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Jun - 23 - 2017

El título de esta nota bien podría ser “Trump endurece la política de EEUU hacia Cuba” o “Trump revierte parcialmente la política de Obama hacia Cuba”. Pero es mejor empezar por lo esencial.

Efectivamente, el presidente norteamericano anunció un giro en la orientación de su país con respecto a la isla del Caribe. Pero el dato más destacado es que lo hizo en un salón en Miami, en pleno epicentro de la comunidad de exiliados cubanos, rodeado de veteranos de la invasión de la Bahía de los Cochinos[1]. En su discurso, hizo referencias a recuperar una “Cuba libre” y a “hacer rendir cuentas al régimen”. Se trata de una provocación retrógrada propia de un dinosaurio, y que atrasa por lo menos 50 años.

Es importante empezar por aquí, ya que este simbolismo contiene todo lo importante del hecho. Trump anunció el fin del “deshielo” con Cuba, e intentó darle materialidad a estos dichos con un paquete de sanciones contra las empresas cubanas limitando los negocios con ellas. Más específicamente, contra el Grupo de Administración Empresarial (GAESA), dirigido por los militares cubanos, y que implica una parte significativa de las ramas económicas de la isla, empezando por el turismo.

También anunció una restricción (menor) a los viajes a Cuba, y sostuvo que dejará vacante el puesto de embajador, aunque no cerrará ninguna de ambas embajadas. En resumen, los cambios efectivos son de segundo orden: lo más importante es el gesto en sí mismo.

Para entender mejor estas cuestiones, retrocedamos un poco en el tiempo. Estados Unidos sostiene desde la década del 60 una política de embargo comercial y diplomático contra Cuba, destinada a intentar aplastar la Revolución que triunfó en el 59. Cuba era considerada hasta hace poco tiempo atrás (y según el andamiaje legal vigente, hasta cierto punto lo sigue siendo) una nación enemiga de EEUU. El objetivo durante décadas de la política exterior norteamericana con respecto a Cuba era aplastar al régimen surgido de la revolución, imponer una contrarrevolución que restaure las antiguas condiciones de explotación y expoliación de la isla por parte de EEUU y de la parasitaria burguesía local.

La “guerra fría” terminó objetivamente en los 90, e inclusive Cuba tomó algunas medidas (parciales pero efectivas) de apertura hacia la inversión capitalista, inclusive la extranjera. Sin embargo, EEUU no revisó, hasta hace pocos años atrás, su política tradicional. La línea oficial siguió siendo el bloqueo, posición minoritaria en el mundo que fue condenada en decenas de Asambleas Generales de la ONU. Otros grandes bloques capitalistas del mundo, como la Unión Europea y China, ya hace rato vienen avanzando paulatinamente en establecer relaciones comerciales y de inversión, tomando la delantera frente a EEUU que quedó atrás en términos relativos.

La administración de Obama, apoyada en los aires “progresistas” que soplaban con el ciclo de las rebeliones populares, dio un giro parcial a esa política -aunque sin tocar lo esencial. Por un lado, reconoció que la política del bloqueo era inefectiva, ya que no consiguió derribar al régimen cubano ni lo hará nunca.

En ese sentido, lo que se imponía era un cambio de táctica: para lograr que en Cuba regrese el capitalismo y que EEUU pueda tener su cuota privilegiada en él, había que probar por otras vías. Lo mejor era reestablecer las relaciones diplomáticas (instalando mutuas embajadas y sacando a Cuba de la lista de países “patrocinadores del terrorismo”), aligerar los permisos de viaje, facilitar el envío de remesas de los cubanos migrantes. Eventualmente, flexibilizar también el embargo permitiendo un comercio creciente entre EEUU y Cuba, y que las empresas yanquis comenzaran lentamente a instalarse.

Esto tendría como consecuencia una lenta erosión de las bases económicas, sociales y políticas del régimen cubano: la presencia fuerte del mercado y de una clase de empresarios y cuentapropistas condicionaría el poder monopólico del Partido Comunista y le daría una mayor presencia local a los propios Estados Unidos. Esto además está perfectamente en sintonía con las propias reformas introducidas por los Castro en los últimos años, que buscan objetivos económicos y sociales similares aunque con la expectativa de poder mantener el pleno control del poder político por parte de su partido (o por lo menos, una posición fuerte desde la que negociar en mejores condiciones).

Pese a lo anterior, la nueva política impulsada por el gobierno Obama no modificó lo más estructural: no derogó las leyes que establecen el embargo en sí mismo, con lo cual toda su orientación “flexibilizadora” quedó reducida a la posibilidad de firmar decretos presidenciales. Eso, demás está decirlo, hace depender toda la cuestión de quién sea el gobernante de turno.

Las actuales modificaciones de Trump no cambian mayormente las coordenadas por dos razones. En primer lugar, porque lo más profundo y estructural, el bloqueo económico, nunca fue levantado (es decir, no hay nada que revertir). Pero por otro lado, porque tampoco modifica de fondo las reformas de Obama. Siguen en pie las relaciones diplomáticas (incluidas las embajadas y la no inclusión de la lista de países que apoyan el terrorismo), las remesas de cubanos que viven en EEUU, cierta libertad para viajar a la isla, etc.

Así y todo, la provocación de Trump es profundamente minoritaria. A nivel internacional, va completamente a contramano: no tienen prácticamente ningún punto de apoyo. La Unión Europea se relame con la posibilidad de quedarse con todo el potencial mercado cubano, ante la idiota auto-exclusión de EEUU.  A nivel nacional, la mayoría de la población norteamericana apoya las políticas de flexibilización hacia Cuba: sólo entre un 30 y un 40 por ciento mantiene la “línea dura”.

El “giro” de Trump parece estar destinado, una vez más, al autoconsumo de su base electoral, y de sus aliados políticos más conservadores. Tiene que ver, muy probablemente, con asegurarse la lealtad de los miembros republicanos del Congreso pertenecientes a su ala derecha, a quienes necesita para hacer pasar sus planes de ajuste.

Como todas las medidas que toma Trump, no sólo lo dejan más aislado, sino que generan potencialmente las condiciones para una reacción en sentido inverso. En el caso de América Latina, vuelve a mostrar la peor cara del imperialismo, la cara que pretende humillar y someter a los países de la región a través de la fuerza (económica, diplomática o militar). En el actual contexto, eso sólo puede favorecer las posibilidades de que el péndulo político rebote hacia la izquierda. Esa es la perspectiva que debemos impulsar los socialistas, convirtiendo el odio a Trump en un motor de futuras rebeliones populares en toda la región.

[1] Invasión orquestada por la CIA en 1961 con el objetivo de derrotar la revolución que había triunfado dos años atrás.

Por Ale Kur, SoB 430, 23/6/17

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