Bolivia

 

Evo redistribuirá tierra fiscal, sin tocar los latifundios

Econoticiasbolivia, 04/06/06

La Paz.– Gobierno promete redistribuir entre indígenas y campesinos 2,2 millones de hectáreas, sin afectar las 25 millones de hectáreas en manos de los 100 clanes familiares que son dueños de tierras, vidas y haciendas en el oriente, norte y sur del país.

Sin tocar los grandes latifundios ni la propiedad de los grandes clanes familiares que son dueños y señores de la tierra en Bolivia, el presidente Evo Morales anunció este sábado la redistribución de 2,2 millones de hectáreas de tierras fiscales entre las comunidades indígenas y campesinas. No se confiscan ni se arrebatan las tierras de los terratenientes y hay, desde el gobierno, expresas garantías para ellos, pero igual los hacendados temen avasallamientos y cuestionan la nueva política agraria, puesta en vigencia desde ayer con la promulgación de siete decretos.

Uno de ellos autoriza la distribución de tierras fiscales, de propiedad del Estado, en favor de quienes no la tengan o la posean con insuficiencia. Paralelamente, se entregan títulos de propiedad agraria, por una extensión de 3,1 millones de hectáreas, a los pueblos originarios y campesinos de Pando, Beni Santa Cruz y Tarija.

Estas dos medidas, anunciadas por el presidente Morales, se insertan en el plan gubernamental de tierras, denominado "Revolución Agraria", que busca redistribuir las tierras fiscales y revertir las propiedades agrícolas improductivas, respetando los grandes latifundios. Por esta vía, hay el compromiso de Morales para no tocar las grandes propiedades de casi un centenar de clanes familiares, que concentran la tierra y el poder económico y político en el oriente (Santa Cruz, Beni y Pando) y sur (Tarija y Chaco) del país.

Según el más reciente informe de Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), menos de 100 familias son propietarias de 25 millones de hectáreas, mientras que dos millones de familias campesinas–casi todas indígenas– apenas si tienen acceso a este recurso natural y trabajan en cinco millones de hectáreas.

Esto quiere decir que las 100 familias de poderosos oligarcas, que tienen fuertes lazos con el poder político y económico y están asentados en todo el país y en especial en el oriente, disponen de cinco veces más de tierras que los campesinos pobres, que subsisten a duras penas en los minifundios, degradados por la sobreexplotación agrícola y la baja productividad.

Según el compromiso de Morales (de respetar todas las propiedades que puedan demostrar que cumplen una función económico y/o social), gran parte de estos extensos latifundios no serán objeto de redistribución y se garantiza su seguridad jurídica y económica.

Pese a ello, estos clanes familiares que se han apoderado dolosamente de las tierras más fértiles de Bolivia, han expresado, a través de las organizaciones que controlan y dirigen como la influyente Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO), que el anuncio gubernamental de repartir 2,2 millones de hectáreas a campesinos e indígenas, sería "una medida política electoral (con miras a ganar votos en las elecciones de la Asamblea Constituyente, de principios de junio) y unilateral que sólo afectará a los productores agropecuarios".

El viceministro de Coordinación con Movimientos Sociales, Alfredo Rada, precisó que la distribución es de 2,2 millones de hectáreas de tierras fiscales y será aplicada de manera inmediata, ya que se tiene varias solicitudes ante el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA).

En una masiva concentración en Santa Cruz, el presidente Evo Morales dijo el sábado que los empresarios se habrían opuesto a la redistribución de tierras fiscales, pero que él les aclaró que ésa es una potestad del Ejecutivo. Además hizo entrega de títulos de propiedad –por una extensión de 3,1 millones de hectáreas– a pueblos originarios, campesinos e indígenas de Pando, Beni, Santa Cruz y Tarija, explicó Rada.

Los 60 títulos de las Tierras Comunitarias de Origen (TCO) fueron entregados a originarios de los pueblos chiquitano y tentayapi (Santa Cruz y Tarija), chacobos (Beni) y comunidades campesinas de Pando.

Un segundo paso, señaló el Presidente, será la reversión de las tierras que no cumplen un fin social. "Quiero advertirles (a los empresarios que) la reversión de tierras ociosas, tierras improductivas será el segundo paso que vamos a dar", sostuvo el Jefe de Estado, aunque sin precisar fechas. Mencionó a los dueños de un canal de televisión y les dijo que devuelvan los predios obtenidos de manera irregular "de a buenas" o "les vamos a quitar la tierra".

Los decretos de la tierra

DECRETO 28733 – Dispone la dotación inmediata de tierras a favor de indígenas, campesinos y originarios sin tierra, o con tierra insuficiente, principalmente en el norte amazónico, como trabajadores asalariados, zafreros, vaqueros y colonizadores.

DECRETO 28734 – Elimina la discriminación (en la dotación de tierras) con alcance inicial en Pailón, Mineros y Charagua, en el oriente del país.

DECRETO 28736 – Declara emergencia nacional a la conclusión del saneamiento y amplía la participación social, así como la titulación a favor de mujeres.

DECRETO 28738 – Deroga el decreto 28148 referido a la desconcentración técnica del INRA.

OTROS DECRETOS – Dominio de idioma nativo, tolerancia en la determinación de los precios de adjudicación y derogatoria del Decreto Supremo sobre la propiedad forestal.


Cien clanes familiares son dueños de la tierra en Bolivia

Econoticiasbolivia, 07/09/05

La Paz.– Dueños de vidas y haciendas, cerca de 100 poderosos clanes familiares se han apoderado de las tierras más fértiles de Bolivia y han levantando gigantescos latifundios, mientras millones de campesinos están sumidos en una virtual hambruna y en el minifundio.

El más reciente Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), difundido hoy, establece que la distribución de la tierra es tan desigual en el país, que menos de 100 familias son propietarias de 25 millones de hectáreas, mientras que dos millones de familias campesinas–casi todas indígenas– apenas si tienen acceso a este recurso natural y trabajan en cinco millones de hectáreas.

Esto quiere decir que las 100 familias de poderosos oligarcas, que tienen fuertes lazos con el poder político y económico y están asentados en todo el país y en especial en el oriente, disponen de cinco veces más de tierras que los campesinos pobres, que subsisten a duras penas en los minifundios, degradados por la sobreexplotación agrícola y la baja productividad.

La aguda desigualdad en el acceso a las tierras aptas para la agricultura y ganadería explica, en parte, la cruel ironía que vive Bolivia, al contar con un territorio extenso y extremadamente rico, dotado de grandes riquezas naturales y una envidiable diversidad, y una mayoría de su población extremadamente pobre.

Según el informe de Naciones Unidas, esta aguda desigualdad, entre unos pocos que tienen mucho y los más que casi no tienen nada, es el motor de los constantes conflictos que vive el país y la causa principal de su inestabilidad política y social. Los especialistas advierten, además, que la persistencia de estas desigualdades torna inviable la democracia y la convivencia pacífica.

La oligarquía terrateniente

A despecho de 50 años de reforma agraria, el agro boliviano está partido en dos, parcelado entre los gigantescos latifundios, la mayor parte de ellos improductivos, y cientos de miles de pequeñas propiedades campesinas que ya no abastecen para los agricultores indígenas. Pese a ello, la economía campesina aporta más alimentos y producción agrícola al mercado local, que la producción de los latifundios que prefiere la exportación de soya y los cultivos de arroz, azúcar, algodón y la depredadora explotación de maderas preciosas.

Según los datos recogidos por Econoticias, hay al menos 250 mil campesinos sin tierra, que deambulan en los barrios más pobres de las ciudades y que constantemente ocupan tierras de los latifundistas, de las que son desalojados a bala y látigo por los mercenarios contratados por los terratenientes y por el Ejército y la Policía, que resguardan los mismos intereses, aunque sin costo alguno.

Y es que los clanes familiares que se han apoderado de las tierras más fértiles de Bolivia tienen enorme poder en las instituciones públicas y entidades privadas. Así, han mantenido una poderosa e invariable influencia en el Ministerio de Agricultura, en la Superintendencia Agraria y en el Instituto Nacional de Reforma Agraria, controlando la concesión de tierras y propiedades. Estas familias también tienen enorme peso en los partidos políticos de derecha y casi siempre han controlado el Congreso y el Gobierno.

Sin embargo, su mayor influencia está en las asociaciones empresariales de agropecuarios y productores agrícolas del oriente como la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO), la Cámara de Industria y Comercio (CAINCO) y el Comité Cívico Pro Santa Cruz, desde donde controlan el poder regional y tejen alianzas con las empresas transnacionales del petróleo y el gas.

No es casual, por ello, que el poder latifundista y petrolero maneje a su antojo la región más rica de Bolivia como es Santa Cruz, y desde allí articule un proyecto secesionista en contra de las organizaciones sociales, laborales y populares del país que pugnan por la nacionalización de los hidrocarburos y por una nueva y genuina reforma agraria.

Estas dos consignas (nacionalización y reforma agraria) ya emergieron con fuerza en las revolucionarias jornadas de octubre del 2003 y de mayo–junio del 2005, que culminaron con el derrocamiento de los ex presidentes neoliberales Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa, fervorosos defensores de las petroleras y de los latifundistas.

Hambre de tierra

Entre campesinos e indígenas, la consigna mayor es la recuperación de las tierras y la segunda reforma agraria, expropiando a los grandes latifundistas. Con un 90 por ciento de la población indígena y campesina sumida en la pobreza, la sed de tierra está generando actualmente la ocupación de extensos latifundios improductivos, que están en manos de empresarios, militares y adherentes a las dictaduras de las décadas del 70 y 80, y del esquema neoliberal de los 90.

"Esas tierras las vamos a ocupar, si es que el gobierno no tienen la capacidad y la voluntad política de revertir estas propiedades que no cumplen ninguna función económica y social, y sólo sirven para negocios y tráfico de tierras", dijo a Econoticias hace un tiempo el líder de los campesinos sin tierra, Angel Durán.

"Estas concesiones a propietarios grandes no son trabajadas agrícolamente (más del 95 por ciento están sin trabajar) y se encuentran generalmente en manos de especuladores, que guardan esas buenas tierras agrícolas para venderlas posteriormente, cuando el Estado las beneficie con caminos y otro tipo de infraestructura", dice convencido de que el único camino viable para que haya paz y progreso en el campo es la reforma agraria.

Las autoridades de la Superintendencia Agraria y del Ministerio de Agricultura avalan, con datos precisos, que la mayor parte de estos neolatifundios se levantaron en base a concesiones ilegales y prebendales de tierras.

Minifundio empobrecedor

En cambio, en el occidente del país, la tierra va perdiendo su fertilidad y ya no abastece para los campesinos, que están transitando dolorosamente del minifundio al "surcofundio".

"El proceso de fragmentación extrema de la tierra en el altiplano y los valles, en superficies cada vez menores, presenta problemas para la aplicación de tecnologías más eficientes, las cuales posibilitarían la generación de excedentes y la acumulación de capitales", señala un informe oficial al que tuvo acceso esta agencia.

El minifundio y la crisis productiva están condenando a la ruina a la economía campesina del altiplano y los valles, donde predomina una bajísima productividad, reina la pobreza y crece el descontento.

A 50 años de la reforma agraria, que intentó redistribuir equitativamente la tierra en Bolivia, se generó un proceso de fragmentación de la tierra tan extremo y acelerado en estas regiones que, según un informe del Ministerio de Agricultura, surgen cada año 16 mil nuevos minifundios, lo que dificulta los procesos productivos y los torna inviables en muy corto tiempo.

Hoy, en promedio, cada campesino del altiplano y los valles tiene mucho menos tierra que antes, por lo que se está dando también un acelerado proceso de abandono de las áreas tradicionales y una fuerte migración del campo a las ciudades y del occidente al oriente.

El resultado de este proceso es el ensanchamiento de los cinturones de pobreza y marginalidad en las principales ciudades y crecientes conflictos por la posesión de tierras especialmente en el oriente, según establecen diversos estudios.

Diferencias abismales

En los últimos años, esta extrema desigualdad e inequidad existente en área rural ha potenciado las abismales diferencias de ingresos en el área urbana y en todo el país. El Informe del PNUD establece que el ingreso del 10 por ciento más rico de la población supera 90 veces al ingreso del 10 por ciento más pobre.

Estas diferencias basadas en la riqueza son el primer eslabón de un ciclo de desigualdad que persigue a la gente durante toda su vida, apunta el estudio. Y esto se repite de manera dramática en todas las esferas de la vida de los bolivianos. Las mujeres de hogares pobres tienen mucho menos probabilidad de recibir atención prenatal y en el parto por personal médico especializado y sus hijos tienen también menos probabilidad de sobrevivir y completar la escolaridad, y los niños que no la completan tienen más probabilidades de percibir menores ingresos. Así, el ciclo de privaciones se transmite de una generación a otra, señala el documento.

Respecto de la educación, se informa que si bien en promedio los bolivianos tienen entre cinco años y cinco años y medio de escolaridad, existe una diferencia de siete años de escolaridad media entre el 20 por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre de la población.

La tasa de pobreza, que había disminuido a 48,7 por ciento en 1999, aumentó a 61,2 por ciento en 2002. La cifra es más alarmante si se considera a la población indígena: el 88 por ciento es pobre.

Las cifras también reflejan las desigualdades entre las zonas rurales y las urbanas. Por ejemplo, "las tasas de mortalidad son 1,9 veces mayores entre los niños del campo que entre los que viven en la urbe".