Por Marcelo Yunes, SoB 381 (Argentina), 26/5/16

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El gobierno ilegítimo de Michel Temer, asumido tras el apartamiento de Dilma Rousseff, se ha propuesto cumplir los sueños más preciados de la gran patronal brasileña en general y del empresariado paulista en particular. En el plano interno, lanzó un ajuste increíble, al punto de reclamar una reforma constitucional para dinamitar el piso legal de los presupuestos de salud y educación. Y en el orden de las relaciones internacionales, parece haber decisión tomada (otra cosa es cuánto dure la gestión Temer) de impulsar una “flexibilización” del Mercosur que equivale poco menos que a su liquidación.

Un bloque que nació con contradicciones

Repasemos rápidamente la historia del bloque, que fue impulsado por Raúl Alfonsín y José Sarney a mediados de los 80 y fue concretado en los 90 con la membresía de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. A esa sociedad se sumaron luego Venezuela (2013) y Bolivia (2015). Lejos de ser un verdadero mercado común (no hay aranceles comunes externos generales), hoy el Mercosur es lo que se llama una “unión aduanera imperfecta”, con regímenes especiales como el de la industria automotriz y ciertas áreas de tarifas externas comunes y/o preferenciales.

¿Cuál fue, y es hasta hoy, la importancia estratégica del Mercosur para los países que lo componen, y sobre todo para sus respectivas clases capitalistas? En verdad, esa importancia fue cambiando con el tiempo, y en la ecuación pesaron tanto factores políticos como económicos. Por ejemplo, para Brasil el Mercosur fue siempre una plataforma de proyección de su liderazgo regional, más allá del mayor o menor nivel de aprovechamiento económico que le significara. Para el resto del Mercosur, incluida Argentina, los beneficios económicos en términos de acceso al gran mercado brasileño y capacidad de negociación externa como parte de un bloque fueron siempre más tangibles.

A esta situación inicial se le agregó, desde comienzos de siglo, el factor del signo político de los gobiernos de la región, que le dio una aparente mayor homogeneidad al bloque y que incluso contribuyó a ampliarlo. Parte de ese proceso fue el rechazo a la torpeza política del imperialismo yanqui en su intento grosero de empujar a la región al proyecto del ALCA. El contexto internacional de “multipolaridad”, crisis hegemónica de EE.UU., crisis financiera, recesión larga europea y ascenso de China terminó de dar forma a lo que se dio en llamar la política “Sur-Sur”, esto es, privilegiar los intercambios económicos y las relaciones políticas con naciones “emergentes” y no con las potencias capitalistas desarrolladas tradicionales.

En ese marco, llegó a haber una especie de idealización del Mercosur, sobre todo de parte de sus dos socios principales bajo Lula y el kirchnerismo. Se lo presentó casi como el vehículo privilegiado de un camino de desarrollo regional que iba a seguir profundizándose de manera sostenida hasta abarcar casi toda Sudamérica, e lo geográfico, y hasta se llegó a fantasear con una moneda común en el largo plazo.

La clase capitalista brasileña y sobre todo la patronal paulista agrupada en la FIESP, aunque se adaptaron a este estado de cosas, nunca estuvieron conformes con él ni con la política del PT del Mercosur como centro de la política exterior y comercial. Mucho menos a medida que las condiciones externas favorables del período 2003-2013 fueron mutando en viento de frente, en primer lugar el descenso de los precios de las materias primas en general y en la región. Su vocación fue siempre la de acuerdos bilaterales con EE.UU., la Unión Europea o quien fuera, pero sin tener que consultar con, o cargar con el lastre de, el Mercosur. Esta contradicción larvada, sin absorción ni resolución, se mantuvo hasta que el empresariado brasileño, el más poderoso de la región, encontró su oportunidad.

De la crisis a la agonía

Para la burguesía brasileña, entonces, 2016 es el momento en que se alinearon los planetas. No sólo por el desplazamiento de Dilma Rousseff y el PT del poder, que ahora da lugar a la implementación de las políticas del candidato derrotado en las elecciones (aunque, irónicamente, a cargo del vice de Dilma). A eso debe agregarse que el impulso político al Mercosur viene claramente debilitado con la llegada al gobierno de Mauricio Macri (un convencido de los tratados bilaterales). Argentina, bajo el kirchnerismo, había sido quizá el promotor más consecuente del Mercosur, ya que la burguesía local tiene muchas menos contradicciones con el bloque que Brasil. El Uruguay del Frente Amplio, pese a su rótulo de “izquierda”, hace tiempo que ve al Mercosur más como un problema que como una solución y prefiere acuerdos bilaterales, al igual que Paraguay, sobre todo desde el gobierno de Cartes.

En su llegada a Argentina, el nuevo canciller de Brasil, José Serra (ex candidato presidencial derrotado por Lula y crítico histórico del Mercosur), dio definiciones contundentes para el futuro del bloque. La primera y fundamental es la “desideologización” del Mercosur (música para los oídos del macrismo, desde ya). Esto significa dejar de lado el factor político que mencionábamos, incluida la empatía con los miembros del mismo “club ideológico”, especialmente si es del “populismo”. Todo bajo los dictados de la FIESP, que festejó la nueva política exterior y la ruptura con el “servilismo a los bolivarianos” del PT. En esa línea, se filtraron comentarios despectivos del mismo Serra hacia Venezuela y Bolivia, “esas potencias económicas”. Pero la burla no es circunstancial, sino profunda, y representa la nueva prioridad de Brasil en sus relaciones con el mundo: economía, economía, economía.

La realidad de hoy es que, de los cuatro miembros originales del Mercosur, ni uno solo está interesado en él como parte esencial de su esquema de comercio exterior, y todos prefieren poner proa a sus propios acuerdos bilaterales, sea con la Unión Europa, con EE.UU., con China o con el Acuerdo Transpacífico. En el mejor de los casos, el bloque quedará como una plataforma regional complementaria, casi residual. Y, por supuesto, ya hay en marcha mecanismos formales e informales para sacarse de encima a los socios indeseables, empezando por Venezuela… salvo que el chavismo siga el camino de Dilma y Cristina y un eventual nuevo gobierno de derecha se ponga en línea con los deseos del Brasil post PT.

Macri aplaude… ¿y la industria?

A todo esto, lo curioso del caso es que Argentina sería, de lejos, el país más afectado por el deterioro o entierro del Mercosur. Como dice un analista, “el comercio internacional argentino, casi inexistente hasta los años 80, se despertó con el nacimiento del Mercosur y la relación con Brasil” (M. Elizondo, Ámbito Financiero, 23-5-16). Aunque lo de “casi inexistencia” en los 80 es una exageración, sí es cierto que el intercambio intra Mercosur y en particular con Brasil le dio un impulso inédito al comercio exterior. Sólo el intercambio bilateral representaba 40.000 millones de dólares en 2011, que bajo los golpes de la baja de precios y la caída de la actividad en ambos países cayó en 2015 a 23.000 millones. Y lo que representa Argentina para Brasil es muy diferente (y menor) de lo que representa Brasil para la Argentina. Para dar sólo un dato: el 85% de la baja de las exportaciones argentinas a Brasil se explica por la caída de las exportaciones industriales (MOI) a ese país, que a su vez representan el 60% de la caída de las exportaciones MOI globales. El impacto tremendo que un Mercosur devaluado o dinamitado tendría sobre la estructura industrial argentina, empezando (pero no únicamente) por el sector automotriz, no tiene equivalente en ninguno de los otros socios. Problema económico estratégico que no parece quitarle el sueño a Macri y el gobierno de Cambiemos, evidentemente.

En suma, el destino del Mercosur está ahora donde estuvo siempre: en manos de Brasil, cuya burguesía ve ahora la oportunidad de ponerlo en el lugar que ella cree que le corresponde. Esto es, subordinado a los acuerdos unilaterales que cada miembro del bloque negocie con otros países o bloques regionales, sobre la base de una prioridad total a la apertura, el libre comercio y el aprovechamiento de “ventajas competitivas” económicas.

Todo esto, desde ya, en detrimento (o desmentida, más bien) de los sueños del “progresismo” latinoamericano de una “integración regional” con tono más político. Lo que no es más que volver a la realidad: la unidad latinoamericana contra las pretensiones del imperialismo de colonizar y explotar a nuestros pueblos no es una tarea que esté a la altura de ninguna de las burguesías de la región y de ninguno de sus gobiernos, “progres” o liberales”, sino de los únicos verdaderos interesados en ella: la clase trabajadora, junto con los oprimidos y explotados del continente.