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Presidente indígena,
capitalismo y revolución
Por Muruchi Ocampo (*)
Econoticiasbolivia, 07/02/06
La Paz. Las mayorías
empobrecidas están entusiasmadas en Bolivia. Abrigan la esperanza de
que el nuevo Gobierno mejorará las condiciones de vida y revertirá
la pobreza que les lacera. La popularidad de Evo Morales y de Álvaro
García Linera crece día a día.
El Movimiento al
Socialismo (MAS) logró un contundente triunfo electoral en diciembre
pasado. Mas este hecho histórico es un breve hito por el que pasa la
lucha revolucionaria popular que instintivamente se encamina a
destruir el régimen burgués y a estructurar un gobierno propio de
los explotados.
Bolivia atraviesa por
un periodo insurreccional. Cinco sublevaciones populares estallaron en
el último lustro. En octubre del 2003, una masiva y heroica rebelión,
que se opuso a la venta del gas natural a Chile y exigía la
nacionalización de los hidrocarburos, expulsó al sanguinario Gonzalo
Sánchez de Lozada.
Casi dos años después,
junio de 2005, su sucesor y defensor de las transnacionales, Carlos
Mesa, prefirió renunciar a la Presidencia que nacionalizar los
hidrocarburos sin indemnización como demandaban las movilizaciones
populares en todo el país.
En esa oportunidad, el
imperialismo y la clase dominante jugaron con la carta de las
elecciones generales para evitar que los explotados consoliden su
unidad y destruyan la democracia burguesa. La gente que luchaba por
expropiar las petroleras se proyectaba a la conquista del poder político.
La convocatoria electoral truncó esa perspectiva.
En el plebiscito del 18
de diciembre pasado, la bronca popular contra el neoliberalismo le dio
el triunfo a Evo Morales. Así, el pueblo otorgó una oportunidad al
MAS para que ejecute los cambios radicales por los que lucharon los
explotados en las periódicas y ascendentes sublevaciones.
De buena fe, los
explotados estiman que el gobierno masista materializará sus
exigencias. Una prueba de ello es la popularidad y apoyo de los
flamantes mandatarios. Tal situación irrefutable puede prolongarse en
un mediano plazo, pero es inminente que esa relación corre mucho
riesgo de marchitarse.
Aseveramos esto porque
es importante precisar que entre los objetivos de la heroica lucha de
los explotados y el programa gubernamental del MAS existen
trascendentales divergencias. Divergencias que por hoy el entusiasmo
popular está pasando por alto.
La nacionalización de
los hidrocarburos sin indemnización, la expulsión de las
transnacionales, la sepultura del neoliberalismo y del latifundio,
además de una equitativa distribución de la riqueza han sido, son y
serán los objetivos de la lucha popular. Debemos subrayar que la
gente no abandonará estas consignas radicales en ninguna
circunstancia.
La conducta del nuevo
gobierno va en contrapelo de esas aspiraciones populares. Los
flamantes mandatarios en sus cotidianas declaraciones han enfatizado
que nacionalizarán los hidrocarburos pero no expropiarán nada a las
empresas petroleras (?), a quienes piden que sean las socias de la
explotación de esos recursos naturales.
Subrayaron que protegerán
las inversiones extranjeras y los negocios de los empresarios
nacionales. Hace 48 horas, Morales dijo que los tienen derecho a
invertir y obtener sus ganancias de manera moderada (?). En otra
oportunidad aclararon que el problema de la redistribución de la
tierra se dirimirá en el marco de la ley burguesa. De esta manera,
los latifundistas también están protegidos.
De esta manera, el
gobierno de Evo Morales está anteponiendo los intereses de los
poderosos a las reivindicaciones y objetivos por los que lucharon los
explotados durante los últimos cinco años. Es en este contexto que
Linera comienza a insistir con su teoría del capitalismo andino.
Con esos
pilares–macro de su programa gubernamental (protección a las
inversiones extranjeras y a los ricos del país) se puede descontar
que el MAS no tendrá la capacidad de reactivar el aparato productivo
ni podrá incrementar la incipiente riqueza nacional y menos generar
los empleos que desesperadamente requiere la población.
Tal escenario derivará
en otro: la atención de las elementales reivindicaciones populares se
postergará, lo que a su vez reimpulsará las movilizaciones sociales.
La gente retomará las acciones directas por sus intereses
sectoriales, regionales y nacionales. Reaccionarán así porque la
atención de sus necesidades tienen plazos fatales. La radical
insubordinación de los policías que ocurre en estos últimos días
respaldan nuestra aseveración.
En los últimos 20 años,
con el neoliberalismo, la democracia burguesa ha concentrado la
riqueza en las elites privilegiadas y ha expandido la miseria sobre
las mayorías desposeídas. El Instituto Nacional de Estadísticas
informa de cada diez ciudadanos ocho viven por debajo de la línea de
pobreza y cuatro de ellos están en la indigencia.
La consigna radical de
expropiar los hidrocarburos, la minería, las empresas capitalizadas
tiene el objetivo de que la explotación de esas riquezas estén a
cargo del pueblo para que sus excedentes económicos beneficien a los
bolivianos y no sean exportados a las metrópolis como ocurre
actualmente.
Política e ideológicamente
el gobierno de Evo Morales es incapaz de materializar estos objetivos.
Y, sin la posibilidad de disponer de los excedentes económicos que
generan los sectores estratégicos del aparato productivo nacional será
imposible reactivar las fuerzas productivas ni mejorar la salud,
educación. Las donaciones y limosnas de la comunidad financiera
internacional serán insuficientes para tales propósitos.
Es inminente que en
estas condiciones los explotados comprenderán que no es suficiente
poner en la Presidencia de la República a un indígena sino que los
explotados deben destruir el sistema democrático burgués y
estructurar a través de la insurrección armada popular el gobierno
de los obreros, campesinos y clases empobrecidas de las ciudades.
(*) Es periodista y
activista social.
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