Intervención de en el panel “Nuevo ciclo histórico, revolución y socialismo” - Jornada del Pensamiento Socialista, 14/8/16

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Buenas tardes a todos los que vinieron. A pesar de que parece de forma, para mí no lo es, yo quiero empezar agradeciendo sobre todo la presencia de los compañeros que nos acompañan en el panel, Pablo Bonavena y Claudio Katz. Para nosotros es muy importante reivindicar, como parte de la tradición del movimiento obrero socialista revolucionario histórico, esta posibilidad de debatir de manera franca, abierta y fraternal los problemas de la revolución y del socialismo. Ésta, insisto, es una tradición que existe desde que existe el movimiento obrero, que nosotros queremos honrar, y –hay que decirlo– la izquierda organizada en partidos en la Argentina, la izquierda trotskista en general, no siempre honra esa tradición.

Por supuesto, nosotros no elegimos las condiciones en que militamos, pero me parece importante aclarar que aunque aceptamos las condiciones que hay, desde nuestro punto de vista no está bien ni convalidar ni naturalizar ciertas prácticas sectarias, desleales u ombliguistas que hay en el seno de la izquierda argentina; nosotros queremos tomar distancia de esas malas prácticas y recuperar la mejor tradición, insisto, del movimiento obrero en este tipo de debates.

Para entrar en materia, el panorama que planteó Claudio recién me pareció muy completo, muy ordenado, buenísimo. Hay un par de puntos para debatir, si tengo tiempo voy a hacer alguna referencia, pero en realidad yo no quería referirme mucho a la coyuntura política, porque considero que por ser éste el primer encuentro de Ideas para la Revolución, y del que espero que haya una importante continuidad luego, yo quería detenerme en los aspectos tal vez más generales, más estratégicos, que hacen a la esencia de la definición de por qué y cómo somos socialistas y revolucionarios.

¿Cuál es la primera “idea para la revolución”? Como mencionaron por ahí varios compañeros, en este contexto de que hay un malestar con el capitalismo, al mismo tiempo hay una necesidad imperiosa de relanzar y de proponer una perspectiva socialista revolucionaria que hoy no está como tal en la escena histórica, como sí había estado en el ciclo histórico anterior. Un poco el grado cero de esto es volver a pelear por el sentido de las palabras. Cuando hablamos de socialismo, está muy bien lo que dice Claudio, pero por supuesto socialismo no es Bernie Sanders, no es Hermes Binner, es otra cosa.

Trotsky, en su hermosa autobiografía Mi vida, termina el libro diciendo que la Revolución Rusa le ha dado al mundo palabras como “soviet”, cuando el zarismo le daba al mundo palabras como “pogromo”; eso solo alcanzaría para justificar la Revolución Rusa, la existencia de los soviets y la incorporación de la palabra soviet al vocabulario político. Bueno, hoy Soviet es una marca de ropa, creo. Y revolución… la otra vez mirando los Juegos Olímpicos vi una publicidad de la cadena Jumbo que me impactó: tenía la palabra revolución por todos lados, revolución es esforzarte más, revolución es sentirte bien, revolución es comer sano. Bueno, justamente vivimos en una época posmoderna que degrada, descrema, diluye todos los sentidos, hace que las palabras signifiquen cualquier cosa. Nosotros queremos volver a anclar el significado de las palabras, volver a anclar qué significa hacer política socialista revolucionaria hoy.

Sobre esto me voy a permitir citar a alguien de izquierda, pero en realidad no sé bien cómo está ubicado hoy, es el escritor y crítico literario Ricardo Piglia, en una entrevista viejísima, de 1985, creo, le preguntan por la utopía alfonsinista de esa época, imagínense, y el tipo contesta: “Bueno, perdón… la Comuna de París, los primeros años de la Revolución Rusa, eso es la utopía y eso es la política, en este país hay que hacer la revolución, sobre esa base se puede empezar a discutir de política. O vamos a entender la política como la renovación de las cámaras legislativas, o la interna peronista. Si la política es eso, prefiero dedicarme al ajedrez o a la literatura del siglo XX”.

Lo irónico del caso es que si nosotros salimos de acá y nos ponemos en la vereda de la avenida Corrientes o de la avenida Callao, y le preguntamos a cualquiera que pasa qué es la política, y cuáles son las perspectivas políticas y de qué piensan cuando piensan en política, la gran mayoría nos va a decir: bueno, las elecciones del 2017 y la interna peronista. La política se ha transformado, para muchísima gente, en eso. Bueno, nuestra definición es para mí, la definición de Piglia, en este país, en este continente y en el mundo, hay que hacer la revolución social. Y ésa es la base sobre la cual discutimos de política.

Como dijo Martín y también Pablo, este sentido común era mucho más habitual en el siglo político anterior. Este campo semántico político, digamos, de qué significa revolución, de qué significa socialismo, era territorio común de toda la izquierda, con todos los matices. Uno tenía la revolución del Che, la revolución del maoísmo, y aunque desde el punto de vista del socialismo había grandes diferencias en cuanto a qué significaba, no había diferencias respecto a qué significaba la palabra revolución. Revolución es contra el Estado capitalista y contra la propiedad capitalista, eso es revolución.

Pero hoy cuestionar el Estado, cuestionar la propiedad privada, eso es tabú, anatema, prohibido; es el pecado mortal, lo innombrable. Y eso vale no sólo, obviamente, para los políticos capitalistas, sino que vale también para muchos de los que en el período anterior eran antiimperialistas y de izquierda, e incluso se decían socialistas y revolucionarios. Ésos ahora, y voy a volver a citar a Piglia, “están marcados por el conformismo general y el sometimiento al peso de lo real”, es decir, se han vuelto posibilistas.

La cartografía política en el siglo político anterior era de lo más variada, en el mapa político estaban los imperialistas remachados, los imperialistas disfrazados, los populistas, los liberales bien pensantes, los liberales más de derecha, los nacionalistas, los socialistas totalitarios, los trotskistas, los guerrilleros, de todo. Bueno, ese mapa político, esa cartografía política, se ha estrechado hoy de manera tal que casi nadie sale del marco del Estado capitalista y de la propiedad capitalista.

En el caso de Grecia, por ejemplo, en el caso que citaba recién Claudio, habría que agregar el euro, nadie sale del euro. No podemos tocar el Estado, no podemos tocar la propiedad, no podemos tocar el euro. Última cita de Piglia, prometo. Dice: “La política se ha convertido en la disciplina que decide lo que la sociedad no puede hacer, los políticos son los nuevos filósofos, dictaminan qué debe entenderse por real, qué es lo posible, cuáles son los límites de la verdad, los intelectuales hablan como si fueran ministros”.

Y es así: hoy la política define más que la política; los medios, el medio político y cultural ambiente dicen “esto es verdad, esto no es verdad, esto es posible, esto no es posible, esto es irreal”. A mí me encantó una frase que le escuché a un kirchnerista decirle a un compañero nuestro: “Ustedes se cayeron del mapa”. Claro, en esta cartografía política del siglo XXI, el mapa es desde el neoliberalismo rabioso hasta el populismo que dice “bueno, con el Estado capitalista podemos hacer algo por los pobres”. Si vos vas más allá, te caíste del mapa.

La política es el arte de lo posible; esa definición, viejísima, es para el medio ambiente actual lo más verdadero de todo, son todos posibilistas. En la década del 80, recuerdo que Alfonsín, en un discurso donde estaba muy enojado con el viejo MAS, dijo: “Ustedes son los profetas de la revolución delirante”. Porque claro, Alfonsín ya pensaba en los términos de las categorías de la democracia, como dijo Pablo, la democracia como orden conflictivo donde todos los problemas se procesan y nadie saca los pies del plato. Bueno, el kirchnerismo es el alfonsinismo del siglo XXI. Todo el que saca los pies del plato del Estado capitalista y de la propiedad capitalista se cayó del mapa, es delirante, está fuera de la realidad, no está en el mapa.

Para tomar una frase que suele usar el movimiento feminista, lo del techo de cristal, hay un techo de cristal para toda la política, no podés cuestionar al Estado capitalista. Al Estado le podés proponer que redistribuya, que amplíe la ciudadanía política, ahora el Estado se dedica a la ciudadanización, todo eso está muy bien, darles derechos a las minorías sexuales, a todo el mundo, derechos sí, pero la propiedad no. La propiedad es el non plus ultra, de ahí no hay forma de salir. Se han vuelto todos funcionarios del sentido común.

¿Cómo llegamos acá? Esto tiene que ver con los balances del siglo XX. Hay un concepto que a mí me gustó mucho que usó el Primo, esto de “la gran tragedia del siglo XX”. En efecto, lo que es la política hoy para la gran mayoría de la gente tiene que ver con ese balance, el balance de esa tragedia, tragedia no en el sentido periodístico, sino en el sentido clásico de la palabra. La tragedia griega era donde el héroe o la causa, por muchos esfuerzos que haga, fracasa y muere. ¿Por qué? Porque los dioses lo han impuesto así, es el destino. Se habla de la Historia, con mayúscula. La Historia no quiere que haya socialismo, los dioses no quieren que haya socialismo, el socialismo es una cosa del pasado, no existe, por lo tanto la tragedia del socialismo es que haga lo que haga perdió, ya está, no hay nada que hacer. Ése es el sentido común imperante.

Bueno, nosotros tenemos un balance un poco distinto. En todo caso, si el problema del socialismo hoy es una tragedia, por la tragedia del siglo XX, no es una tragedia clásica, es una tragedia moderna, shakesperiana, donde el héroe no fracasa porque el destino lo quiso así, sino por sus propias fallas. Esa cita famosa del Julio César: “La falla no está en las estrellas, sino en nosotros mismos”. ¿Cuál es la falla del supuesto socialismo del siglo XX? ¿Por qué falló? Nosotros tenemos un balance, y es que todas las revoluciones de la segunda mitad del siglo XX, todas, tuvieron una falla fundamental, y es que no fueron en el fondo revoluciones auténticamente socialistas. No fueron revoluciones protagonizadas por la clase trabajadora, y esa falla fundamental tarde o temprano tenía que aflorar, y afloró.

A pesar de haber cuestionado el Estado capitalista y a pesar de haber cuestionado la propiedad capitalista, cosa que hasta ahora ningún desarrollo social del siglo XXI ha logrado, a pesar de eso, esas revoluciones no pudieron constituir un orden social fundamentalmente distinto al capitalismo. Siguieron siendo regímenes sociales donde existía la explotación y la opresión aunque bajo otras formas, y eso es una rémora tremenda que tiene que levantar el movimiento socialista del siglo XXI. Pero para levantar esa rémora tenemos que entenderla.

Y quiero terminar con esto. Un intelectual liberal medio insoportable, pero inteligente, Isaiah Berlin, tiene una famosa metáfora, que en realidad la saca de los griegos, de Arquíloco, la metáfora de la zorra y el erizo. La zorra es un animal que sabe muchas, muchas cosas, pero el erizo sabe mucho de una sola cosa, sabe una sola gran cosa. Y la gran cosa que los socialistas del siglo XXI no podemos olvidar es justamente eso, que no hay atajos históricos, que no hay forma de engañar al proceso histórico, que no hay forma de relanzar la alternativa socialista sin que la clase trabajadora, con todas las características que tiene hoy, sea la protagonista.

No son las masas urbanas desclasadas, no es la multitud, no son los pueblos originarios. Es con todos ellos, pero no es desde ellos: es desde la clase trabajadora. Por supuesto que con esto no quiero decir que lo único que tenemos que saber es eso. Hay que ser un poco zorro, porque hacemos política, y no podemos hacer política diciendo “viva la revolución socialista” y nada más, seríamos un erizo medio sectario. Pero este balance del siglo XX no es un ejercicio intelectual, tiene consecuencias políticas prácticas a cada paso. Porque cuando uno se pasa de zorro, cuando uno se extravía y pierde el sentido general de lo que significa ser socialista revolucionario, es cuando marcha con las banderas rojas con la Sociedad Rural, o cuando se enamora de estrategias parlamentaristas, o cuando inventa las cincuenta maneras de admirar el propio ombligo, o cuando se pone el silbato en la boca, sopla fuerte y dice: “¡Policía, policía, llévese a Hebe de Bonafini que no quiere declarar!” Entonces, compañeros, hay que ser zorros, pero, sobre todo, hay que ser un buen erizo. Gracias a todos.