Por Hernán Camarero, Jorge Dutra, Andrés Méndez y Aldo Andrés Romero. Diciembre 1999.

Categoría: Historia y Teoría Etiquetas: , ,

Aprobado por el Comité Central y, posteriormente, por la Conferencia Nacional del MAS reunida en diciembre de 1999.

Índice

I- Algunos parámetros generales de nuestra posición

II- Reivindicación y crítica de la revolución rusa

    Los alcances de Octubre

De la crisis de la Revolución al estalinismo

Los errores cometidos por los bolcheviques

Una desviación que hizo, de la necesidad, virtud

III- Por la revolución socialista y el comunismo

Revolución, socialismo, democracia obrera

La crítica al estalinismo y la socialización

El estado de la burocracia

Estatización no es socialización

Nuevas formas de fetichismo y explotación

IV- En torno a la mundialización

¿Del determinismo económico al… idealismo?

Algunas consideraciones sobre el sistema mundial de Estados

La mundialización del capital

Capital, Estado y sociedad civil

Polarización si, ¿pero cuál?

V- Desarrollar la teoría de la revolución

El carácter y la dinámica de la revolución socialista mundial

   La revolución como proceso histórico

   Un momento clave en el tiempo histórico de la revolución: la insurrección y la lucha por el poder

   La violencia en el proceso revolucionario

I- Algunos parámetros generales de nuestra posición

El MAS está empeñado en renovar y desarrollar la comprensión marxista del mundo en que luchamos y nuestra praxis revolucionaria, con resultados desiguales y manifiestamente insuficientes pero no por ello desdeñables. Fruto de ello es que nuestras concepciones son hoy, en muchos y significativos aspectos, superadoras de las que sosteníamos años atrás. Se trata de un debate en curso, dentro y fuera de nuestra organización, pero precisamente por ello consideramos útil explicitar algunos parámetros de nuestra posición, como jalones del camino realizado y estímulo para nuevos progresos en la discusión.

Comenzamos por dejar sentado que nos hemos alejado de las versiones puramente deterministas de la historia y muy especialmente de las ilusiones deterministas en la marcha hacia el comunismo. Nos parece evidente, a esta altura de la experiencia histórica, que la acumulación de “condiciones materiales” u “objetivas” no basta para avanzar hacia la emancipación social. Por el contrario, el peso de las determinaciones opera conjuntamente con posibilidades y ocasiones (en las que cabe el azar) y las decisiones de los hombres, y de este complejo juego surge el devenir histórico. Por tanto, la transición al socialismo y el comunismo no se desarrollará en virtud de algún automatismo socio-económico sino mediante la lucha de clases y la revolución…

La cuestión es ¿qué clase de revolución? Aunque volveremos sobre el tema, clarifica la exposición trazar desde ahora un perfil general. Revolución permanente,[1] porque la imbricación de  problemas (por el desarrollo desigual y combinado que une  distintas formaciones económico-sociales bajo las formas antagónicas características de la economía-mundo capitalista), no permite la resolución de las diversas tareas (“democráticas”, “agrarias”, “nacionales”, etc.) por separado, en términos de etapas y regímenes distintos. Sea cual fuere el punto de arranque, la revolución debe ser orientada estratégicamente contra la totalidad del sistema imperante y, consecuentemente, hacia los objetivos socialistas, resolviendo sobre la marcha y de manera ininterrumpida los restantes, mediante la movilización y el protagonismo consciente de las masas populares autoorganizadas. Sin ello, como la historia muestra, los progresos parciales se descomponen y pasa la iniciativa a manos de la reacción y la contrarrevolución, que pueden imponer un regreso al anterior estado de cosas, o generar abortos desprovistos de vitalidad histórica.

La nefasta experiencia del llamado “campo socialista” justifica precisar: revolución mundial, porque, más que en cualquier otro momento de la historia, el terreno de confrontación social es planetario, y la suerte de todos los pueblos se encadena a la victoria contra el poder mundial del gran capital imperialista.

Finalmente, en oposición con las concepciones economicistas y sustitutistas que también a nosotros nos marcaron, cabe también decir revolución total, porque busca la radical transformación y superación de lo económico y lo político, movilizando las fuerzas sociales para cambiar la vida buscando la emancipación de la humanidad toda.

Creemos que la alternativa señalada por Marx mismo y recogida por los marxistas consecuentes cuando el siglo apenas comenzaba cobra en el presente máxima actualidad y dramatismo: socialismo o barbarie. Por lo mismo, el desarrollo del marxismo revolucionario se actualiza en relación con las apremiantes necesidades programáticas, estratégicas, ideológicas y culturales con que nos enfrentan los colosales golpes y amenazas que el capitalismo “globalizado” o “mundializado” asesta, en todo el mundo, a los trabajadores, a la mujer y la juventud, a los millones y millones de seres humanos empujados a o hundidos ya en la pauperización. A pesar de luchas incontables y revoluciones de diverso alcance, el gran capital -con la activa colaboración del estalinismo, la socialdemocracia, los “movimientos nacionales” y sus aparatos sindicales- logró imponer un retroceso profundo del internacionalismo obrero. Se encerró a los trabajadores de cada país en negociaciones presididas y reguladas por el Estado nacional, concediéndoles, mientras duró el “boom”, reivindicaciones parciales, para atacar luego sector por sector y país por país, desde mediados de los setenta. Hoy se proclama el falso realismo de “no reclamar más de lo que la empresa y el país pueden dar en el contexto de la globalización”. Pero la realidad es que el capitalismo, buscando sortear las contradicciones del sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción y aumentar la tasa de explotación, ingresó en una fase que cambió brutalmente las reglas del juego. En el sistema mundial de Estados que se diseña, el poder a escala nacional y aún supranacional está directamente comprometido con los intereses de los grandes grupos financieros rentistas, la fracción ascendente y más agresiva del capital imperialista. Las nuevas condiciones de flexibilización, precarización, masivo desempleo estructural y desregulación al servicio de las fracciones más concentradas y parasitarias del capital, permiten un manejo de “los mercados” que maximiza beneficios, pero acumulan en el otro polo inocultables elementos de caos planetario y barbarie, todo lo cual preanuncia confrontaciones sociales de inaudita violencia y magnitud. En este mundo “globalizado”, los viejos aparatos del movimiento obrero, sus tácticas e ideología no sólo se muestran manifiestamente inútiles, sino que hacen sus propios procesos de “reconversión” para integrarse aún más en el sistema. Un ejemplo candente lo da el crecimiento y características del desempleo que incide en el conjunto de las relaciones capital/trabajo y en la misma cohesión de los trabajadores. Los sindicatos enfeudados al Estado y más comprometidos con la salud de los negocios de la burguesía en cada país que con la vida de los desempleados, vienen fracasando miserablemente ante esta cuestión vital. Las viejas tácticas resultan inútiles. Estratégicamente, es imposible separar la necesidad de lucha por el salario (o las condiciones de trabajo) en tal o cual sector, de la necesidad de una lucha general por el empleo y la reducción radical de las horas de trabajo sin disminución del salario y sin flexibilización de la mano de obra. Y esta perspectiva implica la cuestión del control obrero, las expropiaciones, el desconocimiento de la deuda y el problema mismo del poder. Asimismo, este combate necesariamente debe plantearse y librarse no sólo en cada país, sino también internacionalmente, y a nivel de los bloques regionales conformados por el capital.

Evidentemente, existen problemas nuevos y viejos problemas con nuevas dimensiones. Con propósitos meramente ilustrativos, basta mencionar la pauperización de las naciones dependientes por parte del trípode de potencias imperialistas hegemonizado por Norteamérica, políticas agresivas contra los inmigrantes, racismo y xenofobia a gran escala, crecimiento explosivo de la miseria y de las múltiples miserias que afectan la vida de la gente  en las grandes ciudades, las nuevas dimensiones de la corrupción a nivel de los estados y los  partidos, proyección hacia otras esferas de inmensos capitales amasados en actividades criminales, los desastres y el impacto ecológico generados por el “progreso destructivo”, etc. Sin embargo, reconocer condiciones y desafíos originales no significa que pierdan importancia las lecciones de la historia. Por el contrario, las experiencias y vicisitudes del movimiento obrero internacional deben ser consideradas, como dijera Trotsky, no “sólo como hechos objetivos”, sino como Experiencias estratégicas del proletariado”[2]. Se trata de asimilar teórica y prácticamente las derrotas, fracasos y traiciones sufridos por los trabajadores del mundo, para convertirlas en conquistas programáticas.

Es así que la crítica rigurosa del trabajo destructivo y desmoralizador realizado en el seno de las masas por el estalinismo, la socialdemocracia y los “movimientos nacionales” tercermundistas, conduce a conclusiones exactamente opuestas a lo que pregonan los izquierdistas domesticados. Por ejemplo, reafirmamos que es imprescindible la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y advertimos que las vagas promesas de progreso social, evadiendo esta cuestión, serán siempre antesala de gestiones «socialdemócratas» ajustadas a los cánones dictados por el gran capital imperialista. Al mismo tiempo, la experiencia estalinista y posestalinista nos lleva a advertir que, aun expropiada la burguesía, la concentración de la propiedad económica en el Estado sin un simultáneo proceso de socialización origina nuevas formas de explotación, parasitismo y anarquía (que por una u otra vía conducen nuevamente al capitalismo). En correspondencia con toda la experiencia del siglo, afirmamos pues la necesidad de la destrucción del Estado burgués evitando el callejón sin salida de los Estados burocráticos (o como quiera llamarse a los modelos derivados del estalinismo), así como también debe evitarse la vía muerta de proyectos basados en particularismos nacionales o culturales excluyentes.

Esta reflexión sobre nuestra historia no está divorciada de las tareas “concretas”. Porque el desafío que enfrentamos es intervenir en las luchas sociales y políticas buscando superar los factores de división y fragmentación que las debilitan, la ideología de que no existe alternativa al capitalismo y el conjunto de representaciones mentales que abonan la falsa lógica “posibilista” impuesta por las burocracias y políticos de todos los pelajes. Estamos empeñados en una elaboración programática colectiva, basada en la recuperación y utilización del conjunto del patrimonio marxista revolucionario como parte de la experiencia histórica de los trabajadores. Esta praxis compleja se extiende desde las batallas teóricas e ideológico-culturales hasta la elaboración de sistemas de consignas transicionales capaces de cobrar vida en el movimiento real de la lucha de clases; desde el impulso incondicional a la acción directa y la autoorganización de las masas hasta la construcción de organizaciones o partidos marxistas revolucionarios capaces de debatir, colaborar y unirse a nivel nacional y mundial para contribuir en la reconstrucción del movimiento obrero como fuerza revolucionaria socialista.

Hay que abolir el capitalismo para escapar de la miseria y barbarie potenciada tecnológicamente, y para terminar con las formas cada vez más sofisticadas y dañinas de explotación y alienación. Tensando las fuerzas contra la oligarquía imperial que pretende imponer su “nuevo orden mundial”, se pondrán de manifiesto las reservas de solidaridad y abnegación de los trabajadores, las mujeres, los jóvenes y las masas oprimidas del mundo se enriquecerán y diversificarán sus tradiciones en combate contra todas las expresiones de racismo y sexismo que lo carcomen…  Tan grandes energías y capacidades requieren  de un objetivo a su medida: este objetivo es el socialismo y el comunismo.

II- Reivindicación y crítica de la revolución rusa

La cruzada reaccionaria que llegó a proclamar “el fin de la historia” insiste en afirmar que el futuro de la sociedad humana no puede concebirse por fuera del capitalismo. Se pretende que las pretensiones de ir más allá de este horizonte no han sido y no podían ser más que pesadillas trágicas, y la más trágica habría sido la Revolución Rusa. Rechazamos esta campaña construida con mentiras, falsificaciones y generalizaciones abusivas, y nos identificarnos con el impulso emancipador que gestó el poder soviético. Pero esto mismo nos impone hacer un balance riguroso de la experiencia revolucionaria. No basta con justificar y defender la insurrección de Octubre: es preciso considerar el ejercicio del poder por los bolcheviques, la entronización luego de Stalin y la conformación del “campo socialista” hasta su ignominioso final, porque es preciso sacar enseñanzas de estos acontecimientos históricos.

Si asumimos que la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, para proyectar este combate hacia el siglo que viene resulta imprescindible sacar todas las lecciones de lo vivido en el siglo que se acaba. No debemos ignorar las causas materiales, sociales y culturales que contribuyeron al triunfo de la contrarrevolución estalinista, pero tampoco sirve cerrar los ojos a las contradicciones, marchas, contramarchas e inclusive crasos errores cometidos por la dirección bolchevique.

Esta actitud crítica (la única verdaderamente marxista) se opone al determinismo fatalista que ve como único origen de la degeneración a las causas objetivas. Estas constituyen evidentemente en última instancia la base sobre la cual el cáncer burocrático se desarrolló. Pero no explican todo lo que pasó. Porque con remedios apropiados (políticos), el cáncer podría haber sido frenado en su evolución o al menos temporal y parcialmente reabsorbido.[3]

Fue el mismo Marx quien destacó que las revoluciones proletarias «se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos»[4] . La condición, en todo caso, es ejercer una crítica rigurosa, lo que también significa rechazar generalizaciones arbitrarias, como la sumaria identificación de la Revolución Rusa con la Revolución Francesa (diciendo de paso que la misma Revolución Francesa no debiera ser “despachada” a la ligera) las caracterizaciones de Lenin y sus compañeros como vulgares políticos ávidos de poder, u hombres de Estado para quienes la revolución internacional pasaba a un segundo plano… Para criticar correctamente, es preciso comenzar por reconocer la magnitud y complejidad del acontecimiento.

Los alcances de Octubre

La Revolución Rusa, en primer lugar, sorprendió a los gobiernos imperialistas y sus Estados mayores que, enfrascados en la guerra de barbarie sin precedentes que había comenzado en 1914, tropezaron con el desafío frontal de los abominables «rojos». Abominables porque las masas desharrapadas habían conquistado el poder en Moscú y Petrogrado. Abominables porque renegaban de la diplomacia secreta y los tratados internacionales. Abominables porque pregonaban la confraternización revolucionaria, con voces que llegaban a masas hartas de la carnicería imperialista, y a los humillados pueblos coloniales. Abominables porque se burlaban de las fronteras convocando a todos los perseguidos y proscritos del mundo a un reagrupamiento revolucionario sobre nuevas bases.

La revolución representó también un flagrante desmentido del marxismo adocenado de la Segunda Internacional. La Internacional Socialista, la mayoría de sus líderes políticos e incluso los teóricos más prestigiados habían dejado de lado la teorización de la revolución en la época imperialista, limitándose a la consideración de casos nacionales con criterios más cercanos al del evolucionismo positivista que al legado marxiano (en gran medida desconocido). El economicismo llevaba a postular que los países atrasados deberían pasar por una obligada etapa de desarrollo capitalista antes de que pudiera vislumbrarse una alternativa socialista, y la apreciación puramente sociológica de las fuerzas motrices de la revolución dictaminaba que donde la clase obrera era minoritaria debía jugar un rol secundario. Elevando a modelo universal las experiencias de unas pocas naciones europeas, se consideraba que la educación política de los trabajadores dependía centralmente del pasaje obligado por las «escuelas» del sindicalismo y el parlamentarismo burgués.

Contra ese modelo, los marxistas revolucionarios elaboraron una apreciación global de la dominación capitalista – imperialista del mundo y las contradicciones explosivas que conllevaba, y valoraban la conformación de una clase obrera mundial capaz de una acción independiente de los partidos e instituciones burguesas. Asumieron la actualidad de la revolución proletaria y socialista como posibilidad abierta, y no como resultado «natural» de factores objetivos. Y comprendieron también que la lucha de las masas, el desarrollo de su conciencia y la formulación del programa requerían también de la apuesta subjetiva de los revolucionarios, en una labor orgánica de masas indisociable de la tensión hacia el socialismo.

En las condiciones terribles creadas por los años de guerra, tras el primer embate con el que las masas de Rusia derriban al zarismo y forman los sóviets en febrero de 1917, los partidos reaccionarios y reformistas se empeñaron en mantener el cuestionado poder de un heterogéneo gobierno burgués. Enfrentándolos, Lenin y Trotsky conjugaron renovación teórica y política revolucionaria: denunciaron que el poder burgués significaba continuación de la guerra, miseria creciente y sangrientos golpes militares y, formulando en una consigna las profundas aspiraciones populares, dijeron «¡Todo el poder a los Sóviets!».

La insurrección de Octubre es presentada insistentemente como la manipulación de una minoría obsesionada por llegar al poder. Esa leyenda negra fue refutada hace ya mucho por la crónica vívida y fidedigna de Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed, o la magnífica reconstrucción hecha por Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa. Pero no es inútil insistir, citando a Víctor Serge: «El llamado de Lenin a la iniciativa de las masas es constante. Ve en la espontaneidad de las masas la condición indispensable para el éxito de la acción organizada del partido. El 5 de noviembre firma un llamamiento a la población, invitándola a combatir el sabotaje. La mayoría del pueblo está con nosotros, nuestra victoria es segura: ‘¡Camaradas, trabajadores!: Recordad que de aquí en adelante sois vosotros mismos los que administráis el Estado. Nadie es ayudará si no os unís por impulso propio y si no cogéis en vuestras manos todos los asuntos del Estado. Agrupaos en torno a vuestros sóviets, dadles solidez. Poned manos a la obra desde abajo, sin esperar que os den señal alguna. Inaugurad el orden revolucionario más severo, reprimid implacablemente los excesos anárquicos de borrachos y gente de mal vivir, de los junkers contrarrevolucionarios, de los elementos de Kornilov, etc. Estableced el más riguroso control de la producción y proceded al inventario de los productos. Detened y entregad al tribunal del pueblo revolucionario a cualquiera que se atreva a perjudicar a su causa…’. Se invita a los campesinos a ‘tomar ellos mismos, en el acto, la plenitud del poder’. ‘¡Iniciativa, más iniciativa, siempre iniciativa!’ Tal es el santo y seña que Lenin lanza a las masas el 5 de noviembre, a los diez días de la insurrección victoriosa.»[5]  

Los bolcheviques alentaron sistemática y consecuentemente que los campesinos tomaran las tierras, que los obreros tomaran el control de las fábricas y que los sóviets de obreros, soldados y campesinos tomaran todo el poder. Con esa orientación interpretaron y condujeron a las masas en la insurrección, que fue también la mejor convocatoria para que otros pueblos de Europa se levantaran contra la guerra imperialista. Así, contra lo previsto por viejos libros y prestigiosos exégetas como Kautsky y Plejanov, la revolución socialista pudo comenzar en la atrasada Rusia, donde los obreros pusieron un sello soviético y emancipador a las revoluciones campesinas y nacionales que se desarrollaron concomitantemente.

Claro que la dialéctica recuperada también advertía que esa revolución debía desarrollarse en el terreno internacional y culminar a escala mundial. Con teorías y formulaciones que no dejaban de tener matices diferentes, en esto coincidían tanto Lenin y Trotsky como Rosa Luxemburgo. Fue ésta quien escribió: «El destino de la revolución en Rusia dependía totalmente de los acontecimientos internacionales. Lo que demuestra la visión política de los bolcheviques, su firmeza de principios y su amplia perspectiva es que hayan basado toda su política en la revolución proletaria mundial (…) Todo lo que podía ofrecer un partido, en un momento histórico dado, en coraje, visión y coherencia revolucionarios, Lenin, Trotsky y los demás camaradas lo proporcionaron en gran medida. Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional».  

De la crisis de la Revolución al estalinismo

Las revoluciones y la guerra siguen cursos sinuosos, imprevisibles, dictados por el choque de las fuerzas sociales y políticas enfrentadas. El ejemplo práctico y las ideas del bolchevismo tuvieron impacto universal, convocaron a millones de enfervorizados adherentes, y la revolución sacudió el equilibrio del mundo. Pero ello no fue suficiente. El contraataque burgués imperialista, con la colaboración de los grandes partidos «social-patriotas» que conservaban relativo control sobre masas aturdidas aún por la borrachera chauvinista y la posterior catástrofe bélica, contuvo y derrotó sucesivos alzamientos proletarios, fundamentalmente en Alemania. La revolución no logró triunfos más allá de las inciertas fronteras del Estado soviético (que variaban según el curso de la guerra contra los ejércitos Blancos e imperialistas) y el nuevo poder marchó a tientas, entre las exigencias de la supervivencia política y física y el empeño en mantener el rumbo socialista.

No solo debió confrontar un secular atraso, agravado por el pillaje de los contrarrevolucionarios y el derrumbe de la producción, sino también el agotamiento de los trabajadores y masas soviéticas tras los años de guerra y el desastre económico. Era lo que advertía con notable penetración Rosa Luxemburgo cuando escribió: «Nos vemos enfrentados al primer experimento de dictadura proletaria de la historia mundial (que además tiene lugar bajo las condiciones más difíciles que se puedan concebir, en medio de la conflagración mundial y la masacre imperialista, atrapado en las redes del poder militar más reaccionario de Europa, acompañado por la más completa deserción de la clase obrera internacional). Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales representa el pináculo mismo de la perfección. Por el contrario, los conceptos más elementales de la política socialista y la comprensión de los requisitos históricos necesarios nos obligan a entender que, bajo estas condiciones fatales, ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro”.[6]

Lenin y sus compañeros improvisaron sobre la marcha medidas a veces contradictorias, ineficaces otras y en muchos casos con efectos imprevistos y dañinos. El esfuerzo no fue en vano, pues la URSS sobrevivió a la guerra civil y durante esos pocos años vertiginosos la Internacional Comunista realizó cuatro congresos (entre 1919 y 1922). Pero el costo y las contradicciones acumuladas (en términos no sólo económicos, sino también humanos, políticos y aún teóricos) fue inmenso. Hubo dificultosos debates teóricos y duras confrontaciones políticas, en una Rusia donde los obreros no lograban ejercer realmente su poder, los Sóviets se habían reducidos a una forma vaciada de contenido, el Estado crecía incontroladamente y se imponía la prepotencia de una ascendente burocracia. Todo esto hay que decirlo, porque ignorar las contradicciones, los vaivenes e incluso los errores del poder soviético implica también menospreciar las causas materiales y sociales, históricamente condicionadas, sobre las que pudo montarse Stalin.

Es de subrayar que, en aquellos años, la pretensión de que todo estaba solucionado o en vías de resolverse era característica de los hombres del aparato (estatal y partidario) que junto con el crecientemente poderoso «Secretario General» reclamaban manos libres para administrar «su» Estado. Muy distintas eran las palabras cada vez más alarmadas y violentas de Lenin. Ya en 1920 había dicho: «Era natural que en 1917 habláramos de un Estado obrero, pero ahora es un error manifiesto decir: ‘puesto que este es un Estado obrero donde no hay burguesía, ¿contra quién hay que defender a la clase obrera y para qué?’.  Se trata de que no es un Estado completamente obrero. Lo que en realidad tenemos ante nosotros es un Estado obrero con esta particularidad: primero, lo que predomina en el país no es una población obrera sino campesina, y segundo, que es un Estado obrero con deformaciones burocráticas».[7] Dos años después llevaba la crítica mucho más allá: «(…) denominamos nuestro a un aparato que, en los hechos, nos es fundamentalmente extraño y que representa una mezcolanza de supervivencias burguesas y zaristas; que nos fue en absoluto imposible transformarlo en cinco años, ya que no contábamos con la ayuda de otros países y predominaban las ‘ocupaciones’ militares y la lucha contra el hambre»[8]

La supuesta continuidad entre Lenin y Stalin es una burda falsificación. Por el contrario, la desaparición física del primero coincide con una brutal ruptura política. El estalinismo fue expresión y agente de un proceso contrarrevolucionario, «una reacción lenta, rastrera, envolvente» según palabras de Trotsky, que culminó con las purgas y el Terror de los años ’30. La burocracia, erigida en «(…) única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética»[9] falsificó las tradiciones de la revolución para montar el monstruoso régimen coronado por Stalin, que afirmó a sangre y fuego su poder totalitario eliminando hasta los vestigios de dominación proletaria, tanto en el terreno político-institucional como en el económico-social.

La nueva casta gobernante formuló un programa a su medida: en lugar de la revolución socialista mundial, «construcción del socialismo en la URSS»; en lugar de socialización y transformación permanente de las relaciones sociales, «industrialización y crecimiento de la producción», basándose en la superexplotación y el terror; en lugar de la progresiva desaparición del Estado, su hipertrofia e idealización. Las siglas que se diera el poder de los sóviets pasaron a ser la denominación de un Estado burocrático que, lejos de expresar o conservar una dominación social del proletariado, en el interior de la URSS imponía los intereses de la burocracia y las formas sui generis de explotación que se desarrollaban, en tanto que a escala mundial se integraba (no sin conflictos) en el sistema mundial de Estados y la economía capitalistas, aportando además la colaboración de Partidos Comunistas convertidos en correa de transmisión de las políticas del Kremlin.  

Los errores cometidos por los bolcheviques

Volviendo a los primeros años del proceso iniciado en 1917, es preciso destacar que la revolución y el Estado construido por los bolcheviques no reflejan únicamente el pensamiento y la voluntad del bolchevismo (ya de por sí diverso), sino la cultura política de la vanguardia obrera fogueada en el “ensayo general” de l905 y la lucha contra la autocracia, la irrupción de las más amplias masas de la ciudad e incluso del campo en la acción con sus inevitables vaivenes. Es preciso tener presentes tanto las adquisiciones como los límites teóricos y políticos de la socialdemocracia, los socialistas revolucionarios y anarquistas que actuaban a escala internacional y en el movimiento obrero ruso, pues no cabe olvidar que los bolcheviques fueron sólo una de las tendencias políticas que actuaron en las condiciones de la guerra civil y el aislamiento… La comprensión dialéctica de las relaciones entre estas circunstancias concretas no significa negar o disimular eventuales errores en las ideas y acción del bolchevismo: es, por el contrario, colocarse en condiciones de formular una crítica consistente.

Otra cuestión que merece aclararse es la imputación de que los errores cometidos por los bolcheviques fueron consecuencia de que tenían una concepción general “estatalista” y autoritaria del socialismo. Así formulada, esta afirmación simplifica, reduce y limita la crítica a la concepción de la transición al socialismo que tenían los bolcheviques[10]. En primer lugar, semejante esquema ignora olímpicamente una de las obras más notables del marxismo del siglo XX, como fue y es El Estado y la Revolución. Con este trabajo, escrito en el momento mismo en que se encontraba preparando la revolución y el poder soviético, Lenin rompe con la tradición teórico-política establecida, y produce un libro que para los cánones socialdemócratas aparecía como semianarquista… ¡En plena revolución, el supuestamente estatista Lenin redescubrió y recuperó al Marx más antiestatista, el de la Crítica al Programa de Gotha!

Recordar El Estado y la Revolución y reivindicar su importancia, en contra de la amnesia culposa de muchos, permite también advertir que este genial panfleto tenía omisiones y puntos débiles que a priori eran muy difíciles de evitar, y una cierta subestimación de los complejos problemas de la transición. En una aproximación muy somera pueden identificarse dos tipos de errores o limitaciones.[11] En primer lugar, El Estado y la Revolución preveía la subsistencia del trabajo asalariado, pero no advirtió que sería fuente de múltiples contradicciones que debieron ser abordadas “sobre la marcha” en la difícil realidad de la Rusia soviética. Correctamente, Lenin había previsto que sería imposible –en razón de condiciones materiales y culturales– liquidar de un plumazo el trabajo asalariado, que necesariamente debía subsistir en la primera fase de la transición al socialismo en la Rusia soviética, debido a su atraso y a la tremenda presión del imperialismo. Sin embargo, el libro no aborda esta cuestión en forma específica y crítica. Lenin había advertido, recordando a Marx, que la subsistencia de desigualdades económicas haría del Estado obrero, en cierto sentido y medida, un “Estado burgués sin burguesía”. Pero no advirtió ni trató concretamente las formas en que la subsistencia del trabajo asalariado guardaba relación con la subsistencia del valor como un regulador económico de la producción, la distribución y las condiciones de trabajo desigual e injusto. Prácticamente no se consideraron los efectos que la revolución debería tener a nivel del propio proceso inmediato de trabajo, ni cuál debía ser la política que tendiera a la liquidación de la forma de trabajo asalariada y a la reorganización de la producción sobre bases enteramente nuevas. Posteriormente, en la masa de trabajos fragmentarios producidos por Lenin ya gobernante, apenas se roza la problemática persistencia del trabajo asalariado (lo toma aisladamente en la polémica sobre los sindicatos) y las posibles vías para la superación del mismo en la transición.

También existían otras omisiones en la consideración de la relación entre la dictadura del proletariado y la cuestión nacional, la relación entre la dictadura del proletariado y el partido revolucionario, y el problema de la relación entre el Estado soviético y los aparatos de Estado… Lenin trató de colmar sobre la marcha estos vacíos, cometiendo, según sus propias palabras, «muchas tonterías». Se carecía de un análisis específico sobre los aparatos o instituciones del Estado, cómo liquidar los viejos aparatos y cómo crear los nuevos. Lenin partió de una idea simplista sobre las tareas que debían encarar las masas trabajadoras en relación con la dirección y administración del nuevo Estado, para llegar mucho después a constatar amargamente que las masas rusas no pudieron elevarse a cumplir estas tareas. Tampoco existía una reflexión sobre las relaciones a establecer entre el partido dirigente y el Estado obrero después de la revolución. En la práctica del Estado soviético, estas relaciones resultaron ser muy problemáticas, pues los organismos de dirección del partido se transformaron también en organismos de dirección del propio Estado soviético. Por último, en El Estado y la Revolución tampoco hay un estudio de las relaciones entre la dictadura del proletariado y la cuestión nacional. El problema se reveló gigantesco cuando, finalizada la guerra civil, se pasó a la constitución de una unión de las repúblicas soviéticas en el terreno de lo que había sido el imperio zarista gran ruso y con una masa de funcionarios heredados del zarismo fusionada con la nueva burocracia “roja”.

Una desviación que hizo, de la necesidad, virtud

La victoria contra los ejércitos Blanco e imperialistas no evitó que la guerra civil hundiera a Rusia en la más espantosa de las ruinas, aniquilara gran parte de la vanguardia obrera y popular y redujera drásticamente el número de trabajadores. Además, el esfuerzo bélico tuvo consecuencias de otro tipo en la teoría y las concepciones de los dirigentes bolcheviques. El “voluntarismo” imprescindible en los momentos álgidos del combate y el posterior entusiasmo del triunfo, impregnaron a los dirigentes bolcheviques con la idea de que los métodos empleados para el triunfo en la guerra civil servirían también para acelerar el tránsito al socialismo: la necesidad se transformó en virtud. Si para ganar la guerra civil y conservar lo conquistado fue necesario montar de la nada un ejército regular centralizado, rompiendo en este punto con las previsiones de El Estado y la Revolución… ¿por qué no extender esta experiencia para la construcción del socialismo?

Una significativa ilustración la brinda un libro que Trotsky escribe en 1920. Terrorismo y Comunismo plantea una posición autoritaria, hipercentralista y en última instancia sustituista. El jefe del Ejército Rojo convierte las medidas transitorias impuestas por la guerra civil en sistema: el “comunismo de guerra”. Propugna, entre otras cosas, la militarización del trabajo, la dirección única de las fábricas, la sujeción de los sindicatos al poder estatal, el partido único, etc. El ABC del comunismo, una exitosa obra de divulgación escrita por Bujarin y Preobrajensky por esos mismos años, tiene la misma tónica. Aunque el pragmatismo de Lenin le permitió diferenciarse y combatir algunas de estas teorizaciones justificatorias de la deriva autoritario-sustitutista, en definitiva el nuevo rumbo fue impulsado por el grueso de la dirección, acallando a quienes, fuera o dentro del partido, lo cuestionaron. La idea de que durante un período de reflujo la participación efectiva de los trabajadores podía ser sustituida por el voluntarismo del Partido que se suponia encarnación de sus intereses históricos y, aún más, la teorización de que la dictadura del proletariado sólo podía ser realizada como dictadura del Partido, distorsionó al mismo tiempo las ideas de dictadura proletaria, de estado soviético y de partido revolucionario. El aparato estatal se alejó de la participación directa y la supervisión de las masas, y los órganos dirigentes del partido se fusionaron con aquél.[12]

Un hecho dramático que revela en el plano internacional la vigencia de esta concepción sustituista es la invasión a Polonia en 1920. En abril de 1920, el gobernante nacionalista polaco Pilsudski invadió Ucrania. Lenin aprovechó la ocasión buscar un atajo, llevando la revolución hacia Europa Occidental mediante el Ejército Rojo. Este, en efecto, venció fácilmente a los polacos en Ucrania y se decidió avanzar hacia el oeste, atravesando Polonia. Durante el Segundo Congreso de la Comintern, en julio de ese año, el progreso del Ejército Rojo era supervisado por delegados entusiasmados frente al mapa de Europa… pero el Ejército Rojo encontró muy poco apoyo de la población polaca, que veía a los rusos como opresores, y sufrió una derrota muy seria[13].          

            Un año clave fue 1921. Como ya se dijo, la guerra civil había sido ganada, pero el país estaba agotado y el descontento económico y político crecía: contra las requisas de guerra, contra el trabajo forzado, contra los bajos salarios, contra los privilegios de los comunistas y de los “especialistas”, contra el peso sofocante de esa “dictadura de un solo partido” en la que los sóviets no pasaban de ser instituciones que convalidaban las decisiones de la dirección bolchevique. Las esperanzas en rápidas victorias de la Revolución en Europa se diluían… En lugar de abrir inmediatamente las compuertas de la democracia y empeñarse en un diálogo con las corrientes socialistas proscriptas o semi-proscriptas (Socialistas Revolucionarios de Izquierda, anarquistas, mencheviques internacionalistas…), la dirección bolchevique optó por endurecer su política.

            Las huelgas de Petrogrado fueron reprimidas, y dispersadas las asambleas y manifestaciones obreras. Estos acontecimientos aumentaron la efervescencia en la base naval de Kronstadt. Las reivindicaciones del sóviet de la base, especialmente su democratización, fueron rechazadas por las autoridades, que amenazaron a los “disidentes” asimilándolos a la contrarrevolución. El sóviet de Kronstadt replica con un llamado a la insurrección en todo el país (lo que revela la irresponsabilidad de los dirigentes anarquistas que lo encabezaban). Los restos de los blancos y las potencias occidentales se preparaban para recuperar terreno aprovechando estos acontecimientos… Frente a todo esto, el 10º Congreso del partido, reunido en aquel momento, decide el asalto, y más de 100 delegados se retiran para encabezar las tropas (cabe señalar que muchos de ellos eran miembros de la Oposición Obrera y Decistas, que también estimaban que era la suerte de la revolución lo que estaba en juego). Después de la toma de Kronstadt y los fusilamientos, la represión se acentúa a lo largo del país. El abismo entre el partido y las masas se ensanchó.

Al mismo tiempo, la crisis repercutía en el interior del Partido. En el 10º Congreso se enfrentaron siete tendencias alrededor del rol de los sindicatos en la organización y la gestión de la economía. Lenin rechaza la militarización de los sindicatos y preconiza tímidas medidas de democracia directa… Pero mucho más peso tuvo la grave decisión de prohibir “provisoriamente” la conformación de agrupamientos internos. Hasta ese momento, la diversidad del Partido bolchevique en cierta medida contrapesaba la falta de democracia soviética. Pero la proscripción de los agrupamientos internos se hará permanente, favoreciendo los manejos burocráticos. Stalin refuerza sus posiciones mientras Lenin es apartado de la actividad por su enfermedad, y el aparato manipula groseramente la elección de los delegados al Congreso de 1923, que convalida la hegemonía de la fracción secreta encabezada por Stalin.

También merecen una revisión crítica los «principios» de rígida disciplina y organización centralista que estatuyó la Internacional Comunista; en un primer momento, para afrontar las condiciones de una virtual guerra civil continental, y en una segunda instancia buscando acelerar la construcción de partidos comunistas capaces de disputar más efectivamente la conducción de las masas a los partidos socialdemócratas. Principios que el mismo Lenin criticó en el Cuarto Congreso de la Comintern -en una de sus últimas intervenciones públicas, en noviembre de 1922- por ser «excesivamente rusos» y de imposible comprensión y aplicación en el resto del mundo: «En mi opinión, lo más importante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los camaradas extranjeros, es que a los cinco años de la revolución rusa debemos estudiar (…) Nosotros debemos estudiar en general; ellos deben hacerlo en particular, llegar a comprender realmente la organización, estructura, método y contenido de la labor revolucionaria. Si se logra este objetivo, estoy seguro de que las perspectivas de la revolución mundial serán no sólo buenas, sino excelentes»[14]. Desgraciadamente, ese objetivo nunca se logró. Peor aún, la llamada «bolchevización» de los partidos comunistas lanzada poco después por Zinoviev los sujetó completamente a las directivas del Kremlin.

Sobre la degeneración y contrarrevolución estalinistas no nos extenderemos aquí. Recordaremos sí que en condiciones terribles de aislamiento y persecución, hubo minorías que resistieron y batallaron – entre otras cosas- por mantener la vitalidad del marxismo revolucionario y rescatar las lecciones de Octubre. En este terreno descuella la labor de Trotsky y el puñado de internacionalistas reagrupados por el fundador de la Cuarta Internacional. Pero esta reivindicación no debe ser ciega a las limitaciones y errores cometidos, incluso en la comprensión de la Revolución Rusa. Queremos al menos señalar que, en el afán de combatir la falsificación estalinista, los bolcheviques – leninistas y luego los partidarios de la Cuarta Internacional caímos en el error de representar a la Revolución Rusa y a los primeros años de la Internacional Comunista como un modelo acabado, sin fisuras ni errores significativos. Se trató de una apreciación histórica equivocada, que tuvo consecuencias metodológicas y políticas dañinas.

Hoy, nos parece evidente que se debió dar mucha más importancia y desarrollo a los aportes que llegaron desde la misma Oposición del interior sobre la degeneración burocrática del poder obrero. «Esta posición política (la de clase dirigente) no carece de peligros; por el contrario, los peligros son muy grandes. No me refiero ahora a las dificultades objetivas derivadas del conjunto de las condiciones históricas, del cerco capitalista en el exterior y de la presión pequeñoburguesa en el interior del país. No; se trata de las dificultades inherentes a toda nueva clase dirigente, que son consecuencia de la misma toma del poder y de su ejercicio, de la capacidad o incapacidad para servirse de él (…) Estas dificultades podrían llamarse ‘los peligros profesionales del poder’ » señalaba Rakovsky en 1928, en un estudio donde analizaba la conformación de la burocracia soviética como un grupo social material, subjetiva y moralmente ajeno a la clase obrera. Más aún, el más importante y prestigiado líder de la oposición luego de Trotsky hacía ya por entonces un balance que introducía un significativo matiz autocrítico: «Nosotros teníamos la esperanza de que la dirección del Partido crearía un nuevo aparato realmente obrero y campesino, nuevos sindicatos realmente proletarios  y nuevas costumbres en la vida cotidiana. Es preciso decirlo francamente, claramente, abiertamente: el aparato del partido no cumplió esa tarea; en el doble rol de preservación y educación dio pruebas de una total incapacidad. Entró en bancarrota. Quebró». Citamos esa amarga reflexión de un protagonista de primera línea para insistir en que la reivindicación de los principios estratégicos que inspiraron los primeros años del poder ejercido por los bolcheviques no justifica desconocer que se cometieron errores, más graves y perniciosos cuando se los cubrió con justificaciones teóricas que -amén de ser luego aprovechadas por el estalinismo para sus propios propósitos- pesaron negativamente en las ideas y la acción de los auténticos revolucionarios.

Nuestra autocrítica es expresa. Hemos comprendido con mucho atraso que reivindicar y asimilar las enseñanzas de la Revolución también implica estudiar sus limitaciones y errores. Por no hacerlo así, y haber presentando a la Revolución Rusa y a la URSS «de Lenin y Trotsky» como norma o modelo del combate por el socialismo, contribuimos sin quererlo a desdibujar lo más valioso e imperecedero de la Revolución Rusa, que fue su voluntad y relativa capacidad de proyectarse como parte de un movimiento más amplio y más rico que ella misma: el proceso vivo de la revolución socialista europea e internacional, el desarrollo impetuoso de la actividad, la autonomía y la conciencia de las masas explotadas, el desarrollo de la teoría y las organizaciones marxistas revolucionarias a través de experiencias diversas, confluencias, divergencias  y confrontaciones. Esto, lo que no llegó a desarrollarse plenamente, fue sin embargo lo más importante y es lo que conserva plena validez.

III- Por la revolución socialista y el comunismo

La bancarrota ignominiosa del «bloque socialista» y la falta de perspectivas alternativas al capitalismo, que limitan las acciones de los explotados y oprimidos del mundo, imponen un sistemático esfuerzo por restablecer los pilares de una renovada concepción del combate por la revolución socialista y el comunismo, enfrentándonos incluso con parte de nuestro patrimonio teórico-político.

Una de las vertientes de esta renovación es la crítica radical de la experiencia de la degeneración burocrático-estatista de la URSS y el modelo de «socialismo en un solo país» sancionado por Stalin, prolongado con diversas variantes en las «democracias populares» de Europa Oriental, Yugoslavia, China y aun Cuba. Crítica de la cual se desprenden grandes parámetros de una genuina transición al socialismo. La primera reflexión que cabe inferir de esa vasta experiencia histórica es que si las masas trabajadoras no asumen conscientemente las tareas de la revolución y la transformación de la sociedad, no podrá existir siquiera un comienzo de transición al socialismo. También es preciso destacar desde ahora, en contra del culto al Estado y las concepciones que suponen posible introducir un socialismo «desde arriba», que fue el mismo Marx quien explicara que, entre los numerosos “fines” que persigue el socialismo, un lugar destacado corresponde al fin del Estado, sin que esto suponga sugerir (como los anarquistas) su inmediata desaparición. Esto no era considerado posible en los tiempos de Marx, y menos lo es en estos días en que los trabajadores combaten en el contexto de la “mundialización” y las transnacionales “globalizadas”. Creemos probado que “el poder de los obreros armados”[15] no podrá prescindir de un cierto tipo de Estado para reorganizar la producción y transformar las relaciones económicas y sociales, pero debe impedirse su transformación en un nuevo Leviatán erigido sobre la sociedad como un poder separado y autónomo. La norma no sólo debe ser la destrucción del viejo Estado, sino reducir al mínimo imprescindible el tamaño y las facultades de las instituciones y funcionarios del nuevo aparato estatal, porque afirmar las eventuales victorias iniciales de la revolución obrera en tal o cual región del mundo no deberá ser tarea de un Estado todopoderoso y totalitario, sino de un “Estado-no estado” o “Estado de nuevo tipo” subordinado a los trabajadores y a la constante transformación de la sociedad, que en definitiva es lo único que podrá hacerlo “fuerte” en un sentido genuinamente revolucionario.

Revolución, socialismo, democracia obrera

Consideramos que la revolución de los trabajadores, socialista, no deberá distinguirse de las revoluciones burguesas por restringir las libertades políticas y desconfiar de la abierta confrontación de intereses y opiniones organizadas en múltiples organizaciones sociales, sindicatos y partidos, sino por la voluntad y necesidad de ir más allá de la representación y la democracia formal. La clase trabajadora, uniéndose social y políticamente desde su rol en la producción general, puede y debe crear una democracia directa de productores y consumidores, con organismos de tipo soviético o consejista.

La prédica socialdemócrata en favor de pactar con los capitalistas el respeto de la sacrosanta «propiedad privada» a cambio de mitigar las desigualdades e injusticias está desmentida cotidianamente por la realidad de una explotación cada vez más salvaje e insoportable. Por lo tanto, es preciso insistir en que una verdadera revolución implica la expropiación por el Estado proletario de los grandes medios de producción y cambio, como un paso imprescindible para cambiar la sociedad. Frente a esto no caben ambigüedades. Pero es también preciso apoyarse en la experiencia del mal llamado «campo socialista» para advertir que la estatización de la economía puede también servir como instrumento para nuevas formas de explotación, y desembocar en una anarquía y despilfarros mayores que los del capitalismo. Sostenemos que la transición al socialismo implica, desde el principio, un esfuerzo denodado para que la gestión y control de la economía y la vida social pase efectivamente a manos de los trabajadores. Para esto se requiere de la autoorganización y la intervención directa de los productores en las orientaciones a todos los niveles: en la empresa, a escala de las grandes ramas industriales y servicios, y en las decisiones macroeconómicas, en el marco de una planificación democrática y flexible. La acción directa en el terreno de la “construcción económica” es en sí misma una condición para afirmar la conducción política y dominación de los productores directos.

El concepto de dictadura del proletariado ha sido completamente desacreditado por todo lo que el estalinismo hizo en su nombre, y muchos revolucionarios sostienen que es equívoca y debe ser descartada. Es una preocupación legítima. Pero existen sobradas evidencias de que descartar esa formulación es un acto que en sí mismo tampoco aporta claridad estratégica… En todo caso, lo que importa es reivindicar un contenido o, mejor dicho, un proceso: la efectiva constitución del proletariado en clase dominante en tránsito hacia la abolición de las clases. En los albores del poder soviético, Lenin suponía una dictadura de nuevo tipo, por ser la imposición de la inmensa mayoría sobre la minoría, y también democracia de nuevo tipo, más extendida y profunda porque se extendía más allá de lo formal y la esfera política. Pero la desviación que antes vimos del poder bolchevique exige hoy excluir, sin ambigüedad alguna, la idea sustitutista del poder en manos de un Partido, por revolucionario que sea.

La ampliación y profundización de la democracia desde abajo y directa, el predominio de la mayoría trabajadora y la progresiva expansión de lo social sobre lo político apuntando a la desaparición del Estado son dimensiones inseparables de la transición. Tanto como la capacidad de revolucionar la producción con una planificación orientada a elevar el nivel de vida y cultural de las masas, priorizando la satisfacción de las necesidades sociales, la reducción significativa de la jornada de trabajo y una radical transformación del salariato que apunte a su eliminación. En síntesis, la transición socialista no implica crecimiento del Estado (ni siquiera del Estado obrero), sino creciente socialización y apropiación directa por los trabajadores (productores y consumidores) de todas las funciones de dirección político-militar, económica y social, en correlación con los avances de la lucha contra el imperialismo en el ámbito mundial.

Porque la construcción del socialismo requiere el esfuerzo concertado de los trabajadores de todo el mundo. El poder obrero en algunos países o más bien regiones solo podrá conquistarse y desarrollarse sobre la base del internacionalismo. En lugar de subordinar los esfuerzos y estrategias generales de los trabajadores del mundo a los intereses coyunturales de tales o cuales Estados (como hicieran la URSS, China o Cuba), la revolución socialista depende de su desarrollo en la arena mundial, apuntando a derrotar la burguesía en sus principales bastiones. Esto es doblemente necesario: para privar al imperialismo de su formidable poder destructivo, que representa un peligro cierto para la existencia misma de los hombres y el planeta, y para poner los enormes recursos acumulados por el gran capital a disposición de la humanidad.

La crítica al estalinismo y la socialización

La revalorización del contenido y alcances del concepto y el proceso de socialización se enlaza con el esfuerzo por recuperar las reflexiones acumuladas (y arrumbadas luego, también hay que decirlo) en los debates desarrollados en los primeros años de la Unión Soviética en torno a la NEP (1921-1927) y criticando el voluntarismo burocrático de los planes quinquenales estalinianos. En esas polémicas, había comenzado a señalarse que ni el régimen salarial, ni la plusvalía, ni la ley del valor, ni los desequilibrios económicos habían desaparecido porque así lo disponían las invenciones “teóricas” de Stalin. Medio siglo después, consumada la trágica experiencia histórica del estalinismo, comprendimos que debíamos (y debemos) descartar la falsa idea de que la eliminación de los grandes propietarios privados mediante la estatización implica acceder a una formación social en la que «por definición» no queda lugar para la subordinación del trabajo vivo al «trabajo muerto», la plusvalía, el mercado, la ley del valor… La realidad mostró algo muy distinto.

La transición socialista es una compleja transformación revolucionaria, en la que la expropiación del gran capital -tanto más si inicialmente esto sólo ocurre en una región del mundo- representa un capítulo importante, pero de ninguna manera concluyente, y mucho menos irreversible. Como ya dijimos, y sea desde el ángulo nacional o internacional, el desarrollo de la revolución socialista y los problemas de la transición deben abordarse desde el supuesto fáctico y metodológico de la unidad del mundo y de la revolución mundial, incluso para calibrar la profundidad de los antagonismos, las desigualdades y los cambios parciales. En el terreno de la economía, esto implica comprender que la expropiación del capital no inauguró en la URSS -ni podrá hacerlo en ningún lado- un «modo de producción» socialista, ni una «base económica» dotada de algún automatismo “transicional”. Una vez más: no concebimos la transición sino como un proceso de permanente transformación revolucionaria. Como dijera Marx: «Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado».[16] ¿Pero qué ocurre cuando lo que existe es un Estado que legitima la dictadura de un grupo social diferenciado y privilegiado, como fueron las burocracias estalinista y postestalinista?

El Estado de la burocracia

Para un análisis concreto de la degeneración de la URSS es insuficiente un enfoque economista-mecanicista de la problemática del Estado «soviético» y del Estado en general. Los análisis en términos de estructura y superestructura, cuestionables en general, se revelan particularmente inútiles para comprender lo ocurrido en la URSS. Se requiere retomar y desarrollar lo esbozado por Marx y Engels.[17] Las formas políticas de la sociedad, que tienen sus raíces en determinadas relaciones sociales condicionadas por el  desarrollo de las fuerzas productivas, tienen una tendencia a la autonomía y una innegable capacidad de reacción sobre las relaciones sociales y económicas, que pueden ser y de hecho son afectadas por la producción política de la clase o casta que controla el poder del estado. Trotsky se aproximaba a esta cuestión cardinal cuando escribía que “Si el nuevo Estado no tuviera otros intereses que los de la sociedad, la agonía de sus funciones de coerción sería gradual e indolora. Pero el Estado no está desencarnado. Las funciones específicas se han creado sus órganos. La burocracia, considerada en su conjunto, se preocupa menos de la función que del tributo que ésta le proporciona. La casta gobernante trata de perpetuar y de consolidar los órganos de la coerción; no respeta nada y a nadie para mantenerse en el poder y conservar sus ingresos”.[18] Sin embargo, se mantuvo aferrado a una definición anacrónica de la URSS como «Estado obrero» pese a que, como él mismo denunciara con lucidez y vigor, una peculiar burocracia («único grupo social privilegiado y dominante») había impuesto un régimen totalitario y manejaba todas las palancas del Estado en su exclusivo beneficio.

Es preciso volver sobre estas cuestiones, porque lo ocurrido en el siglo muestra que, efectivamente, esa institución de instituciones que es el Estado, esta forma política general que se extendió sobre todo el planeta, adquiere existencia social a través de determinadas relaciones y soportes sociales que se establecen entre una clase o casta dominante y su partido o partidos, y también  a través de las que se establecen con los hombres y clases dominados. El grupo social dominante, que mantiene la cohesión mientras logra imponer su hegemonía, deja su impronta en la estética, lo moral, lo intelectual, lo jurídico, lo económico, todos ellos soportes de esa dominación. Esta dialéctica concreta es la que no debe perderse de vista, so pena de caer un reduccionismo economicista y mecánico que esteriliza la crítica marxista al capitalismo y que nos desarma ante la problemática de la transición socialista. Porque la transición no requiere sólo de una crítica abstracta de la política; exige, por el contrario, una dura batalla política revolucionaria para lograr precisamente la mutación radical de lo político, con el desarrollo de órganos de poder de tipo soviético y la expansión de múltiples formas de autoorganización, en forma tal que las transformaciones sociales surjan del choque vivo de opiniones entre múltiples agrupamientos políticos y/o sociales. La socialización como proceso debe desarrollarse en todo el espesor de las relaciones sociales, en un combate que también es político y que no puede saltar por encima de las potencialidades y de los peligros de la propiedad estatal en la transición, en conexión con la evolución de las relaciones de producción y las desigualdades que ellas representan en términos de posesión y apropiación de las clases y grupos sociales existentes.

Estatización no es socialización

Hoy es posible advertir que cuando Stalin liquidó toda posibilidad de dirección proletaria y se consolidó (relativamente) la gestión burocrático-estatal estaliniana, lo que se construyó nada tenía que ver con el socialismo. También se sabe que la autarquía de la economía soviética no la sustraía a la presión de las tendencias económicas generales que rigen las relaciones capitalistas a escala mundial, con la correa de transmisión más o menos directa del comercio exterior. Pero no se suele reconocer que en el interior de las formaciones «sin capitalistas» del llamado «campo socialista» subsistía la ley del valor como regulador económico, en combinación con las imposiciones del Estado burocrático.

Como antes dijimos, la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción es una herramienta indispensable para que los trabajadores puedan avanzar en la transformación económico-social. Pero esto sólo representa un comienzo o, más precisamente. un medio que debe ser puesto al servicio de destruir las relaciones económico-sociales heredadas del capitalismo, proceso que tiene su cara constructiva en el desarrollo consciente de la socialización, hasta la desaparición de la propiedad de Estado y del Estado mismo, de toda explotación y opresión, etc.

Un aspecto esencial de la socialización consiste en superar la separación (y aún enfrentamiento) entre los trabajadores y los medios de producción. Esta separación no desaparece porque el propietario de los medios de producción sea el Estado obrero. El trabajo asalariado sigue siendo una relación social que obliga a que cada obrero venda su fuerza de trabajo al Estado empleador mientras «otros» administran los productos (valores) producidos. Puesto que serán éstas y no otras las condiciones iniciales (subsistencia del Estado, de la propiedad y del salario), el impulso consciente hacia la socialización es imprescindible desde el primer momento, so pena de que lo que se desarrolle sean las tendencias que llevan a la explotación burocrática –y, en última instancia, a la restauración capitalista.

Nuevas formas de fetichismo y explotación

La gravedad y persistencia de los fetiches productivistas y estatistas levantados por el estalinismo, que tienen elementos comunes con la adoración del «Estado benefactor» por la socialdemocracia, las burocracias sindicales y los nacionalismos tercermundistas, justifica insistir en refutar la tesis de que la propiedad nacionalizada sea sinónimo de socialismo (como decretara Stalin y repitieron los epígonos), e incluso la creencia en que la preeminencia del sector estatal en la economía expresa la continuidad indefinida de un «Estado obrero degenerado», como postuláramos la mayoría de los trotskistas. Debemos insistir sin cansancio en que, para el marxismo, la cuestión del derecho de propiedad aparece relacionada y subordinada al concepto de relaciones de producción. Y, más allá de las palabras que se empleen, las relaciones de producción son relaciones de poder efectivas sobre las personas y las fuerzas productivas, antes que relaciones de propiedad legal. Precisamente, si se analizan las relaciones de producción que fueron impuestas en la URSS, surge la inconsistencia de hablar de «Estado obrero». La propiedad del Estado dejó de ser una herramienta que el conjunto de los trabajadores podía utilizar para avanzar hacia la apropiación social de los medios de producción, y consagró imprevistas formas de apropiación que, sirviendo a la burocracia, mantuvieron al proletariado soviético en condición de clase oprimida y explotada. La cuestión de la propiedad estatal debe ser considerada en su relación con otras categorías centrales del materialismo histórico, superando el enfoque jurídico que se queda en la apariencia de las cosas. Buscamos poner de relieve la conexión esencial que está dada por el conjunto de las relaciones sociales, tal como lo apuntara Marx en una significativa crítica a Proudhon: «en el mundo real, la división del trabajo y todas las demás categorías del Sr. Proudhon, son relaciones sociales que constituyen en su conjunto lo que actualmente se conoce como propiedad: fuera de estas relaciones, la propiedad burguesa no es más que una ilusión metafísica o jurídica (…) Al establecer la propiedad como una relación independiente, el Sr. Proudhon comete algo más que un error de método: muestra claramente que no ha aprehendido el vínculo que mantiene unidas todas las formas de la producción burguesa, que no ha comprendido el carácter  histórico y transitorio de las formas de producción en una época determinada». [19]

La raíz de los conflictos y antagonismos sociales que maduraron en el «mundo comunista», no residía sólo en el totalitarismo del régimen político, o en la supervivencia de «normas burguesas de distribución» agravadas por la corrupción, sino en las relaciones de producción establecidas. Vale decir, un régimen de trabajo asalariado altamente diferenciado, sometido a los imperativos de la división del trabajo, generador de plusvalía, que alienaba al trabajador de los demás trabajadores y de sí mismo, al tiempo que estimuló la elevación por sobre ellos de la casta burocrática y del Estado que la servía. Manifiestamente, el Estado burocrático no se fundó en una explotación idéntica al capitalismo, y la burocracia no logró fundar una forma orgánica de explotación. Pero la experiencia histórica nos advierte (y la teoría nos permite comprender) que mientras subsistan el dinero, el trabajo asalariado y la producción de valores de cambio, la propiedad estatal coexistirá con un germen de «explotación mutua» entre los trabajadores y con condiciones que pueden favorecer la imposición de una burocracia dominante. Teoría y experiencia nos dicen, también, que la degeneración política del Estado se desarrolló en correspondencia con el desarrollo de inestables relaciones de producción y explotación del trabajo asalariado que, potenciadas por la economía mundial, originaron poderosas tendencias a la restauración de la dominación directa y abierta del gran capital. Las futuras revoluciones socialistas por las que luchamos deberán enfrentar estos peligros en diversos planos. Uno de ellos es la extensión de la revolución socialista en la arena internacional, hasta culminar en la victoria mundial con la derrota de los baluartes imperialistas. Paralelamente y en sintonía con ese combate, en aquellos lugares en que la burguesía fuere derrocada y expropiada, se deberá poner el máximo de empeño y el máximo de dinamismo y energía en el ejercicio de la democracia obrera, dentro y fuera de los órganos del Estado, así como en la continua revolución de las relaciones (técnicas y sociales) de producción, vale decir, en la socialización: a riesgo de parecer tautológicos, es preciso decir clara y nítidamente que la revolución obrera no es estatista, sino socialista y comunista. Pero debemos ser claros también en señalar que estas conclusiones son, apenas, un nuevo punto de partida, un programa de trabajo a desarrollar polémica y colectivamente, abierto hacia el pasado y el futuro.

Al exponer nuestras posiciones, hemos insistido en la necesidad de combatir las concepciones que identifican o confunden socialización con estatización. Muchos autores y tendencias afirman también esta distinción capital. A partir de esta coincidencia, sin embargo, advertimos una significativa divergencia con quienes postulan o insinúan una “estrategia” de socialización en la que la ruptura revolucionaria, la lucha por el poder de los trabajadores y la construcción del Estado obrero (Estado de nuevo tipo, semi-Estado o como quiera decirse) son momentos rechazados o ignorados. Esto nos parece un error que se da de patadas con la experiencia histórica que muestra el encarnizamiento con que la burguesía defiende, por todos los medios, sus propiedades y su régimen de dominación política, y conduce a desvalorar la necesaria tarea de elaborar y reelaborar continuamente las estrategias para la revolución que abra paso a un socialismo de los soviets y el autogobierno de los trabajadores.

IV – En torno a la mundialización  

              En respuesta a los indudables cambios que se han registrado en el panorama mundial a lo largo de las últimas décadas, se han formulado diversas caracterizaciones sobre la naturaleza y alcances de estos desarrollos y las contradicciones que los animan. Es oportuno entonces fijar algunas posiciones básicas en torno a estas cuestiones.

¿Del determinismo económico al… idealismo? 

Mucho se han criticado, y con razón, las lecturas del marxismo que reducen el materialismo histórico a un seco determinismo que sólo atiende a la base productiva y desdeña el peso de los factores políticos y culturales. Sobre esa crítica se ha montado una concepción opuesta y simétrica, que da a estos últimos factores la primacía sobre los económicos. Ambas posturas son equivocadas. En un trabajo reciente dirigido específicamente contra las concepciones deterministas, se formula una visión más equilibrada y sólida del problema afirmando que “un esquema fiel al pensamiento de Marx (…) es presentar a la realidad social como una totalidad de relaciones constituidas con intervención de la conciencia, en cuyo centro se encuentran las relaciones de producción”[20]. Si se desdeña la utilización rigurosa de conceptos como el de modo de producción, se puede caer en planteos que confunden tanto la realidad como las categorías utilizadas. Es oportuno recordar que no se trata de una categoría económica o economicista, como algunos parecen creer. Su función fue «reflexionar sobre la diversidad de las formas socioeconómicas y de las épocas, darnos los instrumentos de diferenciación de un tipo de estructura histórica con respecto a otra (…) el descubrimiento marxiano del concepto de modo de producción significa una salida decisiva del mundo de la economía política; con él Marx se embarcó en un nuevo tipo de historia”[21]. Avanzando un paso más, es claro que ninguna sociedad humana, nunca, ha podido ser considerada sólo «un modo de producción”: siempre nos encontraremos ante un conjunto de relaciones, en torno a las relaciones de producción y las relaciones de apropiación. Por lo demás, tampoco podría considerarse una sociedad sólo como modo de producción, porque éste nunca se da en forma pura. Justamente por eso se ha acuñado la expresión formación económica y social, ya que en una sociedad concreta hay siempre un entramado de modos de producción. La producción dominante, dice Marx, “asigna a todas las otras su correspondiente rango e influencia, y cuyas relaciones por lo tanto asignan a todas las otras el rango e influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y que modifica las particularidades de éstos”[22].

Es correcto, como lo ha señalado Perry Anderson, que a un mismo modo de producción pueden corresponder formas estatales diferentes y que éstas actúan sobre las relaciones de producción y apropiación. Pero no es menos cierto que esas formas estatales han sido a su vez determinadas por el modo de producción y la evolución de éste y actúan en su marco de las relaciones de producción y apropiación. La vida material sigue siendo la que proporciona los cimientos y fija los límites a la conciencia y a la acción consciente. En la más poética expresión de Nietzsche, “todo mi yo es cuerpo, y el alma no es sino el nombre de algo propio del cuerpo”[23]. Si esto se deja de lado, se pasa a una visión idealista de la sociedad, reñida, en todo caso, con lo que hace cualquier sociólogo o historiador, marxista o no, que invariablemente pone en el centro de sus estudios al modo de producción dominante, su articulación con otros también presentes en la sociedad, pero subordinados al anterior, y las relaciones de apropiación. Hay un entramado y una acción recíproca entre todos los elementos de la vida social, pero ésta es determinada (en última instancia), dominada y condicionada por el conjunto de relaciones de producción y apropiación que llamamos modo de producción.

Algunas consideraciones sobre el sistema mundial de Estados 

            Después de la Segunda Guerra, con el trasfondo de la abrumadora supremacía económica y militar de Estados Unidos, ha sido recurrente la idea de que habría surgido alguna forma de «gobierno mundial». Sin embargo, así como la explotación y predominio del imperialismo yanqui en el mundo es algo concreto, que puede y debe estudiarse para advertir cambios y continuidades, desde el punto de vista de los hechos es imposible demostrar que exista o existiera algo que pueda llamarse seriamente gobierno mundial. Desde el punto de vista teórico, la hipótesis es contradictoria con la naturaleza del capitalismo que, por su carácter competitivo, no puede alcanzar un estadio de unidad total bajo un solo Estado (y gobierno).

Existen evidentemente instituciones como el Banco Mundial, el FMI, la ONU o la OTAN, y sus imposiciones imponen, por cierto, sufrimientos inauditos a la mayor parte de la humanidad. Desde el punto de vista de la propaganda antiimperialista, se ha puesto un gran esfuerzo en destacar la maldad, el cinismo y la capacidad de manipular acontecimientos de los capitalistas y sus agentes políticos o militares. Por otro lado, en contra de los discursos neoliberales que presentan a la «globalización» como culminación inexorable del «orden de las cosas», se ha puesto un esfuerzo enorme en rechazar la “naturalización” de las leyes económicas, enfatizando su carácter social y, por lo tanto, vinculado a la acción humana. Estos esfuerzos, legítimos cada uno en su campo, han terminado a veces en una concepción conspirativa o voluntarista, según la cual todo lo malo que ocurre es consecuencia de la actividad consciente de tales o cuales personajes, instituciones, empresas o países.

Sin embargo, vale insistir, ni la Segunda Guerra Mundial ni ningún otro acontecimiento han parido algo que pueda llamarse gobierno mundial. En la Segunda Guerra Mundial se decidió la lucha por la hegemonía en el sistema de estados, en favor de Estados Unidos. El sistema mundial de Estados que surgió de Yalta y Postdam tenía esta marca, pero el concepto de hegemonía es diferente al de gobierno o imperio. Indica una posición dominante, de primus inter pares, pero no la de soberanía que tiene un gobierno sobre sus súbditos. No se puede atribuir el carácter de gobierno mundial al reparto de zonas de influencia de la posguerra. Precisamente, la división del planeta en zonas de influencia dio lugar a una situación en la que los límites tuvieron cierta movilidad (son típicos los casos de Yugoslavia, China y los países de la ex Indochina francesa) y en que, en distintos momentos, diferentes países aprovecharon la rivalidad de las superpotencias para asegurarse grados variables de autonomía. Hay que recordar que el Movimiento de Países No Alineados no fue solamente una ilusión, aunque naturalmente no pudo (ni quiso) terminar con la dominación imperialista. Dentro mismo de la zona de influencia del imperialismo norteamericano (Francia fue el caso extremo), hubo constantes roces y diferencias entre las potencias imperialistas respecto de la política internacional, en los cuales no siempre se impuso el criterio de Washington. Para tomar unos pocos ejemplos, nunca pudieron los Estados Unidos imponer a sus aliados el embargo comercial contra Cuba, ni evitar las relaciones de varios estados europeos con los países árabes, ni aislar completamente al Irán de los ayatollahs, ni evitar que su política antiiraní acabara alentando a Saddam Hussein a que desafiara a Washington. En 1988, un atentado provocó la caída de un avión comercial norteamericano, causando la muerte de sus tripulantes y pasajeros y de pobladores de una aldea escocesa que resultó destruida. Estados Unidos acusó a dos agentes de inteligencia libios y reclamó su entrega para ser juzgados. Libia se negó y mantuvo esa negativa, a pesar de que EE.UU. dispuso un embargo. Después de largos años de negociaciones, Libia entregó a los dos acusados, a cambio de elegir dónde serán juzgados, por qué tribunal y aplicando qué normas de derecho, además de conseguir el levantamiento del embargo…

Por supuesto, la política internacional está muy lejos de caracterizarse por el respeto a la de cada Estado. La esencia del sistema de Estados es que se basa en la fuerza y, en todo caso, nunca existió tal respeto irrestricto a la soberanía, como lo demuestran los numerosos casos de intervenciones armadas y presiones económicas de potencias europeas en países del resto del mundo, para cobrar deudas o favorecer sus intereses comerciales. Esto no significaba entonces, y no significa hoy, la existencia de un gobierno mundial. Recordemos que Norteamérica, con su poderío termonuclear y todo, sufrió la derrota militar en Vietnam (ante la indiferencia de las potencias europeas), no pudo impedir la caída de su protegido el Sha de Irán, ni el derrumbe de su antiguo agente centroamericano, la dictadura nicaragüense. Y antes de todo ello, ni siquiera con la ayuda de Stalin pudo evitar que la revolución campesina y la guerrilla dirigida por Mao triunfaran en China, en 1949.

Aun en el plano estrictamente económico, donde es evidente la primacía de EE.UU., la hegemonía no significa una dominación absoluta. Pruebas a la vista: es cierto que las transnacionales norteamericanas compran empresas europeas o japonesas, pero también es cierto que se da el fenómeno inverso: la alemana Daimler compró Chrysler, la empresa japonesa de tabaco compró RJR, el Deutsche Bank compró el Bankers Trust, etc.

En resumen, aunque en el sistema mundial de Estados que surgió de la Segunda Guerra mundial Estados Unidos tuvo y tiene estatus de potencia dominante, con superioridad militar, económica y política, siempre ha tenido que negociar y recurrir a alianzas para hacer prevalecer sus objetivos, tanto militares como económicos y políticos. Ni siquiera metafóricamente puede tomarse en serio la afirmación de que se hubiera establecido en Washington un gobierno mundial al fin de la guerra en 1945.

Por otra parte, no puede haber gobierno mundial porque las fronteras nacionales responden al carácter competitivo del capitalismo. El capitalismo no puede renunciar, aun queriendo, a ser competitivo. A través de la competencia entre capitales opera la ley del valor y se realiza la plusvalía. La competencia puede ser limitada, pero no eliminada, como lo prueban los fracasos, en el largo plazo, de todos los sistemas proteccionistas y de los monopolios estatales. Los estados y las fronteras nacionales son instrumentos para defender a la respectiva burguesía ante los competidores externos y para respaldarla en la conquista de mercados exteriores. Tampoco puede creerse que en la actual fase de mundialización las fronteras nacionales han desaparecido. Incluso cuando distintos países admiten unirse en agrupamientos regionales, aún si alguno de estos bloques adquiere rasgos cuasi-estatales comunes (como es el caso de la Unión Europea), es evidente que desdibujan las fronteras dentro de la región para hacer más poderosas las fronteras que la resguardan del resto del mundo. Por eso, ni la OTAN, ni la ONU, ni el FMI, ni el Banco Mundial son órganos de un gobierno mundial. Son órganos de algo muy distinto: del sistema mundial de Estados marcado por el predominio americano. La desaparición del bloque soviético hace más espectacular este predominio, pero no cambia la naturaleza de la política internacional.

La mundialización del capital  

Nada de lo dicho busca disimular la existencia de cambios profundos e insuficientemente estudiados en la naturaleza del capitalismo imperialista de nuestros días. Por el contrario, consideramos necesario avanzar en el estudio de las verdaderas transformaciones producidas con la mundialización del capital, transformaciones materiales en el ámbito de la producción y el régimen de acumulación del capitalismo, que efectivamente comenzaron a fines de los años ‘70 y que, a lo largo de dos décadas, han modificado profundamente las formas del capitalismo, desde los niveles más amplios del mercado mundial hasta los microcosmos de las empresas. No son cambios limitados a la economía: durante los últimos veinte años han traído consigo severas consecuencias para los trabajadores: desmantelamiento de gran parte del llamado «Estado de Bienestar», superexplotación por medio de novedosas formas de organización del trabajo y la reintroducción de otras (v.g., la precarización) propias de la Revolución Industrial y las décadas siguientes, el aumento de la desocupación estructural, etc.

Desde fines de los años ‘70 y comienzos de los ‘80, en medio de la crisis que clausuró el auge económico capitalista de la posguerra[24], y a través de una fuerte ofensiva que provocó severas derrotas a los trabajadores y creó una adversa relación de fuerzas, en la economía capitalista se fueron delineando cambios, en parte conscientemente planificados, en parte impuestos por la necesidad de aumentar la cuota media de ganancia, en parte puestos en el orden del día por las modificaciones tecnológicas (particularmente, en la información y las comunicaciones) y en parte alcanzados a través de un trabajoso y, en cierta medida, azaroso proceso de prueba y error. El sentido global de esos cambios fue el de aumentar la explotación del trabajo, tanto por medio de condiciones laborales terribles (plusvalía absoluta), como por medio de técnicas destinadas a ahorrar tiempo de trabajo (plusvalía relativa). Junto con esto, se tendió a (y se logró) pagar la fuerza de trabajo por debajo de su valor, recurriendo a disminuciones del salario real lisas y llanas, a la mano de obra inmigrante y a la incorporación de nuevas masas de trabajadores en los llamados “nuevos países industriales” o, más popularmente, “tigres asiáticos”, con bajos salarios. El ahorro de tiempo de trabajo redundó en un enorme crecimiento de la desocupación, que se convirtió en un factor poderoso de presión a la baja de los niveles salariales.

La fase del capitalismo llamada mundialización se caracteriza por el predominio de la Inversión Directa Externa, especialmente concentrada en los países avanzados, que lleva a la conformación de empresas transnacionales en las que se integran vertical y horizontalmente las antiguas bases nacionales de producción de bienes y servicios. El comercio internacional se compone crecientemente de intercambios intrasectoriales, en los cuales tienden a predominar los intercambios intrafirmas de esas grandes empresas. La dominación productiva y comercial de estas empresas les permite aprovechar simultáneamente la liberalización del comercio, los movimientos de capitales, la tecnología de punta y los nuevos procedimientos de administrar la producción y explotar el trabajo. La competencia entre ellas conduce, por una parte, a la conformación de bloques regionales comerciales (Unión Europea, NAFTA, la hoy decaída Area del Pacífico y el pariente pobre, el Mercosur) y a la interpenetración de los capitales de distinta nacionalidad. Junto con estos fenómenos, se ha producido un crecimiento desmesurado de la masa de capital-dinero que aprovecha la computación aplicada a las comunicaciones para intervenir con gran velocidad en los mercados de divisas, de bonos y de acciones. Este capital produce una tendencia a la baja de la cuota media de ganancia, pues no produce plusvalía pero participa en el reparto de la plusvalía producida. Por otra parte, el no tener activos fijos le permite moverse con una velocidad que lo convierte en un factor de propagación y profundización de las crisis, como se ha visto claramente desde sus comienzos en el Asia sudoriental en la segunda mitad de 1997.

Como esta fase del capitalismo se encuentra en curso, no es sorprendente que dé lugar a debates sobre sus posibilidades de desarrollo, así como a la primacía que puedan tener en su seno el capital productivo o el financiero. Distintos autores, marxistas o no, dan diferentes respuestas a esos y otros problemas, que no es el caso tratar aquí, aunque sí conviene dar una somera idea de las discusiones en curso. Los apologistas del pensamiento neoliberal sostienen que el capitalismo posee ante sí un futuro ilimitado y que posee en su seno los mecanismos que, automáticamente resolverán los graves problemas sociales. Posiblemente, nos pondremos de acuerdo con facilidad en rechazar esta concepción, pero eso no nos exime de rebatir con sólidos fundamentos sus argumentaciones, por ejemplo, la que señala que los dos países que fueron más lejos en esta nueva fase capitalista (Estados Unidos y Gran Bretaña) han logrado índices de desocupación ampliamente inferiores a los de otros de similar nivel de desarrollo[25]. Los partidarios de la “tercera vía”, los curas de las más diversas religiones e incluso los funcionarios del FMI y el Banco Mundial enronquecen señalando el peligro de estallidos sociales y la necesidad de prevenirlo con medidas que atenúen los peores efectos de la desocupación y la miseria. Entre los marxistas se debate, entre otras muchas cuestiones, si la actual fase capitalista es un tobogán hacia el derrumbe o si puede abrir un nuevo ciclo ascendente, así como si el papel dominante ha pasado a manos de las finanzas o si sigue siendo la producción el centro de la economía.

Es de señalar que estos debates no son discusiones ociosas entre incurables “estructuralistas” y economicistas. Tampoco se trata de temas sin importancia. No se parecen en nada a las polémicas bizantinas sobre el sexo de los ángeles. Por la magnitud de los cambios y las consecuencias que producen en la vida y el trabajo de miles de millones de trabajadores, son cuestiones de alcance decisivo para la lucha de clases. Por otra parte, si la aplicación de las tecnologías de punta y nuevas formas de organización del trabajo son bajo el capitalismo la causa de una elevada desocupación estructural, el ahorro de tiempo de trabajo que implican pone las bases materiales indispensables para el socialismo, lo cual es otra razón para no despreciarlas. Tanto un aspecto, las condiciones actuales de los trabajadores, como el otro, los cimientos materiales de una futura sociedad libre e igualitaria, hacen imperioso prestar atención a estos cambios, para extraer las consecuencias que inevitablemente tienen sobre el programa del socialismo revolucionario.

Capital, Estado y sociedad civil 

La cuestión de las relaciones entre el capitalismo, el Estado y la llamada (con muy distintos alcances y acentos, hay que decirlo) «sociedad civil» es fuente de múltiples confusiones. Existen quienes afirman que de la vieja alianza entre capital y Estado se habría pasado a una fase de «simbiosis inextricable» entre ambos, transformación que al mismo tiempo generaría una oposición radical con la sociedad civil. Pero existen también quienes lamentan la pérdida de las funciones reguladoras del Estado y postulan multiplicar las organizaciones de la sociedad civil para hacer frente a la situación, y reclamar desde allí que el Estado concurra a morigerar los efectos de la «revolución conservadora». En cierto sentido, lo que hemos dicho más arriba sobre el problema del “gobierno mundial” se aplica en este caso. Nunca puede haber una “simbiosis completa, inextricable” entre el capital y el Estado a su servicio. Precisamente, si hay algo que distingue al capitalismo de todas las formas anteriores de sociedad de clases es la separación entre las funciones del explotador que cobra su libra de carne y las de los agentes civiles y militares que aseguran la dominación política de los explotadores. Se podrían multiplicar ejemplos, pero uno bastará: en el apogeo feudal, las figuras del señor en tanto que explotador del trabajo campesino y del señor en tanto que detentador del poder están efectivamente unidas de forma “inextricable”. En el capitalismo, en cambio, hay una separación categórica entre esos dos aspectos. El capitalista dirige su empresa (o, en el caso del rentista, cobra sus dividendos o intereses) y una compleja estructura de burócratas, reclutados entre las capas medias (y, sobre todo en los comienzos del capitalismo europeo, de la vieja aristocracia, especialmente apta para las carreras militar y diplomática), se ocupa de dirigir el Estado. Ciertamente, en países con una estructura capitalista débil se da el caso de que un gobernante o una fracción de la alta burocracia estatal llegue a convertirse en gran burguesía (para nombrar sólo a dos, los Somoza en Nicaragua y Suharto en Indonesia). Pero la tendencia general termina imponiéndose y, tarde o temprano, separa nuevamente ambas funciones.

Esta diferenciación responde a un interés práctico para la burguesía. En primer lugar, está el hecho de que, en general, es más lucrativo para el gran capitalista ocuparse de sus negocios lícitos o ilícitos y dejar los asuntos estatales en manos de especialistas a sueldo. Pero, sobre todo, la competencia entre los capitales hace necesario un Estado que no sólo es un instrumento de dominación sobre los explotados y de lucha con los capitalistas de otros países, sino también un instrumento imprescindible de regulación y arbitraje que permite que las fuerzas expansivas desatadas por el capitalismo se canalicen, dentro de cada país, de manera más o menos pacífica y según reglas más o menos aceptadas por todos. La competencia, como bien se sabe, es salvaje, y por eso mismo necesita algún tipo de mecanismo que impida que despliegue todo su carácter destructivo.

Los capitalistas exitosos afirman que la competencia es el maravilloso motor que genera el avance, el desarrollo y la producción. Los capitalistas quebrados afirman que es una maldita fuerza destructora. Ambas cosas son parcialmente ciertas; son los dos polos de la contradicción interna del capitalismo. Pero lo cierto es que ésta es la naturaleza misma del capital, su impulso vital y a la vez el germen de su destrucción. Podríamos trazar un paralelo con la otra gran contradicción, capital-trabajo, ya que el capital extrae del trabajo su fuerza y su alimento, pero a la vez tiene en el trabajo un enemigo mortal, también un germen de destrucción. El Estado es indispensable para el capitalismo e inseparable de él. Pero no hay ni puede haber una fusión. Hay personas y funciones concretas que se mantienen separadas, en una dialéctica permanente de unidad y conflicto, ad maiorem gloriam de la acumulación capitalista.

Así como la identificación entre capital y Estado es falsa, es igualmente falsa la idea de una virulenta oposición entre el Estado y la “sociedad civil”. En otros textos hemos tratado esto con más detenimiento, pero queremos recordar que fue en los comienzos del capitalismo cuando se acuñara la expresión “sociedad civil”. Marx dijo al respecto: “Hegel parte de la separación de la “sociedad civil y del Estado político como de dos oposiciones estables, de dos esferas realmente diferentes. Esta separación existe, es cierto, realmente en el Estado moderno.[26] La sociedad civil es la estructura misma de la sociedad capitalista, todo lo que no forma parte del Estado. En ninguna otra forma social anterior hubiera hecho falta recurrir a esa distinción. Esta expresión apunta precisamente a indicar que el capital y el Estado son dos cosas distintas, aun si el segundo está al servicio de la dominación del primero.

Polarización sí, ¿pero cuál? 

            Disipada en parte la aureola de invencible e indiscutible de la ola neoliberal que aún recorre el mundo, ha comenzado una necesaria reflexión sobre los alcances de sus consecuencias sociales. Es inocultable, y son muchas las voces que lo proclaman y denuncian, que hay una extrema polarización. El más modesto de la lista de 500 multimillonarios del mundo que elabora la revista Forbes tiene una fortuna que supera al PBI de muchos países. Las sumas que ganan o pierden los especuladores internacionales con una operación exitosa o fracasada podrían financiar el presupuesto de varios países africanos. Mientras un puñado de millonarios se permite el lujo de comprar islas en el Egeo o el Caribe, el ingreso per cápita de los somalíes no alcanza a un dólar diario. La concentración de riqueza en un polo de la sociedad y de miseria en el otro ya alcanza un nivel obsceno.

Pero esta constatación es muchas veces utilizada para reemplazar el análisis del funcionamiento del sistema y sus consecuencias con un criterio marxista de clases. Las clases se definen por las relaciones sociales que establecen los hombres en el proceso de producción y de apropiación de lo producido. Hay quienes trabajan para vivir (mal) y quienes viven (bien) del trabajo ajeno. A partir de esto, se pueden señalar matices, franjas más o menos fronterizas, etc. Pero hay un criterio material: la ubicación económica y social.

Limitarse a constatar la polarización no basta. Es preciso poner de manifiesto que en un polo están los propietarios de los medios de producción, de distribución y de cambio y que, en el otro polo, están las masas trabajadoras explotadas por esos propietarios. Sin estas connotaciones económico-sociales, hablar de la polarización puede llevar a confundir en lugar de resaltar los antagonismos de clase, y a disimular el hecho capital de que el manejo de riquezas cada vez mayores por un grupo de hombres cada vez más reducido no nace de las habilidades para los negocios de unos pocos inescrupulosos magnates, sino de la extracción de plusvalía que pauperiza hasta extremos jamás vistos a la mayoría de la humanidad.

V. Desarrollar la teoría de la revolución

El propósito de este punto será presentar algunas opiniones acerca de la teoría de la revolución: el tema es muy vasto y con tantas implicaciones históricas, teóricas y políticas que es imposible abordarlo de manera exhaustiva, y nuestra elaboración conserva lagunas importantes. Comenzamos con algunos lineamientos referidos al carácter y a la dinámica de la revolución socialista, en el que se incluyen elementos de balance sobre la teoría de la revolución permanente. Luego realizamos una indagación de la concepción de la revolución como “proceso histórico”, deteniéndonos en lo referente a la cuestión de la insurrección y de la lucha por el poder.

El carácter y la dinámica de la revolución socialista mundial

Aunque los fundadores del marxismo concibieron la revolución socialista como un proceso internacional, la Segunda Internacional desarrolló una práctica y teoría de cambios evolutivos y a escala nacional, hasta que la guerra y la revolución rusa trajeron nuevamente a un primer plano las cuestiones atinentes a la revolución mundial. Posteriormente, y en particular después de la Segunda Guerra, estalinistas y socialdemócratas se ocuparon de enterrar nuevamente las perspectivas internacionalistas, desarmando al movimiento obrero mundial y dejando el camino expedito a la “mundialización del capital”. En la actualidad se replantea, bajo nuevas condiciones, el carácter planetario de la revolución, pues es en este terreno en el que cada vez más se desenvuelven las confrontaciones sociales. Se multiplican los indicios de que el destino de los trabajadores o sectores oprimidos de cualquier nación depende de la capacidad para converger en una acción internacional contra el poder económico, político y militar del sistema capitalista mundial. Es que hoy, como nunca antes en la historia, el mundo conforma una unidad económica-social inextricable. Esto no implica una unidad homogénea del sistema: existen contradicciones entre la economía mundial y las economías nacionales o los bloques regionales, brutales asimetrías e incluso marginación de vastas regiones del globo: el capitalismo mundializado es también caos planetario. Más allá de los crujidos y desajustes del sistema mundial de Estados y sus macro-instrumentos (ONU, OTAN, FMI, etc.) crecen la explotación, la opresión y las acciones para mantener la subordinación de todos los pueblos del orbe. No hay márgenes para proponer revoluciones o socialismos “nacionales” y, por ello, incluso si la formulación que diera León Trotsky debiera ser modificada a la luz de casi un siglo de experiencias revolucionarias de todo tipo, cabe insistir en el enfoque que adelantamos en la Presentación: revolución permanente, revolución internacional, revolución total.

Dada la subsunción de todas las relaciones sociales de producción y aun de las más dispares formaciones económico-sociales a las imposiciones del capitalismo mundial, cualquiera de las grandes tareas que se le presentan a las masas en cualquier lugar del mundo (sean antiimperialistas, democráticas, agrarias, ecologistas, feministas, etc.), para tener perspectivas de ser resueltas de manera no parcial o efímeramente, deben encadenarse en una estrategia de transición al socialismo. Cualquiera de estas luchas desprendida de un curso apuntado contra la dominación del capital se condena a la esterilidad. El universo del capital globalizado sobredetermina cada una de estas reivindicaciones y las coloca en su radical oposición, si de verdad éstas asumen un desenvolvimiento radical. Ninguna de estas tareas puede resolverse de manera independiente, separada o en formas alternativas o sucesivas, pues constituyen un todo complejo de desafíos, que se halla internamente imbricado y externamente unificado en su oposición a la barbarie capitalista. ¿Cómo separar en problemáticas o temporalidades diferentes la lucha por mejores condiciones materiales de vida de los trabajadores, de la que busca garantizar el derecho al aborto, de la que procura acabar con la destrucción del medio ambiente provocada por las grandes empresas, de la que pugna por encontrar nuevas y menos alienantes formas de socialización juvenil, de la que quiere acabar con las discriminaciones y opresiones nacionales, sexistas, raciales o culturales? ¿Cómo escindir cada una de estas peleas del enfrentamiento al sistema y al Estado capitalistas que engendran aquellos y otros tantos motivos de lucha? Es que no hay antagonismo alguno en la actualidad que no se encuentre conjugado al que emana de la existencia del capitalismo globalizado. Es por eso imposible pretender postergar las transformaciones socialistas en aras del cumplimiento de objetivos previos. Cualquier “éxito” episódico se torna pronto inservible, colapsa, se desnaturaliza. Es que el capitalismo ha aprendido en estos siglos a recuperar las cuotas de beneficios, autonomía e iniciativa que le logró arrancar la protesta y acción de los trabajadores, para metabolizarlas como nuevas formas de explotación, alienación y dominio.

Y, por otro lado, la resolución de cualquiera de estas tareas exige la movilización y autoorganización de los implicados, cuya acción directa debe apuntar a la liquidación de la propiedad privada y los Estados que la custodian, sentando las premisas para una transición que logre, efectivamente, ir más allá del orden del capital. La experiencia histórica ha demostrado que cuando se liberan las potencialidades revolucionarias de las masas y éstas encuentran los medios para autodeterminarse en los procesos de lucha, se ponen de manifiesto las tendencias profundas y los inagotables recursos humanos capaces de sostener el carácter permanentista de la revolución socialista. En definitiva, todo esto nos lleva a vislumbrar los enormes horizontes que descubre la revolución socialista. Verdadera epopeya consciente de la humanidad, la revolución por la que los marxistas luchamos es profundamente abarcativa y reacia a los límites. La revolución socialista no se define por una mera alteración económica de los factores de producción o un cambio de las formas de propiedad (de privadas a estatales). No debe limitase a tareas pura y exclusivamente políticas, como derrocar un gobierno o remover un régimen político por otro que actúe en nombre de la clase trabajadora. No se conforma con un decreto de liquidación de ciertos grupos sociales parasitarios y explotadores para atenuar las desigualdades. No debe contemporizar con las otras formas de dominación no comprendidas exclusivamente en términos económicos (sobre los jóvenes, los ancianos, las minorías sexuales, los grupos que defienden su identidad étnica o nacional y, por sobre todo, las mujeres), rechazando ese insidioso y disfrazado etapismo que posterga para un futuro indeterminable la resolución de estas miserias insoportables en el presente. Como dijimos, la revolución socialista debe desarrollarse como una revolución total, radical. Por eso, y en la actualidad más que nunca, es imperioso identificar e identificarse con los nuevos actores sociales resistentes al sistema para enlazarlos al destino de la clase trabajadora. Lo que implica un combate no sólo político, económico y social, sino también cultural y moral. La revolución sólo podrá desenvolverse a condición de que apunte contra las múltiples formas de explotación, dominación, opresión y alienación presentes en la sociedad contemporánea, y se oriente contra la usina de cada una de ellas: el capitalismo globalizado.

Finalmente, pero no por ello menos importante, cabe subrayar la necesidad de concebir a la revolución y el socialismo como hechos conscientes, construidos por una subjetividad revolucionaria que en ese proceso también se revolucionará. Las revoluciones, y en particular la revolución socialista, no deben ser concebidas como una resultante más o menos natural de fuerzas económicas y sociales que, por el hecho de existir impulsarán la historia en tal o cual sentido. Siempre hay una combinación de determinaciones estructurales, de oportunidades coyunturales y de decisiones de los sujetos políticos y sociales que actúan, haciendo o dejando de hacer determinadas cosas. El curso de la revolución está dado por esos tres elementos. Nuestro siglo ha visto muchos tipos de revoluciones, y esta misma diversidad demuestra que el curso y carácter efectivamente socialista de la revolución no depende solamente de las condiciones socio-económicas de un país, ni del peso absoluto y relativo de las clases sociales, ni siquiera de quién la dirige, sino que es un proceso en el que se combinan todos esos elementos. Debemos concebir a la revolución -ya Marx lo había dicho así- como el cambio de las “circunstancias” (vale decir, de las condiciones materiales en las que viven los hombres y los empujan a la revolución) junto con el cambio de los protagonistas en el curso del mismo proceso. Para hacer la revolución, la clase obrera, los explotados en general y también los partidos revolucionarios, deben ser capaces de revolucionarse en el curso mismo de la revolución. Todas estas son enseñanzas que deberán ir reemplazando las concepciones objetivistas fuertemente anudades en la tradición trotskista, y muy concretamente en nuestra corriente. El derrumbe de los estados burocráticos y la bancarrota de las revoluciones de posguerra demostraron el carácter pírrico del “triunfo” y las conquistas alcanzadas por estas transformaciones que no tuvieron (o detuvieron) un curso permanentista de transición al socialismo. Revoluciones que no se transformaron en socialistas se estancaron, se pudrieron y parieron, finalmente, abortos históricos condenados a la ignominia.

Todo esto conduce a destacar otros dos elementos. Por un lado, la importancia que asume el desarrollo de la conciencia socialista, antes, durante y después del momento de la lucha por el poder. Conciencia socialista que no podrá estar enteramente contenida o “monitoreada” por el partido, sino que deberá estar ampliamente extendida (e incluso permanentemente recreada) en el movimiento de masas. Por el otro, como ya hemos adelantado, la necesidad de reconocer la existencia de múltiples sujetos sociales y políticos con capacidad de actuar e incidir en los procesos revolucionarios. Todo lo cual nos conduce a una superación de otros límites presentes en la tradición del movimiento trotskista con los que debemos romper, como el obrerismo, el sindicalismo o el reduccionismo economicista. Claro está, todo esto debe ser procesado teórica y prácticamente, sin derivar en un subjetivismo estéril o en un relativismo indeterminista que imagina sujetos sociales difusos, amorfos e inofensivos, desprovistos de vitalidad y radicalidad para enfrentar al orden capitalista.

La revolución como proceso histórico

La revolución socialista es un proceso histórico, es decir, no se agota ni en uno de sus momentos ni en una de sus etapas en determinado país. Pero es preciso que examinemos algunas de las implicancias que tiene esta definición, tanto desde el punto de vista de la ciencia histórica en general como del marxismo en particular. Todo trabajo histórico descompone el tiempo pasado y escoge entre sus realidades cronológicas. El tiempo histórico no puede ser comprendido ni medido de una sola manera. Los historiadores lo han venido examinando esencialmente en tres grandes niveles.[27] Algunos se han interesado especialmente en el “tiempo largo”, poniendo el acento en todo aquello que es casi inmóvil o se altera muy gradualmente. Como creía Fernand Braudel: la historia como estructura; la estructura como conjunto o ensamblaje de muy larga vida, que puede durar a través de muchas generaciones. En este tiempo de “larga duración”, se exalta lo que se conserva, lo que resiste a las sacudidas conflictivas a través del zigzagueante sendero de las coyunturas.[28] Otros historiadores, están más atentos al cambio, a la transformación de esas estructuras. Entonces, nos hablan de “tiempos medios” y “tiempos cortos”. Estos pueden ser ciclos (en donde se entrecruzan lo estructural y lo dinámico) y coyunturas, y dentro de ellas tiempos aún más “breves”.

La coyuntura no puede ser menospreciada por su aparente inmediatez y fugacidad. Tiene tanta profundidad y complejidad como el proceso histórico de larga duración, ya que, como sostiene Pierre Vilar, “es el conjunto de las condiciones articuladas entre sí que caracterizan un momento en el movimiento global de la materia histórica. En este sentido, se trata de todas las condiciones, tanto de las psicológicas, políticas y sociales como de las económicas o meteorológicas. En el seno de lo que hemos llamado la ‘estructura’ de una sociedad, cuyas relaciones fundamentales y cuyo principio de funcionamiento son relativamente estables, se dan en contrapartida unos movimientos incesantes que son resultado de este mismo funcionamiento y que modifican en todo momento el carácter de estas relaciones, la intensidad de los conflictos, las relaciones de fuerza”. En definitiva, “examinar la coyuntura equivale a definir el momento.”[29] Las coyunturas, o incluso los acontecimientos (tiempo más breve aún), nos revelan las contradicciones de la estructura, poniendo la fecha de la conmoción o choque histórico, pero no la causa. La estructura histórica es un entramado de relaciones entre los hechos; un conjunto de relaciones en mutua interconexión y en perpetuo movimiento. Esa historia estructural de períodos largos y medios está jalonada de situaciones coyunturales que no hacen sino expresar a su más alto nivel la problemática latente en la estructura. Todo conflicto, crisis o revolución social, que parecen netamente coyunturales, no se pueden estudiar sin conocer la estructura y los tiempos largos en los cuales se insertan. Pero la naturaleza contradictoria y conflictual de estos tiempos de larga duración se pone de manifiesto abiertamente a nivel de la coyuntura, que representa el momento en que los elementos que forman el conjunto estructural entran en conflicto abierto, al agudizarse sus contradicciones.

Claro que no todas las coyunturas tienen trascendencia histórica. Consideremos un ejemplo de coyuntura especialmente relevante para el tema que aquí tratamos: las crisis sociales y políticas. Están las superficiales y que discurren como meras peripecias, porque la contradicción que portan no tiene carácter antagónico. Son conflictividades internas en el seno del bloque de las clases dominantes. Y están las crisis que se transforman en verdaderas coyunturas históricas, cuando el conflicto alcanza un nivel en el que se hace posible el cambio estructural. Sin ese conflicto manifiesto, sin las grandes rupturas y quiebres históricos, no hay auténtica historia ni comprensión de los tiempos largos. Todo esto debe ser comprendido tanto por el historiador como por el militante revolucionario. Es posible trazar un paralelismo entre ambos. Los dos estudian y actúan sobre procesos y estructuras, pero ninguno puede olvidar las coyunturas, los episodios, los “momentos”. El historiador, por oficio, está condicionado por una exigencia cronológica a fechar con precisión y a destacar esos instantes. El revolucionario debe interpretar e intervenir sobre ellos, sin perder de vista el contexto temporal, estructural y pluricausal que los comprende.

La revolución por la que los marxistas revolucionarios luchamos, como vimos, es inmensa, en términos diacrónicos y sincrónicos, pues se presenta como una auténtica era de transformación social, que debe conducir a la completa emancipación del género humano. Por su complejidad, por su totalidad y por su radicalidad, la revolución socialista mundial es un proceso de gran escala y de larga duración. Pero no es completamente uniforme ni unilineal. Sus tiempos y ritmos internos no pueden medirse sólo con una regla gradualista. Como en todos los grandes procesos históricos de transformación social, la revolución socialista tiene etapas, períodos, situaciones, coyunturas, ciclos de ruptura, episodios, y aun momentos, que es decisivo reconocer para encontrar en cada uno de ellos la perspectiva revolucionaria. Es imperdonable confundir el proceso en su globalidad y unicidad, con los distintos tiempos históricos “medios” y “cortos” que lo conforman y redefinen.

Un momento clave en el tiempo histórico de la revolución: la insurrección y la lucha por el poder

Ya hablamos de revolución como proceso histórico, y señalamos que, ciertamente, la revolución socialista mundial es un proceso histórico de larga duración, que engloba a una totalidad de esferas (políticas, sociales, económicas, culturales, ideológicas, morales). Por ello, ni se agota, ni se limita, ni se define en tal o cual momento de ese extenso tránsito temporal. Pero ninguna de estas consideraciones podría justificar el ignorar la complejidad, diversidad y especificidad de “tiempos históricos” que supone, y mucho menos abandonar la precisión de los momentos de ruptura que posibilitan los grandes cambios históricos; cuando los elementos que forman el conjunto estructural entran en conflicto abierto, al agudizarse sus contradicciones.

Para la revolución socialista, esos episodios descollantes, emergentes, de naturaleza claramente conflictiva, son las crisis orgánicas o revolucionarias, en las cuales las clases o bloques sociales dominantes pierden, primero, su hegemonía ideológica y, luego, las bases sociales en que se apoyaban (es decir, su representatividad y autoridad). Allí el poder de las clases dominantes entra en un impasse, en un desasosiego, en un colapso (generalmente causal, y no casual). Dichas crisis no pueden ser excesivamente duraderas y se cierran con grandes acontecimientos históricos, que esencialmente son dos: o las masas trabajadoras insurreccionadas desbaratan y arrancan ese poder a las clases dominantes; o estas últimas se recomponen, aplastan la insubordinación y recomponen los tejidos de represión y dominio. Insurrección y represión contrarrevolucionaria: he allí los dos momentos políticos claves a los que toda revolución auténtica se topará en los momentos iniciales de su recorrido, que abrirán (o cerrarán, en caso de triunfar la segunda) un largo desarrollo de transformaciones.

Aclaremos aquí una cuestión de enorme importancia. Para el triunfo de la revolución socialista, las salidas y las soluciones no son únicamente políticas, pues la revolución es un todo complejo en donde lo político se enhebra profundamente con (e incluso en) lo social. De hecho, es lo social, la participación de las más amplias masas explotadas, lo que debería adquirir mayor peso y relevancia en todo el proceso revolucionario y transicional. No hay duda de que la gran enseñanza de las revoluciones de este siglo es que cuando retrocede la incidencia de lo social, cuando la acción libre y conciente de las masas es entumecida y paralizada por las telarañas de los dispositivos institucionalistas o estatalistas, las revoluciones pierden toda su vitalidad histórica. Pero no se puede admitir tampoco el error opuesto, el de creer que sin la resolución del problema “político” es posible la transición al socialismo. En el “tiempo corto” de una crisis revolucionaria se requiere de una respuesta social y política precisa, la insurrección. La insurrección es la movilización y autoorganización de las masas que derrocan el poder de los explotadores. Es un hecho tanto social como político. Allí no se condensan todos los problemas de la revolución y de la transición al socialismo, ni muchos menos acaban; ni siquiera comienzan, pues el desarrollo de la conciencia socialista de las masas debe ser muy anterior a este episodio, para que éste ocurra y se convierta en una palanca de progreso histórico. Pero sin este punto de ruptura que representa la insurrección, no hay revolución ni transición socialista posible.

En una genuina transición al socialismo se deberá tender a una consciente y enérgica acción de progresiva disolución del Estado, la política y todas las instituciones y prácticas de dominación social. Pero la prédica antipoliticista por sí misma resulta impotente para promover y entender algunos pasos decisivos en esta transición. Porque es preciso atender las exigencias de los “tiempos cortos”, particularmente la que hace a la necesidad de una política socialista y revolucionaria por parte de la clase obrera en lucha contra el Estado burgués. La política de la burguesía debe ser enfrentada concreta y materialmente por una política obrera revolucionaria; el Estado de la burguesía debe ser destruido y reemplazado por el “semi-estado” (como dijera Lenin) de los obreros armados. No se reemplaza la lucha contra el poder burgués y por el poder de los trabajadores con formulaciones abstractas, de raigambre anarquista, que parecen suponer la posibilidad de la extinción, en un acto y por decreto, del Estado, de la política y de toda institución. No es posible concebir una verdadera transición al comunismo sin una creciente socialización y apropiación directa de la producción y de todas las formas de decisión social por parte de trabajadores y consumidores. Allí está la experiencia de la evolución de la URSS para demostrarnos lo que ocurre eliminando esta norma. Pero también es cierto que esta transición nunca comenzará realmente ni se posibilitará históricamente (ver las lecciones de la Revolución Española) sin el derrocamiento del poder burgués mediante una insurrección victoriosa y su reemplazo por un semi-estado de las masas trabajadoras, constituido por la más amplia democracia, la libre iniciativa y el autogobierno de productores y consumidores.

Ya hicimos nuestra crítica (y autocrítica) de los errores derivados de considerar a la revolución rusa y al poder bolchevique como “modelos” a salvo de críticas. Pero esto debe ser extendido a otras experiencias, como por ejemplo la de la revolución española. Ninguna reivindicación u homenaje que hagamos a la revolución española es excesivo, pues se trató de una gesta de lucha epopéyica. Y no sólo cabe la admiración por el heroísmo y entrega que millones de explotados mostraron en España entre 1936-1939; también merecen una profunda reflexión las experiencias de socialización o “colectivización” que allí se pusieron en práctica. Pero, desde el marxismo revolucionario, sería imperdonable no destacar también otra de las grandes enseñanzas que nos dejó aquella experiencia ibérica: la dirección anarquista que orientaba mayoritariamente a las masas catalanas (y que gozaba de un enorme prestigio en toda la península) hizo que éstas no se orientaron hacia la destrucción del estado burgués y no alcanzaran a tener una política clara y firme frente al régimen republicano (que rápidamente adoptó un curso contrarrevolucionario). Esta negativa a arrancar el poder político a la burguesía finalmente coartó de raíz sus avanzadas experiencias de colectivización. Señalamos esto porque los diversos intentos que se han hecho para oponer el colectivismo de la revolución española al estatismo ruso dejan de lado el “detalle” de que la revolución en España detuvo su marcha, relativamente, mucho antes que en Rusia. Carece de toda seriedad olvidar este punto y sostener que se trató de una revolución “superior” e “insuperable”, y peor aún es ocultar este malabarismo argumental con todo tipo de sorprendentes exageraciones y distorsiones referidas a la revolución española. Cada vez que reaparece este tipo de argumentos, cabe volver a las conclusiones que sacaba Karl Korsch. Este apasionado defensor de la colectivización y los trabajadores de la CNT escribió en 1938:“Quien quiera calibrar con realismo el trabajo positivo llevado a cabo por el proletariado revolucionario en Cataluña y en otras regiones de España deberá abstenerse de enjuiciar sus logros  tanto a la luz de unos ideales puramente abstractos como a la de los resultados alcanzados por otros movimientos revolucionarios en circunstancias radicalmente distintas. No cabe la menor duda de que, en sus frutos tangibles, ni siquiera en las industrias catalanas, donde podemos estudiarla en forma más evolucionada, puede decirse que la colectivización se haya aproximado a la imagen ideal que de la misma nos ofrece la teoría socialista y comunista. Y esta distancia aumenta si comparamos dicha realidad con los elevados sueños de varias generaciones de obreros revolucionarios sindicalistas y anarquistas desde los días de Bakunin”. Y más significativa es su caracterización de que “…las acciones revolucionarias de los obreros catalanes fueron efectivamente frenadas por su tradicional abstinencia política. Ni siquiera las más radicales medidas económicas dictadas por ellos en el momento en que parecían ser los dueños absolutos de la situación –y en el que como tales se tenían– dieron lugar a resultados similares a los que hicieron que las medidas económicas y políticas de la dictadura bolchevique llenaran de furia y espanto a sus enemigos del interior y de todo el mundo burgués. En las crónicas burguesas sobre la España revolucionaria apenas encontramos el desasosiego con el que los observadores extranjeros daban cuenta del presunto «horror» de la revolución bolchevique en la época del cordon sanitaire”. Y, después de ilustrar con varios ejemplos, concluye este autor: “El hecho de que la CNT y la FAI se hayan visto por fin obligadas, en virtud de tales experiencias harto amargas, a deponer su tradicional estrategia de abstencionismo polític,o ha hecho ver a todos los revolucionarios –con la excepción de algunos grupos anarquistas desesperadamente sectarios–la íntima relación existente entre la acción económica y la acción política en todas las fases de la lucha de clases del proletariado, y muy especialmente en la fase revolucionaria. Esta es la enseñanza más importante de la revolución española -episodio final de la ola revolucionaria desencadenada a raíz de la primera guerra mundial-”[30]. En síntesis, la revolución española enajenó su destino cuando no encaró la resolución de un problema clave: la destrucción del Estado burgués. En este sentido, sí fue “superada” y fue “inferior” a la rusa de 1917. Aquel episodio decisivo, aquel “tiempo corto” de la insurrección y la toma del poder por parte del proletariado y las masas explotadas, nunca se produjo y cedió su lugar a la contrarrevolución falangista.

La violencia en el proceso revolucionario

El problema de la violencia nos remite de lleno a la relación entre medios y fines. Por supuesto, el ejercicio de la violencia debe entenderse, desde una perspectiva socialista revolucionaria, sólo como un medio para la transformación socialista de la sociedad y la emancipación toda del género humano, nunca como un fin; tampoco debe confundirse la necesidad de ésta con una virtud. El marxismo revolucionario siempre sostuvo que la violencia era una necesidad que surgía del mismo movimiento revolucionario: no habría transición posible sin vencer la oposición, la feroz resistencia que opondría la clase dominante y sus instrumentos institucionalizados de fuerza. Abreva en toda una tradición que recogió la experiencia histórica de las revoluciones y luchas revolucionarias, desde la francesa de 1789 en adelante. Hasta mediados del siglo XIX, estaba establecido como sentido común que la violencia revolucionaria era el único medio de lograr la emancipación del trabajo. Marx sólo alguna vez entrevió la posibilidad de un tránsito pacífico, allí donde la burocracia y el ejército no dominaran el Estado, donde la clase obrera fuera absoluta mayoría y estuviera muy organizada (con alto nivel político y cultural), y existiera una tradición de la clase dominante por buscar vías de compromiso. Frecuentemente pensaba en Inglaterra. Pero no dejaba de señalar: “en la mayor parte de los países continentales habra que forzar la palanca de la revolución”.[31]

Son numerosas las ocasiones en las que Marx y Engels, de manera explícita, destacaron el carácter necesariamente violento que adquiriría el desarrollo de la revolución obrera y socialista, y los recaudos que en ese sentido debería tomar el proletariado. Veamos ésta: “La revolución es un acto a través del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte mediante fusiles, bayonetas y cañones, es decir, con los medios más autoritarios que se pueden imaginar.”[32] O esta otra: “La violencia es la partera de toda vieja sociedad que anda preñada de una nueva”. O ésta: “La violencia es el instrumento con el cual el movimiento social se impone y rompe formas políticas enrigidecidas y muertas[33] . O ésta: “… el partido vencedor está obligado necesariamente a mantener su dominio por el miedo que sus armas inspiren a los reaccionarios[34] . O ésta: “… el proletariado, destruyendo por la fuerza a la burguesía, coloca los cimientos de su dominación.”[35]

Fue la socialdemocracia hacia fines del siglo XIX la que, a medida que adoptaba un curso reformista, comenzó a insistir con los planteos pacifistas. Los bolcheviques rusos, en su larga experiencia de lucha contra el Estado autocrático zarista y la Internacional Comunista luego, condenaron estas posiciones y concluyeron, como antes lo habían hecho Marx y Engels, que el Estado capitalista se vería compelido a impedir las libertades democráticas y a apelar a la violencia cuando se viera amenazada seriamente la propiedad de los medios de producción. Es verdad que los socialistas revolucionarios no podemos predicar ni reivindicar históricamente el uso de un terror sistemático descontrolado, las prácticas de la violencia elitista de grupos aislados, el empleo de la tortura, el principio de la venganza ciega. Como diría el viejo Marx, “Nada de lo humano nos es ajeno”. Por eso, intentaremos que la violencia quede reducida al mínimo y sea manejada con extrema discreción. Pero eso no nos impide entender que la violencia estará necesariamente presente en el proceso revolucionario. Este mismo enfoque es el que sostenía Rosa Luxemburgo: “En las sangrientas revoluciones burguesas, el terror y el asesinato político fueron las armas indispensables para la insurrección de las clases. La revolución proletaria no necesita del terror para realizar sus objetivos, ve con aversión y con repugnancia la carnicería de los hombres (…) Pero la revolución proletaria es, al mismo tiempo, la muerte segura de toda servidumbre y opresión (…) Todas las clases dominantes han defendido siempre sus privilegios hasta el final, con la más rabiosa energía (…) La clase de los capitalistas imperialista (…) supera en bestialidad, en cinismo descarado, en ignominia, a todas sus predecesoras (…) Removerá el cielo y el infierno contra la revolución proletaria (…) Todas estas resistencias deberán ser destruidas pasos a paso, con un puño de hierro, con una energía tenaz. Se necesita oponer a la violencia de la contrarevolución la violencia revolucionaria de todo el proletariado.”[36]

Es correcto criticar la práctica y la teoría del “Terror Rojo”, tal como se expresa por ejemplo en Terrorismo y Comunismo de León Trotsky. Decimos sin subterfugios que consideramos que ese libro estaba equivocado en 1920, y podríamos agregar que Nahuel Moreno repitió y multiplicó ese error cuando escribió La Dictadura Revolucionaria del Proletariado, y que todos nosotros compartimos hasta hace algunos años semejantes errores. Aclarado esto, sin embargo, debemos señalar que no existe ninguna justificación para pasar lisa y llanamente a ignorar la necesidad de la violencia en el proceso revolucionario.

No nos preocupa permanecer fieles a las observaciones clásicas formuladas por el marxismo a lo largo de 150 años, sino atender a las enseñanzas básicas que emergen de la experiencia vital de los propios trabajadores en la lucha de clases. No estamos exhumando el espíritu de Robespierre si afirmamos que la violencia no está sólo presente en el momento insurreccional, sino que recorre todo el proceso revolucionario y aun las luchas defensivas mínimas de los explotados. Cualquier trabajador o luchador social consciente sabe que la pelea contra los “carneros”, el enfrentamiento a la represión patronal-estatal en huelgas y manifestaciones o la defensa frente a las bandas armadas de la burguesía siempre han dado como producto una violencia más o menos organizada por parte de los explotados, si de verdad estamos ante un movimiento social combativo. Esto adquiere aún más importancia cuando de las grandes rebeliones se trata. Es que la reacción del orden capitalista siempre fue brutal y obligó a las masas trabajadores a buscar formas más o menos organizadas de autodefensa armada. Marx ya observaba, luego del aplastamiento de la Comuna de París, la forma en como se manejaban las clases dominantes: “La civilización y la justicia del orden burgués aparecen en todo su siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los parias de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos, esa civilización y esa justicia se muestran como lo que son: salvajismo descarado y venganza sin ley”. [37] 

            Es por esto que no podemos ni debemos presentarnos como pacifistas, ocultando que la mayor parte de las veces la violencia revolucionaria surgió como una necesidad y como un producto de la consolidación y maduración de los procesos de lucha, cuando se conforman organismos más o menos sólidos (milicias, consejos, tribunales, grupos de autodefensa, etc.) para enfrentar la cuestión militar, un aspecto presente en toda auténtica revolución.  

Hace algunos años, en el final de una polémica con E. P. Thompson, Perry Anderson sintetizó sus ideas sobre la revolución escribiendo: “Para nosotros, una revolución socialista significa (…): la disolución del Estado capitalista existente, la expropiación de los medios de producción a las clases propietarias y la construcción de un nuevo tipo de Estado y de orden económico, en el que los productores asociados puedan ejercer por primera vez un control directo sobre su vida laboral y un poder también directo sobre su gobierno político. Este cambio no se producirá sin una crisis económica esencial determinada bien por las contradicciones previas del propio desarrollo capitalista, bien por los inevitables desajustes introducidos por el intento de modificar los mecanismos de la acumulación en una economía de mercado. Cuando se disponga a aparecer, el primer centro de poder de la clase burguesa pasará a los aparatos represivos del Estado más que a los representativos. Estos aparatos deben ser destruidos como instituciones organizadas para que pueda llevarse a cabo una transferencia revolucionaria del poder. Esto sólo puede lograrse mediante la creación de órganos de democracia socialista que movilicen a una fuerza popular capaz de minar la unidad de la maquinaria coactiva del Estado establecido y anular la legitimidad de su maquinaria parlamentaria, tanto si el gobierno está en manos de la izquierda como si no, lo cual no es más que una contingencia. La aparición de esas formas de segundo poder, que encarnan la soberanía de una democracia proletaria alternativa y antagónica a la propiciada por la democracia burguesa, debe ser el objetivo estratégico a largo plazo del movimiento socialista. Su práctica política a corto plazo debería tratar de vincular conscientemente las exigencias inmediatas de la clase obrera a dicho objetivo final mediante la formulación de metas provisionales, calculadas para desequilibrar el orden establecido y unir a todos los grupos y estratos oprimidos contra él. El advenimiento político de una situación de doble poder, acompañada del inicio de una crisis económica, no permite una resolución gradual. Cuando la unidad del Estado burgués y la reproducción de la economía capitalista se quiebran, la sacudida social consiguiente debe oponer, rápida y fatalmente, revolución y contrarrevolución en una violenta convulsión. En un conflicto así, el capital siempre dispondrá de una base de masas, mayor que un puñado de monopolistas. En el desenlace, los socialistas intentarán evitar una conclusión por las armas, pero no crearán ilusiones acerca de la probabilidad de recurrir a ellas. El capitalismo no triunfó en ningún país avanzado del mundo actual (Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Japón o los Estados Unidos) sin un conflicto armado o una guerra civil. La transición económica del feudalismo al capitalismo es, sin embargo, la transición de una forma de propiedad privada a otra. ¿Es imaginable que el cambio histórico mucho mayor implícito en la transición de la propiedad privada a la colectiva, que precisa de medicinas más drásticas para la expropiación del poder y la riqueza, asuma formas políticas menos duras? Además, si los sucesivos pasos de la antiguedad al feudalismo y de éste al capitalismo produjeron cambios históricos en los tipos de régimen y representación (de las asambleas de ancianos a los estamentos medievales, y de éstos a los parlamentos burgueses, por no hablar de los Estados imperiales, absolutistas y fascistas), ¿es posible que el paso al socialismo, que ya ha renunciado tanto a los consejos de obreros como a los Estados burocráticos, no los produzca también?La tradición a la que pertenecen estas concepciones es, hablando en términos generales, la de Lenin y Trotski, Luxemburgo y Gramsci”. [38]

Manifiestamente, no creemos que esta cita (ni cualquier otra) nos ahorre la necesidad de repensar y desarrollar las complejas cuestiones atinentes a la revolución socialista en nuestros días. Queremos simplemente recordar que existe un patrimonio marxista revolucionario que debe ser superado, pero de ninguna manera ignorado.

[1] Utilizar la formulación Revolución permanente no implica una fijación dogmática a las tesis de León Trotsky de 1905 o 1927, ni a la reinterpretación propuesta por Nahuel Moreno. Constituye sí una reivindicación de la tradición del marxismo revolucionario forjada en confrontación con sucesivas versiones de las concepciones de la revolución por etapas y el socialismo en un solo país.

[2] León Trotsky: El gran organizador de derrotas, Editorial Olimpo, p. 136.

[3] Jean Philipe Divés, Redescubrir las enseñanzas de la Revolución de Octubre. Autoorganización, partido, Burocracia. Carré Rouge Nº 6, octubre 1997.

[4] Carlos Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Editorial Polémica, Bs. As., 1972, p. 20.

[5] V. Serge, El año I de la Revolución.

[6] “La Revolución Rusa”, en Obras Escogidas, Editorial Pluma, tomo 2, p. 171.

[7] Obras Completas, Ed. Progreso, tomo 42, p. 213.

[8] “El problema de las nacionalidades o de la ‘autonomía’” (30 de diciembre de 1922), en Contra la burocracia, Pasado y Presente, p. 141.

[9] La revolución traicionada, Ed. Crux, p. 219.

[10] Nos parece metodológicamente más correcto hablar de concepción de la transición al socialismo que de concepción de socialismo.

[11] Roberto Sáenz, Problemas del Estado soviético según la visión de Lenin, Crítica Marxista Revolucionaria Nº 1, mayo 1993.

[12] La concepción de partido único quedó establecida y se arraigó hasta el punto de que, aun después de establecido el régimen totalitario de Stalin, la Oposición continuó proclamando su fidelidad a las ideas de partido único y afirmando que la mera idea de conformar otro partido llevaba el germen de la guerra civil. ¡El mismísimo Trotsky demoró casi quince años en reclamar el derecho a la existencia de diversos «partidos soviéticos»!

[13] Este desastre es generalmente ignorado cuando se hace un balance de este período. Trotsky comete un error similar con la invasión a Finlandia por parte de la URSS en 1939: error similar pero posiblemente más grave, ya que si el Ejército Rojo de 1920 era instrumento revolucionario de un estado revolucionario, no podía decirse lo mismo del ejército y del estado soviético en 1939.

[14] V. I. Lenin.

[15] Como escribía el Lenin de El Estado y la Revolución.

[16] Crítica al programa de Gotha.

[17] Lojkine, analizando una carta de Engels escribió que: «Mientras los detentadores del poder de estado ‘constituyen una nueva rama de la división del trabajo en el seno de la sociedad’, aparecen a los ojos mismos de sus mandatarios como más y más independientes de ellos, ‘Y, en lo sucesivo, el desarrollo es el mismo que el del comercio en mercancías y, más tarde, el comercio en dinero; la nueva fuerza independiente, si bien debe seguir en lo esencial el movimiento de la producción, también, debido a su independencia interna (la independencia relativa que le fue conferida en un inicio y que se sigue desarrollando) vuelve a actuar, a su vez, sobre las contradicciones y el curso de la producción. Es la interacción de dos fuerzas desiguales: por una parte el movimiento económico; por el otro, el nuevo poder político’«. En El marxismo, el estado y la cuestión urbana, comentando una carta de F. Engels a C. Schmidt (lo resaltado son las frases de Engels).

[18] La revolución traicionada.

[19] Carlos Marx, Miseria de la Filosofía.

[20] Ariel Petruccelli, Ensayo sobre la teoría marxista de la historia, Ediciones El Cielo por Asalto, Buenos Aires, s/f, p. 172.

[21] Perry Anderson, Teoría, Política e Historia, Siglo XXI, 1985, p. 70.

[22] Karl Marx, Introducción General a la Crítica de la Economía Política, Pasado y Presente, 20ª ed. México, 1987, p. 57.

[23] F. Nietzsche, Así habló Zarathustra, Planeta – De Agostini, Barcelona, 1992, p. 50.

[24] Esta crisis se inició a fines de los ‘60, se agravó con la declaración de inconvertibilidad del dólar en 1971 y alcanzó su expresión más alta con las crisis petroleras de 1973-74 y de 1979.

[25] Señalemos, como dato sorprendente, que a comienzos de 1999 la desocupación en Estados Unidos es, por primera vez en el siglo, inferior a la de Japón. Es verdad que este país se encuentra en recesión, pero aún así la desocupación norteamericana actual está en el nivel más bajo desde comienzos de 1970 y similar al de los años más prósperos del boom de posguerra. Ninguna crítica que hagamos al capitalismo de hoy tendrá suficiente fuerza para convencer si no damos cuenta de un hecho como ése.

[26] K. Marx, Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, cit. en Umberto Cerroni, El pensamiento de Marx, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1980, p. 151 (resaltado en el original).

[27] En esto seguimos el esquema de Manuel Tuñón de Lara: Metodología de la historia social de España. Madrid, Siglo XXI, 1984 (quinta edición), pp. 80-87.

[28] Una buena exposición de sus opiniones se encuentra en Fernand Braudel: La Historia y las Ciencias Sociales, Madrid, Alianza, 1968, pp. 60-106.

[29] Pierre Vilar: Iniciación al vocabulario del análisis histórico, Barcelona, Crítica, 1980, p.81.

[30] K. Korsch: “Economía y política en la España revolucionaria”, en ¿Qué es la socialización?

[31] Karl Marx. Discurso pronunciado en el Congreso de La Haya de la I Internacional; en Marx-Engels. Obras Escogidas, t.II, Moscú, Progreso.

[32] Citada en Gérard Bekerman: Vocabulario básico del marxismo. Terminología de las obras completas de Karl Marx y Friedrich Engels, Barcelona, Crítica, 1983, p. 193.

[33] Idem, p. 232.

[34] Citada en A. Neuberg: La insurrección armada, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1972, p. 42.

[35] Idem.

[36] Rosa Luxemburgo, citada en “Respuesta”, pp. 16-17.

[37] Carlos Marx: “Cartas a Ludwig Kugelmann”; en C. Marx y F. Engels: Obras Escogidas, Moscú, Progreso, 1969.

[38] Perry Anderson: Teoría, política e historia. Un debate con E.P.Thompson, Madrid, Siglo XXI, 1985, pp. 214-215.