Por José Luis Rojo, Editorial SoB 25/5/17

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Al cierre de esta edición, Temer ha sacado las Fuerzas Armadas a las calles por primera vez luego de la caída de la dictadura (1985).

El gobierno de Temer comenzó, hace ya un año, como uno de excepción surgido de una maniobra reaccionaria parlamentaria. La burguesía aprovechó la crisis de la operación Lava Jato para sacarse de encima el gobierno del PT y colocar una suerte de gobierno “interino” por intermedio de un juicio político.

La retirada del PT luego de haber aplicado los planes neoliberales que la burguesía le exigió tuvo que ver con que, de todas maneras, era un gobierno que tenía elementos de mediación.

¿Qué quiere decir esto? Que al ser un gobierno burgués atípico en el cual participaban las direcciones burocráticas del movimiento de masas, de cualquier manera, a pesar de su aplicación de los planes neoliberales, ponían algún tipo de limitación en los mismos.

La burguesía barrió al PT y colocó a Temer para cumplir el mandato que Dilma Rousseff no pudo terminar. Simultáneamente, Rousseff no logró la defensa de su mandato por parte de sectores masivos, producto que la década de gobierno del PT en general, y su giro al ajuste en particular, dieron lugar a la ruptura –o al menos alejamiento- de amplios sectores de trabajadores con dicho partido.

Temer se sintió a las anchas con su gobierno de excepción. La burguesía reestableció su unidad en torno a él expresada en el parlamento. Desde el vamos, el juicio político fue la expresión de un “golpe” desde la derecha, de una movilización reaccionaria de las clases medias, no el subproducto de una movilización popular como había sido en el año 1992 cuando la caída de Collor de Mello.

A lo largo de todo el año Temer insistió, una y otra vez, que “no le importaba” el índice de popularidad, sino “hacer lo que demandaba la patria”. Traducido: aplicar un ajuste brutal sin responder a cualquier mandato y / o legitimidad popular.

Esto mismo ya lo colocó en el límite de los rasgos de un gobierno de democracia de ricos normal, que inevitablemente debe pasar por algún tiempo de legitimidad electoral.

Temer no: al ser un gobierno transitorio, su tarea, su razón de ser, era y es aplicar el ajuste brutal que un gobierno electo normal seguramente tendría más dificultades de llevar adelante, y luego despedirse.

El congelamiento del gasto público por 20 años, el intento de elevar los años de aporte para jubilarse de 35 a 49 años, las contrarreformas populares, no solamente lo hundieron sino que incluso forzaron de alguna manera a las centrales sindicales burocráticas ligadas al PT a convocar un exitoso paro general semanas atrás, paro general que impactó fuertemente sobre el gobierno.

Sumado a esto, como coronando las cosas, la operación Lava Jato, un operativo burgués de limpieza del régimen político que de tanto en tanto parece actuar de una manera “indiscriminada”, terminó pegando sobre el propio Temer.

Es que el régimen político del Estado brasilero, octava economía mundial, es particularmente corrupto en el sentido de inmensos negocios sustanciados al calor del Estado; inmensos negocios del cual son parte todos los sectores de la “clase política” patronal incluyendo, claro está, tanto al PT como a los dos más grandes partidos burgueses: el PMDB (del cual es parte el propio Temer) y el PSDB.

Temer, que fue grabado in fraganti defendiendo el soborno de un correligionario preso (Eduardo Cunha), pareció quedar al borde de la renuncia. Sin embargo, dio un pequeño discurso a la nación negándose a hacerlo. ¿Cómo pudo evitar en ese momento su caída cuando todo el mundo lo daba por muerto?

Ocurre que la burguesía se dividió alrededor de si Temer estaba dispuesto a “inmolarse” al frente de este gobierno de excepción aplicando reformas brutales que en el límite cuestionan elementales garantías sociales y democráticas. La emergencia de cualquier otro gobierno incluso uno surgido por un mecanismo indirecto (las elecciones serían recién a finales del 2018), quizás introduciría dificultades en la continuidad de los planes de ajuste.

Es aquí donde se colocó la movilización de hoy (miércoles 24) a Brasilia a la que asistieron más de 100 mil personas de todo el país; una movilización que se polarizó y radicalizó como subproducto de que no se aguanta más a un gobierno corrupto, ultra reaccionario, antipopular, que no tiene un trazo de legitimidad democrática.

¿Qué excusa encuentra Temer? Sacar a las calles a las Fuerzas Armadas ante los “disturbios” en la capital; una artera maniobra que lo transforma en un gobierno de excepción al cubo, casi golpista, algo sin precedentes a esta escala en las últimas décadas en Brasil y la región como un todo.

Se trata de un precedente gravísimo en el cual, quizás, según pasen las horas, más sectores de la burguesía lo “dejen correr” porque de afianzarse podría implicar un brutal giro a la derecha en las relaciones de fuerzas en el país.

Sin embargo, y simultáneamente, esta provocación también podría dar lugar a una brutal polarización de todo un sector de masas y democrático en las calles, lo que se multiplicaría de manera cualitativa si las centrales sindicales hicieran lo que tienen que hacer: convocar de inmediato a una huelga general para sacar a las Fuerzas Armadas de las calles, para que Temer sea echado ya, se convoque a elecciones generales y a una Asamblea Constituyente, golpeando, de paso, contra el ajuste brutal.

Esa es la gran tarea del momento de la izquierda revolucionaria brasilera: ver las mil y una forma para imponerles a las centrales sindicales la convocatoria a una huelga general que derrote el “cuartelazo” de las Fuerzas Armadas y Temer, e imponga una salida democrática: las “directas ya” y la elección a una Asamblea Constituyente que refunde Brasil desde los intereses de los explotados y oprimidos.

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