V.I. Lenin, Zurich, 7 (20) de marzo de 1917

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La primera etapa de la primera revolución

La primera revolución, engendrada por la guerra imperialista mundial, ha estallado. La primera revolución pero no la última, por cierto.

A juzgar por la escasa información de que se dispone en Suiza, la primera etapa de esta primera revolución, o sea, de la Revolución Rusa del 1° de marzo de 1917, ha terminado. La primera etapa de nuestra revolución no será, por cierto, la última.

¿Cómo pudo ocurrir el “milagro” de que sólo en 8 días –período señalado por el señor Miliukov en su presuntuoso telegrama a todos los representantes de Rusia en el extranjero- se desmoronara un monarquía que se había mantenido durante siglos y que, a pesar de todo, consiguió mantenerse durante los tres años de las tremendas batallas de clases de 1905 a 1907, que abarcaron todo el país?

Los milagros no existen ni en la naturaleza ni en historia, pero todo viraje brusco de la historia, y esto se aplica a toda revolución, ofrece un contenido tan rico, descubre combinaciones tan inesperadas y peculiares de formas de lucha y de alineación de las fuerzas en pugna, que para la mente lega muchas cosas pueden parecer milagrosas. Para que la monarquía zarista pudiera desmoronarse en pocos días, fue necesaria la combinación de varios factores de importancia histórica mundial. Mencionaremos las principales.

Sin los tres años de tremendas batallas de clases, sin la energía revolucionaria desplegada por el proletariado ruso de 1905 a 1907, la segunda revolución no habría podido producirse tan rápidamente; en el sentido de que su etapa inicial culminó en pocos días. La primera revolución (1905) removió profundamente el terreno, desarraigó prejuicios seculares, despertó a la vida y a la lucha política a millones de obreros y a decenas de millones de campesinos, reveló a unos y otros, y al mundo entero, el verdadero carácter de todas las clases (y de los principales partidos) de las sociedad rusa, la verdadera alineación de sus intereses, de sus fuerzas, de sus métodos de acción, de sus objetivos inmediatos y finales. La primera revolución y el subsiguiente período de contrarrevolución (1907-1914) pusieron al descubierto la verdadera naturaleza de la monarquía zarista, la llevaron a su “último extremo”, descubrieron toda su putrefacción e ignominia, el cinismo y la corrupción de la banda zarista dominada por ese monstruo de Rasputín. Desenmascararon toda la ferocidad de la familia de los Románov, esos pogromistas que anegaron a Rusia en sangre de judíos, de obreros, de revolucionarios, esos terratenientes, “los primeros entre sus pares”, poseedores de millones de desiatinas de tierra, dispuestos a recurrir a cualquier atrocidad, a cualquier crimen, a arruinar y estrangular a cualquier cantidad de ciudadanos para resguardar el “sagrado derecho de propiedad” para ellos y para su clase.

Sin la revolución de 1905-1907, y la contrarrevolución de 1907-1914, no habría sido posible una “autodefinición” tan clara de todas las clases del pueblo ruso y de todos los pueblos que habitan en Rusia, esa definición de la relación de esas clases, entre sí y con la monarquía zarista, que se puso de manifiesto durante los 8 días de la revolución de febrero-marzo de 1917. Esta revolución de 8 días fue, si puede permitirse una metáfora, “representada” después de una docena de ensayos parciales y generales; los “actores” se conocían, sabían sus papeles, conocían sus puestos y el decorado entonos sus detalles, a fondo, hasta los matices más o menos importantes de las tendencias políticas y de las formas de acción.

Pues la primera gran revolución de 1905, denunciada como “una gran rebelión” por los Guchkov, Miliukov y sus acólitos, condujo doce años después, a la “brillante” y “gloriosa” revolución de 1917, que los Guchkov y los Miliukov calificaron de “gloriosa” porque los colocó (por el momento) en el poder. Pero esto necesitó un gran director de escena, vigoroso, omnipotente, capaz, por una parte, de acelerar extraordinariamete la marcha de la historia universal y, por otra, de engendrar una crisis mundial económica, política, nacional e internacional de una intensidad sin paralelo.

Aparte de una aceleración extraordinaria de la historia universal, se necesitaba también que la historia hiciera virajes particularmente bruscos, para que la enlodada y sangrienta carreta de la monarquía de los Románov pudiera ser volcada de un golpe.

Este director de escena omnipotente, este acelerador vigoroso fue la guerra mundial imperialista. Hoy ya no cabe duda de que la guerra es mundial, pues Estados Unidos y China están ya semicomprometidos hoy en ella, y mañana lo estarán totalmente.

Tampoco cabe duda de que la guerra es imperialista por ambas partes. Sólo los capitalistas y sus acólitos, los socialpatriotas y los socialchovinistas o, si en lugar de definiciones críticas generales, empleamos nombres de políticos bien conocidos en Rusia, sólo los Guchkov y los Lvov, los Miliukov y los Shingariov, por una parte, y los Gvózdiev, los Potrésov, los Chjenkeli, los Kerensky y los Chjeídze, por la otra, pueden negar o callar este hecho. Tanto la burguesía alemana como la anglo-francesa hacen la guerra para saquear a otros países y estrangular a naciones pequeñas, para lograr supremacía financiera mundial y proceder a l reparto y redistribución de las colonias, y para salvar al agonizante régimen capitalista engañando y dividiendo a los obreros de los distintos países.

La guerra imperialista tenía que -era objetivamente inevitable- acelerar extraordinariamente y recrudecer en grado nunca visto la lucha de clases del proletariado contra la burguesía; tenía que trasformarse en una guerra civil entre las clases enemigas.

Esta trasformación comenzó con la revolución de febrero-marzo de 1917, cuya primera etapa fue señalada, en primer lugar, por el golpe conjunto infligido al zarismo por dos fuerzas: toda la Rusia burguesa y terrateniente con todos sus acólitos inconscientes y con todos sus dirigentes concientes, los embajadores y capitalistas franceses e ingleses, por una parte, y por otra, el Soviet de diputados obreros, que ha empezado a ganarse a los diputados soldados y campesinos.

Estos tres campos políticos, estas tres fuerzas políticas fundamentales son: 1) la monarquía zarista, cabeza de los terratenientes feudales, de la vieja burocracia y de la casta militar; 2) la Rusia burguesa y terrateniente de los octubristas y los kadetes, detrás de la cual se arrastra la pequeña burguesía (cuyos principales representantes son Kerensky y Chjeídze); 3) el Soviet de diputados obreros, que trata de que todo el proletariado y toda la masa de los sectores más pobres de la población se conviertan en aliados suyos. Estas tres fuerzas políticas fundamentales se manifestaron plenamente y con toda claridad, inclusive en los 8 días de la “primera etapa”, e inclusive para un observador tan alejado de la escena de los acontecimientos como está quien escribe estas líneas, que se ve obligado a contentarse con los escuetos telegramas de los periódicos extranjeros.

Pero antes de tratar esto con mayores detalles, debo volver a la parte de mi carta dedicada a un factor de primordial importancia: la guerra imperialista mundial.La guerra ha eslabonado entre sí, con cadenas de hierro, a las potencias beligerantes, a los grupos capitalistas beligerantes, a los “amos” del sistema capitalista, a los propietarios de esclavos de la esclavitud capitalista. Un amasijo sanguinolento; tal es la vida social y política del momento histórico actual.

Los socialistas que desertaron a las filas de la burguesía cuando comenzó la guerra, todos esos David y Scheidemann en Alemania, y los Plejánov-Potrésov-Gvózdiev y Cia. en Rusia, vociferaron durante mucho tiempo contra las “ilusiones” de los revolucionarios, contra las “ilusiones”del Manifiesto de Basilea, contra la “quimera”de transformar la guerra imperialista en guerra civil. Cantaron loas en todos los tonos a la fuerza, a la tenacidad y a la capacidad de adaptación supuestamente revelada por el capitalismo; ¡ellos, que ayudaron a los capitalistas a “adaptar”, domesticar, engañar y dividir a la clase obrera de los distintos países!

Pero “quien ríe último ríe mejor”. La burguesía no consiguió aplazar por largo tiempo la crisis revolucionaria engendrada por la guerra. Esta crisis se agrava con una fuerza irresistible en todos los países, empezando por la Alemania, la cual, según un observador que visitó ese país recientemente, sufre de un “hambre genialmente organizada”, y terminando con Inglaterra y Francia, donde el hambre también asoma, pero donde la organización es mucho menos “genial”.

Era natural que la crisis revolucionaria estallara en primer lugar en la Rusia zarista, donde la desorganización era en extremo aterradora y el proletariado en extremo revolucionario (no en virtud de las cualidades especiales, sino debido a las tradiciones, aún vivas, de 1905). Esta crisis se precipitó por la serie e durísimas derrotas sufridas por Rusia y sus aliados. Las derrotas sacudieron todo el viejo mecanismo gubernamental y todo el viejo orden de cosas, y despertaron la cólera de todas las clases de la población contra ellos; exasperaron al ejército, liquidaron una gran parte del antiguo comando, compuesto por aristócratas reaccionarios y por elementos burócratas extraordinariamente corrompidos y fueron remplazados por un elenco joven, fresco, principalmente burgués, plebeyo y pequeño burgués. Aquellos que se rebajaban ante la burguesía o simplemente no tenían agallas, y que clamaban y vociferaban sobre el “derrotismo”, hoy se enfrentan con el hecho de la vinculación histórica entre la derrota de la más atrasada y bárbara monarquía zarista y el comienzo del incendio revolucionario.

Pero mientras las derrotas al principio de la guerra fueron un factor negativo que precipitó la explosión, los vínculos entre el capital financiero anglo-francés, el imperialismo anglo-francés y el capital octubrista y kadete de Rusia fue un factor que aceleró esta crisis, mediante la organización directa de un complot contra Nicolás Románov.

Por razones obvias, la prensa anglo-francesa silencia este aspecto, extraordinariamente importante, de la cuestión, mientras que la prensa alemana lo subraya con malicia. Nosotros, los marxistas, debemos enfrentar la verdad serenamente, sin dejarnos confundir ya sea con las mentiras, las melosas mentiras oficiales diplomáticas y ministeriales, del primer grupo de beligerantes imperialistas, o por las sonrisas disimuladas de sus rivales financieros y militares del otro grupo beligerante. Todo el curso de los sucesos en la revolución de febrero-marzo muestra claramente que las embajadas inglesa y francesa, con sus agentes y sus “vinculaciones”, que desde tiempo atrás estaban haciendo los más desesperados esfuerzos por impedir acuerdos “separados” y una paz por separado entre Nicolás II (y el último, esperamos, y haremos lo necesario para que así sea) y Guillermo II, organizaron directamente un complot en conjunto con los octubristas y los kadetes, con parte de los generales y del ejército y con los oficiales de la guarnición de Petersburgo con el claro propósito de deponer a Nicolás Románov.

No acariciemos ninguna ilusión. No incurramos en el error de quienes –como algunos de los partidarios del CO o mencheviques, que vacilan entre la política de los Gvózdiev-Potrésov y el internacionalismo, y que con demasiada frecuencia se deslizan al pacifismo pequeño burgués- están dispuestos ahora a exaltar el “acuerdo” entre el partido obrero y los kadetes, el “apoyo” del primero a los segundos, etc., etc. Conforme a la vieja doctrina (que nada tiene de marxista) que han aprendido de memoria, tratan de encubrir el complot tramado por los imperialistas anglo-franceses con los Guchkov y los Miliukov dirigido a desplazar al “principal guerrero”, Nicolás Románov, y remplazarlo por guerreros más enérgicos, frescos y más capaces.

Si la revolución triunfó tan rápida y radicalmente –en apariencia, a primera vista-, sólo se debe al hecho de que, como resultado de una situación histórica en extremo original, se unieron, en forma asombrosamente “armónica”, corrientes absolutamente diferentes, intereses de clase absolutamente heterogéneos, aspiraciones políticas y sociales absolutamente opuestas. Es decir, la conspiración de los imperialistas anglo-franceses, que empujaron a Miliukov, Guchkov y Cía. a apoderarse del poder para continuar la guerra imperialista, con el objeto de conducirla aún con mayor encarnizamiento y tenacidad, con el objeto de asesinar a nuevos millones de obreros y campesinos rusos, para que los Guchkov puedan adueñarse de Constantinopla, los capitalistas franceses, de Siria, los capitalistas ingleses, de la Mesopotamia, etc. Esto por una parte. Y por la otra, había un profundo movimiento popular proletario y de masas de carácter revolucionario (un movimiento de todos los sectores más pobres de la población de la ciudad y del campo), por el pan, la paz y la verdadera libertad.

Sería simplemente tonto hablar de que el proletariado revolucionario de Rusia “apoyara” al imperialismo kadete-octubrista, “remendado” con el dinero inglés, y tan abominable como el imperialismo zarista. Los obreros revolucionarios han estado destruyendo, han destruido ya en gran parte y destruirán la infame monarquía zarista hasta acabar con ella; no se entusiasman ni se desaniman por el hecho de que en determinadas coyunturas históricas, breves y excepcionales, los ayudó la lucha de los Buchanan, los Guchkov, los Miliukov y Cía., ¡a reemplazar un monarca por otro monarca, preferiblemente también un Romanov!

Así y sólo así, se desarrolló la situación. Así y sólo así es la manera como puede considerar las cosas un político que no teme la verdad, que analiza con sensatez el equilibrio de las fuerzas sociales en la revolución, que aprecia cada “momento actual”, no sólo desde el punto de vista de todas sus peculiaridades presentes o del momento actual, sino también desde el punto de vista de las motivaciones fundamentales, de la más profunda relación de intereses del proletariado y de la burguesía, tanto en Rusia como en todo el mundo.

Los obreros de Petrogrado, al igual que los obreros de toda Rusia, combatieron abnegadamente la monarquía zarista, lucharon por la libertad, por la tierra para los campesinos, por la paz, contra la matanza imperialista. El capital imperialista anglo-francés, para continuar e intensificar esa matanza, urdió intrigas palaciegas, conspiró con los oficiales de la guardia, instigó y alentó a los Guchkov y a los Miliukov, y organizó un nuevo gobierno completo que en la práctica tomó el poder no bien la lucha del proletariado asestó los primeros golpes al zarismo.

Este nuevo gobierno, en el que Lvov y Guchkov, de los octubristas y del partido de la “Renovación pacífica”, cómplices ayer de Stolipin el Verdugo, controlan cargos realmente importantes, cargos decisivos, el ejército y la burocracia, este gobierno, en el que Miliukov y el resto de los kadetes son más que nada figuras decorativas, rótulos cuya función es pronunciar sentimentales discursos académicos, y en el que el trudovique Kerensky es una balalaika con el sonido de cuyas cuerdas procuran engañar a los obreros y a los campesinos; ese gobierno no es una asociación accidental de personas.

Representan a la nueva clase que se ha encaramado al poder político de Rusia, la clase de los terratenientes capitalistas y de la burguesía que desde hace largo tiempo dirige económicamente nuestro país, y que durante la revolución de 1905-1907, durante la contrarrevolución de 1907-1914, y, finalmente, y con particular rapidez, durante la guerra de 1914 a 1917, se organizó políticamente con extraordinaria rapidez y pasó a controlar los gobiernos locales, la instrucción pública, congresos de todos género, la Duma, los comités de la industria de guerra, etc. Esta nueva clase estaba ya “casi completamente” en el poder para 1917, y por eso los primeros golpes fueron suficientes para que el zarismo se desmoronase y quedara libre el camino para la burguesía. La guerra imperialista, que exigió una increíble tensión de fuerzas, aceleró a tal extremo el proceso de desarrollo de la Rusia atrasada, que “de un solo golpe” (aparentemente de un solo golpe), hemos alcanzado a Italia, a Inglaterra y case a Francia. Hemos obtenido un gobierno “parlamentario”, de “coalición”, “nacional” (es decir, apto para continuar la matanza imperialista y para engañar al pueblo).

Junto a este gobierno –que en lo que respecta a la guerra actual, no es más que el agente de la “firma” multimillonaria “Inglaterra y Francia”-, ha surgido el esencial, no oficial, aún no desarrollado y relativamente débil gobierno obrero, que expresa los intereses del proletariado y de todo el sector pobre de la población urbana y rural. Este gobierno es el Soviet de diputados obreros de obreros de Petrogrado, que procura establecer vínculos con los soldados y los campesinos, así como con los obreros agrícolas; más con estos últimos, por supuesto, que con los campesinos.

Tal es la verdadera situación política que nosotros no debemos, ante todo, esforzarnos por finar con la máxima precisión y objetividad posibles, a fin de asentar la táctica marxista sobre la única base sólida posible, la base de los hechos.La monarquía zarista ha sido abatida, pero no definitivamente destruida. El gobierno burgués, octubrista-kadete, que quiere llevar la guerra imperialista “hasta el fin”, y que es en realidad el agente de la firma financiera “Inglaterra y Francia”, se ve obligado a prometer al pueblo el máximo de libertades y concesiones compatibles con el mantenimiento de su poder sobre el pueblo y con la posibilidad de continuar la matanza imperialista.

El soviet de diputados obreros es una organización de los obreros, es el embrión de un gobierno obrero, el representante de los intereses de toda la masa del sector pobre de la población, es decir, de las nueve décimas partes de la población, que anhela la paz, el pan y la libertad.

El conflicto de estas tres fuerzas determina la situación que ha surgido ahora, una situación de transición entre la primera etapa de la revolución y la segunda.

El antagonismo entre la primera fuerza y la segunda no es profundo, es momentáneo, fruto solamente de la coyuntura actual del brusco viraje de los acontecimientos en la guerra imperialista. Todo el nuevo gobierno es monárquico, pues el republicanismo verbal de Kerensky simplemente no se puede tomar en serio, no es digno de un estadista, y objetivamente es una tramoya política. El nuevo gobierno que aún no ha asestado el golpe de gracia a la monarquía zarista, ya ha empezado a pactar con la dinastía terrateniente de los Románov. La burguesía de tipo octubrista-kadete necesita una monarquía para que sirva como cabeza de la burocracia y del ejército, para salvaguardar los privilegios del capital contra los trabajadores.

Quien diga que los obreros deben apoyar al nuevo gobierno en interés de la lucha contra la reacción zarista (y aparentemente esto han dicho los Potrésov, los Gvózdiev, Chjenkeli y también Chjeídze, pese a su ambigüedad), traiciona a los obreros, traiciona la causa del proletariado, la causa de la paz y de la libertad. Porque, en realidad, precisamente este nuevo gobierno ya está atado de pies y manos al capital imperialista, a la política imperialista de guerra y de rapiña; ya ha comenzado a pactar (¡sin consultar al pueblo!) con la dinastía; se encuentra ya empeñado en la restauración de la monarquía zarista; ya auspicia la candidatura de Mijáil Románov como nuevo reyezuelo; está ya tomando medidas para apuntalar el trono, para reemplazar la monarquía legítima (legal, basada en las viejas leyes) por una monarquía bonapartista, plebiscitaria (basada en un plebiscito fraudulento).

¡No, si se ha de luchar realmente contra la monarquía zarista, se ha de garantizar la libertad en los hechos, y no sólo de palabra, no sólo con las promesas versátiles de Miliukov y Kerensky; no son los obreros quienes deben apoyar al nuevo gobierno, sino es el gobierno quien de “apoyar” a los obreros! Porque la única garantía de libertad y de destrucción completa del zarismo reside en armar al proletariado, en consolidar, extender, desarrollar el papel, la importancia y la fuerza del soviet de diputados obreros. Todo lo demás es pura fraseología y mentiras, vanas ilusiones por parte de los politiqueros del campo liberal y radical, maquinaciones fraudulentas.Ayuden a armarse a los obreros, o al menos no estorben esta tarea, y la libertad será invencible en Rusia, la monarquía no podrá ser restaurada y la República se verá asegurada.

De lo contrario, los Guchkov y los Miliukov restaurarán la monarquía y no otorgarán ninguna, absolutamente ninguna de las “libertades” por ellos prometidas. Todos los políticos burgueses en todas las revoluciones burguesas han “alimentado” a los pueblos y engañado a los obreros con promesas. La nuestra es una revolución burguesa, por consiguiente los obreros deben apoyar a la burguesía, dicen los Potrésov, los Gvózdiev y los Chjeídze, como ya lo dijera Plejánov.

La nuestra es una revolución burguesa, decimos nosotros, los marxistas, por consiguiente los obreros deben abrir los ojos al pueblo para que vea el engaño de los politicastros burgueses, enseñarle a no creer en las palabras, a confiar únicamente en sus propias fuerzas, en su propia organización, en su propia unión, en sus propias armas.

El gobierno de los octubristas y kadetes, de los Guchkov y los Miliukov no puede- aunque lo quisiese sinceramente (sólo los niños pueden creer que los Guchkov y Lvov son sinceros)-, no puede dar al pueblo ni paz, ni pan, ni libertad.

No puede dar la paz, porque es un gobierno belicista, un gobierno para la continuación de la matanza imperialista, un gobierno de rapiña, empeñado en saquear Armenia, a Galitzia y Turquía, en anexarse Constantinopla, reconquistar Polonia, Curlandia, Lituania, etc. Es un gobierno que está atado de pies y manos al capital imperialista anglo-francés. El capital ruso no es más que una rama de la “firma” internacional que maneja centenares de miles de millones de rublos y que se llama “Inglaterra y Francia”.

No puede dar pan, porque es un gobierno burgués. En el mejor de los casos puede dar al pueblo, como lo ha hecho Alemania, “un hambre genialmente organizada”. Pero el pueblo no aceptará el hambre. Se enterará, y probablemente muy pronto, de que hay pan y de que es posible obtenerlo, pero únicamente con métodos que no respetan la santidad del capital y de la propiedad terrateniente. No pude dar libertad, porque es un gobierno terrateniente y capitalista, que teme al pueblo y que ya ha comenzado a pactar con la dinastía de los Románov.

En otro artículo nos ocuparemos de los problemas tácticos de nuestra actitud inmediata hacia este gobierno. Explicaremos en él la originalidad de la situación actual, que es de transición de la primera etapa de la revolución a la segunda, y por qué la consigna, “la tarea del día”, en este momento debe ser: ¡Obreros! Ustedes han hecho prodigios de heroísmo proletario, el heroísmo del pueblo, en la guerra civil contra el zarismo. Ustedes deben hacer prodigios de organización del proletariado y de todo el pueblo para preparar el camino de la victoria en la segunda etapa de la revolución.

Limitándonos por el momento a analizar la lucha de clases y la alineación de las fuerzas de clase en esta etapa de la revolución, debemos plantear aún el problema: ¿Quiénes son los aliados del proletariado en esta revolución?

Tiene dos aliados: primero, la amplia masa de los semiproletarios y, en parte, también la masa de los pequeños campesinos que suman decenas de millones y constituyen la inmensa mayoría de la población de Rusia. Para esta masa son esenciales la paz, el pan, la libertad y la tierra. Es inevitable que, en cierta medida, esta masa sufra la influencia de la burguesía y, sobre todo de la pequeña burguesía, con la que tiene mayor afinidad por sus condiciones de vida, y que vacila entre la burguesía y el proletariado. Las duras lecciones de la guerra, que serán tanto más duras cuanto más enérgicamente continúen la guerra Guchkov, Lvov, Miliukov y Cía., empujarán inevitablemente a esta masa hacia el proletariado, la obligarán a seguirlo. Ahora debemos aprovechar la libertad relativa del nuevo régimen y los soviets de diputados obreros para esclarecer y organizar, sobre todo y por encima de todo a esta masa. Los soviets de diputados campesinos y los soviets de obreros agrícolas, esa es una de nuestras tareas más urgentes. A este respecto, nos esforzaremos no sólo porque los obreros agrícolas constituyan sus soviets propios, sino también porque los campesinos sin tierra y más pobres se organicen por separado, aparte de los campesinos acomodados. En la próxima carta nos ocuparemos de las tareas especiales y de las formas especiales de organización, que hoy son urgentemente necesarias.

Segundo, el aliado del proletariado ruso es el proletariado de todos los países beligerantes y de todos los países en general. Hoy este aliado se encuentra en gran medida reprimido por la guerra y con demasiada frecuencia los socialchovinistas europeos hablan en su nombre, hombres que, como Plejánov, Gvózdiev y Potrésov en Rusia, han desertado a las filas de la burguesía. Pero cada mes de guerra imperialista ha ido liberando de su influencia al proletariado, y la revolución rusa acelerará inevitablemente este proceso en enormes proporciones. Con estos dos aliados, el proletariado, aprovechando las peculiaridades del actual momento de transición, puede y debe proceder, primero, a la conquista de una república democrática y de la victoria completa de los campesinos sobre los terrateniente, en lugar de la semimonarquía de Guchkov-Miliukov, y después, a la conquista del socialismo, lo único que puede dar a los pueblos, extenuados por la guerra, paz, pan y libertad.

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