May - 15 - 2015

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“Petrogrado, ahora eres todo mío.” (Un viejo obrero ruso durante la
Revolución de Octubre parafraseado por John Reed.
En Ernst Nolte, La guerra civil europea, pp. 8.)

Al final del siglo veinte tres reconocidos historiadores presentaron textos de balance sobre ese período. Estos autores fueron François Furet, Ernst Nolte y Eric Hobsbawm, con sendas obras que fueron las que concentraron el debate historiográfico de los últimos tiempos.

Si ha pasado una larga década del apogeo de este debate, de todos modos tiene actualidad volver sobre él. La motivación de este esfuerzo tiene que ver con la necesidad de transmitir elementos de aprendizaje histórico a las nuevas generaciones marcadas por una aguda ignorancia en relación a la historia del último siglo (que, por añadidura, es la que menos se estudia en colegios y universidades).

Demás está decir que ninguno de estos tres autores está emparentado con el socialismo revolucionario. Si Furet propone la lectura liberal del siglo pasado, hoy a la moda, y Nolte, coincidiendo en muchos aspectos con él, tiene el punto de vista del revisionismo histórico (que busca exculpar al nazismo de sus fechorías), el caso de Hobsbawm es el de un autor visto como de izquierda (hasta el final de sus días militó en el Partido Comunista Británico) que, no casualmente, abreva en una versión “light” del relato estalinista tradicional.

La interpretación liberal

Se puede señalar que la obra de Furet, El pasado de una ilusión, es la más canónica de las tres, esto en el sentido del peso que tiene en la interpretación de los últimos cien años el abordaje liberal (esto no quita que la más conocida y difundida en los ámbitos universitarios sea la de Hobsbawm, que goza de un prestigio mayor como historiador).

El texto de Furet data de 1997, y ya antes este autor había provocado cierto escándalo por su visión crítica de la Revolución Francesa. Como actor de la polémica cuando el 200 aniversario de esa revolución, hacía responsables a los jacobinos por haber sentado el precedente del rasgo que caracterizaría posteriormente a los bolcheviques: poner la revolución por encima de la ley. Una afirmación un tanto sorprendente, porque ese es el rasgo de toda verdadera revolución: ser un acontecimiento fundante de un nuevo orden social, razón por la cual, inevitablemente, se coloca por encima de las leyes establecidas, las deroga y crea otras nuevas.

Derivado de lo anterior, también se caracteriza por llevar adelante un “juicio sumarísimo” contra los métodos de terror. Apela para esto al método de la amalgama, por el cual se confunde conscientemente el terror revolucionario impuesto inevitablemente por las necesidades de la lucha, con el terror contrarrevolucionario que responde a fines muy distintos (ver el caso de las purgas estalinistas).[1]

La historia de Furet es, fundamentalmente, una historia de las ideas. No se remite a los procesos económicos subyacentes. Tampoco coloca en el centro de su reflexión los acontecimientos efectivos de la historia política: las guerras, revoluciones y contrarrevoluciones. Se refiere más bien a los abordajes de los distintos intelectuales en tiempo real acerca de los hechos.

Sin embargo, atención: es un autor erudito en su materia y con una narrativa atractiva. Sobre todo es un profundo conocedor de la historia política de Europa occidental de la primera mitad del siglo pasado (Francia e Italia, no tanto de Alemania), más precisamente sobre los años 30 (se puede sacar provecho de la lectura de los capítulos referidos a estos países).

Ahora bien, el texto de Furet no es ingenuo: lo que hace es presentar la versión canónica del liberalismo capitalista respecto del siglo pasado. Para entender el carácter de revancha histórico-política que trasunta su obra, hay que recordar que en los años de apogeo de la “era de los extremos” la democracia burguesa parecía al borde de la extinción: “El mayor secreto de la complicidad entre bolchevismo y fascismo sigue siendo, empero, la existencia de este adversario común, al que las dos doctrinas enemigas reducen o exorcizan mediante la idea de que está moribundo y que no obstante constituye su terreno propicio: simplemente, la democracia” (El pasado de una ilusión, ídem, p. 36).

Este desfondamiento de la democracia liberal fue un hecho histórico; de ahí el terror pánico que había creado en las burguesías de todo el mundo la revolución bolchevique en Rusia (Josep Fontana lo subraya lúcidamente en un reciente artículo), así como la emergencia, por oposición, de pensadores políticos consagrados como Karl Schmidt, que erigieron toda su obra en una crítica al liberalismo desde la derecha, contraponiéndole un pensamiento conservador (atención que para Schmidt, basado en su realismo como pensador agudo, también el hecho antedecía al derecho; criticará a Hans Kelsen como un formalista del derecho liberal).

Ocurre que, efectivamente, en los años 20 y 30 en Europa occidental, la democracia burguesa veía abrirse un abismo bajo sus pies en beneficio de experiencias revolucionarias o contrarrevolucionarias. A comienzos de 1940, luego de la ocupación de los Países Bajos y Francia por la Wermatch, este régimen imperaba solamente en Inglaterra, Estados Unidos, Australia, algunos países de Latinoamérica y no muchos más.

Esta realidad se comenzó a revertir a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, hasta que la democracia burguesa se transformó en el régimen político casi dominante a comienzos del siglo XXI.

La caída del Muro de Berlín y el estalinismo (el aparente fracaso del socialismo), les dio a los ideólogos liberales la oportunidad de emparentar el fascismo y el nazismo con el comunismo bajo la común etiqueta de los “totalitarismos”, a partir de lo cual se busca exaltar la democracia burguesa: “(…) el comunismo soviético no solo se ha vuelto comparable al nacionalsocialismo; es casi idéntico a él” (ídem, p. 186).

Furet hizo escuela en esta forma de apreciar los asuntos considerando como “revolucionarios” ambos movimientos: “(…) el historiador que intenta comprender la Europa de esos años no puede olvidar que el fascismo mussoliniano fue una doctrina y una esperanza para millones de hombres. No tiene grandes antepasados intelectuales, pero quiere acabar con el burgués en nombre del hombre nuevo y, por lo demás, reúne bajo esa bandera a una gran parte de la vanguardia intelectual, a los futuristas, a los nostálgicos del impulso del Risorgimento, Marinetti, Ungaretti, Gentile y hasta, por un breve momento, Croce” (ídem, p. 202).

Definir al fascismo como un fenómeno “revolucionario” es común en varios autores que confunden las formas con el contenido de los fenómenos analizados: ¡también la contrarrevolución tiene sus rupturas con el orden establecido pero, evidentemente, para el lado retrógrado de los asuntos!

El autor francés establece una distinción de rasgos insistiendo en la contraposición entre el “universalismo abstracto” de los bolcheviques (el internacionalismo característico del socialismo revolucionario) y el matiz nacionalista, particularista, del fascismo. Destaca de Mussolini que, a diferencia de Lenin, pretende unir revolución y nación: “Uno de los secretos de su éxito (…) descubierto por Mussolini desde 1915: reunir la nación y la clase obrera, arrebatando la primera a los burgueses y la segunda a los marxistas” (Furet, ídem, pp. 217).

Esto es agudo porque, efectivamente, la contrarrevolución fascista y la nazi se apoyaron en la exaltación de los valores nacionalistas en provecho de su propio imperialismo: de su lucha competitiva con los demás. Se trataba de un concepto de nación reaccionario cualesquiera sean las humillaciones que vivió la Alemania derrotada después de la I Guerra Mundial (el Tratado de Versalles fue un error no repetido por los vencedores imperialistas al finalizar la segunda guerra) y que supo ser explotado por Hitler: “Hitler trata de crearse un estandarte con el papel que los socialdemócratas, tan poderosos en la Alemania anterior a 1914, no supieron desempeñar en el momento de la guerra: ser a la vez el partido de la revolución y de la nación. Después de la guerra, abandonaron la una y la otra, pasándose al servicio de la República de Weimar, convertidos en burgueses. Hitler tuvo la intuición de ese vasto espacio disponible, que los comunistas no podían conquistar en nombre de la Internacional de Moscú” (ídem, pp. 217).

Si bien Furet no fue el único ni el más destacado de los teóricos de la crítica liberal a los totalitarismos (ver Hanna Arendt, Los orígenes del totalitarismo), aborda de manera más directa la historia política de los años ’30 en los países de Europa occidental proponiendo una lectura liberal de la degeneración estalinista del movimiento comunista.

El carácter de operativo liberal burgués de su enfoque no puede opacar señalamientos agudos, como cuando da cuenta del enamoramiento de ex comunistas devenidos ultranacionalistas con Stalin: “Ernest Niekisch, ex militante de extrema izquierda, ex presidente del soviet de Baviera de 1919 (…) que se ha vuelto nacionalista por hostilidad a la política exterior prooccidental de los gobiernos de Weimar (…) [reivindica en Stalin] ‘el fanatismo de la razón de Estado’. Así podemos entender que nuestro autor haya regresado de un viaje a Rusia en 1932 emocionado por el prodigioso desafío de la voluntad a la técnica que representaba el plan quinquenal gracias a la movilización total de un pueblo” (ídem, pp. 231).

Furet plantea dos o tres claves interpretativas del siglo pasado. Como se desprende desde el propio título de su obra, en el que se habla del socialismo como de una “ilusión”, lo pretende imposible; una experiencia que, quién sabe por qué, conmovió a cientos de millones de seres humanos, pero habría sido un mero “espejismo”, una ilusión, algo carente de fundamentos.

Paradójicamente, Furet le achaca al marxismo el carácter de un abordaje determinista de la historia. Hace esto proponiendo una arbitrariedad completa en el curso histórico: “La comprensión de nuestra época solo es posible si nos liberamos de la ilusión de la necesidad: el siglo veinte solo es explicable –en la medida en que lo sea– si le devolvemos su carácter imprevisible (…)” (El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, Fondo de Cultura Económica, España, 1995, p. 16).

Furet abreva en el posmodernismo que cuestiona, incluso, que la historia sea explicable. Al parecer debería ser un hecho de brujería, a-científico. A la crítica marxista al determinismo mecánico de sus versiones más vulgares, nunca se le ocurriría afirmar que en el desarrollo de la historia las cosas ocurren arbitrariamente, por fuera de las condiciones materiales en las cuales se desarrolla la historia viva de la lucha de clases. Lo único que afirma es que en cada giro histórico se plantea un abanico de posibilidades, nunca un curso mecánico de los acontecimientos; un conjunto de alternativas que provienen de cómo se combinen los factores objetivos y subjetivos en obra, pero nunca un desarrollo arbitrario de los acontecimientos proveniente de no se sabe dónde.

El revisionismo histórico

“Somos las columnas de asalto, los de rompe y rasga,
formamos la primera fila, ¡atacamos con valor!
El sudor del trabajo sobre la frente, el estómago vacío y hambriento.
La mano cubierta de hollín y callos empuña el rifle.
La granada de mano en el cinturón, el rifle en el hombro,
¡así marchan las columnas de asalto, ebrias de victoria!
El judío comienza a temblar, rápido abre el arca,
liquida, hasta el último centavo, la cuenta del pueblo.”
(Canto de las Tropas de Asalto, SA, Silesia, Nolte, p. 378)

Nolte se planteó una tarea más ardua que Furet. Posee aspectos emparentados con el historiador francés en el sentido en que coincide con este en la unificación de las experiencias del bolchevismo y el nazismo. Pero dando un paso más, exculpa al nazismo de toda responsabilidad histórica sobre los horrores que protagonizó, porque estos no habrían sido más que “una reacción del pueblo alemán” frente al “genocidio” con el que lo amenazaba la Revolución Rusa…

Furet opina lo mismo que Nolte a este respecto: “Se puede considerar que la victoria del bolchevismo ruso en octubre de 1917 es el punto de partida de una cadena de reacciones” (ídem, pp. 189). Y agrega: “Uno de los méritos de Nolte fue haber pasado por alto, muy pronto, la prohibición de establecer paralelos entre comunismo y nazismo” (ídem, pp. 189).

El autor alemán pretende demostrar dos cuestiones. Una, que el nazismo habría surgido como simple y mecánica reacción frente al bolchevismo, atribuyéndole a este último toda la responsabilidad por el genocidio que produjeron los nazis. Traverso desmiente esta lectura vulgar de los acontecimientos. Recuerda que la “era de los extremos” no nació en 1917 sino en 1914: el suelo nutricio de la radicalización de los desarrollos se produjo con el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, que ocurrió en el contexto objetivo creado por la carnicería imperialista y precedió a la Revolución Rusa.

La segunda, que hablar de “genocidio” cuando se trata de la Revolución de 1917 es una flagrante mentira o, peor, una provocación, una falta total a la verdad histórica: “Era a todas luces evidente (…) que una empresa de tal magnitud debía enfrentar una resistencia muy intensa, máxime cuando la experiencia práctica había mostrado que desde su toma violenta del poder el partido luchaba con tesón, mediante una guerra de clases sin precedentes, contra sus numerosos adversarios (…); es más, que los estaba exterminando” (ídem, pp. 51).

Nolte se apoya, por ejemplo, en algunos volantes de la izquierda alemana donde se hablaba de “aniquilar a la burguesía”… Pero cuando la izquierda revolucionaria hablaba (¡y habla!) de “acabar con la burguesía” se refería (y se refiere) a expropiarla como capa privilegiada, como categoría social: ¡a nadie se le pasó por las mientes liquidar físicamente a los integrantes de esa clase como afirma el autor alemán!: “No se equivocó quien (…) creía que la revolución bolchevique significaba un paso gigantesco hacia una nueva dimensión histórica mundial, la dimensión del exterminio social de extensas masas humanas” (ídem, 52).

Es conocido que la revolución de octubre fue prácticamente incruenta; recién comenzó a correr sangre cuando el desencadenamiento (¡por parte de los blancos y las potencias imperialistas!) de la guerra civil a mediados de 1918. Hablar de un “exterminio social de extensas masas humanas” como una decisión ex profeso de los bolcheviques es algo que no resiste la prueba de los hechos abordados con un mínimo de honestidad intelectual.

Es verdad que hubo casos de justicia sumaria por parte de los blocheviques; que luego del atentado contra Lenin a mediados de 1918 fue puesta en pie la Cheka, el organismo de seguridad de los bolcheviques en el poder que se vio obligado a pasar por las armas a agentes contrarrevolucionarios, por así decirlo.[2]

Pero aunque se puede debatir alrededor del rol de este organismo de seguridad, lo que puso en marcha no fue ningún “genocidio”: no se exterminó a la clase burguesa, solamente se fusiló a algunos de sus miembros que asumieron responsabilidades en el campo de la contrarrevolución. Con solo señalar que en las purgas de los años 30 Stalin se ensañó muchísimo más con la generación que llevó a cabo la revolución, ya se puede tener una idea de la “veracidad” de las afirmaciones del historiador germano.[3]

Incluso si se admitiera que la Cheka actuó mal (hubo excesos y, sobre todo, dejó en pie una serie de métodos “administrativos” de resolver los problemas que luego tendrían su influencia negativa sobre el curso mismo de la revolución), lejos estuvo de protagonizar un “genocidio”.

El historiador alemán llega incluso a justificar el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en manos del gobierno socialdemócrata de Ebert y Noske (ídem, p. 110). Estos últimos se comprometieron secretamente ante el ejército alemán, antes de asumir (primeros días de noviembre de 1918), a acabar con los elementos bolcheviques alemanes (Nolte, ídem, p. 110). Nolte defiende este asesinato en nombre del respeto a la “legalidad” del nuevo gobierno, criticando el levantamiento de los espartaquistas.

Siendo la obra de Nolte (La guerra civil europea) de menor interés que la de Furet, de todos modos se le puede sacar alguna “miga”, sobre todo en lo que tiene que ver con la situación de Alemania de los años 20. Si sus tesis principales son endebles y de menor agudeza que las del francés, aun así su registro de los acontecimientos –distorsionados por su lente provocador– deja elementos de interés.

Al caracterizar a Friedrich Ebert (candidato a Kerensky alemán) señala cómo “había logrado la paz, a diferencia de su contraparte rusa”, un factor nada menor que, como está magistralmente registrado en la Historia de la Revolución Rusa (Trotsky), fue fundamental para el hundimiento de los mencheviques y socialistas revolucionarios en 1917.

Algunas de sus tesis no son tan fáciles de contradecir. Al hablar de una “guerra civil europea” entre 1917 y 1945 recoge algo real: que durante el período que va entre la Revolución Rusa y la Segunda Guerra Mundial, el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución se agudizó de tal manera que complejizó el análisis de esta segunda gran guerra.

Pero el matiz que coloca, Nolte lo lleva demasiado lejos, transformándolo en determinante de todos los enfrentamientos; termina presentando una lectura unilateral donde el factor dominante de la guerra habría sido “ideológico” y no se hubiera tratado, en primer lugar, de una guerra interimperialista por el reparto del mundo (devenida, en el frente oriental, en guerra contrarrevolucionaria).[4]

Al reducir todo a un conflicto “ideológico” se termina perdiendo la sustancia social de lo que estaba en juego: cualesquiera fuesen las deformaciones de la ex URSS, constituía un país no capitalista. La invasión de Hitler a Rusia tuvo el carácter –como está dicho– de una guerra contrarrevolucionaria que no solo era “ideológica”: ese aspecto era el “revestimiento” de una lucha de conquista imperialista por el “espacio vital” de Alemania.[5]

Nos falta abordar someramente uno de los desarrollos más importantes de su obra. Recordemos que en los años 80 se desató en Alemania lo que se dio en llamar “el debate de los historiadores”, porque pareja a su exculpación del nazismo iba su justificación de las cámaras de gas…

Aquí hay otro factor provocador del autor alemán: es imposible emparentar los campos de exterminio del nazismo con los campos de trabajos forzados del estalinismo. Esto lo demuestra con solidez Traverso: habla de la racionalidad de medios y la irracionalidad de fines del nazismo (montó verdaderas industrias de la muerte, muy eficaces), al tiempo que señala que la racionalidad de fines del estalinismo (una racionalidad volcada a la acumulación burocrática, no a la transición al socialismo, agregamos nosotros) se llevaba a cabo mediante una gran irracionalidad de medios: el trabajo literalmente esclavo en un país que se declaraba “socialista” (entre otros múltiples ejemplos de irracionalidad de la planificación burocrática).

El solo hecho de absolver de los crímenes de lesa humanidad al nazismo, dejaron a Nolte en la mira. Primo Levy, insospechado de izquierdismo y sobreviviente de Auschwitz, critica taxativamente en su introducción a Si esto es un hombre esta igualación, insistiendo en el carácter único del genocidio nazi.

La interpretación canónica en la “izquierda”

En el seno de la izquierda, en sentido amplio, del mundo universitario en general, tiene prestigio la obra de Eric Hobsbawm. Traverso dice agudamente que Hobsbawm “se hace sólido conforme nos alejamos del siglo XX”. Su especialidad histórica fue el siglo XIX, con una trilogía muy conocida. Pero de cualquier manera nos interesa referirnos a su obra sobre el siglo XX, en todo caso la más política y de mayor actualidad.

No es que carezca de planteamientos agudos. Releyéndola para la escritura de este ensayo pudimos descubrir cómo para Hobsbawm ya en la década del 90 estaba claro un fenómeno que nosotros apreciamos mucho después: la ruptura de la conciencia de las nuevas generaciones con las anteriores, su cretinismo en materia histórica: “La destrucción del pasado, o más bien, de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de las generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres de este final de siglo, crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica con el pasado del tiempo en el que viven” (Historia del Siglo XX, 1914-1991, Crítica, Barcelona, 1995, pp. 13).

Conceptos como el “corto siglo XX” o la “era de los extremos” que se vivió en la mayor parte del siglo pasado son agudos y muestran que el autor británico tenía sentido histórico. Además, su obra contiene apreciaciones agudas en muchos rubros: por ejemplo, cuando señala que las mayores crueldades de nuestro siglo han sido las “impersonales, de decisión remota, del sistema y la rutina” (ídem, pp. 58).

Pero aquí terminan nuestros acuerdos con Hobsbawm: se trata de una interpretación marxista vulgar del siglo pasado. El historiador británico reproduce, casi punto por punto, el tipo de abordaje del marxismo de los partidos comunistas (estalinistas) del siglo pasado: economicista, instrumental y teleológico, solo para después no poder explicar realmente por qué ese mundo “socialista” se vino abajo.

El abordaje de Hobsbawm es el canónico en la izquierda no socialista revolucionaria respecto de algunos de los momentos principales de la lucha de clases del siglo XX. Por ejemplo, la Guerra Civil Española, que es interpretada en los términos habituales del estalinismo: “lo que estaba en juego no era la revolución sino la defensa de la democracia” (ídem, p. 167).

También su evaluación de la Segunda Guerra Mundial, donde se reproduce la idea de que se habría tratado de una conflagración “entre la democracia y el fascismo” (una tesis parecida a la de Nolte pero desde la izquierda), así como su justificación de la política contrarrevolucionaria de los frentes populares, que excluía la lucha por el socialismo: “los terratenientes y los capitalistas que apoyaran a los rebeldes [habla de las fuerzas de Franco en la Guerra Civil Española, R.S.] perderían sus propiedades, pero no por su condición de terratenientes y capitalistas, sino por traidores” (ídem, p. 168).

Esto es muy conocido para repetirlo aquí; de todas maneras es importante señalarlo, porque con la autoridad que le dio ser un gran historiador con presencia en las aulas universitarias de todo el mundo, Hobsbawm hace pasar, inadvertidamente, la interpretación canónica del estalinismo sobre la historia del siglo pasado (interpretación que es la justificación de sus propias posiciones políticas[6]).

Tiene un grave problema a la hora de explicar el derrumbe estalinista. Pero eso no le hace rever ninguna de sus certidumbres anteriores: su incondicional justificación del estalinismo por “el logro gigantesco de haber modernizado la URSS”: “Stalin, que presidió la edad de hierro de la URSS (…) fue un autócrata de una ferocidad, una crueldad y una falta de escrúpulos excepcionales (…) No obstante, cualquier política de modernización acelerada de la URSS, en las circunstancias de la época, habría resultado forzosamente despiadada, porque había que imponerla en contra de la mayoría de la población, a la que se condenaba a grandes sacrificios, impuestos en buena medida por la coacción” (Hobsbawm, ídem, p. 380). Huelgan las palabras: raro socialismo este impuesto por “coacción”.

Es importante subrayar el déficit metodológico de su abordaje: la lucha de clases del proletariado, sus clivajes, sus posibilidades alternativas, sus desarrollos imprevistos, tiene poco y nada de peso en él; casi todo es visto como un proceso desde arriba. Su condena del rol de Trotsky es de lo más cretina por decir lo menos: “Trotsky fracasó por completo en todos sus proyectos” (ídem, pp. 81). Su apreciación general de las cosas es de un economismo que raya el esquematismo, así como la afirmación de una idea de progreso típica de las concepciones más instrumentales: ¡nada importa que este progreso se haga a costa de los seres humanos de carne y hueso!

Hobsbawm no logra salir de esos relatos canónicos. Va a contrapelo de las necesidades del momento, cuando, si está planteado enfrentar las derivas del posmodernismo (era y es correcto presentar una “historia total”, panorámica y de amplios alcances del siglo pasado como intenta hacer Hobsbawm), es hora de echar el lastre de una interpretación del “marxismo” que ha sido puesta en evidencia –en sus inercias– por el desarrollo de los acontecimientos mismos.

Hobsbawm no logra hacer nada esto; ni siquiera se lo plantea. Su relato de la historia del siglo pasado es, como está dicho, una versión aggiornada del estalinismo, más allá de condenas, aquí y allá, a la figura de Stalin, a la que al mismo tiempo se reivindica.

Una justificación de todo lo actuado por la burocracia sin que se sepa cómo vino a ocurrir, de repente, su derrumbe: “La tragedia de la Revolución de Octubre estriba, precisamente, en que solo pudo dar lugar a este tipo de socialismo, rudo, brutal y dominante. Uno de los economistas socialistas más inteligentes de los años treinta, Oskar Lange (…) desde su lecho de muerte hablaba con los amigos y admiradores que iban a visitarle (…): ‘Si yo hubiera estado en Rusia en los años veinte, hubiese sido un gradualista bujariniano. Si hubiese tenido que asesorar la industrialización soviética, habría recomendado unos objetivos más flexibles y limitados, como, de hecho, hicieron los planificadores rusos más capaces. Y, sin embargo, cuando miro hacia atrás, me pregunto una y otra vez: ¿existía una alternativa al indiscriminado, brutal y poco planificado empuje del primer plan quinquenal? Ojala pudiera decir que sí, pero no puedo. No soy capaz de encontrar una respuesta” (ídem, pp. 494).

Esta claro que este supuesto “tipo de socialismo” (¡que no lo era!) ha sido condenado por la experiencia del siglo XX: un “socialismo” construido sin el protagonismo histórico de la clase obrera que estaba “destinado”, de este modo, a terminar como lo hizo: en el basurero de la historia.

El debate sobre las perspectivas históricas de la clase obrera

No queremos terminar este texto sin hacer una somera referencia a la obra de Traverso. Se trata de un historiador de una generación posterior a la de los citados. En cierto modo, es uno de los historiadores políticos más renombrados del momento; está en las librerías y merece estarlo, porque tiene una elaboración en muchos aspectos inspiradora al trazar una delimitación general con los autores arriba mencionados desde un punto de vista que podríamos considerar, en general, “marxista”.

Sin menoscabo de que lo citamos en todo lo que nos parece valioso, su abordaje posee, de todos modos, limitaciones. Aquí nos detendremos en dos de ellas. La primera tiene que ver con su ángulo de mira general. Traverso es un historiador con un gran sentido histórico; sobre todo en materia del siglo XX, su especialidad. Logra transmitir algunas de las características salientes del siglo pasado de manera muy verosímil (incluimos aquí sus finas percepciones acerca del estalinismo).

Pero existe un límite general en su abordaje: está sesgado para un ángulo de mira que coloca en el centro de su reflexión la cuestión judía.

Es verdad que esta cuestión estuvo en el centro de muchos de los desarrollos del siglo XX. Pero Traverso pierde de alguna manera de vista que dicha cuestión de ninguna manera podía ser independiente de la cuestión más universal de nuestro tiempo: la cuestión obrera. Es decir, la problemática acerca del lugar histórico de la clase obrera en la transformación social, y no como un tema filosófico general sino como historia de las grandes revoluciones del siglo pasado.

Al historiador italiano le pasa un poco lo que –de manera muy justa– le critica a Hanna Arendt: su prisma está demasiado corrido para una cuestión con mucha “reticularidad” en el siglo pasado, pero que sin embargo es parcial.

Por alguna razón que se nos escapa, a pesar de tener enorme percepción acerca del significado de la “era de los extremos”, Traverso no logra ser un historiador de las grandes revoluciones del siglo pasado, un acontecimiento fundante del mismo; está demasiado corrido para el análisis de las “violencias” del siglo pasado así como la barbarie de esta época (señalamos esto no sin reconocer la agudeza de su tratamiento al respecto).

Pero no logra colocar en el centro de su reflexión la pelea porque la clase obrera tenga plena palabra histórica “vengándose” de la traición del estalinismo, que pretendió construir el socialismo reduciéndola a la condición de “una inmensa muchedumbre ciega” (como denunció André Gide en su Retorno de la URSS luego de una decepcionante gira por Rusia a mediados de los años 30[7]).

Existe un segundo problema: Traverso recae, a veces, en una interpretación de los principales acontecimientos del siglo pasado en clave de una “lucha antifascista”, no en el sentido del marxismo revolucionario, sino como una suerte de versión de izquierda de la política canónica del frente popular. Es significativo que esto sea así y quizás se base –incorrectamente– en la preocupación por no caer en una visión “sectaria” o reduccionista del siglo pasado. Puede estar vinculado, también, a una apreciación de Trotsky que en algunos casos es demasiado crítica hacia él, unilateral, sectaria hacia la figura y trayectoria del gran revolucionario ruso[8].

No podemos exigirle a Traverso que tenga el balance del marxismo revolucionario. Pero la suma de la pérdida de centralidad de la clase obrera en sus preocupaciones y un abordaje unilateral respecto de Trotsky, deja sesgada su elaboración hacia un costado que no se plantea la lucha por el relanzamiento de la revolución socialista en el siglo XXI.

Retomar y enriquecer la tradición del socialismo revolucionario, poner como ángulo de mira central el balance de las revoluciones socialistas y/o anticapitalistas del siglo pasado y su lección de que no puede haber transición al socialismo sin que la clase obrera esté en el poder[9], debe ser el centro del emprendimiento histórico, teórico y estratégico que una el balance del siglo pasado con las tareas que nos depara el porvenir.

Bibliografía:

François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, Fondo de Cultura Económica, España, 1995.

Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX, 1914-1991, Crítica, Barcelona, 1995.

Ernest Nolte, La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo, Fondo de Cultura Económica, México, 2011.

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[1].- Ver sobre este tema nuestro artículo “Causas y consecuencias del triunfo de la URSS sobre el nazismo”, www.socialismo-o-barbarie-org

[2].- Evidentemente, incluso en las filas de los revolucionarios, hay debate alrededor del rol de la Cheka. Este organismo fue puesto en pie por un conjunto de razones que la hicieron necesaria. Pero esto no quiere decir que deba considerársela como una virtud, como algo que estaría dentro de los objetivos de la revolución; solo respondió a las necesidades creadas por esta, a la embestida por parte de la contrarrevolución luego de que los bolcheviques tomaran el poder.

[3].- Esto remite a otro debate al cual ya nos referimos someramente arriba: al carácter opuesto de los “terrores” puestos en pie cuando la revolución bolchevique y bajo Stalin: uno al servicio de la revolución, otro de la contrarrevolución burocrática. En el primer caso, una necesidad impuesta por las circunstancias criticable cuando se haya “excedido”; en el segundo, un instrumento liso y llano de la liquidación de todo elemento que en la URSS hubiera formado filas o hubiera estado a la vanguardia de la Revolución de Octubre.

[4].- En la búsqueda de entender la especificidad de la segunda guerra, Nahuel Moreno se deslizó a una lectura similar de la del propio Nolte aunque, claro está, desde la izquierda. De todos modos, reivindicamos metodológicamente el intento de Moreno de entender los hechos de manera viva, no doctrinaria.

[5].- Ver a este respecto nuestro análisis del carácter de la Segunda Guerra Mundial en “Causas y consecuencias del triunfo de la URSS sobre el nazismo”.

[6] Hobsbawm formaba parte del famoso grupo de historiadores del PCB, los que en su mayoría rompieron con el partido estalinista británico cuando los tanques soviéticos entraron en Hungría para sofocar la Revolución de 1956. E. P. Thompson, autor del clásico estudio acerca de La formación de la clase obrera en Inglaterra, es uno de los historiadores de fama mundial que rompieron con el partido; Hobsbawm permanecería en él toda su vida…

[7].- Citado en El pasado de una ilusión, en la cual Furet agrega otra cita tremenda de Guide: “(…) dudo que en algún otro país de hoy, así fuera en la Alemania de Hitler, sea menos libre el espíritu, menos sometido, menos temeroso (aterrorizado), más avasallado” (ídem, p. 331).

[8].- Traverso llega a decir, contra toda la evidencia histórica, que a Trotsky le pasó lo mismo que a otros intelectuales cuando llegaron al poder: dejaron de ser críticos, se pasaron para el lado del real politik; pero si esto fuera así, no podría explicarse por qué estuvo dispuesto al exilio, a pasar por toda la tragedia personal por la que pasó en función de sostener la pelea por el socialismo, por la dictadura del proletariado contra la burocratización de la URSS.

[9].- Para su propio provecho, Furet critica con agudeza la idea de un proletariado ejerciendo el poder “a través de una serie de equivalencias abstractas” que hacen las veces de sus representantes (ídem, pp. 40).

Por Roberto Saenz, Socialismo o Barbarie, 14/05/2015

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