Por Ale Kur, 25/5/17

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La situación económica, social y política en Grecia continúa deteriorándose. La larga y profunda crisis en la que está sumida no solo no está en camino a resolverse, sino que tiene nuevos episodios. Como cubrimos anteriormente[1], Grecia deberá enfrentar en julio de este año vencimientos de deuda muy onerosos (7.600 millones de euros). Para poder pagar esta enorme suma y no caer en default, Grecia depende en gran medida de que sus acreedores desbloqueen un nuevo tramo de “ayuda” del paquete de “rescate” vigente, aprobado en 2015 y que expira en 2018.

Pero para que estos tramos se “desbloqueen”, las instituciones europeas exigen a Grecia la aplicación de nuevas medidas de austeridad. Así es como acordaron con el gobierno de Tsipras (Syriza) la aplicación de nuevos ataques contra la clase trabajadora y el pueblo en general. En esta ocasión, se trata de un nuevo recorte a las pensiones, de la reducción del mínimo no imponible para el impuesto a las ganancias, y del avance de las privatizaciones de empresas estatales.

Estas nuevas medidas de ajuste encontraron una fuerte resistencia: una huelga general de 24 horas (realizada la semana pasada) con la movilización de más de 15 mil trabajadores en las calles. Algunos sectores obreros continuaron la huelga inclusive más allá, como en el sector naval (una de las ramas industriales más importantes del país).

Sin embargo, el parlamento griego avanzó igualmente con la aprobación del nuevo paquete de medidas austericidas. Una vez más, fueron los parlamentarios de Syriza quienes hicieron pasar la propuesta con su voto.

La aprobación de estas medidas permitió que posteriormente se reunieran los ministros de finanzas de la eurozona con representantes del FMI, con el objetivo de llegar a un acuerdo sobre el desbloqueo del nuevo tramo del rescate. Pero el austericidio no fue condición suficiente para lograr la “benevolencia” de los magnates financieros. La reunión culminó sin acuerdo: el FMI pone como condición para formar parte del programa de rescate que los acreedores acepten un “alivio” de la deuda griega que la vuelva sostenible, ya que de otra forma la situación avanza hacia un estallido. Los representantes europeos, por el contrario, se niegan a cederle un solo centavo a Grecia. La voz cantante de esta “línea dura” es por supuesto Alemania: el gobierno neoliberal de Merkel teme perder los votos de su base social, que no ve con buenos ojos que se “financie a los vagos y derrochadores” griegos.

De esta manera, pese a que Grecia cumplió nuevamente con todos los requisitos de ajuste brutal impuestos por los acreedores, ni siquiera está garantizado que vaya a ocurrir el desbloqueo del nuevo tramo del paquete de rescate: es decir, no está blindado contra una posible cesación de pagos en el mes de julio. Los representantes de la “Troika” se reunirán nuevamente en junio para analizar si es posible finalmente llegar a un acuerdo.

Más allá de cómo termine este episodio concreto, queda nuevamente en evidencia que el camino de cederle a los grandes capitalistas siempre lleva a exactamente el mismo lugar. No solo no existió el supuesto “alivio” de deuda que Tsipras presentó como la salida “posible” a la crisis, sino que cada vez debe ajustar más y más a su propio pueblo para satisfacer la sed de los acreedores. El gobierno de Tsipras llevó a la absoluta sumisión de Grecia, que perdió hasta su último gramo de soberanía nacional. En contrapartida, ganó más y más miseria para las masas y la continuación de la recesión.

El ejemplo de lo que no hay que hacer

La experiencia de Syriza sirve para ejemplificar de un modo absolutamente didáctico todo lo que NO hay que hacer. Syriza fue el emblema de los “partidos amplios” de izquierda, sin una clara estrategia revolucionaria de ruptura con el sistema, con una perspectiva mayormente electoral y sin la preocupación central de organizar y movilizar a la clase trabajadora. Con su triunfo, algunos sectores de la izquierda a lo largo del mundo creyeron ver la prueba de que, diluyendo las definiciones políticas y adoptando formulaciones ambiguas y generales, se podía llegar al poder para transformar la sociedad.

La llegada de Syriza al gobierno, en cambio, demostró exactamente lo opuesto: que sin una clara estrategia de ruptura, avanzando por el camino de la conciliación con los grandes poderes y sin querer tocar los pilares (políticos, económicos, militares, mediáticos, etc.) del sistema, no se puede ir más que a una derrota rotunda.

No se trata aquí de “buenas” o “malas” intenciones. Sin duda alguna los dirigentes y militantes de Syriza creyeron que con esa “genial” estrategia, aparentemente “innovadora” frente al “dogmatismo” de la “izquierda tradicional”, se les abría una oportunidad histórica. El problema es precisamente que aquello que aparece como “heterodoxo”, como “original”, en realidad es una vuelta a lo que siempre existió: la adaptación al sistema por la vía de no desafiar sus “reglas del juego”.

En ese sentido, ni siquiera pueden alegar ser los primeros a los que les ocurre esto: partidos obreros y de izquierda muchísimo más importantes en términos históricos, como el multitudinario Partido Socialdemócrata de Alemania, siguieron la senda de la adaptación y la degeneración ya a comienzos del siglo XX. El final de la historia es conocido: el apoyo de los socialdemócratas a sus respectivos imperialismos en la Primera Guerra Mundial llevó al estallido de la Segunda Internacional y a un retroceso gigante del movimiento obrero, que solo pudo ser remontado con el estallido de la Revolución Rusa y la formación de los Partidos Comunistas.

Fue precisamente la intransigencia estratégica del Partido Bolchevique de Lenin y Trotsky la que permitió la conquista del poder por los trabajadores con la Revolución de Octubre: no por la vía de los “partidos amplios”, sino de la pelea sistemática contra la influencia de la burguesía entre la clase obrera, por la conquista de la independencia de clase, de la autoorganización democrática del proletariado. En el centenario de la Revolución Rusa, el estrepitoso fracaso de la experiencia de Syriza reafirma la vigencia de las “viejas recetas” que pasaron la prueba de la historia, frente a las falsas “innovaciones” que no resisten ni siquiera algunos meses de gobierno.

[1]Grecia – Un nuevo pico en la interminable crisis, Por Ale Kur, SoB 413, 2/2/17

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