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El
ingreso de Venezuela al Mercosur
Lo
mismo, pero con más petróleo
Por
Marcelo Yunes
Socialismo o Barbarie, periódico, 10/08/2012
Uno de los
efectos colaterales del desplazamiento de Lugo de la
presidencia del Paraguay con un “golpe institucional”
fue la posibilidad de destrabar la entrada de Venezuela al
Mercosur. En efecto, ese ingreso, que venía pendiente desde
2006, no se hacía efectivo por una sola razón: la oposición
del parlamento paraguayo, en particular el Senado. Según el
tratado, todo nuevo ingreso debe ser aprobado por los
parlamentos de los países signatarios originales del
tratado. Y mientras que en Argentina, Brasil y Uruguay la
cosa no pasó de un trámite formal, la singular disposición
de fuerzas políticas del Paraguay permitió que el Senado
de ese país (obrando bajo la instigación política y, según
muchos, material, de EE.UU.) ejerciera una suerte de veto.
La suspensión de Paraguay como miembro del bloque regional,
a instancias del golpe parlamentario que depositó en el
poder al vice Federico Franco, removió ese obstáculo y
propició la entrada del quinto miembro.

Desde
entonces se han vertido toda clase de exageraciones. La
primera corrió por cuenta de Dilma Rousseff, la presidenta
brasileña, que llamó al nuevo Mercosur “la quinta
potencia del mundo”. El Mercosur con Venezuela representa
un PBI de 3,3 billones de dólares, 13 millones de kilómetros
cuadrados de superficie y 270 millones de habitantes. Pero
la expresión en sí no tiene sentido: la comparación es
confusa e incluye países y bloques económicos, y no va más
allá de exacerbar un regionalismo casi futbolero.
Mucho
menos se justifica el entusiasmo de analistas como Atilio
Borón, que llega a afirmar que “desde el punto de vista
de la complementación económica de sus partes, el Mercosur
luce como un espacio económico mucho más armónico y
equilibrado que la Unión Europea, cuya fragilidad energética
constituye su insanable talón de Aquiles” (“Venezuela
en el Mercosur”, Página 12, 1-8).
Al
aspecto energético del bloque nos referiremos enseguida.
Pero aunque no vamos a defender aquí justamente nosotros la
coherencia económica de la Unión Europea (hemos señalado
sus problemas en múltiples ocasiones), la mera insinuación
de una comparación que deje en ventaja al Mercosur frente a
la UE es un despropósito tan mayúsculo que ni cabe
argumentar demasiado. Lo citamos como ejemplo característico
de algunas de las efusiones “latinoamericanistas” a que
ha dado lugar la entrada de Venezuela.
Un
manejo más político de un bloque capitalista
La
verdadera novedad del Mercosur actual pasa menos por una
reformulación de su estructura económica (que luego
trataremos) que por una “politización” de sus
mecanismos y objetivos. En efecto, tanto la salida
temporaria de Paraguay como el ingreso de Venezuela han sido
el resultado de decisiones eminentemente políticas, tomadas
sobre todo por Brasil y Argentina. Con Uruguay se dio un
caso curioso: el presidente Mujica, al principio, opuso
reparos (reflejando las dudas de la burguesía uruguaya),
pero finalmente fue “convencido” por sus socios mayores
de llevar adelante los cambios. Un procedimiento
“presidencial” que, como se quejó la oposición
uruguaya (y el ala derecha del Frente Amplio), pasó por
encima sin mayor cuidado de los mecanismos
“institucionales”.
Esta
vuelta de tuerca política sobre la pesada estructura del
bloque está en línea con algunos postulados del
kirchnerismo respecto del Mercosur. Desconfían de su
racionalidad económica y preferirían un bloque
“intergubernamental”, es decir, un ámbito estrictamente
político de toma de decisiones estratégicas para la
integración (ver al respecto “Desnudando el mito
industrialista”, SoB 202).
Claro
que este bloque “intergubernamental” tiene la desventaja
de desaparecer con los gobiernos que lo componen, lo que va
a contramano del objetivo de la burguesía brasileña de
consolidar un marco económico y político común que amplíe
a la vez su plataforma económica y sustente la hegemonía
de Brasil en el continente. Cristina misma admitió que
todavía falta “crear los instrumentos y las instituciones
que tornen indestructible e indivisible este nuevo polo de
poder”. Por lo tanto, la decisión política de abrir el
Mercosur a Venezuela se da en el marco de que el
bloque regional afianza su lógica económica de origen.
Borón
se ilusiona con que “si los gobiernos de la región diseñan
mecanismos flexibles y eficaces para sacar partido de esta
enorme potencialidad económica y si, al mismo tiempo, se
resuelven las asignaturas pendientes de los acuerdos que
originaran el Mercosur (…) y que reflejaran la hegemonía
ideológica del neoliberalismo en aquellos años, el futuro
económico de nuestros países sería mucho más
promisorio” (cit.). Pero, a la vez, reconoce que “los
otros mercosures: el social, el laboral, el educativo”,
están muy por detrás (y no podían dejar de estarlo)
respecto de lo que verdaderamente importa para las clases
capitalistas sudamericanas. Por eso a Borón no le queda
espacio para otra cosa que la eterna estrategia reformista
de la “presión”: ese hipotético fortalecimiento de
“los otros mercosures” podría “otorgar a los
movimientos sociales y las fuerzas políticas populares una
oportunidad inmejorable para hacer oír sus demandas y
presionar efectivamente a los gobiernos para que adopten sin
más dilaciones las políticas necesarias para que
el Mercosur deje de ser un acuerdo pensado para ampliar los
mercados y reducir los costos operativos de las grandes
empresas y se convierta en un proyecto de integración
al servicio de los pueblos” (ídem).
Vana
esperanza: ni el Mercosur va a cambiar su carácter ni la
“presión de los movimientos sociales” puede transformar
un proyecto 100% capitalista en una “integración al
servicio de los pueblos”. El objetivo del bloque no es ni
remotamente proponer una integración económica
“popular” (sea eso lo que fuere) sino adaptar las economías capitalistas de Sudamérica a las exigencias de
la globalización capitalista, la división mundial del
trabajo y, ahora, la crisis mundial. Todos los pasos que
se dan son en ese sentido, empezando por la incorporación
de Venezuela, que representa para Brasil (y muy
secundariamente para Argentina) no el ingreso de
“criterios populares” sino un socio con las mayores
reservas de crudo comprobadas del mundo.
El
mismo Mercosur con más petróleo
Escuchar
los discursos de los presidentes de la región es sumamente
instructivo cuando se sabe distinguir la demagogia para los
medios de las definiciones para uso interno. En la primera
categoría entran lo de la “quinta potencia mundial” de
Dilma, la “locomotora para acelerar el desarrollo integral
de Latinoamérica” de Chávez o la “oportunidad más
grande de la historia” de Mujica. Cristina combinó las
dos categorías al afirmar que “la incorporación de
Venezuela cierra definitivamente la ecuación de lo que va a
ser este siglo XXI: energía, minerales, alimentos y ciencia
y tecnología”. La “ciencia y tecnología” coresponden
al terreno de la fábula; “energía, minerales y
alimentos”, es decir, materias primas y commodities, son
la descripción de la inserción económica real de América
Latina en el mundo.
Contra
todos los discursos industrializadores en Brasil y en
Argentina, ambos países se han demostrado incapaces de
superar un perfil exportador cada vez más dependiente de
los rubros primarios. El insuficiente (en Brasil) o casi
inexistente (en Argentina) desarrollo de polos industriales
dignos de ese nombre capaces de competir en el mercado
mundial, junto con los embates de una crisis mundial cada
vez más amenazante, están erosionando lo poco que queda,
si algo hubo, de “visión estratégica industrial”. La
apuesta cada vez más clara no es reforzar la estructura
industrial, sino proteger y ampliar el lugar efectivamente
conquistado de proveedores de commodities.
Venezuela
viene al respecto como anillo al dedo, en dos sentidos.
Primero, aporta potencialidad de producción petrolera con
reservas incluso mayores que las de Arabia Saudita (297.000
millones de barriles, aunque el crudo es de calidad inferior
al árabe). Segundo, sin ser gigantesco, es un mercado que
ofrece amplias y atractivas oportunidades de negocios para
las burguesías de los demás socios.
Es
revelador que este “gran paso adelante de los sueños
integracionistas de San Martín, Artigas y Bolívar”, como
lo califica Borón, muestre desde el primer día una
contradicción flagrante: el destino económico que se
proponen para Venezuela los flamantes socios. Mientras Chávez
afirma que “nos interesa el desarrollo industrial (…) el
Mercosur es la locomotora más grande que existe para
asegurar el desarrollo industrial” como futuro contrario
al “modelo rentístico o de factoría petrolera que le fue
impuesto a Venezuela desde principios del siglo XX”, los
demás miembros se relamen pensando en las posibilidades de
explotar petróleo en forma conjunta (ya hay un primer
convenio YPF-PDVSA), participar en las obras públicas
venezolanas y aumentar sus exportaciones a un país que
importa el 70% de lo que consume). Hasta Uruguay está
interesado: Venezuela es hoy el tercer destino de sus
exportaciones.
En
lo inmediato, el Mercosur representa no un impulso sino una
amenaza para ciertas industrias venezolanas: la Cámara de
Fabricantes Venezolanos de Productos Automotores (Favenpa)
presentó un documento a la Cancillería solicitando
“excluir al sector automotor del ingreso de Venezuela como miembro pleno del
Mercosur”, porque “no
hay forma que la industria automotriz de Venezuela pueda
competir ni evitar ser desplazada por la industria
automotriz de Argentina y de Brasil, por las enormes asimetrías
existentes”. Las diferencias entre la industria
venezolana y la de ambos países “son hoy más grandes que
las de hace 20 años (…) Brasil produjo 34 veces más vehículos
que Venezuela, y Argentina 8 veces más”, y en autopartes
“Brasil exportó 1.100 veces más autopartes que Venezuela
y Argentina 200 veces más” (El
Universal, Caracas, 31-8).
La
pretensión de salir del raquitismo industrial congénito de
los países de la región sólo está en los discursos; en
los proyectos reales de las empresas estatales o privadas
del Mercosur, la prioridad es anotarse en la explotación
del petróleo venezolano y en los negocios que genera el
gasto estatal chavista de esa renta petrolera. Las grandes
visiones de integración continental quedarán, en el mejor
de los casos, para después de la crisis económica global.
Las urgencias son las urgencias…
Del
ALBA al ocaso de la “variante chavista”
Dentro
de los aspectos políticos del nuevo Mercosur, se ha señalado
(entre otros, por el citado Borón) que esta decisión
“soberana” de la región va a contramano del aislamiento
que EE.UU. quiere imponer a Venezuela. Esto adquiere más
importancia, según estos analistas, en un contexto en que
se acumulan los antecedentes de intentonas semigolpistas o
destituyentes, exitosas o malogradas.
Este
plano “geopolítico” de la ampliación del Mercosur
existe, pero lo que los columnistas “progres” no señalan
es que todo tiene su precio. Y en este caso, una Venezuela
integrada al Mercosur, si es verdad que le quita aislamiento
político a Chávez, a la vez no hace otra cosa que enterrar
el ALBA, o condenarlo a hibernación por tiempo indefinido.
La
Alianza Bolivariana de las Américas se proponía como
bloque con una lógica distinta a la del capitalismo. Esto
es, se oponía no sólo al ALCA impulsado por Estados
Unidos, sino que se presentaba como diferenciado del
Mercosur. En su momento de apogeo (2005-2008), cerró
acuerdos con Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua; justamente,
el acercamiento de Zelaya en Honduras fue uno de los
factores que movió a la burguesía de ese país a
desplazarlo.
Más
allá de las exageraciones de los admiradores de Chávez, es
bastante cierto que en algún momento el ALBA intentó
desarrollar formas de intercambio comercial no
exclusivamente sujetas a los criterios de ganancia
capitalista (en todo caso, sujetas a los criterios de
expansión regional del “proyecto bolivariano”).
Venezuela complementaba este intercambio con acuerdos
bilaterales, sin atarse a ninguna “institucionalidad”.
Esto
es lo que ha cambiado. Chávez puede creer de verdad o no
que el Mercosur es una plataforma para el desarrollo
industrial de Venezuela; lo innegable es que su ingreso al
Mercosur supone encuadrarse en un ámbito económico (a
diferencia de la Unasur, por ejemplo) con reglas estrictas y
criterios que son categóricamente capitalistas.
El
ALBA, como parte de su “perfil antiimperialista”,
abarcaba propuestas “asociativas”, cooperativas, apoyo a
micropymes, etc., cuya envergadura económica real era muy
modesta, pero que contribuía proporcionalmente mucho más a
la imagen del chavismo como “socialismo del siglo XXI”.
Como describía Claudio Katz, “el
nuevo modelo permitiría reducir las asimetrías entre las
naciones, ya que induciría a crear instrumentos de
compensación entre los participantes de todas las
transacciones. En lugar de comprar y vender siguiendo el
dictado de la ganancia se comenzaría a comerciar en función
de lo que cada país produce y necesita. Este criterio
introduce un desafío radical al regionalismo capitalista
contemporáneo, tanto en la versión del ALCA como en las
vertientes del Mercosur. En lugar de alentar negocios entre
empresarios se propiciarían mecanismos de complementación,
cooperación y solidaridad” (“Las disyuntivas del
ALBA, parte I”, en www.socialismo-o-barbarie.org). Pasar
de estos parámetros económicos a la protección de
empresas industriales locales y extranjeras que no pueden
competir con… Brasil y Argentina (!) representa un
verdadero cambio de orientación y hasta de paradigma, para
usar una expresión de moda.
En la mirada de Katz, “lo novedoso del proyecto radica en el
llamado a gestar una integración antiimperialista, en
oposición a la sumisión que imperó en Latinoamérica en
la última década. Con el ALBA reaparece el nacionalismo
progresista que había perdido influencia en la región”.
En su momento polemizamos con Katz por alentar expectativas
excesivas en el ALBA, aunque también reconocía que “el
destino del ALBA es por ahora un interrogante” en la
medida en que el rumbo del gobierno venezolano no le parecía
resuelto, y alertaba que la asociación con “Lula,
Kirchner o Tabaré bloquearía cualquier avance emancipador,
ya que excluiría tres medidas básicas de ese camino: la
reforma agraria, la redistribución del ingreso y la
nacionalización de los recursos básicos” (ídem).
Pues bien, éste es exactamente el camino que ha
elegido Chávez: plegarse al bloque comandado por los
sucesores de Lula, Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez, lo
que, efectivamente, entendemos que va a “bloquear
cualquier avance emancipador”, tanto para Venezuela como
para los otros países de un Mercosur cuyo rumbo capitalista
no admite la menor duda.
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