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Documento
Internacional del Congreso
América Latina en rebelión
Defender la más intransigente independencia de clase.
Construir corrientes socialistas
revolucionarias consecuentes
Septiembre, 2006
INTRODUCCIÓN
El nuevo MAS realizará en diciembre su IV Congreso, junto
con la segunda reunión de la Corriente Internacional Socialismo o
Barbarie. Estarán presentes compañeros de Brasil, Bolivia, Paraguay,
Francia, Palestina ocupada y otros países.
En esta oportunidad, una de las discusiones centrales es la
situación latinoamericana y la ubicación que debemos tener
los socialistas revolucionarios frente a los nuevos
gobiernos que caracterizan hoy a varios de los países de la región.
Se ha abierto un debate estratégico: ¿cómo
caracterizarlos y cómo ubicarse frente a ellos? ¿Cuál es la
estrategia, la política y la orientación para construir alternativas
independientes, de clase, revolucionarias y socialistas? Esta discusión,
a su vez, también servirá para darle un marco más general a los
desafíos y tareas para nuestro país.
Porque lo que está planteado en la actual coyuntura
latinoamericana es utilizar el actual momento preparatorio de
la lucha de clases –donde emerge un proceso de recomposición
social y política de los trabajadores– para construir fuertes
y orgánicas corrientes y/o partidos obreros y socialistas de
vanguardia, afrontando las discusiones programáticas y estratégicas
que abre el actual proceso político.
Sin duda, no se trata de un problema que atañe sólo a
nuestra organización. El debate cruza al conjunto de la izquierda
que se considera revolucionaria, y ésa es la razón por que hemos
decidido hacer público este documento, que consideramos un
aporte al debate de toda la militancia socialista. Por esto mismo
también buscamos en nuestro período precongreso organizar y hacer
participar a compañeros jóvenes y trabajadores que si bien hoy no
son de nuestro partido, tienen interés en sumarse a esta discusión.
I. EL MARCO INTERNACIONAL
Crisis de hegemonía, empantanamiento en Medio Oriente y
“desobediencia”
El primer elemento para el análisis
de la actual situación latinoamericana es el hecho de que se está
viviendo una coyuntura mundial de fuerte crisis hegemónica de EEUU.
Hay una crisis política en el gobierno de Bush que tiene mucha
importancia, porque está a la vista de todo el mundo que Bush pasa
por un momento de enormes dificultades producto del empantanamiento
en Iraq y Medio Oriente. Es por esta razón que crecen las manifestaciones
de “desobediencia” al amo del norte.
La crisis hegemónica de Estados
Unidos tiene dos planos, el coyuntural y otra estructural.
Este última hace a la declinación de su posición en el
mundo: el hecho de que hoy su PBI no supere el 20/25 % del mundial,
cuando en la posguerra llegaba al 50%; su transformación en país
deudor neto; la ausencia de diferencias cualitativas en lo que hace a
niveles de productividad respecto de los demás imperialismos; el
debate alrededor de China como potencia emergente, etc. El aspecto
coyuntural alude al desmanejo por parte de la administración Bush de
la intervención en Medio Oriente, que a su vez pone más en
evidencia los problemas estructurales.
De este modo, el proyecto de “nuevo siglo americano” hace
agua por los cuatro costados, agravado ahora por la derrota de
Israel ante Hezbollah. Como señala Wallerstein, “Ahora EEUU está
en visible decadencia. Más y más analistas comienzan a decirlo
abiertamente (...) los realistas con claridad de pensamiento reconocen
que la estrella estadounidense va apagando su luz. La cuestión que
subyace en todos los pronósticos serios es, entonces, ¿de quién
será el siglo XXI?”
En ese sentido, la derrota de
EEUU-Israel en el Líbano es el primer elemento de la situación
mundial. No todos los días las masas del mundo tienen una imagen
tan contundente de cómo uno de los principales agentes de los Estados
Unidos, como el Estado de Israel, recibe una paliza como la que
recibió en el sur del Líbano. Casi se lo podría llamar “el
Vietnam del estado sionista”, su primera derrota contundente, quizás
con un mayor impacto político y “psicológico” que estrictamente
militar.
Desde ya que, al mismo tiempo, se
trata sólo de un round, y para nada se puede descartar que
gobiernos como el de Bush y el israelí, cual fuga hacia adelante,
vuelvan a la carga con redoblada furia destructiva. Pero no hay duda
de que este golpe ha servido para reforzar la coyuntura de
crisis y de inusual imagen pública de debilidad del “imperio”.
En estas condiciones, se ha
abierto un espacio político para que haya una coyuntura de crisis
hegemónica mundial y para el surgimiento de gobiernos con
rasgos “desobedientes”: “los líderes políticos de todas
partes hacen cálculos en torno a esta realidad y formulan sus
políticas en concordancia a cómo creen que se resolverá la
crisis” (Wallerstein).
¿Cómo entender, si no, el alcance del desafío de Irán
a la “comunidad internacional” alrededor de su plan nuclear; que
Chávez se pasee por el mundo y amenace con comprarle armas nucleares
a Irán, o que Evo Morales intente forzar una renegociación de
contratos gasíferos y petroleros que, aunque de ninguna
manera representa una auténtica nacionalización, rompe con el modelo
de saqueo de los 90? En vez de las “relaciones carnales” con EEUU,
se busca colocar al Estado como “socio” de las multinacionales. ¿Cómo
se entiende todo esto?
Creemos que se comprende, precisamente, en el marco de esta
coyuntura de crisis hegemónica, que empezó como crisis de
“legitimidad” a comienzos del siglo XXI. Muchos comentaristas
destacan que la valoración de los Estados Unidos en la opinión pública
mundial es la más baja en décadas. Y esto hoy ha dado un salto
ante la crisis, el descontrol y el fracaso en Irak; ante la reciente
derrota de EEUU-Israel en el Líbano y, más en general, frente al
hecho de que en todo Medio Oriente el “policía del mundo” no
logra imponer el orden que pretendía. Graficando esto, un
analista internacional señala: “al poder global de Estados
Unidos le están saliendo enormes agujeros. Junto con la otra gran
realidad asiática, la ASEAN, la OCS recuerda urbi et orbi que el
mundo se organiza al margen de Estados Unidos”. Algo que, aun
con una cuota de exageración, no deja de expresar una de las
tendencias de la realidad internacional.
Esta crisis desafía una lectura esquemática de la
mundialización del capitalismo que podría llevar a perder de vista
la vigencia renovada de la ley del devenir histórico apuntada por León
Trotsky: el desarrollo desigual y combinado, que permite explicar por
qué comienzan a aparecer en el momento actual ciertos rasgos y
tendencias característicos de otros períodos.
Por ejemplo, en la economía mundial hay tendencias a la
“homogeneidad” (en el sentido de la tendencia a la igualación de
las condiciones de explotación y al libre movimiento de los
capitales), pero también a la fragmentación y heterogeneidad, con la
reaparición de rasgos “estatistas” y medidas de un relativo
proteccionismo económico. O el hecho de que junto con una
propensión al reforzamiento brutal de las relaciones de
desigualdad y opresión entre naciones imperialistas y semicoloniales,
emergen situaciones de “desobediencia” y un período con mayores
tensiones interimperialistas en el terreno económico-comercial o político-diplomático
(no así militares), además de realidades económicas y geopolíticas
nuevas, como China.
Dice al respecto el economista
marxista Michel Husson:
“La mundialización capitalista apunta esencialmente a la
constitución de un mercado mundial y a poner a los
trabajadores en competencia directa. La tendencia es al
establecimiento de normas universales que actúan a la vez
sobre los salarios y la rentabilidad. Poner en competencia a los
trabajadores ejerce una presión para igualar a la baja las
condiciones de existencia (...). Esta igualación a la baja de
los salarios y al alza de las tasas de ganancia conduce a fenómenos
de expulsión de los asalariados más costosos y de los capitales
insuficientemente rentables (...).
Es necesario, sin embargo, insistir en el carácter contradictorio
de este proceso, que permite comprender por qué no podría conducir a
una configuración estable de la economía mundial (...). La historia
del capitalismo no es, por lo tanto, lineal: la fase inicial de
mundialización corresponde a un retorno a una suerte de estado
salvaje. (...) la configuración actual de la economía mundial está
acompañada de una profundización de las contradicciones ligadas
al proceso de mundialización capitalista. El ‘Imperio’ está
en realidad profundamente dividido, y se puede ver en esto la
expresión moderna de la ley del desarrollo desigual y combinado.
En efecto, se ve aparecer una doble línea de fractura en el
seno de las zonas de esta economía mundial: entre Estados Unidos y
las otras economías dominantes, alrededor de la baja del dólar, y
entre las economías dominantes y los ‘países emergentes’. Estos
últimos amenazan a la estabilidad del conjunto de la economía
mundial, ganando partes del mercado y logrando aumentar el precio de
las materias primas, especialmente el del petróleo” (La
mundialización desequilibrada).
Es en este contexto que se explica la aparición de
gobiernos y movimientos con rasgos nacionalistas burgueses. Es
decir, con elementos de “desobediencia” o “desafío” al
imperialismo yanqui. Es importante subrayar que esta
“desobediencia” se expresa fundamentalmente en relación al
gobierno de Bush, y de ninguna manera respecto del conjunto de los
países imperialistas. El historiador marxista argentino Milcíades
Peña señalaba con su habitual brillantez cómo los gobiernos
nacionalistas de su época (mediados del siglo XX) se enfrentaban a
uno u otro imperialismo sólo para entregarse a uno más “benévolo”:
“existen roces –que pueden llegar a la lucha militar–
entre la burguesía nativa y el imperialismo (...). Pero, en todo
momento, las diferencias entre la burguesía nacional y el
imperialismo se insertan dentro de una unidad fundamental de
intereses económicos y sociales. De ahí que todos los roces
entre la burguesía y el imperialismo tienen un carácter ficticio
porque no se proponen liquidar al imperialismo, sino llegar a un
acuerdo más provechoso con él, y son, en esencia, la lucha del
competidor más débil” (Industria, burguesía industrial y
liberación nacional).
Es el caso “gemelo” de Chávez en Venezuela y
Ahmadinejad en Irán (uno “progresista” y otro súper reaccionario
desde el punto de vista político-ideológico).[1] Y más allá de éstos,
hay una emergencia de “nacionalismos energéticos”, en los
que regímenes de naturaleza política muy distinta se afirman en la
arena internacional a partir del manejo monopólico o semimonopólico
de recursos naturales estratégicos como el gas o el petróleo. Dice
el economista marxista Claudio Katz:
“La resolución adoptada por el gobierno de Morales
constituye la antítesis simbólica de las privatizaciones de los 90
(...). Esta nacionalización se inscribe en un giro estatizante a
escala internacional. Con el precio del barril por encima de los
70 dólares y Estados Unidos embarcados en guerras imperialistas para
asegurarse el abastecimiento de combustible, todos los países
productores tienden a incrementar la participación del Estado en
la renta petrolera. Esta apetencia se comprueba en los gobiernos
de cualquier signo y en países tan diversos como Rusia, Irán,
Arabia Saudita o Nigeria. Actualmente, las empresas públicas
controlan el 80% de las reservas y el 40% de la producción petrolera
global, y se observa una reconstitución del cartel de productores
semejante al proceso que potencio a la OPEP en los años 70 y 80”
(“América Latina: El torbellino de la integración”).
El trasfondo económico en determinados países o regiones
es que crece el cuestionamiento a determinados aspectos
del neoliberalismo hegemónico en los últimos 20 años, y que
–queremos ser categóricos en esto– sigue siendo la tónica
mundial. Y sobre una base material que siquiera los gobiernos
“nacionalistas burgueses” cuestionan, sino que por el contrario
usufructúan: la superexplotación de la clase obrera en las
condiciones del desmonte de las conquistas de la segunda posguerra, de
las contrarreformas en el terreno de las relaciones laborales.[2]
Habrá que ver qué alcances históricos tiene el periodo
en el que estamos entrando, lo que dependerá, evidentemente, del
desarrollo de la lucha de clases. Pero ya se perfila un panorama menos
lineal y con más heterogeneidad. El elemento “homogéneo” es
la voluntad de descargar todo el peso de la economía en la
superexplotación de la clase obrera, pero hay más heterogeneidad
desde el punto de vista de las mediaciones políticas y económicas
burguesas, de la aparición de gobiernos capitalistas con rasgos más
“estatistas” y “proteccionistas”, que buscan confundir (y
en esta coyuntura lo logran) a amplios sectores de masas.
Este fenómeno plantea, precisamente, la necesidad de no
encandilarse y reafirmar una orientación de intransigente
independencia de clase. Esto es: no capitular a ellos, como
es el caso de muchas tendencias de la izquierda que, en su
“embelesamiento” por Hugo Chávez o Evo Morales, pierden el
punto de vista de clase y socialista.
Latinoamérica en Estados Unidos y emergencia de una nueva
clase obrera
“Cuanto más coloca Estados Unidos a todo el mundo bajo
su dependencia, tanto más depende del resto del mundo, con todas sus
contradicciones y convulsiones amenazadoras (...) esto introduce en
su economía más y más elementos de desorden europeo y asiático”.
León Trotsky, Sobre Europa y Estados Unidos.
El segundo elemento a subrayar es la situación política
al interior de los propios Estados Unidos, incluidas las repercusiones
allí de las convulsiones de la situación mundial y regional. Aquí sólo
queremos destacar un hecho de características históricas ocurrido en
la primera mitad de 2006: la irrupción del movimiento de
inmigrantes, que puede interpretarse como la irrupción de
Latinoamérica en EEUU. El ciclo de rebeliones populares pareció
estar metiéndose dentro de EEUU por la vía de la puesta en
pie de los 41 millones que constituyen la comunidad latina del país.
En ese sentido, fue un hecho cargado de simbolismo que el paro
latino haya tenido lugar el 1° de Mayo. Lo que, junto con
ayudar a recuperar el Día Internacional de los Trabajadores como día
de lucha en EEUU, tiene una significación potencial de clase
de inmenso valor, más allá de los vaivenes concretos del movimiento.
Porque se trató de una jornada de paro de un sector muy importante de
la nueva clase obrera norteamericana, uno de los más oprimidos en su
doble condición de explotados y sin papeles.
Esta irrupción configura un dato de enorme importancia,
que habrá que medir hasta dónde llega. La posibilidad de un “emparejamiento”
de la situación política de EEUU con la regional, obviamente,
sería de importancia incalculable para todo el continente.[3]
Porque no hay que perder de vista que EEUU ha venido siendo el
elemento más reaccionario de la situación internacional. Si
los elementos de crisis política y posible irrupción desde abajo se
desarrollaran, en combinación con las dificultades de EEUU en el
orden internacional, servirían para quebrar la situación política
reaccionaria que sigue imperando hoy en EEUU, lo que abriría una
nueva situación internacional.
Otro elemento de importancia del último período ha sido
el levantamiento estudiantil en Francia. No es éste el lugar
para desarrollarlo, pero queremos retener aquí la simultaneidad de
procesos donde emergieron, indirectamente, sectores de la nueva
clase trabajadora por la vía del reclamo inmigrante en EEUU y, en
Francia, de un movimiento estudiantil que no apareció con
reivindicaciones puramente estudiantiles, sino alrededor de reclamos
vinculados a las condiciones laborales.
El impacto que representaron estos procesos mostró una tendencia
a la irrupción de contingentes de la nueva clase trabajadora,
esto es, la emergencia de luchas masivas en las que tienen mayor
relevancia reivindicaciones de la clase trabajadora, aunque estas
luchas no hayan aparecido como, ni sean directamente, luchas obreras,
sino de inmigrantes y estudiantiles.
Claro está que esto no puede servir para negar ni perder
de vista que en lo que constituye hoy el centro de la situación
mundial, el Medio Oriente, se trata de un proceso “popular”,
con una marcada ausencia de rasgos de clase y con la hegemonía de
distintas variantes islámicas.
Pero esta tendencia que estamos subrayando tiene mucha
importancia estratégica para el análisis de la situación regional.
Porque no hay que olvidarse que pocos años atrás, al calor del
desempleo de masas y la desestructuración social, la mayoría de los
analistas se subieron al carro de la “muerte del proletariado”,
cantando loas a los “nuevos movimientos sociales”. Esto fue
acompañado por análisis económicos mecánicos y catastrofistas (en
los que hace escuela el PO en nuestro país) y la apología, como alfa
y omega de la lucha social, de los Sin Tierra en Brasil o los
movimientos originarios en Bolivia.
Es cierto que el capitalismo mundial tiene marcadas
tendencias a la desestructuración social y la barbarie, pero, al
mismo tiempo, es evidente también cómo se renueva la acumulación
de capital con el surgimiento de nuevas ramas productivas y de
nuevos países con peso industrial. Y si hay acumulación capitalista,
hay posibilidades de desarrollo (relativo), de las cuales emerge una
nueva generación obrera. Este elemento es visible, incluso, en países
como la Argentina y América Latina toda, donde se sufrió un proceso
de fuerte desindustrialización y primarización de la economía. Pero
la actual recuperación económica muestra no sólo que su parque
industrial no ha sido totalmente liquidado, sino que surgen nuevas
ramas productivas. No es casual la emergencia de un proceso de
recomposición de los trabajadores con expresiones como la UNT y la
C-CURA en Venezuela, el CONLUTAS en el Brasil, las experiencias
clasistas en nuestro país y luchas del proletariado de importancia,
como es el caso reciente de los mineros chilenos de La Escondida o la
actual huelga contra los despidos en la Volkswagen en Brasil.
II. EL CICLO POLÍTICO LATINOAMERICANO
El ciclo de las rebeliones populares y la larga coyuntura
de mediación, “estabilización” y extensión
Es en este contexto de crisis
hegemónica y “desobediencia” que se ubica la actual coyuntura
latinoamericana. La sensibilidad que hay que tener, lo que no hay que
perder de vista, es que en América Latina, aun mediado por los nuevos
gobiernos, sigue habiendo un proceso de una enorme importancia, riquísimo.
Si Medio Oriente es hoy el centro de los acontecimientos
internacionales, Latinoamérica continúa siendo la región del
mundo donde el proceso de lucha de masas y los motivos políticos que
emergen de él son los más profundos y “clásicos” a nivel
mundial. Como dice agudamente István Meszáros: “es
mucho más probable en un futuro no muy distante que se verifique el
reventar de una revolución social en América Latina más que en
cualquier otra región (...) con implicaciones de largo alcance para
el resto del mundo” (“Bolívar y Chávez: el espíritu de
determinación radical”).
En este marco, lo que estamos viviendo es una (larga)
coyuntura de mediación electoral. Se trata de los nuevos
gobiernos “centroizquierdistas”, emergentes de los procesos de
crisis y con más o menos elementos de continuidad con respecto a los
90. Pero la definición global que hay que retener es que el ciclo
político abierto a comienzos del siglo XXI continúa, expresando una
relación de fuerzas más favorable para las masas trabajadoras
respecto de las dos décadas anteriores.
Por proceso de “mediación” entendemos el hecho de que
si hace pocos años el punto de referencia para el análisis pasaba
por la magnitud, desarrollo y extensión de las rebeliones populares
–en un contexto de inestabilidad que configuraba situaciones de
“crisis de gobernabilidad”–, hoy, el proceso aparece
“reabsorbido”, en el sentido de que todo lo que aparecía como
potencialidad desde abajo se presenta como capacidad desde arriba.
Un ejemplo es que los medios corren detrás de cada gesto o reunión
de Chávez, Morales o Kirchner; presidentes que se adornan, como si
fueran atributos suyos, con todas aquellas concesiones y cambios que
se han visto obligados a dar en la perspectiva de conceder algo para
mantener lo esencial, es decir, el orden social capitalista imperante.
En este marco de estabilización política y recuperación
económica, lo que está a la orden del día no son las grandes
irrupciones de lucha popular sino, más bien, la reelección de los
actuales mandatarios. Lula va por la reelección en un país donde
no hubo rebelión popular; el PT llegó al gobierno
“preventivamente” precisamente para evitarla. Sin embargo, le
surge una candidatura por izquierda como la de Heloisa Helena. Chávez
también busca de manera plebiscitaria la reelección en diciembre. En
nuestro país, se adelantó la agenda electoral. En Bolivia, el
gobierno de Morales aparece consolidado, y aunque no hay que descartar
choques en la Constituyente, ésta se presenta muy “pactada”.
En síntesis, en varios países de la región que
estuvieron cruzados por la rebelión popular (Venezuela, Argentina y
Bolivia) y otros de gran importancia como es el caso del Brasil, el
proceso político aparece en lo inmediato “estabilizado”. La
excepción podría ser Ecuador, donde la perspectiva no aparece tan
clara, pero difícilmente pueda contrapesar las tendencias
coyunturales latinoamericanas de mediación y estabilización.
Sin embargo, junto con el actual
proceso de “mediación”, se ha hecho presente otro de signo
contrario: el de la “extensión”, esto es, el ingreso de
nuevos países en el proceso regional, en circunstancias de crisis políticas
o ascensos en la lucha popular (aunque sin llegar a
configurar nuevas rebeliones). Ha sido el caso de la inmensa
movilización estudiantil que golpeó fuerte al recientemente asumido
gobierno de Bachelet en Chile, el caso de las elecciones en Perú y la
votación de Ollanta Humala, que ganó la primera vuelta, o el
escandaloso fraude electoral en México y la movilización que desató.
Se trata de procesos que tienden a “emparejar” el conjunto de
la región con un signo a “izquierda”. En este marco, la
reelección de Uribe en Colombia –con un ausentismo del 60% del padrón–
configura una excepción reaccionaria a la norma del conjunto de la
situación regional, la emergencia del “progresismo”.
En este sentido, el caso de Humala en el Perú es un
ejemplo ilustrativo. Su elección constituyó un terremoto político,
aun cuando haya sido derrotado en la segunda vuelta por Alan García,
porque no hay que perder de vista que Perú fue, por más de una década,
la paz de los cementerios. Hubo entre mediados de los 80 y la década
del 90 la friolera de 80.000 desaparecidos o asesinados por la
represión del Estado. Es en ese contexto que se da la votación
de Humala como reflejo distorsionado de que el ciclo de las rebeliones
populares y el proceso regional andino mismo están entrando en el Perú.
Reflejo distorsionado y no directo, porque no se dio en el
terreno de la lucha de clases inmediata, sino en el mismo terreno
“mediado” electoral burgués que hace parte de la actual coyuntura
regional. Pero que expresa de todos modos agudas contradicciones.
Aunque Humala sea una figura burguesa y tramposa, más parecida al ex
presidente de Ecuador Gutiérrez que a Morales o Chávez, no por eso
ha dejado de tener un importante impacto como reflejo electoral de que
incluso en el Perú se empieza a abrir una nueva etapa más
emparentada con la tónica del resto de la región.
En línea con este proceso de “extensión” se encuentra
el caso de Chile. Bachelet ganó las elecciones en uno de los países
más reaccionarios de la región, donde el peso militar es
omnipresente –producto de que no hubo “ruptura” tras la caída
de la dictadura”– y donde el neoliberalismo y las “relaciones
carnales” con EEUU son políticas de Estado. Sin embargo, incluso en
este país, uno de los más estables de Latinoamérica y donde más
cuesta superar la derrota de los trabajadores, se desató un
movimiento de lucha estudiantil y popular de masas que categóricamente
arruinó el inicio del mandato de la presidenta. En estos
momentos, la coyuntura parece estabilizada, aunque hay que tomar nota
de la importancia de la reciente huelga de los obreros mineros del
cobre. Pero la popularidad de Bachelet no se recupera, y lo
ocurrido podría estar configurando un cambio en la tradicional
estabilidad del país de la última década.
Por su parte, en México se ha desatado un proceso de lucha
democrático contra el fraude electoral. La dirección ultra
reformista y burguesa de Obrador y el PRD la está llevando al
desgaste, pero podría eventualmente desbordarse. No hace falta
recordar que la “caída” del PRI se produjo de manera totalmente
mediada y por la vía electoral del triunfo del PAN (partido burgués
de derecha), reafirmándose el NAFTA con los Estados Unidos. Es decir,
se trata de otro de los grandes países “estables” de la región,
que mantiene políticas de colaboración estrecha con EEUU a la vez
que de un régimen muy reaccionario con tremendos problemas
nacionales, democráticos y agrarios no resueltos, como lo demuestra
el mismo fraude ejercido sobre una variante de centroizquierda 100%
capitalista como la de Obrador.
En síntesis, más allá de la actual coyuntura regional de
mediación, el mapa político general latinoamericano muestra un flujo
de fondo donde el ciclo de rebelión, en lugar de terminar de
reabsorberse, más bien parece estar extendiéndose, si bien de manera
“acolchonada”. Parte de esto es el hecho que se está
esbozando una tendencia a una mayor profundidad, desde el punto
de vista social, del proceso de las luchas. Es decir, la propensión a
una mayor centralidad en la pelea de los sectores de trabajadores
asalariados.
En todo caso, se observa la evidente la ausencia de
derrotas categóricas del proceso de la lucha. Más bien, la
tendencia ha sido a la reabsorción democrático-burguesa del proceso
por la vía del mecanismo de conquistas-concesión-trampa.
La propia coyuntura económica mundial y regional
contribuye fuertemente a esta estabilización, pero la historia podría cambiar si la situación
de la economía diera un giro. Estamos en un período preparatorio
donde tarde o temprano, ante la magnitud de las crisis estructurales
no resueltas y en ausencia de derrotas de los trabajadores y las masas
populares, pueden llegar a estallar nuevas crisis. Que plantearán
la perspectiva estratégica de pasar del actual ciclo de rebeliones
populares a la pelea por auténticas revoluciones sociales que desborden
por izquierda a los actuales gobiernos de mediación burguesa.
Ese ciclo político, que sigue abierto, le da un
contexto a la fuerte mediación kirchnerista en la Argentina.
Luego de las elecciones de octubre 2005, habíamos definido el cierre
del proceso revolucionario en nuestro país desde el punto de vista de
la crisis de dominación, que a esta altura resulta evidente. Pero no
por eso la Argentina deja de estar inscripta en ese ciclo político de
conjunto, lo que puede plantear, en el futuro,
circunstancias de reapertura de la crisis.
Estabilización económica y continuidad de la crisis
estructural
Aclaramos que en este punto nos
concentraremos en la economía y no desarrollaremos otro aspecto de la
crisis orgánica que marcó y marca la situación regional: la
crisis de los sistemas de partidos tradicionales y de las
instituciones de la “democracia”. Se trata de elementos
de crisis de dominación que siguen presentes, como lo muestra, por
ejemplo, la agenda de la Constituyente en Bolivia, por tomar sólo un
caso.
Hay un importante sustrato material en los fundamentos de
la actual coyuntura de mediación y estabilización: la recuperación
de la economía regional, luego de que varias de ellas se sumieran
en situaciones catastróficas.
Hay que partir de subrayar que las convulsiones que se
produjeron especial, pero no únicamente, en Venezuela, Ecuador,
Bolivia y Argentina, dieron el tono a los primeros años del siglo XXI
en el marco de una difícil situación del continente por las
transformaciones de la globalización y la imposición del llamado
Consenso de Washington. Un decálogo neoliberal puro y duro que,
gracias a la colaboración prácticamente incondicional de las burguesías
latinoamericanas, se aplicó con más profundidad que en otras
regiones del mundo.
El fenomenal endeudamiento y la nueva división mundial del
trabajo, por un lado, y el desmonte de cualquier barrera defensiva,
por el otro, condujeron no sólo a una caída generalizada de la
economía sino también a una explosión de miseria y a una ampliación
de la brecha que las separa de los países centrales, que se
transformó en abismo.
América
Latina retrocedió en todos los terrenos.
Perdió relevancia industrial, decayó su participación en el
comercio internacional y fue desplazada por el Sudeste Asiático como
principal destino periférico de las inversiones extranjeras. Estas
transformaciones reaccionarias aumentaron el desempleo,
redujeron los salarios y provocaron una terrorífica expansión de la
pobreza.
Así,
al iniciarse el siglo XXI, la situación de América Latina estaba
signada por “cuatro desequilibrios” (Katz): la explosiva combinación
de endeudamiento externo, especialización exportadora en productos de
baja elaboración, intercambio comercial deficitario y erosión del
poder adquisitivo, que desencadenaron las periódicas turbulencias de
la economía latinoamericana.
Pero en la actual coyuntura de “bonanza” de la economía
mundial, crisis de hegemonía e irrupción de los “nacionalismos
energéticos”, esto parece haber variado.
Hoy, las principales economías latinoamericanas están creciendo
(aunque a ritmos muy desiguales) y sobre todo se registran superávits
(algunos importantes) en el comercio exterior.
Sin
embargo, esto no significa que haya cambiado ni mejorado
cualitativamente su inserción estructural en la economía mundial,
ni que se hayan resuelto las causas más de fondo de la crisis económica
y social que afecta a toda la región. Las razones de la actual
“mejoría” son, en primer lugar, consecuencia de una coyuntura
mundial que puede variar en plazos relativamente cortos, lo que
para las vulnerables y dependientes economías latinoamericanas se
traduciría inevitablemente en estallidos y convulsiones).
En
segundo lugar, se ha producido una “adaptación” de las economías
regionales al fin de las condiciones que marcaron la borrachera de
privatizaciones e ingreso de capitales de los primeros años de la década
del 90. Y esto, en algunos países, ha implicado ciertos cambios en
relación con el neoliberalismo salvaje de los primeros tramos de los
90.
La
década del 80 es conocida como la “década perdida” de América
Latina, por el estancamiento de las economías y las primeras crisis
de la deuda externa. Durante la primera mitad de los 90, con el
pretexto de remediar la crisis de la anterior, se aplicaron en todas
partes, aunque desigualmente, las recetas del “Consenso de
Washington”. Eso significó cambios en la esfera de la producción
y de la inserción de cada país en la división internacional del
trabajo.
En los primeros años de la década
del 90, todo pareció ir sobre ruedas. Con grandes desigualdades según
los países, las aperturas y privatizaciones atrajeron una oleada
tanto de inversiones directas como de préstamos e inversiones de
cartera (compras de acciones y otros valores en las bolsas). Fueron años
de “dinero fácil” para los gobiernos y gran parte de las burguesías
de la región.
Esto permitió a muchos países, entre ellos Argentina y Brasil,
sostener la estabilidad de la moneda con una grotesca sobrevaluación
respecto del dólar, y al mismo tiempo darse el lujo de mantener déficits
de la balanza de bienes y servicios (importar más de lo que se
exporta) y déficits del presupuesto del Estado. La mayor parte de los
países pasó así a depender en mayor o menor medida del flujo de
capitales del exterior. Esto produjo, entre otras consecuencias
desastrosas, un crecimiento veloz del endeudamiento, haciendo que la
deuda externa latinoamericana llegara a su cúspide de 767.000
millones en 1998.
Pero
ya desde mediados de los 90 las cosas comenzaron a complicarse.
El problema de fondo es que en la división mundial del trabajo
impuesta por la globalización, América Latina, si bien no se
precipitó al pozo de África, tampoco logró la performance de China
y otros países de Asia. La ola de inversiones directas fue en buena
parte a las empresas públicas privatizadas y no a sectores que
implicaran mejorar substancialmente la inserción en el mercado
mundial. Tampoco el capital “nacional”, en gran medida fusionado,
subsidiario, asociado o subcontratista de las corporaciones
transnacionales, se encaminó en ese sentido. La “apertura”
arrasó con muchos sectores calificados de ineficientes, pero no los
reemplazó en la misma medida por otros “competitivos” en el
mercado mundial. Al mismo tiempo, dejó millones de desocupados, lo
que agravó la miseria mientras supuestamente “crecía la economía”.
La
renuncia –de raíces históricas– de las burguesías
latinoamericanas a cualquier proyecto de industrialización autónoma
e integral, la liquidación de buena parte de la industria sustitutiva
de importaciones y la adopción del modelo de armaduría-montaje
conectado mundialmente han sido la principal causa de que la tasa de desempleo en las ciudades
latinoamericanas casi se duplicara entre 1994 y 2002.
A
medida que se fueron agotando las empresas estatales a privatizar o
las empresas privadas “nacionales” a adquirir, la rueda empezó a
girar en sentido opuesto. Ya no era cuestión de recibir inversiones
directas o de cartera, sino de enviar ganancias al exterior de las
inversiones ya realizadas. Al mismo tiempo, crecía el servicio de la
deuda. En el comercio exterior también las cosas se iban complicando,
por la sobrevaluación de las monedas locales cuyos extremos fueron la
convertibilidad de Argentina o la dolarización de Ecuador. Y en esos
años, a su vez, el dólar se había sobrevaluado respecto del yen y
las monedas europeas. Todo eso contribuía a restar competitividad
a las exportaciones latinoamericanas.
Otro
factor grave fue que desde 1998 al 2002 los países no petroleros de
América Latina habían sufrido un deterioro de los términos del
intercambio (relación entre los precios de los productos de
exportación y los que se importan) del 15%. Y además, desde 1997 al
2002, Latinoamérica padeció una caída absoluta del 25% de los
precios de sus productos básicos no petroleros.
Estos y otros motivos (las crisis
de 1997 del sudeste de Asia y el default de Rusia en 1998, la amenaza
de un colapso de Brasil el mismo año, el imán de la “burbuja” de
Wall Street de 1995 al 2000, etc.) llevaron a un “no va más”. Los
gobiernos y las burguesías latinoamericanas no podían seguir con el
mecanismo de cubrir los distintos déficits con más emisión de deuda
y/o inversiones directas del exterior o de cartera.
Del
dólar barato, el remate de las empresas públicas, los déficits
comerciales y fiscales, y el crecimiento galopante del endeudamiento
externo, se fue pasando al dólar caro, a las devaluaciones de las
monedas sudamericanas, a los superávits fiscales y del comercio
exterior logrado mediante un importante aumento de las
exportaciones (a lo que colabora el actual salto fenomenal en el
precio de las materias primas), así como gracias a una cierta caída
de las importaciones manteniéndose deprimido el consumo popular.
Así,
Argentina, Brasil, Chile o Uruguay registran no sólo superávits
comerciales sino también excedentes fiscales inéditos. El estado
impone –incluso en el caso de los gobiernos que se venden como más
“progresistas”– una severa restricción del gasto público
que va al pago de la deuda. El campeón de este nuevo esquema del
siglo XXI es Lula, con récords de superávit primario superiores al
5% del PBI. No es necesario aclarar las consecuencias de esto en el
empleo, el salario y los sistemas de educación, salud y seguridad
social.
En
síntesis: la base estructural de la “recuperación” regional es
una “economía de la miseria”, donde el crecimiento económico
coyuntural no se refleja en una disminución equivalente de la pobreza
y la indigencia. Esto tiene sus razones: en la actualidad, todas
las economías son “exportadoras”. Esto es más pronunciado,
incluso, en los países “periféricos”. El gran comprador
mundial es, obviamente, los Estados Unidos, que es el que acumula
también los mayores déficits fiscales, de balanza comercial y de
endeudamiento externo.
En
estas condiciones, junto con la devaluación de las monedas, es
fundamental mantener lo más bajo posible el nivel de los salarios,
para hacer “competitivos” los precios de las mercancías
exportadas. De allí que se mantenga estructuralmente –más allá de
cierta recuperación del empleo y de la batería de asistencia social
estatal– una “economía de miseria” que afecta a la mayoría
de las capas trabajadoras. Aquí es donde mueren las palabras
de los nuevos gobiernos “populares”: un festival de planes
sociales para “contener la pobreza”, a la vez que se remachan
las peores condiciones de esclavitud laboral y superexplotación del
proletariado industrial y los trabajadores heredadas de los 90.
Al
mismo tiempo, esto hoy incluye –en situaciones de mayor o menor
continuidad neoliberal– una mayor posición de arbitraje del
Estado en el ciclo de la economía y determinado tipo de regateos
respecto del imperialismo. Eso explica, por ejemplo, la
“nacionalización” del gas de Evo Morales, la recuperación de la
gerencia de PDVSA por parte de Chávez o, incluso, los muy tímidos
avances de Kirchner respecto de la demanda de participación estatal
en algunas privatizadas (el regreso del Correo Argentino y de Aguas
Argentinas a manos del Estado, o la demanda de recuperación de la
“acción de oro” en Aerolíneas Argentinas). En el plano regional,
el rechazo del ALCA, la firma de Tratados de Libre
Comercio y la afirmación del Mercosur expresan de diversas maneras
estas pujas regionales y entre capitalistas.
En
este retorno de las pujas y disputas entre Estados y sectores
capitalistas –que
no expresan ningún interés popular y donde los trabajadores no
tienen nada que ganar– muchas veces los gobiernos actúan de “agentes de negocios”
de sus empresarios amigos o de los capitales radicados en la región.
Esta realidad, que se manifiesta más claramente en Venezuela y
Bolivia, aunque hay elementos de esto en Kirchner o incluso Lula,
depende también del grado de radicalidad de los procesos que han dado
origen a los nuevos gobiernos, lo que constituye un cierto violentamiento
del decálogo neoliberal puro y duro imperante en los 90.
Por
último, tampoco hay que perder de vista que dentro de estas
transformaciones generales se producen desarrollos desiguales con
consecuencias sociales. Surgen o se recrean ramas de la producción
y los servicios, que implican la emergencia de nuevos sectores de
trabajadores asalariados. De esa manera va apareciendo, sobre
todo, pero no solamente, en los países más desarrollados de la región,
una nueva clase trabajadora y una nueva generación obrera.
La mediación reformista y el proceso de recomposición de
los trabajadores
Las calamidades sociales, el descontento, las protestas y
rebeliones, por un lado, y la crisis de alternativa socialista frente
al capitalismo –y de otra forma de poder político frente a la
democracia burguesa–, por el otro, abren en esta coyuntura un
amplio espacio para corrientes (y gobiernos) que prometen mejoras
dentro de los marcos del capitalismo y la democracia burguesa.
Estas mediaciones no se presentan fáciles de
superar, sobre todo en los casos donde estos gobiernos impulsan
“reformas”, como Chávez y Morales, pero tampoco incluso allí
donde el “reformismo” es una estafa lisa y llana (el caso de
Lula). La llegada al gobierno de estas corrientes permite comenzar
a hacer la experiencia con ellas (es decir, comprobar que nada
cambia en lo esencial), pero esta experiencia en ningún caso tiene
ritmos acelerados. Esto ocurre por una variedad de razones, en las
cuales tiene un peso no menor la coyuntura económica favorable que
vive la región.
El caso quizá más evidente es el gobierno del PT en
Brasil, presentado como el gran experimento de alcances mundiales del
“reformismo del siglo XXI”. Pocas veces se han visto al principio
tantas expectativas en las masas y, al final, un espectáculo como el
del continuismo neoliberal y la corrupción del gobierno
petista.
Sin embargo, el PT, se apresta a lograr la reelección de
Lula, aunque esto ocurre no sin pagar un gran costo: la elección
de Heloisa Helena (más allá de todos los límites reformistas de su
discurso) podría alcanzar niveles históricos para una votación de
la extrema izquierda, incluso tomando parámetros internacionales.
Como ya hemos señalado, también Chávez y Kirchner buscan
la reelección. Y Morales domina el escenario político de su país.
Si en Chávez y Morales esto responde a las “reformas” que han
hecho (o se han visto obligados a hacer), en Kirchner se observa que
se ha beneficiado de la estabilización y la recuperación económica
del país.
Asimismo, esto remite a un hecho que se percibe en muchos
países. En los últimos años, los socialistas revolucionarios y
otros sectores más o menos radicalizados hemos estado frecuentemente
al frente de importantes luchas y de grandes movimientos sociales.
Pero nuestra influencia política sobre sectores de las masas en
general es sensiblemente menor que el peso de los movimientos que
encabezamos; una brecha nada fácil de salvar. A esto se suma
un déficit estratégico: la escasa penetración entre los “núcleos
duros” del proletariado industrial generalmente dirigidos por la
burocracia sindical, en los cuales la mayoría de las corrientes
revolucionarias somos extremadamente débiles y/o marginales.
Sin embargo, al tiempo que actúan estas tendencias a la
“estabilización”, también comienzan a percibirse tendencias
de signo opuesto. Hay un flujo de fondo, una corriente más
profunda, que tiende a desarrollar procesos de recomposición del
movimiento obrero y de los trabajadores asalariados; más allá de
que la propia coyuntura de mediación incide, como ocurre hoy en
Argentina. Este “flujo de fondo” se manifiesta principalmente en
dos terrenos: el de la recomposición sindical y el propiamente político
(si bien la separación no es siempre tan nítida).
En el plano sindical, se destacan
la UNT y la C-CURA de Venezuela, el surgimiento de CONLUTAS en Brasil
y el desarrollo de las nuevas direcciones y organismos combativos y
clasistas que dirigieron parte de los principales conflictos en
Argentina de los últimos tres años. Este proceso de recomposición,
en la actual coyuntura, no está exento del desarrollo de una serie
de luchas obreras de características diversas.
Se ha verificado desde una
tendencia más ofensiva a la recuperación de conquistas perdidas en
el período anterior, como la pelea por la jornada de 6 horas en el
subte de Buenos Aires o por el pase a planta permanente de sectores
enteros de trabajadores contratados, hasta peleas más defensivas, en
la actual coyuntura de estabilización, contra los despidos. Un
ejemplo es la fuerte pelea en la Volkswagen de San Pablo contra 1.500
despidos, que debe ser la más importante del proletariado industrial
en años en ese país. Recientemente tuvo lugar la triunfante huelga
de los mineros del cobre de La Escondida (Chile) al calor del astronómico
aumento de este commodity
en el mercado mundial, así como las peleas de los mineros con México.
En el caso de la Bolivia bajo Evo Morales, está en curso, entre
otras, una importante pelea de los docentes urbanos de La Paz. Y en
Venezuela hubo y hay una serie de importantes luchas reivindicativas.
En la Argentina, en medio de la actual coyuntura estabilizada, hay más
bien una serie de peleas defensivas contra despidos, de tipo más
molecular.
Esto indica que aun en medio de esta larga coyuntura de
mediación y de cierto apogeo de los gobiernos centroizquierdistas en
la región, la profundización social del proceso de la lucha, al compás
de la recuperación económica, es expresa una tendencia al ingreso a
la pelea de importantes sectores obreros y de trabajadores.
Este proceso, si bien hoy no configura un ascenso obrero de
conjunto y tiene rasgos más reivindicativos que políticos, tiene
inmensa importancia estratégica hacia el futuro.
En este marco, la coyuntura ha puesto una tarea central en
la agenda de los socialistas revolucionarios: la pelea contra la cooptación
y/o estatización de las organizaciones u organismos obreros. En
Venezuela, contra el intento de Chávez de liquidar la
independencia de la UNT. En Bolivia sucede lo mismo respecto de
Evo Morales y la COB. Es clásico que los gobiernos “bonapartistas
sui generis” o de frente popular, que se asientan muchas veces en
movilizar sectores de masas en sus regateos o peleas con el
imperialismo, necesitan de un movimiento de trabajadores y sus
organizaciones absolutamente dependiente de ellos; esto es, necesitan
la estatización de las organizaciones obreras y populares.
De ahí que la pelea por su independencia –ya subrayada
por Trotsky en sus escritos sobre estos gobiernos– se trata de
una tarea estratégica que está hoy a la orden del día. Porque
mantener la independencia hoy es lo que puede permitir que mañana
la clase obrera cumpla un rol mucho más central que el que cumplió
en la primera oleada de la rebelión.
En el plano más estrictamente
político, también hay un proceso en curso: la tendencia en la
vanguardia de las luchas y de esos procesos de recomposición a adoptar
posiciones políticas más a la izquierda. Sucede que las
mediaciones reformistas son ampliamente mayoritarias e, incluso, hasta
se recrean relativamente después de sus crisis. Sin embargo, simultáneamente
y a su izquierda, comienzan a aparecer corrientes en
disidencia que les ofrecen pelea. Esto constituye un fenómeno objetivo,
si bien muy heterogéneo, y que trasciende la relativa fuerza o
debilidad de quienes las componen.
Así, la crisis con el PT en
Brasil llevó a la constitución del PSOL (y el actual frente
electoral con el PSTU, lo que tiene mucha importancia), que ante todo
expresa ese fenómeno objetivo, a pesar de los grandes límites
electoralistas y reformistas de los que adolece esta experiencia.
En Venezuela, a la izquierda del
chavismo “oficial”, se expresa –de manera aún demasiado
incipiente– el Partido Revolución y Socialismo, encabezado por
caracterizados dirigentes de la nueva central obrera, la UNT, y de la
corriente C-CURA. En este caso, se trata de una expresión de
independencia más organizativa que política ante la realidad que
sus principales dirigentes (de la mano de ambos MSTs de Argentina)
vienen defendiendo una política de apoyo político a Chávez y de
voto acrítico a su candidatura electoral. Esta postura y las
presiones oportunistas que sufren dirigentes obreros como O.
Chirino o S. Pérez Borges de parte de corrientes como el MES de
Brasil o el MST-Alternativa argentino, entre otras, dejan latente el
peligro de una involución en esta experiencia. Sin embargo,
hasta ahora el PRS expresa una dinámica progresiva en cuyo
seno hay que luchar.
En Bolivia, lamentablemente, se ha frustrado por ahora,
dada la absoluta inconsecuencia de los dirigentes de la COB que se
mantienen independientes del MAS, la conformación de un Instrumento
Político de los Trabajadores. Sin embargo, a medida que avance la
experiencia con el gobierno de Evo Morales, el proyecto del IPT se
podría replantear.
Con sólo pasar revista a estas tendencias objetivas al
surgimiento de corrientes a la izquierda del reformismo, salta a
la vista su heterogeneidad y las características peculiares que asume
en cada país. En ese sentido, no es viable intentar establecer
modelos válidos para todos los países, como absurdamente pretende el
MST Alternativa de Argentina en relación con el PSOL.
Sin embargo, se plantea en la vanguardia latinoamericana y
en las corrientes socialistas revolucionarias un trascendental debate:
¿alrededor de qué ejes delimitadores y fundacionales hay que
luchar por agrupar políticamente a la vanguardia que, con mayor o
menor claridad y conciencia, tiende a ubicarse a la izquierda de los
reformistas?
Para los marxistas sólo puede haber un criterio nítido de
diferenciación. Y ese criterio es de clase. Es decir,
si se está o no por la más absoluta independencia de la clase
trabajadora y sus organizaciones de todo gobierno o corriente burguesa.
Es sobre esos sólidos cimientos sociales que hay que asentar
la construcción política de organizaciones y partidos a la izquierda
de las grandes corrientes reformistas.
Los dos planos de la recomposición se relacionan con otro
elemento que venimos subrayando: que la clase trabajadora está volviendo
a escena. En buena medida se trata de una nueva clase
trabajadora, tanto generacionalmente como por los sectores de la
producción y los servicios en las que hoy existe. Y junto con ese
regreso a escena de los trabajadores, se han venido desinflando los
mitos sobre los “nuevos sujetos sociales” desarrollados en los 90.
Es
falso, por ejemplo, que las rebeliones de Bolivia hayan sido
estallidos puramente “indígenas”. El centro insurreccional ha
sido la comuna proletaria de El Alto, cuyos habitantes son, a
su vez, originarios. Por supuesto, esa combinación no
se puede ignorar. Pero en ella es fundamental no perder de vista el
carácter de trabajadores de los luchadores alteños. En
Argentina, en el centro del último ciclo de luchas –hasta abril de
2006– en su centro estuvieron los trabajadores ocupados. Los
conflictos en el subte, telefónicos, petroleros, hospitales (también
a nivel de contratados y/o precarizados como en Taym) tuvieron una
enorme repercusión pública. Por primera vez en años, hubo meses en
los conflictos en el sector privado superaron a los del sector
estatal. En 2005, en Panamá, un gran movimiento de huelga
generalizada durante varios días obligó al gobierno a dar marcha atrás
en sus planes de reformas neoliberales. En Venezuela, el surgimiento
de la UNT se produjo a partir de la centralidad que adquirió la clase
obrera en la lucha contra el paro-sabotaje en PDVSA.
La
realidad es que ninguno de los “movimientos sociales” ha podido
reemplazar la centralidad de la clase trabajadora urbana, y en
especial del proletariado industrial, en los países más
avanzados de la región. Con todos los cambios de la globalización, esa
centralidad estructural no sólo se mantiene sino que se ha
visto reafirmada. Si esa centralidad estructural no logra
traducirse en movilización social y hegemonía política, ningún
movimiento de sectores socialmente “marginales” (sin tierra
de Brasil, desempleados de Argentina, comunarios de Bolivia, indígenas
de Chiapas, etc.), por más progresivo que sea, podrá sustituir esa
carencia.
Esto se relaciona con la respuesta a la pregunta que antes
planteamos: ¿con qué ejes delimitadores hay que luchar
para agrupar políticamente a la vanguardia? ¿Con qué proyecto? ¡Alrededor
de partidos o movimientos de la clase trabajadora! Sólo
contando con su propio instrumento político –absolutamente independiente,
separado y distinto de todas las corrientes burguesas de derecha o
de “izquierda”– la clase trabajadora podrá agrupar a su
alrededor el más amplio bloque de todos los explotados y oprimidos
(las clases medias empobrecidas, las masas excluidas y en la miseria,
los pueblos originarios, los campesinos, etc.).
Tanto la experiencia de las revoluciones del siglo XX como
ahora de las luchas y rebeliones con que despunta el siglo XXI, nos
dicen que la lucha por el socialismo, por la revolución socialista, sólo
puede plantearse desde la movilización y la hegemonía de la clase
trabajadora.
Entonces, hoy la gran tarea es ganar a la vanguardia,
a los activistas obreros y sociales, para luchar por esa
perspectiva política y para impulsar ese estratégico proceso de
recomposición. Esa es la tarea central de este período
“preparatorio”.[4]
III. LOS NUEVOS GOBIERNOS
Nacionalismo burgués y frente populismo. Por una
delimitación de clase
Salvo excepciones como la reelección de Uribe en Colombia,
lo que predomina en América Latina es una variedad de gobiernos y
movimientos políticos que se presentan como “de izquierda” y/o
“progresistas”. Bajo esta denominación hay sin embargo una variedad
de posiciones y situaciones políticas. Se trata de un debate de
inmensa importancia estratégica: la caracterización y ubicación
que debemos tener los socialistas revolucionarios respecto de los
nuevos gobiernos en Latinoamérica.
Tenemos gobiernos burgueses normales, como es el
caso de Bachelet, Tabaré Vázquez y Lula, extremadamente
“conservadores”, continuistas y neoliberales. En un lugar
“intermedio” hay otros gobiernos burgueses más o menos
“normales”, como Alan García en Perú (de retórica populista) y
más característicamente el de Kirchner. En el caso de éste, como
“hijo burgués” del Argentinazo, la línea continuista es
“post-neoliberal”. Es decir, matizada con una serie de
concesiones y cambios en la regulación del capitalismo argentino, en
última instancia subproducto de la rebelión popular.
Sin embargo, cuando nos desplazamos hacia la
“izquierda”, aparecen gobiernos también burgueses “anormales”,
como los de Chávez y Evo Morales, con diferencias respecto de su procedencia
de clase. Chávez es un gobierno nacionalista burgués en
condiciones de crisis hegemónica de los Estados Unidos. En el caso de
Morales, estamos ante un gobierno de frente popular.
Sobre las características especificas de este tipo de
gobiernos burgueses “anormales”, veamos una clásica definición
de Trotsky que conserva toda su actualidad:
“En los países industrialmente atrasados, el capital
extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la
burguesía nacional en relación con el proletariado nacional. Esto
crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila
entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente
débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado.
Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis,
de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de
las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en
instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con
las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el
proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este
modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación con
los capitalistas extranjeros” (“La industria nacionalizada y
la administración obrera”).
Aclaremos que estos gobiernos del
siglo XXI se apoyan, más que en el proletariado, en los sectores
populares en general. En verdad, su política hacia la clase obrera es
donde más se manifiesta su carácter de clase burgués.
En el caso de Chávez, se trata de la emergencia, en las
condiciones específicas del siglo XXI y de la propia Venezuela, de un
gobierno nacionalista burgués con muchos de los rasgos
marcados por Trotsky respecto del “bonapartismo sui generis” de su
época. Es decir, con “condiciones especiales de poder estatal”
que le permiten maniobrar por “encima” de las clases, apoyándose
en las masas populares, haciéndoles concesiones y “disponiendo de
cierta libertad” respecto del imperialismo.
Sin embargo, aunque Chávez gusta definir al suyo como un
gobierno “obrerista”, debe estar absolutamente claro que no
estamos ante un “gobierno de los trabajadores”. Se trata de un
gobierno burgués, asentado en una de las instituciones
principales del Estado burgués, el ejército, y que viene cerrando
crecientes acuerdos con sectores de la gran burguesía y las
multinacionales que operan en su país (ver al respecto, por ejemplo,
el ilustrativo artículo de Flor Beltrán en Socialismo o Barbarie
86)
Al mismo tiempo, está claro que el de Chávez configura un
gobierno burgués “anormal”, en el sentido de que si la
subordinación al imperialismo en la característica distintiva de los
gobiernos latinoamericanos, su emergencia como gobierno
independiente es una característica política evidentemente
propia del chavismo. No es accidental que haya intentado ser depuesto
por el golpe de abril del 2002, ni que haya sufrido el paro-sabotaje
de principios del 2003. Al salir triunfante de ambos eventos, así
como del referéndum revocatorio del 2004, esas instancias afirmaron
la independencia de su gobierno respecto del imperialismo yanqui.
El retiro del embajador en Israel durante la agresión sionista al Líbano
es otra expresión de esta independencia.
La base material de este comportamiento se asienta
en lo que definimos como el actual desarrollo de los “nacionalismos
energéticos”: el manejo monopólico –que no excluye, sino
que más bien presupone, acuerdos de asociación “mixta” con las
multinacionales– por parte del estado de la extracción de petróleo
y de una parte importante de la renta petrolera.
Pero nada de esto niega que se trata de un nacionalismo
burgués que sigue manteniendo fraternales relaciones con los demás
países imperialistas, que paga puntualmente la deuda externa y que no
ha tocado nada de la gran propiedad industrial, agraria, comercial,
financiera y de medios de comunicación, por lo que Venezuela sigue
siendo un país 100% capitalista. En todo caso, se trata de un
capitalismo con fuertes rasgos de capitalismo de Estado, muy
lejos de la prédica de Chávez del “socialismo en el siglo XXI” y
más emparentado con los nacionalismos burgueses que jalonaron la región
hacia mediados del siglo pasado.
En efecto: a semejanza de Chávez, “los gobiernos
‘bonapartistas sui generis’, como los de Perón, Nasser, Getulio
Vargas, Paz Estensoro, etc., característicos de la segunda posguerra,
consiguieron apoyo en las masas haciéndoles concesiones.
Estas, en ocasiones, chocaron con los mezquinos intereses
inmediatos de las burguesías nativas, aunque esas concesiones
fueron hechas con vistas a los intereses históricos y de mas largo
plazo de desarrollo capitalista nacional independiente (...). Una
característica fundamental de estos regímenes es que expropiaron
políticamente a la clase trabajadora y las masas populares.
Hicieron todo lo posible para que no tuviesen una expresión política
propia e independiente” (Roberto Ramírez, “¿«Revolución
bolivariana»?”, en AAVV., Rebeliones en América Latina).
En el caso de Bolivia, ya hemos señalado que se trata de
un gobierno de frente popular. Esto es, un gobierno que tiene
la particularidad de que es una organización de masas, no
burguesa, la que llega al gobierno del Estado capitalista, y adquiere
necesariamente el carácter de un gobierno de conciliación de
clases. En última instancia, por el contexto del Estado y de las
relaciones de producción capitalistas, se trata de un gobierno
burgués. Sin embargo, la organización que llega al gobierno no
es burguesa: es obrera, campesina o pequeño burguesa.
Es el caso de Evo Morales. Porque el MAS de Bolivia es
un “movimiento-partido” pequeño burgués y campesino
reformista, que llega al gobierno a gestionar el Estado
burgués boliviano y sacarlo de su crisis mortal. Es un
movimiento-partido de base campesina con un funcionariado pequeño
burgués y una intelectualidad con aspiraciones burguesas. Un
gobierno clásico de frente popular, con la diferencia de que su
base social no es obrera, sino campesina.
La discusión acerca del carácter de los actuales
gobiernos supone todo un debate al interior de la izquierda.
Hay extremos de capitulación, como aquellos que se mofan de la
izquierda que considera que Chávez es un gobierno burgués. Pero si
no lo es, ¿qué es? ¿Un “gobierno del pueblo”? ¿“Nuestro
gobierno”? Este tipo de posiciones, que configuran una bancarrota
total, son típicas de algunos de los grupos que giran en torno al
MST Alternativa en la Argentina.
Por su parte, los compañeros del MST-El Socialista
plantean que “todos los gobiernos de la región son de frente
popular”, incluso Kirchner. Esto es directamente disparatado.
Kirchner es el emergente de un partido burgués tradicional como el
PJ, no de una organización de masas, y el suyo es el gobierno del
principal partido burgués tradicional, el peronista. Esta
diferenciación tiene su importancia porque frente a un gobierno burgués
normal y uno “anormal” de frente popular hay matices a la
hora de hacer política.
Pero también tenemos diferencias con los compañeros del
PO, el PSTU y el PTS. Por ejemplo, para los dos últimos, el gobierno
de Lula es de frente popular. A nuestro modo de ver, el
caso de Lula tiene su especificidad, dado que el PT fue en su momento
un partido de trabajadores reformista. Pero a estas alturas nos parece
evidente que ha perdido completamente ese carácter y se ha
consumando su transformación en un típico partido burgués.
Con el PO, las diferencias son más amplias: sigue
sosteniendo la equivocada estrategia del “Frente Único
Antiimperialista”, en este caso frente al gobierno de Evo Morales,
al que llamaron públicamente a apoyar.
Este debate es tan apasionante como complejo, porque en
varios casos amplios sectores de masas tienden a considerarlos como
“su gobierno” (como es visible con Chávez y Evo Morales). En
otros, al menos, gozan de un amplio (aunque pasivo) apoyo popular,
como ocurre con Kirchner. A esta dificultad se suman sus veleidades de
“desobediencia” y “antiimperialismo” en el contexto de la
actual crisis hegemónica, que les permiten opacar aún más su
carácter de gobiernos 100% capitalistas.
Esta es la razón por la cual es tan importante hacer una clara
definición de clase de estos gobiernos: es la única manera de
dar sustento a una estrategia de intransigente independencia de
clase frente a ellos.
La situación de Cuba
Aunque más no sea sumariamente, tiene una especial
relevancia para la situación latinoamericana el actual momento político
que vive Cuba. En primer lugar, se puede decir que el proceso
restauracionista, que avanzó varios pasos durante la década del 90
con el cambio de aires mundiales y regionales, está en cierto modo “detenido”:
Cuba no es –no aún, en todo caso– un estado capitalista, y
mantiene las progresivas características de independencia del
imperialismo yanqui que distinguen a ese país desde 1959. Por
esto mismo, el ciclo de rebelión popular inaugurado a principios del
siglo, junto con la situación en Bolivia y, sobre todo, Venezuela,
han vuelto a poner a Cuba en el debate de la izquierda.
A todo esto se le suma que el país se ha visto últimamente
beneficiado por los acuerdos con Venezuela dentro del contexto del
ALBA, que le garantizan no sólo la provisión que necesita de petróleo,
sino incluso un excedente que puede reexportar para hacerse de
divisas.
Nada de esto niega que, al mismo tiempo, no siga presente
en Cuba un conjunto de inversiones de multinacionales en
distintas ramas de la economía como el turismo, la industria farmacéutica
en general y la medicina en particular, ni que la hostilidad con
Estados Unidos no implique, al mismo tiempo, relaciones de mucha
proximidad con otros países imperialistas como España y el actual
gobierno de Zapatero. Así como es un hecho que se mantiene o se amplía
la brecha social entre la capa burocrática y los trabajadores
que se fue creando en las ultimas décadas y que pegó un salto en los
90.
Sin embargo, el “lustre revolucionario” que conserva
Castro en la región sirve como otro elemento de legitimación de
estos nuevos gobiernos latinoamericanos con los que tiene relaciones más
estrechas, sobre todo Chávez y Morales. El primero se ha
mostrado como el mandatario más cercano durante la enfermedad de
Castro, precisamente en momentos donde en la política interior de de
Venezuela la orientación apunta más bien a la “estabilización”
y al estrechamiento de lazos con las multinacionales.
Cuba no es un estado socialista –en el sentido más
lato del término ya que, estrictamente, la existencia efectiva del
socialismo excluye la del Estado–, pero tampoco lo consideramos
un estado obrero, como lo hace la mayoría de las corrientes
socialistas revolucionarias de nuestro continente. Lejos de ser un
“modelo” a seguir por los procesos revolucionarios en curso en la
región, el retorno a métodos más “clásicos” de lucha de clases
y los elementos de democracia de bases, aun en ausencia del desarrollo
de elementos de radicalización socialista y con una limitada
centralidad obrera, constituyen un punto de apoyo imprescindible
para la perspectiva de auténtica revolución socialista por la que
creemos que hay que luchar. Esta centralidad conciente de la clase
obrera es imprescindible para abrir la transición al socialismo, transición
que quedó abortada en la isla casi desde el inicio de la experiencia
revolucionaria.
Esto no significa que Cuba sea un estado burgués:
ya hemos señalado que la restauración del capitalismo aún no se
ha consumado. A nuestro modo de ver, con las especificidades del
caso que vienen de su proximidad e independencia del imperialismo
yanqui, es uno de los últimos Estados burocráticos sobrevivientes
de la caída del estalinismo, donde por una serie de
circunstancias históricas y políticas que aquí no podemos
desarrollar, la clase obrera cubana de la ciudad y el campo no es
la que tiene en sus riendas el poder, ni en el terreno político ni en
el de la gestión de la economía. Para que esto ocurra, debería
desarrollarse un proceso de lucha y movilización desde abajo que sin
dejar de defender de manera incondicional a Cuba del imperialismo,
impusiera una revolución política y social que desplace a la
burocracia castrista del poder. Esto es, una revolución antiburocrática
y auténticamente socialista, que si bien no debería cambiar el
aspecto meramente jurídico de la propiedad, sí debería hacer pasar
los medios de producción efectivamente a manos de los trabajadores.
La experiencia de Cuba nos debe servir también para
explicar por qué no se puede esperar la estatización
generalizada de los medios de producción de parte de gobiernos como
el Chávez, contra las ilusiones compartidas también,
lamentablemente, por muchos que se consideran parte de la izquierda
revolucionaria.
Porque cabe recordar que en las propias nacionalizaciones
en Cuba a principios de los 60 influyeron dos factores políticos de
peso hoy ausentes.
Por un lado, la presión producida por el choque con el
imperialismo yanqui que, en ese momento histórico, y a pesar de la
existencia de la ex URSS, estaba en el apogeo de su hegemonía. Se
trato de un paso empírico y defensivo de la dirección castrista
frente al sabotaje y el bloqueo de las multinacionales y el gobierno
norteamericano. Sin duda, en el sentido antiimperialista y
anticapitalista –pero no socialista–, estas estatizaciones
configuraron un paso progresivo respecto del imperialismo, aunque
con la gran limitación de haber sido realizadas “desde
arriba”.[5]
Y en segundo lugar, hay que subrayar que Castro toma estas
medidas contando con una “garantía social”: el hecho de
que en la ex URSS (luego de su degeneración), China y los países del
Este europeo, las estatizaciones no significaron automáticamente
que los medios de producción quedaran bajo el control directo de los
trabajadores. Por el contrario, quedaron en manos de una
burocracia que se aseguró así su posición social como capa
privilegiada y que usufructuó de la parte del león del plustrabajo
social generado por los trabajadores y arrebatado a la burguesía y el
imperialismo.
Ante la desaparición de la ex URSS (guardiana mundial de
la burocracia estalinista), esta última condición hoy no existe: ante
la expropiación generalizada de los medios de producción, se
adelgazan las mediaciones para que los trabajadores no le pasen por
encima a estas direcciones. Así, no sorprende que la dirección
castrista asesore a Chávez en el sentido de descartar de plano
cualquier curso similar: todo va en el sentido del capitalismo de
Estado y de la conformación de empresas mixtas estatales-privadas con
los grandes grupos capitalistas.
Pruebas al canto: consultada respecto de en qué estadio se
encontraría la “revolución bolivariana”, una conocida
intelectual castrista y asesora de Chávez, Marta Harnecker, contestó:
“en el estadio de profundizar la revolución, en el esfuerzo de hacer
más eficiente el aparato de estado, de pelear contra la corrupción,
purificar la policía y los órganos estatales de seguridad, y de
trabajar por profundizar la democracia participativa e
implementar una lógica económica diferente: una lógica humanista
basada en la solidaridad”.
El paralelo con la falsa prédica
de la “humanización del capitalismo” es evidente, y lo demuestra
que al ser consultada sobre “el más importante paso en el proceso
político desde que Chávez definió la ‘dirección socialista’ de
la Revolución Bolivariana”, Harnecker responde con toda franqueza:
“Seguramente lo sorprenderé cuando afirme que no ha habido ningún
paso relevante hacia esa dirección. Lo que está ocurriendo (...)
es una lógica humanista basada en la solidaridad (...) en realidad,
lo que está pasando en Venezuela no es socialismo”.
Y cuando el entrevistador observa
que “la insistencia en el socialismo como la única vía viene,
paradójicamente, al mismo tiempo que los esfuerzos que están siendo
hechos para incorporar al sector privado en los planes económicos
del gobierno”, Harnecker remata reconociendo que “esto es algo contradictorio
para la visión clásica del socialismo como una sociedad en la
cual todos los medios de producción deben estar en manos del estado,
eliminando las raíces de la propiedad privada. En esta visión, el
énfasis está puesto en la propiedad y no en el control de los
medios de producción. Cuando Chávez habla del socialismo que intenta
construir en Venezuela, siempre deja claro que habla del ‘socialismo
en el siglo XXI’ y no de una copia de modelos socialistas
anteriores. Lo que es central en Venezuela hoy es acabar con la
pobreza” (tomado de International Socialist 109, pp. 32-34).
En síntesis, el “nuevo”
socialismo del que habla el caribeño no supone expropiar a los
capitalistas ni acabar con la ley del valor. En realidad, de auténtico
socialismo no tiene nada, sino que se trata a lo sumo, como hemos
dicho, de elementos de capitalismo de Estado. Hasta allí llega
todo el “socialismo” del que Chávez es capaz.
Reformismo en el siglo XXI y la “nacionalización” del
gas en Bolivia
En todo caso, son fuentes de confusión no sólo la prédica
“socialista” de Chávez, sino también de las limitadas y
tibias reformas que efectivamente llevan adelante algunos de los
nuevos gobiernos de la región.
Desde hace varios años, sobre todo en el contexto de los
Foros Sociales Mundiales, se viene hablando de un “nuevo
reformismo”. Tras el fiasco de Blair y su “Tercera Vía”, el
experimento “reformista” volvió a la palestra cuando al asumir
Lula en 2003; pasados casi cuatro años, se constata que se trata de
una de las experiencias de mayor permanencia neoliberal en la
región. En ambos casos, se trataba de un “reformismo sin
reformas”: pura retórica acompañada de continuismo neoliberal
en los hechos.
Pero con Chávez y, sobre todo, con la reciente
“nacionalización” del gas en Bolivia, se abrió el debate
sobre la emergencia de un reformismo que sí lleva adelante ciertas
reformas.
En el caso boliviano, el más complejo de la actual
coyuntura, lo primero a señalar respecto de la “nacionalización”
de Evo Morales es que estos gobiernos, bajo la presión de la lucha de
clases y de las rebeliones populares, para poder cabalgar sobre
ellas y administrarlas, reabsorbiéndolas garantizando la
gobernabilidad capitalista, se ven obligados a adoptar una serie de
limitadas reformas, dentro del ya citado mecanismo de
conquista-concesión-trampa. Profundizar sobre esto es de enorme
importancia estratégica para no marearse.
Es un hecho que hay ciertas “reformas”, muy
circunscriptas, por parte de gobiernos (Chávez y Morales son
los ejemplos más claro, pero no los únicos) que se han visto
obligados a conceder una serie de limitadas concesiones para frenar,
desviar y mediar el proceso de la lucha.
En ese sentido, no se trata de “puro continuismo”. Hay
ciertos cambios en la regulación del capitalismo e incluso cierto
tipo de reformas, aunque en general de carácter más político que
económico. Pero incluso en el terreno económico, cambian
ciertas reglas de juego cambian, y desde ese punto de vista no es
ilícito hablar de cierto “reformismo”.
Insistimos: no todo es retórica hueca; hay auténticas
concesiones, en mayor o menor grado. Lo que hay que
subrayar es que todo lo que contienen de “audaces” estas
medidas tiene su origen en la acción de las masas, y todos los límites
provienen del carácter 100% burgués de los nuevos gobiernos.
Lo que queda entonces es un muy limitado tipo de
reformas, con cambios en la regulación estatal pero con pocas
consecuencias materiales favorables a las masas. Porque a
comienzos del siglo XXI, las condiciones económicas no tienen nada
que ver con las “vacas gordas” del boom capitalista de la
posguerra (Estado benefactor); más bien, son lo opuesto:
continúa, de conjunto, el período neoliberal de la economía
capitalista mundial, con casi cero espacio para concesiones
significativas a las masas. De paso, esa diferencia de contexto económico
es uno de los elementos más importantes para distinguir el
actual ciclo de los gobiernos nacionalistas con el de la segunda
posguerra.
Al mismo tiempo, es clave
comprender y hacer entender, frente a la demagogia de los gobiernos de
la “causa nacional”, que éstos de ninguna manera van a lograr
un desarrollo de las fuerzas productivas, sin lo cual no puede haber
reversión estructural y estratégica a las condiciones de vida de las
amplias masas. Para que hubiera un auténtico desarrollo de las
fuerzas productivas, estos gobiernos tendrían que tomar medidas
reales y estructurales medidas anticapitalistas: la expropiación
de los grandes monopolios burgueses, la nacionalización de la banca y
el comercio exterior imponiendo realmente el no pago de la deuda
externa, el impulso a la unidad latinoamericana combinada con la
planificación socialista de las principales ramas de la economía a
escala continental, etc., nada de lo cual, evidentemente, están
dispuestos a hacer.
Ahí está el caso de Chávez, dilapidando
parte importantísima de la renta petrolera extraordinaria de la
que hoy goza Venezuela. O los subsidios K a los empresarios y la política
del “desendeudamiento”, que da mayores márgenes de maniobra a su
gobierno (como ocurre también con Lula) pero a partir de la orientación
totalmente capitalista de destinar los ahorros nacionales a
cancelar las deudas con la banca imperialista.
Lo propio ocurre incluso con la
“nacionalización” del gas en Bolivia, a cargo del Estado burgués
sin ningún tipo de control obrero. Y es sabido que en el país andino
–como en el resto– hay una larga tradición de parasitismo,
corrupción e ineficiencia en el aparato estatal. Por ejemplo, Evo
Morales ya se ha visto obligado a remover al presidente de la
YPFB “refundada” por un desfalco de 35 millones de dólares, y el
nuevo presidente designado por el gobierno del MAS viene de desempeñarse
nada menos que como gerente de ¡Petrobras! Y por otra parte, hoy el
proceso mismo de la “nacionalización” está totalmente paralizado:
el ministro de Hidrocarburos Soliz Rada acaba de reconocer que desde
el 1º de mayo
no ha entrado al fisco un solo peso más tras la
“nacionalización”.
Al respecto, alerta muy bien Claudio Katz:
“El alcance efectivo de la nacionalización es por ahora
una incógnita (...) constituye un importante paso adelante, cuya
afirmación depende tanto del monto como de la utilización de la
nueva renta estatal. Si los fondos públicos se destinan a favorecer a
los grupos capitalistas, la nacionalización reproducirá todos los
vicios del estatismo petrolero que se han verificado desde México
hasta Kuwait. Una capa de burócratas reciclará el excedente para
enriquecerse y facilitar la acumulación subsidiada de los empresarios
afines al gobierno de turno (...). Una larga experiencia de estatizaciones
burguesas demuestra que el número de empresas traspasadas al
sector público no es sinónimo de mejoras populares. Sólo la presencia,
control e intervención directa de los movimientos sociales en la
administración de los nuevos fondos permitirá asegurar su utilización
en beneficio de la población” (“El torbellino de la integración”).
Otro ejemplo de derroche de recursos escasos es el proyecto
de “capitalismo andino-amazónico” fogoneado por García
Linera, vice de Morales. No podría haberse imaginado idea más romántica
y despilfarradora de fondos, ya que el proyecto afirma que
parte importante de la renta petrolera no debe ser destinada a la
industrialización del país, sino al “fortalecimiento de las
economías familiares” tal cual son hoy. Es decir, operar una
transferencia de recursos no en la perspectiva del desarrollo de la
gran producción sino para el sostenimiento de la pequeña propiedad.
Según las palabras del vice boliviano:
“La construcción de un Estado fuerte que regule la
expansión de la economía industrial, extraiga sus excedentes y los
transfiera al ámbito comunitario para potenciar formas de
autoorganización y de desarrollo mercantil propiamente andino y amazónico
(...) Es una falsa utopía pensar que todos se convertirán en
empresarios formalizados. Seguirán trabajando familiarmente y a nivel
domestico por lo menos por los próximos 50 años. La idea es que
tengan soporte económico, acceso a insumos, a mercados, que generen
en su régimen económico (artesanal y familiar) procesos de
bienestar. Quizás la movilidad social sea pequeña y la mayoría
siga en la economía familiar de pequeña y mediana escala, pero
con mejores condiciones de vida y productividad” (en Le Monde
diplomatique 79, edición argentina).
Aclaramos que no se trata de
oponerse, ni siquiera en el caso de la transición socialista, a
subsidiar por un período a la pequeña propiedad: la reivindicación
de “créditos baratos” para estos casos hace parte del programa de
la revolución socialista. Pero algo muy distinto es destinar el
centro de los recursos naturales y de generación de divisas a este
sector y no a la inmediata industrialización del país.
Por eso, resulta clave, estratégico, comprender y explicar
que se trata, precisamente, de “reformas” muy limitadas –a veces
incluso ficticias– y no de transformaciones revolucionarias
reales anticapitalistas, porque las hacen gobiernos burgueses,
desde el Estado burgués, en un contexto capitalista y sin romper
realmente con el imperialismo, lo que hace que resulten socavadas desde
el momento mismo en que se toman.
El marco teórico más general para entender medidas como
la nacionalización parcial del gas es, creemos, el que estableciera
de manera tan brillante como educativa Milcíades Peña hace años:
“No todo el capitalismo
argentino es privado. Pero las empresas pertenecientes al Estado –el
‘capitalismo de Estado’– se comportan exactamente
igual que las empresas privadas, sólo que empeorando las deficiencias
de éstas. La burocracia que dirige las empresas estatales se
encuentra orgánicamente ligada a la burguesía por la naturaleza
de sus actividades mediadoras y reguladoras (...). Como resultado,
en la medida en que la burocracia de las empresas estatales tiene
poder de decisión, lo emplea con los mismos criterios burgueses
que guían a los empresarios privados. Y en un país como la
Argentina, estos son los criterios de una burguesía atrasada,
dependiente del capital extranjero, que por el hecho mismo de no
poder sobrepasar el horizonte del régimen capitalista es incapaz de
formular una política apta para superar el atraso y la dependencia.
El atraso argentino, la baja productividad del trabajo nacional, son realimentados
diariamente por el accionar de este capitalismo de Estado que,
dilapidando sin cesar recursos escasos, refuerza la dependencia del país
frente a las metrópolis del capital. Lejos de ser un
‘instrumento de crecimiento económico’ (...), el ‘capitalismo
de Estado’ en la Argentina constituye un factor de estancamiento
tanto por lo que hace como por lo que deja de hacer, por el continuo
despilfarro de recursos escasos en que incurre, así como por la
completa inoperancia en el sentido de planificar su acción con vistas
a elevar la productividad” ( Industria,
burguesía industrial y liberación nacional, pp. 102-103).
En síntesis, lo que cabe retener es la idea de que se
patea el tablero respecto de las normas de los 90. Esto no es
“continuista”, sino algo distinto: son medidas de “capitalismo
de Estado”, diferentes al neoliberalismo puro y duro, en
condiciones de rebelión popular, de mediación electoral y crisis
hegemónica. Pero lo que ocurre como contracara es que se trata
de “reformas” enteramente capitalistas, que no van a dar
soluciones de fondo.
En el caso de la “nacionalización” del gas, por
ejemplo, lo que hay es más bien un regateo entre el capitalismo de
Estado boliviano y las multinacionales. La renta petrolera y gasífera
ha pegado un salto espectacular, acompañando el precio del barril de
20 dólares a entre 60 y 75 dólares el barril. El negocio petrolero
está en plena expansión, ya que explotaciones costosas como la
offshore, casi inviables con un barril a 20 dólares, a 70 u 80 dólares
es negocio puro, una inversión de retorno asegurado.
¿Qué es lo que está por detrás del nuevo evangelio
de las “empresas mixtas”? ¿Cuál es el mensaje implícito
del capitalismo de Estado? Un establecimiento de nuevas condiciones
a empresas que de todas maneras siguen haciendo grandes negocios con márgenes
de ganancia altísimos. Eso es lo que hizo Chávez en Venezuela,
en el marco de asociaciones empresarias “mixtas” que le den “sólo”
el 10% de la producción a las multinacionales. Pero se trata
igualmente de ganancias que significan fortunas. Porque en la
abrumadora mayoría de los casos las multinacionales no invirtieron
un peso en la exploración petrolera, la parte más costosa del
negocio. Los dos mayores yacimientos gasíferos de Bolivia ya estaban
descubiertos y puestos a funcionar por YPFB cuando Petrobras asumió
su administración.
Entonces, lo que tenemos son nuevas reglas de reparto de
la renta con los privados para mejor gestionar el Estado capitalista
en condiciones de rebelión popular latente.
IV. LOS DEBATES ESTRATÉGICOS
La política frente a las medidas “progresivas”
El ya señalado carácter “anormal” de algunos
gobiernos burgueses de la región y la emergencia de un nuevo
“reformismo” que adopta medidas “progresistas” plantean el
problema de la política a adoptar por los socialistas
revolucionarios frente a ellas. Se trata de una discusión estratégica.
Tomaremos, nuevamente, el ejemplo de la “nacionalización”
del gas en Bolivia. Aunque esta medida tenga cierto costado de
“pateo de tablero”, es enteramente burguesa respecto de la
perspectiva de la transformación social de Bolivia. Entonces, no
podemos apoyarla, porque va en el sentido de “resolver” esta
tarea de manera burguesa, es decir, parcial, inconsecuente y
limitada, lo que equivale a no resolverla. Da concesiones al
movimiento de masas, pero en la perspectiva de salvar al Estado
burgués boliviano, no de liquidarlo. Los socialistas
revolucionarios no podemos apoyar políticamente una medida que
vaya en la perspectiva de salvar al Estado burgués y que no cuestiona
de fondo las reglas de juego del capitalismo, por más
“antiimperialista” que parezca.
En la tradición marxista revolucionaria, el criterio de
principios es que no se pueden apoyar medidas políticas
burguesas porque son parte de un todo político: el
mantenimiento del sistema capitalista. Y éste es, justamente, el
caso de la “nacionalización” del gas de Evo: hace parte de una política
global, de conjunto, de liquidar la rebelión popular boliviana.
Por supuesto, sí es una obligación utilizar estas
medidas para plantear llegar más lejos: “queremos que se vaya hasta
el final, que se expropie todo el gas, que pase a manos de los
trabajadores, no de los militares”. Y, frente a posibles
encontronazos con el imperialismo, enfrentamientos con las empresas
multinacionales o intentos de re-privatización total, es una obligación
la defensa de Bolivia; como también, en la pelea por los
contratos petrolíferos, defendemos el derecho soberano del Estado
boliviano de resolver los contratos bajo su propia jurisdicción.
Como señala la declaración de SoB Bolivia sobre el gas, en todo
conflicto entre la nación opresora y la oprimida, nos colocamos en el
terreno de la oprimida.
Pero el punto de partida es que cada medida que toma un
gobierno burgués, sea “nacionalista” o de frente popular, es
parte de una totalidad, del carácter burgués del gobierno y del
Estado. Y el otro elemento fundamental, estratégico y decisivo,
es que siempre sostenemos la independencia de clase de los
trabajadores y su autodeterminación. Una renegociación de los
contratos significa un reparto distinto de la renta en condiciones más
ventajosas para el Estado boliviano. Pero nuestro ángulo es de
clase: ¿qué tanto de esa renegociación va a ir a parar de
manera efectiva a la clase trabajadora? Por eso nuestro programa es
que las empresas deben ser efectivamente expropiadas y pasar a
manos de los trabajadores.
Decía Milcíades Peña:
“Un largo siglo después del Manifiesto Comunista, los
sembradores de confusiones afirman que es ‘estrecha y egoísta’ la
reivindicación que postula soluciones ‘de clase’ para el barco
que se hunde. Toda la política marxista –en la cuestión nacional
tanto como en la esfera económica o en cualquier otro aspecto de la
realidad social– es una política de clase. Está dictada por
los intereses históricos del proletariado, que lucha para liberar a
la humanidad de todas las formas de opresión (...). El partido
proletario puede y debe resolver el problema nacional por sus
propios métodos” (cit., p. 164).
¿Qué significa, entonces, que las empresas pasen a manos
del Estado? Obviamente, no somos “liberales” en el sentido de que
apoyemos que estén en manos privadas. Pero ¿qué significa que pasen
a manos del Estado burgués? ¿En qué se diferencia una nacionalización
burguesa de una anticapitalista? ¿Quién debe controlar y dirigir
esas empresas? En esta discusión esta el núcleo de nuestra posición
respecto de las nacionalizaciones burguesas, porque las estatizaciones
capitalistas (como categóricamente señalara Trotsky en sus valiosos
textos sobre Latinoamérica) no configuran formas de
“socialismo” sino de capitalismo de Estado. Es por esto que
hay que luchar por la expropiación total de las empresas bajo
control y/o administración obrera, como parte de la lucha por el
poder de la clase trabajadora.
Respecto de las medidas “progresistas” de los gobiernos
nacionalistas burgueses o de frente popular, creemos que tiene total actualidad
la ubicación que al respecto defendiera Nahuel Moreno –apoyándose
en Trotsky– en su polémica con la OCI francesa, y que citáramos en
nuestro debate con corrientes como el MES de Brasil [6]:
“La pregunta es: ¿es posible apoyar los pasos o medidas
progresivas de un gobier |