Por Roberto Sáenz y José Luis Rojo, Revista SoB 29, abril 2015

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La gesta del puente-grúa

Por José Luis Rojo

“El trabajador hace equilibrio en la cornisa. Amenazante, ‘jugándose’, dice, camina hasta abrazarse a una columna blanca cerca del techo. Mira hacia un abajo lejano, hace muecas y grita palabras indescifrables a 20 metros del piso, dónde sobresalen las líneas de prensa y los agentes de infantería. Sus ocho compañeros, otros expulsados de la fábrica, acompañan con rugidos y golpes de objetos metálicos sobre el cuerpo de la enorme grúa-puente amarilla que sirve de trinchera hace casi 72 horas. Ése es el insólito escenario que estos obreros fabricaron en un intento de recuperar su trabajo” (Francisco Jueguen, La Nación, 30-5-2014).

La lucha de los obreros de Gestamp ya es histórica, aun cuando todavía no termina y un núcleo de los compañeros despedidos se mantienen firmes en el acampe sosteniendo un sinnúmero de iniciativas así como poniendo en marcha, paralelamente, juicios por su reinstalación en los puestos de trabajo.

A continuación trataremos de ir adelantando, sin embargo, algunas de las lecciones de esta gesta obrera inmensa, alertando que se trata de un texto escrito al correr de la pluma, no exhaustivo, como para poner un material sobre la mesa, a ser enriquecido por los propio compañeros protagonistas de esta gesta.

1-Las debilidades estratégicas del “just in time”

Nos interesa destacar aquí dos o tres enseñanzas o aspectos más generales de esta heroica e histórica pelea. Nos interesa referirnos, básicamente, a tres aspectos: el significado de esta lucha en materia de la recuperación de los métodos tradicionales de la clase obrera argentina, lo que reflejó el conflicto en materia de la crisis de la Lista Verde del SMATA (y su brutal macartismo, que no hace del todo “sintonía” con el verdadero sentimiento de la base del gremio), y el hecho que se haya tratado de una lucha en un gremio estratégico de la industria argentina. Arrancaremos de estos dos últimos aspectos y luego iremos al primero.[1]

Lo más objetivo por así decirlo, y lo que en gran medida alarmó a la patronal, a la Verde y al gobierno es, efectivamente, el hecho de que la nueva generación obrera, en una lucha que desbordó los cuerpos orgánicos sindicales tradicionales, se haya expresado en un sector estratégico de la producción.

Esto es una novedad. Es verdad que la izquierda y la nueva generación luchadora venían ganando posiciones en el SMATA. Los casos más notorios son los de Lear, donde la interna en su conjunto está en manos de compañeros independientes y de la izquierda. También algunos independientes son delegados en VW de Pacheco y, sobre todo, en VW de Córdoba se viene de una importante experiencia, ganando en determinado momento el cuerpo de delegados de esa planta, que luego se perdió pero manteniendo delegados independientes de importancia.

Hubo también otras experiencias en el SMATA, que se nos escapan seguramente en este momento. Pero de lo que estamos seguros es de que ninguna de esas experiencias y/o luchas pusieron sobre el tapete de semejante manera el cuestionamiento a la burocracia en la rama más concentrada de la industria argentina como es el caso de Gestamp. Menos que menos se dio el caso de que una lucha obrera, en una de las plantas del gremio mecánico, paralizara de esta manera y simultáneamente, la producción en cuatro o cinco terminales como fue el caso de la pelea de Gestamp.

Esto es lo que alarmó al gobierno, los empresarios y el SMATA: que delegados y un conjunto de trabajadores independientes vinculados a la izquierda llegaran a cuestionar el control burocrático de la base en una rama de tanta importancia estratégica.

Incluso más: la lucha de Gestamp puso al desnudo algo sobre lo que ya se había escrito pero frente a lo cual hubo hasta el momento en nuestro país pocas experiencias de magnitud: los puntos débiles del método del “just in time” (justo a tiempo). Un método para organizar la producción en el cual se trabaja sin stock, aprovisionándose cuando las piezas son necesarias, organizando una logística a la altura de los tiempos de mundialización que corren, y evitando de esta manera tener pérdidas por sobreacumulación de piezas. Las piezas se fabrican a pedido y a partir de un moderno sistema logístico se distribuyen a las distintas plantas.

Cuando surgieron los métodos toyotistas (trabajo en grupos, formalmente “sin capataz”) y el “just in time” (que no son la misma cosa), ya se había hecho la reflexión acerca de los “puntos ciegos” estratégicos de esta reorganización de la producción. Gestamp los puso de relieve demostrando la importancia del paro, de la ocupación de planta, del bloqueo de los portones, de todo aquello que paralice el aprovisionamiento de las grandes terminales automotrices, así como su efecto no sólo sobre la patronal de la empresa en conflicto, sino sobre el resto de toda la rama productiva.

Que el “just in time” haya entrado en crisis justamente en la industria automotriz es seguramente algo que las patronales estarán discutiendo por lo bajo para ver cómo remediar en casos futuros, pero que sin ninguna duda debe entrar en el acervo de los métodos de lucha de la nueva generación obrera y de la izquierda revolucionaria.

2-Los límites del “régimen del terror”

El segundo aspecto que queremos subrayar aquí son los límites que mostró en el conflicto la burocracia del SMATA, sus métodos de terror sobre la base del gremio, que no significan que la base los apoye realmente.

Hay que decir que, en realidad, la Verde sí tiene un factor de legitimación vinculado a un hecho material: los sueldos proporcionalmente más altos en las terminales que en otras industrias. Además, no es lo mismo que el caso de las autopartistas vinculadas al gremio mecánico y, menos que menos, los metalúrgicos de la UOM, con sueldos muchos más bajos. Estamos hablando de la rama del automóvil, que mundialmente tiene uno de los mayores sueldos relativos.

Estos sueldos más altos se deben a que se trata de industrias que poseen lo que se llama una mayor composición orgánica de capital, con un grado de inversiones en máquinas y capital fijo mucho mayor que el resto del promedio de la industria. Esto mismo hace que el trabajo humano en ellas sea mucho más productivo: fabrican autos, no galletitas.

Al ser un trabajo mucho más productivo, producen mucho más valor y los sueldos son mayores. Lo que no es menoscabo para que el trabajo no pagado de un trabajador automotriz sea mucho mayor que el de un trabajador de la alimentación o del neumático como proporción al valor o la riqueza creada, aunque ganen dos o tres veces más que un trabajador de otro gremio.

La burocracia mecánica se atribuye, así, lo que es un factor objetivo de la rama productiva: que coadministran como perros guardianes de la patronal. Efecto objetivo que le permite manejar a full los premios, horas extras y demás beneficios que hacen que los compañeros se atornillen a sus puestos de trabajo, a condiciones salariales que consideran mejores.

Pero cuando la situación económica se deteriora, cuando comienzan las suspensiones, cuando las horas extras se cortan, cuando los salarios comienzan a caer, cuando se viene la amenaza del despido, sólo queda entonces el terror.

Ahora bien, el discurso del peronismo, el discurso del miedo a los “zurdos”, que son “come niños” y cosas por el estilo, en cierto modo atrasa. Es un discurso de otro período histórico, de los años 70, que no es exactamente el actual. Sigue teniendo cierto peso, pero está devaluado, y a falta de la base de sustento económico para la legitimación, o en la circunstancia del debilitamiento de esto, a la burocracia sólo que le queda el terror, los métodos del terror y la patota, la amenaza implícita de que el que asoma la cabza va a terminar en la calle, o algo peor.

Que éste es un elemento de debilidad y no de fortaleza, que Pignanelli y las declaraciones públicas que hizo son impresentables, es evidente para todo observador atento. Porque, además, la burocracia sindical en los años 70 se basaba todavía en un determinado grado de politización o, más bien, de “ideologización” (Perón y sus concesiones al movimiento obrero, la confianza en un “salvador” que ya los “había salvado un vez” y elementos por el estilo) que hoy no está presente en las nuevas generaciones.

Hemos escrito que lo queda es algo así como el residuo de la conciencia peronista en el habitual sentido reivindicativo de la conciencia obrera, pero prácticamente desvinculada de todos los elementos ideológicos; incluso si hubo una cierta “épica K” en las última década, hoy está hecha jirones.[2]

Si esto es así, a la Verde le queda algo muy importante pero sin embargo frágil, endeble estratégicamente desde el punto de vista de su legitimación en la base trabajadora: el control del aparato, la complicidad de las empresas, las relaciones con el Estado y el poder, con el gobierno K y los gobiernos patronales que vengan.

Los compañeros no logran ver cómo rebelarse contra la Santa Alianza de todos estos poderes, pero esto no quiere decir que le crean a la Verde, que la apoyen a conciencia, que no simpaticen con los trabajadores en lucha. Por eso mismo los compañeros trabajadores no despedidos en Gestamp o, por ejemplo, en la Ford y VW de Pacheco, no decían nada en público con las arengas en asambleas de la burocracia contra los zurdos, el PO, el Nuevo MAS, Damián Calci, etcétera. Muchos, incluso, se iban confundidos, pero atención: muchos más mascullaban por lo bajo contra la burocracia y simpatizaban con los pibes del puente-grúa.

Las semillas de rebelión que han dejado la gesta de los pibes de Gestamp no hay manera de liquidarlas, y es uno de los legados más importantes que deja esta pelea: ha dejado abierta la posibilidad de progresar en el SMATA y llegar, porque no, a cuestionar a la monarquía Verde, un reinado que tiene décadas, que carga sobre sus hombros con la entregada de decenas de compañeros a la represión bajo la dictadura militar y que como toda monarquía algún día va a terminar cayendo: ¡que se cuide Piganelli de que la base no le termine cortando la cabeza como a Luís XVI en la Revolución Francesa! 

3-La recuperación de los métodos históricos de lucha de los trabajadores

Llegamos así a lo sustancial de nuestra reflexión: la recuperación de los métodos tradicionales de lucha de los trabajadores. Esto ha merecido muchas reflexiones estratégicas en la izquierda en los últimos años.[3] Está claro que emerge una nueva generación obrera en el mundo post caída del Muro de Berlín, en los años posmodernos del imperio neoliberal, cuando en gran medida se cortó el hilo de continuidad con las experiencias históricas de la clase obrera, cuando vivimos bajo la hegemonía de la democracia de los ricos y el legalismo en el seno de la clase, cuando no hay casi elementos de radicalización.

Y, sin embargo, alguna vez esto debe comenzar a cambiar si se quiere transformar la sociedad. De alguna manera, en los hechos, esto es lo que planteó la lucha de Gestamp. De ninguna manera la idea era colgarse en el puente-grúa por colgarse, sólo nueve compañeros con la planta vaciada. A nadie se podía ocurrir esto, como pretenden algunas corrientes de la izquierda demasiado adaptadas a la democracia patronal. Se trataba de ingresar a la planta para facilitar el paro de los compañeros adentro; en todo caso, la ocupación de la planta entre todos.

Claro que la ocupación plantea el cuestionamiento al monopolio de la propiedad por parte de la empresa. Pero también la lucha contra los despidos cuestiona otro derecho supuestamente absoluto de los empresarios: el de libertad de contratación; el que puedan tomar y despedir trabajadores a su antojo. Esto también es legal. Los socialistas revolucionarios cuestionamos este derecho empresario, cuestionamos su derecho a despedir a los trabajadores, cuestionamos su monopolio de la propiedad de los medios de producción, cuestionamos no sólo los bajos salarios sino un régimen económico basado en la explotación del hombre por el hombre.

No es verdad lo que dijo Cristina de que la historia “terminó”, que “la toma del Palacio de Invierno” ya no está a la orden del día y que en la Argentina “no hay explotación”. Esto último es una estupidez que se desmiente con las estadísticas del propio INDEK, que reconocen que en la Argentina (y el mundo como un todo) la distribución del ingreso empeoró sustancialmente en las últimas décadas: ¡cada vez menos personas son más ricas y más personas son más pobres!  Ésa es la realidad del capitalismo argentino, y se llama explotación.

Por eso no ha “pasado de moda” la toma del Palacio de Invierno (la toma del poder por parte de la clase obrera en la Rusia de 1917). Si hay explotación, hay lucha contra esa explotación y esa injusticia. No hace falta que el trabajador sea “zurdo” para que se rebele contra esta realidad. Se rebela, simplemente, porque siente el aguijón de la necesidad, de la injusticia. Pero desde que siente este aguijón, está injusticia, se rebela (sobre todo, y lógicamente, entre las más jóvenes generaciones) y comienza a tomar conciencia de las relaciones reales, de los que los rodean, de los que lo apoyan o no. Ya el patrón le cae mal porque se da cuenta rápidamente que vive del trabajo de él, del sudor de él: que él va en bicicleta o en un auto normal a trabajar y el patrón, cuando va a la planta, va en un Mercedes Benz. Se da cuenta y le caen mal las jerarquías en la planta, la explotación, los capataces, el régimen dictatorial sin cuestionamiento posible que impera dentro de la planta, el hecho que un compañero que considera sagaz, “copado”, sea despedido por cuestionar una injusticia.

Pero cuando sale a pelear se da cuenta también del rol del sindicato, de que tira para el lado de la empresa y le cae mal. Y cuando sale a la lucha, a marchar, o a un acampe afuera, se “encuentra” con la izquierda, que en realidad ya estaba adentro, porque la izquierda no es un factor externo a la clase obrera como la quiera pintar Pignanelli (que llegó al colmo del absurdo de decir que los trabajadores de Gestamp y la izquierda iban a ir “a tomar desde afuera Volkswagen”). En realidad, lo que los pone nerviosos es que la izquierda está dentro de las plantas, sencillamente porque un sector de vanguardia de la clase obrera está dando incipientes pasos en ese sentido, y cualquier sector obrero que quiera salir a luchar, que cuestione a las empresas, que cuestione al gobierno de Cristina, que cuestione la complicidad del sindicato con todas estas injusticias, tiende “naturalmente” hacia la izquierda.[4]

Este desarrollo tiene su propia lógica. Claro que no llega hasta el final espontáneamente, automáticamente; requiere de su vinculación con al izquierda, como lo requiere la “toma del Palacio de Invierno”. Pero la toma de un “gran palacio” (el poder) depende de la toma, primero, de “pequeños palacios”. Y esos “pequeños palacios” son los lugares de trabajo en los cuales los trabajadores se ven forzados a realizar quites de colaboración, huelgas, bloqueo de portones y hasta tomas de empresa sencillamente como respuesta a las medidas de hecho (por definición, no legales o, mismo, ilegales como el lockout patronal) de los empresarios y la patota burocrática.

¿Qué es, si no, la acción de despedir de manera encubierta y arbitraria aquellos trabajadores que no le gustan a la empresa y el sindicato? ¿Qué es vaciar las plantas para que los trabajadores no puedan decidir en asamblea, colectivamente, los pasos a seguir? ¿Qué es la brutal militarización de Gestamp y el imperio de la patota dentro de planta, que no dejan juntarse a más de tres compañeros a charlar, ni salir sin custodia? ¿Desde qué “derecho adquirido” puede la patronal cuestionar cuando los trabajadores deciden hacerse fuertes luchando –desde un paro hasta una ocupación si fuera necesario y hay condiciones– para forzar una solución? La ocupación, si se impone e, insistimos, si hay condiciones, no es la “toma del Palacio de Invierno”, sino algo mucho más sencillo: ocupar transitoriamente el lugar de trabajo para no ser dejados en la calle, sin el pan para su familia y sus hijos, sólo en beneficio de la ganancia empresarial.

Todos estos sentidos reales y simbólicos puso sobre la mesa la lucha de Gestamp, independientemente de su desenlace concreto o inmediato. Ya había señalado Rosa Luxemburgo que se gane o se pierda una lucha (aunque esto no sea indistinto, claro), lo más importante, lo fundamental, lo estratégico, es lo que deja en materia de conciencia y organización, de aprendizaje histórico para la clase obrera y su vanguardia como un todo.[5] ¡Y vaya si la lucha de Gestamp dejó enseñanzas para nuestra clase y para los revolucionarios!

  1. Señalemos que hay otro elemento que no tratamos aquí y que es de gran importancia: las relaciones entre el derecho burgués y las luchas de los trabajadores. Esta problemática se puso nuevamente de manifiesto en la lucha de Gestamp cuando la conciliación obligatoria firmada fue escandalosamente violada por la misma autoridad que la había decretado. Esta acción de las autoridades debe servir de ejemplo de los límites de la legalidad patronal, de cómo, en última instancia, lo único que valen son la lucha y las relaciones de fuerza; que si no se puede llevar adelante ninguna lucha obrera sin tener en cuenta el derecho laboral (e, incluso, el penal), las instancias jurídicas y lo abogados son sólo puntos de apoyo accesorios a lo que es principal: la lucha directa de los trabajadores.
  2. Con lo de conciencia “residual” nos inspiramos en un agudo señalamiento del sociólogo burgués Max Weber, que al dar una explicación idealista del surgimiento del capitalismo (por factores “espirituales” y no materiales), presentaba la idea de cómo una determinada “ética”, un determinado comportamiento, vaciado de su contenido anterior, podía sin embargo aceptar nuevos contenidos, ponerse a disposición de objetivos diversos a los que le habían dado origen. En este caso, la conciencia peronista clásica anterior y la burguesa a secas, reivindicativa actual, son ambas formas de conciencia capitalista. Pero ese contenido estrechamente reivindicativo, burgués, sobrevive despojado de todos sus elementos “ideológicos” anteriores.
  3. Recordamos aquí el debate específicamente con el PTS a propósito de la lucha de Kraft, que se terminó perdiendo, y la de Pilkington, que se ganó, a propósito de si la toma de fábrica puede ser un método a ser utilizado en la actualidad o no habría condiciones para ello.
  4. Hace ya un siglo Lenin decía que el trabajador “tiende” hacia la izquierda por la experiencia de la injusticia, de la explotación, pero que esta tendencia se veía inhibida una y mil veces por la ideología burguesa, que siempre era más fuerte. De ahí que se planteara de manera clásica la necesidad insustituible del partido revolucionario para lograr que esta conciencia fuera hasta su final lógico: la conciencia de clase y socialista.
  5. Rosa agregaba que la lucha de clase socialista, revolucionaria, obrera, era muchas veces un camino de derrotas que llevaban al triunfo estratégico, final, mientras que la perspectiva autosatisfecha de la burocracia sindical de la obtención de un “éxito” reivindicativo tras otro, sólo llevaban, en último término, a la conservación de la explotación capitalista, es decir, a la derrota estratégica.

Argentina: Primeras enseñanzas de la derrota en Lear

No se podía ganar sólo desde afuera

Por Roberto Sáenz

“Desviaciones como el sustituismo de los compañeros, el cretinismo puramente legal, la idea de que solamente mediante acciones legales y políticas se podría lograr el éxito en las luchas, son una unilateralidad que nos puede llevar a perder las peleas sin llevarlas hasta el final, sin apelar a todas las posibilidades de la lucha misma” (José Luis Rojo, SoB 300, 14-8-14).

La Verde del SMATA destituyó en una asamblea amañada a la interna combativa de Lear. Atrás quedaban casi tres meses de lucha donde se llevó adelante una de las peleas más duras de la actual coyuntura junto con la de Gestamp, también en el gremio mecánico. Y no se trató solamente de la destitución de la interna: 200 familias quedaron en la calle, entre ellas los 50 compañeros que todavía estaban en el acampe pugnando por su reincorporación. Una etapa de la lucha se cerró y se abre otra, la de la campaña por la reinstalación de los compañeros cesanteados, así como para avanzar en la impugnación de la asamblea regenteada por el sindicato.

Pero, a la vez, se impone otra tarea, tan importante como la anterior: llevar adelante, de manera implacable, el balance de esta lucha y las enseñanzas que se desprenden de ella para que sirvan al armazón estratégico de la nueva generación obrera y de la izquierda. No ocultamos que tenemos un cuestionamiento global a la conducción del conflicto por parte del PTS, la corriente hegemónica en la interna. Nuestro partido hizo un contrapunto permanente a lo largo del conflicto, insistiendo en que era imposible ganar sólo desde afuera, que era puro fraccionalismo no tomar, con equilibrio, las enseñanzas de Gestamp. Lamentablemente, tuvimos razón. A continuación, entonces, nuestros primeros elementos de balance de esta histórica pelea.

No se fue hasta el final 

Al comienzo de toda la evaluación hay que colocar el error de caracterización con que se manejó el PTS, y que le trasmitió al colectivo de trabajadores. Nunca pareció comprender que se trataba de un conflicto no sólo económico sino político, que no se estaba ante  meras “suspensiones”, sino que la patronal, la Verde y el gobierno venían por el activismo y la interna. Esta incomprensión provino –entre otras razones– de la lectura unilateral que hicieron de las enseñanzas de Gestamp, que había mostrado esos mismos rasgos sólo unas semanas antes. De ahí que se haya armado a los trabajadores con la falsa idea de que la ley estaba “de nuestro lado”, o que “contra suspensiones no se sale a la luchar”; en definitiva, que no se los preparara para la verdadera guerra que se aproximaba

Un elemento central aquí tuvo que ver, insistimos, con la visión sesgada, internista e incluso fraccional frente al conflicto de Gestamp. Nunca se entendió que eran parte de un mismo proceso, de una misma política del gobierno, la patronal y el sindicato de aprovechar la recesión para pasar a la ofensiva con una estrategia que dejara afuera al activismo y la interna. 

Se adujo que en Gestamp “se hizo todo mal”; se utilizó la experiencia histórica del puente grúa como un decálogo de lo que “nunca hay que hacer”. Y, más aún, se insistió en la criminal definición de que “el conflicto se gana de afuera”. Lo que no solamente era un completo error, sino que sólo puede estar al servicio de deseducar a los compañeros, a los trabajadores, a una clase obrera que instintivamente tiende a pensar lo opuesto: que las luchas se ganan, en primer lugar, desde adentro, y que todas las demás enormes tareas, como la campaña afuera, son muy importantes pero tienen un valor auxiliar a que los trabajadores se atrincheren, con las medidas que fuere, dentro de la planta.

Hasta la patronal tienen enseñanzas que darnos a este respecto. Si la empresa pensara que no tiene ninguna importancia que los trabajadores se hagan fuertes adentro, si despreciara el valor que tiene controlar el lugar de trabajo, el monopolio de su propiedad privada, no se explica por qué le teme más que a nada a la ocupación de la planta, por qué decretó de manera reiterada el lockout buscando sacar a la base fuera de la planta. Este interrogante no tiene respuesta en el particular mundo del PTS, donde la lógica de mini aparato autoproclamatorio se impone por encima de todo, hasta por encima de las leyes de la lucha de clases.

Porque es el ABC de la lucha obrera que los trabajadores, en este tipo de conflictos duros y aislados, deben tratar de hacerse fuertes, en primer lugar, dentro de la planta. Y que cuando esto no es posible, es una consecuencia de la lucha, un dato de la realidad, pero no una política nuestra. ¿A quién se le puede ocurrir algo así? ¿Cuánta pedantería hace falta para la afirmación taxativa de que “esta lucha la ganamos desde afuera”? ¿Qué dirección autosatisfecha puede convencer a la base de su partido de esto?

En una nota anterior señalábamos que a la hora de los conflictos se combinan tres planos: el legal, el político general y las medidas de lucha. Pero insistíamos que, con ser estos tres planos muy importantes y admitir todo tipo de desigualdades y combinaciones según las condiciones, es evidente que a la hora de luchas que se van endureciendo, donde la ofensiva es mayor, la primera y más importante medida es que los trabajadores deben hacerse fuertes dentro de la planta, llegando incluso, si no queda alternativa, como último recurso, a la ocupación. Que fue lo que hicieron los compañeros de Gestamp, que sí llevaron la pelea hasta las últimas consecuencias y están orgullosos de eso. ¡Como orgulloso está nuestro partido, que siente que fue parte de sentar un mojón en la educación estratégica de nuestra clase con la gesta del puente-grúa!

El primer y principal problema de la pelea en Lear es que no se fue hasta el final: los compañeros nunca se plantearon entrar a la planta. Aquí tenemos otro ejemplo de cómo la patronal y el sindicato le temen más que a nada a esto. Buscaron cualquier subterfugio para dejar afuera a la interna. Claro que no era legal. Pero no les importó; así ganaron tiempo y dejaron a la base a merced de la Verde, que mediante un trabajo fino y sistemático fue ganándosela para sus posiciones conservadoras.

La interna pudo meterse en la planta cuando todavía se estaba a tiempo para esto. Pero, que sepamos, el PTS jamás dio una pelea en este sentido. Y no podía hacerlo si el centro de su política era que “no había que hacer como Gestamp”; si se dedicó a convencer al activismo de la zona norte no en las enseñanzas que había dejado esa histórica pelea, sino en que lo justo era hacer “todo lo contrario” a lo que se había hecho allí…

El PTS trabajó para desarmar estratégicamente al activismo con esa histórica lucha; desarmó a los compañeros de Lear. Y ahora tenemos que lamentar los resultados de esa política, más allá de que, evidentemente, la responsabilidad central por el saldo de la pelea no está en los errores de esta organización, sino en la burocracia traidora que trabajó día y noche para reventarla.

“Con la ley en la mano”

Otra mala educación del PTS, casi congénita, que en este caso tuvo un costo sideral, es su inveterado legalismo. Muchas veces esta organización parece vivir en otro planeta, en el mundo fetiche del derecho laboral, que, como todo derecho, es un desdoblamiento o una reproducción ideal, distorsionada, del mundo real.

El PTS parece creer a pie juntillas lo que dicen el Ministerio de Trabajo y el derecho laboral. En Lear también se manifestó esta tara tremenda. La experiencia en Gestamp fue que el gobierno y la patronal violaron la conciliación obligatoria sólo horas después de haberla firmado.

No es que desde nuestro partido no tuviéramos muchísimas dudas de la conciliación que se firmó cuando los compañeros bajaron del puente grúa. Pero no había otra alternativa: no podían seguir ni una hora más allí. Fue correcto firmarla, y el PTS al principio dudó solamente porque era nuestro partido el que dirigía el conflicto.

Además, ya señalamos mil veces que sería de cretinos desconocer el derecho laboral y lo arraigado que está entre las relaciones obrero-patronales. Cualquier corriente que pretenda dirigir un conflicto o estar al frente de una representación sindical y se maneje de manera infantil al respecto cometería el más criminal de los errores izquierdistas; sería estudiantilista y no tendría derecho a dirigir a los trabajadores.

Pero otra cosa distinta es lo que pasa con el PTS, que suele irse para el otro lado. No educa en la desconfianza en la ley, lo que es algo muy distinto a utilizar la legalidad para nuestro lado cuando sea posible. Sería criminal no hacerlo así, sería no aprovechar cada mínimo resquicio para ganar. Pero el PTS llega casi a predicar la confianza en la ley.

El PTS se prestó al show del Ministerio de Trabajo sin posición crítica alguna. Esto terminó en una derrota “con la ley en la mano”, por así decirlo. No como en Gestamp, en la que las autoridades tuvieron que violar su propia ley, despertando un elemento de desconfianza en una institución como la conciliación obligatoria.

De manera sintomática, el Ministerio de Trabajo hizo entrar a los delegados en Lear cuando ya habían perdido la base. Una maniobra para que los humillara la Verde en esa asamblea amañada y coaccionada.

Pero así el Ministerio pudo decir que “hizo todo lo que legalmente tenían que hacer”; de ahí que la derrota fuera con la ley en la mano. Lo que es terrible porque lo que queda incólume es la legalidad, en vez de avanzar en su necesario cuestionamiento.

Este legalismo es parte de un problema más general sobre el que volveremos: el enfoque estrictamente reivindicativo de los conflictos por parte del PTS, su ceguera a la hora de comprender que éstos son, o deben ser también, escuelas de la lucha de clases en el sentido político, en las cuales la vanguardia obrera avanza en la comprensión de las relaciones reales. Tiene una incomprensión absoluta de la sentencia de Rosa Luxemburgo de que lo más importante de las luchas no es solamente su saldo económico, sino lo que dejan en materia de conciencia y organización. Algo que, sin que se nos vaya para el otro lado (es decir, descuidar la importancia del resultado económico de las luchas, lo que sería obviamente criminal), es uno de los rasgos que más preocupa a nuestro partido a la hora de las luchas.

El legalismo del PTS fue otro de los factores de la derrota en la lucha de Lear. Porque la autonomía relativa del derecho en las relaciones reales, así como puede abrir brechas para la lucha, también puede funcionar como duplicación ilusoria de las relaciones reales, creando expectativas falsas, separadas de las relaciones de fuerzas materiales que son, en definitiva, las que deciden las cosas.

El Ministerio hizo entrar a los delegados cuando los hechos estaban consumados, cuando la Verde había logrado el control de la base, cuando la base estaba aterrorizada después de quince días de lockout y la amenaza de la empresa de irse del país. La maniobra legal se hizo sobre esta base material. Así, tras haber anunciado el PTS triunfo tras triunfo, la patronal, la burocracia y el gobierno impuso a los obreros, “legalmente”, una durísima derrota.

La ocupación como último recurso

Un tercer problema en la forma en que el PTS condujo la pelea fue haber perdido, de manera irremediable, la base de la planta. Esto es particularmente grave porque al comienzo de la lucha Lear era una “zona liberada”: una experiencia que venía madurando hacía años, con una interna independiente, con la base de la fábrica abrumadoramente dirigida por ésta. Es decir, condiciones muy distintas a las de Gestamp, donde las condiciones al inicio de la lucha eran mucho más difíciles.

¿Cuál fue la dinámica de la lucha? La Verde y la empresa trabajaron para ganarle a la interna la base de la planta. El elemento objetivo para esto es el atraso de los compañeros, la idea de que hay que “cuidar el puesto de trabajo”, que los de fuera “algo habrán hecho”, que son “todos zurdos” y los “zurdos te hacen perder el laburo”.

Pero el problema es que el PTS, que tanto nos criticó en Gestamp porque nos desvivimos por ver cómo recuperábamos a la base, no pareció tener ninguna estrategia al respecto. Aquí hay un problema vinculado a unilateralizar la estrategia de los bloqueos desde afuera.

Es verdad que se han revelados efectivos, hasta cierto punto, a la hora de la lucha. La empresa, si tiene urgencias económicas, es posible que ceda a ellos. Pero los bloqueos por tiempo indefinido, cuando hay compañeros trabajando adentro, cuando no son parte de una estrategia para intentar volver a entrar en la planta, pueden transformarse fácilmente en su contrario. Se termina perdiendo a la base que sigue trabajando, que termina por no sentirse parte de la medida de lucha, excluida de ella.

Ahí aparece el problema de la ocupación de la planta. El PTS tiene una verdadera “teorización” contra las ocupaciones. Eso se apoya en un elemento de verdad: para las nuevas generaciones, no radicalizadas todavía y con tanto peso del legalismo, la ocupación está todavía en el límite de sus métodos habituales de lucha. También es verdad que, en términos generales, los revolucionarios no inventamos nada, sino que los nuevos métodos y organismos surgen de la lucha misma de los trabajadores, del proceso que podríamos llamar (respecto de nosotros) “objetivo”. Es sabido que los soviets fueron creación de los obreros rusos, no un invento de Lenin y Trotsky, que sólo se dedicaron a generalizar sus enseñanzas.

Sin embargo, Trotsky también insistía en que los revolucionarios debíamos educar en lo que los trabajadores necesitan, en lo que la realidad pide a gritos llevar adelante, en lo que se hace una férrea necesidad para no ser derrotados.

Y cuando las condiciones son extremas, cuando no queda otro recurso, cuando hay que jugársela, la ocupación deviene una tarea imprescindible. Y no se trata de jugar al izquierdismo infantil, ni de que eso haga a una corriente más combativa, ni nada por el estilo, sino de las necesidades que plantea la lucha de clases, la tarea estratégica de avanzar en la recuperación de los métodos históricos de pelea de los trabajadores. Esto hace a una lucha que se va endureciendo, conforme, también, la izquierda va avanzando en el seno del proletariado, una de las preocupaciones de la burguesía que están en el centro de la escena.

Pero el PTS no parece comprenderlo así. Le cayó en el regazo la interna de Kraft y desde allí sacó la conclusión de que “nunca hay que ocupar”, algo ridículo para una corriente revolucionaria. Es una discusión en la que venimos desde 2009, no es algo de hoy. Es verdad que la ocupación de Kraft fue minoritaria. Que había que trabajar por masificarla. Que apelar a este recurso de manera extemporánea puede servir para las corrientes oportunistas (como el PCR hizo en la Ford en los años 80) como taparrabos de su política. Pero otra cosa muy distinta, absurda y extremadamente oportunista es tener casi la teoría de que nunca se podrían llevar adelante ocupaciones de fábrica.

¿Y la conciencia de los trabajadores? Bien, gracias

Ahí es donde entran los problemas del sindicalismo del PTS, quizá su déficit más grave: no pelearle nunca nada a la base. Se nos preguntará: ¿cómo sindicalismo, si se hizo una enorme campaña política de la puerta para afuera? Efectivamente, y eso estuvo muy bien, tuvo impacto e instaló el conflicto nacionalmente. Felicitamos a los compañeros del PTS en este plano.

Pero esto se hizo de manera sustituista de la propia base y el activismo, de manera externa, por parte del mini-aparatito partidario, nunca a partir de una pelea política para que el protagonismo lo tuvieran los compañeros mismos. El PTS sueña que dirige “obreros revolucionarios” que hacen “grandes maniobras”, como en la Panamericana en el paro general del 10 de agosto, pero pierde de vista un componente central: la maduración política de los trabajadores.

Lo que el PTS cree que va a ocurrir “objetivamente” es leído por la base de otra manera. No hay todavía un verdadero proceso de radicalización. Hay una simpatía difusa por la izquierda, hay un profundo sentimiento antiburocrático, amplios sectores son luchadores. Pero la realidad es que la conciencia promedio de nuestra clase sigue siendo economicista; el carácter reivindicativo de sus aspiraciones es el contenido real de su conciencia política. De ahí que tantos grupos de la izquierda se hayan terminado estrellando contra la pared, creyendo ver algo que no hay todavía o que está recién madurando, y es un duro hueso de roer: el progreso en la conciencia política de nuestra clase. 

Aquí está el rol de los revolucionarios. Se trata de algo que está madurando y que debemos ayudar a desarrollar. Pero si interpelamos las luchas de manera sólo reivindicativa, si cedemos a todos los prejuicios de la base, si no damos ninguna batalla, si capitulamos al economicismo y el legalismo, si sustituimos a los trabajadores a la hora de la lucha sin que sean protagonistas de las acciones, si pretendemos construir nuestras organizaciones por fuera de la experiencia real de nuestra clase, terminamos en el típico sindicalismo, al cual se le adosa el aparatito partidario desde afuera.

Esto también es una dramática enseñanza de Lear. Porque en el caso de Gestamp, nadie podía dudar de que los protagonistas de la lucha era los propios trabajadores (¡hasta la presidenta se refirió a ellos!). Pero en Lear la cosa no queda tan clara. Sí, es una lucha por despidos, pero sus protagonistas quedaron muchas veces difusos y sin protagonismo, En parte porque quedaron del lado de afuera de la planta, pero también porque en muchas de las acciones los protagonistas principales eran militantes del PTS, no obreros de Lear.

Si hablamos de los límites del sindicalismo, en el caso de Lear (¡no así en el de Gestamp!) se agrega otro grave problema: el cachetazo político de la destitución de la interna. Por supuesto que se trató de una asamblea amañada; si había un sector a favor de la Verde, otro votó por temor. Pero esto sólo pudo ocurrir por lo lejos que se llegó en la pérdida de la base de la planta, por lo errado de la estrategia con la que se condujo el conflicto. Esto también es parte del balance.

Esto nos vuelve a llevar al problema de la conciencia. La burocracia no solamente domina porque tenga “mano de hierro”; lo hace también por el atraso político de los compañeros. La conciencia obrera reivindicativa es contradictoria. Los elementos políticos están dominados por la necesidad, que, en último análisis, es la que decide las cosas, salvo en los casos de politización.

Los compañeros rebotaron entre el odio a la Verde (su conciencia verdadera de que son unos traidores, de que juegan para el lado de la empresa), y su conciencia falsa de que “hay que trabajar”, que los “zurdos hacen demasiado quilombo”, que “cuando estás con los zurdos te comprás un problema”, etc. Esto también requiere un enfoque político de parte de la izquierda, que suele brillar por su ausencia. Y un caso extremo es el del PTS, que ahora trata de hacer como si nada hubiese pasado, pero la destitución, amañada y todo, fue un golpe político a la izquierda en su conjunto.

Una estrategia equivocada

En definitiva, el PTS llevó adelante en Lear una estrategia equivocada: un cóctel de legalismo, sindicalismo, fraccionalismo anti Gestamp, una orientación de no pelearle nada a la base y de huirle como la peste a la medida que se imponía, que era la ocupación de la planta. Llegó la hora, entonces, de sacar las conclusiones del caso mientras se prosigue la campaña por la reinstalación de los compañeros y para que termine el basureo a los ex delegados.