado mundial.

El neoliberalismo expande estas ideas al servicio de las clases dominantes. Sintetiza las conveniencias de los grupos privilegiados de América Latina. En el pasado expresaba los programas de los terratenientes exportadores y en la actualidad canaliza las demandas de los grandes bancos y las corporaciones agro-industriales con negocios internacionalizados.

Las ideas liberales son creencias colectivas propagadas por las clases capitalistas. Forman parte del pensamiento latinoamericano desde que esa cosmovisión emergió para cohesionar a las minorías opresoras. En las últimas décadas provee todos los argumentos que utiliza al establishment para justificar su primacía. Los pilares de esas creencias (modernización, progreso, imitación de Occidente) inciden en la subjetividad de los individuos educados en las reglas de la mitología liberal.

El grado de penetración de esas ideas entre los oprimidos es un tema de gran controversia. Aunque el liberalismo tuvo momentos de gran influencia social, siempre fue una concepción explícitamente hostil a los intereses, tradiciones y deseos de los explotados. Por esta razón nunca fue plenamente interiorizada por este sector. Logró cierta incidencia entre fines del siglo XIX y 1930, pero quedó estructuralmente relegada con la industrialización de posguerra y la expansión del nacionalismo.

Ha retornado en las últimas décadas de oleada neoliberal pero sin echar raíces en la mayoría de la población. Las resistencias y victorias parciales logradas contra la ofensiva derechista han limitado la gravitación de sus conceptos, abonando las teorías que remarcan la acotada penetración de las ideologías dominantes entre los sectores populares[29].

Pero el liberalismo tradicional no es el único formato de esa concepción. También existen otras modalidades más sofisticadas que requieren evaluaciones específicas. Estas vertientes conforman el social-liberalismo que analizamos a continuación.

Resumen del capítulo I. Ortodoxos y convencionales

En América Latina el neoliberalismo comenzó antes y ha enfrentado mayores resistencias. Es una práctica reaccionaria, un pensamiento conservador y un modelo de acumulación basado en agresiones a los trabajadores, en un marco de mayor internacionalización del capital.

Hubo una etapa inicial del ajuste y otra fase posterior de privatizaciones durante las dictaduras y las transiciones posteriores. La aplicación del esquema neoclásico acentuó los desequilibrios financieros, cambiarios y productivos tradicionales y repitió los socorros estatales a los capitalistas a costa del erario público.

A diferencia de otras regiones el neoliberalismo latinoamericano quedó afectado por el impacto de las sublevaciones populares. Mantiene el programa derechista, pero redujo su triunfalismo, atenuó sus ambiciones y acepta cierta intervención estatal. Puede ser visto como etapa del capitalismo, estrategia de libre-comercio, política económica o gobierno derechista. Para definir si se encuentra a la ofensiva o en repliegue hay que distinguir esas cuatro acepciones.

El librecambismo postula una imaginaria inserción natural en el mercado mundial y reproduce el subdesarrollo que genera la exportación primaria. Las brechas internacionales de productividad desmienten las fantasías de convergencia entre economías avanzadas y periféricas.

El neoliberalismo hereda viejas teorías de inferioridad de los nativos, atraso cultural hispanoamericano y supremacía de Occidente. Retoma los mitos positivistas de la modernización basados en la copia del capitalismo avanzado. Despotrica contra la injerencia estatal, ocultando los beneficios que obtienen los capitalistas y no explica la continuidad de esa intervención al cabo de tantos gobiernos pro-mercado. Es absurda su presentación de la informalidad laboral como una resurrección de la competencia empresaria.

Como creencia, programa o cosmovisión el neoliberalismo es la principal ideología actual de las clases dominantes. No ha sido internalizada por los oprimidos.

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II. Pensamiento socio-liberal

El neoliberalismo de los años 80-90 sumó a varios mandatarios de la denominada Tercera Vía como Tony Blair o Felipe González. Provenían del keynesianismo de posguerra y del reformismo socialdemócrata, pero asumieron el discurso conformista que proclamó el ocaso de la ideología, la extinción de la era industrial y la obsolescencia de la lucha de clases. Postularon una mirada socio-liberal y repitieron los mensajes privatistas, silenciando los monumentales desequilibrios creados por la desregulación de la economía.

Los teóricos de este giro asumieron una reivindicación pragmática del capitalismo. Presentaron la globalización como un rumbo inexorable que exigía mayor apertura, eficiencia y competitividad. Pero ocultaron el atropello a las conquistas sociales que introducía este curso[30].

El escenario de la involución

En gran parte de América Latina este período correspondió a la transición de las dictaduras a los regímenes constitucionales. Este pasaje fue negociado por las cúpulas militares y los partidos políticos tradicionales. Los autores que se aproximaron al social-liberalismo justificaron esos pactos, realzando su conveniencia para gestar procesos de soberanía y democratización. Eludieron analizar cómo esos compromisos generaban sistemas políticos maniatados y subordinados a los acreedores externos[31].

Esos condicionamientos afloraron en los años 80-90 cuando la crisis de la deuda masificó la miseria y pulverizó la estabilidad del constitucionalismo. Allí se verificó el carácter opresivo de las “democracias excluyentes” forjadas en los años previos. Esos regímenes convalidaron el empobrecimiento popular y consumaron una gran transferencia de ingresos a favor de los banqueros.

Estos regresivos efectos fueron minimizados por los autores que promovieron los acuerdos de transición pos-dictatorial. Suponían que el constitucionalismo abriría las compuertas del bienestar, desconociendo las consecuencias de perpetuar estructuras económico-sociales inequitativas y adversas al desarrollo. Concentraron sus estudios en la temática institucionalista evitando cualquier referencia a la desigualdad, a los intereses de clase o a la explotación capitalista. Sólo difundieron miradas conservadoras para apuntalar el orden vigente[32].

Inspirados en el modelo de la transición española, los dirigentes del Partido Socialista de Chile implementaron el esquema más acabado de esa estrategia. Pactaron el sostenimiento de la Constitución pinochetista y compartieron el gobierno de la Concertación. Ese curso se convirtió en el arquetipo de una administración socio-liberal. Promovieron el libre-comercio, la flexibilización laboral y la privatización de la educación.

El social-liberalismo fue también auspiciado por algunas versiones de origen euro-comunista. Recurrieron a la autoridad de Gramsci para destacar la conveniencia de forjar sociedades civiles cimentadas en la influencia cultural de los trabajadores. Sostuvieron que este proceso permitiría suavizar las normas coercitivas del estado y contrarrestar la preeminencia del mercado, a través de un consenso de largo plazo entre el proletariado y la burguesía.

Pero la experiencia posterior demostró que las clases dominantes no comparten el poder. Sólo cooptan a ciertas capas de origen popular utilizando las prebendas del estado. Se demostró que los espacios gestionados por los asalariados distan mucho de reproducir la paulatina conquista del poder que consumó la burguesía bajo el feudalismo. Los trabajadores no acumulan riquezas, no controlan empresas, ni administran bancos. Por estas razones tienen obstruida la reiteración del camino que históricamente transitaron los capitalistas. Antes de asumir el control del estado esa clase se convirtió en acreedora de los gobernantes y dueña del poder económico[33].

El socio-liberalismo hizo suyos todos los conceptos de la Tercera Vía, la transición pactada y el gramscismo social-demócrata. Con ese arsenal teórico escaló posiciones en los estados, la academia y los círculos de poder de América Latina. Varios autores provenientes del marxismo se transformaron en voceros de un enfoque complementario del neoliberalismo tradicional.

La defensa del modelo derechista ya no quedó restringida sólo a Mario Vargas Llosa, Carlos Rangel o Alberto Montaner. Tres figuras de la izquierda intelectual como Fernando Henrique Cardoso, Jorge Castañeda y Juan José Sebreli sumaron su voz a este campo.

Estos tres autores se embarcaron en el giro derechista fascinados por la globalización. Elogiaron las ventajas del mercado y exaltaron las virtudes del capitalismo. Cuestionaron frontalmente la Teoría de la Dependencia y rechazaron todos los resabios culturales del “setentismo”. Esta involución sintonizó con una concepción afín a las tradiciones librecambistas de las elites latinoamericanas.

El itinerario de Cardoso

Fernando Henrique Cardoso ha sido el principal exponente de las mutaciones socio-liberales en América Latina. Se consagró como inspirador de la Teoría de la Dependencia y terminó como instrumentador de las grandes reformas reaccionarias de las últimas décadas.

Comenzó su gestión presidencial (1995-2002) anunciando que “olvidaba todo lo escrito en el pasado”. Posteriormente argumentó que un “político no puede actuar como intelectual”. Con este viraje el afamado crítico a la dependencia puso en marcha el mayor proceso de desnacionalización económica de Brasil[34].

Cardoso fue un importante artífice de la transición pos-dictatorial. Durante ese período anticipó el pragmatismo que signaría su gestión neoliberal. La concertación con los gobiernos militares preparó su resignación frente al capitalismo globalizado. Difundió la creencia que ese tipo de amoldamientos conducía al bienestar social.

Este intelectual trabajó en un conocido centro de estudios (CEPBRAP) y en el partido político que negoció los pactos con la dictadura (MDB). En esa época postuló que el desarrollo de Brasil requería una estrecha asociación con grandes empresas extranjeras. Propiciaba “internacionalizar el mercado interno” mediante la apertura comercial al mundo. Fue muy hostil al proteccionismo y al modelo de CEPAL de industrialización basada en el intervencionismo estatal. Encabezó una escuela sociológica en Sao Paulo con raíces cosmopolitas muy próximas al liberalismo[35].

Posteriormente Cardoso coronó su regresión adoptando posiciones explícitamente derechistas. Encubrió esta conducta con argumentos de defensa de las administraciones “republicanas” frente a los gobiernos “populistas”. Ubicó en el primer campo a los mandatarios conservadores y en el segundo a los presidentes en conflicto con el establishment.

Esta actitud actualmente incluye un giro pro-norteamericano y una furibunda oposición a cualquier manifestación de lucha popular. Cardoso participa en todas las campañas regionales “contra el autoritarismo”. Advierte especialmente esta desgracia en Venezuela, Bolivia o Cuba y enaltece el rumbo opuesto de Colombia o México.

Este contraste ilustra hasta qué punto asimila el denostado populismo con las reformas sociales, la participación popular o la resistencia antiimperialista. También confirma que su ideal republicano presupone la represión de la protesta.

Su mensaje es propagado por los medios de comunicación dominantes que propician acciones golpistas contra Venezuela, embargos contra Cuba o provocaciones contra Bolivia. Cardoso es un promotor activo de esas medidas desde el lobby belicista que comparte con otros 55 ex jefes de estado (“Club de Madrid”). Un intelectual que inició su carrera analizando la dependencia cierra su ciclo vital en un reducto de la reacción[36].

Una dependencia invertida

Cardoso abjuró de todas la visiones críticas que expuso en un difundido libro sobre la dependencia. En su viraje neoliberal reinterpretó ese texto como una polémica con las teorías del subdesarrollo, que sobre-dimensionan los efectos de la inserción periférica de América Latina. Señaló que esa restricción no impedía el crecimiento y pulió su viejo texto de cualquier connotación antiimperialista[37].

En los años 80 divulgó una versión más conservadora de esa teoría en frontal oposición a las vertientes marxistas de la dependencia (Marini, Frank, Dos Santos). Esta mirada se amoldó al liderazgo que asumió en los procesos de transición pactada con las dictaduras[38].

Mediante la revisión de su propia teoría Cardoso edificó el puente con el neoliberalismo. Estimó que su versión inicial de la dependencia sólo implicaba caracterizaciones del desarrollo, como sucesivos procesos de asociación de los capitalistas locales con las empresas foráneas. Contrapuso ese enfoque con las visiones más corrientes, que resaltaban los obstáculos al desenvolvimiento latinoamericano generados por esos acuerdos.

En esta reelaboración Cardoso transformó su descripción inicial de un modelo burgués asociativo en una reivindicación de ese curso. Ya no se limitó a trazar un retrato histórico del desarrollo regional impulsado por el capital extranjero, sino que tomó partido por ese camino. Una interpretación confusamente afín al ideario liberal se transformó en un proyecto favorable a ese rumbo.

En el clima contestatario de los años 60 Cardoso había quedado erróneamente identificado como un crítico de la dependencia, cuando en realidad ya exponía una tesis opuesta a esa visión. No sólo rechazaba la interpretación del atraso regional como resultado de la dominación colonial-imperialista, sino que sugería exactamente lo contrario.

Cardoso destacaba la existencia de un desarrollo resultante de esa dependencia, como consecuencia del ingreso de empresas foráneas a los mercados latinoamericanos. En la década del 80 dejó atrás el tono confuso de sus postulados y explicitó la conveniencia de profundizar la extranjerización de la economía mediante políticas neoliberales.

La ambigüedad inicial de Cardoso sintonizaba con su resistencia a explicitar alguna teoría de la dependencia. Prefería encarar un análisis acotado a “situaciones concretas de dependencia”. También objetaba los diagnósticos de CEPAL que proponían emerger del subdesarrollo mediante modelos de sustitución de importaciones.

Cardoso realzaba la existencia de una vía opuesta hacia el crecimiento, basada en entrelazamientos con inversores externos y en la gestación de una clase media con creciente poder de compra. Presentaba el despunte el Sudeste Asiático como un ejemplo de ese sendero[39].

Estas ideas fueron ponderadas por muchos analistas como correctivos del enfoque estructuralista sin advertir su estrecha conexión con el credo neoliberal. Ese vínculo estaba opacado por el léxico crítico que utilizaba Cardoso, para presentar una teoría de la no dependencia bajo el rótulo de la dependencia.

Sus planteos iniciales tampoco quedaron esclarecidos en la polémica que encaró contra las vertientes marxistas. Se enredó en una maraña de acusaciones contra un “estancacionismo” económico que jamás exhibieron sus adversarios. En este flanco la real discrepancia giraba en torno a la definición de la dependencia, como una condición estructural de la jerarquía imperialista mundial o como una situación meramente pasajera, en el fluido escenario del capitalismo global. Cardoso postulaba este segundo enfoque anticipando su posterior deslumbramiento por la globalización[40].

La trayectoria de este personaje es un ejemplo extremo de las paradojas que han rodeado a muchos intelectuales latinoamericanos. Un adversario acérrimo de la soberanía nacional y de las luchas sociales mantuvo durante décadas una aureola de pensador crítico y sorprendió a muchos con su opción por el neoliberalismo.

Pero esta involución no expresó sólo una adaptación a las vientos regresivos de la era thatcherista. Las teorías de Cardoso siempre estuvieron imbuidas de razonamientos próximos al liberalismo. Esta familiaridad quedó explicitada cuando el contexto externo permitió transparentar esos vínculos.

La mutación de Castañeda

El mexicano Castañeda ingresó en la vida política como militante comunista, postulando una estricta defensa de los puntos de vista de clase en las discusiones teóricas sobre la dependencia. Esa trayectoria quedó abruptamente modificada por un viraje conservador que lo condujo al gobierno derechista de Fox. Como secretario de Relaciones Exteriores asumió una fanática defensa del libre-comercio y reivindicó las virtudes de una alianza con Estados Unidos[41].

Esta involución se consumó con furibundos cuestionamientos a toda la izquierda. Abjuró de la revolución y propuso abandonar el proyecto socialista. Auguró el éxito del capitalismo, previó el declive de la rebelión popular, pronosticó un “futuro sin marxistas” y consideró agotada la trayectoria de la revolución cubana[42].

Este réquiem a la rebeldía social fue curiosamente expuesto al comienzo de la crisis del neoliberalismo, en pleno retroceso de los gobiernos conservadores y en el debut de grandes levantamientos. Sus elogios al libre-comercio contrastaron con el fracaso del ALCA y su fascinación por Estados Unidos chocó con la pérdida de iniciativa del Departamento de Estado.

Castañeda anunció el fin de la protesta popular en coincidencia con el “caracazo” y poco antes de la sublevación zapatista. Detectó gran pasividad entre los oprimidos cuando se preparaban las grandes rebeliones de Bolivia, Ecuador, Venezuela y Argentina. También su celebración de las ideas conservadoras chocó con la reactivación del pensamiento de izquierda.

El intelectual mexicano no sólo postuló el carácter inmutable del modelo neoliberal en contraposición a los horizontes anticapitalistas. Rechazó toda posibilidad de cambio del orden vigente y concentró sus expectativas de desarrollo latinoamericano en los Tratados de Libre Comercio. Por eso propuso perfeccionar esos convenios mediante una diplomacia de presión, en el universo de lobbies que rodean al Congreso estadounidense[43].

Castañeda se desempeñó como ministro del gobierno más pro-imperialista de la historia mexicana reciente. Al igual que Cardoso arremetió contra la influencia del “populismo nacionalista” (Venezuela) y ponderó la benéfica acción de la “izquierda moderada, globalizada y pragmática” (Chile)[44].

Este contrapunto ha sido un repetido argumento de la prensa conservadora. Castañeda retomó la misma prédica subrayando el carácter intrascendente de la ideología contemporánea. Estimó que un voto de izquierda carece de significado distintivo frente a su equivalente de derecha. Señaló que ambas posturas han perdido relevancia ante las conductas prácticas que asumen los individuos[45].

Pero esta visión es incompatible con su continuada actividad como escritor y propagandista de los valores del status quo. Si esos mensajes ya no cuentan; ¿Por qué tanto empeño en su difusión? Declarando el fin de las ideologías, Castañeda postuló la muerte del pensamiento crítico y la vigencia de las teorías que convalidan el orden vigente. Supuso que su propia involución política era un rasgo compartido por toda la sociedad.

Por eso imaginó un futuro contemplativo de clases medias ascendentes y satisfechas con el escenario latinoamericano. Esta mirada refleja su distanciamiento de los padecimientos populares que periódicamente desatan rebeliones sociales. Esos levantamientos sorprenden y desmienten al ex marxista.

Uniformidad global continuada

Al igual que Cardoso, Castañeda afianzó su concepción neoliberal a través de una dura polémica con la Teoría de la Dependencia. Primero expuso su rechazo con severos argumentos marxistas de preeminencia del razonamiento de clase. Posteriormente mantuvo la misma objeción con fundamentos neoliberales. En ambos períodos recurrió a planteos muy simplificados.

Castañeda cuestionó inicialmente la familiaridad de la Teoría de la Dependencia con la ideología burguesa y la problemática desarrollista. Criticó su alejamiento de la temática de la explotación y consideró que el dependentismo divorciaba el análisis de las sociedades latinoamericanas de la extracción de plusvalía, mediante estudios altamente concentrados en las deformaciones del capitalismo periférico. Destacó que los mecanismos de expropiación del trabajo debían ser realzados como los únicos patrones explicativos de la dinámica socio-económica. Señaló que al enfatizar la sujeción externa de la región, el dependentismo perdía de vista la primacía analítica de la explotación[46].

Pero estos planteos ya indicaron una mirada reductiva, que en cierta medida explica la atracción posterior que ejerció el reduccionismo neoliberal sobre su pensamiento. El capitalismo no se limita a operar como un sistema de extracción de plusvalía. Esa confiscación es el eje de numerosas contradicciones, que enlazan la explotación económica con mecanismos de dominación política, racial o nacional. Para comprender este complejo funcionamiento del sistema es necesario jerarquizar el análisis de esta variedad de desequilibrios sin oponerlos entre sí.

Castañeda no sólo optó por esa contraposición. Objetó cualquier indagación complementaria de la apropiación general de plusvalía y criticó a los teóricos como Marini, que estudiaban las formas específicas de superexplotación en la periferia. Los acusó de omitir la centralidad de la confrontación clasista[47].

Pero desconoció que las investigaciones impugnadas apuntaban a clarificar la complejidad que asumen las formas de explotación en las regiones subdesarrolladas. Los teóricos marxistas de la dependencia percibían la existencia de modalidades de sujeción diferenciadas entre economías centrales y periféricas, en oposición al principio de uniformidad postulado por su crítico. Posteriormente Castañeda transformó esta idea de equivalencia entre los distintos países en una justificación de la globalización.

En su etapa inicial de ultra-marxismo el intelectual mexicano también cuestionó el “economicismo” de la Teoría de la Dependencia. Consideró que ese defecto conducía a desvalorizar las caracterizaciones políticas y la intervención en la lucha de clases.

Con el paso del tiempo Castañeda eliminó esta significación de las batallas clasistas, pero mantuvo la primacía asignada a la esfera política, como excluyente instrumento para mejorar el funcionamiento de la sociedad. Consideró que esa órbita de acción es auto-suficiente y permite prescindir de complementos radicales en el plano económico-social. Dedujo que el mantenimiento del sistema capitalista no obstruye los cambios progresistas, si se acierta en el camino político para lograr esos avances.

Al igual que Cardoso, Castañeda objetó un inexistente “estancacionismo” económico entre sus adversarios (Marini, Dos Santos) y a partir de esa crítica resaltó las grandes potencialidades del capitalismo. Aunque inicialmente pretendía destacar las múltiples contradicciones de este sistema, en los hechos desatendió esos desequilibrios para ponderar la pujanza de este modo de producción. Siguiendo esa pista se deslizó hacia el elogio de la mundialización neoliberal[48].

Castañeda desechó todas las obstrucciones al desarrollo latinoamericano que la Teoría de la Dependencia observaba en la sujeción financiera, tecnológica o comercial. Remarcó la irrelevancia de esos lazos de subordinación.

También relativizó las diferencias entre potencias y países periféricos e incluso postuló que el imperialismo es un rasgo compartido por múltiples países. Supuso que opera por igual en economías centrales (Estados Unidos, Francia, Inglaterra) y en formaciones intermedias (como México, Brasil, Irán o Corea del Sur)[49].

Partiendo de esta equivalencia objetó cualquier demanda antiimperialista, planteo de soberanía o crítica a la expoliación de los recursos latinoamericanos por parte de las empresas transnacionales. Esta descalificación expuesta en nombre de un socialismo planetario se transformó luego en globalismo neoliberal.

La reconversión de Sebreli

A diferencia de Cardoso y Castañeda, el argentino Sebreli adoptó el neoliberalismo como proyecto exclusivamente intelectual. Absorbió paulatinamente este planteo junto a otros ex marxistas, que redescubrieron las virtudes de la democracia burguesa durante la transición pos-dictatorial que lideró Alfonsín. Su visión se distingue por la descarnada exposición de las tesis socio-liberales. No ensaya ningún atenuante para justificar su adscripción a estas propuestas.

Sebreli nunca alcanzó la influencia lograda por el ex presidente brasileño o el ex ministro mexicano. Pero expuso la concepción socio-liberal con mayor amplitud que sus colegas. Incursionó en todas las esferas de ese pensamiento e intentó una ambiciosa exposición de sus fundamentos. Por esta razón conviene evaluar con atención todas las aristas de su enfoque.

Al igual que Castañeda, el escritor argentino sustituyó la defensa inicial de formas incontaminadas de socialismo por un crudo extremismo liberal. Reemplazó sus críticas a las desviaciones populistas de la izquierda por una reivindicación del mercado y un apasionado elogio de Occidente[50].

El rechazo de Sebreli a la insuficiente radicalidad del tercermundismo se convirtió en explícita defensa de la mundialización neoliberal. Este giro cuenta con numerosos antecedentes en la historia latinoamericana. Ha sido una regresión repetida por distintos intelectuales desde la revolución mexicana hasta la actualidad[51].

Ese tránsito fue particularmente intenso entre los dirigentes socialistas afines a la tradición librecambista que inauguró el argentino Juan B. Justo. Se distanciaron de la protesta popular y sólo conservaron las referencias al socialismo en el campo de la cultura. Esta evolución estuvo signada por la adopción de una extraña variedad del marxismo, tan reacia a la beligerancia popular como hostil a cualquier convergencia con el nacionalismo revolucionario.

El devenir de Sebreli se inscribe en este legado y actualmente incluye intensas cruzadas a favor de los gobiernos derechistas. Ha transformado su disgusto con el caudillismo en una diatriba contra el populismo. Identifica ese tipo de acción política con el fascismo de masas. Mediante ese paralelo reaviva la vieja idealización de la democracia (equivalente a Estados Unidos) y de la república (equiparada con gobiernos conservadores)[52].

Pero esa mirada invierte la realidad de América Latina al detectar fascismo en Chávez o en Evo y no en Uribe o en los golpistas de Honduras y Paraguay. Los militantes que resisten las provocaciones mafiosas son acusados de promover la violencia y los causantes de repetidas sangrías son exculpados de sus crímenes.

Sebreli ya no logra distinguir lo más básico del posicionamiento político. Confunde al agresor con el agredido y al fascista con el antiimperialista. Padece una fuerte alergia a cualquier indicio de intervención popular. Se irrita especialmente con las “multitudes”, olvidando que las masas son protagonistas centrales de cualquier transformación social.

El pensador argentino ha dejado atrás el socialismo de salón para expresar su enemistad con el populacho, desde los diarios tradicionales de la oligarquía. Al igual que Cardoso y Castañeda recuperó su matriz liberal, sepultó su incursión por el marxismo y retomó los valores de la intelectualidad conformista.

Dependencias diluidas

El recorrido seguido por Sebreli desde el purismo marxista hasta el social-liberalismo extremo incluyó una crítica virulenta a la Teoría de la Dependencia. Consideró que esa concepción carecía de sustento político por su estrecha ligazón con planteos emotivos. Estimó que todas las demandas de liberación nacional habían perdido sentido en un escenario de países con independencia política ya consumada[53].

Pero ese cambio de status derivado de victorias anticoloniales nunca fue desconocido por el marxismo antiimperialista. Esta visión simplemente evitó la fantasía de colocar en un mismo plano a todos los países que comparten el atributo de la soberanía formal.

Esta igualdad es cotidianamente violada por las potencias imperialistas que dominan el tablero mundial. Basta observar como la independencia de Grecia es mancillada por los acreedores alemanes o de qué forma la soberanía de Honduras ha sido desconocida por los golpistas de la embajada estadounidense. La misma violación instrumentan las tropas francesas que se despliegan por Costa de Marfil. Este desconocimiento de soberanías se verifica justamente en países que ya dejaron atrás su condición colonial.

Ignorando estas realidades Sebreli estimó que el propio concepto de subdesarrollo había perdido sentido en un mundo diversificado y signado por distintas situaciones de crecimiento en la periferia o estancamiento en el centro[54].

Con esta mirada tendió a uniformar al planeta por la simple complejidad de contextos, sugiriendo que en la intrincada red de conexiones actuales “todos dependen de todos”. Como no aportó ningún criterio para definir jerarquías, tampoco introdujo conceptos para explicar por qué razón Estados Unidos goza de un status tan diferente a Honduras. Simplemente retomó la mitología de la equivalencia que difunde el neoliberalismo contemporáneo.

Sebreli invalidó también la dependencia con argumentos históricos, afirmando que el desarrollo desigual nunca obedeció a la explotación de las colonias. Destacó que hubo imperios que decayeron (España, Portugal, Turquía) y países que se desarrollaron luego de haber sido colonias (Estados Unidos, Australia, Canadá). Señaló que otras naciones no tuvieron posesiones externas (Suiza) y muchas se desarrollaron con sujeción política (Noruega, Nueva Zelandia) [55].

Con esta presentación de especificidades históricas sugirió que el crecimiento de las distintas economías, siempre estuvo divorciado de su relación con otros países y dependió por completo de méritos o desaciertos internos.

Pero esa interpretación confunde trayectorias iniciales específicas de cada país con el devenir del sistema mundial. Lo ocurrido en las etapas de menor desarrollo del capitalismo resulta insuficiente para entender el entrelazamiento internacional posterior de todas las economías. La variedad de cursos seguidos por los distintos países no desmiente la consolidación contemporánea de una estructura imperial polarizada.

Las fuerzas productivas como justificación

La hostilidad de Sebreli hacia la Teoría de la Dependencia se basa en una concepción del desarrollo histórico muy afín al positivismo de la vieja socialdemocracia. Los teóricos de la II Internacional identificaban el progreso de la sociedad con la maduración de las fuerzas productivas. Suponían que ese desarrollo conduciría a cierto bienestar bajo el impulso de la competencia capitalista. Observaban esa pujanza como una condición insoslayable para el futuro socialista[56].

Sebreli compartió plenamente ese enfoque, remarcando que los países subdesarrollados debían alcanzar un desenvolvimiento equiparable a los avanzados, antes de embarcarse en proyectos de igualdad social. Estimó que las economías centrales precedían a las periféricas, definiendo el curso a seguir durante un largo período previo al intento socialista[57].

Esa mirada utilizaba la terminología del materialismo histórico para exponer una teoría del progreso muy semejante a la visión liberal. Afirmaba que ciertos motores económico-sociales empujan a la sociedad hacia estadios más provechosos, siguiendo una direccionalidad preestablecida.

Ese enfoque sólo actualizaba el generador del impulso progresista. En lugar del espíritu hegeliano, la clarividencia de la razón o la mano invisible de Adam Smith subrayaba el impulso de las fuerzas productivas. Esta categoría era observada como un instrumento de gran potencialidad autónoma para modernizar los modos de producción.

Frecuentemente esta visión objetivista era presentada con una norma auto-evidente, que no que requería mayores evaluaciones. Se soslayaba la inconsistencia de un planteo que reduce todo el movimiento histórico al comportamiento de cierta variable. Omitía la enorme complejidad de la evolución social y su estrecha dependencia de acciones humanas. Desconocía que los antagonismos sociales y las luchas políticas han jalonado el curso efectivo de la historia.

La fascinación con las fuerzas productivas retrató el deslumbramiento del marxismo liberal con el desarrollo capitalista. Elogiaba el crecimiento y evaluaba los sufrimientos de los oprimidos como un precio a pagar por las mejoras del futuro. La explotación era vista como una desventura que el propio sistema tendía a morigerar, a través de reformas sociales.

Este razonamiento fatalista conducía a propiciar modelos de crecimiento acelerado, para permitir la aproximación de América Latina a los países avanzadas. Convergía con la teoría metropolitana del desarrollo y con sus recetas para afianzar la maduración del capitalismo regional.

El principal corolario de este esquema era la desvalorización o el explícito rechazo de la lucha social. Sebreli oscilaba entre cuestionar la irrelevancia y la nocividad de esa acción. Consideraba inútiles las luchas zapatistas durante la revolución mexicana, señalando la inviabilidad de sus metas agrario-comunales. Con el mismo razonamiento descalificaba a todos los movimientos guerrilleros posteriores de la región, objetando su afinidad con utopías ruralistas[58].

Esta mirada era el calco de las posturas conservadoras que siempre despreciaron la intervención de las masas, identificándolas con la ignorancia o la obstrucción del progreso. En las visiones más benévolas, esas resistencias sociales eran observadas como actos motivados por creencias primitivas.

Pero este enfoque implícitamente supone que la historia se desenvuelve mediante un proceso dual de avance de las fuerzas productivas y sometimiento de los pueblos. No registra que este patrón de opresión contradice cualquier esperanza de emancipación. Si se progresa con desgracias para las mayorías y beneficios para las minorías: ¿Cuál es el saldo positivo del pasaje hacia estadios sociales más avanzados?

La respuesta del marxismo liberal era muy semejante a un comodín repetido por todos los opresores: los sufrimientos de hoy permitirán gozar de los beneficios del mañana. Pero en la mirada del positivismo socialdemócrata ese porvenir tampoco era imaginable, puesto que el mandato de las fuerzas productivas exigía siglos de capitalismo antes de cualquier desemboque igualitarista. Estos irresolubles enredos condujeron a un abandono de todas las referencias al socialismo y a una explícita reivindicación del capitalismo liberal.

El enfoque de Sebreli desconoce que la progresividad de los acontecimientos históricos no debe evaluarse con parámetros de crecimiento, inversión o innovación tecnológica. Este avance radica en la experiencia de lucha acumulada por los oprimidos. Ese legado sedimenta la memoria de sucesivas generaciones que heredan tradiciones de resistencia, afianzando los niveles de conciencia requeridos para los proyectos de emancipación[59].

Sólo este proceso permite generar idearios pos-capitalistas. El motor de la historia es una búsqueda de caminos para erradicar los sufrimientos de los explotados y se ubica en las batallas encaradas por todos los artífices de la acción popular: plebeyos, campesinos, desamparados, obreros.

Es cierto que la efectividad inmediata de esta resistencia es superior cuando es asumida por sectores con mayor gravitación económico-social (como la clase obrera). Pero las esperanzas de emancipación son comunes y la gestación de ideas para alcanzar ese objetivo es un proceso nutrido por todas las experiencias de lucha.

Por estas razones los socialistas consecuentes siempre se han ubicado junto a los desposeídos. Optaron por ese lugar antes de elucubrar cualquier razonamiento sobre el rol de las fuerzas productivas. Sólo esta actitud es congruente con un proyecto anticapitalista. Al desechar este terreno Sebreli sembró las semillas de su propia evolución hacia el derechismo neoliberal.

Tradiciones de resistencia

Con sus tesis fatalistas de las fuerzas productivas Sebreli definió cuales eran las sociedades que merecían sobrevivir y desaparecer en el curso de la historia. Sitúo a las sociedades pre-colombinas en el destino de extinción y estimó que las rebeliones indígenas del siglo XVI estaban condenadas al fracaso[60].

Con esta caracterización repitió las leyendas difundidas por todos los vencedores, para presentar sus victorias como desemboques inexorables. Ese argumento fue utilizado para justificar las masacres perpetradas de los pueblos originarios. Siempre se resaltó la inviabilidad de los sistemas caídos y la progresividad de sus reemplazantes. Pero este planteo contradice igualmente las centurias de estancamiento que sufrió la región. La destrucción de sociedades pre-colombinas nunca fue sinónimo de despegue económico.

Como el social-liberalismo se ubica en un campo adverso a los oprimidos, no puede registrar el legado que dejaron las batallas de los pueblos originarios por su supervivencia. Esa resistencia perduró, forjó una tradición y terminó pavimentado, por ejemplo, las conquistas democráticas actualmente logradas en Bolivia.

La valoración de la historia con el patrón objetivista de las fuerzas productivas, simplemente supone que el ganador estaba predestinado a vencer. Con ese criterio de finales predefinidos, Sebreli presenta a las civilizaciones precolombinas como un terreno baldío y administrado por teocracias sanguinarias. Afirma que su declive era inevitable frente a la superioridad de los conquistadores. Considera que en el conflicto entre dos sistemas sociales siempre triunfa el más avanzado[61].

Pero esta mirada no aporta interpretaciones sino simples convalidaciones de lo ocurrido. Cortes era mejor que Moctezuma, los piratas británicos dejaron atrás a los virreyes españoles, los terratenientes criollos superaban a los gauchos y los financistas estadounidenses eran más virtuosos que los campesinos centroamericanos.

En función de resultados conocidos a posteriori se supone que los triunfadores eran los portadores del progreso. Este esquema olvida los incontables ejemplos históricos de causas avanzadas que fueron derrotadas por regímenes más regresivos de esclavistas, oligarcas o colonialistas. Un ejemplo clásico de ese resultado fue la destrucción del Paraguay durante la guerra de la Triple Alianza.

El social-liberalismo desconoce estas evidencias porque reproduce los mitos del capitalismo europeo. Ensalza la modernidad y supone que el avance de Occidente permitió el triunfo del cambio sobre la tradición, del trabajo sobre el reposo, de la razón sobre la emoción y de la ciencia sobre la magia[62].

Este mismo contraste difundió el liberalismo para contraponer la inferioridad de las culturas autóctonas con la superioridad del legado europeo. Sebreli retoma esa mitología para burlarse de todas las herencias culturales inspiradas en realismos mágicos, serpientes emplumadas y divinidades telúricas[63].

Postula una burda contraposición que desconoce el enriquecimiento generado por el contacto entre tradiciones disimiles. La tradición latinoamericanista contribuyó a la cultura universal con conocimientos y prácticas originales que sus descalificadores elitistas nunca comprendieron.

Los mitos del euro-centrismo

Sebreli enaltece el patrón unívoco de Europa exaltando la modernidad y el racionalismo frente al relativismo cultural y la primacía de lo particular. Supone que el occidentalismo enriquece a todos los individuos con la difusión de reglas universales, en una batalla contra los particularismos étnicos, regionales y nacionales[64].

Con estos términos retoma el clásico antagonismo entre civilización y barbarie, que postularon las elites librecambistas para descalificar las tradiciones autóctonas de América Latina. Mediante una distinción entre iluministas y retrógrados presuponían la total primacía cultural de una civilización frente a otra.

El escritor argentino recrea esas polaridades sin notar que sólo pueden contrastarse con cierta lógica en el terreno político y social, en función de posicionamientos favorables u opuestos al colonialismo, el imperialismo o el capitalismo. Y en este plano el liberalismo conservador siempre se ubicó en el campo adverso a la emancipación. El abanderado de la modernidad sustituye este análisis político por consideraciones filosóficas.

Su mirada reproduce todos los defectos de los enfoques euro-centristas de las ciencias sociales. Esa tradición recurrió inicialmente a criterios de la antropología convencional, para observar el comportamiento de los pueblos primitivos y evaluar su grado de lejanía con la sociedad occidental. El mismo parámetro era aplicado para descifrar los textos de las civilizaciones orientales y para indagar su nivel de distanciamiento de la modernidad.

Este abordaje forjó un esquema de interpretación de la historia que colocaba a Europa en un status prominente de modelo a seguir y pensamiento a copiar. El Viejo Continente era presentado como el rostro general de la sociedad futura. En este razonamiento se basó la idea de progreso, asociada a un devenir inevitable o una cualidad de la civilización occidental[65].

En su estadio marxista Sebreli asumió esos presupuestos contradiciendo los principios básicos del materialismo histórico. Olvidó que Marx forjó su concepción en una crítica a la exaltación del capitalismo europeo. El pensador alemán destacó la incompatibilidad de este sistema con la realización del individuo y subrayó la transitoriedad histórica de un modo de producción basado en la explotación.

En su madurez intelectual, Marx polemizó también con el mito smithiano de Europa como transmisora de un modelo comercial de desarrollo. Remarcó que el epicentro de este sistema no se ubica en el intercambio, sino en las relaciones sociales de propiedad. Explicó cómo el propio surgimiento del capitalismo se consumó mediante la expropiación de los campesinos y la creación del trabajo asalariado[66].

Las mitologías euro-centristas sustituyeron estas caracterizaciones por alabanzas al origen del capitalismo en el viejo continente. Atribuyeron ese nacimiento a ciertas virtudes de la civilización occidental como la liberad del comercio, los incentivos a la propiedad, la austeridad de los inversores o el rigor en el trabajo. Postularon que esos méritos permitieron la expansión de las ciudades y el avance de la ciencia.

Pero esas idealizaciones no registran que Europa fue agraciada por una dinámica de desarrollo desigual, que premió más su retraso que su anticipada modernidad. Las flaquezas de una estructura feudal frente a los sistemas tributarios más avanzados de otras regiones, aportaron la flexibilidad requerida para el despegue de los procesos de acumulación originaria. En otras zonas estados centralizados y más poderosos se apropiaban de todo el excedente bloqueando esa gestación inicial del capital[67].

La comprensión de estos procesos exige indagar la historia sin los presupuestos de superioridad previa que inspiran al euro-centrismo.

Convergencias con los neoclásicos

Al incorporarse al universo teórico del liberalismo, Cardoso, Castañeda y Sebreli terminaron repitiendo las banalidades de la ortodoxia económica. Estos lugares comunes incluyeron la vigencia de un mundo inter-dependiente, el aporte del capital extranjero al desarrollo y la responsabilidad de las economías atrasadas en su propio estancamiento.

Con descalificaciones al pensamiento crítico latinoamericano, el social-liberalismo retomó todos los cuestionamientos neoclásicos a la Teoría de la Dependencia. Recogió especialmente las visiones económicas ortodoxas de los años 70, que presentaban la dependencia como un rasgo compartido por el centro y la periferia. Esas miradas descartaban cualquier influencia de esa subordinación en el subdesarrollo latinoamericano. Afirmaban que ningún país es pobre por ser dependiente y rechazaban la existencia de jerarquías imperiales. Además, exaltaban al capitalismo como un sistema global flexible que siempre mejora la situación de sus integrantes[68].

Los social-liberales reflotaron estos enfoques. También recogieron los cuestionamientos que planteó el economista ortodoxo Lall al concepto de dependencia. Esta noción fue objetada por su incapacidad para aportar criterios de distinción entre las distintas economías del planeta. Lall afirmó que todos los países mantienen entre sí relaciones de dependencia, en un contexto de inserciones centrales, subordinadas o hegemónicas en el mercado mundial[69].

Con este diagnóstico objetó y al mismo tiempo aceptó la existencia de relaciones internacionales diferenciadas. Su postura ilustró la actitud del pensamiento económico convencional frente a las desigualdades internacionales. Este enfoque siempre ha oscilado entre la negación abstracta y el reconocimiento pragmático de esos desniveles. Por un lado desconoce esas brechas, recurriendo a un imaginario de mercado global perfecto. Por otra parte constata esas asimetrías, a la hora de abordar el problema con alguna pizca de realismo.

En oposición a esas inconsistencias la Teoría de la Dependencia resaltó la existencia de una gran fractura mundial y ensayó ciertas explicaciones de esa brecha. Cualquiera sean las insuficiencias de su respuesta, buscó interpretaciones para un problema clave del capitalismo contemporáneo. Los neoclásicos nunca pudieron siquiera ubicarse en la discusión de este tema.

Lall impugnó la vigencia de relaciones de dependencia, señalando que los capitales extranjeros no generan mecanismos de subordinación. También cuestionó la inconveniencia de exportar sólo materias primas y rechazó la existencia de tendencias al deterioro de los términos de intercambio.

Pero si ninguno de estos procesos induce a la polarización económica global: ¿A qué obedece la estabilización de enormes desigualdades entre el centro y la periferia en la historia del capitalismo? Si todos compiten en condiciones semejantes: ¿Por qué razón Francia o Inglaterra siempre mantuvieron un lugar estable como países desarrollados? ¿Cómo se explica el afianzamiento del retraso estructural de Nicaragua o Somalia?

Lall simplemente sugirió que la respuesta debía ser investigada en terrenos opuestos a la Teoría de la Dependencia, pero no aportó ninguna pista para esa indagación. Como atribuyó un carácter pasajero a las desigualdades mundiales se limitó a postular que la expansión del capitalismo resolvería en algún momento esas asimetrías. En esta cancelación del enigma fue acompañado por todos los teóricos del social-liberalismo.

Con la misma actitud negadora Lall evaluó los bloqueos a la acumulación en la periferia o los cuellos de botella a la industrialización. Estimó que esas obstrucciones desaparecerían una vez superados los obstáculos naturales que enfrenta cualquier despegue económico.

También aquí fue seguido por los social-liberales. Actualizaron la vieja caracterización del desarrollo como un recorrido transitado por todos los países. Postularon la existencia de una secuencia biológica de maduración anticipada por las economías adelantadas.

Pero esta trayectoria no se ha verificado en ningún lado. El capitalismo global reproduce las polaridades entre economías prósperas y relegadas, sin universalizar las ventajas del crecimiento. Abre ciertos campos de acumulación obstruyendo otros y multiplica los sufrimientos de las víctimas en que se apoya el avance de los ganadores.

Es cierto que estas fracturas presentan una diversidad y complejidad muy superior a la simple dualización centro-periferia, que concibieron los primeros teóricos de la dependencia. Pero estas insuficiencias fueron corregidas por otros estudios que incorporaron conceptos suplementarios al enfoque inicial. Esta nueva secuencia de nociones (semiperiferia, sub-imperialismo, variedad de centros, situaciones de suma cero) contribuyó a esclarecer la dinámica de las desigualdades nacionales y regionales.

El social-liberalismo quedó al margen de esta clarificación porque profundizó su afinidad con la visión neoclásica, hasta converger plenamente con sus ilusiones de prosperidad capitalista global. Estas fantasías también incluyen insólitos supuestos de cosmopolitismo que abordamos en el próximo texto.

Resumen del capítulo II. Pensamiento socio-liberal

El social-liberalismo adoptó los postulados de la Tercera Vía y motorizó las transiciones pactadas con las dictaduras, siguiendo el modelo de la Concertación chilena. FH Cardoso fue un artífice de estos procesos. Comenzó en el progresismo y concluyó como abanderado del ajuste. Transparentó su visión del desarrollo como un proceso de asociación con el capital extranjero y eliminó todos los resabios de la Teoría de Dependencia.

Castañeda abandonó la izquierda para sumarse a un gobierno derechista, convalidando el orden capitalista y cuestionando la rebeldía popular. Sustituyó caracterizaciones dogmáticas de la plusvalía por elogios a la uniformidad globalista. Transformó su crítica al economicismo en una idealización de la política y convirtió su tesis de múltiples imperialismos en aprobaciones del status quo.

También Sebreli reemplazó su defensa inicial de un socialismo puro por adscripciones al neoliberalismo. Sus viejos cuestionamientos a la subsistencia de brechas entre el centro y la periferia devinieron en una aceptación de la globalización. Enalteció el desarrollo de las fuerzas productivas estableciendo una falsa identificación del progreso con el capitalismo. Desconoció que el motor la historia es la búsqueda de la emancipación social, a partir de legados de resistencia aportados por todos los sectores oprimidos.

El social-liberalismo repite los mitos del eurocentrismo. Avala la destrucción de las civilizaciones pre-capitalistas, desvaloriza las culturas autóctonas y justifica la expansión colonial. Ha incorporado las simplificaciones de la teoría neoclásica, relativiza las desigualdades internacionales e imagina que los países atrasados reproducirán el desarrollo de los avanzados.

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III. Ortodoxos y convencionales

El social-liberalismo está deslumbrado con la globalización. Considera que el incremento registrado en la internacionalización de la economía constituye el dato más auspicioso de la realidad actual. Cardoso, Castañeda y Sebreli sólo difieren en los argumentos de esa reivindicación.

Justificaciones más sorprendentes aportan otros dos autores del mismo perfil. Por un lado, el argentino Fernando Iglesias intenta combinar ciertas tesis de la izquierda liberal con posturas definidamente derechistas. Por otra parte, el inglés Nigel Harris ha sustituido viejos planteos de la izquierda radical por sofisticadas defensas del cosmopolitismo burgués.

Fantasías globalistas

Cardoso considera que la globalización abre las compuertas del progreso. Estima que este cambio permite gestar una sociedad representativa de la vitalidad histórica del capitalismo[70].

Pero esta evaluación no condice con la envergadura de la crisis reciente. La convulsión del 2008 no sólo puso en entredicho la supervivencia de los bancos. También reveló un grado de inestabilidad sistémica incompatible con las ilusiones de solidez que transmite Cardoso. Su apología también ignora los aterradores desequilibrios ecológicos actuales. Este deterioro del medio ambiente ha dado lugar a numerosos estudios que advierten contra una potencial regresión a la era de los glaciares.

Cardoso repite todos los lugares comunes sobre la globalización para justificar la apertura neoliberal que implementó en Brasil. Estos cambios debían generar mejoras sociales que nunca se verificaron. Sus dos mandatos de ortodoxia monetarista amplificaron la polarización social y el estancamiento económico en un marco de gran conservadurismo político.

También Castañeda expone una visión idílica de la globalización. Considera que permitirá gestar proyectos supranacionales de bienestar y expansión de la democracia. Supone que contribuirá a mejorar los sistemas escolares y la expansión de la “meritocracia”, requerida para apuntalar el crecimiento y la igualdad de oportunidades[71].

Con este tipo de fantasías los neoliberales han multiplicado las privatizaciones de la enseñanza. Deterioran la educación pública y excluyen a las mayorías del acceso al conocimiento. Castañeda ha participado personalmente en esta oleada de atropellos desde su función ministerial en el gobierno derechista del PAN.

Sebreli ofrece otro fundamento para los mismos elogios de la globalización. Considera que el auge de empresas transnacionales y coordinaciones económicas supra-nacionales retrata la marcha de un proceso progresivo e inexorable. Postula que no tiene sentido defender a la pequeña empresa frente a una evolución ineluctable del capitalismo y descarga una andanada de críticas contra la “utopía reaccionaria” de oponerse a ese destino[72].

Pero este inconsistente fatalismo oculta las terribles consecuencias sociales de la expansión mundial del capital. Este curso intensifica la destrucción de empleos, masifica la precarización laboral y potencia formas de competencia que corroen la continuidad de la acumulación. Sebreli olvida que ningún desenvolvimiento social es inevitable. En el marco de ciertas condiciones históricas se consuman transformaciones económicas sujetas al curso imprevisible de los antagonismos sociales.

Iglesias enaltece la globalización destacando su aporte a la consolidación de proyectos universales contrapuestos al particularismo. Considera que este proceso impulsa el desarrollo de la sociedad civil y reduce las pretensiones aislacionistas del viejo populismo. Pondera el nuevo espíritu globalista y rechaza a los nostálgicos que exaltan a la nación o proponen estatizaciones de la economía[73].

Pero la identidad que establece entre mundialización capitalista y consolidación de los derechos democráticos sólo se verifica en su imaginación. Las transformaciones de las últimas décadas han incentivado el apetito de lucro de las grandes empresas provocando despojos de pobladores, pauperización de trabajadores y depredación de los recursos naturales. La euforia privatizadora ha sido la principal causa de esta regresión social.

La ceguera frente a estas consecuencias se percibe en la insólita conexión entre globalización y reducción de la desigualdad, que establece el teórico socio-liberal Harris. Postula ese vínculo a contramano de incontables verificaciones opuestas[74].

Los cálculos que ha difundido recientemente el equipo de investigación dirigido por el economista Thomas Piketty desmienten en forma contundente cualquier ilusión en la mejora de la equidad. La mundialización neoliberal amplificó las brechas sociales en todos los países a un ritmo desconocido desde el siglo XIX[75].

Harris también afirma que las tendencias globalizantes contribuyen a reducir la pobreza[76]. Pero este supuesto no sólo contradice el estado de indigencia que soportan los millones de hambrientos de la periferia. También contrasta con la nueva pobreza que genera la destrucción neoliberal de las conquistas sociales en Europa y Estados Unidos.

Cosmopolitismo burgués

La apología de la globalización difiere del reconocimiento de la mundialización como una nueva etapa del capitalismo. El social-liberalismo no se limita a diagnosticar la presencia de este novedoso estadio, sino que reivindica su aparición como un gran momento de progreso. En lugar de formular un análisis objetivo del salto registrado en la internacionalización del capital expone aprobaciones de esa transformación.

Esta diferencia entre el diagnóstico y la alabanza separa al social-liberalismo de numerosos estudios que retratan y al mismo tiempo cuestionan, la mundialización del capital. Estas miradas registran las contradicciones y los límites de ese proceso[77].

Harris combina evaluaciones con elogios. Subraya la diferencia entre la economía mundial (como entidad que enlaza a sus componentes nacionales) con la globalización, (como nueva subordinación de esas estructuras a fuerzas externas). Describe la forma en que las empresas transnacionales y la banca global modifican las fronteras y desbordan las regulaciones estatales. También ilustra la adaptación de las decisiones de inversión a las necesidades de un mercado internacionalizado. Evalúa estos cambios con gran optimismo[78].

Pero su entusiasta visión ignora los desequilibrios que introduce el período en curso. Harris omite la envergadura de la sobreproducción global y la magnitud del descontrol financiero que genera la mundialización. Desconoce que la competencia entre empresas, la saturación de productos y la plétora de capitales presentan una dimensión inédita.

El teórico inglés supone que la globalización recrea el virtuosismo cosmopolita del capitalismo naciente. Estima que la “revolución burguesa” actual tiende a superar la dominación estatal y facilita la constitución de sistemas genuinamente mercantiles. Considera que la actividad del empresario quedará liberada de las trabas que todavía impone la burocracia estatal[79].

Con esa mirada presenta un cambio en la reconfiguración de los estados como un debilitamiento de esos organismos. No percibe que la globalización sólo remodela instituciones nacionales esenciales para la continuidad del capitalismo. Los estados cumplen un rol central en la gestión de la fuerza de trabajo y persisten como estructuras insustituibles para garantizar la explotación del trabajo asalariado[80].

Harris desconoce este dato y se entusiasma con la expansión del mercado como pilar de la social civil global. No aclara cómo podría cumplir ese papel reforzando al mismo tiempo todos los desequilibrios del capitalismo. Simplemente sugiere que el mercado contribuirá al renacimiento de los mercaderes y banqueros sin patria que forjaron a la sociedad moderna. Asigna a estos grupos un rol primordial en la historia humana por su capacidad para gestar sistemas de intercambio y desarrollo[81].

Pero este mítico relato parece calcado de un manual neoclásico. Describe al capitalismo como un sistema sin origen conocido y tan sólo guiado por la fuerza supra-humana del mercado. Este mismo elogio expuso Adam Smith hace más de dos siglos, desconociendo las enormes crisis que genera este sistema[82].

Harris supone que el viejo cosmopolitismo comercial será reencarnado por una nueva clase de prósperos capitalistas transnacionales. Considera que este grupo ya se ha constituido como una formación objetiva (clase en sí) y evoluciona hacia su constitución subjetiva (clase para sí)[83].

Pero omite la función explotadora de este sector. Tampoco registra cuán lejos se encuentra el capitalismo de forjar el estado mundial que se requeriría para estabilizar a esa clase social transnacionalizada. El grado de madurez alcanzado por este nuevo segmento es un tema controvertido, pero su carácter opresivo está fuera de duda.

La marcha ascendente del capitalismo mundializado es imaginada por Harris como un proceso timoneado por las economías más abiertas. Elogia este perfil librecambista y se lamenta por la subsistencia de sistemas cerrados. Objeta ese tipo de protección estimando que provoca todo tipo de obstrucciones al desarrollo global[84].

Ese mismo razonamiento exponen los neoliberales cada vez que falla alguno de sus experimentos. En esas circunstancias suelen afirmar que las “reformas fueron insuficientes”. Pero la explicación real de estos fracasos es totalmente opuesta. El propio modelo de apertura y privatización genera los desajustes que socavan su continuidad.

Toda la mirada de Harris ilustra el pasaje de un enfoque socialista-internacionalista a una visión liberal-cosmopolita. Esta involución incluye la hostilidad explícita hacia los movimientos sociales que impugnan la globalización capitalista. Identifica estas acciones con el “populismo”[85].

Con esa postura se ubica en la vereda opuesta de la protesta social. Harris ha perdido la brújula para definir donde se sitúan el progreso y la reacción. No sabe que el primer terreno es abonado por los manifestantes que construyen foros sociales y el segundo por los millonarios que se reúnen en Davos[86].

Ceguera frente al nacionalismo

El globalismo confronta duramente con el nacionalismo. Considera que esa ideología sintetiza todos los defectos de un encierro reactivo frente al progresismo cosmopolita. Identifica al patriotismo con el totalitarismo y cuestiona su resistencia a incorporar las ventajas de la mundialización. Esta crítica ha logrado cierta influencia, en un período signado por el deslumbramiento con Occidente y por el encubrimiento de la dominación imperial.

El cosmopolitismo burgués observa las distintas vertientes nacionalistas como reductos de líderes corruptos. Supone que estos dirigentes recurren a la demagogia para favorecer los intereses de casta y los manejos de las prebendas estatales. Advierte que esas manipulaciones están reñidas con la convivencia internacional.

Estos relatos son repetidos por los medios de comunicación y ya forman parte de un sentido común asimilado por la opinión pública de numerosos países. Incluyen la presentación del nacionalismo como una simple retórica utilizada por los tiranos del Tercer Mundo para perpetuarse en el poder.

En esas descripciones se coloca en una misma bolsa a los viejos socios del imperio caídos en desgracia y a los líderes antiimperialistas. Los dictadores en retirada (Galtieri, Noriega) son asemejados a los dirigentes populares (Torrijos, Chávez). Con esta confusión de intenta sepultar las tradiciones de lucha anticolonialista que construyen los países periféricos[87].

El anti-nacionalismo globalizante nunca distinguen las vertientes progresivas y regresivas del nacionalismo. Ubica en un mismo casillero al antiimperialismo y al chauvinismo. Desconoce que la primera variante constituye un componente esencial de las resistencias populares y que el segundo incentiva disputas artificiales entre pueblos vecinos.

Esta diferencia es justamente omitida por los autores socio-liberales, que contraponen los méritos de la “izquierda mundializante” con los defectos de la “derecha territorialista”[88]. Con esa clasificación recrean el tradicional contraste entre civilización occidental y sociedades primitivas, que todos los colonialistas han utilizado para justificar sus atropellos.

En la versión actual de ese contrapunto, Clinton, Blair y Obama son situados en la “izquierda mundializante”. Pero esta caracterización es muy difícil de sostener, dada la similitud de estos mandatarios con Thatcher, Reagan o Bush, a la hora desplegar marines o bombardear países.

Las agresiones imperiales son presentadas por este enfoque como actos de justicia frente a las perversiones del nacionalismo. Este relato incluye el ensalzamiento de Estados Unidos como el mejor resguardo democrático del orden internacional. Se supone que las virtudes de la primera potencia derivan de su capacidad para auto-regular el uso de la fuerza[89].

Este panegírico habla por sí mismo. El principal responsable de los crímenes, las ocupaciones y los golpes de estado sufridos por los pueblos de la periferia durante la segunda mitad del siglo XX es visto como un gran protector de la humanidad.

Castañeda es más cauto en estas alabanzas. Reconoce que en América Latina el nacionalismo persiste como una bandera popular contra Estados Unidos y distingue esta utilización del manejo xenófobo de esa ideología[90].

Con esta caracterización acepta que el nacionalismo no es una desgracia uniforme e incluye vertientes opuestas de antiimperialismo y chauvinismo. Sin embargo el socio-liberal mexicano termina impugnando a ambas variantes, al afirmar que cualquier retórica nacionalista ha quedado desactualizada con la globalización. Estima que sólo subsiste como instrumento de algunos gobiernos para generar respaldo[91].

Pero si esas administraciones recurren a ese estandarte es porque el nacionalismo preserva alguna vitalidad estructural. Por un lado Castañeda repite el libreto neoliberal, que retrata al nacionalismo como un simple artificio para engañar a los pueblos. Al mismo tiempo desmiente ese diagnóstico, al reconocer la sintonía de este movimiento con las aspiraciones populares. No logra comprender que el secreto de esa adhesión estriba en la subsistencia de formas de opresión imperial, que son rechazadas por la mayoría de la población.

Del socialismo al globalismo

La crítica socio-liberal al nacionalismo frecuentemente proviene de autores que en los años 70 criticaban al antiimperialismo desde la izquierda, cuestionando su omisión de perspectivas socialistas.

Sebreli defendía esta línea de objeciones ultra-internacionalistas. Se inspiraba en la posición asumida por Rosa Luxemburg, que a diferencia de Lenin confrontó con los movimientos de liberación nacional remarcando su omisión de los antagonismos de clase. El intelectual argentino retomó esa visión y atribuyó a todos los nacionalismos un contenido reaccionario. Con esa fundamentación postuló que el pensamiento progresista debía ser anti-nacionalista[92].

Pero Sebreli olvidó que esos debates fueron anteriores a la revolución rusa y se saldaron con un alineamiento mayoritario a favor de la tesis leninista. Este último enfoque aportó una distinción entre nacionalismos avanzados y regresivos, que demostró enorme vigencia en todos los procesos anticapitalistas del siglo XX.

Basta recordar la trayectoria de las revoluciones china, vietnamita o cubana para notar como la resistencia antiimperialista desembocó en transformaciones socialistas. Lejos de oponerse, estos dos cimientos de la lucha popular tendieron a converger en un mismo proceso de emancipación. Los principales procesos socialistas de la centuria pasada se consumaron combinando la radicalización conjunta de las demandas nacionales y sociales de los pueblos oprimidos.

En su giro derechista Sebreli archivó el marxismo, pero recreó su hostilidad hacia el nacionalismo. La selección de concepciones que decidió abandonar y preservar es muy ilustrativa de su viraje socio-liberal. En su actual etapa conservadora el pensador argentino ha estado más atento a lo que dice Vargas Llosa que a los escritos de Lenin. Sus críticas al nacionalismo ya no destacan áreas de conflicto con el socialismo sino con el liberalismo.

El apologista de la globalización polemiza especialmente con el origen romántico de las teorías nacionalistas, que indagan la identificación originaria de cada nación con cierta lengua, cultura o radio geográfico. Cuestiona la falta de rigor de estas conexiones, recordando la enorme variedad de desemboques nacionales que ha registrado la historia. También señala el carácter contingente de estas formaciones y la inexistencia de cualquier tipo de predestinación en la gestación de las naciones[93].

Pero esta acertada crítica a la idealización romántica del surgimiento nacional omite una segunda parte del problema: el devenir posterior del nacionalismo. Cualquiera sea el origen de cada entidad nacional, lo más importante ha sido el uso de esta tradición para causas progresistas o chauvinistas.

La forma en que Hitler o Mussolini utilizaban las mitologías de los pueblos germánicos o las civilizaciones latinas fue totalmente contrapuesta a la modalidad con que Sandino, Ben Bella o Arafat exaltaron la historia de Nicaragua, Argelia o Palestina. Esta diferencia cualitativa es imperceptible para el razonamiento socio-liberal, que coloca en una misma bolsa de deshechos a todas las modalidades del nacionalismo.

Esta ceguera no es casual. Una vez abandonada la meta socialista ya no interesa distinguir cuáles son los procesos nacionalistas afines o contrapuestos al objetivo igualitarista. Ahora sólo se busca detectar qué tipo de ideologías son favorables al liberalismo y en esta nueva clasificación todas las variantes del nacionalismo son impugnadas.

Emancipación repentina

Niguel Harris ha transitado por un carril muy semejante a Sebreli. También objetó durante cierto tiempo la estrategia de empalmar el proyecto socialista con las banderas de la liberación nacional. Posteriormente trazó un balance demoledor de todas las experiencias nacionalistas de posguerra. Remarcó su fracaso en desenvolver el capitalismo local a través de procesos de sustitución de importaciones y destacó las falencias de las economías cerradas en los nuevos escenarios de la globalización[94].

Esos límites efectivamente determinaron el declive del antiguo desarrollismo y generalizaron el viraje de las viejas burguesías nacionales hacia el neoliberalismo. Pero este balance omite la existencia de otros procesos nacionalistas que siguieron trayectorias radicales, demostrando como la lucha consecuente por la liberación nacional puede empalmar con proyectos socialistas.

Al igual que sus pares latinoamericanos, Harris saltó del anti-dependentismo socialista al socio-liberalismo. Por eso desconoce todos los ejemplos de evolución positiva del nacionalismo. En sintonía con el globalismo de los años 90 transformó su crítica socialista inicial al tercermundismo en una justificación del neoliberalismo actual.

Esta afinidad con la ideología dominante se verifica en sus cuestionamientos a la tradición económica proteccionista o a la política exterior autónoma, que mantuvieron algunos países de la periferia. Objeta esta actitud señalando que obstruyen el pleno despliegue de la globalización. Critica la resistencia de México a la desnacionalización del petróleo y considera que la persistencia de algunas empresas nacionalizadas en África Sub-Sahariana contraría la nueva agenda global[95].

Esta argumentación parece calcada de los mensajes difundidos por el neoliberalismo para exaltar la apertura comercial y las privatizaciones. No se limita a retratar los límites o contradicciones de las políticas proteccionistas, sino que pondera la aplicación del paquete liberal en las economías subdesarrolladas. Estima inexorable la evolución hacia el capitalismo mundializado, en los mismos términos que el fatalismo thatcherista resaltaba la ausencia de alternativas a sus propuestas.

Pero con esa visión se oculta que las desventuras padecidas por los países subdesarrollados en las últimas décadas provienen de su resignación frente al libre-comercio. Las depredaciones que sufrieron estas naciones fueron consecuencia de su inserción en la globalización y no de la resistencia a participar en ese proceso.

Harris repite el argumento predilecto de los neoliberales, al afirmar que las dificultades afrontadas por las economías periféricas obedecen a su incorporación incompleta a la oleada globalizadora. Este razonamiento atribuye cualquier falla en este proceso a la inconsecuente introducción de las medidas reclamadas por los globalizadores. Pero como nadie conoce cuál sería ese patrón íntegro de reformas neoliberales, siempre hay espacio para argumentar que falta algo.

Lo más extraño de esa reflexión es su pretensión de preservar algún fundamento socialista. Harris encuentra esa conexión en el desemboque final de la revolución burguesa mundial en curso. Supone que al concluir este proceso quedará facilitada una transición hacia el igualitarismo[96].

Este insólito pronóstico presagia el socialismo a partir de la extensión de su opuesto. Presupone que la sociedad sin clases emergerá de la expansión del capitalismo. Como ya se ha descartado cualquier mediación nacional hacia la transición socialista, ahora apuesta a un devenir global instantáneo del pos-capitalismo. En lugar de procesos diversos -resultantes de trayectorias nacionales diferenciadas- imagina algún corolario socialista simultáneo. Este resultado irrumpiría cuando el mundo declare su fatiga con el capitalismo.

Esa creencia en utopías globales repentinas es tan inconsistente que el propio autor evita aclarar cuál sería la modalidad, forma o contenido de ese proceso. La fascinación con el globalismo neoliberal conduce a esos contrasentidos.

La inferioridad africana

El rechazo socio-liberal del nacionalismo antiimperialista profundiza una tradición conservadora de hostilidad hacia las mayorías. Retoma el desconocimiento de la opresión racial, la denigración del indigenismo y la descalificación de los movimientos populares. En el caso de Sebreli esa actitud empalma con su vieja confrontación con el tercermundismo.

En el pasado objetaba este último alineamiento por su desconsideración del papel protagónico del proletariado, como único sujeto capacitado para liderar el cambio revolucionario. Estimaba que sólo la clase obrera podría comandar esa transformación, tanto por su exclusión de los beneficios del capitalismo, como por su portación de fines universales de emancipación. Subrayaba que el proletariado no ambiciona convertirse en una nueva clase dominante[97].

Esta defensa del exclusivismo obrero era contrapuesta a otras visiones del marxismo (próximas al maoísmo o al castrismo), que resaltaban las potencialidades revolucionarias de distintos sectores oprimidos (como el campesinado o las minorías raciales). La crítica arremetía contra el intento de equiparar a esos segmentos subyugados con el proletariado. Resaltaba la primacía de la clase obrera por la homogeneidad social, conciencia política o gravitación económica de este sector.

Pero estos argumentos perdieron todo significado con la conversión del marxista puro en liberal. En ese giro Sebreli olvidó al proletariado pero mantuvo su desconsideración hacia otros grupos oprimidos. Esta desvalorización incluye el cuestionamiento de la lucha secular de los pueblos de origen africano contra la esclavitud. Estima que esa modalidad brutal de explotación constituyó un mal necesario, que fue erradicado por meritorias acciones del liberalismo británico.

Sebreli afirma que África se encontraba en decadencia, cuando llegaron los europeos para participar en un tráfico de esclavos, manejado por árabes y reyezuelos del continente. Considera que esa cruel actividad respondió a estrictos motivos económicos y fue suprimida al chocar con los valores humanistas del imperio inglés[98].

En esta ridícula fábula se invierten los datos básicos de la historia para exculpar a los esclavizadores y responsabilizar a los esclavos por sus desgracias. Se enaltece directamente a las potencias coloniales, que en el debut del capitalismo recrearon una modalidad brutal de opresión laboral.

Sólo un razonamiento fatalista puede imaginar que la esclavitud generó más beneficios que sufrimientos. La combinación de esta visión mecánica con la idealización del liberalismo conduce a presentar la eliminación de la trata como un acto iluminista de modernización.

Esta mirada observa a los oprimidos como objetos inanimados, totalmente ajenos al curso de los acontecimientos. Por eso Sebreli omite la extraordinaria revolución social y anticolonial de Haití, que condicionó todo el proceso de la Independencia de América. Su presentación endulzada de la esclavitud exige ocultar esa gesta.

Sebreli también reivindica el colonialismo inglés por su difusión internacional de conocimientos, saberes y mejoras económicas[99]. Repite las viejas leyendas escolares del hombre blanco que emancipa a los nativos de su ignorancia y penurias. Pero evita comparar esa filantropía con las destrucciones que consumaron los colonizadores para multiplicar sus ganancias. No considera, por ejemplo, la hemorragia demográfica que sufrió África por la sustracción masiva de pobladores convertidos en esclavos. Esa depredación humana derivó en siglos de estancamiento del continente negro.

El escritor argentino reproduce el positivismo deshumanizado que la social-democracia asimiló del liberalismo a principio del siglo XX. Esa absorción incluyó la reivindicación del colonialismo como un proceso de civilización de los pueblos bárbaros. Qué esa obra de progreso fuera realizada por cazadores de esclavos, depredadores de caucho o saqueadores de marfil nunca inquietó mucho a esa tradición. Ni siquiera registró que los conquistadores de África estaban ubicados en las antípodas del capitalista productivo.

La social-democracia pro-imperial siempre encontró alguna justificación del “costoso precio” que impone el “avance de la historia”. Con ese criterio eludía distinguir a las víctimas de los victimarios y omitía denunciar el enriquecimiento de las minorías a costa de las mayorías.

En el relato que ofrece Sebreli, los elogios del colonialismo inglés son sucedidos por críticas a los regímenes políticos radicales surgidos de la descolonización. Los breves y frustrados ensayos de “socialismo africano” a mitad del siglo XX en Angola, Mozambique, Etiopía o Yemen del Sur son incluso equiparados con el fascismo[100].

Esta denigración es coherente con la presentación del colonialismo como un acto de instrucción. La descolonización es asemejada al desorden que generan los pueblos inmaduros y el análisis de las adversidades (o desaciertos) de las experiencias radicales es reemplazado por la impugnación de estos procesos. Esta descalificación incluye una explícita desvalorización de la cultura negra, que Sebreli considera inferior a sus equivalentes latinas, islámicas o judías.

El indigenismo y el populacho

El teórico argentino identifica al indigenismo con el irracionalismo. Afirma que en ese plano la tradición pre-colombina tiene muchos puntos de contacto con el despotismo oriental[101].

Esta evaluación naturalmente se basa la presentación de Occidente como la realización de la civilización. Sebreli considera que esa superioridad deriva de la primacía asignada a la razón, a la convivencia social y a las conductas humanistas. Estima que la herencia de las sociedades que chocaron con Europa merece ser desechada por obsoleta y regresiva.

El pensador socio-liberal presenta, por ejemplo, la cosmovisión incaica de unidad indivisible del hombre con la naturaleza como una manifestación de oscurantismo. Enaltece en cambio los mitos del progreso tecnológico irrestricto, a pesar de sus terribles efectos sobre el medio ambiente. No registra los peligros que esta demolición entraña para la supervivencia humana, mientras impugna las tradiciones de equilibrio ecológico de custodia de la “madre tierra”. Al endiosar el legado de Occidente en desmedro de otras culturas oculta los particularismos de una cosmovisión, que disfraza con prédicas universalistas su desvalorización de otras formas de pensamiento[102].

Sebreli no analiza el significado de cada tradición cultural. Se limita a contrastarlas con el valorizado parámetro occidental. Tampoco sitúa los acervos ideológicos en el lugar que ocuparon en las batallas sociales de cada época. Por eso el liberalismo es ubicado siempre en el primer escalón y el indigenismo en el último, sin observar quiénes fueron los voceros de estos pensamientos en cada circunstancia.

Con este enfoque no puede distinguir la enorme diferenciación interna que registraron ambas corrientes a lo largo de la historia. Son evaluadas como dos bloques opuestos omitiendo sus fracturas internas. Desconoce que el liberalismo de Mariano Moreno y Roca eran completamente distintos y que las alabanzas melancólico-folklóricas del indigenismo chocan con la tradición combativa de Tupac Katari.

La ceguera socio-liberal impide notar como el iluminismo ha sido deformado por los opresores y en qué medida el indigenismo actual retoma demandas de igualdad política y cultural de los pueblos andinos. La visión conservadora obstruye esta percepción básica. Sólo registra el costado totalitario de la tradición indigenista, sin notar sus componentes de colectivismo igualitarista. Por eso cuestiona los legados de regimentación jerárquica y desconoce la tradición de trabajo comunitario[103].

En el imaginario liberal las sociedades pre-colombinas eran más totalitarias que las estratificadas estructuras socio-políticas que introdujo la colonia. Esa creencia es congruente con la presentación que hace Sebreli del descubrimiento de América, como una obra de emprendedores imbuidos del espíritu renacentista.

Esa leyenda ha sido atemperada en los últimos años por el establishment educativo, que reemplazó la insultante conmemoración del “día de la raza” por un edulcorado festejo del “encuentro entre dos culturas”. Sebreli preserva la versión más descarnada de ese acontecimiento y continúa suponiendo que América ingresó en la historia, gracias a la demolición de las civilizaciones pre-hispánicas.

Esta denigración de los oprimidos empalma con su defensa del individualismo frente a la acción colectiva. En sintonía con el ultra-liberalismo que asumió en los últimos años, Sebreli supone que todo individuo pierde sus cualidades cuando participa en un colectivo popular. En ese ámbito se torna pasivo y queda sujeto a la manipulación que ejercen los dictadores sobre la multitud[104].

Partiendo de esa caracterización, Sebreli repite todos los prejuicios del liberalismo oligárquico contra las masas sometidas a la protección del caudillo. Reitera un tipo de zoncera que forjó el imaginario urbano de las clases medias latinoamericanas, como individuos liberados del manoseo totalitario. Ese mito siempre ocultó la dependencia política e ideológica de este sector respecto de minorías acaudaladas. El temido caudillo fue sustituido por encadenamientos más efectivos.

El social-liberalismo no registra esa subordinación a las elites oligárquicas porque ha incorporado todas las supersticiones neoclásicas de independencia individual. Imagina a las personas como agentes racionales que actúan siguiendo las señales de los mercados. Sebreli combina esa ilusión con una actitud reactiva frente a cualquier acción popular.

¿Fin de las guerras?

El social-liberalismo justifica su entusiasmo con la época actual destacando que la globalización disipará el peligro de guerras. Afirma que se están conformando nuevos mecanismos de gobernanza mundial que pavimentarán la pacificación, mediante la adaptación de los estados nacionales a la internacionalización de la economía. Estima que con ese amoldamiento se reducirán todas las amenazas bélicas.

Harris interpreta que las guerras constituyen simples consecuencias de la competencia entre los estados. Recuerda que esa rivalidad se remonta al siglo XVIII (68 guerras con 4 millones de muertos), se acentuó en el siglo XIX (205 guerras con 8 millones de muertos) y culminó en el siglo XX (234 guerra con 115 millones de muertos). Señala que mediante esas conflagraciones las clases dominantes quedaron subordinadas a la agenda auto-destructiva de los estados.

También supone que la compulsión a los conflictos armados potenció las tendencias estatal-nacionalistas, sofocando la inclinación pacifista del capitalismo comercial. Las batallas sanguinarias se impusieron a la dinámica negociadora de los burgueses cosmopolitas[105].

Esta visión es un calco de la presentación liberal de la guerra, como un producto de ambiciones territoriales contrapuestas a la convivencia de los mercados. Los generales son vistos como responsables de las desgracias que rechazan los empresarios. Con este razonamiento se festeja la primacía lograda por los mercados en desmedro de los estados. Se supone que la globalización reducirá los enfrentamientos militares permitiendo una sana concurrencia por el beneficio.

Pero con esta fábula se oculta la estrecha relación de los capitalistas con el belicismo estatal y la enorme fuente de lucro que representan las guerras para las grandes empresas. Lejos de ser ajena o contrapuesta a las conflagraciones, la competencia capitalista siempre ha sido determinante de esas sangrías.

Existen abrumadoras evidencias del papel jugado por esas rivalidades en el desencadenamiento de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. La pugna por dominar los mercados desembocó en inéditos enfrentamientos entre potencias. Los social-liberales no sólo ignoran este origen, sino que omiten la gravitación posterior de la economía de guerra en el crecimiento de los años 50 y 60. La carrera armamentista motorizó el nivel de actividad con el mismo ímpetu que había incentivado las reactivaciones precedentes.

El social-liberalismo también desconoce hasta qué punto el complejo industrial-militar del Pentágono continúa apuntalando a la economía estadounidense. Las guerras inter-imperialistas del pasado han sido sustituidas por una gestión imperial más colectiva, que exige intervenciones bélicas constantes para asegurar el control de la energía y los recursos naturales de África o Medio Oriente[106].

Harris supone que la pacificación del planeta sobrevendrá al cabo de una paulatina maduración de la globalización. Estima que esa meta será alcanzada cuando la solidez de la gobernanza mundial neutralice las resistencias del viejo autoritarismo. Con esa visión pondera el afianzamiento de una economía internacionalizada que consolidará un planeta pacificado[107].

Pero estas fantasías ignoran la escalada de genocidios y destrucciones materiales en curso. La expectativa de un gran consenso cosmopolita de convivencia no condice con la realidad de la dominación imperial.

Iglesias desconoce estos datos en su presentación de los conflictos actuales. Atribuye esos choques a la supervivencia de dictadores diabólicos que fanatizan a la población. Considera que las guerras son actos de suicidio colectivo, implementados por estados que arrastran resabios de tribalismo feudal[108].

Con esa simplificación se exculpa a las clases dominantes por las tragedias bélicas, ocultando que no son víctimas sino artífices de esas mortíferas situaciones. La lógica competitiva del capitalismo continúa determinando esas sangrías.

Iglesias estima que esas pesadillas tenderán a disiparse con el afianzamiento en las Naciones Unidas. Considera que la pacificación acompañará la gestación de nuevos poderes democráticos. Apuesta al surgimiento de parlamentos globales al cabo de complejos procesos de maduración cosmopolita. Postula un detallado modelo de formas regionales de esa transición hacia estructuras políticas mundiales[109].

Pero no registra la manifiesta incompatibilidad del capitalismo con esa utopía. Un sistema de competencia por beneficios surgidos de la explotación no puede desembocar en una sociedad civil global de armonía y consenso. El imaginario de una República Universal basada en el derecho internacional y regulado por una constitución planetaria requiere la erradicación previa de la primacía del lucro.

Intervención humanitaria

La principal consecuencia del cosmopolitismo social-liberal es la convalidación de la intervención imperialista. Esta acción es aprobada mediante curiosas aplicaciones de las teorías globalistas. Las mismas justificaciones de “protección humanitaria” que enarbolan las potencias occidentales son presentadas como grandes pasos hacia el orden democrático.

Harris afirma que esas incursiones ya no son realizadas por un estado contra otro, sino por organismos colectivos para asegurar la convivencia mundial. Considera que por primera vez en la historia se ha creado la posibilidad de eliminar las guerras. Supone que las operaciones militares consensuadas a nivel internacional permitirán sustituir la vieja  concurrencia bélica por una promisoria rivalidad en torno a la educación, el deporte o la cultura[110].

Si esta ingenuidad no tuviera consecuencias prácticas pasaría desapercibida como otra banalidad liberal. Pero con ese tipo de reflexiones se avala el derecho de intervención imperial en Kosovo, Irak o cualquier otra región señalada por el Pentágono. Harris elude la denuncia de este tipo de expediciones, estimando que sólo transparentan el uso de armas o relaciones de poder ya existentes[111].

Pero el social-liberalismo no se limita a convalidar el status quo. Se ha especializado en perfeccionar un piadoso disfraz para recubrir las operaciones imperialistas. Iglesias afirma que soslayar el sostén de esas acciones conduciría a un resultado peor. Las matanzas entre grupos nacionales, religiosos o raciales embarcados en operaciones de limpieza étnica quedarían impunes. Por esta razón postula reemplazar el principio de no intervención por formas humanitarias de injerencia[112].

Con un lenguaje más descarnado Sebreli desenvuelve las mismas propuestas. Convoca a relativizar el concepto de soberanía territorial y resalta la meritoria labor cumplida por Estados Unidos en el derrocamiento de Noriega (Panamá) y Sadam (Irak). Con el mismo cinismo que exhiben CNN o FOX afirma que habría sido inadmisible abandonar a su suerte al pequeño Kuwait invadido[113].

Con esas falacias se acepta la doble vara que impone la diplomacia norteamericana. Cuando un adversario de Estados Unidos perturba el orden global merece castigos inmediatos y cuando lo hace un aliado del imperio debe ser comprendido en silencio. En esta duplicidad se basa el tramposo criterio neoliberal de custodia de los derechos humanos.

Basta registrar la devastadora secuela de destrucción que dejan todas las agresiones imperialistas, para notar cuánto cinismo subyace en los llamados liberales a “empoderar a la sociedad civil” contra el belicismo estatal. La misma hipocresía presentan las convocatorias a forjar valores cosmopolitas, promoviendo desarmes o cortes internacionales de justicia[114].

La social-democracia globalizada se ha transformado en una usina de propaganda imperial. Revalida el derecho de intervención colonial con viejos argumentos de los opresores. Se imagina a sí misma como la encarnación suprema de la civilización y actúa como vocera de las causas más retrógradas del capitalismo contemporáneo.

Resumen del capítulo III. Globalistas y cosmopolitas

El social-liberalismo elogia al capitalismo globalizado desconociendo la envergadura de las crisis recientes. Pondera sus logros educativos o democráticos omitiendo la fractura social y los atropellos a los derechos populares. También desconoce el incremento de la desigualdad. Confunde el diagnóstico de la mundialización con su aprobación y la existencia de un mayor entrelazamiento internacional de las clases dominantes con el progreso cosmopolita.

Los globalistas que abandonan el socialismo manteniendo la hostilidad al nacionalismo ignoran la diferencia entre el chauvinismo reaccionario y el antiimperialismo progresista. Repiten una indiscriminada identificación del nacionalismo con dictadores corruptos. Suponen que la globalización desembocará en socialismos universales recreando ingenuas utopías de emancipación repentina.

El social-liberalismo sustituye la vieja crítica al tercermundismo por un desconocimiento de la opresión que exculpa al colonialismo, desvaloriza la descolonización y denigra el indigenismo. Observa comportamientos individuales autónomos donde impera la manipulación mercantil.

Es falso presentar a las guerras como rivalidades estatales ajenas a la competencia entre capitalistas. El belicismo no decae con la gobernanza política mundial. Se acrecienta para asegurar mercados y abastecimientos. Los argumentos humanitarios para justificar las intervenciones imperialistas utilizan una doble vara, que penaliza a los adversarios de las potencias y disculpa a sus aliados

[1]Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz

[2]Ver: Hirsch, Joachim. “Globalización del capital y la transformación de los sistemas de estado”. Cuadernos del Sur, n 28, mayo 1999.

[3]Ver balance en: Anderson, Perry. «Balance del neoliberalismo: lecciones para la izquierda». El Rodaballo  n 3, verano 1995-96, Buenos Aires. Anderson Perry, “Neoliberalismo: un balance provisorio”, La trama del neoliberalismo. Mercado, crisis y exclusión social, CLACSO, Buenos Aires, Argentina. 2003. Anderson, Perry. The New Old World, Verso, London, 2009, (pag 47-79).

[4]Ver: Harvey, David. “El neoliberalismo como proyecto de clase” vientosur.info/ 08/04/2013. Harvey, David A brief history of Neoliberalism, Oxford University Press, New York, 2005 (pag 1-39, 152-183).

[5] Nuestra visión de la etapa en: Katz Claudio, “Transformaciones de la era neoliberal”, Realidad Económica, n 284, mayo-junio 2014, Buenos Aires,

[6]Ver: Nahon, Cecilia; Rodríguez Enríquez, Corina; Schorr, Martín. “El pensamiento latinoamericano en el campo del desarrollo del subdesarrollo: trayectorias, rupturas y continuidades”, 2006, www.idaes.edu.ar/papelesdetrabajo/paginas

[7]Ver: Olivera, Margarita. “Las teorías del desarrollo desde la posguerra al nuevo milenio”, en Globalización, dependencia y crisis económica, FIM, Málaga, 2010, (pp 26-27).

[8]Ver: Vidal, Gregorio; Guillen, Arturo. “La necesidad de construir el desarrollo en América Latina”, Repensar la teoría del desarrollo en un contexto de globalización. CLACSO, 2007, Buenos Aires.

[9]Ver: Guillen, Arturo. “La teoría latinoamericana del desarrollo”, Repensar la teoría del desarrollo en un contexto de globalización, CLACSO, 2007, Buenos Aires.

[10]Nuestro balance en: Katz, Claudio. El rediseño de América Latina, Alca, Mercosur y Alba. Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2008 (pag 9-35).

[11] Nuestra visión en: Katz, Claudio. Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Ediciones Luxemburg,  Buenos Aires, 2008 (pag-9-27)

[12]Ver: Herrera, Remy. “El renacimiento neoliberal de la economía del desarrollo”, Globalización, dependencia y crisis económica, FIM, Málaga, 2010, (pp 23-24)

[13]Ver: Burkett, P; Hart-Landsberg, M, “A critique of catch-up theories of development”, Journal of Contemporary Asia, 33(3), 2003.

[14]Ver: Hagman, Itai. “Un nuevo Alca se negocia en silencio”, disponible en: ww.rcci.net/globalizacion/ 13/6/2014.

[15]Ver: León, Magdalena. “Ecuador: Acuerdo con la Unión Europea: ¿Una capitulación inevitable?” alainet.org/active, 11/7/2014. Elías, Antonio. “Por qué Uruguay solicitó integrarse al TISA”, alainet.org/active, 11/7/2014

[16]Ver: Salama, Pierre. “Las nuevas causas de la pobreza en América Latina”, Ciclos n 16, 2do semestre 1998, Buenos Aires. Martins, Carlos Alberto. “Neoliberalismo e desenvolvimento na America Latina”, en La economía mundial y América Latina, CLACSO, 2005, Buenos Aires.

[17]Ver: Bairoch, Paul. Mythes et paradoxes de l´histoire economique. La découverte, 1999, (pp 7, 227-228, 234).

[18]Ver: Osorio, Jaime. Explotación  redoblada y actualidad de la revolución. ITACA-UAM, México, 2009, (pag 37-40).

[19]Ver: Lipietz, Alain. “Pour un protectionnisme universaliste”, fevrier 2013, lipietz.net

[20]Ver: Weeks, John. “The expansión of capital and uneven Develpment on world Scale”, Capital and Class, n 74, 2001. También: Arrighi, Giovanni; Korzeniewicz, Roberto; Consiglio, David; Moran, Timothy, “Modeling zones of the world economy”, Annual Meeting of the American Sociological Association, 1996.

[21]Ver: Moncayo Jiménez, Edgard. “El debate sobre la convergencia económica internacional e interregional: enfoques teóricos y evidencia empírica”, Economía y Desarrollo, V 3 N 2 septiembre 2004.

[22]Ver: Chavolla, Arturo. La imagen de América en el marxismo, Buenos Aires, 2005, Prometeo

(pag  42-53, 55-66, 72-74).

[23]Ver: Devés Valdés, Eduardo. El pensamiento latinoamericano en el siglo XX: entre la modernización y la identidad, Tomo III, Biblios. Buenos Aires, 2005, (pag 47-53).

[24]Ver: Marini, Ruy Mauro. “La sociología latinoamericana: origen y perspectivas”. Proceso y tendencias de la globalización capitalista, CLACSO-Prometeo, Buenos Aires, 2007.

[25]Ver Bustelo, Pablo. Teorías contemporáneas del desarrollo económico, Síntesis, Madrid, 1998. (pp 139-143)

[26]Un ejemplo en: Mols, Manfred. “Sobre el estado en América Latina”, El estado en América Latina, Ciedla, Buenos Aires, 1995.

[27]Ver descripción en: Reyes Giovanni, E, “Principales teorías sobre desarrollo económico y social”, www.ucm.es/info/nomadas, 2001

[28]Ver: Eagleton, Terry.  Ideología, Paidos, Barcelona, 1997, (pag 19-57, 275-279).

[29] Ver: Abercrombie, Nicholas; Hill, Stephen; Turner Bryan, S. La tesis de la ideología dominante, siglo XXI, Madrid, 1987 (cap 6). También: Therborn, Goran. La ideología del poder y el poder de la ideología. Siglo XXI, Madrid, 1987, (cap 4, 5).

[30]Una justificación de ese enfoque en: Giddens, Anthony. La tercera vía, Taurus, Buenos Aires, 2000, (pag 39-80, 85-107, 119-140).

[31]Varios ejemplos en: O’Donnell, Guillermo y Schmitter, Philippe 1988 Transiciones desde un gobierno autoritario: conclusiones tentativas, tomo 4, Buenos Aires, Paidós.

[32]Una crítica en: Osorio, Jaime. Explotación  redoblada y actualidad de la revolución. ITACA- UAM, México, 2009, (pag 145-168, 237-239, 197-209).

[33]Nuestro enfoque en: Katz Claudio, “Las disyuntivas de la izquierda en América Latina”, Edición cubana: Editorial Ciencias Sociales La Habana, 2010, (pag 135-136).

[34] Ver: Kay, Cristóbal. “Teorías estructuralistas e teoría da dependencia na era da globalizacao neoliberal”, A América Latina e os desafíos da globalizacao, Boitempo, Rio, 2009. López Hernández, Roberto. “La dependencia a debate”, Latinoamérica 40, enero 2005, México.

[35]Ver: Martins Carlos Eduardo, Globalizacao, Dependencia e Neoliberalismo na América Latina, Boitempo, Sao Paulo, 2011, (pag 249-250, 253). Bresser Pereira, Luiz Carlos. “From the National-Bourgeoisie to the Dependency Interpretation of Latin America”, Latin American Perspectives, May 2011 vol. 38 n 3.

[36] Cardoso Fernando, Henrique. A Suma e o resto, Editorial Civilización Brasileira, 2012, Rio de Janeiro, (pag 120-133, 154-156).

[37] Cardoso Fernando, Henrique; Faletto, Enzo. Desarrollo y dependencia en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica, Siglo XXI, Buenos Aires, 1969. Cardoso Fernando, Henrique. A Suma e o resto, Editorial Civilización Brasileira, 2012, Rio de Janeiro, (pag 31).

[38]Ver: Correa Prado, Fernando. “História de um não-debate: a trajetória da teoria marxista da dependência no Brasil”, Comunicao Politica, vol 29, n 2, maio-agosto 2011.

[39]Ver: Vernengo, Matías. “Technology, Finance and Dependency: Latin American Radical Political Economy in Retrospect”, Review of Radical Political Economics, vol 38, n 4, fall 2006. Palma, Gabriel. “Dependencia y desarrollo: una visión crítica”, en Dudley Seers, La teoría de la dependencia: una evaluación crítica, FCE, México, 1987.

[40]Ver: Sotelo Valencia, Adrián. “Dependencia y sistema mundial: ¿convergencia o divergencia?”, Rebelión,www.rebelion.org/noticia, 4-9-2005.

[41]Castañeda, Jorge; Morales Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 33).

[42] Castañeda, Jorge G. La utopía desarmada, Ariel, Buenos Aires, 1993, (pag 7-29, 145-195). Nuestra crítica en Katz, Claudio. Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Edición cubana, Editorial Ciencias Sociales La Habana, 2010, (pag 195-196).

[43]Castañeda, Jorge; Morales Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 294-298). Castañeda, Jorge G, La utopía desarmada, Buenos Aires, Ariel,1993, (pag 331-361).

[44]Castañeda, Jorge; Morales, Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 287-292).

[45]Op. Cit. (pag 30-31).

[46] Castañeda, Jorge; Hett, Enrique. El economicismo dependentista, Siglo XXI, 1991, (pag 10-11, 28-44, 85, 95, 187, 191).

[47] Op. Cit. (pag 14-27, 51-66, 105, 131).

[48] Op. Cit. (pag 75, 79, 135).

[49] Op. Cit. (pag 14-27, 28-44, 44-50, 67, 188-191).

[50]Sebreli, Juan José. Tercer Mundo mito burgués, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1975, (pag 11-19, 33-34, 197). Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 321).

[51]Ver: Fernández Retamar, Roberto. Pensamiento de Nuestra América, CLACSO, Buenos Aires, 2006.

[52] Sebreli, Juan José. “El populismo rechaza la democracia”, La Nación, 4-11-2012.

[53] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 318-320).

[54] Op. Cit. (pag 320-321).

[55] Op. Cit. (pag 321-323).

[56] Ver: Day, Richard B; Gaido, Daniel. Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I, Brill, 2011.

[57] Sebreli, Juan José. Tercer Mundo mito burgués, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1975,

(pag 215-242).

[58] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992,

(pag 130-139).

[59]Hemos expuesto varios lineamientos de este enfoque en Katz Claudio, “Necesitamos pensar la unidad de América Latina desde abajo y desde la lucha social”, 3/12/2013, www.rebelion.org/noticia

[60] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 263-266, 276-278, 287).

[61] Op. Cit. (pag 263-266, 276-278, 287).

[62] Op. Cit. (pag 205-239).

[63]Op. Cit. (pag 291-312).

[64] Op. Cit.  (pag13-18,  25-40).

[65] Una crítica en: Wallerstein. Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas- mundo, 2004, Akal, Madrid, (pag 11-20, 326-345).

[66] Ver: Wood, Ellen Meiskins, “Eurocentric anti-eurocentrism”, Against the current, 92, may-june 2001.

[67]Ver: Amin, Samir. Modernité, religion et démocratie, Critique de l´eurocentrisme, Parangon, Lyon, 2008, (pag 198-213, 216-217, 218-222).

[68] Una descripción en: Blomstrom, Magnus; Hettne Bjorn. La teoría del desarrollo económico en transición, México, Fondo de Cultura Económica, 1990, (pag 105-108).

[69] Lall, Sanya. Is dependence a useful concept in analysing underdevelopment?, World Development, 1975,  Vol. 3, n 11-12, Pergamon Press.

[70] Cardoso, Fernando Henrique. A Suma e o resto, Editorial Civilización Brasileira, 2012, Rio de Janeiro, (pag 35-46, 94-119).

[71] Castañeda, Jorge; Morales Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 103, 294-298).

[72] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992,

(pag 198, 202, 330-331).

[73] Iglesias, Fernando. ¿Qué significa hoy ser de izquierda? Sudamérica, Buenos Aires, 2004, (cap 1,2, 4).

[74] Harris, Nigel. The Return of Cosmopolitan Capital: globalization, the state and the war, I. B. Tauris, 2003, London, (pag 245).

[75] Una síntesis en: Piketty, Thomas. “En ciertos aspectos las desigualdades son actualmente mayores que en 1913”, 11/3/2014, encampoabierto.wordpress.com

[76] Harris, Nigel. “Characterising the period”, International Socialism, Issue, 135, www.isj.org.uk

[77] Un ejemplo de esa postura en: Robinson, William. “Global capitalism and nation-state-centric”,  Science and Society, vol 65, n 4, winter 2001-2002. Nuestro enfoque en: Katz, Claudio, Bajo el imperio del capital, Luxemburg, Buenos Aires, 2011, (pag 205-219).

[78] Harris, Nigel. The Return of Cosmopolitan Capital: globalization, the state and the war, I. B. Tauris 2003, London, (pag 1-6, 128, 130-131, 159-160).

[79] Op. Cit. (pag 49-53, 88-89, 245-264).

[80]Ver: Budd, Adrian. “Characterising the period or caricaturing capitalism? A reply to Nigel Harris”, International Socialism, Issue 138, Spring 2013, www.isj.org.uk

[81] Harris, Nigel. The Return of Cosmopolitan Capital: globalization, the state and the war, I. B. Tauris 2003, London, (pag 7-44).

[82]Ver: Marfleet, Phil. “All praise the market! A review of Nigel Harris: The Return of Cosmopolitan Capital”, International Socialism 2, 102, 2004.

[83] Harris, Nigel. The Return of Cosmopolitan Capital: globalization, the state and the war, I. B. Tauris, 2003, London, (pag 236-237).

[84]Op. Cit. (pag 142-156, 188-202).

[85] Op. Cit. (pag 243-244).

[86]Ver: Green, Peter. “A review of  Nigel Harris, The Return of Cosmopolitan Capital”, Historical Materialism, vol 14:4, 2006.

[87] Ver: Chatterjee, Partha, “Comunidade imaginada. Por quem’”, Um Mapa da Questao Nacional, Sao Paulo, 2000, Editorial Contrapunto, (pag 227-238). Smith, Anthony. “O nacionalismo e os historiadores”, Um Mapa da Questao Nacional, Sao Paulo, 2000, Editorial Contrapunto, (pag 185-208).

[88] Iglesias, Fernando. ¿Qué significa hoy ser de izquierda? Sudamérica, Buenos Aires, 2004, (cap 1, 2, 4)

[89] Op. Cit. (cap-9).

[90] Castañeda, Jorge; Morales, Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 32, 104-114).

[91] Op. Cit. (pag 32, 104-114).

[92] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 197-198).

[93] Op. Cit. (pag 183-197).

[94] Op. Cit. (pag 134-137).

[95] Op. Cit. (pag 161-171).

[96] Harris, Nigel. “Characterising the period”, International Socialism, Issue, 135, www.isj.org.uk

[97] Sebreli, Juan José. Tercer Mundo mito burgués, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1975, (pag 243-248).

[98] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 241-247).

[99] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 248-255).

[100]Op. Cit. (pag 248-255).

[101]Op. Cit. (pag 268-290).

[102]Ver: Díaz Polanco, Héctor. Elogio de la diversidad, Siglo XXI, México, 2006, (pag 12, 25, 129-130).

[103] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 268-290).

[104] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 157-180).

[105] Harris, Nigel. The Return of Cosmopolitan Capital: globalization, the state and the war, I. B. Tauris 2003, London ((pag 92-93, 119-121).

[106]Nuestro enfoque en: Katz, Claudio. Bajo el imperio del capital, Luxemburg, diciembre de 2011 (pag 99-121).

[107]Harris, Nigel. “Characterising the period”, International Socialism, Issue: 135, www.isj.org.uk

[108] Iglesias, Fernando. ¿Qué significa hoy ser de izquierda?. Sudamérica, Buenos Aires, 2004, (cap 3- 4-5-13).

[109] Op Cit. (cap 3- 4-5-13).

[110]Harris, Nigel. The Return of Cosmopolitan Capital: globalization, the state and the war, I. B. Tauris 2003, London, (pag 213-218).

[111] Op. Cit. (pag 213-218).

[112] Iglesias, Fernando. ¿Qué significa hoy ser de izquierda? Sudamérica, Buenos Aires, 2004, (cap 3- 4-5-13)

[113]Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 192, 201).

[114] Iglesias, Fernando. “Intelectuales por la democracia global”, La Nación, 25/06/2012

Por Claudio Katz[1], enviado por el autor, 11/09/2014

Categoría: América Latina