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Los juguetes que regala Mc Donald´s en su promoción
Los fabrican en China niños entre 12 y 17 años,
cobran 0,16 euros la hora
Por
David Jimenez
Autogestión/Solidaridad.net
Rebelión,
14/12/03
Trabajan entre 14 y 18 horas. Tienen 15 minutos para
comer y cuatro horas para dormir en cuchitriles situados en las mismas fábricas.
Al anochecer, las trabajadoras son registradas para comprobar que no han
robado nada. Con sus puertas de metal y sus barrotes en las ventanas,
estos talleres parecen más un cuartel militar. Así es como los chinos
son competitivos.
Montar, empaquetar, montar, empaquetar, montar,
empaquetar... Las 600 jóvenes trabajan como robots, sin levantar la
mirada, darse un respiro o hablar entre ellas. Todas han llegado del campo
tratando de salir de la pobreza y aquí están, montando y empaquetando muñecos
de plástico, entre 14 y 18 horas al día, 15 minutos para comer, permisos
reducidos para ir al servicio y cuatro horas para soñar que en realidad
no están durmiendo en los cuchitriles situados en la última planta de la
fábrica.
Una ruidosa sirena les devuelve a la realidad y
anuncia el nuevo día mucho antes de que amanezca. Las empleadas saltan de
la cama, se ponen las batas y forman en línea antes de correr escaleras
abajo hacia sus puestos. La gigantesca nave está situada en las afueras
de Shenzhen, la ciudad más moderna del sur de China, rodeada de otros
almacenes parecidos, más o menos grandes, algunos con más de 5.000
empleadas.
En China se las conoce como dagongmei o chicas
trabajadoras. Jóvenes y adolescentes dispuestas a producir, producir y
producir sin descanso por un sueldo de 15.000 pesetas al mes del que los
jefes descuentan la comida y lo que llaman "gastos de
alojamiento". Las cientos de miles de factorías de mano de obra
barata repartidas por todo el país son la otra cara de ese made in China
que ha invadido las tiendas de todo el mundo, desde los artículos de las
tiendas de Todo a 100 a las lavadoras o la ropa de marca. Y para las
dagongmei, estas fábricas son su casa, su familia, su celda.
En ellas los supervisores se encargan de que no des
cansen y de que la producción nunca disminuya. Cada trabajadora es
registrada al finalizar la jornada para comprobar que no se ha llevado
ninguna unidad de los juguetes, llaveros, gorras o cualquier otra cosa que
estén fabricando dentro del sinfín de productos elaborados a precio de
saldo. Si quebrantan las reglas internas o no rinden al nivel esperado, un
sistema de penalizaciones permite a los jefes reducir el sueldo o los ocho
días de vacaciones que se conceden al año. "Hay que vigilarlas; si
no, se relajan", dice entre risas el patrón de esta fábrica de
Shenzhen que fabrica diminutos juguetes de plástico.
Miles de empresas estadounidenses y europeas -entre
ellas medio centenar de españolas- subcontratan fábricas chinas
similares a esta para llevar sus productos a Occidente al mejor precio.
"Si no fuera así, no sería rentable y nos iríamos a otro país",
reconoce un empresario estadounidense que mantiene cerca de 40 talleres en
el delta del río de la Perla, donde trabajan se is millones de dagongmei.
No son ni siquiera la décima parte de las que hay en
todo el país, alrededor de 70 millones. Sobrecogida por esta realidad, la
profesora del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad de Hong Kong,
Pun Ngai, se decició a pasarse por una campesina más, buscó una factoría
y pasó seis meses viviendo y trabajando en una fábrica de productos
electrónicos de Shenzhen para comprobar cómo viven las explotadas
trabajadoras chinas.
El dormitorio donde fue alojada, situado en la última
planta, tenía compartimentos donde debían dormir hacinadas hasta 15 jóvenes.
La mayoría de ellas sufría de anemia, dolores menstruales o problemas en
la vista, en el caso de las que tenían que montar diminutos productos a
ojo sin apenas descanso. Otras enfermaban envenenadas por el contacto con
productos químicos utilizados en el trabajo o simplemente desfallecían
de cansancio tras interminables jornadas en las qu se les daba de comer un
simple plato de arroz al día.
"Les niegan todos los derechos, no tienen el
permiso de residencia aunque pasen 10 años trabajando en el mismo lugar.
Las tiendas o los médicos de las ciudades donde están situadas sus fábricas
les cobran más que al resto de los vecinos", asegura la profesora,
que ha reunido su experiencia en varios informes.
Las pesquisas de Pun Ngai no son las únicas. La
investigación de un periódico de Hong Kong descubrió el pasado mes de
agosto que los juguetes que la multinacional de hamburguesas Mc Donalds
regalaba en sus promociones en el país asiático estaban siendo
elaborados en China por adolescentes de entre 12 y 17 años. Las menores
trabajaban sin descanso de siete de la mañana a 11 de la noche, todos los
días de la semana. En ocasiones la jornada se alargaba hasta las dos de
la mañana a cambio de un sueldo de 400 pesetas al día y una habitación
de 25 metros cuadrados a compartir con otras 15 chicas.
El Comité Industrial Cristiano de Hong Kong, una ONG
q ue se dedica a rescatar a los pequeños que trabajan en esas
condiciones, envió un equipo de investigadores a la fábrica
subcontratada por la cadena de restaurantes americana. Las historias que
escucharon se parecían todas a las de Wang Hanhong, de 12 años:
"Mis padres no querían que viniera. Lloré e imploré para que me
dejaran porque quería ver el mundo. Mi familia tiene otros tres hijos,
pero todos van al colegio. Quiero ahorrar dinero para que mis padres
puedan sobrevivir".
Es un círculo casi indestructible. Por una parte, las
multinacionales americanas o europeas no tienen que responder por las
condiciones de sus fábricas en países del Tercer Mundo y ahorran costes
laborales. Por otra, los Gobiernos locales tampoco están interesados en
espantar la inversión extranjera haciendo demasiadas preguntas.
Y las fábricas se multiplican. La empresa Chun Si
Enterprise, por ejemplo, fue contratada por la mayor cadena de
supermercados del mundo, Wall-Mart, para que confeccion ara bolsos de
mujer en su factoría de Zhongshan, en la provincia sureña de Guangdong.
Más de 900 trabajadoras permanecían encerradas todo el día, salvo los
60 minutos de descanso y comida establecidos. Los guardias golpeaban
constantemente a las empleadas y les multaban por faltas como "la
utilización excesiva del servicio"
De la media docena de fábricas subcontratadas por
empresas occidentales visitadas, sólo una mantenía las mínimas
condiciones. El resto estaban sucias, mantenían a las empleadas
trabajando en horarios ilegales, con sueldos míseros o habían sido
convertidas en cárceles donde las ventanas estaban bloqueadas con
barrotes y las puertas cerradas con llave las 24 horas del día.
En un intento de contrarrestar las crisis de
relaciones públicas que tenían que afrontar cada vez que se denunciaban
abusos, las grandes multinacionales comenzaron a contratar equipos de
inspección más o menos independientes a mediados de los años 90. No
sirvieron de mucho.
"Los controles han sido un fracaso porque las
empresas no tienen ninguna intención sincera de cambiar el sistema",
según el Comité de Trabajo Nacional (NLC), una asociación de EE.UU. que
centra sus denuncias en empresas americanas. Los inspectores de Wall-Mart,
por ejemplo, nunca descubrieron las irregularidades en su centro de
producción en China y sólo una denuncia periodística logró en 1999
revelar lo que estaba sucediendo.
Un cuartel militar
En la entrada de la factoría de la marca deportiva
Nike de Jiaozhou, en la provincia de Shandong, se puede leer su famoso
lema: "Just Do It" (Simplemente, hazlo). Dentro, 1.500 jóvenes,
siempre menores de 25 años, trabajan 12 horas al día, según el NLC. Se
trata de una pequeña parte de los más de 100.000 chinos que fabrican
prendas deportivas Nike en todo el país, a los que hay que sumar 70.000
personas en Indonesia y 45.000 en Vietnam. "Con su puerta de metal y
sus barrotes en las ventanas, la fábrica se parece más a un cuartel
militar que a una factoría", asegura en su informe NLC, que describe
como "papel mojado" los códigos de conducta creados por las
multinacionales.
Pero son las fábricas de productos Todo a 100, unas
gestionadas y explotadas por empresas chinas y otras por empresarios
extranjeros, las que peores condiciones tienen. La presión para abaratar
los precios es mayor y detrás del negocio suelen estar compañías
desconocidas que no tienen que cuidar su nombre. El lema es producir
mucho, barato y rápido. Los accidentes entre las trabajadoras o incendios
como el que ocurrió recientemente en una nave de Shenzhen en el que
perdieron la vida 80 personas, son contingencias cotidianas.
La política de contratación en estos talleres del
Todo a 100 es no admitir a mujeres mayores de 25 años, pero en ocasiones
los gestores se saltan su propia regla si la candidata tiene hijos pequeños
dispuestos a sumarse a la cadena de producción sin cobrar nada a cambio.
Las madres sí cobran, pero el sistema leonino de
sanciones tiende a reducir su retribución a unas 5.000 pesetas al mes: se
recorta la paga de una hora por cada minuto de retraso en el trabajo, se
penaliza con otras cinco horas las ausencias para ir al servicio o se
retira completamente la mensualidad a las que se comporten de modo
incorrecto.
La situación en China es especialmente desesperante
para las víctimas de los abusos porque la dictadura comunista mantiene la
ilegalización de sindicatos y asociaciones de trabajadores.
"Aquellos que tratan de unirse para defender los derechos de los
trabajadores son encarcelados. La gente tiene miedo de decir lo que les
está pasando, aunque las condiciones sean extremadamente duras y no hayan
recibido una sola paga durante meses", asegura Han Dongfeng, editor
del Boletín del Trabajador en China y disidente encarcelado tras las
manifestaciones de Tiananmen en 1989 por movilizar a los trabajadores.
"Estoy en contacto con gente que trabaja en la s factorías y a
menudo me cuentan el miedo que le tienen a los jefes. Les he pedido que se
unan y luchen por lo que es suyo", dice Han.
De esta forma, las dagongmei, abandonadas a su suerte
y sin nadie que las defienda, trabajan hasta que sus cuerpos aguantan y
después regresan a sus pueblos con lo puesto. El perfil de la
"chicas trabajadoras" de China es casi siempre el mismo: jóvenes
de entre 14 y 25 años, sin estudios secundarios y dispuestas a enviar más
de la mitad de su sueldo a sus pueblos de origen. Muchas, cada vez más,
terminan dejando las factorías para prostituirse. "Es mejor que
trabajar en la fábrica", dicen las muchachas que ya han dado el paso
y ofrecen sus cuerpos abiertamente en las calles del centro de Shenzhen.
No muy lejos, en la planta de fabricación de muñecos,
la jornada termina cuando se ha cumplido el objetivo de producción
impuesto por los supervisores, nunca antes de las dos de la madrugada.
Aunque las 600 trabajadoras han trata do de mantener
el tipo durante horas, varias han sido descubiertas exhaustas,
completamente inconscientes, con la cabeza reposando sobre la mesa de
montaje. Este mes tendrán que ver cómo su sueldo queda recortado a la
mitad.
"Hay muchas chicas dispuestas a venir aquí, así
que la que no trabaje bien se puede volver al pueblo", explica el
capataz, cuyo sueldo depende también del número de camiones que se
logren llenar con la producción. No existe un lugar mejor para ver hasta
qué punto el pueblo chino está pagando con sudor y con lágrimas que la
ropa, los electrodomésticos o los juguetes que compran los occidentales
se vendan lo más barato posible. Así suena la matraca incesante de la
ley del made in China: montar, empaquetar, montar, empaquetar,.
Por su parte, McDonald´s expresó su indignación
ante la inclusión en un diccionario del término "McJob" o
"McTrabajo" que es explicado como pocas y malas perspectivas
laborales
El gigante de la comida rápida ha reacc ionado ante
la publicación en la reciente edición del diccionario colegiado, Merriam-Webster´s,
del término "McJob", definido como un trabajo mal pagado y sin
futuro.
El presidente del directorio de McDonald´s, Jim
Cantalupo, tildó el término como una "descripción errada del
empleo en un restaurante".
En declaraciones a la agencia Associated Press,
Cantalupo describió el incidente como un golpe bajo para las 12 millones
de personas que trabajan diariamente en los 900.000 restaurantes de
Estados Unidos.
En una carta dirigida a los directores del diccionario
colegiado, Cantalupo dijo que "no más de 1.000 personas, entre los
hombres y mujeres, que son dueños y operarios en los restaurantes de
McDonald´s, iniciaron el día sirviendo a los clientes detrás del
mostrador".
La carta fue enviada a los medios y también figuró
en la última edición de una publicación de la industria del comercio.
McDonald´s, la cadena de comida rápida más grande
del mundo, tie ne más de 30.000 restaurantes y casi 500.000 empleados.
El término "McJob" fue acuñado por el
novelista estadounidense Douglas Coupland en su novela "Generación
X", publicada en 1991 donde describe esta palabra como "un
trabajo poco prestigioso, de poca dignidad, poco beneficio y sin futuro en
el sector de servicios".
Mc Donald´s y la infancia
Si preguntamos a los norteamericanos cómo McDonals
los ha modelado o construido su consciencia pondrán miradas de
incomprensión. ¿Qué significa argumentar que el poder implica la
capacidad para atribuir significados a diversos rangos de nuestra vida?
Como otras empresas internacionales gigantes de finales del siglo XX, Mc
Donalds ha utilizado los medios para invadir las esferas más privadas de
nuestra vida cotidiana. Nuestras identificaciones nacionales, deseos y
necesidades humanas se han convertido en mercancías con fines
comerciales. Este uso de los medios concede a los productores un nivel de
acceso a la consc iencia humana nunca imaginado antes por el dictador más
poderoso.
El nombre- Mc Donald´s- es agradable a los niños,
con su evocación del viejo McDonald y su granja i-a-i-aa-o. La seguridad
de Mc Donad´s proporciona asilo, si no refugio utópico, del mundo
contemporáneo, poco amistoso para los niños, de abuso infantil, hogares
rotos y secuestro de niños. De ahí que quieran celebrar sus cumpleaños
en Mc Donald´s. Han descubierto un mercado infantil enorme. Como si este
nivel de colonización cultural no fuera suficiente, Mc Donald´s junto
con diversas compañías ha escogido las escuelas públicas como un nuevo
lugar para la comercialización y el consumo infantil .
Mc Donalds ha desarrollado un núcleo de anuncios
infantiles llamados " fragmentos de la vida". Los publicistas,
que no incluyen adultos en los anuncios, representan un grupo de
preadolescentes entablando conversaciones "auténticas" en torno
a una mesa de Mc Donalds cubierta con hamburguesas, patatas fritas y
batidos. Utilizando vocabulario infantil (tío) para describir juguetes en
diversas promociones de Mc Donalds, los niños hablan entre sí de las
dificultades de la infancia. En muchos anuncios hacen objeto de sus bromas
a los adultos y comparten algunas que éstos no captan. Por sutil que
pueda parecer Mc Donald´s intenta llevar parte del poder la cultura
subversiva infantil a sus productos sin que nadie, excepto los niños, lo
sepa.
Desde el punto de vista cotidiano, Mc Donald`s no
alienta comidas familiares largas, placenteras e interactivas. Los
asientos y las mesas están diseñados para ser incómodos hasta el punto
de que los clientes coman rápidamente y se marchen.
La lección para los niños está clara: la política
no importa. La naturaleza benigna de la producción capitalista, con su
ausencia de conflictos serios de todo tipo es una tapadera para una
realidad mucho más salvaje. Los operadores de la tienda hablan de la fe
en Mc Donads como si fuera una religión.
No hay sitio para la crítica o la disensión en Mc
Donaldlandia. No se pueden sindicar los trabajadores.
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