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Situación
Nacional
El
surgimiento de una nueva generación obrera
y la lucha contra el
gobierno de Kirchner y la burocracia
Septiembre,
2006
1.
Introducción
Presentamos
el proyecto de Documento Nacional del IV Congreso del nuevo MAS.
Nos hemos apoyado, en lo que hace a sus consideraciones más
generales, en las definiciones provistas por el proyecto de Documento
sobre América Latina.
En este marco,
queremos hacer referencia a tres aspectos específicos que están más
trabajados en este texto. En primer lugar, hacemos notar que la
coyuntura política del país y también de algunos países de la región,
parecen haber ido incorporando una serie de elementos de polarización
política. Las amenazas represivas en México a la Comuna de Oaxaca,
los enfrentamientos en Huanuni, Bolivia, entre cooperativistas y
mineros asalariados, y la desaparición de López, junto con el
accionar de una patota oficialista contra los trabajadores del
Hospital Francés y los enfrentamientos intra aparato del PJ
bonaerense el 17 de octubre parecen abonar elementos que recuerdan que
el ciclo de crisis más de fondo de la región y el país sigue
vigente. Este elemento se desarrolla junto con un análisis de las
características específicas del gobierno y el régimen político en
la era K.
Sin
embargo, la principal novedad de este texto está referida a los
elementos más estructurales del análisis. En este sentido, nos parecía
importante en nuestro esfuerzo de elaboración pasar de los aspectos más
estrictamente políticos del análisis a los movimientos subterráneos
que son los que, en última instancia, los determinan. Es por esta razón
que en se hace un estudio más detallado del trasfondo económico del
gobierno de Kirchner, así como de la disposición de fuerzas
objetivas de la clase obrera hoy en la Argentina y del proceso de
recomposición en curso.
Es
a partir de este marco más estructurales que el documento intenta
fundamentar una caracterización y orientación de dimensión más
estratégica: la previsión de que, eventualmente, un próximo ascenso
más de conjunto de las luchas de los trabajadores tendrá en su
centro a la nueva generación que ha entrado a trabajar en los últimos
años. Así como la posibilidad, como desde hace años no se ve, de
que entren a tallar más en la lucha sectores del proletariado
industrial, cuyas filas y planteles se han visto recompuestos en los
últimos años.
Finalmente,
en vista de que consideramos esta discusión de interés no sólo para
la militancia de nuestra organización, sino para el conjunto de la
vanguardia y el activo del resto de las tendencias de la izquierda,
hacemos público, como lo hicimos con el texto latinoamericano, también
este proyecto de Documento Nacional.
Ciclo
político y coyuntura
De
manera muy esquemática y sucinta, comenzaremos por dar cuenta de los
sucesivos momentos políticos que siguieron a la asunción del
gobierno de Kirchner, así como su contexto regional, hasta la
coyuntura actual.
En
su momento habíamos definido a Kirchner como “hijo burgués del
Argentinazo”, lo que remitía tanto al cambio de ciclo de la lucha
de clases que le dio origen como a los límites políticos del
Argentinazo mismo. En los textos del Congreso anterior (diciembre
2004), asimismo, nos referíamos a los progresos del gobierno K en la
estabilización, relegitimación de las instituciones cuestionadas y
reabsorción del proceso iniciado en diciembre de 2001.
Luego
de las elecciones de 2005, además, establecimos que como producto del
éxito del gobierno en la reconstitución de las instituciones, del
fin del continuo proceso de deterioro económico y social que se
extendió hasta 2003 –a caballo de la recuperación económica y del
empleo– y del respaldo político logrado por Kirchner en esas
elecciones, que sancionaba el consenso alrededor de la figura
presidencial, era lícito hablar de cierre del Argentinazo en tanto
que crisis de dominación.
Sin
embargo, inmediatamente cabía efectuar una aclaración: el hecho de
que la burguesía y su elenco político hubieran podido cerrar la
tremenda crisis política, económica y de dominación que eclosionó
en diciembre de 2001 no significaba, en modo alguno, un “retorno al
punto de partida”. Por el contrario, la definición de “cierre del
Argentinazo” asumía como premisa que las nuevas relaciones de
fuerzas entre las clases y el nuevo ciclo político que venía a
cerrar el largo período de derrota de los 90 ya formaban parte de la
realidad política. En ningún caso cabía interpretar esa definición
en un sentido de regreso al ciclo de derrotas y retroceso de la etapa
precedente.
Esta
aclaración cobraba más fuerza y relevancia aún si se la relacionaba
con el contexto político internacional en general y latinoamericano
en particular. En verdad, el comienzo del siglo XXI –haciendo una
cronología aproximada– representó en ambos casos el fin de una
etapa de permanente retroceso para el movimiento obrero y para el
marxismo revolucionario. Lo que dimos en llamar, a nivel del globo, el
“giro de Seattle”, y a nivel regional, el proceso de “rebeliones
en América Latina” daban –y dan– un marco más amplio a la
lucha de clases en la Argentina, cuyas coordenadas son esencialmente
distintas a las de los 90, aunque pervivan parte de sus pesadas
herencias.
Por
otra parte, la relativa estabilización lograda por Kirchner y el
“relegamiento” en la memoria popular de los acontecimientos de
2001 guardan también una estrecha relación con procesos análogos
que tienen lugar en nuestro continente en los últimos años. Como
hemos señalado en otros textos, puede decirse que a la “primera
fase” del ciclo de rebeliones en América Latina, con los picos
explosivos de Ecuador en 2000, Argentina en 2001, la derrota del golpe
contra Chávez en 2002 y el derrocamiento de dos presidentes en
Bolivia (2003 y 2005) le sucedió una “segunda fase” de
estabilización a partir del surgimiento de los gobiernos
centroizquierdistas de “mediación” en prácticamente toda Sudamérica.
Aunque
las especificidades nacionales tienen una importancia innegable, es
evidente que hay una serie de elementos comunes coadyuvantes al
surgimiento de gobiernos como el de Kirchner, Chávez, Evo Morales,
Lula, Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet o Alan García. Esos
factores comunes son, en primer lugar, de índole política; esto es,
la respuesta post facto o preventiva a procesos de agitación y
/ o rebelión popular, en condiciones de crisis social, rechazo a las
recetas neoliberales y un afloramiento del sentimiento
antiimperialista. Pero también inciden pautas económicas más
generales, como lo demuestra el momento de crecimiento y saneamiento
fiscal que está atravesando el conjunto de los países de la región,
aprovechando el ciclo favorable de la economía internacional. Ya
desarrollaremos esto en el capítulo respectivo.
En
todo caso, cabe retener el concepto de que las tendencias a la
consolidación temporaria de los gobiernos de mediación como el de
Kirchner exceden las vicisitudes locales y se inscriben en un contexto
como mínimo regional.
Dicho
esto, corresponde dar cuenta de la situación política de los últimos
dos años en términos generales. Tal como estimáramos en 2004, el
2005 fue un año en el que se verificaron dos procesos paralelos. Por
un lado, una mayor estabilización política y económica, apoyada en
la relegitimación de la figura presidencial y en el mantenimiento de
la tendencia a la recuperación económica, respectivamente. Por el
otro, a caballo de esa misma reactivación y de un recalentamiento de
la inflación, se dio un proceso de luchas obreras por salario –con
una importante presencia de los trabajadores del sector privado–
como hacía años no se veía. Sin duda, el hecho de que por primera
vez en bastante tiempo empezara a darse una baja de la desocupación,
contribuyó a alejar el fantasma de la “muerte social” del despido
entre los asalariados. Asimismo, comenzó un declive en el impacto político
y en la capacidad organizativa de los movimientos de desocupados, que
habían sido los principales protagonistas de la vanguardia luchadora
en el período 2001-2003. Por el contrario, quienes fueron ocupando la
palestra fueron los trabajadores ocupados, con dos características:
se trataba de sectores más de servicios que industriales, y los
conflictos más importantes tenían a su frente direcciones
independientes, con un fuerte peso de la izquierda independiente. Las
luchas del Hospital Garrahan y de los trabajadores del subterráneo,
fueron emblemáticas del período al que hacemos referencia.
A
comienzos de 2006, parecía que esas dos tendencias generales
–consenso mayoritario alrededor del gobierno y luchas obreras por
salario poniéndose en el centro de la geografía social de la
lucha– se mantendrían y consolidarían. El impacto nacional del
conflicto de los petroleros de Las Heras, en la propia provincia del
presidente, que cuestionaba la política salarial del gobierno con métodos
radicalizados –hubo un policía muerto– sugería una posible
profundización de ese proceso.
Sin
embargo, en el marco de un accionar de intervención política en la
economía cuyas características desarrollaremos en el capítulo económico,
los acuerdos paralelos realizados por el gobierno hacia marzo de este
año en precios (con la burguesía) y salarios (con la ayuda de la
burocracia sindical) lograron detener esa dinámica incipiente. De
hecho, con pocas excepciones –en general locales y de limitada
repercusión política–, el “convenio marco” del 19% de aumento
salarial para todo el año como techo para todas las discusiones
salariales dejó prácticamente cerrado el tema para el conjunto del
movimiento obrero. Esto dio lugar a una coyuntura que denominamos
“planchada” en términos de agitación social, sin que por otra
parte se abriera un momento político abiertamente reaccionario. La tónica
era la estabilización de las variables políticas, económicas y
sociales.
Es
en ese contexto que se hizo sentir con más fuerza la hegemonía política
del gobierno, que dejó muy poco margen para el accionar de la oposición
burguesa y pareció incluso “cerrar” el año político dejando la
sensación de que el proyecto reeleccionista (con Kirchner o con
Cristina Fernández) ocupaba toda la escena.
Sin
embargo, en las últimas semanas, el clima político aparece
enrarecido. La desaparición de Jorge Julio López, sumado a la
patoteada y respuesta de los trabajadores del Hospital Francés, más
los incidentes en San Vicente entre facciones del PJ, introducen
elementos de polarización política, de inestabilidad y hasta de
crisis política que desarrollamos más abajo.
Como
ya apuntáramos, esta realidad no parece ser sólo una peculiaridad
“nacional”, sino que se enmarca en una tendencia regional reciente
a situaciones de polarización política, que podrían estar
preanunciando un tercer período dentro del ciclo político general,
marcado por elementos de mayor inestabilidad y eventuales
enfrentamientos. Esta situación, y su posible dinámica, serán
desarrolladas a continuación en el capítulo sobre gobierno K y régimen
político.
En
síntesis, aun manteniendo la definición del cierre del Argentinazo y
de fase de estabilización y mediación, es importante subrayar que
tanto a nivel nacional como regional el ciclo de la lucha de clases
que cerró la derrota de los 90 sigue abierto. Si se pierde de vista
el hecho de que la relativa estabilización política y social lograda
por el gobierno de Kirchner se da en el contexto de un ciclo político
con profundas tendencias a la inestabilidad, se corre el riesgo de
sucumbir al impresionismo y / o de quedar desarmados frente a
eventuales crisis o convulsiones políticas.
Contingencia
que es perfectamente posible, además de que una evolución de ese
tipo tampoco está en absoluto descartada para los demás países de
la región. Como veremos más abajo, las condiciones de la actual fase
de mediación y estabilidad relativa se sustentan, en Argentina y en
América Latina, sobre bases bastante menos firmes de lo que la
burguesía y el imperialismo desearían.
2.
Gobierno y régimen político en la era Kirchner
Entre
Lula y Chávez
En
el documento sobre Latinoamérica decíamos que, salvo excepciones, lo
que predomina en el continente es una variedad de gobiernos que se
presentan como “de izquierda” y/o “progresistas”.
Sin embargo, añadíamos que bajo esta denominación se escondía una
variedad de posiciones y situaciones políticas. Señalábamos, por un
lado, la existencia de gobiernos burgueses completamente
“normales”, como los casos de Bachelet, Tabaré Vázquez y Lula;
gobiernos extremadamente conservadores, continuistas y neoliberales.
Por el otro, en el costado “izquierdo”, ubicábamos a los
gobiernos burgueses “anormales” de Chávez y Evo Morales; con
características de nacionalismo burgués el primero y de frente
popular el segundo.
El
gobierno de Kirchner se coloca entre uno y otro extremo, en un punto
intermedio, con rasgos que le son propios. Dar cuenta de ellos es
parte importante de los objetivos de esta sección.
El
de Kirchner podría definirse como un gobierno burgués “más o
menos normal”, en el que, por tratarse del “hijo burgués del
Argentinazo”, la línea continuista ha sido matizada por una serie
de cambios en la regulación del capitalismo argentino.
Aquí
nos concentraremos básicamente en cinco cuestiones: a) las razones
del “hegemonismo” kirchnerista; b) la continuidad de la crisis del
sistema de partidos, el rol de la oposición burguesa y de la Iglesia;
c) la reapertura de la lucha democrática; d) la caracterización de
que se ha abierto una nueva coyuntura política, marcada por una
crisis política en el gobierno K y por elementos de polarización, y
e) la “volatilidad” del escenario hacia las elecciones del 2007.
2.1
Hegemonismo kirchnerista y formas bonapartistas en Latinoamérica
Una
característica del actual ciclo político en América Latina es que
todos los nuevos gobiernos quieren contar con más tiempo para
ejecutar sus proyectos. Chávez ha manifestado que quiere quedarse
hasta el 2030. Evo Morales, aun atravesando una grave crisis, no le va
en zaga: su vice García Linera dijo que “harían falta 50 años
para cambiar Bolivia”. En nuestro país, mientras Kirchner dejaba
trascender que no quería presentarse a la reelección, se habla de
“asegurar el proyecto” mediante una sucesión de mandatos Kirchner
(el actual presidente y su esposa) hasta 2020, al tiempo que se monta
una supuesta “concertación” fracturando a la UCR.
A
escala más modesta, la mayoría de los gobernadores kirchneristas
buscan modificar la Constitución o recurrir a artilugios similares
para asegurarse la reelección indefinida. Ya lo hizo Alperovich en
Tucumán y ahora lo intenta Rovira en Misiones. En esta última
provincia, el intento ha terminado por catalizar una fuerte oposición
de todo el resto de los partidos burgueses, incluyendo el PJ
“oficial” de Puerta, en torno al obispo Pigna que podría
imponerle una derrota a Rovira y al propio Kirchner, que alentó las
aspiraciones de aquél. Incluso el gobernador bonaerense Solá,
jaqueado por la desaparición de López, busca un pronunciamiento de
la Corte Suprema provincial en ese sentido.
Los
constitucionalistas se rasgan las vestiduras, y la oposición política
burguesa –que no siempre expresa mecánicamente a la burguesía económica–
acusa al gobierno de “hegemonista” y “avasallador” de las
instituciones y los partidos. Prédica que se ha visto reforzada en
medio de la crisis política (aunque por ahora “en las alturas”,
sin irrupción del movimiento de masas) que se ha terminado abriendo a
partir de los enfrentamientos violentos entre fracciones del aparato
sindical y político del peronismo bonaerense en San Vicente.
¿Qué
refleja todo esto? La base de fondo a los intentos de perpetuación es
el hecho de que no se viven tiempos “normales”, fácilmente
encuadrables dentro de la alternancia formal de los mandatos. El
argumento es, como gusta repetir Kirchner, que “se ha salido del
infierno, pero no se ha llegado al purgatorio”. Es decir, que el
objetivo de construir un “capitalismo normal” no sólo todavía no
se habría alcanzado sino que necesitaría varias gestiones para
consolidarse. También se argumenta que la “alternancia” regular
es lo mejor para los países estables, pero que en esta “castigada
Latinoamérica”, no es tan fácil darse estos lujos.
El
razonamiento tiene una parte de verdad. En el contexto del ciclo de
rebeliones populares inaugurado a comienzos de este siglo, los nuevos
gobiernos burgueses emergentes de ellas tienen la necesidad de contar
con mayores márgenes de maniobra de los característicos en los 90.
Se trata de gobiernos que no sólo operan como una mediación a las
luchas y revueltas populares: buscan arbitrar intereses, poniéndose
“por encima” de los conflictos entre las clases sociales, las
fracciones internas de la clase dominante y el propio imperialismo.
Este
rol que pretenden asumir como condición para poder estabilizar el régimen
y el sistema es uno de los rasgos de lo que en la literatura
socialista se conoce como “bonapartismo”, aunque le falten otros.
Precisamente,
el incremento de las luchas populares, la debilidad de la
institucionalidad burguesa clásica –marcada a fuego con las
rebeliones– y la necesidad de gestionar un Estado con más capacidad
de acción política y económica que en el período neoliberal clásico
de los 90 explican algunas de las formas políticas del proyecto
kirchnerista que tanto escandalizan a la oposición burguesa. Entre
ellas, su insistencia en la necesidad de perpetuar su gestión.
Nada
de esto significa, por supuesto, el inicio de un nuevo “movimiento
histórico” con el que a veces deliran los kirchneristas. Así lo
corrobora el bochorno de San Vicente. Mucho menos que el supuesto
“proyecto Kirchner” vaya a orientarse en un sentido
“antiimperialista” o “popular”. Se trata más bien de todo lo
contrario: la búsqueda de instrumentos y atribuciones que le permitan
reabsorber las rebeliones populares con las que despuntó el siglo en
nuestros países.
En
síntesis, se trata de casi una cuestión de “instinto de conservación”
para el elenco político y franjas importantes de la burguesía local:
sentar condiciones para que uno y otras eviten perecer en la morsa de
las tendencias más agresivas de la mundialización imperialista, por
un lado, y las rebeliones populares que podrían poner en cuestión
toda la dominación capitalista, por la otra.
De
ahí, también, la emergencia de mecanismos de intervención política
en la economía que implementa Kirchner, aun sin llegar siquiera a
constituir un capitalismo de Estado à la Chávez. Veremos esto
en la sección sobre economía.
2.2
Oposición burguesa y crisis del sistema de partidos
A
estas tendencias “hegemonistas” contribuye también el
desprestigio de las instituciones de la democracia en general y la
crisis del sistema de partidos en particular. La institución
presidencial se ve fortalecida por encima de un sistema de partidos
muy golpeado, que poco puede hacer en el sentido de la clásica
“división de poderes” propia de las condiciones de
“normalidad” de la democracia burguesa.
Porque,
siguiendo una tendencia que es mundial, los partidos políticos
tradicionales se vacían cada vez más de contenido para transformarse
en cáscaras sin base social activa de masas ni lineamientos ideológicos
distintivos. Por eso, reflejan de modo cada vez mas directo una
dependencia de su soporte económico-material, vinculado a la gestión
del Estado.
El
caso de los “radicales K” y la devaluada candidatura de Lavagna
son ilustrativos al respecto. Los dirigentes radicales que tienen
responsabilidad “ejecutiva” –esto es, gobiernan algo– son, no
casualmente, los más proclives a acordar una coalición electoral con
Kirchner. ¿Las razones? Simples: dependen, como la sombra al cuerpo,
de la caja del Estado.
En
cambio, los radicales “políticos” –que no gestionan grandes
distritos– y los duhaldistas y menemistas desplazados del poder
buscan reagruparse alrededor de un candidato “potable” como
Lavagna. Esta coalición –cuyo futuro es de lo más incierto– es más
“ortodoxa” en su visión de la economía y más renuente a imponer
regulaciones al dios mercado que la “coalición kirchnerista”.
Por
su lado, la derecha clásica como Macri y López Murphy –que vuelve
a asomar en la coyuntura gracias a los traspiés del gobierno–
representa la defensa de un esquema neoliberal puro y duro, sumado a
un discurso “institucionalista” y “republicano”.
En
este marco, en los últimos tiempos la oposición burguesa ha
incrementado su agresividad como parte de la nueva coyuntura de crisis
política y polarización. Sin duda, ha utilizado en su favor la serie
de hechos de las últimas semanas, junto con las peleas del gobierno
con la Iglesia y la ventaja que parece sacar Pigna en Misiones.
En
esto hay una especie de división de tareas al interior de la clase
dominante. La burguesía “económica”, casi unánimemente, viene
sosteniendo la política económica del gobierno K. Porque es un hecho
que, desde la devaluación de 2002, se ha reestablecido la unidad
burguesa en torno a la política económica que está llevando a la
mayoría a tener ganancias como nunca.
Sin
embargo, esto no se traslada mecánicamente al terreno político. El
juego de la oposición burguesa es connatural al régimen político
patronal, y parte importante de la “recuperación institucional”
tiene que ver con que la oposición no sea la que “está en la
calle”, sino la institucional, burguesa y “moderada”: Macri,
Lavagna, López Murphy o Carrió. Pero hay otra razón menos
“general”: crece el descontento entre determinados sectores del
imperialismo y la burguesía alrededor del “arbitrario” estilo de
mediación de Kirchner. Se impondría, entonces, ponerle una serie de
límites y contrapesos, batalla a la que se ha sumado con fuerza la
jerarquía de la Iglesia Católica.
Volviendo
a la subsistencia de la crisis del sistema de partidos: en un
escenario donde lo que mandan son las coaliciones “gelatinosas”
basadas en el aprovechamiento de la gestión y los recursos del
Estado, se expresan las profundas grietas en una de las principales
instituciones del régimen democrático burgués: los partidos
patronales. Situación que, en el caso de la UCR, está en la antesala
de la crisis terminal, contribuyendo al hegemonismo oficialista.
En
todo caso, más allá del señalado vaciamiento internacional de los
partidos patronales, en el caso argentino aparece un elemento
adicional: esta realidad es producto de que aún no se ha cerrado del
todo la crisis de las instituciones abierta en diciembre de 2001. El
“que se vayan todos” no se pudo imponer, pero sigue presente y
resonando en las entrañas de los partidos y las instituciones de la
“democracia”.
2.3
Las contradicciones de la política kirchnerista y la lucha democrática
En
el marco anterior se inscribe la política de derechos humanos del
gobierno K, que ahora ha hecho crisis con la condena a Etchecolatz y
la desaparición de López. Se trata, básicamente, de un intento
relegitimador de las instituciones de la democracia al cual le han
surgido consecuencias no queridas.
No
es la primera vez que un gobierno capitalista oficie de “aprendiz de
brujo”: es decir, que desate con su acción desde arriba
consecuencias por abajo que vayan más allá de sus intenciones. Es el
caso de la anulación de las leyes de impunidad. Se trata del terreno
más “reformista” del actual gobierno, en el cual, efectivamente,
se dio un giro en redondo respecto de las leyes de Obediencia Debida,
Punto Final e Indulto (aunque hay que recordar que éstos últimos no
han sido anulados).
Sin
embargo, esto no quiere decir que haya sido el propio gobierno el
impulsor de juicios como el de Etchecolatz, y menos aún la imposición
de la figura del genocidio, que abre las puertas para un eventual
juzgamiento de represores del pasado y del presente. Si esto ha
ocurrido es porque entre las brechas abiertas “en las alturas”
estuvo la acción independiente de los organismos de derechos humanos
que no han sido cooptados por el gobierno, y que fueron los que
impulsaron el juicio y la condena a este genocida a cadena perpetua.
Es decir, ha sido la lucha popular y no el Estado –como certeramente
se cantaba a las puertas del tribunal– la que obtuvo este importantísimo
triunfo. Aunque, al mismo tiempo, producto de los elementos de
polarización que se están viviendo, lamentablemente López haya
terminado desaparecido a manos de un grupo fascista, lo que configura
un precedente no menos grave.
El
caso es que la imputación de delito de lesa humanidad implica su
imprescriptibilidad, por lo que en un eventual derrame de causas
contra militares en actividad no habría una línea clara de demarcación
respecto de quiénes podrían ser afectados y quiénes no. De ahí la
reacción o zarpazo fascista de la desaparición de López, el acto
por la amnistía a los genocidas en Plaza San Martín y la introducción
de un elemento “setentista” en la coyuntura.
Esta
situación se ha transformado, finalmente (por acumulación de la
desaparición de López, la acción de matones del gobierno en el
Hospital Francés y el bochorno de San Vicente), en una crisis política.
El gobierno, que sólo buscaba un terreno “gratis” desde el cual
llevar a cabo la relegitimación de las instituciones de la
“democracia”, con su política ha contribuido a generar una dinámica
de polarización. Esta es la responsabilidad que la oposición
burguesa y la Iglesia se encargan de achacarle cuando dicen que
“Kirchner vive preso de los 70”.
Esta
misma realidad es la que ha reabierto un importante proceso de lucha
democrática, aunque todavía más en la amplia vanguardia que en las
masas. Este proceso, con toda seguridad, tendrá nuevas instancias por
delante, para las cuales hay que prepararse buscando puntos de apoyo
para la intervención del partido.
2.4
Se acumulan elementos de crisis política y polarización
Pasaremos
revista ahora a algunos elementos de la nueva coyuntura que se ha
abierto en las últimas semanas, con la sucesión de hechos ya
mencionada: la condena a Etchecolatz; la desaparición de López; la
escandalosa patoteada K contra los trabajadores del Hospital Francés
y el papelón oficial por los enfrentamientos entre facciones del PJ
en San Vicente.
El
conjunto de estos elementos ha terminado de abrir una nueva coyuntura
marcada por la fuertes elementos de crisis política, si bien, por
ahora, más bien superestructural. Pero la coyuntura está muy dinámica;
los sentimientos democráticos se han ido sensibilizando y, en
cualquier momento, podrían eclosionar en una amplia movilización o
irrupción de masas, que hasta ahora el gobierno ha logrado evitar.
Cualquier nuevo giro en la situación, cualquier paso en falso, podría
hacer pegar un salto a esta crisis política, que se perfila como la más
grave bajo el gobierno de Kirchner.
Hay
corrientes que, ante esta realidad, han salido a afirmar que habríamos
entrado en una coyuntura reaccionaria; es decir, ante un giro a la
derecha de la situación política. Pero esto no es así, por lo menos
no todavía. Es evidente que se han ido acumulando una serie de
elementos reaccionarios, el más grave de los cuales es la desaparición
del compañero López. Pero este hecho expresa, centralmente, un
zarpazo fascista, pero defensivo, que no alcanza por sí mismo a
imponer un giro reaccionario en el conjunto de la situación política.
Ubicarse
de esta manera es peligroso en un doble sentido. Por un lado,
contribuye a hacer pasar una política que tiende a diluir la
responsabilidad política de Kirchner en los actuales hechos. Y, además,
puede ayudar a plantear una errónea orientación de “frente único
con el gobierno”, como la que se escucha desde corrientes como el
MST-Unite. Esto sería un error completo: de ninguna manera estamos
ante las puertas de un golpe de Estado, ni nada que se le parezca,
hecho que sí nos pondría ante la obligación de defender
incondicionalmente al gobierno de Kirchner, aunque sin darle un gramo
de apoyo político.
En
todo caso, los recientes hechos (incluida la proyección nacional de
la lucha del Francés), aunque no cambian este carácter defensivo de
las luchas, muestran la emergencia de un período político donde
pegan un salto elementos de polarización política. Lo que no excluye
nuevos zarpazos reaccionarios, contra los cuales hay que prepararse
política e, incluso, prácticamente.
Esta
coyuntura con elementos de polarización parece presente no solo en
nuestro país. Ya hemos aludido a los casos de México (fraude
electoral y amenaza de represión en Oaxaca), la crisis política del
gobierno de Evo Morales, con el enfrentamiento de mineros y
cooperativistas en Huanuni, e incluso el grave desalojo represivo por
parte del gobierno de Bachelet de los colegios secundarios ocupados.
Precisamente,
esta evolución está inscripta en la lógica del ciclo político
regional que estamos transitando, que combina condiciones de rebelión
popular larvada con el surgimiento de gobiernos de mediación
electoral, pero donde no se han resuelto los problemas de fondo.
Es
entonces que comienzan a aparecer sectores de la propia burguesía,
incluida la Iglesia, que buscan poner límites al arbitraje que hacen
desde arriba estos mismos gobiernos de los intereses patronales y
sociales. Es el caso de la derecha reaccionaria de Podemos en Bolivia,
bloqueando la Constituyente; la consumación del fraude contra Obrador
en México; el ascenso electoral de la oposición de Chávez en
Venezuela o el aparente fraude electoral en Ecuador.
En
síntesis: es la propia dinámica de la situación política la que
esta llevando a estos elementos de polarización. Se trata del choque
entre las tendencias reales (las contradicciones sociales no
resueltas) y las mediaciones “formales”; esto es, el hecho que, en
última instancia, parafraseando la frase de Alfonsín, con la
“democracia” –o con el “progresismo”– no se come, no se
educa y no se cura.
2.5
Elecciones 2007: pronóstico reservado
Hasta
hace pocas semanas, la reelección (con Néstor Kirchner o con
Cristina Fernández de Kirchner) parecía poco menos que un hecho
consumado. La misma oposición burguesa se conformaba con un rol
“testimonial”, para colmo dividida. A nivel de las franjas de
izquierda, parecía obvio que Kirchner terminaría “llevándose
todo”.
Pero
esto podría estar cambiando. Todavía es muy prematuro hacer
previsiones sobre el impacto de esta cadena de hechos sobre la
popularidad de Kirchner. Además, falta mucho para elecciones y, en el
ínterin, la dinámica política podría volver al carril normal,
sobre todo si la situación de la economía sigue sobre rieles. Además,
el gobierno se las ha ingeniado, hasta ahora, para evitar que estas
crisis le impacten directamente. Pero el bochorno de San Vicente le ha
pegado demasiado cerca. Y cualquier otro hecho de un tenor similar
podría impactarlo de lleno.
El
desarrollo de estas tendencias de “polarización” y un cierto
adelgazamiento del “centro” político que expresa Kirchner abrirían,
seguramente, compuertas electorales más consistentes hacia la
derecha. Lavagna podría quedar desflecado por su mismo carácter
“centrista”, además de estar demasiado pegado a los aparatos
impresentables y decadentes de Duhalde y Alfonsín. Posiblemente sea
la dupla Macri-López Murphy la que logre capitalizar electoralmente
en mayor medida esta crisis, y en menor medida el ARI de Elisa Carrió.
En
este contexto, la propia izquierda “roja” podría llegar a tener
una elección menos testimonial si es que un sector de jóvenes y
trabajadores avanza en su experiencia con Kirchner.
De
todos modos, sería un error apresurar definiciones aún abiertas. Sólo
efectuamos estos señalamientos a los efectos de dejar sentado que el
eventual desarrollo y profundización de la crisis política abierta
podría incluir un escenario electoral más complejo para la reelección
K. Un ejemplo fue el repunte de Alckmin frente a Lula en Brasil,
forzando la segunda vuelta. También podría haber sorpresas en
Venezuela.
Los
lineamientos generales de política y táctica electoral se presentarán
en una resolución específica al Congreso. Pero desde ya dejamos
claro que, sin duda, la campaña electoral será un importante eje de
actividad en el 2007.
3.
Base material de la estabilidad y los límites del “modelo K”
A
más de tres años de gestión de Kirchner, cabe recordar la polémica
respecto de los grados y niveles en las continuidades y rupturas de
este gobierno con los anteriores, en particular en referencia al
“modelo” neoliberal más ortodoxo de los 90 y el menemismo, sin
modificaciones durante los dos años de De la Rúa.
Una
posición es la sostenida en primer lugar por el propio gobierno y su
amplia cohorte de defensores (vocacionales o a sueldo) de que estamos
ante una “nueva Argentina” que implica un quiebre esencial con los
90 no sólo en lo político sino también en lo económico. Sin
rebasar, claro está, los marcos del orden social vigente, el paso a
un capitalismo argentino “serio”, en contraste con la “fiesta”
menemista, si no se ha completado, estaría al menos en vías de
hacerlo.
Frente
a esto, desde diversos sectores de izquierda se han señalado los
evidentes elementos de continuidad con el “modelo” neoliberal clásico,
pero este justo señalamiento ha llevado a veces a generalizaciones
que borran las diferencias específicas entre el gobierno Kirchner y
sus predecesores.
¿Estamos
ante un nuevo patrón de acumulación capitalista? ¿El gobierno
actual no es sino una variante sofisticada de más de lo mismo? Frente
a esta disyuntiva simplificadora, la respuesta es negativa en ambos
casos.
En
el análisis que sigue, sostenemos que, por un lado, no puede hablarse
en absoluto de un cambio radical ni en la estructura productiva global
ni en la inserción argentina en la economía mundial (cambio que, por
ejemplo, sí experimentaron ciertos países como los del sudeste asiático,
en particular Corea del Sur, aun en un marco de mantenimiento de las
relaciones sociales capitalistas). Se conservan incólumes los rasgos
fundamentales del capitalismo argentino: su atraso industrial y de
infraestructura global, su dependencia de la producción agraria y la
falta de todo proyecto estratégico autónomo de su clase dominante
respecto del imperialismo.
Por
el otro lado, sin embargo, se verifica una modificación real de la
matriz de la época menemista en el sentido de la consolidación de
una tendencia a la intervención política del Estado en la economía
(lo que no debe confundirse, como hacen los panegiristas oficialistas,
con un crecimiento del rol del Estado como actor económico
propiamente dicho). Por otra parte, sin cuestionar los lazos más
globales y profundos de la dependencia respecto del imperialismo, el
gobierno de Kirchner buscó y busca establecer relaciones de negociación
real en una posición sin duda subordinada pero distinta del
alineamiento automático y las “relaciones carnales” en todos los
terrenos. Los elementos de identidad y diferencia se hacen más
visibles, respectivamente, en la actitud hacia el gobierno de EEUU por
un lado y hacia el FMI y el resto de los organismos multilaterales de
crédito por el otro.
Los
cambios introducidos en el funcionamiento económico desde el
Argentinazo fueron esencialmente dos, ninguno de los cuales es
atribuible a Kirchner sino a su inmediato antecesor, Duhalde: la
devaluación del peso y el default (que se ha levantado pero fue un
paso necesario para la “acumulación primitiva” de los cambios en
la economía). Kirchner pudo erigir el superávit fiscal como pilar de
la política económica a partir de la espectacular transferencia de
valor hacia la clase capitalista en su conjunto, con los sectores
exportadores llevándose la parte del león. La inédita robustez de
las cuentas públicas es una moneda de dos caras: la reducción real
del gasto social del Estado y una fuente de ingresos inexistente en la
Argentina del 1 a 1, las retenciones a las exportaciones.
Sobre
esa base fiscal Kirchner consigue márgenes de acción política para
su rol de árbitro: en la negociación de la “nación” con los
acreedores externos (canje y cancelación de deuda con el FMI), en las
disputas interburguesas, en los conflictos entre los capitalistas y la
clase trabajadora y, como hemos dicho, en el establecimiento de límites
al accionar del “mercado” a la menor amenaza de éste a las
condiciones de estabilidad política. Así lo ejemplifica la
intervención estatal –reiteramos: con medios políticos, no
estrictamente económicos– en terrenos como el de la inflación vía
el control de volúmenes de exportación (el caso de la carne) y del
índice mismo de precios (el cuasi control de precios de los productos
con mayor impacto en la medición del INDEC; la política de subsidios
al transporte y la energía).
El
resultado de esto es un cambio no abrupto pero real en el reparto del
producto social entre las distintas fracciones de la burguesía,
partiendo de ciertas premisas. Primera, es la clase capitalista en su
conjunto la que se ve beneficiada; segunda, y por eso mismo, la política
económica kirchnerista no implica ninguna modificación sustancial en
las relaciones entre el capital y el trabajo en favor de este último.
En ese sentido, y más allá de los discursos, no hay duda de que no
asistimos a nada parecido a un proceso de concesiones significativas a
la clase trabajadora, directas o indirectas (como hubo bajo el primer
peronismo), ni a ninguna forma de “Estado de bienestar”.
Se
trata, en suma, de una modalidad de neoliberalismo de tono más
“productivo” e incluso “industrialista”, que toma cierta
distancia del parasitismo financiero reinante en los 90 (sin
eliminarlo en absoluto, cabe aclarar) y en el que a la vez se
introducen elementos de regulación económica parcial desde el poder
político estatal. Por otra parte, los límites de ese
“productivismo” se manifiestan tan pronto se intenta una comparación
con las políticas “desarrollistas”, reales o declamadas,
frustradas o relativamente exitosas, en boga entre los años 50 y los
70. El contexto global de la mundialización capitalista, a la vez que
coyunturalmente –en los últimos cuatro o cinco años– permitió
cierto margen de beneficio relativo a algunos países
subdesarrollados, opera como una camisa de fuerza a toda veleidad
“desarrollista” en el marco de la asimetría fundamental de las
relaciones entre el centro imperialista y la periferia.
Finalmente,
en el terreno social, se refuerzan las tendencias a la redistribución
de valor y plusvalor en detrimento de los trabajadores con la
consiguiente desigualdad creciente en los ingresos de las clases. La
detención de los rasgos más brutales del deterioro social y la
pauperización pone de manifiesto, justamente, lo profundo de las
transformaciones en la estructura social, a punto tal que incluso tras
un ciclo de alto crecimiento que lleva más de tres años, los nódulos
de desigualdad y pobreza extrema se revelan imposibles de disolver.
En
lo que sigue, intentaremos desarrollar estos elementos de la economía
argentina bajo Kirchner.
3.1
Un contexto internacional favorable
Ningún
analista serio deja de observar que uno de los factores de mayor peso
que incidieron en la “milagrosa” recuperación económica tras la
catastrófica caída del PBI, el empleo, la actividad y los ingresos
en 2002 fue la coincidencia de una maxidevaluación con un ciclo económico
internacional inusualmente propicio.
El
crecimiento económico mundial, la abundancia de liquidez (dinero
disponible para invertir), la baja de las tasas de interés
internacionales y, en particular, los precios récord de diversos
commodities (granos, materias primas) y petróleo –en particular a
partir de la demanda china– contribuyeron al crecimiento en toda América
Latina.
La
tendencia histórica al deterioro de los términos de intercambio (el
ensanchamiento de la diferencia relativa de precios entre los
productos primarios y los industriales en perjuicio de los primeros)
se detuvo e incluso se revirtió temporariamente. Como resultado, en
toda la región se verificó un espectacular crecimiento de sus
exportaciones y del superávit fiscal, con baja inflación.
De
hecho, a pesar de que fue el país que más devaluó su moneda,
Argentina tuvo, entre 2002 y 2005, un crecimiento anual de
exportaciones del 12,8%, bastante inferior al de la mayoría de los países
de la región como Chile (26,1%), Bolivia (23,7%), Brasil (21,8%),
Ecuador (21,5%), Uruguay (19%), Colombia (17,9%) o Paraguay (17,8%).
Conviene
tener presente el dato para desmitificar las tonterías sobre un
supuesto “boom exportador” logrado gracias a las bondades del
“progresismo” kirchnerista. De hecho, entre 2001 y 2005, el total
de exportaciones creció en Argentina un 50%, pero en Brasil, Chile y
Perú el aumento superó el 100%.
De
paso, digamos que esta evolución se explica, en partes casi iguales,
por el aumento del volumen exportado y por el de los precios
internacionales.
A
este elemento decisivo para la balanza de pagos se agrega el fin
temporario de la restricción en las fuentes de crédito –para no
hablar de la renovada capacidad financiera de Venezuela, por ejemplo,
gracias a la suba vertical del crudo– y el hecho de que los flujos
de inversión hacia los llamados “países emergentes” están en su
pico histórico. Un informe de Sebastián Campanario recaba opiniones
unánimes: “es uno de los mejores momentos para las inversiones en
países emergentes que vi en mi vida” (Mark Möbius, Fondo
Templeton); “en Latinoamérica se está dando una conjunción única
de altos superávits fiscales, baja inflación y elevado apetito de de
los inversores externos” (Dante Caputo, Deutsche Bank Argentina), y
ya hay incluso un debate entre economistas sobre si este fenómeno es
meramente la fase positiva de un ciclo o se trata de una “mejora
estructural”, de un “cambio de paradigma” (Clarín,
26-3-06). En todo caso, hay consenso en que se trata de un momento único
de interés entre los inversores.
Así,
no extraña que algunos analistas expliquen irónicamente el “éxito”
de Kirchner en el frente económico externo como el resultado del
“factor SS”: soja y suerte (Daniel Muchnik en Clarín,
18-9-06).
3.2
Argentina y el Mercado Mundial: sin novedad en el frente... externo
Conviene
dejar sentado desde el comienzo que, contra cualquier discurso de
“refundación”, uno de los principales elementos de continuidad
entre la Argentina K y el período anterior es el tipo de inserción
del país en la economía mundial y la globalización.
Si
la falta de proyecto estratégico de largo plazo es un rasgo endémico
de la burguesía argentina desde su nacimiento mismo (lo que hemos señalado
como distinción entre “burguesía local” y “burguesía
nacional”), con mayor motivo puede afirmarse esto de la salida a la
crisis del default del 2001. Tanto el propio default como los pasos
económicos que siguieron fueron en parte forzados por las
circunstancias y en parte una respuesta empírica y sin plan alguno más
allá de la emergencia.
El
“rebote” tras la brutal caída del PBI, combinado con el contexto
internacional favorable ya mencionado y ayudado por la recuperación
de los saldos de divisas (resultado tanto del default como de la
devaluación) generó un marco económico distinto al de la catástrofe
de 2002. Sin embargo, eso no significa un cambio de fondo en cuanto a
la estructura productiva tradicional, al perfil de las exportaciones
ni, por ende, ningún proyecto de reinserción de Argentina en la
mundialización.
En
ese sentido, hablar de “modelo” de economía kirchnerista es un
despropósito. Más allá de las veleidades de capitalismo
“desarrollista” o industrialista, el lugar de Argentina en la
división mundial del trabajo muestra que en el centro siguen estando
los productos primarios (especialmente granos), aceites, combustibles
y productos primarios en general, esto es, básicamente el complejo
agroindustrial, en su mayoría en manos de multinacionales. En todo
caso, el costado industrial, claramente minoritario en la generación
de divisas, está circunscripto esencialmente a ciertos nichos
productivos altamente competitivos, con rasgos de semifactoría.
Veamos
al respecto los siguientes datos:
Exportaciones
2005: 40.000 millones de dólares. Contenido tecnológico:
productos
primarios
45,6%
manufacturas
de origen natural
19,2%
manufacturas
de valor agregado intermedio 17,7%
manufacturas
de bajo valor agregado
6,7%
manufacturas
de alto valor agregado
2,00%
otras
8,8%
Sobre
un total de 36.922 millones de dólares liquidados por los
exportadores en 2005, el detalle es como sigue (en millones de dólares):
Cereales
y oleaginosas
12.469
Alimentos
y bebidas
4.073
Petróleo
3.495
Química,
caucho, plástico
3.445
Automotriz
3.384
Manuf.
metales comunes
2.610
Comercio
1.558
Textil
y curtidos
1.420
Otros
productos agropecuarios
1.157
Para
2006 se estima que las exportaciones llegarán a 45.000 millones de dólares.
Pero el 84% del aumento de las exportaciones respecto de 2005 se
concentró en sólo cuatro rubros: residuos y desperdicios de
alimentos, mineral de cobre y sus concentrados, carburantes, material
de transporte y semillas y frutos oleaginosos.
El
panorama en las importaciones es completamente distinto, y muestra
hasta qué punto Argentina está lejos de empezar a postularse como país
industrial. Si el perfil de las exportaciones está dominado por los
productos primarios y las manufacturas de origen primario o de bajo
valor agregado, las importaciones muestran el peso abrumador de la
dependencia argentina en materia de bienes de capital (insumos para la
industria, aunque buena parte de lo que ingresa como tal corresponde
en realidad a bienes de consumo: celulares, PCs, etc.). Sobre un total
de importaciones por 29.700 millones de dólares, el rubro “bienes
de capital, insumos industriales, piezas y repuestos” representó
23.800 millones, es decir, el 80%.
Si
se comparan los saldos del comercio exterior en 2005 por rubro,
tenemos el siguiente resultado: en cinco rubros (1. animales y
productos animales, 2. productos vegetales, 3. grasas y aceites, 4.
alimentos y bebidas, 5. productos minerales), el saldo de
exportaciones menos importaciones es de 21.200 millones de dólares a
favor. Pero si tomamos otros cinco rubros (1. bienes de capital y
equipos eléctricos, 2. productos químicos, 3. plásticos y caucho,
4. transporte, 5. óptica y medicina), las importaciones superan a las
exportaciones en 11.300 millones de dólares.
Un
trabajo del Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino señala
que las exportaciones argentinas están “fuertemente concentradas en
no más de 10 rubros que explican casi el 70% del valor exportado”,
encabezados por cereales, aceites, carne y petróleo crudo, mientras
que en las exportaciones industriales se destacan “las manufacturas
de ensamblaje, de bajo valor agregado”. Por ejemplo, los automotores
tienen un 60% de contenido importado.
Estas
cifras y estos rubros son una radiografía del atraso relativo
argentino respecto no ya de potencias industriales sino de otros países
de desarrollo mediano, para no hablar de Brasil. Ya aclaramos que no
hay sustento para la tesis del boom exportador, dado que la mayoría
de los países de América Latina también mejoraron su performance
exportadora por razones que exceden a la región. De hecho, Argentina
fue de los países donde menos se incrementó, en porcentaje, el
volumen exportado (por ejemplo, Brasil saltó de 58.200 millones de dólares
en 2002 a un estimado para este año de 130.000 millones de dólares).
Y
la prueba de que no hay ningún avance cualitativo del lugar de
Argentina en el mercado mundial capitalista es que su participación
en el comercio global, tras una larga declinación desde la posguerra,
está virtualmente estancada:
Participación
de Argentina en el comercio mundial:
1948:
2,8%
1954:
1,2%
1966:
0,8%
1978:
0,5%
1997:
0,41%
2002:
0,34% (Brasil: 0,9%)
2006:
0,39% (Brasil: 1,03%)
Este
perfil general es matizado, pero no modificado sustancialmente, por la
aparición de algunas empresas, ramas o nichos productivos que,
aprovechando el aumento de competitividad propiciado por la devaluación
y con cierto volumen de inversión en alta tecnología lograron
acomodarse en el mercado mundial. Es el caso en primer lugar de
Techint-Tenaris, junto con otros actores de trascendencia regional
como Arcor, Aluar y (no muchos) otros. Lo que se ha dado en llamar el
fenómeno de las “multilatinas”, sin embargo, tiene un desarrollo
mucho más pronunciado en Brasil, México y en menor escala Chile que
en Argentina. Por otra parte, en casi todos los casos se trata de
proyectos donde el capital imperialista es integrante o asociado, vía
fondos de inversión o cotización en Bolsas extranjeras.
En
todo caso, cabe puntualizar dos cuestiones. Primera: este proceso en
modo alguno implica una variante que se postule como cabeza de lanza
de ningún proyecto “nacional” con pretensiones de independencia
respecto del capital imperialista; al contrario, la relación que se
plantea es invariablemente de colaboración, cuando no de sociedad.
Segunda: desde el punto de vista capitalista, sin embargo, representan
el máximo nivel de desarrollo y concentración tecnológica y de
valor, así como de productividad y competitividad en el mercado
mundial. En ese sentido, son parte de un proceso objetivo de
reconfiguración y renovación de la clase obrera industrial, que no
se puede perder de vista y al que nos referiremos más abajo.
También
hay una muy incipiente apuesta a promover las exportaciones de Pymes,
basadas no en grandes volúmenes (economía de escala) sino en
especialización y oferta a medida para determinados proveedores y
mercados (además de una explotación brutal del trabajo). Pero este
desarrollo ronda por ahora no más del 5% de las exportaciones, y este
sector en todo caso sólo podría crecer como complemento a un
verdadero cambio de “paradigma productivo” hoy inexistente.
3.3
La relación con el imperialismo (EEUU, MERCOSUR, FMI, deuda)
También
es preciso ser equilibrados respecto del problema de las relaciones
del gobierno y el país con el imperialismo, ya que el tema no se
resuelve con la mera constatación de que no ha habido ninguna ruptura
con EEUU y ni siquiera con el Fondo Monetario. Sin duda, tampoco
estamos ante ningún “giro copernicano” en las relaciones diplomáticas.
En verdad, la relación con el imperialismo en general y con EEUU en
particular (lo que no es exactamente lo mismo) plantea matices que hay
que discernir.
Por
empezar, los lazos fundamentales de subordinación política al
imperialismo yanqui se mantienen en lo esencial. Sin caer en las
sobreactuaciones lacayunas de la década menemista, la diplomacia
argentina no ha confrontado seriamente en ningún caso las decisiones
de política exterior de EEUU, que ha acompañado en decisiones
cruciales como el envío de tropas a Haití (operación liderada por
el Brasil de Lula).
Además,
justamente debido a su aura de “progresista” y hasta
“centroizquierdista” –según la geografía de Washington–, el
gobierno argentino es un excelente socio para una de las estrategias
de EEUU en la región: la contención de gobiernos y países
“problemáticos” como Venezuela y Bolivia. Tanto en su intervención
en la crisis de mayo-junio de 2005 en Bolivia como en su relación con
Chávez, Kirchner se ha demostrado como un interlocutor muy fiable
para los yanquis, capaz de cumplir roles que al Departamento de Estado
o a las embajadas respectivas les están vedados.
Por
otra parte, esta útil “sociedad” –de la que Kirchner espera
recoger frutos económicos en materia de inversiones yanquis, como lo
demostró en su reciente visita a EEUU– no significa el regreso al
grosero “alineamiento automático” ni a las “relaciones
carnales”. La política exterior argentina implica cierto margen de
manejo propio; un ejemplo reciente es el compromiso de voto a
Venezuela para el Consejo de Seguridad de la ONU a pesar de las
presiones de Condoleeza Rice. Y el gobierno de Kirchner, sin
obstaculizarlas seriamente, busca –como muchos otros, en realidad–
diferenciarse de la retórica y la práctica guerrerista de Bush.
Ese
manejo más “independiente” se hizo más visible en el terreno de
los bloques regionales y la cuestión del ALCA, que fue saldada con el
rotundo fracaso –por ahora– de ese proyecto. Las aristas de
recolonización brutal del ALCA son incompatibles con una región que
atraviesa un ciclo de lucha de clases ascendente, expresado en forma
distorsionada por los gobiernos de mediación centroizquierdista.
Frente
a un proyecto política y económicamente intragable, Kirchner optó
por recostarse en el bloque regional. El Mercosur atraviesa un sinnúmero
de problemas y contradicciones –por ejemplo, ofrece poco a los
socios menores como Uruguay y Paraguay, tentados por EEUU vía los
Tratados de Libre Comercio–, pero a falta de algo mejor resultó,
por ejemplo, una vía de contención para Venezuela. De esa manera, el
bloque se muestra como un paraguas político que beneficia tanto a Chávez
(que recibe aire contra el aislamiento político que busca imponerle
EEUU) como a Kirchner y Lula. En cambio, la viabilidad y proyección
propiamente económicas del Mercosur todavía están por verse y se
hallan sujetas a variables, justamente, menos económicas que políticas,
como el signo de los gobiernos que lo integran. Está lejos de ser una
“política regional”, como lo demuestran los coqueteos con EEUU de
parte no sólo de Tabaré Vázquez y Duarte Frutos sino del candidato
presidencial brasileño Alckmin.
En
todo caso, el terreno que Kirchner publicita como el de los grandes
cambios respecto de los 90 es el de la deuda externa y la relación
con el FMI. Sobre esto se ha hecho un seguimiento desde el periódico,
por lo que sólo resumiremos aquí los trazos más gruesos.
En
primer lugar, la supuesta “pelea” de Kirchner con el FMI tiene dos
premisas. La primera, el rol declinante que esta institución tiene en
la actual coyuntura, por una serie de razones de las cuales no la
menor es que se ha demostrado incapaz de prevenir estallidos económicos
y/o políticos. La “burocracia” del FMI es cuestionada por el
propio imperialismo, en particular el yanqui. La segunda es que la
“independencia” respecto del FMI se compró bien cara: no sólo
los casi 10.000 millones pagados al contado el año pasado sino el
conjunto de pagos desde 2002, que suman otros 16.000 millones.
Una
vez más, el viento a favor internacional, en particular en el terreno
financiero, ayudó al gobierno a sacar las castañas del fuego
respecto del problema de la deuda, que de ser una urgencia permanente
a corto plazo ha vuelto a ser –como lo fue entre 1983 y 2001– un
problema estructural “a mediano plazo” con el que tendrá que
lidiar “el gobierno que viene”.
Lo
que el gobierno llama “solución al problema de la deuda” fue una
combinación de una transferencia directa brutal a los acreedores
externos (mega pago) y un cambio de denominación de la mayoría de
los títulos (de divisas a moneda nacional), a nuevas tasas y plazos,
con un financiamiento resuelto en el corto plazo y un cambio
importante en el perfil de los acreedores. El peso de los acreedores
(y prestamistas) locales (bancos y AFJPs) en el total de la deuda es
bastante mayor que antes del “megacanje”. Esa operación permitió
a los acreedores extranjeros 1) hacer un gran negocio, en el caso de
los compradores recientes de títulos; 2) reducir su exposición y/o
sus pérdidas en sus préstamos a la Argentina, en el caso de los
fondos de inversión y bancos extranjeros, y 3) cobrar hasta el último
centavo y sacarse de encima a un deudor molesto, en el caso del FMI y
demás organismos financieros internacionales, a los que se sumaría
ahora el Club de París.
Por
lo demás, nada de esto significa que el país se haya desembarazado
de la espada de Damocles que es la deuda pública. Si bien la relación
deuda/PBI ha bajado –del 85% del PBI al 70%–, en términos
internacionales sigue siendo muy alta, muy por encima de la de Brasil
y de la situación de la propia Argentina pre-default, cuando la deuda
equivalía al 60% del PBI. Y en este terreno, como en otros, Kirchner
está librando cheques contra una cuenta que por ahora tiene fondos
pero que mañana puede quedar en descubierto. Por dar un ejemplo: la
recuperación de las reservas al nivel anterior al mega pago al FMI es
festejado por el oficialismo como un triunfo, pero los economistas
serios alertan sobre el inminente regreso del déficit
“cuasifiscal” por la emisión de Letras del Banco Central.
El
gobierno transmite calma porque sabe que no tendrá necesidades
financieras acuciantes durante este año y 2007 como mínimo. No es
tan seguro qué pasará después, porque ese esquema se sostiene sobre
la base de un superávit fiscal importante y continuo que depende de
factores sólo en parte estructurales y en buena medida coyunturales.
En resumen, también respecto de la relación con el imperialismo
encontramos un patrón similar al de la inserción argentina en el
mundo: una continuidad en lo que hace a los rasgos más esenciales y
una serie de cambios que, sin ser despreciables ni meramente cosméticos,
se montan sobre condiciones políticas y económicas relativamente
contingentes. No hay ninguna “nueva matriz” en la relación con el
imperialismo sino un realineamiento y reacomodamiento que se explica más
por el cambio de ciclo político en América Latina y en Argentina que
por una modificación real y sustancial de la base económica
capitalista.
3.4
El superávit fiscal en la economía y la política kirchneristas
Como
ya señalamos, las medidas “estructurales” más profundas desde
2001 fueron la devaluación y el cambio de perfil de la deuda externa
primero con el default y luego con el mega canje. Al salto automático
de competitividad de las exportaciones argentinas se le sumó, como
rasgo peculiar de la economía kirchnerista, un fuerte crecimiento de
la tasa de explotación, con aumentos inéditos de la productividad
del trabajo.
Ésa
es la base material de que el capitalismo argentino bajo Kirchner
muestre un peso relativo menor del parasitismo financiero –que igual
goza de buena salud vía el festival de bonos, que generó “un ciclo
de excepcionales ganancias para los que apostaron a invertir en
activos en pesos emitidos por la Argentina” (Clarín,
27-7-05)– y un sesgo más “productivista”, donde el sector
industrial recompone ganancias a expensas de los trabajadores pero
también, en parte, de los sectores capitalistas que antes disfrutaban
de la pura rapiña financiera en detrimento de la industria.
El
núcleo del funcionamiento de la política económica (y de la política
a secas) de Kirchner es el superávit fiscal, situación de la que un
jefe de Estado argentino goza en esta magnitud por primera vez en décadas.
Según el economista Octavio Frigerio, el superávit “garantiza la
sustentabilidad del sistema financiero y provisional, ya que buena
parte de los bonos públicos está en manos de los bancos y AFJPs. Es
lo que garantiza que habrá recursos genuinos para afrontar los
vencimientos de deuda”.
El
origen del superávit es conocido y tiene dos caras. Por un lado, los
mayores ingresos del Estado vía retenciones a las exportaciones, que
absorben una parte de la renta extraordinaria de varios sectores,
sobre todo el agro, tras la devaluación, complementado por el
impuesto al cheque que grava indirectamente el conjunto de la
actividad financiera. De esta manera, la devaluación y el nuevo tipo
de cambio “le permiten al Estado captar una parte de la renta
cambiaria del comercio exterior y (…) una parte de la renta
extraordinaria del agro y la industria, generada por la suba de
precios internos por encima de los insumos y los salarios” (Clarín,
30-4-05).
Por
el otro, el tremendo ajuste en términos reales del gasto público
nacional y provincial, cuyos grandes perjudicados fueron los
jubilados, los asalariados estatales y el gasto social general. El
regreso de una inflación del orden del 10-15% colaboró en la tarea
de aumentar ingresos y licuar gastos. Por otra parte, salvo los
impuestos mencionados, no hubo ningún cambio en la regresiva
estructura tributaria argentina, lo que se refleja, como veremos más
abajo, en los inéditos índices de desigualdad.
Para
tener una idea de en qué medida el “superávit récord” depende
de esos dos factores, consideremos los siguientes datos. Los ingresos
del Estado en 2005 en concepto de retenciones y derechos de importación
alcanzaron los 13.600 millones de pesos, y para 2006 se estimó un
superávit fiscal de 17.800 millones de pesos.
Pero
la magnitud del ajuste no le va en zaga: el Presupuesto 2006, al no
ajustar por inflación salarios estatales ni jubilaciones, logró un
ahorro de 4.400 millones y 5.100 millones de pesos, respectivamente,
esto es, un 53% del superávit previsto.
El
ajuste se concentra eminentemente en el gasto social, porque,
naturalmente, la prioridad la tiene el servicio de la deuda pública,
al que se agregan, en proporción creciente desde 2004, los subsidios
a capitalistas privados, sobre todo en el área de servicios. En 2001,
el gasto público representaba el 35,7% del PBI, mientras que en 2004
sólo llegó al 28,9%. Los rubros que más bajaron fueron previsión
social (-31%), educación (-28%), y salud (-24%).
El
cuadro siguiente resume la evolución del gasto público, en
porcentaje del PBI:
Promedio
1993-2001
Promedio 2004-2005
Seguridad
social
6,0 (43% del gasto total)
4,5 (34% del total = 9.000 millones menos)
Salarios
2,4
2,1
Servicios
privados
1,8
2,9 (subsidios y planes sociales)
Gastos
de capital
0,9
2,0 (obra pública)
Si
la Nación se ajustó, también lo hicieron las provincias, cuyo gasto
salarial cayó del 56 al 45% del total entre 2001 y 2004. Además, se
vieron obligadas a aceptar la Ley de Responsabilidad Fiscal (pedida
por el FMI), que pone un tope al gasto ligado al PBI del año
anterior. Después de tres años de contribuir al superávit fiscal,
en 2006 tienen superávit cero, y su deuda equivale al 100% de la
recaudación tributaria. El principal acreedor (70% del total) es el
Estado nacional. Esta licuación del superávit no se debió a la
recuperación del salario sino al mayor gasto en obra pública, que
compensa la falta de inversión privada. De paso, la dependencia
financiera de las provincias respecto de las arcas nacionales es la
base material del trasvasamiento de gobernadores e intendentes
radicales al proyecto político kirchnerista.
Es
también sobre la base de este superávit que el Estado interviene y
arbitra políticamente en la economía, sin llegar a constituirse en
actor económico propiamente dicho. Correo Argentino, AySA o Enarsa no
son las puntas de lanza de un “estatismo” fantasmal sino las
excepciones (las dos primeras, resultado de estrepitosos fracasos de
la gestión privada) que confirman la regla general de que el
principal motor económico de la economía kirchnerista es la
actividad privada.
Sin
embargo, el “mercado”, dentro de un marco general que no cuestiona
en lo esencial la apertura económica de los 90, está sujeto a
ciertos controles más o menos informales en determinadas áreas
sensibles. El Estado hace un monitoreo permanente de las variables
económicas que puedan tener impacto político.
De
allí las iniciativas de acuerdos de precios y salarios, que funcionan
como un marco general no oficial para el conjunto de la economía y
mantienen a raya el peligro inflacionario. Lo propio sucede con los
premios y castigos para los capitalistas según su comportamiento económico
resulte más o menos funcional al proyecto político: el gobierno
regula sus relaciones con las distintas fracciones de la burguesía
por la vía de combinar herramientas como subsidios (transporte, energía,
servicios públicos), retenciones (agro, petróleo) e incluso el
cierre de exportaciones (carne). También utiliza los subsidios como
mecanismo compensatorio para las privatizadas por el retraso de las
tarifas (lo que generaría inflación y costo político).
Que
definamos esta intervención estatal como política significa que se
inmiscuye en la economía pero con objetivos políticos. No hay ni
sombra de que se propicie un rol del Estado en la economía propio de
los nacionalismos burgueses de los 50 y los 60 y de los modelos
“desarrollistas”. Por ejemplo, no hay inversión pública
significativa en infraestructura, salvo para tapar los agujeros que
deja la desidia privada, ni menos todavía un retorno al welfare
state o estado de bienestar. La evolución del gasto estatal que
reproducimos más arriba despeja toda duda acerca de cualquier desvío
fundamental respecto de un funcionamiento económico esencialmente
“neoliberal”.
Asimismo,
es una práctica sistemática del gobierno, desde 2003 hasta el
Presupuesto 2007, subestimar los ingresos y sobrestimar (en realidad,
subejecutar) los gastos a fin de que al gobierno le quede un superávit
real mayor al votado en el Congreso. Este excedente de recursos se
maneja con los criterios totalmente políticos y clientelares ya
mencionados: subsidios a capitalistas “amigos”, financiamiento a
gobernadores e intendentes aliados, etc.
3.5
La burguesía, sus fracciones y un crecimiento que “no derrama”
Hemos
adelantado que tras la crisis de 2001 y la devaluación hubo una
evidente redistribución del plusvalor entre los sectores burgueses,
en el marco general de que en su conjunto la burguesía se vio
beneficiada por una brutal transferencia de valor en detrimento de los
trabajadores. Esa redistribución operó vía el reacomodamiento de
precios relativos de las ramas de la producción y los servicios, en
el marco de que ese ajuste de precios relativos benefició en general
a la burguesía y perjudicó al conjunto de los asalariados. De fondo,
la política económica kirchnerista se basa en volver estable y
“sustentable” la transferencia de ingresos introducida
inicialmente por la devaluación del peso.
Los
sectores que emergieron como ganadores, acreedores de la parte
principal de esa masa de plusvalor, fueron, está dicho, los
productores de bienes (transables), especialmente los ligados a la
exportación.
En
cambio, las compañías privatizadas de servicios y los bancos dejaron
de percibir la monstruosa renta en pesos que, durante el 1 a 1,
convertían inmediatamente en dólares con seguro de cambio gratuito a
cargo del Estado. El fin de este negocio fabuloso hizo que varias
privatizadas y bancos extranjeros directamente vendieran sus activos y
se fueran del país.
Justamente,
uno de los cambios bajo Kirchner es que muchas compañías que
gestionaban servicios públicos como electricidad, gas, agua y teléfonos
se retiraron tras la caída en la tasa de rentabilidad y sus problemas
de endeudamiento. Esto dio lugar a la llegada de fondos de inversión
locales (Mindlin, Werthein, Ivanissevich, Coinvest) y extranjeros
(Ashmore, Maratón, Fintech, Aberdeen Asset, Exotics, Farallón, UBS,
Nextar), que compraron las deudas a entre un 15 y un 35% del valor
nominal. El hecho de que “los nuevos accionistas no acreditan una sólida
experiencia en el negocio de los servicios públicos, que se
caracterizan por (…) una perspectiva de ganancias mucho más acotada
que las que manejan los fondos de inversión” (Carlos Montero, del
Instituto Argentino de Servicios Públicos) abre un interrogante. ¿Cuál
es la real capacidad y compromiso de operadores que entraron en el
negocio con una visión aún más especuladora y de corto plazo que la
de otros operadores internacionales? Porque esto se da en el marco de
una crisis de infraestructura que requiere inversiones urgentes para
no colapsar, sobre todo en el área energética. Así lo resume el
conocido neoliberal Manuel Solanet, de FIEL: “todos estos negocios
obedecen a oportunidades puntuales más que a una corriente inversora.
Los fondos que compran [a estas compañías] no son estratégicos” (Clarín,
7-11-05)
Por
otra parte, otro de los “ganadores” de la crisis fue el propio
Estado: bajo la gestión kirchnerista, una parte de las divisas
generadas por la revitalización de las exportaciones y el renovado
superávit de la balanza de pagos fue a parar a las arcas estatales, dándole
al gobierno el margen financiero que hemos descripto.
El
otro gran motor de la expansión económica es el aumento de la
explotación de la clase obrera, con cifras de productividad que baten
récord tras récord. Si comparamos el costo laboral en la industria
manufacturera en 2005 respecto de 1997 (es decir, antes de la recesión
y con la industria creciendo al 9% anual), encontramos que mediante la
combinación de salario, volumen de producción y cantidad de
trabajadores, ese costo es ahora un 28,4% inferior (y un 33% inferior
si se lo compara con 2001, según la Secretaría de Industria). Por
dar el ejemplo de algunas ramas: en alimentos, el costo bajó un
15,1%; en bebidas alcohólicas y no alcohólicas, un 30%; en automóviles
–con un menor volumen de producción–, un 54,8%, y en calzado, un
56,3%.
El
número total de obreros ocupados respecto de 1997 es un 13,8%
inferior. Mientras que los precios de fábrica de manufacturas
agropecuarias e industriales, también en relación con 1997, subieron
un 120% (pero un 225% en químicos y un 261% en acero), el salario
promedio subió sólo un 85%, aunque el salario industrial, a
diferencia del estatal y de los trabajadores en negro, rebasó la
inflación minorista, que subió en el período un 65%.
Este
sesgo “productivista” de la economía en detrimento del sector
servicios es claramente mensurable: en el período 1993-2001, la
contribución del sector productor de bienes al PBI promedió un
31,5%, mientras que en el período 2002-2005, la proporción ascendió
al 42%, tendencia que se reforzaba en 2006 (la última medición del
INDEC, del segundo trimestre de este año, estimaba que el sector
productor de bienes contribuía en un 43,6% del PBI). De hecho, en
2005 se superó por primera vez el nivel de actividad industrial de
1998.
Otro
parámetro de estos cambios es el índice Merval de la Bolsa de Buenos
Aires: “las privatizadas perdieron participación (…) y ganaron
terreno otras firmas (…) Petrobras, Grupo Galicia y Alindar
representan, juntas, más del 50% de la composición del índice” (Clarín,
25-7-05).
En
realidad, la devaluación le vino como anillo al dedo a toda la
industria en general, y es por eso que la UIA aplaude el dólar alto,
que también conviene a las finanzas estatales (las retenciones a las
exportaciones sostienen el superávit). Éste es el punto central
donde coinciden los intereses del actual elenco político y los de la
burguesía industrial y exportadora, que está más que satisfecha con
esta competitividad que se origina en el tipo de cambio, no en
ampliación de la inversión, esto es, genuina acumulación de
capital. Lo que sigue sin existir, ni de parte del Estado ni de parte
de este sector de la burguesía, es ningún proyecto “capitalista
nacional productivo” a largo plazo.
Precisamente,
mal puede haber un proyecto “nacional” cuando en 2003, la
participación extranjera representaba el 75% de la facturación de
las principales 1.000 empresas (en 1993, el 50%), y de las 500 más
grandes, el 67% tenían participación extranjera, en la amplia mayoría
de los casos mayoritaria (en 1993, sólo el 44%). De entre las 500
empresas más grandes, las de capital nacional sin participación
extranjera aportaban sólo el 15% de las exportaciones y del valor
agregado, mientras que las de capital extranjero en más de un 50%
aportaban el 78% y el 80% respectivamente. Los principales países
inversores son EEUU (25% del total), España (23%) y Brasil (19%).
Es
verdad que desde 2003 ha habido una cierta “reaparición” de
capital nacional en algunas ramas antes ocupadas por multinacionales.
Pero esto se ha dado sobre todo en el área de servicios, con las
limitaciones ya apuntadas. En cambio, en la industria continúa el
proceso de extranjerización (aunque con mayor participación de
empresas brasileñas, mexicanas y chilenas, en ese orden), con el
traspaso de empresas emblemáticas como Acindar, Quilmes, Loma Negra y
Grafa. Aunque el gobierno intenta hacer ver este proceso como “parte
de la inercia del esquema económico anterior” y que “el capital
nacional se está ampliando” (secretario de Industria Miguel Peirano
en Clarín, 26-5-06), esto es por ahora una tendencia
subsidiaria o una expresión de deseos.
En
todo caso, para poder hablar de una verdadera reconversión del perfil
industrial argentino debería constatarse una corriente de inversión,
esto es, de acumulación de capital, muy por encima de lo que se
verifica hoy. Las cifras de “crecimiento récord” (en realidad,
volver a los niveles de producción de 1998) no deberían ofuscarnos
hasta el punto de ignorar que, desde 2003, la recuperación se logró
esencialmente sobre la base del aumento en el uso de la capacidad
instalada. Como dice el economista Marcelo Lascano, “Argentina creció
con lo que tenía: hubo inversión de reposición y poca inversión
nueva”. Lo confirma en cifras el consultor Orlando Ferreres, para
quien, de los 40.000 millones de dólares de inversión, sólo 5.000
millones corresponden a nuevos emprendimientos; el resto se destina a
mantenimiento. Con un puñado de excepciones (Siderar, Aluar,
automotrices, complejos aceiteros), no hay grandes proyectos
industriales, y Claudio Lozano, de la CTA, se queja de que las
empresas “no reinvirtieron en línea con las ganancias obtenidas”
(Clarín, 24-1-06). A esto debe agregarse que en muchos casos
se trata de proyectos con fuerte apoyo oficial en subsidios.
Según
Ferreres, entre el 60 y el 65% de las ramas está trabajando al límite
de la capacidad o llegando a él. La inversión es la asignatura
pendiente, el cuello de botella que poco a poco el gobierno admite que
debe enfrentar.
Por
otra parte, la rama récord en crecimiento que empuja la inversión es
la construcción (+21% en el primer semestre 2006), no el sector de
equipo durable (el que indica el verdadero aumento de la capacidad
productiva). Este último sector alcanzó su pico de crecimiento en
2004 y desde entonces, si bien aumenta, no lo hace a un ritmo
comparable, mientras que la construcción pasa a ocupar un lugar cada
vez mayor en el conjunto de la inversión bruta.
Mientras
que el Ministerio de Economía difundió un cuadro muy optimista en
inversión de equipos y nuevas plantas, que en siete de meses de 2006
estaría casi alcanzando los niveles de todo 2005, un estudio del
Banco Río señala que, por el contrario, el gasto en equipo durable
se desaceleró considerablemente en 2006, y los motores de la expansión
son claramente la construcción y el consumo. Estas señales
contradictorias indican que es aún prematuro intentara proyectar una
tendencia al respecto.
En
cuanto a la tasa de inversión, en verdad, considerando que el
promedio 1993-1999 fue del 18.9% del PBI, la performance de 2004
(19,2%), de 2005 (21,5%) y la estimada para 2006 (22-23%), si bien es
ascendente, no alcanza a configurar un cambio cualitativo en el
proceso de acumulación de capital.
Finalmente,
cabe insistir en que toda esta configuración económica, con todo lo
que tiene de específica respecto de la anterior, mantiene una línea
de continuidad en un aspecto clave: el cuadro social. Más allá de
las diferenciaciones internas dentro de los asalariados, que
examinaremos más abajo, el “crecimiento récord” no sólo no ha
logrado revertir la escandalosa desigualdad social heredada del período
anterior, sino que la estabiliza y en algunos terrenos la refuerza.
A
pesar del descenso de las catastróficas cifras de pobreza, indigencia
y desocupación registradas en 2001-2003, se hace evidente que hay un
“núcleo duro” de población excluida que la economía
kirchnerista no afecta sino que consolida, aunque la tendencia a la
pauperización general de la sociedad se haya detenido y, para algunas
capas sociales, empezado a revertirse.
Parte
de ese núcleo duro es el 20% de la población (7,7 millones de
personas) que gana $ 82 al mes o menos, pero de ninguna manera se
limita a ese sector. Se mantiene la brecha récord en la desigualdad
de la distribución del ingreso, señalada por el hecho de que el 10%
más rico gana 36,5 veces más que el 10% más pobre.
Asimismo,
la persistencia del fenómeno del empleo precario –que, pese a todos
los discursos y carteles oficiales, sólo bajó de un 49% a un 45% en
tres años– dio lugar al creciente de desarrollo de una nueva
categoría, la “pobreza con empleo”. El 80% de los hogares pobres
tiene a su frente a un/a trabajador/a ocupado/a cuyo salario es
inferior al nivel de la canasta básica de pobreza ($ 853). De este
modo, la política salarial kirchnerista ha “logrado” que, a
diferencia del piso de la crisis, la principal causa inmediata de
pobreza sea no la desocupación sino los salarios de miseria.
Dos
datos son ilustrativos al respecto. Primero: si bien la masa salarial
global creció, gracias al descenso de la desocupación, el ingreso
individual promedio creció por debajo de la inflación, por lo que el
poder de compra promedio del salario sigue un 8% debajo del nivel de
2001. Segundo: un estudio del Banco Credicoop recuerda que la
participación de los asalariados en el PBI era en 2001 del 32%; en la
actualidad, sólo del 24%, lo que demuestra que el dólar alto y la
inflación le vienen muy bien a los exportadores y al fisco, pero no a
los trabajadores.
3.6
Conclusión: “modelo de coyuntura” y regulación política de una
economía neoliberal
Lo
que ha dado en llamarse “economía K” se perfila, entonces, no
como un proyecto estratégico sino como un “modelo” cuyo origen es
más político (el cambio de ciclo de lucha de clases nacional y
regional) que propiamente económico. En consonancia, el elemento más
específico de la economía argentina bajo Kirchner es, precisamente,
la nueva presencia que tienen el gobierno y el Estado como factores de
intervención en la economía en un sentido de regulación del
“mercado” y del capitalismo “neoliberal” a partir de criterios
políticos.
Aquí
radican, en verdad, tanto los aspectos de novedad como de continuidad
del actual proyecto. Por un lado, en su rol de “arbitraje” el
gobierno se asienta sobre la base de relaciones de fuerzas entre las
clases categóricamente distintas a las de los 90; son ellas las que
le confieren ese margen de acción relativamente “autónomo”
respecto de las distintas fracciones burguesas (en el sentido de que
es capaz de ejercer su “regulación” sobre todas ellas).
Por
el otro, el hecho de que este gobierno no es “hijo” de ningún
proceso estructural de modificación de los patrones del capitalismo
argentino, sino de un cambio político, le recorta en el terreno económico
el relativo “vuelo propio” que pretende exhibir –y de hecho
ejerce– la gestión kirchnerista. De allí que a la hora de darle
sustentación social al “proyecto K”, no hay para el gobierno otra
variante más que recostarse sobre los sectores burgueses más
tradicionales e insertos en el mercado mundial.
Contra
lo que muchos creen, el sesgo “productivista” de la política económica
no es el resultado de ninguna convicción “desarrollista” profunda
del elenco gobernante, sino que expresa justamente la voluntad de
apoyarse en el sector de la burguesía que ha salido más favorecido
de la salida de la crisis de la convertibilidad. El reanimamiento de
la producción industrial bajo el paraguas cambiario de la devaluación,
la recuperación del consumo interno y los altos precios
internacionales de los commodities que exporta el país
modificaron el peso relativo de los sectores burgueses a favor de los
“productores” y contra los “proveedores de servicios” y el
sector más ligado a la rapiña financiera pura.
En
un sentido, se repite la ecuación menemista de establecer una alianza
con la fracción burguesa más fuerte, sólo que en el 2003 ese sector
ya no es el mismo que en los 90. De paso, esto demuestra que el
“personal político” burgués argentino, a la vez que no
representa de manera directa e inmediata a tal o cual sector de la
burguesía, tiende a realinearse –de manera totalmente empírica y
sin plan alguno– con la fracción burguesa que en cada coyuntura
representa mejor los intereses del conjunto de la clase capitalista. Lógicamente,
al tratarse de una clase socia menor del imperialismo y sin proyecto
autónomo ni estratégico, mal puede este u otro gobierno avanzar en
ese sentido. Los escasos ejemplos de desarrollo relativamente
independiente a partir de un proyecto iniciado desde el poder político
y no de algún sector capitalista, lo que incluyó la cuasi creación
de una burguesía desde el Estado, se dieron en otro contexto histórico
y en condiciones que la mundialización capitalista vuelven casi
imposibles de reproducir.
En
suma, el Argentinazo y el nuevo ciclo político en América Latina
hicieron inviable políticamente un capitalismo neoliberal
“salvaje” y “desregulado” como el de los 90, pero no cambiaron
el carácter de la estructura capitalista del país ni de su ubicación
en la división internacional del trabajo. Allí radica, insistimos,
tanto la fuerza como la debilidad del kirchnerismo como proyecto.
Por
otra parte, ciertas variables fundamentales del actual esquema (viento
a favor de la economía internacional, solvencia fiscal amparada en un
esquema “sustentable” del servicio de deuda) son por definición
no estructurales sino coyunturales y hasta contingentes, más allá de
lo corta o larga que sea esa coyuntura. Por lo tanto, si bien de
manera lenta y todavía sin consecuencias políticas, comienzan a
acumularse tensiones en diversos planos (cuentas fiscales, inversión,
infraestructura, inflación, tipo de cambio) cuyo ritmo de maduración
no es fácil de prever. Puede ser más rápido que lo que estiman hoy
los economistas, pero parece difícil que se acelere tanto como para
complicarle al gobierno su plan reeleccionista en 2007.
Para
concluir esta sección, digamos que en el terreno social –contra las
hipótesis de “pauperización indefinida” y creciente que barajaba
el PO, por ejemplo– lo que se verifica es un crecimiento de la
importancia del trabajo asalariado, en particular el productivo. No
hay “piqueterización” de la sociedad, si bien es verdad que se
consolida un “núcleo duro” de excluidos o semi excluidos a los
que les resultará muy difícil reinsertarse en el mercado laboral. Lo
que hay es más bien una extensión (volviendo a los niveles
anteriores, en verdad) de la relación salarial en un contexto de
aumento de la produvcción (y la explotación), del fenómeno de la
pobreza con empleo y de una fuerte segmentación de los trabajadores
por rama industrial, por tipo de contrato, por nivel salarial y hasta
por franja etaria (edad). Estas variables, por otra parte, se combinan
de una manera que será objeto de análisis más detallado en la sección
siguiente.
4.
La recuperación objetiva de la clase trabajadora, el surgimiento de
una nueva generación y las tareas del próximo período
4.1
Disposición de las fuerzas objetivas de la clase obrera
Cambio
de tendencia en la geografía económica y social de la lucha
Desde
2002 se está produciendo un proceso de recuperación objetiva de las
fuerzas de la clase obrera. Éste es el trasfondo y la base material
de la transformación que se ha venido operando en la geografía económica
y social de la lucha. A partir de 2004 estamos asistiendo a un cambio
de grandes proporciones que muestra una tendencia cada vez mayor a la
centralidad en la lucha de parte de los trabajadores ocupados. Al cabo
de diez años en los que el centro de la lucha social estuvo ocupado
por los movimientos piqueteros, ahora son los ocupados los que han
pasado a la vanguardia de la pelea. Y a pesar de la actual coyuntura
defensiva y de relativa chatura en cuanto a las luchas reivindicativas
de los trabajadores, la perspectiva es que sea la clase obrera con
trabajo la que mantenga y profundice este rol de vanguardia.
Esto
es así, entre otras cosas, porque el posible deterioro –a mediano
plazo– de la situación económica se encontrará frente a una
realidad de recomposición relativa de los planteles obreros respecto
al comienzo del proceso de 2001. El actual proceso de pelea molecular
contra los despidos y la precariedad puede ser un puente hacia un
eventual ascenso más de conjunto del proletariado industrial.
Para
esto hay que prepararse política y también prácticamente. Esos
aprestos deben ser una de las dos grandes tareas partidarias en el próximo
período, junto con la construcción de nuestra juventud nacional.
Esto implica tomar medidas para ser parte, volcarse, reflejar y hacer
la experiencia con una nueva generación obrera que emerge, al tiempo
que hacemos ingentes esfuerzos para resolver lo que más difícil y
estratégico (en el marco de que necesitamos seguir aumentando nuestra
“masa crítica” en la juventud estudiantil): estructurar jóvenes
compañeros en las grandes fábricas automotrices, del neumático,
alimenticias y siderúrgicas, y en sectores de servicios estratégicos
como las comunicaciones, los grandes centros de distribución y el
transporte.
4.1.1
Una recuperación de valor estratégico
A
partir de abril de 2002 comenzó una recuperación de la economía que
aún se mantiene. Desde esa fecha se ha vivido un crecimiento
sostenido del PBI (del 36,8% en el primer trimestre de 2006 contra
igual período del 2002) y, en una proporción mayor aún, del PBI
industrial: 60% en mayo 2006 contra marzo 2002, con un aumento en la
utilización de la capacidad instalada entre abril 2002 y abril de
2006 del 55,1% al 71,6% (Informe Macroeconómico del Centro de
Estudios de la Unión Industrial Argentina, junio 2006, en
www.uia.org.ar).
Esto
mismo es lo que ha permitido una disminución general de la tasa de
desempleo y, consecuentemente, un aumento de la tasa de ocupación. Si
bien esto muestra grandes desigualdades regionales y por rama de la
economía, es un hecho que en este marco se han recuperado de manera
importante los índices de ocupación asalariada industrial, y ha
entrado a trabajar una nueva generación obrera, que ha renovado –en
proporciones variables– los planteles de las fábricas.
El
límite de esta realidad es que, en términos generales, no se hace más
que volver a los índices previos a la crisis, es decir, los de 1998,
el año de mayor crecimiento en el período de convertibilidad. En este sentido, se
conserva la estructura laboral heredada de los 90: una gran
fragmentación en las condiciones de contratación, trabajo y salario
de la clase trabajadora, dividida no sólo entre ocupados y
desocupados, sino también –al interior de los propios ocupados–
entre un núcleo de efectivos y una periferia de contratados y
tercerizados.
Sin
embargo, a pesar de esta herencia de fragmentación, este cambio categórico
en la geografía social y económica de la clase obrera no podía
dejar de tener consecuencias estratégicas a la hora del proceso de
lucha y recomposición de los trabajadores. Como hemos dicho, desde
finales de 2004 la clase obrera ocupada ha pasado al centro de la
lucha social, desplazando del rol de vanguardia a los movimientos de
trabajadores desocupados. Y todo indica que, pasada la actual
coyuntura, esta tendencia se va a reafirmar, por lo que se puede
esperar una entrada en escena del proletariado industrial, que hasta
ahora no ha dado grandes luchas, pero que es muy posible que las dé
ante los primeros síntomas de crisis.
¿Por
qué? Porque en el mediano plazo, un eventual cambio de las tendencias
de la economía va a encontrar los planteles en toda una serie de fábricas
y ramas de la producción recuperados tanto numérica como
generacionalmente. No es razonable suponer que los trabajadores dejarán
pasar, por ejemplo, una eventual ola de despidos sin luchar. Hay una
disposición de lucha distinta a cuando en la década del 90, en
incluso durante el Argentinazo mismo, en condiciones de catástrofe
económica, imperaba a nivel de los lugares de trabajo el terror al
desempleo, lo que imponía un comportamiento conservador a los
trabajadores, sobre todo en la industria (el fenómeno denominado “fábricas
tumba”).
Asimismo,
cabe esperar que más temprano que tarde haya una reacción ante la
inflación creciente (aun contenida parcialmente por los “acuerdos
de precios”), que se devora con rapidez los aumentos salariales
acordados por la burocracia con el gobierno y la patronal.
4.1.2
Las cifras de la recuperación
Pasaremos
revista a algunos datos estadísticos para sostener lo que estamos señalando.
Según un estudio de la CTA, en el primer semestre de 2004, la población
del país alcanzaba a 38.627.222 personas, de las cuales el 90,3%
habitan en las ciudades (“Estructura de la fuerza laboral”, marzo
2005, Instituto de Estudios y Formación).
Este
solo dato –característico de nuestro país– ya hace al factor más
objetivo de la centralidad potencial de la clase trabajadora en los
destinos del país, relacionado con el carácter “moderno” –aun
en su tremenda desigualdad– de la estructura social argentina, a
diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos.
En
este marco, la PEA (Población Económicamente Activa) urbana es de
16.001.475 personas, de los cuales 10.124.303 son asalariados urbanos,
con exclusión de los patrones. Dentro de este universo (actualizado a
abril 2006), 7.155.252 son asalariados privados y 2.774.154 son
asalariados estatales. Mientras tanto, 2.331.796 revisten como
desocupados y 2.447.670 como subocupados (II trimestre del 2004, Boletín
estadístico CTA, septiembre 2004). Dentro de este contingente de
asalariados, 8.197.488 pertenecen al sector “servicios”, 1.387.857
a la industria manufacturera, 649.906 revisten en la construcción y
51.363 en la explotación de minas y canteras (Claudio Lozano,
“Notas sobre la actual etapa económica”, abril 2006, en
www.cta.org.ar).
Por
supuesto, no se trata sólo de la importancia de los números
absolutos: el peso estratégico del proletariado industrial –y de
otras capas de trabajadoras que hacen tareas conexas al proceso de
producción– radica en que es el único productor de valor (riqueza)
y el de mayor productividad (mercancías producidas por horas de
trabajo) en el conjunto de la economía.
En
estas condiciones, desde abril de 2002 se verifica una clara
recuperación del empleo asalariado en general y del industrial en
particular (registrado y no registrado). Según distintas fuentes, se
han creado en los últimos años alrededor de tres millones de puestos
de trabajo, con una proporción creciente de ellos en la industria. Si
a abril del 2006 había 1.387.857 de asalariados en la industria, en
el primer trimestre de 2003 totalizaban sólo 1.071.339. En la
construcción, se paso de 509.633 en abril de 2003) a los actuales
649.906. Es decir, ganancias netas de 300.000 y 140.000 trabajadores
respectivamente, con un índice de crecimiento del 7,6% entre abril de
2005 y abril de 2006 (un poco por detrás del ritmo de crecimiento del
producto industrial, lo que demuestra cómo la patronal sigue
acumulando ganancias por productividad). Según el informe industrial
de la UIA ya citado, “para lo que resta del año, y según
estimaciones de Ecolatina, la industria lidera el ranking de creación
esperada de puestos de trabajo (21,5% del total esperado)”.
En
este marco, en lo que respecta al proletariado industrial, también es
importante destacar la importancia relativa de las distintas ramas de
la producción, porque hace a sus batallones más importantes. Podemos
apoyarnos en los datos de ventas de las cinco ramas más importantes
del sector industrial y en las tres de servicios en el total
respectivo de ventas. En la industria, alimentos y bebidas (31,6%),
petróleo y derivados (30,6%), químicas (11,4%), automotrices (9,8%)
y siderurgia (6,1%) representan casi el 90% del total. En los
servicios, los tres principales rubros son comercio (40,4%),
telecomunicaciones (25,1%) y energía, gas y agua (17,2%), esto es, el
82,7% del total (Lozano, cit.). Tal es el panorama, a grandes rasgos y
exceptuando al comercio minorista, de las ramas donde se encuentran
las principales industrias y servicios, con las mayores
concentraciones de trabajadores.
Para
tener una idea aproximada del peso relativo de cada rama de producción
industrial respecto del empleo (sin dar cuenta de la composición
interna de cada rama, ni de los diferenciales de productividad y
composición orgánica del capital), nos vemos obligados a utilizar
datos de 1997 (el año más importante respecto del PBI industrial de
la serie tomada por el INDEC, que sólo está actualizada hasta 2001).
Sobre un total de 858.377 trabajadores asalariados, el detalle es el
siguiente: alimentos y bebidas, 233.919; fabricación de sustancias y
productos químicos, 74.604; fabricación de vehículos automotores,
remolques y semiremolques, 54.536; textiles, 53.174; productos
elaborados de metal (excepto maquinaria y equipos), 50.268; fabricación
de maquinarias y equipos, 46.483, y productos de caucho y plásticos,
43.613 trabajadores (Encuesta industrial anual del INDEC).
4.1.3
Crecimiento numérico y fragmentación
Como
hemos señalado, esta recuperación numérica va acompañada de la
subsistencia de la herencia de los 90 que Kirchner intenta legitimar:
una gran fragmentación, es decir, una gran variedad de situaciones
dentro de la clase obrera, dividida entre un núcleo de trabajadores
efectivos y en blanco y una serie de “anillos concéntricos” que
abarcan variadas situaciones salariales
y de contrato de trabajo. Estos anillos van desde el trabajo en negro,
precario, subcontratado y/o tercerizado hasta el más lejano, el que
configura los actuales contingentes del “ejército industrial de
reserva”: el subempleo y el desempleo liso y llano.
Todo
esto presenta una estructura objetiva de la clase trabajadora distinta
a la que caracterizaba al país 30 años atrás, cuando las tasas de
desempleo y subempleo no superaban, respectivamente, el 5% para el
promedio 1975-1989 (Juan Iñigo Carrera, “Realidades de la economía
argentina”, junio 2001). Asimismo, las condiciones de contratación
eran, relativamente, mucho más homogéneas, con elevados índices de
sindicalización y conquistas alcanzadas en convenios colectivos de
trabajo que abarcaban un amplio universo de trabajadores en relación
de dependencia. La herencia de esta transformación se remonta no sólo
a los 90, sino al trabajo comenzado por la dictadura militar.
Así,
mientras en mayo de 1990 el porcentaje de asalariados no registrados
llegaba al 25,2%, en 2004, del total de la población asalariada, sólo
el 51,7% trabajaba en blanco y un 48,3% lo hacía en negro (INDEC,
Encuesta Permanente de Hogares). Y el trabajo en negro no implica sólo
la falta de aportes jubilatorios y de seguro de salud (obra social).
La condición laboral informal agrega a esas características la falta
de cobertura por accidentes de trabajo y de derechos como la
indemnización por despido, las vacaciones pagas o los límites a la
duración de la jornada de trabajo. Además, a quien trabaja en esa
condición le es casi imposible acceder a tarjeta de crédito o a préstamos
bancarios. Es la esclavitud lisa y llana en el siglo XXI, que afecta a
prácticamente la mitad de la clase obrera con trabajo. Porque al
primer trimestre de 2006, el trabajo en negro, pese a la recuperación
económica y a las “campañas” oficiales, se mantenía en el
44,3%, afectando a 4,75 millones de personas. Por otra parte, del
total de puestos de trabajo creados en los últimos años, el 70%
consistió en empleos en negro.
La
propia tasa de desempleo y subempleo, que ha mostrado una tendencia
decreciente al compás de la recuperación económica (del 24,3% en el
primer trimestre de 2003 al 12,8% en el mismo período del 2006, cifra
que no incluye a los beneficiarios de planes sociales), se mantiene,
sin embargo, en niveles de dos dígitos que son muy elevados respecto
de la media histórica del país. Esto indica que el desempleo va a
seguir permaneciendo como un dato estructural de la economía del país.
Por esta misma razón, se dan las situaciones gemelas de alto
desempleo conviviendo con elevadas tasas de sobreocupación y
superexplotación de los ocupados. Es significativo que, a mayo de
2003, 2.842.000 trabajadores estaban incluidos en la categoría de
“población sobreocupada” o “sobreempleo”, esto es, con
jornadas superiores a las 45 horas semanales, lo que es prácticamente
el reverso de la situación de desempleo absoluto que caracterizaba a
un número parecido de trabajadores desocupados para el mismo período.
4.1.4
Despotismo de fábrica
Estas
condiciones de superexplotación y precariedad laboral son la base
material que facilita o refuerza el régimen de “despotismo de fábrica”,
es decir, el hecho clásico del que ya hablaban Marx y Engels de la
dictadura de la patronal. Respecto de las condiciones de contratación
y salario, de organización y estándares de la producción, etc., el
patrón impone sus criterios y la base obrera no tiene arte ni parte.
Ahora
bien, la clase trabajadora argentina ha construido históricamente sus
formas de organización, de las que subsiste, a nivel de fábrica, una
instancia clásica y de la misma importancia estratégica hoy que hace
décadas: la organización de base de los delegados y las comisiones
internas. Se trata de instancias que está planteado, en el proceso de
recomposición abierto, recuperar de manos de la burocracia sindical.
Porque sobre todo a nivel del proletariado industrial, el proceso
comienza por estos organismos tradicionales, que siguen siendo una
inmensa conquista de la clase obrera en nuestro país, aun cuando en
la mayoría de los casos se encuentren en manos de la burocracia.
En
circunstancias de ascenso, estará planteada también la pelea por la
generalización de instancias organizativas y de pelea ad hoc
(comités de lucha) que establezcan un “doble poder” a nivel de
las empresas, así como la coordinación de varios lugares de trabajo:
desde circunstancias de ocupación del lugar de trabajo y de imposición
de mecanismos de control obrero hasta experiencias de administración
obrera de la unidad productiva en crisis. Parte de esto en los últimos
años –con sus alcances y sus límites– ha sido la experiencia de
las fábricas recuperadas.
En
este marco, desde ya que los mecanismos de fragmentación y
precarización laboral no sólo han tenido un sentido estrictamente
económico (por ejemplo, tercerizar tareas) sino de dominio: ante la
demostración de radicalización y “poder obrero” de las
experiencias marcadas por el Cordobazo, la burguesía se dio la tarea,
a partir de la dictadura militar, de atomizar a la base obrera para
garantizar su explotación y dominación. Es por esto que no sea
casual que en aquellas estructuras o sectores donde son mayoritarios
los trabajadores en condiciones precarias, en muchos casos,
directamente, no existe siquiera la elemental representación sindical
del delegado.
4.1.5
Emerge una nueva generación obrera
Las
condiciones objetivas de recuperación de la producción en distintas
ramas son el trasfondo y base material del proceso molecular en curso
de reorganización de los trabajadores. Las condiciones de esclavitud
laboral, el sueldo que no alcanza, el ver cómo la patronal gana
fortunas, son un aguijón permanente al todavía poco visible pero
creciente descontento.
Tras
las transformaciones de los 90 en el sentido de una tremenda
fragmentación, ahora está teniendo lugar un hecho revolucionario en
las entrañas de nuestra clase: está en marcha una profunda tendencia
en sentido inverso, con el surgimiento de una nueva generación
obrera, que está dando sus primeros pasos y haciendo sus primeras
experiencias. Este desarrollo comenzó con la recuperación de la
economía y no se detiene, porque tiene características de un proceso
estructural, orgánico.
Hay
un doble recambio en las filas de la clase obrera. Por un lado,
generacional: decenas de miles de jóvenes están consiguiendo su
primer trabajo, mayoritariamente en condiciones de precariedad
laboral. Por edades, la distribución actual de la fuerza laboral
total (incluye trabajadores de todas las categorías y no
trabajadores) es la siguiente: 3 millones entre 15 y 24 años (19,8%);
8,9 millones entre 25 y 49 años (57,7%); y 3 millones entre 50 y 65 años
(19,4%). Pero presumimos que, incluso por la importancia del esfuerzo
físico del trabajo proletario, las proporciones de jóvenes son
mayores en la industria y la construcción.
Por
otro lado, también se recuperan los planteles en importantes ramas de
la producción: automotrices, alimenticias, siderúrgicas, neumático,
etc., o despuntan otras nuevas a nivel de los servicios, como es el
caso de las comunicaciones y los call-centers, que muchas veces
incorporan estudiantes universitarios o trabajadores con alta
calificación laboral.
Esta
nueva generación está haciendo sus primeras armas. Y justamente esto
es lo que señala que el proceso de reorganización podría estar
preparando las condiciones para dar un salto en calidad, aunque más
no sea –por ahora– en el sentido más estructural y objetivo del término,
razón por la cual es poco visible todavía. No obstante, como ya
hemos señalado, puede preanunciar para el futuro grandes luchas
obreras para las cuales hay que prepararse desde hoy.
Esta
nueva generación, por lo molecular del proceso, no es aún tan
visible. Pero están surgiendo nuevos delegados y activistas a partir
de los organismos sindicales tradicionales. Es cierto que como proceso
es muy desigual: en algunos casos por lugar de trabajo y en otros
hasta por sección. Pero desde el punto de vista de los
revolucionarios, es estratégico, porque es nuestra clase la que está
preparando sus nuevos destacamentos y sus nuevas armas.
Es
una tarea fundamental apuntalar este proceso para que no se quede en
el camino, ayudando a que los nuevos activistas que surgen en las fábricas
no queden en descubierto ante la burocracia y la patronal, a que no
sean presa fácil del despido, de los aprietes o los castigos. Esto
significa organizarse en forma cuidadosa y señalar a fuego a los
soplones de los burócratas, junto con empujar toda acción que lleve
a mejorar las condiciones de trabajo y salario y prepararse para echar
a la burocracia. Es decir, se trata de buscar el momento en el que
haya acumulación suficiente de condiciones para imponer delegados e
internas luchadoras, antiburocráticas, antipatronales y clasistas.
Esta es la tarea que está a la orden del día por todo un período:
impulsar con todo la organización por abajo e independiente de
nuestra clase.
4.1.6
Principales zonas geográficas de radicación industrial, de servicios
y extractivas. Breve sinopsis histórica de la industria.
Es
de utilidad repasar en un muy somero pantallazo, a modo de hipótesis,
las principales zonas geográficas de radicación de la industria en
nuestro país, por su importancia estratégica para los socialistas
revolucionarios.
A
lo largo del siglo XX hubo básicamente tres momentos del desarrollo
industrial. A fines del siglo XIX y comienzos del pasado, lo dominante
eran los servicios (expansión de los ferrocarriles) y la industria
ganadero-industrial (el caso de los frigoríficos que, desde el punto
de vista de su centralidad en la lucha de clases, cerraron su ciclo ya
en la década del 40). A partir de los años 30 y 40, se desarrolló
una industria liviana sustitutiva de importaciones: textil,
alimenticia y metalúrgica de “línea blanca”, así como el
comienzo de la extracción de petróleo. Luego, en los 60, vino la
oleada “desarrollista” (de la mano del imperialismo yanqui), que
incluyó, sobre todo, las automotrices, la siderurgia y la industria
química, y, en las actividades extractivas, el desarrollo del petróleo,
entre otras. Se mantuvo el modelo “sustitutivo de importaciones”
con una mayor complejización de la industria, lo que, de todas
maneras, nunca superó el estadio de pseudo-industrialización, como
la definiera brillantemente Milcíades Peña.
[4]
Sin
embargo, en los 90 se vivió un proceso de relativa (no absoluta, como
era la vulgar posición de los que sostenían que “no había más
industrias ni obreros”) desindustrialización y reprimarización de
la economía (tendencias que venían desde la dictadura militar). Esto
se combinó con una cierta “modernización” en determinadas ramas
de la industria (con importaciones de bienes de capital aprovechando
el dólar bajo), fuertes aumentos de productividad y una tendencia
hacia la especialización productiva en determinados sectores y
“nichos” industriales. La actividad industrial se contrajo al 15%
del PBI total, al tiempo que aumentó el índice de concentración y
centralización de capitales.
Entre
las ramas dinámicas (más allá de los vaivenes coyunturales)
resultantes de las transformaciones de dos décadas se encontraban:
alimentos, bebidas y tabaco, con un crecimiento del 26,3% entre 1980 y
1994-98 (el mayor exponente de la señalada reprimarización a nivel
de la industria); luego, celulosa y papel, petroquímica, metales básicos
(acero y aluminio) y automotrices. Las tres primeras avanzaron el
27,4% en el mismo período, y aumentaron su participación en el
conjunto del producto industrial. Al mismo tiempo, otros importantes
sectores disminuyen su participación relativa, como es el caso de
productos metálicos, maquinarias y equipos y los minerales no metálicos
como la producción de cemento (Jorge Schvarzer, “Problemas actuales
de la estructura productiva argentina. Elementos para un
diagnostico”, 1997). Esta es, a trazos muy gruesos, la historia de
la industria en Argentina hasta comienzos del siglo XXI.
Desde
2002, como ya hemos señalado, se vive un proceso de recuperación
industrial a partir de la redistribución del plusvalor que operó la
devaluación (de los servicios y las finanzas hacia la industria y, en
menor medida, gracias a las retenciones, el campo). Este proceso está
marcado por dos características básicas: a nivel de la gran
industria, el agro-industria y el sector extractivo, la mira está
puesta en las ventas al exterior. Pero, junto con esto, también hay
cierta recuperación de la producción industrial sustitutiva de
importaciones.
Sin
embargo, el límite de este proceso es que no se trata de un cambio en
la configuración estructural de la industria ni del lanzamiento de un
proceso sostenido de inversión y acumulación. Globalmente, la
producción industrial sigue en los niveles de 1974, y su recuperación
se basó más en un mayor uso de la capacidad instalada ociosa más
que en el aumento de esta misma capacidad mediante inversiones
genuinas.
Más
bien, la industria del país se ubica en la división internacional
del trabajo manteniendo acentuados rasgos de “armaduría”,
“ensambladora” o “maquila”, con fuerte importación de partes
producidas en el exterior. Por ejemplo: tras la devaluación hubo una
recuperación de la industria autopartista pero, al mismo tiempo, la
importación de autopartes –sobre todo de motores y cajas de
cambio– no deja de aumentar, y el déficit comercial autopartista
alcanzó en 2005 la friolera de 2.000 millones de dólares (Clarín,
21-5-06). Esto es índice de la ausencia de una configuración interna
integrada de su industria. Sin embargo, no por esto Argentina deja de
ser el tercer país en desarrollo industrial de Latinoamérica, luego
de Brasil y México.
Pasemos
entonces a la localización geográfica de la industria. Los núcleos
de radicación industrial han ido acompañando las distintas fases de
la industria misma y, actualmente, hay una recuperación de la última
configuración geográfica industrial, pero con modificaciones. No se
trata del surgimiento global de una nueva radicación geográfica,
pero sí debe señalarse el traslado de industrias hacia el interior
del país.
Los
sectores más importantes de radicación industrial siguen siendo,
entonces, en gran medida los clásicos de las últimas décadas del
siglo XX. En primer lugar, la zona norte del gran Buenos Aires
(Vicente López en menor medida, San Isidro, San Fernando y Tigre /
Pacheco), aunque en una configuración “expandida” que se ha ido
alejando más y más de la Capital Federal, hasta llegar a las
actuales radicaciones, más o menos “vírgenes” todavía desde el
punto de vista sindical, como los polos industriales de Garín,
Tortuguitas y, sobre todo en los últimos 15 años, el de Pilar.
Respecto
de las empresas de mayor importancia de la zona, a las clásicas
automotrices como Volkswagen y Ford se suman Fate (neumáticos);
alimenticias como Kraft / Terrabusi, Bimbo, Molinos y otras de
importancia; varias fábricas metalúrgicas autopartistas históricas
(aunque con cambio de dueños y modernizadas en mayor o menor grado);
griferías como FV (en Villa Rosa); dos de las más grandes químicas
del país como Procter & Gamble y Unilever, y algunos de los
frigoríficos más importantes como el Rioplatense.
Sobre
la ruta Panamericana, esta zona se extiende hacia Campana, donde
siguen teniendo peso metalúrgicas grandes como Siderar (ex Siderca),
cerveceras como Quilmes e Isenbeck y nuevas automotrices como Toyota.
Contigua a esa ciudad está Zarate, donde la multinacional
agroindustrial Monsanto posee puerto propio. Siguiendo hacia Santa Fe
está la ciudad de San Nicolás, de tradicional radicación de las más
grandes siderúrgicas del país, como Techint, y cerca de allí, otra
histórica radicación siderometalúrgica es Villa Constitución, con
Acindar.
Más
hacia el norte, ya en la provincia de Santa Fe y en torno a Rosario y
San Lorenzo, tiene peso la agroindustria (aceiteras), así como la
General Motors. En el caso de Córdoba, esta ciudad sigue siendo cede
de una importante radicación automotriz y autopartista, aunque fue
achicada y reconvertida a lo largo de los 90.
En
el sur del Gran Buenos Aires, otra zona de importante radicación
industrial es el corredor La Plata-Berisso-Ensenada, zona de radicación
de las refinerías de petróleo y de astilleros como el Río Santiago.
Más cerca de la Capital, en Quilmes, se ha radicado recientemente la
fábrica de motocicletas de Honda, y en la localidad de Llavallol, la
multinacional del neumático Firestone.
Deben
sumarse a este panorama radicaciones industriales operadas en los 80
con los programas de “promoción industrial”. Los casos más
desarrollados son los de Villa Mercedes, provincia de San Luis, y la
recuperación de la armaduría electrónica, sobre todo en Tierra del
Fuego (Río Grande).
Respecto
de la industria extractiva, hay nuevas empresas mineras en el noreste
y sureste del país a lo largo de la Cordillera de los Andes sin mayor
organización o experiencias de lucha sindicales que conozcamos hasta
ahora. A esto se agrega la clásica industria petrolera en Neuquén
–verdadero centro industrial del sur del país– y las provincias
del sur de la Patagonia continental (Chubut y Santa Cruz), con centro
en la ciudad de Comodoro Rivadavia.
A
nivel de los sectores de servicios, de comunicaciones y transportes,
sobresale la importancia de la Capital Federal (telefónicos, call
centers, subterráneos), Córdoba y Rosario, así como las cadenas de
hipermercados y distribuidoras de alimentos, como la Coca Cola y
otras.
4.2
El ciclo de luchas de los trabajadores ocupados
Los
ocupados pasan al frente
Como
hemos adelantado, desde 2004 se verifica un hecho de enorme
importancia en el terreno de la lucha entre las clases: el ingreso a
la pelea de importantes sectores de la clase obrera ocupada como no se
veía desde finales de la década del 80, aun cuando en el último
periodo este proceso está pasando por una situación de mediación.
Contra
los agoreros de la “muerte de la clase obrera” y los teóricos de
los “nuevos movimientos sociales”, en el post Argentinazo que
estamos transitando reapareció con fuerza la lucha reivindicativa de
los trabajadores ocupados, sector de la clase obrera que, claramente,
se ha transformado en la vanguardia de la lucha.
[5]
Esto
ha ocurrido en las condiciones ya señaladas de recuperación de la
economía y cuando sobre todo los sectores más calificados y con
contrato formal de la clase obrera –ante la destrucción de la
calificación laboral y un menor temor al despido– lograron hacerse
valer en una serie de huelgas duras, aunque este proceso no logró
extenderse al conjunto de la clase.
Contra
lo que vulgarmente se cree, son los sectores más calificados y mejor
pagos los que han estado a la vanguardia de la lucha en circunstancias
clásicas (por dar sólo dos ejemplos, la Revolución Rusa y el
Cordobazo).
En este sentido, no hay que caer en ningún tipo de concepción demagógica
o populista, a la vez que se debe combatir contra las eventuales
tendencias sindicalistas y “corporativas” de los mejor pagos desde
una perspectiva de unidad de las filas obreras y unidad de clase.
A
partir de abril de 2006, con la dureza exhibida por el gobierno ante
la huelga petrolera y los acuerdos salariales con la CGT, prácticamente
se cortó esta oleada de luchas de importancia y que tuvieron una gran
proyección política nacional. Pero esto no quiere decir que hayan
desaparecido: en las condiciones defensivas creadas por los acuerdos
salariales –que abarcaron sobre todo al núcleo de trabajadores
privados “formales”–, se han venido sucediendo una serie de
luchas subterráneas del sector más precarizado por sus condiciones
de contratación, contra graves accidentes de trabajo y contra
despidos que afectan, las más de las veces, a sectores del activismo
obrero. Sin olvidar, en las últimas semanas, la vuelta de una lucha
de alto impacto político como la del Hospital Francés, con varias
características comunes con la oleada de luchas reivindicativa
anterior.
En
perspectiva, y aun cuando el 2007 será, globalmente, un año marcado
por las elecciones presidenciales, es de prever que las luchas
moleculares de los sectores más precarizados continuarán. Y que este
proceso, eventualmente, actúe como puente o sea preparatorio de una
posible irrupción más de conjunto de sectores del proletariado
industrial ante la probabilidad de que, en algún momento, la
acumulación de contradicciones en la economía conduzca a una nueva
crisis.
4.2.1
Antecedentes. El movimiento piquetero y las fábricas recuperadas
El
proceso de recomposición de los trabajadores ha tenido en los últimos
años dos antecedentes de gran importancia, por no hablar de las
asambleas populares que, más bien, en última instancia reflejaron a
sectores de la clase media pauperizada, lo que no quita que haya
tenido su influencia y dejado sus trazos entre los trabajadores.
Por
un lado, el movimiento de trabajadores desocupados combativo tuvo su génesis
en las puebladas del interior con fuerte peso o tradición anterior de
trabajadores: el caso de Plaza Huincul y Cutral-có en Neuquén y
Tartagal y Mosconi en Salta (no casualmente, todas localidades con
fuerte peso anterior de YPF) en 1996 y 1997. Estos casos o lugares
emblemáticos popularizaron entre amplios sectores sin trabajo (pero
también con impacto duradero en las luchas de los ocupados) el método
de los cortes de ruta y diverso tipo de prácticas asociativas y
solidarias. Cuando el proceso llegó al Gran Buenos Aires con los
famosos cortes de la ruta 3 en La Matanza (monopolizados, en la primer
etapa, por la CCC y la FTV de D’Elía), al tiempo que se masificó,
adquirió un carácter más “territorial” y “popular”, en el
sentido de que, si bien mantuvo un carácter general de movimiento
social urbano de trabajadores desocupados, tendieron a perder peso los
elementos de tradición más obrera y cobrar más auge los
“populares”.
Es
sabido que al interior del movimiento surgieron una serie de
corrientes, y que un límite general que tuvo prácticamente a lo
largo de todo su desarrollo –mas allá de algunas experiencias en el
interior– es que su programa no estuvo enfocado a la pelea por
trabajo genuino ni por la unidad de clase con los ocupados, sino la
reivindicación “corporativa” de más y más planes sociales.
Entre
los movimientos “combativos”, esto caracterizó no sólo a las
corrientes populistas y la CCC, sino también, lamentablemente, al MST
(que llevo a cabo una construcción totalmente aparatista y burocrática
“desde arriba”) y al PO. Partido este último, que, como es
sabido, llevó a cabo toda una “teorización” alrededor del fenómeno
piquetero como síntesis “en sí misma” de toda la clase
trabajadora, perdiendo totalmente de vista la importancia estratégica
de la clase obrera ocupada (y, dentro de ella, de la pelea por ganar
al proletariado industrial). Desde un punto de vista prácticamente
opuesto en todos sus términos a los del MST y el PO y los movimientos
orientados por ellos, la estratégica cuestión de la pelea por
trabajo genuino y la unidad de clase con los ocupados, aun en minoría,
sí caracterizó y sigue caracterizando a la experiencia del FTC.
[8]
Esta
riquísima experiencia dejó una serie de enseñanzas de impronta
duradera hacia el resto de los trabajadores. Y si bien hoy no están a
la vanguardia y difícilmente vuelvan a recuperar ese rol, sin
embargo, a pesar del actual evidente declive de los movimientos, no se
puede descartar una recuperación ante un eventual deterioro de la
economía. Y, sobre todo, que los movimientos combativos e
independientes, sigan teniendo un importantísimo rol que cumplir a la
hora de la unidad de clase y del apoyo a las luchas de los ocupados. A
esto hay que apostar.
El
segundo antecedente fue el caso de la experiencia de las fábricas
recuperadas, de menor masividad, pero más “calidad”, ya que
pusieron sobre la mesa el cuestionamiento a la propiedad privada
capitalista y dieron lugar a que, en una importante cantidad de
establecimientos pequeños y medianos (unos 120), hayan sido sus
trabajadores los que se hicieran cargo de las instalaciones y la
producción, mostrando las potencialidades de la clase obrera al
frente de la economía.
Este
proceso de recuperación de empresas no ha sido sólo nacional. Cabe
subrayar que una experiencia similar se desarrolla en Venezuela, con
su punto más alto en la ocupación por dos meses de PDVSA por parte
de los obreros petroleros a comienzos de 2003 y su puesta a funcionar
por los obreros, experiencia que fue desmontada por el propio Chávez.
Cuando hablamos de la mayor “calidad” de esta experiencia respecto
de los movimientos desocupados, nos referimos al hecho de que la
posición de “poder” potencial económico y político de la clase
obrera con los medios de producción en sus manos es desde todo punto
de vista mayor que la situación en este sentido de “desposesión”
y “administración de la miseria” de los desocupados.
Sin
embargo, esto no quita los fuertes límites economicistas que
terminaron teniendo también la mayoría de estas experiencias. Es
sabido que el movimiento quedó hegemonizado por dos sectores
peronistas (Caro y Murúa, de derecha y “centroizquierdista”) que
lo recondujeron hacia la constitución formal de cooperativas y el
economicismo de la competencia de sus trabajadores con los demás en
el mercado. El PTS, que demagógicamente ha exigido siempre la formación
de un “movimiento único” a nivel de los movimientos de
desocupados, nunca impulsó esta orientación en el terreno donde
estaba llamado a cumplirlo, a partir de las experiencias de Zanon y
Brukman. Para colmo, en esta última llevó adelante una orientación
desastrosa que no permitió pelear adecuadamente por la recuperación
de la fuente de trabajo cuando las trabajadoras fueron desalojadas en
2003. Y cuando esta recuperación se logró, y como producto de una
serie de inexplicables desaciertos que nunca fueron objeto de un
balance mínimamente serio,
terminaron entregándole la fábrica a Caro. A decir verdad, ni el PO
–desde la ANT– ni el PTS –a partir de la experiencia de las fábricas
recuperadas– tuvieron la orientación de impulsar un ámbito real de
centralización del conjunto de la vanguardia que permitiera pegar
sobre los ocupados en el momento de apogeo del Argentinazo.
En
síntesis, a pesar de los límites señalados, que hacen también a
las peleas de estrategia al interior de la izquierda, tanto el
movimiento piquetero combativo como la experiencia de recuperación de
fabricas han dejado enseñanzas duraderas y estratégicas para el
proceso más de conjunto de recomposición de los trabajadores,
constituyendo inmensos laboratorios de la lucha de clases. Y no sólo
esto: en condiciones de reaparición de la crisis, en una combinación
distinta donde va a tener más centralidad la acción de los ocupados
como tales, no es descartable para nada que ambas experiencias se
reaviven. Más aún teniendo en cuenta que, aun tras haber sido
reabsorbidos, divididos y cooptados en buena medida desde el Estado y
el gobierno, los fenómenos de organización que ambas expresan no han
sido totalmente liquidados.
4.2.2
En 2004 y 2005 emerge la lucha reivindicativa de los ocupados
Si
bien durante el Argentinazo los ocupados (ante el rol de la CGT y la
CTA y la presión del terror a la “muerte social” que implicaba el
despido) tuvieron una actitud mayoritariamente conservadora, en los últimos
años han pasado al frente de la lucha. En lo que sigue, trataremos
dar cuenta de este proceso.
La
totalidad de conflictos que se produjeron promediando 2004 hasta abril
de 2006 configuraron un verdadero ciclo de luchas: un proceso de
peleas que si bien no llegó a configurar un ascenso de conjunto (por
ejemplo, no alcanzó a plantear el problema de la huelga general),
visto en su integridad expresó un categórico proceso de luchas de
los asalariados, estadísticamente el mayor desde comienzos de la década
del 90. Dar cuenta de él tiene su importancia para sacar
lecciones y enseñanzas hacia el futuro.
Hacer
el listado de las principales huelgas que jalonaron este ciclo tiene
su importancia para poder visualizarlo de conjunto. Hubo algunos
importantes triunfos (si bien parciales y/o sectoriales, sin afectar a
gremios enteros) o al menos “empates”. No derrotas de importancia,
aunque es más discutible el caso de los petroleros de Las Heras, no
casualmente la última lucha de importancia de este ciclo. Característica
que se mantuvo a pesar de lo que se esmeró el gobierno por atacar y
aislar las luchas más duras, con la acusación indiscriminada de
“huelgas salvajes” y/o dirigidas por los “trotskistas”. Fueron
luchas duras que, en general, forzaron la mano gubernamental y, en
varios casos, tuvieron una dirección independiente. Un patrón que,
según parece, se mantendrá en las futuras luchas de importancia.
Tomando
las más importantes, cabe mencionar las luchas de ferroviarios del
Gran Buenos Aires; Telefónicos de la Capital; los compañeros del
Subte; la tercerizada Taym (entre otras tercerizadas de limpieza); el
duro conflicto del hospital Garrahan; la aerolínea Lafsa; los compañeros
del diario Crónica (con 9 heridos y ocupación parcial del quinto
piso del edificio); los docentes salteños; los compañeros de
hospitales de Córdoba; las opositoras del SUTEBA (con la experiencia,
en junio del 2005, de un paro de seccionales opositoras del Gran
Buenos Aires por fuera del sindicato); los conflictos del pescado en
Chubut y Mar del Plata; el corte de la Panamericana por parte de los
obreros de Ford y Volkswagen (dirigidos por la burocracia del SMATA);
el conflicto de los docentes universitarios; los no docentes en Mar
del Plata (ocupando el Rectorado por más de un mes); los pasantes
telefónicos de Atento; estatales de distintas reparticiones, sectores
y provincias; camioneros (Moyano); Sanidad (West Ocampo). El final de
este ciclo estuvo marcado, fundamentalmente, por los petroleros de Las
Heras, de balance muy contradictorio. Sin embargo, en este marco, hubo
una dura lucha que parece estar operando de “puente”, con varias
de las características que venimos señalando, y que hoy vuelve a
emerger: la ya señalada del Hospital Francés.
4.2.3
Características de la oleada reivindicativa
Esta
última oleada de luchas tuvo una serie de rasgos propios. En primer
lugar, un carácter más bien “reivindicativo”, en la medida en
que estas peleas se han dado en condiciones de relativa estabilización
económica y política del país. Razón por la cual los compañeros
mayormente no vieron su enfrentamiento como yendo directamente contra
el gobierno. En general, las nuevas direcciones independientes
tuvieron dificultades (o peor, “ideologías”; sobre todo en el
caso de las adscriptas al MIC, como sectores del cuerpo de delegados
del subte o de los MSTs) para enfrentar la presión
“sindicalista”.
Contradictoriamente,
en el caso de las peleas más importantes peleas, tuvieron una gran
proyección política nacional como producto, precisamente, de su
choque de hecho con el gobierno nacional (lo que ahora se repite con
el escándalo de la patota kirchnerista en el Hospital Francés).
Al
mismo tiempo, no lograron extenderse o imponerse al conjunto de sus
respectivos gremios, en manos de la burocracia. Esto plantea un
segundo problema para el cual tampoco ha habido hasta ahora una
respuesta clara: la necesidad de tener una estrategia y trabajar desde
las posiciones ganadas por una política de conjunto. Es decir, por
romper el statu quo a nivel del gremio, extendiendo la
experiencia antiburocrática más allá de los propios
“bastiones”. Esto plantea cuestiones (cuya combinación es
algebraica y depende de las circunstancias concretas de cada momento)
como la postergada construcción de una verdadera Tendencia Clasista,
la necesaria coordinación de las luchas y la realización de un
Plenario o Encuentro Obrero, así como, a otro nivel, la puesta en pie
de listas clasistas y antiburocráticas a nivel de lugares de trabajo
o gremios enteros.
En
el marco que venimos señalando, se trató y se trata de conflictos
muy duros localizados por lugar de trabajo, al frente de los cuales se
halla una dirección independiente y/o clasista que se basa en métodos
de democracia de los trabajadores. Es decir, una conducción
independiente y vinculada a la izquierda (organizada partidariamente o
no), cuestión que es un elemento nuevo e importantísimo, producto de
la deslegitimación de la burocracia sindical, y que va a volver a
plantear, más temprano que tarde, el problema de un ámbito de
centralización de estas experiencias combativas en su conjunto.
Como
ya hemos señalado, salvo en los casos de procesos de estricta
“presión” sindical dirigidos por la burocracia, en general, las
luchas más importantes no han sido de gremios de conjunto. Los
sectores independientes y la izquierda no han conseguido ganar gremios
provinciales o nacionales.
En ese plano, la burocracia conserva el “monopolio” de la
representación, cuyo socavamiento dependerá de un ascenso mayor de
la lucha, pero también de un paciente trabajo –no sindicalista–
de puesta en pie de listas y agrupaciones sindicales clasistas, así
como de la construcción de organismos de lucha ad hoc al calor
de la pelea, como comités de huelga, coordinadoras, etc.
En
este marco, se ha debido apelar a métodos muy duros de lucha;
resistiendo las directas provocaciones gubernamentales (Garrahan,
petroleros); ocupando secciones, pisos o vías férreas (Subtes,
ferroviarios, Crónica); enfrentándose físicamente con matones
contratados por las empresas (Atento, Crónica y ahora el Hospital
Francés) y, en determinados casos, directamente con la policía
(ferroviarios, petroleros). En continuidad con la experiencia del
movimiento piquetero (cuestionamiento a la autoridad del Estado) y de
las fábricas recuperadas (cuestionamiento al imperio de la propiedad
privada), y como subproducto del Argentinazo, la oleada de luchas
2004-2006, pese a su carácter reivindicativo, configuró un categórico
avance respecto del legalismo mayoritario en las oleadas de luchas
salariales de los 80 (dejando de lado tomas obreras como Ford y
Armetal, a mediados de esa década, o luchas duras como Fate,
Ferroviarios, Sevel y la rica experiencia del SITRAMF bajo el
menemismo).
El
importante peso en la oleada de luchas de sectores de servicios
privatizados obedece a su importancia en la economía a la hora de los
mecanismos de reproducción del capital, sobre todo en el caso del
sector del transporte (subtes y ferrocarriles). También en sectores
como la salud. Y en el caso de los tercerizados (limpieza en el subte,
ferrocarril, Ford, etc.), han tenido el valor de comenzar a enfrentar
la fragmentación de la clase obrera heredada de los 90. En este
marco, las luchas por “encuadramiento sindical” han tenido la
importancia de poner sobre la mesa el planteo unitario de “a igual
tarea, igual salario”.
El
proceso de los petroleros marcó la incipiente emergencia de un sector
estratégico: el proletariado industrial (creador de trabajo
productivo, aunque en este caso se trate de una rama
“extractiva”). Pero no fue el único caso. Hubo procesos –por
ahora, muy controlados por la burocracia– en las automotrices: Ford
y Volkswagen en el Gran Buenos Aires, con el corte de la ruta
Panamericana, y algún movimiento en Volkswagen de Córdoba. Durante
2004 estuvo el proceso en Firestone (zona sur del Gran Buenos Aires),
pero terminó en derrota.
Sin
duda, el proletariado industrial es el sector más difícil, el más
controlado por la burocracia, que tiene prácticamente el monopolio
absoluto de la representación –salvo excepciones–, y donde más
impera el despotismo de fábrica. Esto no es casual: el proletariado
industrial sigue siendo el núcleo estratégico de la clase obrera.
Simplemente, por el lugar que ocupa en el conjunto de la economía
capitalista: es decir, en el centro de la producción de la riqueza.
No está de más subrayar que, en este sector, la mayoría de las
corrientes de la izquierda somos muy débiles, y debemos hacer
ingentes esfuerzos por avanzar.
4.2.4
Luchas contra la precarización, el cierre y los despidos
Con
el final de ciclo 2004-2005 y comienzos del 2006, en una circunstancia
distinta, más defensiva, se fueron desarrollando una serie de luchas
de otro carácter: centralmente no por salario, sino contra las
condiciones de precariedad laboral, contra el cierre de
establecimientos y contra los despidos.
Al
momento de la redacción final de este documento, la lucha emblemática
ha pasado a ser la del Hospital Francés, que a partir de la acción
de la patota kirchnerista del 10 de octubre ha tenido una proyección
nacional como hacía tiempo no se veía en un conflicto.
Esto
ocurre por varias razones: la matoneada en un momento de enorme
sensibilidad democrática por la desaparición de López; el hecho de
que se trata de un hospital con mucha tradición (lo que, de por sí,
concentra la atención de la opinión pública) y en la Capital
Federal; el propio hecho de que los medios y la oposición burguesa
tomaron la irrupción de los matones como parte de su crítica al carácter
“autoritario” del gobierno, etc. Pero junto con estos elementos,
las características más “estructurales” de este conflicto no
dejan de ser las “defensivas” del período: es decir, contra el
cierre y vaciamiento del establecimiento, contra los despidos y por el
pago de salarios adeudados.
Precisamente,
más de conjunto, los conflictos de este período han sido
“defensivos” y “aislados”; más que obtener “triunfos”,
han sufrido “empates” y/o “derrotas” parciales, y en muchos
casos no pudieron frenar realmente los despidos. Ha sido el caso de
Cargo en Córdoba o de la ex Jabón Federal en La Matanza.
También
han sido propias de este período las peleas contra los accidentes de
trabajo. En la zona sur del Gran Buenos Aires (Fundición Canning y
FAPA-Armanino), se vivieron dos luchas ante situaciones de estas
características que, en realidad, se repiten a diario. Hay una altísima
tasa de siniestralidad en la industria y en el gremio de la construcción.
Contribuyen a esto los brutales ritmos de trabajo y también, en fábricas
pymes y no tan pequeñas, las pésimas condiciones de trabajo (como
fue el caso de Cerámica Cregar y tantas otras). En ese sentido, la
valiosa iniciativa del boletín juvenil contra la precariedad (“Sin
Cadenas”) que editan los compañeros de la regional Lomas-Sur podría
ser un punto de apoyo para desarrollar una experiencia y/o agrupación
de jóvenes trabajadores en condiciones precarias.
4.2.5
La burocracia sindical y el PJ
La
burocracia ha venido haciendo esfuerzos por reubicarse, colocándose
con un perfil “peronista” más tradicional. Cumplió su papel
contrarrevolucionario a la hora del Argentinazo como valla de contención
principal para el ingreso de los ocupados. Con Moyano al frente de la
CGT –también la CTA hace lo suyo en su esfera de influencia–, está
recuperando posiciones bien pegado a Kirchner (aunque el escándalo
del 17 de octubre deja un enorme interrogante respecto de su futuro).
Al
mismo tiempo, mantiene cierto juego propio en conflictos “de
bolsillo” como los de encuadramiento sindical, con el objetivo de no
perder su perfil de “combativo” (bastante desdibujado, de todos
modos, tras la firma de los acuerdos salariales). En los primeros
meses del 2006, la CGT y la CTA, a pesar de sus contradicciones con el
gobierno, trabajaron para evitar que la oleada de luchas adquiera una
dimensión de conjunto y nacional, lo que sin duda han logrado.
Sin
embargo, el deterioro de la burocracia permanece: es profundo y
estructural, configurando una realidad de deslegitimación y
vaciamiento orgánico. Es en este marco donde se inscribe el
“proyecto” Moyano, que arrancó con una tarea esencialmente
preventiva: evitar un avance cualitativo de los sectores
independientes que pudiera plantear la quiebra al monopolio histórico
de la burocracia peronista sobre la clase obrera.
El
“perfil peronista más tradicional” al que hacíamos referencia se
refleja en que no casualmente es Moyano quien reemplaza a Daer y
desplaza a los “gordos”, símbolos eminentes del “sindicalismo
de los negocios” de los 90. Es cierto que también Moyano participa
como empresario en varios emprendimientos. Pero al menos en el perfil,
se presenta como más “peronista clásico”, distanciándose
discursivamente del modelo sindical neoliberal.
En
todo caso, el eje del proyecto de Moyano es recuperar legitimidad para
llevar adelante una guerra a muerte preventiva con la vanguardia. Esto
sigue siendo así aun cuando la actual coyuntura esté mediada por el
reflujo en las luchas. El conflicto del Francés sirve, por si hacía
falta, de alerta: de ahí la renovada irrupción de los matones. Esta
guerra a muerte con la vanguardia independiente tiene una razón de
peso: no quiere saber nada con que empiece a tener peso entre los
ocupados (y menos los industriales). Es decir, con que se repita –en
el núcleo central de la clase obrera– el “desliz” que tuvieron
con los contingentes de desocupados. De allí los choques y
acusaciones al “trotskismo”, que se multiplicaron en oportunidad
de luchas como la del Garrahan o de los petroleros de Las Heras y
ahora se renuevan en el Francés.
En
este marco, no se puede negar que la estabilización y
recuperación de la economía y el apoyo mayoritario de los
trabajadores a Kirchner han dado elementos para una consolidación
relativa de este operativo preventivo. Sin embargo, la procesión va
por dentro: se trata de un flujo de fondo, de un incipiente pero real
proceso de recomposición de la clase trabajadora atado a coordenadas
profundas y que no se va a cortar fácilmente. Se trata de uno de los
elementos más importantes de continuidad entre el Argentinazo y el
post Argentinazo. Viéndolo desde otro ángulo: desde antes del 2001,
la vanguardia independiente ha venido ganando posiciones, al tiempo
que obtiene otras nuevas. Por esto no es casual que, sistemáticamente,
las principales y más duras luchas que se han venido dando, casi
invariablemente, están dirigidas por sectores independientes y
antiburocráticos.
Es
decir, junto con la subsistencia (aun debilitada) de las experiencias
del movimiento piquetero combativo y de algunas fábricas recuperadas
de importancia (el caso de Zanon es el más evidente), en general, las
posiciones ganadas en ocupados no se han perdido. Ahí está el caso
reciente de la reelección del Cuerpo de Delegados en el subterráneo
de Buenos Aires, de varias seccionales opositoras del Suteba que
renovaron sus mandatos meses atrás e, incluso, a nivel de las
comisiones internas de algunas fábricas, como Ecocarnes y otras. Por
otra parte, es cierto que a ese nivel ha habido derrotas como el
desplazamiento de los delegados independientes en Pepsico y los
despidos en Cargo y la ex Jabón Federal (TVB).
Paralelamente,
actúa como elemento conservador el hecho que la clase obrera no haya
roto con el PJ y siga cruzada por una conciencia mayormente
reivindicativa. No ha habido en amplios sectores una radicalización
política y de clase, ni siquiera en los años de apogeo del
Argentinazo. Y a nivel de las nuevas generaciones obreras, si bien la
identificación peronista es prácticamente inexistente –lo que es
muy progresivo–, lo que aún predomina es el apoliticismo y cierto
individualismo.
Estos
elementos ponen blanco sobre negro los enormes límites de un
proyecto de recomposición con rasgos sindicalistas como el que
expresa el Movimiento Intersindical Clasista (MIC), porque en las
actuales condiciones regionales de rebelión popular, “mediación”
y polarización, el proceso de recomposición de la clase obrera solo
puede ser –en última instancia– político. Es decir, requiere
como condición de vida o muerte el avance de una importante fracción
de la clase trabajadora hacia la independencia de clase, hacia la
definitiva ruptura con el PJ y la construcción de un instrumento político
de los trabajadores (y de organizaciones socialistas revolucionarias),
independiente de todos los partidos patronales.
4.2.6
Surge un “nuevo clasismo”
El
ingreso a la lucha de importante sectores de los ocupados ha tenido su
expresión subjetiva en la incipiente emergencia de un “nuevo
clasismo”, sobre todo a nivel de los sectores más de vanguardia.
Sin duda, este “clasismo” recién está comenzando a emerger, muy
por detrás de la clásica experiencia de los 70. Tiene, en realidad,
más rasgos antiburocráticos que propiamente clasistas. Sin embargo,
se trata de una experiencia que podría –potencialmente– desbordar
estos límites reivindicativos, cruzado como está por determinaciones
políticas. Pero con una grave limitación en el desarrollo de esta
experiencia: el hecho negativo de que se ha reforzado en el último
período- la resistencia a asumir un auténtico perfil clasista por
parte de un sector importante de esta vanguardia. Es el caso del MIC,
que desarrollaremos luego.
Esta
vanguardia ha ido expresándose, a lo largo de los últimos años, en
las diversas experiencias de recomposición de la clase trabajadora.
En un momento fueron “hegemónicas” las de los movimientos de
desocupados y las fabricas recuperadas. Hoy el centro esta en sectores
de la clase obrera ocupada.
En
este marco, ha habido distintos intentos de agrupamiento de la
vanguardia que, en general, han terminado abortados por las
limitaciones a la hora de levantar un pliego programático
verdaderamente de unidad de la clase obrera en su conjunto.
Ahora
mismo, hay en curso una reconfiguración en la vanguardia –aunque
mediada por la coyuntura actual–, así como un creciente debate
sobre la mejor orientación para avanzar, centrado en el programa a
levantar en el proceso de recomposición de la clase obrera. El
programa tiene hoy una importancia decisiva: hace a la orientación
estratégica con la que se interviene en el proceso de la lucha
y de reorganización.
La
otra gran limitación del “nuevo clasismo” es que no ha llegado aún
a configurar una alternativa o un organismo –siquiera embrionario–
de verdadero frente único de conjunto, donde tenga clara centralidad
la clase obrera ocupada, apoyada por una representación de los
trabajadores desocupados y demás sectores populares. En ese sentido,
se está por detrás de experiencias como la UNT en Venezuela o
incluso Conlutas en Brasil.
Esta
perspectiva de frente único es clave porque ninguna de las actuales
corrientes y/o tendencias “sindicales” tiene por sí misma hegemonía
al interior de la experiencia de la recomposición. Aquí se reproduce
–un poco- lo mismo que pasa a nivel político de la izquierda.
4.2.7
El MIC: agrupamiento de sectores de la vieja vanguardia con criterios
sindicalistas
El
Movimiento Intersindical Clasista se constituyó a fines de 2005, en
un paso podría haber recogido un problema real: la tarea pendiente
desde el comienzo del proceso del Argentinazo de avanzar en un
agrupamiento de los sectores “clasistas” y antiburocráticos.
Porque hubo distintos intentos y experiencias (Bloque Piquetero,
Asamblea Nacional de Trabajadores, fábricas recuperadas, el Encuentro
de Filosofía y Letras, etc.) pero todas quedaron cruzadas por el
problema de la incapacidad o imposibilidad de levantar un programa
para el conjunto de la clase trabajadora. Y, por lo tanto,
constituyeron experiencias parciales o, peor aún, meros corralitos
sin una verdadera proyección y criterio soviético o consejista,
entendiendo por tal formas de organización u organismos de poder de
los trabajadores que apunten a ser ámbitos de síntesis del conjunto
de los sectores de la clase obrera, con hegemonía de ésta sobre
otros sectores explotados y oprimidos.
Sin
embargo, desde el comienzo el MIC no respondió a la necesidad de
poner en pie una auténtica tendencia clasista. Por lo pronto, de
“clasista” sólo tiene el nombre, ya que en su interior agrupa
miembros burocráticos de la dirección nacional de la CTA, como
Claudio Marín. Además, políticamente
se caracteriza por no mencionar a Kirchner. Y, asimismo, está cruzada
por un serio problema generacional que le da rasgos conservadores:
tiende más bien a reflejar compañeros que vienen de la experiencia
de la vieja vanguardia de los 80, y poco y nada –por lo menos hasta
ahora– de las nuevas generaciones obreras. Porque a esos sectores
hay que ir a buscarlos con el trabajo gris y cotidiano en puerta de fábrica:
no se va a llegar a ellos mediante la realización de reuniones
puramente superestructurales.
De
todos modos, el principal problema está en el programa y el perfil
sindicalista adoptado por esta tendencia sindical. Respecto del
programa, los 14 puntos que identifican al MIC desde su formación
separan tajantemente la lucha reivindicativa de la lucha política: ni
una sola vez se menciona con nombre y apellido al gobierno de
Kirchner, lo que es asombroso en una corriente que se autodenomina
“clasista”. Por ejemplo, el punto 2 propone: “[impulsar] la
organización de los trabajadores para luchar contra la opresión, la
explotación y la exclusión creciente que pretenden las patronales,
el estado y sus gobiernos”. Pero precisamente por eso es
imprescindible, en cada caso, identificar concretamente quién está
al frente hoy de imponer esa “opresión, explotación y exclusión”.
Los compañeros han planteado una y otra vez el argumento falaz que
“la base no ve ni hace responsable a Kirchner de sus problemas”.
Pero justamente allí radica parte fundamental de la tarea de una
tendencia auténticamente clasista. Entre otras elementales razones,
porque en Latinoamérica estamos enfrentando gobiernos que al
presentarse como “populares” introducen tremendas confusiones. Por
lo tanto, no se trata del enfrentamiento a los gobiernos “en
general”, sino a estos gobiernos de mediación y engaño en
particular.
El
segundo problema es el perfil antipartidos del conjunto de los 14
puntos. Que haya tendencias sindicales de partidos (como los MSTs) en
el MIC, no quiere decir nada en este sentido, porque se trata de
corrientes que han cedido a este costado reaccionario del
agrupamiento.
El
programa propone desarrollar “una organización sindical,
independiente del Estado, los gobiernos, las patronales y los partidos
políticos, defendiendo el derecho de cada trabajador a participar en
ellos y expresar sus ideas libremente”. Es muy correcto sostener la
independencia más absoluta respecto del “Estado, los gobiernos, las
patronales y los partidos políticos”... patronales. Cosa muy
distinta es no diferenciar esta “independencia” de relaciones que
son de otro orden de clase, es decir, entre organizaciones
obreras, entre los sindicatos (o corrientes sindicales), los
organismos de frente único de lucha y los partidos de la izquierda
revolucionaria.
Esta
no distinción tiene una segunda consecuencia de tipo sindicalista,
que es la defensa del derecho a la organización política de los
trabajadores sólo a título individual: “el derecho de cada
trabajador a participar en ellos y expresar libremente sus ideas”.
Pero para expresar libremente las “ideas”, muchas veces los
trabajadores se agrupan entre compañeros que tienen un programa común,
y el agrupamiento de un grupo de personas alrededor de un programa
es… un partido. ¡Pero los partidos, como tales, han sido excluidos
de la organización obrera! Esto es un desastre por donde se lo mire y
expresa una capitulación a los elementos más atrasados, no a los más
avanzados, de la vanguardia.
Al
sostener el MIC la reaccionaria posición de independencia absoluta de
las organizaciones obreras de los partidos de la izquierda, se
aproximan mucho a los planteos de la corriente sindicalista en la
revolución en Alemania (comienzos de la década del 20) o a los
anarquistas en la Revolución Rusa con su planteo de “soviet sin
partidos”, es decir, organizaciones obreras sin partidos. El
programa del MIC, al establecer que los trabajadores sólo pueden
participar de los partidos a título individual, de hecho decreta que
no pueden dar peleas organizadas al interior de las organizaciones
sindicales de la clase.
4.3
Jugarnos por cada lucha e insertarnos en las nuevas generaciones
obreras
Apostamos
a la centralidad de la clase obrera ocupada con una proyección hegemónica
El
próximo período estará marcado por una serie de tareas para las
corrientes independientes y revolucionarias. La central, a nivel del
movimiento obrero, seguirá siendo el vuelco al apoyo y sostén de las
luchas de los trabajadores como es el caso ahora del Hospital Francés.
Rodear de apoyo a los principales conflictos, enfrentar la campaña
sucia del gobierno y la burocracia para desprestigiarlos, avanzar en métodos
duros de lucha como los que se necesitan para enfrentar a los
patoteros, impulsar la ocupación del establecimiento donde
corresponda y alentar el proceso de organización independiente, así
como su centralización en alguna instancia de conjunto, serán parte
de las principales tareas del año que comienza. Esto implicará poner
en pie experiencias de unidad de las filas obreras, unidad de clase y
coordinación de sectores en lucha.
En
este marco, está planteado el ya señalado debate estratégico frente
a las visiones estrechamente reivindicativas de varias de las
corrientes de la izquierda partidaria o de los compañeros de la
vanguardia sin partido. En condiciones de profunda heterogeneidad y
división entre los distintos sectores de la clase obrera, hay que
levantar programas de unidad de las filas obreras y de unidad de clase.
Es decir, hay que buscar mil y una formas de enlazar la lucha de los
sectores más avanzados y más calificados con una lucha de conjunto
de la clase trabajadora. Esto implica buscar siempre la nivelación
hacia arriba, enfrentando la sucia campaña oficialista que intenta
deslegitimar las luchas de los trabajadores que vienen a la vanguardia
de la pelea con el argumento de que se trataría de un sector
“privilegiado” que “gana demasiado”.
Es
la realidad que estamos analizando la que plantea la importancia de
reafirmar la estrategia que venimos sosteniendo desde hace años, pero
subrayando, en la actual situación, que debemos hacerlo desde una
reubicación, parándonos con nuestros dos pies desde las vivencias,
experiencias y luchas del núcleo central de la clase obrera
para pelear desde allí por una estrategia que evite la trampa
sindicalista. Esto es, reafirmando la imperiosa necesidad de darle una
centralidad decisiva al componente ocupado de la clase obrera y,
particularmente, al proletariado industrial, tendiendo desde allí un
puente hacia el resto de la clase obrera ocupada en condiciones
precarias y los desocupados.
Esto
implica pelear concientemente contra los límites meramente
reivindicativos y/o corporativos de las luchas. No se trata sólo de
lograr que uno u otro sector tenga salarios y condiciones de trabajo
por encima de la masa de la clase obrera, sino que, precisamente, los
sectores más avanzados y calificados de la clase tengan la orientación
de elevar el promedio del nivel salarial, condiciones de trabajo y
contratación del conjunto de la clase obrera, avanzando en superar la
actual fragmentación.
En
este sentido, la pelea por aumentos salariales por encima de la
inflación y la productividad; por la efectividad y pase a planta de
todos los compañeros contratados o tercerizados; por la reducción de
la jornada laboral y de la tasa de desempleo; contra los ritmos de
trabajo enloquecedores y los accidentes de trabajo; por la apertura de
los libros contables y el control obrero de la producción y la
seguridad laboral, y por la ocupación y nacionalización bajo control
y/o administración obrera de toda empresa que cierre o despida, son
estratégicas para evitar la consolidación de una masa de
trabajadores en condiciones precarias que siga presionando a la baja
las condiciones generales de explotación del conjunto de la clase
obrera. Sólo con la unidad de las filas obreras y la unidad de clase [14]
se podrá avanzar en su proyección hegemónica para dar una salida al
conjunto de las capas explotadas y oprimidas del país.
Pero
a esta ubicación hay que sumarle un elemento decisivo: al interior
del movimiento obrero debemos profundizar el perfil de ser la
corriente que de manera sistemática plantea que el responsable
directo de todos los problemas que vive la clase trabajadora es el
gobierno de Néstor Kirchner: “Kirchner es el responsable” debe
ser una de las marcas registradas de nuestra actuación política en
el seno de nuestra clase hoy.
Se
trata, entonces, de una pelea a brazo partido por unir la lucha
sindical y la política. No se puede aceptar la excusa de que “los
compañeros no ven la responsabilidad de K”. Ésa es precisamente la
tarea de los sectores más concientes y avanzados: hacer entender a
nuestra clase la verdadera naturaleza patronal del gobierno de
Kirchner, como puente hacia la perspectiva de un nuevo movimiento
obrero verdaderamente clasista y revolucionario que se plantee acabar
con la explotación capitalista en nuestro país.
En
síntesis: el proceso debe ser encarado a partir de las
reivindicaciones más inmediatas de cada sector (económicas y democráticas),
pero apuntando a una estrategia no meramente sindicalista ni
corporativa. Es decir, una perspectiva de ir más allá de la mera
lucha sindical, ubicando al gobierno patronal de Kirchner como el
enemigo número uno de la clase obrera; que enlace a los sectores
calificados con los no calificados en la perspectiva de unidad de las
filas obreras, así como la unidad de clase con los sectores
desocupados; que busque romper el statu quo con la burocracia
sindical en lo que hace a la dirección de conjunto de los gremios,
hacia una instancia de frente único (Conferencia, Encuentro o
Congreso de Trabajadores, Coordinación). Y, finalmente, que se ubique
desde la perspectiva política estratégica de la necesidad de que la
clase obrera rompa de una vez con el PJ en la vía de un instrumento o
movimiento político de los trabajadores, en la vía de la
independencia política de clase. Estas tareas son las que deberían
configurar el perfil programático de una verdadera Tendencia
Clasista, tarea que sigue pendiente.
En
este marco, no se puede soslayar la cuestión de que no se puede
dirigir procesos de lucha y enfrentar a la burocracia desde afuera.
Por lo tanto, está planteado para prácticamente todas las tendencias
de la izquierda, y así lo tomamos desde el MAS como desafío, una
mayor inserción estructural de compañeros en los lugares de trabajo
y sobre todo en el sector que viene de más atrás y donde la
izquierda tiene mucho menos peso: el proletariado industrial, que
viene en una franca recuperación en el nivel de empleo y de la
producción en importantes ramas.
5.
Perspectivas, tareas y ejes programáticos
5.1
La coyuntura, las perspectivas para 2007 y las tareas centrales
La
redacción de este documento finaliza con la coyuntura a la que nos
hemos referido, en la que el gobierno de Kirchner ha ido acumulando
elementos de crisis política de importancia. La forma en que esto se
procesará entre las capas populares es todavía una incógnita: la
crisis –todavía contenida– está en pleno desarrollo, y el daño
que haya recibido el gobierno dependerá mucho del desenlace final de
cada uno de los elementos que la han motivado. De este factor
eminentemente político y de la evolución de la coyuntura económica
que seguirá siendo, en lo inmediato, favorable, dependerá que las
elecciones del 2007 –principal objetivo político del gobierno en el
año próximo– sean un proceso que vuelva a los carriles previos o
continúe la acumulación de elementos de deterioro e incertidumbre.
En todo caso, es posible prever un año con un mayor desgaste,
problemas y contradicciones para el gobierno de lo que se podía
esperar hace sólo unas semanas.
En
este marco, el comienzo de 2007 estará marcado, creemos, por tres
procesos.
En
primer lugar, como lo muestra el salto a la escena nacional de la
lucha del Hospital Francés, el proceso de luchas de resistencia
contra los ataques del gobierno y las patronales, por el salario y
contra los cierres y despidos, será a lo largo de 2007 un claro eje
de nuestra actividad.
En
segundo lugar se ubica el desarrollo del proceso de lucha democrática,
así como la evolución de la actual crisis política en ciernes. Este
ángulo, que sigue teniendo a la lucha por la aparición del compañero
López en su centro, será, sin duda, otro de los grandes de los ejes
de los meses por delante.
Finalmente,
es evidente que a medida que vaya avanzando el año próximo cada vez
tendrá un peso mayor la necesidad de dar respuesta al proceso
electoral, lo que requiere pasos inmediatos como la continuidad de la
campaña por la obtención de nuevas legalidades en el interior del país.
Por
supuesto, estos tres ejes no agotan el conjunto de tareas que el
partido deberá afrontar. Entre otras cosas, porque hay muchos frentes
de batalla específicos (la lucha estudiantil y educativa, el trabajo
de género, las campañas internacionalistas, etc.). Sin embargo,
creemos que esa formulación concentra y da jerarquía a los que temas
que están en el centro de la escena política nacional.
5.2
Ejes programáticos
A
modo de mero resumen y sin la menor pretensión de formular un
programa acabado, cerramos este documento con una síntesis de puntos
programáticos que orientarán nuestra política en el próximo período,
en su mayoría ya contenidos a lo largo del texto, y que buscan
reflejar también la actividad partidaria reciente.
Jugarnos
por cada lucha de los trabajadores
Mientras
la inflación se come los salarios, el gobierno hace “contabilidad
creativa” con los acuerdos de precios, generando una inflación
virtual y una real. Los capitalistas siguen ganando fortunas y
encuentran mil formas de esquivar el supuesto control de precios,
mientras que los trabajadores que luchan contra el cepo salarial son
amenazados, reprimidos y/o perseguidos, y en muchos casos se llega al
despido de los compañeros más activos.
-
¡Paritaria nacional sin techo, con delegados democráticamente
electos, para imponer un salario mínimo igual a la canasta familiar!
-
¡Indexación automática del salario según el índice del costo de
vida!
-
¡Cárcel a los capitalistas que evaden impuestos y aumentan los
precios!
-
¡No a la persecución de los trabajadores que defienden su salario y
condiciones de trabajo y rechazan los despidos!
-
¡Control obrero y apertura de los libros contables de toda empresa
que suspenda, despida o invoque el procedimiento de crisis o
convocatoria de acreedores!
-
¡Nacionalización bajo control de los trabajadores de toda empresa
que pretenda cerrar o planteee despidos o suspensiones masivas!
La
burocracia sindical, cáncer del movimiento obrero, no sólo vive de
privilegios y negociados a expensas de los trabajadores, sino que es
aliada de la patronal y el gobierno para dividir a la clase, derrotar
sus luchas y precarizar sus condiciones de trabajo.
-
¡Unidad de las filas obreras! ¡No a la división entre efectivos, de
agencia, contratados, tercerizados, afiliados y no afiliados!
-
¡Efectivización y pase a convenio de todos los contratados y
tercerizados!
-
¡Anulación de todas las leyes de contratos basura, flexibilización
y precarización laboral!
Por
el no pago de la deuda y la ruptura de todos los pactos que atan al país
al imperialismo
El
mayor engaño kirchnerista es vender una supuesta “independencia”
respecto del imperialismo y el FMI. La realidad es que en política
exterior Kirchner es uno de los más útiles aliados continentales de
EEUU, y en cuanto a la deuda externa, este gobierno ha sido el mejor y
mayor pagador de la historia económica argentina. El famoso superávit
fiscal récord tiene como objetivo número uno el servicio de la deuda
pública.
-
¡No al pago de la deuda externa!
-
¡Nacionalización de la Banca y el Comercio Exterior!
-
¡Kirchner es un aliado “progresista” de Bush en el continente! ¡Retorno
ya de las tropas argentinas en Haití!
-
¡Ruptura de todos los pactos y organismos que atan económica y políticamente
al país al imperialismo!
La
otra cara del superávit fiscal es el ajuste del presupuesto para
salud, educación y jubilaciones. El superávit de la ANSES va a parar
al Tesoro para financiar el pago de la deuda. Y mientras que el Estado
gasta cada vez más en subsidios a los servicios privatizados, el
gasto en seguridad social disminuye en términos reales.
-
¡Aumento ya de salarios estatales y jubilaciones al nivel de la
canasta familiar!
-
¡Más fondos para la salud y la educación; nada para el pago de la
deuda!
-
¡Anulación de las privatizaciones! ¡Basta de subsidios a empresas
ineficientes y corruptas! ¡Nacionalización de todos los servicios públicos
esenciales bajo control de sus trabajadores!
Denunciamos
que la política económica kirchnerista consolida la pobreza y
desocupación estructurales a la vez que enriquece como nunca a la
patronal
El
gobierno asegura que bajaron la pobreza y la desocupación, pero
cuenta a los beneficiarios de planes sociales como empleados. Quiere
hacer creer que por obra y gracia de la recuperación va a desaparecer
la desocupación, y no destina ninguna partida para paliar la
indigencia que aqueja a millones de personas.
-
¡Trabajo para todos! ¡Reducción de la jornada laboral a 6 horas sin
reducción de salario! ¡Reparto de horas de trabajo entre ocupados y
desocupados!
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¡Por un plan verdadero, no cosmético, de obras públicas, que en vez
de asegurar clientela electoral levante obras de infraestructura
imprescindibles!
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¡Seguro de desempleo y/o subsistencia para los que no puedan
trabajar, por un monto no inferior a la canasta de pobreza!
Los
mayores beneficiarios del crecimiento económico son los grandes
pulpos capitalistas nacionales y extranjeros, que se llevan la parte
del león del ingreso nacional. Sin embargo, la estructura impositiva
argentina pone el acento sobre los impuestos al consumo, que
perjudican a los trabajadores, mientras que los burgueses evaden
alegremente incluso los limitados impuestos a la renta que existen.
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¡Reducción del IVA a expensas de un impuesto progresivo a las
grandes fortunas e ingresos! ¡Cárcel efectiva para los evasores!
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¡Apertura de los libros contables y participación de los
trabajadores en la ganancia empresaria en todos los grandes grupos
económicos del país!
Impulsar
con todo la pelea democrática
El
gobierno que se llena la boca con los derechos humanos es responsable
del primer desaparecido desde 1983. Es el resultado de una política
que no va a fondo para garantizar el castigo a todos lo genocidas
porque deja en pie las instituciones represivas, a las que se pretende
legitimar.
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¡Juicio y castigo a todos los genocidas! ¡Aplicación de la figura
del genocidio: cárcel común y perpetua a todos los genocidas!
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¡Rechazo a toda posible maniobra de “amnistía” o nuevo punto
final!
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¡Paro y movilización inmediatos contra cualquier zarpazo fascista!
¡Aparición con vida de Julio López!
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¡Organizar la protección y autodefensa de cada compañero
independiente que va a testimoniar en juicios contra genocidas o
frente a cualquier intento de amenazas y “patoteadas” a un compañero!
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¡Disolución de la policía y todos los aparatos represivos!
Con
la cobertura que le dan los organismos y personalidades cooptadas como
Hebe de Bonafini, Kirchner continúa la política represiva y
perseguidora de los luchadores sociales, muchos de los cuales están
presos o procesados.
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¡Libertad a todos los compañeros presos por luchar! ¡Desprocesamiento
ya a los miles de compañeros perseguidos por la justicia patronal!
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¡Por la total independencia de los organismos de derechos humanos y
organizaciones sociales respecto del gobierno!
Redoblar
la pelea de género y por los derechos de las minorías sexuales
El
“progresista” matrimonio Kirchner es un rabioso enemigo de la
legalización del aborto, más allá de los discursos del ministro de
Salud. Y a pesar del conflicto con la Iglesia, el gobierno no la
enfrenta en ése y otros temas cruciales, como la situación de las
minorías sexuales.
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¡Aborto libre, legal y gratuito YA!
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¡Basta de perseguir a las víctimas! ¡Libertad inmediata a Romina
Tejerina!
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¡Educación sexual científica de verdad, no el vergonzoso compromiso
de la ley porteña! ¡Fuera las manos oscurantistas de la Iglesia de
los contenidos educativos!
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¡Por la plena igualdad de derechos de las parejas homosexuales! ¡No
a la discriminación por orientación sexual!
La
política fiscal del gobierno sacrifica el presupuesto educativo,
mientras que se mantienen en lo esencial los lineamientos privatistas
y promercado de las leyes educativas de la década menemista. Y a
pesar de los discursos “progres”, la juventud sigue siendo el
blanco privilegiado de las fuerzas represivas.
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¡Triplicación del presupuesto educativo para garantizar educación
de calidad para todos!
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¡Ingreso irrestricto y becas para que los jóvenes trabajadores
puedan acceder al conocimiento!
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¡No a la Ley Federal de Educación y a la Ley de Educación Superior,
engendros neoliberales del Bvanco Mundial defendidos por Kirchner y
Filmus!
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¡Por una universidad al servicio de las necesidades y las luchas de
los trabajadores y el pueblo!
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¡Basta de represión a la juventud, víctima principal del “olfato
policial” y el gatillo fácil!
Solidaridad
con el pueblo palestino. Por la independencia de clase frente a todos
los gobiernos “progresistas”
Una
tarea permanente de los socialistas revolucionarios es la solidaridad
efectiva con las luchas de los trabajadores y los pueblos del mundo
contra el imperialismo. Hoy son de particular importancia y vigencia
el rechazo a la intervención imperialista en Medio Oriente, las
luchas de los jóvenes y trabajadores contra la precarización laboral
y, más en general, el combate por una línea de independencia de
clase frente a los gobiernos centroizquierdistas del continente.
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¡Fuera yanquis y sus aliados de Iraq y Medio Oriente! ¡Todos con la
causa palestina!
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¡Viva la lucha contra la precarización laboral y el racismo de los
trabajadores latinos de EEUU y los jóvenes franceses y chilenos!
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¡Ningún apoyo político a los gobiernos de los “compañeros
presidentes” en América Latina! ¡Por la independencia de clase y
la defensa de la independencia de las organizaciones obreras y
populares!
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