Ago - 13 - 2015

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Por Marcelo Yunes, Socialismo o Barbarie, 13/08/2015

Intentaremos aquí, más allá del marco político y las perspectivas más generales, que se tratan aparte en esta edición, un análisis más pormenorizado de los datos numéricos que arrojaron las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) del pasado 9 de agosto.

Las cifras de las cuatro primeras fuerzas están en el gráfico que acompaña esta nota, que será complementada por un análisis de la elección del conjunto de la izquierda (también con sus gráficos correspondientes).

Por lo pronto, el hecho de que las tres primeras fuerzas representan casi el 90% del total de votos ya es indicador de que se trató de una elección donde se consolidó el régimen democrático burgués, con una participación del orden del 73% (que pudo ser mayor de no haber sido por las condiciones climáticas) y un voto negativo (blanco y nulo) en el orden del 5%. Así, hubo una polarización entre sobre todo dos fuerzas, el Frente para la Victoria y Cambiemos, aunque UNA, liderado por Massa, logró una buena elección que le permitió, por ahora, no ser arrasado por los dos polos mayores, aunque quedó a bastante distancia.

Un elemento común es que, de estas tres fuerzas, todas tienen motivos para estar a la vez conformes y un poco insatisfechas. Veamos entonces, fuerza por fuerza, cómo quedaron luego de la elección.

Scioli: mejor parado, pero sin garantías de triunfo en las elecciones

El FpV, con un único candidato, Scioli, se llevó el 38,4%, sacándole más de 8 puntos al conjunto de la alianza Cambiemos, con el 30,1%. El objetivo del oficialismo era alcanzar el 40% con una ventaja de unos 10 puntos, anticipando así una victoria en primera vuelta. Recordemos que no hay ballottage si a) un candidato gana con más del 45%, sin importar la diferencia, o b) si gana con más del 40 y menos del 45%, y a la vez logra una diferencia mínima de 10 puntos sobre el segundo. Pues bien, Scioli no logró ese número, pero quedó lo suficientemente cerca como para generar cierta desesperación en el establishment.[1] De hecho, ese 38% puede considerarse el piso de Scioli, y con sólo aumentar su votación y su ventaja dos puntos más respecto de Cambiemos, gana en primera vuelta. Algo que no está tan seguro como le habría gustado al oficialismo, que esperaba una ventaja algo mayor, pero que tampoco está lejos.

Además, el FpV se impuso en 20 de los 24 distritos, en la mayoría de ellos con ventaja apreciable. Perdió por muy poco en Mendoza, salió segundo en San Luis, feudo de Rodríguez Saá; en Capital apenas mejoró la elección de Recalde, con 23 puntos, y su única votación realmente mala fue en Córdoba. También fue un punto oscuro perder con Cambiemos en casi todo el interior bonaerense (Scioli sólo ganó en tres de las ocho secciones de la provincia). Sin embargo, Scioli logró algo que no estaba asegurado de antemano: contener íntegro el voto kirchnerista. La elección de la izquierda, que tratamos aparte, demuestra que no hubo fuga significativa de votos del kirchnerismo a otras opciones, y que, de buena gana o a regañadientes, prácticamente todo el kirchnerismo votó a Scioli.

De esta manera, aunque la diferencia no es concluyente, Scioli aparece con buenas posibilidades de mejorar ese 38,4%, a partir de a) una mayor polarización, con menos candidatos y seguramente mucha presión mediática (tanto a favor como en contra) para concentrar el voto en él y en Macri; b) una asistencia mayor al 73% de las PASO, y c) algún acuerdo que pueda tejerse, públicamente o no, con sectores del peronismo que en la primera vuelta fueron con Massa, De la Sota o Rodríguez Saá. Por otro lado, como señalamos, la ventaja adicional que necesita Scioli es pequeña: dos puntos más y pasar el 40%.

En contra de este escenario puede jugar un empeoramiento de las condiciones económicas internacionales y nacionales, pero eso cae ya fuera de los límites de este análisis.

Macri: en carrera, pero cuesta arriba

Las chances de Macri dependen, en primer lugar, de que “fidelice”, como se dice en la jerga, el voto del conjunto de la alianza Cambiemos. El PRO obtuvo sólo el 24%, y necesita como el pan quedarse con el 2,5% de Carrió (algo casi seguro, son votos aún más gorilas que Macri) y con el 3,5% de Sanz, lo que también parece probable. Justamente, un dato de la elección fue la cuasi desaparición de la UCR. No sólo porque quedó sin candidato presidencial, sino porque ni siquiera en la interna consiguió hacer una elección mínimamente aceptable. No le ganó a Macri en ningún distrito, y en la provincia de Buenos Aires, de fuerte tradición radical, sacó un 2%. Puede decirse que los votos radicales fueron en agosto, y seguramente irán en octubre, directo a Macri. La muy magra votación de Stolbizer parece demostrar que no hay “izquierda de la UCR” de alguna dimensión, o siquiera voto UCR descontento con Macri. Lo muy poco que existe en ese sentido se lo llevó Leopoldo Moreau al FpV.

De este modo, Macri parece poder quedarse con casi todo el 30% de Cambiemos como piso, y puede decir que consolidó la extensión territorial del PRO, además de poner pie en la provincia de Buenos Aires, donde logró casi el 30%. Pero de allí a salir a decir, como hizo Macri, que el objetivo es “ganar en primera vuelta” hay un abismo: la idea es delirante. A lo más que puede aspirar Macri es a forzar un ballottage por la vía de reducir la distancia que lo separa de Scioli, o evitar que crezca. Y para eso debe capturar la mayor parte del voto a Massa, algo que parece muy difícil, justamente porque Massa no desapareció de la contienda, como veremos enseguida. La única chance real consiste en consolidar el voto de Cambiemos, aumentar un poco y esperar que Scioli no crezca más para evitar su victoria en primera vuelta. Cualquier otro escenario es irreal.

Massa no salió de la escena… todavía

Para Massa, la mayor expectativa era no quedar fagocitado por las dos fuerzas mayores, y hasta cierto punto lo consiguió, en buena medida gracias al aporte de De la Sota (en Córdoba y muy poco más). El frente UNA obtuvo el 20,6% (un 14,2% de Massa, que no es un muy buen número, y un 6,4% de De la Sota, del cual casi la mitad son votos de Córdoba), con lo que puede decir que la carrera todavía está entre tres. También lo ayudó la buena elección a gobernador que hizo Solá en provincia de Buenos Aires. Pero ése es el resultado del 9 de agosto; de aquí al 25 de octubre, probablemente le resulte muy difícil retener ese caudal, a medida que crezcan las presiones de todo tipo que alimenten una polarización entre Scioli y Macri.

El único objetivo realista de Massa sería pelearle a Macri el segundo lugar para entrar él al ballottage, pero teniendo en cuenta los múltiples vasos comunicantes, vía el PJ, que hay entre la segunda línea de Massa y la del FpV (y en mucho menor medida el PRO), la perspectiva más probable no es un avance de Massa sobre la base electoral de Macri (o de Scioli). Más bien, lo que se vislumbra es una guerra total entre Scioli y Macri por captar los dirigentes, caciques locales y votos de Massa, a quien seguramente le costará detener esa marea polarizadora. Tanto las chances de Scioli de ganar en primera vuelta como las de Macri para impedirlo dependen de que puedan arrebatar el premio mayor: una porción decisiva del voto a UNA.

En resumen: el panorama que dejan las PASO no es tan categórico como ocurrió en 2011, que prácticamente dejó definida la elección. Pero en principio quien lleva las de ganar es Scioli, por dos razones: primera, quedó a sólo dos puntos de tener el 40% con una ventaja de 10 puntos para ganar en primera vuelta, y segunda, es probable que tenga más alternativas que Macri, y muchas más que Massa, para aumentar su base de votos a caballo de una mayor polarización que parece inevitable. El principal adversario de Scioli hoy no es tanto Macri o Massa como un eventual curso de deterioro acelerado de la situación económica, que pueda comprometer su objetivo de ganar en primera vuelta.

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[1].- Fue penoso ver la histeria y el maltrato de los periodistas del Grupo Clarín, de La Nación y en general de la derecha burguesa, que retaron cual patrones de estancia a Macri, Massa y Solá por no haber unido fuerzas contra el kirchnerismo, o por no saber cómo hacerlo de aquí a octubre. Salvo Solá, los otros mostraron tal nivel de sumisión y resignación ante los reproches de Lanata, Longobardi, Morales Solá y Cía. que daba vergüenza ajena.

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