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Pobreza mundial, pauperización y acumulación de
capital
Por Samir Amin (*)
Correspondencia de prensa, Nº
36, 12/10/03
Traducción de Ernesto Herrera
Un discurso sobre la pobreza y la necesidad de reducir
su magnitud, o erradicarla, está de moda hoy en día.
Es un discurso de la caridad, al estilo del
siglo XIX que no busca entender los mecanismos sociales y económicos
que generan la pobreza, aunque los medios científicos y tecnológicos
para erradicarla ya estén disponibles.
El capitalismo y la nueva cuestión agraria
Todas las sociedades antes de los tiempos modernos
(capitalista) fueron sociedades campesinas. Su producción estaba regulada
por varios sistemas y lógicas específicas pero no aquellas que rigen el
capitalismo en una sociedad de mercado, como la maximización del retorno
sobre el capital.
La moderna agricultura capitalista -abarcando tanto
las haciendas familiares en gran escala como las corporaciones de los
agrobusiness, igualmente ricas- está ahora empeñada en un ataque masivo
a la producción campesina del Tercer Mundo. La señal verde para esto fue
dada en la sesión de noviembre del 2001 de la Organización Mundial del
Comercio (OMC) en Doha, Qatar. Hay
muchas víctimas de éste ataque, y la mayor parte son campesinos del
Tercer Mundo, que aún constituyen más de la mitad de la humanidad.
La agricultura capitalista gobernada por el principio
de retorno sobre el capital, que se localiza casi exclusivamente en América
del Norte, Europa, Australia y en el Cono Sur de América Latina, emplea sólo
unas pocas decenas de millones de agricultores que ya no son campesinos.
Debido al grado de mecanización y las extensas dimensiones de las
haciendas administradas por un propietario, su productividad generalmente
varía entre 1 y 2 millones de kilogramos de cereales por agricultor.
En agudo contraste, tres mil millones de agricultores
están dedicados a la agricultura campesina. Sus tierras pueden ser
agrupadas en dos sectores distintos, con escalas de producción, características
económicas y sociales, y niveles de eficiencia muy diferentes. Un sector, capaz de beneficiar la revolución verde, obtuvo
fertilizantes, pesticidas, semillas mejoradas y algún grado de mecanización.
La productividad de estos campesinos varía entre 10 y 50 mil kilogramos
de cereales por año. Con
todo, se estima que la productividad anual de los campesinos excluidos de
las nuevas tecnologías esté alrededor de 1.000 kilogramos por
agricultor.
El radio de productividad entre el más avanzado
segmento capitalista de la agricultura mundial es el más pobre, que
estaba en torno de 10 a 1 antes de 1940, está ahora cerca de 2000 a uno,
esto significa que la productividad progresó mucho más desigualmente en
el área de la agricultura y de la producción alimenticia que en
cualquiera de las otras áreas. Esta
evolución condujo simultáneamente a la reducción de los precios
relativos a los productos alimenticios (en relación con los productos
industriales y de servicios) a un quinto de lo que era hace cincuenta años
atrás. La nueva cuestión agraria resulta de este desarrollo
desigual.
La modernización siempre combinó dimensiones
constructivas, especialmente la acumulación del capital y el aumento de
la productividad, con aspectos destructivos: reducción del trabajo al
estado de una mercadería vendida en el mercado, muchas veces destruyendo
la base ecológica natural para la reproducción de la vida y de la
producción, y polarizando la distribución de la riqueza a un nivel
global. La modernización siempre integró simultáneamente a algunos,
pues los mercados en expansión crean empleos, y excluye a otros, que no
fueron integrados en la nueva fuerza de trabajo después de haber perdido
sus posiciones en los sistemas anteriores.
En su fase de ascenso, la expansión capitalista
global integró a muchos junto con los procesos de exclusión.
Pero ahora, en las sociedades campesinas del Tercer Mundo, se
excluye un número masivo de personas y se incluyen relativamente pocas.
La cuestión que se plantea aquí, precisamente, es que si esta tendencia
continuará en operar con relación a los tres mil millones de seres
humanos que aún producen y viven en sociedades campesinas en Asia, África
y América Latina.
En realidad ¿qué sucedería si la agricultura y la
producción alimenticia fuesen tratadas como cualquier otra forma de
producción sometida a las reglas de la competencia en un mercado abierto
y desreglamentado, como fue en principio decidido en la reunión de la OMC
en Doha? ¿Será que tales principios estimularon la aceleración de la
producción?
Alguien podría imaginar que la comida traída al
mercado por los tres mil millones de campesinos de hoy, después de
asegurar su propia subsistencia, sería al revés de eso producida por
veinte millones de nuevos agricultores modernos. Las condiciones para el
éxito de una alternativa incluirían: 1) la transferencia de importantes
parcelas de buena tierra para los nuevos agricultores capitalistas (y
estas tierras tendrían que ser arrancadas de las manos de las actuales
poblaciones campesinas); 2) capital (para comprar bienes y equipos); y 3)
acceso a los mercados consumidores. Tales agricultores en realidad
competirían con éxito con los millones de millones de campesinos del
presente. ¿Pero que sucedería
con aquellos millares de millones de personas?
En estas circunstancias, acordar con el principio
general de la competencia de productos agrícolas y alimenticios,
impuestos por la OMC, significa aceptar la eliminación de miles de
millones de productores no competitivos dentro del corto tiempo histórico
de unas pocas décadas. Lo que transformará a estos miles de de millones
de seres humanos, la mayoría de los cuales ya son pobres entre los
pobres, es que se alimenten a sí mismos con grandes dificultades. En un
espacio de tiempo de cincuenta años, el desarrollo industrial, aún en la
fantástica hipótesis de una tasa de crecimiento continua del 7% al año,
no podría absorber ni un
tercio de esta reserva.
El mayor argumento presentado con el fin de legitimar
la doctrina de la competencia de la OMC es que tal desarrollo sucedió en
el siglo XIX y en el XX, tanto en Europa como en Estados Unidos, donde se
produjo una sociedad urbano-industrial y post-industrial moderna, rica,
con una agricultura moderna capaz de alimentar a la nación y hasta
exportar alimentos. ¿Por qué no debería este modelo ser repetido en los
actuales países del Tercer Mundo?.
Este argumento deja de considerar los dos principales
factores que tornan casi imposible la reproducción de este modelo en el
Tercer Mundo. Lo primero es que el modelo europeo se desarrolló a lo
largo de un siglo y medio justamente con tecnologías de trabajo
intensivas. Las tecnologías modernas utilizan mucho menos trabajo y los
recién llegados del Tercer Mundo, tienen que adoptarlas para que sus
exportaciones industriales sean competitivas en los mercados globales. Lo
segundo, es que durante aquella larga transición, Europa se benefició de
la migración masiva para las Américas de su excedente población.
El argumento de que el capitalismo realmente resolvió
la cuestión agraria en sus centros desarrollados siempre fue aceptado por
amplios sectores de izquierda, siendo un ejemplo el famosos libro de Karl
Kautsky, “La cuestión agraria”, escrito antes de la Primera Guerra
Mundial. La ideología soviética
heredó tal visión y con base en la misma, emprendió la modernización
durante la colectivización estalinista, con débiles resultados.
Algo que siempre fue pasado por alto es el hecho de
que el capitalismo, en cuanto resolvía la cuestión en sus centros, hacía
esto generando una gigantesca cuestión agraria en las periferias, la cual
sólo puede resolverla a través del genocidio de la mitad de la especie
humana. Dentro de la tradición
marxista, sólo el maoísmo entendió la magnitud del desafío. Por lo
tanto, aquellos que acusaron al maoísmo de ser una “desviación
campesina” mostraron por ésta simple crítica, que les falta la
capacidad analítica para comprender el capitalismo imperialista, lo cual
ellos lo reducen a un discurso abstracto sobre el capitalismo en general.
La modernización a través de la liberación del
mercado capitalista, sugerido por la OMC y por los que la apoyan, encuadra
lado a lado, sin siquiera efectuar la necesaria unificación, los dos
componentes: la producción alimenticia a una escala global a través de
modernos agricultores competitivos basados sobre todo en el Norte y en el
futuro posiblemente también en algunos bolsones del Sur, y la
marginalización exclusión, y el avance del empobrecimiento de la mayoría
de los tres mil millones de campesinos del actual Tercer Mundo y,
finalmente, su aislamiento en alguna especie de reservas.
Combina por lo tanto, un discurso pro-modernización y dominado por
la eficiencia con un conjunto de políticas ecológicas-culturales de
contención que permitan a las víctimas sobrevivir en un estado de
empobrecimiento material (incluyendo el aspecto ecológico) Estos dos
componentes pueden por lo tanto, complementarse una a otra, al contrario
de entrar en conflicto.
¿Podremos imaginarnos otras alternativas, y haberlas
discutido ampliamente? ¿Alternativas en las cuales la agricultura
campesina fuese mantenida durante el futuro visible del siglo XXI, pero qué
simultáneamente entrase en un proceso de continuo progreso tecnológico y
social? Por éste camino, los
cambios podrían verificarse
en una tasa que permitiría una progresiva transferencia de los campesinos
a los empleos no rurales y no agrícolas. Tal conjunto estratégico de
objetivos envuelve complejas políticas alimenticias del campesinado
nacional, regional y locales.
Al nivel nacional implica macropolíticas que protegen
la producción alimenticia del campesinado de la competencia desigual de
los agricultores modernizados y de las corporaciones de los agrobusiness,
locales e internacionales. Esto ayudará a garantizar precios internos de
los alimentos aceptables - separados de los precios de los mercados
internos de los alimentos aceptables, separados de los precios de los
mercados internacionales, los cuales además de eso son sustentados por
los subsidios agrícolas del Norte rico.
Tales objetivos políticos también cuestionan los
modelos de desarrollo industrial y urbano, los cuales deberían estar
menos basados en prioridades orientadas a la exportación (por ejemplo:
manteniendo salarios, bajos, lo que implica precios bajos para los
alimentos) y más dirigidos a la expansión del mercado interno
socialmente equilibrado.
Esto envuelve, en simultáneo, un modelo global de políticas
con el fin de asegurar la seguridad alimenticia nacional: una condición
indispensable para que un país pueda ser miembro activo de la comunidad
global, disfrutando el indispensable margen de autonomía y capacidad de
negociación.
Los niveles regional y global implican acuerdos
internacionales y políticos que se alejen de los principios doctrinarios
liberales que rigen la OMC, sustituyéndolos por soluciones imaginativas y
específicas para diferentes áreas, teniendo en consideración las
cuestiones específicas, las condiciones históricas y sociales concretas.
La nueva cuestión laboral
La población urbana del planeta actualmente
representa cerca de la mitad de la humanidad, por lo menos tres mil
millones de individuos, con campesinos formando un porcentaje estadísticamente
no insignificante de la otra mitad. Los datos acerca de ésta población
nos permiten distinguir entre aquello que podemos denominar clases medias
y clases populares.
En la etapa contemporánea de la evolución
capitalista, las clases dominantes -propietarios formales de los
principales pedios de producción y administradores superiores asociados a
su desempeño- representan sólo la minúscula fracción de la población
global aunque la tajada que retiran del rendimiento disponible de sus
sociedades sea significativa. A esto, sumamos las clases medias en el
antiguo sentido de la expresión: rentados
no asalariados, propietarios de pequeñas empresas y administradores
medios, los cuales están necesariamente en decadencia.
La gran masa de trabajadores en los segmentos de
producción modernos está constituida de asalariados que ahora
representan más de cuatro quintos de la población urbana de los centros
desarrollados. Esta masa está dividida en por lo menos dos categorías,
cuya frontera es visible no sólo para el observador externo sino que está
realmente viva en la conciencia de los individuos afectados.
Están aquellos que pueden ser etiquetados como clases
populares estabilizadas, en el sentido de que están realmente seguros en
sus empleos, gracias entre otras cosas, a las calificaciones profesionales
que les darán poder de negociación junto a los empleadores y por lo
tanto, están frecuentemente organizados, por lo menos en algunos países,
en sindicatos poderosos. En todos los casos, esta masa trae consigo un
peso político que refuerza su capacidad de negociación.
Otros, constituyen las clases populares precarias que
incluyen trabajadores debilitados por su baja capacidad de negociación
(como resultado de sus bajos niveles de calificación, su status como no
ciudadanos, o su raza, o su género) ya sea como no asalariados (aquellos
formalmente desempleados y los pobres con empleos en el sector informal)
Podemos etiquetar esta segunda categoría de las clases populares
como “precarios”, al contrario de “no integrados” o
“marginados”, porque éstos trabajadores están perfectamente
integrados en la lógica que comanda la acumulación del capital.
De la información disponible para los países
desarrollados y ciertos países del sur (de los cuales extrapolamos datos)
obtenemos las proporciones relativas que cada una de las categorías antes
definidas representa en la población urbana del planeta. Aunque los
centros representan sólo 18 % de la población del planeta, una vez que
su población es urbana en un 90%, ellos constituyen el hogar de un tercio
de la población urbana mundial.
Las clases populares representan tres cuartos de la población urbana
mundial, la subcategoría de los precarios representa dos tercios de las
clases populares a una escala mundial. (Cerca del 40% de las clases
populares en los países centrales del 80% en los de las periferias, están
en la subcategoría de precarios. En
otras palabras, las clases populares precarias representan la mitad (por
lo menos) de la población urbana mundial, lo cual es mucho más que esto
en las periferias.
Una mirada a la composición de las clases populares
urbanas hace medio siglo, luego de la Segunda Guerra Mundial, muestra que
las proporciones que caracterizaban a las clases populares era muy
diferentes de aquellas que vinieron a ser.
En aquella época, la parte del Tercer Mundo no excedía
la mitad de la población urbana global (alrededor de mil millones de
individuos) contra los dos tercios de hoy. Megaciudades, como aquellas que
hoy conocemos en prácticamente todos los países del Sur, aún no existían.
Había sólo unas pocas grandes ciudades, particularmente en la China, en
la India y en América Latina.
En los centros, las clases populares se beneficiaron,
durante el período de post-guerra, de una situación excepcional basada
en los compromisos históricos impuestos al capital por las clases
trabajadoras. Este compromiso permitió la estabilización de la mayoría
de los trabajadores en los moldes de una organización del trabajo
conocida como el sistema de la fábrica “fordista”. En las periferias,
la proporción de los precarios -que era, como siempre, mayor de la de los
centros- no excedía a la mitad de las clases populares urbanas (contra más
del 70% hoy) La otra mitad aún
consistía, en parte, de asalariados estabilizados en los moldes de la
nueva economía colonial y de la sociedad modernizada y en parte en los
antiguos moldes de las industrias artesanales.
La principal transformación social que caracteriza a
la segunda mitad del siglo XX, puede ser resumida en una única estadística:
la proporción de las clases populares precarias asciende de menos de un
cuarto para más de la mitad de la población urbana global, y éste fenómeno
de pauperización reapareció en una escala significativa en los propios
centros desarrollados. Esta población urbana desestabilizada aumentó en
medio siglo de 250 millones para más de 1.500 millones de individuos,
registrando una tasa de crecimiento que supera aquella que caracteriza la
expansión económica, el crecimiento de la población o el propio proceso
de urbanización.
Pauperización
No hay palabra mejor para designar la tendencia
evolutiva de la segunda mitad del Siglo XX. El hecho, en sí mismo, es
reafirmado en el nuevo lenguaje dominante: la “reducción de la
pobreza” se tornó en un tema recurrente entre los objetivos que las políticas
gubernamentales dicen ejecutar. Pero
la pobreza en cuestión es presentada sólo como un hecho medido empíricamente,
tanto de forma a través de la distribución del rendimiento (líneas de
pobreza) o de forma un poco menos grosera a través de índices compuestos
(tales como los índices de desarrollo humano propuestos por el Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo), sin ni siquiera levantar la
cuestión de las lógicas y de los mecanismos que generan ésta pobreza.
Nuestra presentación de estos mismos hechos va más
allá porque nos permite, precisamente, comenzar a explicar el fenómeno y
su evolución. Estratos
medios, estratos populares estabilizados y estratos populares precarios
están todos integrados dentro del mismo sistema de producción social,
pero ellos cumplen diferentes funciones en el mismo.
Algunos en realidad están excluidos de los beneficios de la
prosperidad. Los excluidos
son también una parte del sistema y no están marginados en el sentido de
no estar integrados -funcionalmente-
dentro del sistema.
La pauperización es un fenómeno moderno que no es
enteramente reducible a la falta de rendimiento suficiente para
sobrevivir. Es realmente la
modernización de la pobreza y tiene efectos devastadores en todas las
dimensiones de la vida social. Los
inmigrantes de las zonas rurales relativamente bien integrados dentro de
las clases populares estabilizadas durante la edad de oro (1945-1975) tendían
a tornarse trabajadores fabriles. Ahora,
aquellos que llegan recientemente y sus hijos están situados en las márgenes
de los sistemas productivos, creando condiciones favorables para la
sustitución de solidaridades de comunidad por conciencia de clase. En cuanto a eso, las mujeres son aún más víctimas por la
precariedad económica que los hombres, resultando en el deterioro de sus
condiciones materiales y sociales. Y si los movimientos feministas, sin
duda consiguieron avances importantes en el ámbito de las ideas y del
comportamiento, los beneficiarios de estas ganancias son casi
exclusivamente mujeres de las clases medias, ciertamente no aquellas de
las pauperizadas clases populares. En
cuanto a la democracia, su credibilidad -y por lo tanto su legitimidad- es
solapada por su incapacidad para reducir la degradación de las
condiciones de una fracción cada vez mayor de las clases populares.
La pauperización es un fenómeno inseparable de la
polarización a una escala mundial – un resultado inherente a la expansión
realmente existente, que por esta razón debemos llamar imperialista por
naturaleza.
La pauperización en las clases populares urbanas está
estrechamente ligada a los desarrollos que victimizan a las sociedades
campesinas del Tercer Mundo. La sumisión de éstas sociedades a las
exigencias de la expansión del mercado capitalista sustenta nuevas formas
de polarización social que excluyen una proporción cada vez mayor de
agricultores del acceso a la utilización de la tierra.
Estos campesinos que quedaron empobrecidos o sin tierra alimentan
-aún más que el crecimiento poblacional- la inmigración para los
barrios de lata. A pesar de
eso, todos éstos fenómenos están destinados a empeorar en cuanto los
dogmas liberales no fuesen desafiados, y ninguna política correctiva
dentro de ésta estructura liberal pueda controlar su difusión.
La pauperización pone en cuestión tanto la teoría
económica como las estrategias de las luchas sociales. La vulgar teoría
económica convencional evita las cuestiones reales que son colocadas por
la expansión del capitalismo.
Esto sucede porque ella sustituye un análisis del
capitalismo realmente existente por una teoría de un capitalismo
imaginario, concebido como una extensión simple y continua de las
relaciones de cambio (del mercado), a pesar de que el sistema funcione y
se reproduzca en la base de la producción capitalista
y de las relaciones de cambio (no simplemente relaciones de
mercado) Esta sustitución
está fácilmente emparentada con una relación a priori, que no está
confirmada ni por la historia, ni por los argumentos racionales, de que el
mercado es autorregulador y produce un éxito social.
De esta manera, la pobreza, sólo puede ser explicada
por causas que se decretan ser externas a la lógica económica, tal como
el crecimiento poblacional o los errores políticos. La relación de la
pobreza con el propio proceso de acumulación es separada por la teoría
económica convencional. El
resultante virus liberal, que contamina el pensamiento social contemporáneo
y aniquila la capacidad de entender el mundo, para no hablar de
transformarlo, penetró profundamente a varias izquierdas constituidas
desde la Segunda Guerra Mundial. Los
movimientos actualmente comprometidos en luchas sociales por “otro
mundo” y una globalización alternativa,
sólo serán capaces de producir avances sociales significativos,
si se liberan de este virus, con el fin de construir un debate teórico
auténtico. En cuanto no se liberen de éste virus, los movimientos
sociales, aunque sean los más bien intencionados, permanecerán presos en
los grilletes del pensamiento convencional y, por lo tanto, prisioneros de
propuestas correctivas ineficaces, que son alimentadas por la retórica
referente a la “reducción de la pobreza”.
El análisis aquí esbozado, debería contribuir a la
apertura de éste debate. Esto, porque restablece la pertinencia de la
vinculación entre acumulación del capital por un lado, y el fenómeno de
la pauperización social por el otro.
Ciento y cincuenta años atrás, Marx inició un análisis de los
mecanismos que están detrás de ésta vinculación, la cual a duras penas
fue perseguida desde entonces y de ninguna manera a escala global.
(*) Samir Amin es Director del Foro del Tercer Mundo,
en Dakar, Senegal. Activo participante del Foro Social Mundial. Sus libros recientes incluyen Specters of
Capitalism: A
Critique of Current Intellectual Fashions (Monthly Review, 1998), y
Obsolescent Capitalism: Contemporary Politics and Global Disorder, a
publicar por la Editorial Zed Books.
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