4º Congreso del
nuevo MAS

 

Situación Nacional

El surgimiento de una nueva generación obrera

y la lucha contra el gobierno de Kirchner y la burocracia

Septiembre, 2006

1. Introducción

Presentamos el proyecto de Documento Nacional del IV Congreso del nuevo MAS. Nos hemos apoyado, en lo que hace a sus consideraciones más generales, en las definiciones provistas por el proyecto de Documento sobre América Latina.

En este marco, queremos hacer referencia a tres aspectos específicos que están más trabajados en este texto. En primer lugar, hacemos notar que la coyuntura política del país y también de algunos países de la región, parecen haber ido incorporando una serie de elementos de polarización política. Las amenazas represivas en México a la Comuna de Oaxaca, los enfrentamientos en Huanuni, Bolivia, entre cooperativistas y mineros asalariados, y la desaparición de López, junto con el accionar de una patota oficialista contra los trabajadores del Hospital Francés y los enfrentamientos intra aparato del PJ bonaerense el 17 de octubre parecen abonar elementos que recuerdan que el ciclo de crisis más de fondo de la región y el país sigue vigente. Este elemento se desarrolla junto con un análisis de las características específicas del gobierno y el régimen político en la era K.

Sin embargo, la principal novedad de este texto está referida a los elementos más estructurales del análisis. En este sentido, nos parecía importante en nuestro esfuerzo de elaboración pasar de los aspectos más estrictamente políticos del análisis a los movimientos subterráneos que son los que, en última instancia, los determinan. Es por esta razón que en se hace un estudio más detallado del trasfondo económico del gobierno de Kirchner, así como de la disposición de fuerzas objetivas de la clase obrera hoy en la Argentina y del proceso de recomposición en curso.

Es a partir de este marco más estructurales que el documento intenta fundamentar una caracterización y orientación de dimensión más estratégica: la previsión de que, eventualmente, un próximo ascenso más de conjunto de las luchas de los trabajadores tendrá en su centro a la nueva generación que ha entrado a trabajar en los últimos años. Así como la posibilidad, como desde hace años no se ve, de que entren a tallar más en la lucha sectores del proletariado industrial, cuyas filas y planteles se han visto recompuestos en los últimos años.

Finalmente, en vista de que consideramos esta discusión de interés no sólo para la militancia de nuestra organización, sino para el conjunto de la vanguardia y el activo del resto de las tendencias de la izquierda, hacemos público, como lo hicimos con el texto latinoamericano, también este proyecto de Documento Nacional.

Ciclo político y coyuntura

De manera muy esquemática y sucinta, comenzaremos por dar cuenta de los sucesivos momentos políticos que siguieron a la asunción del gobierno de Kirchner, así como su contexto regional, hasta la coyuntura actual.

En su momento habíamos definido a Kirchner como “hijo burgués del Argentinazo”, lo que remitía tanto al cambio de ciclo de la lucha de clases que le dio origen como a los límites políticos del Argentinazo mismo. En los textos del Congreso anterior (diciembre 2004), asimismo, nos referíamos a los progresos del gobierno K en la estabilización, relegitimación de las instituciones cuestionadas y reabsorción del proceso iniciado en diciembre de 2001.

Luego de las elecciones de 2005, además, establecimos que como producto del éxito del gobierno en la reconstitución de las instituciones, del fin del continuo proceso de deterioro económico y social que se extendió hasta 2003 –a caballo de la recuperación económica y del empleo– y del respaldo político logrado por Kirchner en esas elecciones, que sancionaba el consenso alrededor de la figura presidencial, era lícito hablar de cierre del Argentinazo en tanto que crisis de dominación.

Sin embargo, inmediatamente cabía efectuar una aclaración: el hecho de que la burguesía y su elenco político hubieran podido cerrar la tremenda crisis política, económica y de dominación que eclosionó en diciembre de 2001 no significaba, en modo alguno, un “retorno al punto de partida”. Por el contrario, la definición de “cierre del Argentinazo” asumía como premisa que las nuevas relaciones de fuerzas entre las clases y el nuevo ciclo político que venía a cerrar el largo período de derrota de los 90 ya formaban parte de la realidad política. En ningún caso cabía interpretar esa definición en un sentido de regreso al ciclo de derrotas y retroceso de la etapa precedente.

Esta aclaración cobraba más fuerza y relevancia aún si se la relacionaba con el contexto político internacional en general y latinoamericano en particular. En verdad, el comienzo del siglo XXI –haciendo una cronología aproximada– representó en ambos casos el fin de una etapa de permanente retroceso para el movimiento obrero y para el marxismo revolucionario. Lo que dimos en llamar, a nivel del globo, el “giro de Seattle”, y a nivel regional, el proceso de “rebeliones en América Latina” daban –y dan– un marco más amplio a la lucha de clases en la Argentina, cuyas coordenadas son esencialmente distintas a las de los 90, aunque pervivan parte de sus pesadas herencias.

Por otra parte, la relativa estabilización lograda por Kirchner y el “relegamiento” en la memoria popular de los acontecimientos de 2001 guardan también una estrecha relación con procesos análogos que tienen lugar en nuestro continente en los últimos años. Como hemos señalado en otros textos, puede decirse que a la “primera fase” del ciclo de rebeliones en América Latina, con los picos explosivos de Ecuador en 2000, Argentina en 2001, la derrota del golpe contra Chávez en 2002 y el derrocamiento de dos presidentes en Bolivia (2003 y 2005) le sucedió una “segunda fase” de estabilización a partir del surgimiento de los gobiernos centroizquierdistas de “mediación” en prácticamente toda Sudamérica.

Aunque las especificidades nacionales tienen una importancia innegable, es evidente que hay una serie de elementos comunes coadyuvantes al surgimiento de gobiernos como el de Kirchner, Chávez, Evo Morales, Lula, Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet o Alan García. Esos factores comunes son, en primer lugar, de índole política; esto es, la respuesta post facto o preventiva a procesos de agitación y / o rebelión popular, en condiciones de crisis social, rechazo a las recetas neoliberales y un afloramiento del sentimiento antiimperialista. Pero también inciden pautas económicas más generales, como lo demuestra el momento de crecimiento y saneamiento fiscal que está atravesando el conjunto de los países de la región, aprovechando el ciclo favorable de la economía internacional. Ya desarrollaremos esto en el capítulo respectivo.

En todo caso, cabe retener el concepto de que las tendencias a la consolidación temporaria de los gobiernos de mediación como el de Kirchner exceden las vicisitudes locales y se inscriben en un contexto como mínimo regional.

Dicho esto, corresponde dar cuenta de la situación política de los últimos dos años en términos generales. Tal como estimáramos en 2004, el 2005 fue un año en el que se verificaron dos procesos paralelos. Por un lado, una mayor estabilización política y económica, apoyada en la relegitimación de la figura presidencial y en el mantenimiento de la tendencia a la recuperación económica, respectivamente. Por el otro, a caballo de esa misma reactivación y de un recalentamiento de la inflación, se dio un proceso de luchas obreras por salario –con una importante presencia de los trabajadores del sector privado– como hacía años no se veía. Sin duda, el hecho de que por primera vez en bastante tiempo empezara a darse una baja de la desocupación, contribuyó a alejar el fantasma de la “muerte social” del despido entre los asalariados. Asimismo, comenzó un declive en el impacto político y en la capacidad organizativa de los movimientos de desocupados, que habían sido los principales protagonistas de la vanguardia luchadora en el período 2001-2003. Por el contrario, quienes fueron ocupando la palestra fueron los trabajadores ocupados, con dos características: se trataba de sectores más de servicios que industriales, y los conflictos más importantes tenían a su frente direcciones independientes, con un fuerte peso de la izquierda independiente. Las luchas del Hospital Garrahan y de los trabajadores del subterráneo, fueron emblemáticas del período al que hacemos referencia.

A comienzos de 2006, parecía que esas dos tendencias generales –consenso mayoritario alrededor del gobierno y luchas obreras por salario poniéndose en el centro de la geografía social de la lucha– se mantendrían y consolidarían. El impacto nacional del conflicto de los petroleros de Las Heras, en la propia provincia del presidente, que cuestionaba la política salarial del gobierno con métodos radicalizados –hubo un policía muerto– sugería una posible profundización de ese proceso.

Sin embargo, en el marco de un accionar de intervención política en la economía cuyas características desarrollaremos en el capítulo económico, los acuerdos paralelos realizados por el gobierno hacia marzo de este año en precios (con la burguesía) y salarios (con la ayuda de la burocracia sindical) lograron detener esa dinámica incipiente. De hecho, con pocas excepciones –en general locales y de limitada repercusión política–, el “convenio marco” del 19% de aumento salarial para todo el año como techo para todas las discusiones salariales dejó prácticamente cerrado el tema para el conjunto del movimiento obrero. Esto dio lugar a una coyuntura que denominamos “planchada” en términos de agitación social, sin que por otra parte se abriera un momento político abiertamente reaccionario. La tónica era la estabilización de las variables políticas, económicas y sociales.

Es en ese contexto que se hizo sentir con más fuerza la hegemonía política del gobierno, que dejó muy poco margen para el accionar de la oposición burguesa y pareció incluso “cerrar” el año político dejando la sensación de que el proyecto reeleccionista (con Kirchner o con Cristina Fernández) ocupaba toda la escena.

Sin embargo, en las últimas semanas, el clima político aparece enrarecido. La desaparición de Jorge Julio López, sumado a la patoteada y respuesta de los trabajadores del Hospital Francés, más los incidentes en San Vicente entre facciones del PJ, introducen elementos de polarización política, de inestabilidad y hasta de crisis política que desarrollamos más abajo.

Como ya apuntáramos, esta realidad no parece ser sólo una peculiaridad “nacional”, sino que se enmarca en una tendencia regional reciente a situaciones de polarización política, que podrían estar preanunciando un tercer período dentro del ciclo político general, marcado por elementos de mayor inestabilidad y eventuales enfrentamientos. Esta situación, y su posible dinámica, serán desarrolladas a continuación en el capítulo sobre gobierno K y régimen político.

En síntesis, aun manteniendo la definición del cierre del Argentinazo y de fase de estabilización y mediación, es importante subrayar que tanto a nivel nacional como regional el ciclo de la lucha de clases que cerró la derrota de los 90 sigue abierto. Si se pierde de vista el hecho de que la relativa estabilización política y social lograda por el gobierno de Kirchner se da en el contexto de un ciclo político con profundas tendencias a la inestabilidad, se corre el riesgo de sucumbir al impresionismo y / o de quedar desarmados frente a eventuales crisis o convulsiones políticas.

Contingencia que es perfectamente posible, además de que una evolución de ese tipo tampoco está en absoluto descartada para los demás países de la región. Como veremos más abajo, las condiciones de la actual fase de mediación y estabilidad relativa se sustentan, en Argentina y en América Latina, sobre bases bastante menos firmes de lo que la burguesía y el imperialismo desearían.

2. Gobierno y régimen político en la era Kirchner

Entre Lula y Chávez

En el documento sobre Latinoamérica decíamos que, salvo excepciones, lo que predomina en el continente es una variedad de gobiernos que se presentan como “de izquierda” y/o “progresistas”. [1] Sin embargo, añadíamos que bajo esta denominación se escondía una variedad de posiciones y situaciones políticas. Señalábamos, por un lado, la existencia de gobiernos burgueses completamente “normales”, como los casos de Bachelet, Tabaré Vázquez y Lula; gobiernos extremadamente conservadores, continuistas y neoliberales. Por el otro, en el costado “izquierdo”, ubicábamos a los gobiernos burgueses “anormales” de Chávez y Evo Morales; con características de nacionalismo burgués el primero y de frente popular el segundo.

El gobierno de Kirchner se coloca entre uno y otro extremo, en un punto intermedio, con rasgos que le son propios. Dar cuenta de ellos es parte importante de los objetivos de esta sección.

El de Kirchner podría definirse como un gobierno burgués “más o menos normal”, en el que, por tratarse del “hijo burgués del Argentinazo”, la línea continuista ha sido matizada por una serie de cambios en la regulación del capitalismo argentino.

Aquí nos concentraremos básicamente en cinco cuestiones: a) las razones del “hegemonismo” kirchnerista; b) la continuidad de la crisis del sistema de partidos, el rol de la oposición burguesa y de la Iglesia; c) la reapertura de la lucha democrática; d) la caracterización de que se ha abierto una nueva coyuntura política, marcada por una crisis política en el gobierno K y por elementos de polarización, y e) la “volatilidad” del escenario hacia las elecciones del 2007.

2.1 Hegemonismo kirchnerista y formas bonapartistas en Latinoamérica

Una característica del actual ciclo político en América Latina es que todos los nuevos gobiernos quieren contar con más tiempo para ejecutar sus proyectos. Chávez ha manifestado que quiere quedarse hasta el 2030. Evo Morales, aun atravesando una grave crisis, no le va en zaga: su vice García Linera dijo que “harían falta 50 años para cambiar Bolivia”. En nuestro país, mientras Kirchner dejaba trascender que no quería presentarse a la reelección, se habla de “asegurar el proyecto” mediante una sucesión de mandatos Kirchner (el actual presidente y su esposa) hasta 2020, al tiempo que se monta una supuesta “concertación” fracturando a la UCR.

A escala más modesta, la mayoría de los gobernadores kirchneristas buscan modificar la Constitución o recurrir a artilugios similares para asegurarse la reelección indefinida. Ya lo hizo Alperovich en Tucumán y ahora lo intenta Rovira en Misiones. En esta última provincia, el intento ha terminado por catalizar una fuerte oposición de todo el resto de los partidos burgueses, incluyendo el PJ “oficial” de Puerta, en torno al obispo Pigna que podría imponerle una derrota a Rovira y al propio Kirchner, que alentó las aspiraciones de aquél. Incluso el gobernador bonaerense Solá, jaqueado por la desaparición de López, busca un pronunciamiento de la Corte Suprema provincial en ese sentido.

Los constitucionalistas se rasgan las vestiduras, y la oposición política burguesa –que no siempre expresa mecánicamente a la burguesía económica– acusa al gobierno de “hegemonista” y “avasallador” de las instituciones y los partidos. Prédica que se ha visto reforzada en medio de la crisis política (aunque por ahora “en las alturas”, sin irrupción del movimiento de masas) que se ha terminado abriendo a partir de los enfrentamientos violentos entre fracciones del aparato sindical y político del peronismo bonaerense en San Vicente.

¿Qué refleja todo esto? La base de fondo a los intentos de perpetuación es el hecho de que no se viven tiempos “normales”, fácilmente encuadrables dentro de la alternancia formal de los mandatos. El argumento es, como gusta repetir Kirchner, que “se ha salido del infierno, pero no se ha llegado al purgatorio”. Es decir, que el objetivo de construir un “capitalismo normal” no sólo todavía no se habría alcanzado sino que necesitaría varias gestiones para consolidarse. También se argumenta que la “alternancia” regular es lo mejor para los países estables, pero que en esta “castigada Latinoamérica”, no es tan fácil darse estos lujos.

El razonamiento tiene una parte de verdad. En el contexto del ciclo de rebeliones populares inaugurado a comienzos de este siglo, los nuevos gobiernos burgueses emergentes de ellas tienen la necesidad de contar con mayores márgenes de maniobra de los característicos en los 90. Se trata de gobiernos que no sólo operan como una mediación a las luchas y revueltas populares: buscan arbitrar intereses, poniéndose “por encima” de los conflictos entre las clases sociales, las fracciones internas de la clase dominante y el propio imperialismo.

Este rol que pretenden asumir como condición para poder estabilizar el régimen y el sistema es uno de los rasgos de lo que en la literatura socialista se conoce como “bonapartismo”, aunque le falten otros.

Precisamente, el incremento de las luchas populares, la debilidad de la institucionalidad burguesa clásica –marcada a fuego con las rebeliones– y la necesidad de gestionar un Estado con más capacidad de acción política y económica que en el período neoliberal clásico de los 90 explican algunas de las formas políticas del proyecto kirchnerista que tanto escandalizan a la oposición burguesa. Entre ellas, su insistencia en la necesidad de perpetuar su gestión.

Nada de esto significa, por supuesto, el inicio de un nuevo “movimiento histórico” con el que a veces deliran los kirchneristas. Así lo corrobora el bochorno de San Vicente. Mucho menos que el supuesto “proyecto Kirchner” vaya a orientarse en un sentido “antiimperialista” o “popular”. Se trata más bien de todo lo contrario: la búsqueda de instrumentos y atribuciones que le permitan reabsorber las rebeliones populares con las que despuntó el siglo en nuestros países.

En síntesis, se trata de casi una cuestión de “instinto de conservación” para el elenco político y franjas importantes de la burguesía local: sentar condiciones para que uno y otras eviten perecer en la morsa de las tendencias más agresivas de la mundialización imperialista, por un lado, y las rebeliones populares que podrían poner en cuestión toda la dominación capitalista, por la otra.

De ahí, también, la emergencia de mecanismos de intervención política en la economía que implementa Kirchner, aun sin llegar siquiera a constituir un capitalismo de Estado à la Chávez. Veremos esto en la sección sobre economía.

2.2 Oposición burguesa y crisis del sistema de partidos

A estas tendencias “hegemonistas” contribuye también el desprestigio de las instituciones de la democracia en general y la crisis del sistema de partidos en particular. La institución presidencial se ve fortalecida por encima de un sistema de partidos muy golpeado, que poco puede hacer en el sentido de la clásica “división de poderes” propia de las condiciones de “normalidad” de la democracia burguesa.

Porque, siguiendo una tendencia que es mundial, los partidos políticos tradicionales se vacían cada vez más de contenido para transformarse en cáscaras sin base social activa de masas ni lineamientos ideológicos distintivos. Por eso, reflejan de modo cada vez mas directo una dependencia de su soporte económico-material, vinculado a la gestión del Estado.

El caso de los “radicales K” y la devaluada candidatura de Lavagna son ilustrativos al respecto. Los dirigentes radicales que tienen responsabilidad “ejecutiva” –esto es, gobiernan algo– son, no casualmente, los más proclives a acordar una coalición electoral con Kirchner. ¿Las razones? Simples: dependen, como la sombra al cuerpo, de la caja del Estado.

En cambio, los radicales “políticos” –que no gestionan grandes distritos– y los duhaldistas y menemistas desplazados del poder buscan reagruparse alrededor de un candidato “potable” como Lavagna. Esta coalición –cuyo futuro es de lo más incierto– es más “ortodoxa” en su visión de la economía y más renuente a imponer regulaciones al dios mercado que la “coalición kirchnerista”.

Por su lado, la derecha clásica como Macri y López Murphy –que vuelve a asomar en la coyuntura gracias a los traspiés del gobierno– representa la defensa de un esquema neoliberal puro y duro, sumado a un discurso “institucionalista” y “republicano”.

En este marco, en los últimos tiempos la oposición burguesa ha incrementado su agresividad como parte de la nueva coyuntura de crisis política y polarización. Sin duda, ha utilizado en su favor la serie de hechos de las últimas semanas, junto con las peleas del gobierno con la Iglesia y la ventaja que parece sacar Pigna en Misiones.

En esto hay una especie de división de tareas al interior de la clase dominante. La burguesía “económica”, casi unánimemente, viene sosteniendo la política económica del gobierno K. Porque es un hecho que, desde la devaluación de 2002, se ha reestablecido la unidad burguesa en torno a la política económica que está llevando a la mayoría a tener ganancias como nunca.

Sin embargo, esto no se traslada mecánicamente al terreno político. El juego de la oposición burguesa es connatural al régimen político patronal, y parte importante de la “recuperación institucional” tiene que ver con que la oposición no sea la que “está en la calle”, sino la institucional, burguesa y “moderada”: Macri, Lavagna, López Murphy o Carrió. Pero hay otra razón menos “general”: crece el descontento entre determinados sectores del imperialismo y la burguesía alrededor del “arbitrario” estilo de mediación de Kirchner. Se impondría, entonces, ponerle una serie de límites y contrapesos, batalla a la que se ha sumado con fuerza la jerarquía de la Iglesia Católica.

Volviendo a la subsistencia de la crisis del sistema de partidos: en un escenario donde lo que mandan son las coaliciones “gelatinosas” basadas en el aprovechamiento de la gestión y los recursos del Estado, se expresan las profundas grietas en una de las principales instituciones del régimen democrático burgués: los partidos patronales. Situación que, en el caso de la UCR, está en la antesala de la crisis terminal, contribuyendo al hegemonismo oficialista.

En todo caso, más allá del señalado vaciamiento internacional de los partidos patronales, en el caso argentino aparece un elemento adicional: esta realidad es producto de que aún no se ha cerrado del todo la crisis de las instituciones abierta en diciembre de 2001. El “que se vayan todos” no se pudo imponer, pero sigue presente y resonando en las entrañas de los partidos y las instituciones de la “democracia”.

2.3 Las contradicciones de la política kirchnerista y la lucha democrática

En el marco anterior se inscribe la política de derechos humanos del gobierno K, que ahora ha hecho crisis con la condena a Etchecolatz y la desaparición de López. Se trata, básicamente, de un intento relegitimador de las instituciones de la democracia al cual le han surgido consecuencias no queridas.

No es la primera vez que un gobierno capitalista oficie de “aprendiz de brujo”: es decir, que desate con su acción desde arriba consecuencias por abajo que vayan más allá de sus intenciones. Es el caso de la anulación de las leyes de impunidad. Se trata del terreno más “reformista” del actual gobierno, en el cual, efectivamente, se dio un giro en redondo respecto de las leyes de Obediencia Debida, Punto Final e Indulto (aunque hay que recordar que éstos últimos no han sido anulados).

Sin embargo, esto no quiere decir que haya sido el propio gobierno el impulsor de juicios como el de Etchecolatz, y menos aún la imposición de la figura del genocidio, que abre las puertas para un eventual juzgamiento de represores del pasado y del presente. Si esto ha ocurrido es porque entre las brechas abiertas “en las alturas” estuvo la acción independiente de los organismos de derechos humanos que no han sido cooptados por el gobierno, y que fueron los que impulsaron el juicio y la condena a este genocida a cadena perpetua. Es decir, ha sido la lucha popular y no el Estado –como certeramente se cantaba a las puertas del tribunal– la que obtuvo este importantísimo triunfo. Aunque, al mismo tiempo, producto de los elementos de polarización que se están viviendo, lamentablemente López haya terminado desaparecido a manos de un grupo fascista, lo que configura un precedente no menos grave.

El caso es que la imputación de delito de lesa humanidad implica su imprescriptibilidad, por lo que en un eventual derrame de causas contra militares en actividad no habría una línea clara de demarcación respecto de quiénes podrían ser afectados y quiénes no. De ahí la reacción o zarpazo fascista de la desaparición de López, el acto por la amnistía a los genocidas en Plaza San Martín y la introducción de un elemento “setentista” en la coyuntura.

Esta situación se ha transformado, finalmente (por acumulación de la desaparición de López, la acción de matones del gobierno en el Hospital Francés y el bochorno de San Vicente), en una crisis política. El gobierno, que sólo buscaba un terreno “gratis” desde el cual llevar a cabo la relegitimación de las instituciones de la “democracia”, con su política ha contribuido a generar una dinámica de polarización. Esta es la responsabilidad que la oposición burguesa y la Iglesia se encargan de achacarle cuando dicen que “Kirchner vive preso de los 70”.

Esta misma realidad es la que ha reabierto un importante proceso de lucha democrática, aunque todavía más en la amplia vanguardia que en las masas. Este proceso, con toda seguridad, tendrá nuevas instancias por delante, para las cuales hay que prepararse buscando puntos de apoyo para la intervención del partido.

2.4 Se acumulan elementos de crisis política y polarización

Pasaremos revista ahora a algunos elementos de la nueva coyuntura que se ha abierto en las últimas semanas, con la sucesión de hechos ya mencionada: la condena a Etchecolatz; la desaparición de López; la escandalosa patoteada K contra los trabajadores del Hospital Francés y el papelón oficial por los enfrentamientos entre facciones del PJ en San Vicente.

El conjunto de estos elementos ha terminado de abrir una nueva coyuntura marcada por la fuertes elementos de crisis política, si bien, por ahora, más bien superestructural. Pero la coyuntura está muy dinámica; los sentimientos democráticos se han ido sensibilizando y, en cualquier momento, podrían eclosionar en una amplia movilización o irrupción de masas, que hasta ahora el gobierno ha logrado evitar. Cualquier nuevo giro en la situación, cualquier paso en falso, podría hacer pegar un salto a esta crisis política, que se perfila como la más grave bajo el gobierno de Kirchner.

Hay corrientes que, ante esta realidad, han salido a afirmar que habríamos entrado en una coyuntura reaccionaria; es decir, ante un giro a la derecha de la situación política. Pero esto no es así, por lo menos no todavía. Es evidente que se han ido acumulando una serie de elementos reaccionarios, el más grave de los cuales es la desaparición del compañero López. Pero este hecho expresa, centralmente, un zarpazo fascista, pero defensivo, que no alcanza por sí mismo a imponer un giro reaccionario en el conjunto de la situación política.

Ubicarse de esta manera es peligroso en un doble sentido. Por un lado, contribuye a hacer pasar una política que tiende a diluir la responsabilidad política de Kirchner en los actuales hechos. Y, además, puede ayudar a plantear una errónea orientación de “frente único con el gobierno”, como la que se escucha desde corrientes como el MST-Unite. Esto sería un error completo: de ninguna manera estamos ante las puertas de un golpe de Estado, ni nada que se le parezca, hecho que sí nos pondría ante la obligación de defender incondicionalmente al gobierno de Kirchner, aunque sin darle un gramo de apoyo político.

En todo caso, los recientes hechos (incluida la proyección nacional de la lucha del Francés), aunque no cambian este carácter defensivo de las luchas, muestran la emergencia de un período político donde pegan un salto elementos de polarización política. Lo que no excluye nuevos zarpazos reaccionarios, contra los cuales hay que prepararse política e, incluso, prácticamente.

Esta coyuntura con elementos de polarización parece presente no solo en nuestro país. Ya hemos aludido a los casos de México (fraude electoral y amenaza de represión en Oaxaca), la crisis política del gobierno de Evo Morales, con el enfrentamiento de mineros y cooperativistas en Huanuni, e incluso el grave desalojo represivo por parte del gobierno de Bachelet de los colegios secundarios ocupados.

Precisamente, esta evolución está inscripta en la lógica del ciclo político regional que estamos transitando, que combina condiciones de rebelión popular larvada con el surgimiento de gobiernos de mediación electoral, pero donde no se han resuelto los problemas de fondo.

Es entonces que comienzan a aparecer sectores de la propia burguesía, incluida la Iglesia, que buscan poner límites al arbitraje que hacen desde arriba estos mismos gobiernos de los intereses patronales y sociales. Es el caso de la derecha reaccionaria de Podemos en Bolivia, bloqueando la Constituyente; la consumación del fraude contra Obrador en México; el ascenso electoral de la oposición de Chávez en Venezuela o el aparente fraude electoral en Ecuador.

En síntesis: es la propia dinámica de la situación política la que esta llevando a estos elementos de polarización. Se trata del choque entre las tendencias reales (las contradicciones sociales no resueltas) y las mediaciones “formales”; esto es, el hecho que, en última instancia, parafraseando la frase de Alfonsín, con la “democracia” –o con el “progresismo”– no se come, no se educa y no se cura.

2.5 Elecciones 2007: pronóstico reservado

Hasta hace pocas semanas, la reelección (con Néstor Kirchner o con Cristina Fernández de Kirchner) parecía poco menos que un hecho consumado. La misma oposición burguesa se conformaba con un rol “testimonial”, para colmo dividida. A nivel de las franjas de izquierda, parecía obvio que Kirchner terminaría “llevándose todo”.

Pero esto podría estar cambiando. Todavía es muy prematuro hacer previsiones sobre el impacto de esta cadena de hechos sobre la popularidad de Kirchner. Además, falta mucho para elecciones y, en el ínterin, la dinámica política podría volver al carril normal, sobre todo si la situación de la economía sigue sobre rieles. Además, el gobierno se las ha ingeniado, hasta ahora, para evitar que estas crisis le impacten directamente. Pero el bochorno de San Vicente le ha pegado demasiado cerca. Y cualquier otro hecho de un tenor similar podría impactarlo de lleno.

El desarrollo de estas tendencias de “polarización” y un cierto adelgazamiento del “centro” político que expresa Kirchner abrirían, seguramente, compuertas electorales más consistentes hacia la derecha. Lavagna podría quedar desflecado por su mismo carácter “centrista”, además de estar demasiado pegado a los aparatos impresentables y decadentes de Duhalde y Alfonsín. Posiblemente sea la dupla Macri-López Murphy la que logre capitalizar electoralmente en mayor medida esta crisis, y en menor medida el ARI de Elisa Carrió.

En este contexto, la propia izquierda “roja” podría llegar a tener una elección menos testimonial si es que un sector de jóvenes y trabajadores avanza en su experiencia con Kirchner.

De todos modos, sería un error apresurar definiciones aún abiertas. Sólo efectuamos estos señalamientos a los efectos de dejar sentado que el eventual desarrollo y profundización de la crisis política abierta podría incluir un escenario electoral más complejo para la reelección K. Un ejemplo fue el repunte de Alckmin frente a Lula en Brasil, forzando la segunda vuelta. También podría haber sorpresas en Venezuela.

Los lineamientos generales de política y táctica electoral se presentarán en una resolución específica al Congreso. Pero desde ya dejamos claro que, sin duda, la campaña electoral será un importante eje de actividad en el 2007.

3. Base material de la estabilidad y los límites del “modelo K”

A más de tres años de gestión de Kirchner, cabe recordar la polémica respecto de los grados y niveles en las continuidades y rupturas de este gobierno con los anteriores, en particular en referencia al “modelo” neoliberal más ortodoxo de los 90 y el menemismo, sin modificaciones durante los dos años de De la Rúa.

Una posición es la sostenida en primer lugar por el propio gobierno y su amplia cohorte de defensores (vocacionales o a sueldo) de que estamos ante una “nueva Argentina” que implica un quiebre esencial con los 90 no sólo en lo político sino también en lo económico. Sin rebasar, claro está, los marcos del orden social vigente, el paso a un capitalismo argentino “serio”, en contraste con la “fiesta” menemista, si no se ha completado, estaría al menos en vías de hacerlo.

Frente a esto, desde diversos sectores de izquierda se han señalado los evidentes elementos de continuidad con el “modelo” neoliberal clásico, pero este justo señalamiento ha llevado a veces a generalizaciones que borran las diferencias específicas entre el gobierno Kirchner y sus predecesores.

¿Estamos ante un nuevo patrón de acumulación capitalista? ¿El gobierno actual no es sino una variante sofisticada de más de lo mismo? Frente a esta disyuntiva simplificadora, la respuesta es negativa en ambos casos.

En el análisis que sigue, sostenemos que, por un lado, no puede hablarse en absoluto de un cambio radical ni en la estructura productiva global ni en la inserción argentina en la economía mundial (cambio que, por ejemplo, sí experimentaron ciertos países como los del sudeste asiático, en particular Corea del Sur, aun en un marco de mantenimiento de las relaciones sociales capitalistas). Se conservan incólumes los rasgos fundamentales del capitalismo argentino: su atraso industrial y de infraestructura global, su dependencia de la producción agraria y la falta de todo proyecto estratégico autónomo de su clase dominante respecto del imperialismo.

Por el otro lado, sin embargo, se verifica una modificación real de la matriz de la época menemista en el sentido de la consolidación de una tendencia a la intervención política del Estado en la economía (lo que no debe confundirse, como hacen los panegiristas oficialistas, con un crecimiento del rol del Estado como actor económico propiamente dicho). Por otra parte, sin cuestionar los lazos más globales y profundos de la dependencia respecto del imperialismo, el gobierno de Kirchner buscó y busca establecer relaciones de negociación real en una posición sin duda subordinada pero distinta del alineamiento automático y las “relaciones carnales” en todos los terrenos. Los elementos de identidad y diferencia se hacen más visibles, respectivamente, en la actitud hacia el gobierno de EEUU por un lado y hacia el FMI y el resto de los organismos multilaterales de crédito por el otro.

Los cambios introducidos en el funcionamiento económico desde el Argentinazo fueron esencialmente dos, ninguno de los cuales es atribuible a Kirchner sino a su inmediato antecesor, Duhalde: la devaluación del peso y el default (que se ha levantado pero fue un paso necesario para la “acumulación primitiva” de los cambios en la economía). Kirchner pudo erigir el superávit fiscal como pilar de la política económica a partir de la espectacular transferencia de valor hacia la clase capitalista en su conjunto, con los sectores exportadores llevándose la parte del león. La inédita robustez de las cuentas públicas es una moneda de dos caras: la reducción real del gasto social del Estado y una fuente de ingresos inexistente en la Argentina del 1 a 1, las retenciones a las exportaciones.

Sobre esa base fiscal Kirchner consigue márgenes de acción política para su rol de árbitro: en la negociación de la “nación” con los acreedores externos (canje y cancelación de deuda con el FMI), en las disputas interburguesas, en los conflictos entre los capitalistas y la clase trabajadora y, como hemos dicho, en el establecimiento de límites al accionar del “mercado” a la menor amenaza de éste a las condiciones de estabilidad política. Así lo ejemplifica la intervención estatal –reiteramos: con medios políticos, no estrictamente económicos– en terrenos como el de la inflación vía el control de volúmenes de exportación (el caso de la carne) y del índice mismo de precios (el cuasi control de precios de los productos con mayor impacto en la medición del INDEC; la política de subsidios al transporte y la energía).

El resultado de esto es un cambio no abrupto pero real en el reparto del producto social entre las distintas fracciones de la burguesía, partiendo de ciertas premisas. Primera, es la clase capitalista en su conjunto la que se ve beneficiada; segunda, y por eso mismo, la política económica kirchnerista no implica ninguna modificación sustancial en las relaciones entre el capital y el trabajo en favor de este último. En ese sentido, y más allá de los discursos, no hay duda de que no asistimos a nada parecido a un proceso de concesiones significativas a la clase trabajadora, directas o indirectas (como hubo bajo el primer peronismo), ni a ninguna forma de “Estado de bienestar”.

Se trata, en suma, de una modalidad de neoliberalismo de tono más “productivo” e incluso “industrialista”, que toma cierta distancia del parasitismo financiero reinante en los 90 (sin eliminarlo en absoluto, cabe aclarar) y en el que a la vez se introducen elementos de regulación económica parcial desde el poder político estatal. Por otra parte, los límites de ese “productivismo” se manifiestan tan pronto se intenta una comparación con las políticas “desarrollistas”, reales o declamadas, frustradas o relativamente exitosas, en boga entre los años 50 y los 70. El contexto global de la mundialización capitalista, a la vez que coyunturalmente –en los últimos cuatro o cinco años– permitió cierto margen de beneficio relativo a algunos países subdesarrollados, opera como una camisa de fuerza a toda veleidad “desarrollista” en el marco de la asimetría fundamental de las relaciones entre el centro imperialista y la periferia.

Finalmente, en el terreno social, se refuerzan las tendencias a la redistribución de valor y plusvalor en detrimento de los trabajadores con la consiguiente desigualdad creciente en los ingresos de las clases. La detención de los rasgos más brutales del deterioro social y la pauperización pone de manifiesto, justamente, lo profundo de las transformaciones en la estructura social, a punto tal que incluso tras un ciclo de alto crecimiento que lleva más de tres años, los nódulos de desigualdad y pobreza extrema se revelan imposibles de disolver.

En lo que sigue, intentaremos desarrollar estos elementos de la economía argentina bajo Kirchner.

3.1 Un contexto internacional favorable

Ningún analista serio deja de observar que uno de los factores de mayor peso que incidieron en la “milagrosa” recuperación económica tras la catastrófica caída del PBI, el empleo, la actividad y los ingresos en 2002 fue la coincidencia de una maxidevaluación con un ciclo económico internacional inusualmente propicio.

El crecimiento económico mundial, la abundancia de liquidez (dinero disponible para invertir), la baja de las tasas de interés internacionales y, en particular, los precios récord de diversos commodities (granos, materias primas) y petróleo –en particular a partir de la demanda china– contribuyeron al crecimiento en toda América Latina.

La tendencia histórica al deterioro de los términos de intercambio (el ensanchamiento de la diferencia relativa de precios entre los productos primarios y los industriales en perjuicio de los primeros) se detuvo e incluso se revirtió temporariamente. Como resultado, en toda la región se verificó un espectacular crecimiento de sus exportaciones y del superávit fiscal, con baja inflación.

De hecho, a pesar de que fue el país que más devaluó su moneda, Argentina tuvo, entre 2002 y 2005, un crecimiento anual de exportaciones del 12,8%, bastante inferior al de la mayoría de los países de la región como Chile (26,1%), Bolivia (23,7%), Brasil (21,8%), Ecuador (21,5%), Uruguay (19%), Colombia (17,9%) o Paraguay (17,8%).

Conviene tener presente el dato para desmitificar las tonterías sobre un supuesto “boom exportador” logrado gracias a las bondades del “progresismo” kirchnerista. De hecho, entre 2001 y 2005, el total de exportaciones creció en Argentina un 50%, pero en Brasil, Chile y Perú el aumento superó el 100%.

De paso, digamos que esta evolución se explica, en partes casi iguales, por el aumento del volumen exportado y por el de los precios internacionales.

A este elemento decisivo para la balanza de pagos se agrega el fin temporario de la restricción en las fuentes de crédito –para no hablar de la renovada capacidad financiera de Venezuela, por ejemplo, gracias a la suba vertical del crudo– y el hecho de que los flujos de inversión hacia los llamados “países emergentes” están en su pico histórico. Un informe de Sebastián Campanario recaba opiniones unánimes: “es uno de los mejores momentos para las inversiones en países emergentes que vi en mi vida” (Mark Möbius, Fondo Templeton); “en Latinoamérica se está dando una conjunción única de altos superávits fiscales, baja inflación y elevado apetito de de los inversores externos” (Dante Caputo, Deutsche Bank Argentina), y ya hay incluso un debate entre economistas sobre si este fenómeno es meramente la fase positiva de un ciclo o se trata de una “mejora estructural”, de un “cambio de paradigma” (Clarín, 26-3-06). En todo caso, hay consenso en que se trata de un momento único de interés entre los inversores.

Así, no extraña que algunos analistas expliquen irónicamente el “éxito” de Kirchner en el frente económico externo como el resultado del “factor SS”: soja y suerte (Daniel Muchnik en Clarín, 18-9-06).

3.2 Argentina y el Mercado Mundial: sin novedad en el frente... externo

Conviene dejar sentado desde el comienzo que, contra cualquier discurso de “refundación”, uno de los principales elementos de continuidad entre la Argentina K y el período anterior es el tipo de inserción del país en la economía mundial y la globalización.

Si la falta de proyecto estratégico de largo plazo es un rasgo endémico de la burguesía argentina desde su nacimiento mismo (lo que hemos señalado como distinción entre “burguesía local” y “burguesía nacional”), con mayor motivo puede afirmarse esto de la salida a la crisis del default del 2001. Tanto el propio default como los pasos económicos que siguieron fueron en parte forzados por las circunstancias y en parte una respuesta empírica y sin plan alguno más allá de la emergencia.

El “rebote” tras la brutal caída del PBI, combinado con el contexto internacional favorable ya mencionado y ayudado por la recuperación de los saldos de divisas (resultado tanto del default como de la devaluación) generó un marco económico distinto al de la catástrofe de 2002. Sin embargo, eso no significa un cambio de fondo en cuanto a la estructura productiva tradicional, al perfil de las exportaciones ni, por ende, ningún proyecto de reinserción de Argentina en la mundialización.

En ese sentido, hablar de “modelo” de economía kirchnerista es un despropósito. Más allá de las veleidades de capitalismo “desarrollista” o industrialista, el lugar de Argentina en la división mundial del trabajo muestra que en el centro siguen estando los productos primarios (especialmente granos), aceites, combustibles y productos primarios en general, esto es, básicamente el complejo agroindustrial, en su mayoría en manos de multinacionales. En todo caso, el costado industrial, claramente minoritario en la generación de divisas, está circunscripto esencialmente a ciertos nichos productivos altamente competitivos, con rasgos de semifactoría.

Veamos al respecto los siguientes datos:

Exportaciones 2005: 40.000 millones de dólares. Contenido tecnológico:

productos primarios                                   45,6%
manufacturas de origen natural                    19,2%
manufacturas de valor agregado intermedio     17,7%
manufacturas de bajo valor agregado               6,7%
manufacturas de alto valor agregado                2,00%
otras                                                          8,8%

Sobre un total de 36.922 millones de dólares liquidados por los exportadores en 2005, el detalle es como sigue (en millones de dólares):

Cereales y oleaginosas                 12.469
Alimentos y bebidas                      4.073
Petróleo                                      3.495
Química, caucho, plástico               3.445
Automotriz                                   3.384
Manuf. metales comunes                2.610
Comercio                                     1.558
Textil y curtidos                            1.420
Otros productos agropecuarios         1.157

Para 2006 se estima que las exportaciones llegarán a 45.000 millones de dólares. Pero el 84% del aumento de las exportaciones respecto de 2005 se concentró en sólo cuatro rubros: residuos y desperdicios de alimentos, mineral de cobre y sus concentrados, carburantes, material de transporte y semillas y frutos oleaginosos.

El panorama en las importaciones es completamente distinto, y muestra hasta qué punto Argentina está lejos de empezar a postularse como país industrial. Si el perfil de las exportaciones está dominado por los productos primarios y las manufacturas de origen primario o de bajo valor agregado, las importaciones muestran el peso abrumador de la dependencia argentina en materia de bienes de capital (insumos para la industria, aunque buena parte de lo que ingresa como tal corresponde en realidad a bienes de consumo: celulares, PCs, etc.). Sobre un total de importaciones por 29.700 millones de dólares, el rubro “bienes de capital, insumos industriales, piezas y repuestos” representó 23.800 millones, es decir, el 80%.

Si se comparan los saldos del comercio exterior en 2005 por rubro, tenemos el siguiente resultado: en cinco rubros (1. animales y productos animales, 2. productos vegetales, 3. grasas y aceites, 4. alimentos y bebidas, 5. productos minerales), el saldo de exportaciones menos importaciones es de 21.200 millones de dólares a favor. Pero si tomamos otros cinco rubros (1. bienes de capital y equipos eléctricos, 2. productos químicos, 3. plásticos y caucho, 4. transporte, 5. óptica y medicina), las importaciones superan a las exportaciones en 11.300 millones de dólares.

Un trabajo del Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino señala que las exportaciones argentinas están “fuertemente concentradas en no más de 10 rubros que explican casi el 70% del valor exportado”, encabezados por cereales, aceites, carne y petróleo crudo, mientras que en las exportaciones industriales se destacan “las manufacturas de ensamblaje, de bajo valor agregado”. Por ejemplo, los automotores tienen un 60% de contenido importado.

Estas cifras y estos rubros son una radiografía del atraso relativo argentino respecto no ya de potencias industriales sino de otros países de desarrollo mediano, para no hablar de Brasil. Ya aclaramos que no hay sustento para la tesis del boom exportador, dado que la mayoría de los países de América Latina también mejoraron su performance exportadora por razones que exceden a la región. De hecho, Argentina fue de los países donde menos se incrementó, en porcentaje, el volumen exportado (por ejemplo, Brasil saltó de 58.200 millones de dólares en 2002 a un estimado para este año de 130.000 millones de dólares).

Y la prueba de que no hay ningún avance cualitativo del lugar de Argentina en el mercado mundial capitalista es que su participación en el comercio global, tras una larga declinación desde la posguerra, está virtualmente estancada:

Participación de Argentina en el comercio mundial:

1948: 2,8%
1954: 1,2%
1966: 0,8%
1978: 0,5%
1997: 0,41%
2002: 0,34% (Brasil: 0,9%)
2006: 0,39% (Brasil: 1,03%)

Este perfil general es matizado, pero no modificado sustancialmente, por la aparición de algunas empresas, ramas o nichos productivos que, aprovechando el aumento de competitividad propiciado por la devaluación y con cierto volumen de inversión en alta tecnología lograron acomodarse en el mercado mundial. Es el caso en primer lugar de Techint-Tenaris, junto con otros actores de trascendencia regional como Arcor, Aluar y (no muchos) otros. Lo que se ha dado en llamar el fenómeno de las “multilatinas”, sin embargo, tiene un desarrollo mucho más pronunciado en Brasil, México y en menor escala Chile que en Argentina. Por otra parte, en casi todos los casos se trata de proyectos donde el capital imperialista es integrante o asociado, vía fondos de inversión o cotización en Bolsas extranjeras.

En todo caso, cabe puntualizar dos cuestiones. Primera: este proceso en modo alguno implica una variante que se postule como cabeza de lanza de ningún proyecto “nacional” con pretensiones de independencia respecto del capital imperialista; al contrario, la relación que se plantea es invariablemente de colaboración, cuando no de sociedad. Segunda: desde el punto de vista capitalista, sin embargo, representan el máximo nivel de desarrollo y concentración tecnológica y de valor, así como de productividad y competitividad en el mercado mundial. En ese sentido, son parte de un proceso objetivo de reconfiguración y renovación de la clase obrera industrial, que no se puede perder de vista y al que nos referiremos más abajo.

También hay una muy incipiente apuesta a promover las exportaciones de Pymes, basadas no en grandes volúmenes (economía de escala) sino en especialización y oferta a medida para determinados proveedores y mercados (además de una explotación brutal del trabajo). Pero este desarrollo ronda por ahora no más del 5% de las exportaciones, y este sector en todo caso sólo podría crecer como complemento a un verdadero cambio de “paradigma productivo” hoy inexistente.

3.3 La relación con el imperialismo (EEUU, MERCOSUR, FMI, deuda)

También es preciso ser equilibrados respecto del problema de las relaciones del gobierno y el país con el imperialismo, ya que el tema no se resuelve con la mera constatación de que no ha habido ninguna ruptura con EEUU y ni siquiera con el Fondo Monetario. Sin duda, tampoco estamos ante ningún “giro copernicano” en las relaciones diplomáticas. En verdad, la relación con el imperialismo en general y con EEUU en particular (lo que no es exactamente lo mismo) plantea matices que hay que discernir.

Por empezar, los lazos fundamentales de subordinación política al imperialismo yanqui se mantienen en lo esencial. Sin caer en las sobreactuaciones lacayunas de la década menemista, la diplomacia argentina no ha confrontado seriamente en ningún caso las decisiones de política exterior de EEUU, que ha acompañado en decisiones cruciales como el envío de tropas a Haití (operación liderada por el Brasil de Lula).

Además, justamente debido a su aura de “progresista” y hasta “centroizquierdista” –según la geografía de Washington–, el gobierno argentino es un excelente socio para una de las estrategias de EEUU en la región: la contención de gobiernos y países “problemáticos” como Venezuela y Bolivia. Tanto en su intervención en la crisis de mayo-junio de 2005 en Bolivia como en su relación con Chávez, Kirchner se ha demostrado como un interlocutor muy fiable para los yanquis, capaz de cumplir roles que al Departamento de Estado o a las embajadas respectivas les están vedados.

Por otra parte, esta útil “sociedad” –de la que Kirchner espera recoger frutos económicos en materia de inversiones yanquis, como lo demostró en su reciente visita a EEUU– no significa el regreso al grosero “alineamiento automático” ni a las “relaciones carnales”. La política exterior argentina implica cierto margen de manejo propio; un ejemplo reciente es el compromiso de voto a Venezuela para el Consejo de Seguridad de la ONU a pesar de las presiones de Condoleeza Rice. Y el gobierno de Kirchner, sin obstaculizarlas seriamente, busca –como muchos otros, en realidad– diferenciarse de la retórica y la práctica guerrerista de Bush.

Ese manejo más “independiente” se hizo más visible en el terreno de los bloques regionales y la cuestión del ALCA, que fue saldada con el rotundo fracaso –por ahora– de ese proyecto. Las aristas de recolonización brutal del ALCA son incompatibles con una región que atraviesa un ciclo de lucha de clases ascendente, expresado en forma distorsionada por los gobiernos de mediación centroizquierdista.

Frente a un proyecto política y económicamente intragable, Kirchner optó por recostarse en el bloque regional. El Mercosur atraviesa un sinnúmero de problemas y contradicciones –por ejemplo, ofrece poco a los socios menores como Uruguay y Paraguay, tentados por EEUU vía los Tratados de Libre Comercio–, pero a falta de algo mejor resultó, por ejemplo, una vía de contención para Venezuela. De esa manera, el bloque se muestra como un paraguas político que beneficia tanto a Chávez (que recibe aire contra el aislamiento político que busca imponerle EEUU) como a Kirchner y Lula. En cambio, la viabilidad y proyección propiamente económicas del Mercosur todavía están por verse y se hallan sujetas a variables, justamente, menos económicas que políticas, como el signo de los gobiernos que lo integran. Está lejos de ser una “política regional”, como lo demuestran los coqueteos con EEUU de parte no sólo de Tabaré Vázquez y Duarte Frutos sino del candidato presidencial brasileño Alckmin.

En todo caso, el terreno que Kirchner publicita como el de los grandes cambios respecto de los 90 es el de la deuda externa y la relación con el FMI. Sobre esto se ha hecho un seguimiento desde el periódico, por lo que sólo resumiremos aquí los trazos más gruesos.

En primer lugar, la supuesta “pelea” de Kirchner con el FMI tiene dos premisas. La primera, el rol declinante que esta institución tiene en la actual coyuntura, por una serie de razones de las cuales no la menor es que se ha demostrado incapaz de prevenir estallidos económicos y/o políticos. La “burocracia” del FMI es cuestionada por el propio imperialismo, en particular el yanqui. La segunda es que la “independencia” respecto del FMI se compró bien cara: no sólo los casi 10.000 millones pagados al contado el año pasado sino el conjunto de pagos desde 2002, que suman otros 16.000 millones.

Una vez más, el viento a favor internacional, en particular en el terreno financiero, ayudó al gobierno a sacar las castañas del fuego respecto del problema de la deuda, que de ser una urgencia permanente a corto plazo ha vuelto a ser –como lo fue entre 1983 y 2001– un problema estructural “a mediano plazo” con el que tendrá que lidiar “el gobierno que viene”.

Lo que el gobierno llama “solución al problema de la deuda” fue una combinación de una transferencia directa brutal a los acreedores externos (mega pago) y un cambio de denominación de la mayoría de los títulos (de divisas a moneda nacional), a nuevas tasas y plazos, con un financiamiento resuelto en el corto plazo y un cambio importante en el perfil de los acreedores. El peso de los acreedores (y prestamistas) locales (bancos y AFJPs) en el total de la deuda es bastante mayor que antes del “megacanje”. Esa operación permitió a los acreedores extranjeros 1) hacer un gran negocio, en el caso de los compradores recientes de títulos; 2) reducir su exposición y/o sus pérdidas en sus préstamos a la Argentina, en el caso de los fondos de inversión y bancos extranjeros, y 3) cobrar hasta el último centavo y sacarse de encima a un deudor molesto, en el caso del FMI y demás organismos financieros internacionales, a los que se sumaría ahora el Club de París.

Por lo demás, nada de esto significa que el país se haya desembarazado de la espada de Damocles que es la deuda pública. Si bien la relación deuda/PBI ha bajado –del 85% del PBI al 70%–, en términos internacionales sigue siendo muy alta, muy por encima de la de Brasil y de la situación de la propia Argentina pre-default, cuando la deuda equivalía al 60% del PBI. Y en este terreno, como en otros, Kirchner está librando cheques contra una cuenta que por ahora tiene fondos pero que mañana puede quedar en descubierto. Por dar un ejemplo: la recuperación de las reservas al nivel anterior al mega pago al FMI es festejado por el oficialismo como un triunfo, pero los economistas serios alertan sobre el inminente regreso del déficit “cuasifiscal” por la emisión de Letras del Banco Central.

El gobierno transmite calma porque sabe que no tendrá necesidades financieras acuciantes durante este año y 2007 como mínimo. No es tan seguro qué pasará después, porque ese esquema se sostiene sobre la base de un superávit fiscal importante y continuo que depende de factores sólo en parte estructurales y en buena medida coyunturales. En resumen, también respecto de la relación con el imperialismo encontramos un patrón similar al de la inserción argentina en el mundo: una continuidad en lo que hace a los rasgos más esenciales y una serie de cambios que, sin ser despreciables ni meramente cosméticos, se montan sobre condiciones políticas y económicas relativamente contingentes. No hay ninguna “nueva matriz” en la relación con el imperialismo sino un realineamiento y reacomodamiento que se explica más por el cambio de ciclo político en América Latina y en Argentina que por una modificación real y sustancial de la base económica capitalista.

3.4 El superávit fiscal en la economía y la política kirchneristas

Como ya señalamos, las medidas “estructurales” más profundas desde 2001 fueron la devaluación y el cambio de perfil de la deuda externa primero con el default y luego con el mega canje. Al salto automático de competitividad de las exportaciones argentinas se le sumó, como rasgo peculiar de la economía kirchnerista, un fuerte crecimiento de la tasa de explotación, con aumentos inéditos de la productividad del trabajo.

Ésa es la base material de que el capitalismo argentino bajo Kirchner muestre un peso relativo menor del parasitismo financiero –que igual goza de buena salud vía el festival de bonos, que generó “un ciclo de excepcionales ganancias para los que apostaron a invertir en activos en pesos emitidos por la Argentina” (Clarín, 27-7-05)– y un sesgo más “productivista”, donde el sector industrial recompone ganancias a expensas de los trabajadores pero también, en parte, de los sectores capitalistas que antes disfrutaban de la pura rapiña financiera en detrimento de la industria.

El núcleo del funcionamiento de la política económica (y de la política a secas) de Kirchner es el superávit fiscal, situación de la que un jefe de Estado argentino goza en esta magnitud por primera vez en décadas. Según el economista Octavio Frigerio, el superávit “garantiza la sustentabilidad del sistema financiero y provisional, ya que buena parte de los bonos públicos está en manos de los bancos y AFJPs. Es lo que garantiza que habrá recursos genuinos para afrontar los vencimientos de deuda”.

El origen del superávit es conocido y tiene dos caras. Por un lado, los mayores ingresos del Estado vía retenciones a las exportaciones, que absorben una parte de la renta extraordinaria de varios sectores, sobre todo el agro, tras la devaluación, complementado por el impuesto al cheque que grava indirectamente el conjunto de la actividad financiera. De esta manera, la devaluación y el nuevo tipo de cambio “le permiten al Estado captar una parte de la renta cambiaria del comercio exterior y (…) una parte de la renta extraordinaria del agro y la industria, generada por la suba de precios internos por encima de los insumos y los salarios” (Clarín, 30-4-05).

Por el otro, el tremendo ajuste en términos reales del gasto público nacional y provincial, cuyos grandes perjudicados fueron los jubilados, los asalariados estatales y el gasto social general. El regreso de una inflación del orden del 10-15% colaboró en la tarea de aumentar ingresos y licuar gastos. Por otra parte, salvo los impuestos mencionados, no hubo ningún cambio en la regresiva estructura tributaria argentina, lo que se refleja, como veremos más abajo, en los inéditos índices de desigualdad.

Para tener una idea de en qué medida el “superávit récord” depende de esos dos factores, consideremos los siguientes datos. Los ingresos del Estado en 2005 en concepto de retenciones y derechos de importación alcanzaron los 13.600 millones de pesos, y para 2006 se estimó un superávit fiscal de 17.800 millones de pesos.

Pero la magnitud del ajuste no le va en zaga: el Presupuesto 2006, al no ajustar por inflación salarios estatales ni jubilaciones, logró un ahorro de 4.400 millones y 5.100 millones de pesos, respectivamente, esto es, un 53% del superávit previsto.

El ajuste se concentra eminentemente en el gasto social, porque, naturalmente, la prioridad la tiene el servicio de la deuda pública, al que se agregan, en proporción creciente desde 2004, los subsidios a capitalistas privados, sobre todo en el área de servicios. En 2001, el gasto público representaba el 35,7% del PBI, mientras que en 2004 sólo llegó al 28,9%. Los rubros que más bajaron fueron previsión social (-31%), educación (-28%), y salud (-24%).

El cuadro siguiente resume la evolución del gasto público, en porcentaje del PBI:

                                    Promedio 1993-2001                                   Promedio 2004-2005

Seguridad social           6,0 (43% del gasto total)                 4,5 (34% del total = 9.000 millones menos)

Salarios                                    2,4                                                        2,1

Servicios privados                      1,8                                                2,9 (subsidios y planes sociales)

Gastos de capital                       0,9                                                2,0 (obra pública)

Si la Nación se ajustó, también lo hicieron las provincias, cuyo gasto salarial cayó del 56 al 45% del total entre 2001 y 2004. Además, se vieron obligadas a aceptar la Ley de Responsabilidad Fiscal (pedida por el FMI), que pone un tope al gasto ligado al PBI del año anterior. Después de tres años de contribuir al superávit fiscal, en 2006 tienen superávit cero, y su deuda equivale al 100% de la recaudación tributaria. El principal acreedor (70% del total) es el Estado nacional. Esta licuación del superávit no se debió a la recuperación del salario sino al mayor gasto en obra pública, que compensa la falta de inversión privada. De paso, la dependencia financiera de las provincias respecto de las arcas nacionales es la base material del trasvasamiento de gobernadores e intendentes radicales al proyecto político kirchnerista.

Es también sobre la base de este superávit que el Estado interviene y arbitra políticamente en la economía, sin llegar a constituirse en actor económico propiamente dicho. Correo Argentino, AySA o Enarsa no son las puntas de lanza de un “estatismo” fantasmal sino las excepciones (las dos primeras, resultado de estrepitosos fracasos de la gestión privada) que confirman la regla general de que el principal motor económico de la economía kirchnerista es la actividad privada.

Sin embargo, el “mercado”, dentro de un marco general que no cuestiona en lo esencial la apertura económica de los 90, está sujeto a ciertos controles más o menos informales en determinadas áreas sensibles. El Estado hace un monitoreo permanente de las variables económicas que puedan tener impacto político.

De allí las iniciativas de acuerdos de precios y salarios, que funcionan como un marco general no oficial para el conjunto de la economía y mantienen a raya el peligro inflacionario. Lo propio sucede con los premios y castigos para los capitalistas según su comportamiento económico resulte más o menos funcional al proyecto político: el gobierno regula sus relaciones con las distintas fracciones de la burguesía por la vía de combinar herramientas como subsidios (transporte, energía, servicios públicos), retenciones (agro, petróleo) e incluso el cierre de exportaciones (carne). También utiliza los subsidios como mecanismo compensatorio para las privatizadas por el retraso de las tarifas (lo que generaría inflación y costo político).

Que definamos esta intervención estatal como política significa que se inmiscuye en la economía pero con objetivos políticos. No hay ni sombra de que se propicie un rol del Estado en la economía propio de los nacionalismos burgueses de los 50 y los 60 y de los modelos “desarrollistas”. Por ejemplo, no hay inversión pública significativa en infraestructura, salvo para tapar los agujeros que deja la desidia privada, ni menos todavía un retorno al welfare state o estado de bienestar. La evolución del gasto estatal que reproducimos más arriba despeja toda duda acerca de cualquier desvío fundamental respecto de un funcionamiento económico esencialmente “neoliberal”.

Asimismo, es una práctica sistemática del gobierno, desde 2003 hasta el Presupuesto 2007, subestimar los ingresos y sobrestimar (en realidad, subejecutar) los gastos a fin de que al gobierno le quede un superávit real mayor al votado en el Congreso. Este excedente de recursos se maneja con los criterios totalmente políticos y clientelares ya mencionados: subsidios a capitalistas “amigos”, financiamiento a gobernadores e intendentes aliados, etc.

3.5 La burguesía, sus fracciones y un crecimiento que “no derrama”

Hemos adelantado que tras la crisis de 2001 y la devaluación hubo una evidente redistribución del plusvalor entre los sectores burgueses, en el marco general de que en su conjunto la burguesía se vio beneficiada por una brutal transferencia de valor en detrimento de los trabajadores. Esa redistribución operó vía el reacomodamiento de precios relativos de las ramas de la producción y los servicios, en el marco de que ese ajuste de precios relativos benefició en general a la burguesía y perjudicó al conjunto de los asalariados. De fondo, la política económica kirchnerista se basa en volver estable y “sustentable” la transferencia de ingresos introducida inicialmente por la devaluación del peso.

Los sectores que emergieron como ganadores, acreedores de la parte principal de esa masa de plusvalor, fueron, está dicho, los productores de bienes (transables), especialmente los ligados a la exportación.

En cambio, las compañías privatizadas de servicios y los bancos dejaron de percibir la monstruosa renta en pesos que, durante el 1 a 1, convertían inmediatamente en dólares con seguro de cambio gratuito a cargo del Estado. El fin de este negocio fabuloso hizo que varias privatizadas y bancos extranjeros directamente vendieran sus activos y se fueran del país.

Justamente, uno de los cambios bajo Kirchner es que muchas compañías que gestionaban servicios públicos como electricidad, gas, agua y teléfonos se retiraron tras la caída en la tasa de rentabilidad y sus problemas de endeudamiento. Esto dio lugar a la llegada de fondos de inversión locales (Mindlin, Werthein, Ivanissevich, Coinvest) y extranjeros (Ashmore, Maratón, Fintech, Aberdeen Asset, Exotics, Farallón, UBS, Nextar), que compraron las deudas a entre un 15 y un 35% del valor nominal. El hecho de que “los nuevos accionistas no acreditan una sólida experiencia en el negocio de los servicios públicos, que se caracterizan por (…) una perspectiva de ganancias mucho más acotada que las que manejan los fondos de inversión” (Carlos Montero, del Instituto Argentino de Servicios Públicos) abre un interrogante. ¿Cuál es la real capacidad y compromiso de operadores que entraron en el negocio con una visión aún más especuladora y de corto plazo que la de otros operadores internacionales? Porque esto se da en el marco de una crisis de infraestructura que requiere inversiones urgentes para no colapsar, sobre todo en el área energética. Así lo resume el conocido neoliberal Manuel Solanet, de FIEL: “todos estos negocios obedecen a oportunidades puntuales más que a una corriente inversora. Los fondos que compran [a estas compañías] no son estratégicos” (Clarín, 7-11-05)

Por otra parte, otro de los “ganadores” de la crisis fue el propio Estado: bajo la gestión kirchnerista, una parte de las divisas generadas por la revitalización de las exportaciones y el renovado superávit de la balanza de pagos fue a parar a las arcas estatales, dándole al gobierno el margen financiero que hemos descripto.

El otro gran motor de la expansión económica es el aumento de la explotación de la clase obrera, con cifras de productividad que baten récord tras récord. Si comparamos el costo laboral en la industria manufacturera en 2005 respecto de 1997 (es decir, antes de la recesión y con la industria creciendo al 9% anual), encontramos que mediante la combinación de salario, volumen de producción y cantidad de trabajadores, ese costo es ahora un 28,4% inferior (y un 33% inferior si se lo compara con 2001, según la Secretaría de Industria). Por dar el ejemplo de algunas ramas: en alimentos, el costo bajó un 15,1%; en bebidas alcohólicas y no alcohólicas, un 30%; en automóviles –con un menor volumen de producción–, un 54,8%, y en calzado, un 56,3%.

El número total de obreros ocupados respecto de 1997 es un 13,8% inferior. Mientras que los precios de fábrica de manufacturas agropecuarias e industriales, también en relación con 1997, subieron un 120% (pero un 225% en químicos y un 261% en acero), el salario promedio subió sólo un 85%, aunque el salario industrial, a diferencia del estatal y de los trabajadores en negro, rebasó la inflación minorista, que subió en el período un 65%.

Este sesgo “productivista” de la economía en detrimento del sector servicios es claramente mensurable: en el período 1993-2001, la contribución del sector productor de bienes al PBI promedió un 31,5%, mientras que en el período 2002-2005, la proporción ascendió al 42%, tendencia que se reforzaba en 2006 (la última medición del INDEC, del segundo trimestre de este año, estimaba que el sector productor de bienes contribuía en un 43,6% del PBI). De hecho, en 2005 se superó por primera vez el nivel de actividad industrial de 1998.

Otro parámetro de estos cambios es el índice Merval de la Bolsa de Buenos Aires: “las privatizadas perdieron participación (…) y ganaron terreno otras firmas (…) Petrobras, Grupo Galicia y Alindar representan, juntas, más del 50% de la composición del índice” (Clarín, 25-7-05).

En realidad, la devaluación le vino como anillo al dedo a toda la industria en general, y es por eso que la UIA aplaude el dólar alto, que también conviene a las finanzas estatales (las retenciones a las exportaciones sostienen el superávit). Éste es el punto central donde coinciden los intereses del actual elenco político y los de la burguesía industrial y exportadora, que está más que satisfecha con esta competitividad que se origina en el tipo de cambio, no en ampliación de la inversión, esto es, genuina acumulación de capital. Lo que sigue sin existir, ni de parte del Estado ni de parte de este sector de la burguesía, es ningún proyecto “capitalista nacional productivo” a largo plazo.

Precisamente, mal puede haber un proyecto “nacional” cuando en 2003, la participación extranjera representaba el 75% de la facturación de las principales 1.000 empresas (en 1993, el 50%), y de las 500 más grandes, el 67% tenían participación extranjera, en la amplia mayoría de los casos mayoritaria (en 1993, sólo el 44%). De entre las 500 empresas más grandes, las de capital nacional sin participación extranjera aportaban sólo el 15% de las exportaciones y del valor agregado, mientras que las de capital extranjero en más de un 50% aportaban el 78% y el 80% respectivamente. Los principales países inversores son EEUU (25% del total), España (23%) y Brasil (19%).

Es verdad que desde 2003 ha habido una cierta “reaparición” de capital nacional en algunas ramas antes ocupadas por multinacionales. Pero esto se ha dado sobre todo en el área de servicios, con las limitaciones ya apuntadas. En cambio, en la industria continúa el proceso de extranjerización (aunque con mayor participación de empresas brasileñas, mexicanas y chilenas, en ese orden), con el traspaso de empresas emblemáticas como Acindar, Quilmes, Loma Negra y Grafa. Aunque el gobierno intenta hacer ver este proceso como “parte de la inercia del esquema económico anterior” y que “el capital nacional se está ampliando” (secretario de Industria Miguel Peirano en Clarín, 26-5-06), esto es por ahora una tendencia subsidiaria o una expresión de deseos.

En todo caso, para poder hablar de una verdadera reconversión del perfil industrial argentino debería constatarse una corriente de inversión, esto es, de acumulación de capital, muy por encima de lo que se verifica hoy. Las cifras de “crecimiento récord” (en realidad, volver a los niveles de producción de 1998) no deberían ofuscarnos hasta el punto de ignorar que, desde 2003, la recuperación se logró esencialmente sobre la base del aumento en el uso de la capacidad instalada. Como dice el economista Marcelo Lascano, “Argentina creció con lo que tenía: hubo inversión de reposición y poca inversión nueva”. Lo confirma en cifras el consultor Orlando Ferreres, para quien, de los 40.000 millones de dólares de inversión, sólo 5.000 millones corresponden a nuevos emprendimientos; el resto se destina a mantenimiento. Con un puñado de excepciones (Siderar, Aluar, automotrices, complejos aceiteros), no hay grandes proyectos industriales, y Claudio Lozano, de la CTA, se queja de que las empresas “no reinvirtieron en línea con las ganancias obtenidas” (Clarín, 24-1-06). A esto debe agregarse que en muchos casos se trata de proyectos con fuerte apoyo oficial en subsidios.

Según Ferreres, entre el 60 y el 65% de las ramas está trabajando al límite de la capacidad o llegando a él. La inversión es la asignatura pendiente, el cuello de botella que poco a poco el gobierno admite que debe enfrentar.

Por otra parte, la rama récord en crecimiento que empuja la inversión es la construcción (+21% en el primer semestre 2006), no el sector de equipo durable (el que indica el verdadero aumento de la capacidad productiva). Este último sector alcanzó su pico de crecimiento en 2004 y desde entonces, si bien aumenta, no lo hace a un ritmo comparable, mientras que la construcción pasa a ocupar un lugar cada vez mayor en el conjunto de la inversión bruta.

Mientras que el Ministerio de Economía difundió un cuadro muy optimista en inversión de equipos y nuevas plantas, que en siete de meses de 2006 estaría casi alcanzando los niveles de todo 2005, un estudio del Banco Río señala que, por el contrario, el gasto en equipo durable se desaceleró considerablemente en 2006, y los motores de la expansión son claramente la construcción y el consumo. Estas señales contradictorias indican que es aún prematuro intentara proyectar una tendencia al respecto.

En cuanto a la tasa de inversión, en verdad, considerando que el promedio 1993-1999 fue del 18.9% del PBI, la performance de 2004 (19,2%), de 2005 (21,5%) y la estimada para 2006 (22-23%), si bien es ascendente, no alcanza a configurar un cambio cualitativo en el proceso de acumulación de capital.

Finalmente, cabe insistir en que toda esta configuración económica, con todo lo que tiene de específica respecto de la anterior, mantiene una línea de continuidad en un aspecto clave: el cuadro social. Más allá de las diferenciaciones internas dentro de los asalariados, que examinaremos más abajo, el “crecimiento récord” no sólo no ha logrado revertir la escandalosa desigualdad social heredada del período anterior, sino que la estabiliza y en algunos terrenos la refuerza.

A pesar del descenso de las catastróficas cifras de pobreza, indigencia y desocupación registradas en 2001-2003, se hace evidente que hay un “núcleo duro” de población excluida que la economía kirchnerista no afecta sino que consolida, aunque la tendencia a la pauperización general de la sociedad se haya detenido y, para algunas capas sociales, empezado a revertirse.

Parte de ese núcleo duro es el 20% de la población (7,7 millones de personas) que gana $ 82 al mes o menos, pero de ninguna manera se limita a ese sector. Se mantiene la brecha récord en la desigualdad de la distribución del ingreso, señalada por el hecho de que el 10% más rico gana 36,5 veces más que el 10% más pobre.

Asimismo, la persistencia del fenómeno del empleo precario –que, pese a todos los discursos y carteles oficiales, sólo bajó de un 49% a un 45% en tres años– dio lugar al creciente de desarrollo de una nueva categoría, la “pobreza con empleo”. El 80% de los hogares pobres tiene a su frente a un/a trabajador/a ocupado/a cuyo salario es inferior al nivel de la canasta básica de pobreza ($ 853). De este modo, la política salarial kirchnerista ha “logrado” que, a diferencia del piso de la crisis, la principal causa inmediata de pobreza sea no la desocupación sino los salarios de miseria.

Dos datos son ilustrativos al respecto. Primero: si bien la masa salarial global creció, gracias al descenso de la desocupación, el ingreso individual promedio creció por debajo de la inflación, por lo que el poder de compra promedio del salario sigue un 8% debajo del nivel de 2001. Segundo: un estudio del Banco Credicoop recuerda que la participación de los asalariados en el PBI era en 2001 del 32%; en la actualidad, sólo del 24%, lo que demuestra que el dólar alto y la inflación le vienen muy bien a los exportadores y al fisco, pero no a los trabajadores.

3.6 Conclusión: “modelo de coyuntura” y regulación política de una economía neoliberal

Lo que ha dado en llamarse “economía K” se perfila, entonces, no como un proyecto estratégico sino como un “modelo” cuyo origen es más político (el cambio de ciclo de lucha de clases nacional y regional) que propiamente económico. En consonancia, el elemento más específico de la economía argentina bajo Kirchner es, precisamente, la nueva presencia que tienen el gobierno y el Estado como factores de intervención en la economía en un sentido de regulación d