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La
situación mundial de la infancia
Por
Juan Torres López
La Opinión de Málaga, 13/07/04
Hace
unos años, una revista brasileña editaba un reportaje sobre la venta de
órganos de niños para trasplantes. Se trata de algo que muchos
especialistas e incluso las Naciones Unidas han denunciado repetidas veces
pero leer, por ejemplo, que el hígado de un niño puede adquirirse en el
mercado negro por unos 30.000 euros pone realmente los pelos de punta.
Es
cierto que es muy difícil tener constancia de que efectivamente ocurren
estos casos, pero también lo es que muchos de quienes han estudiado el
problema más rigurosamente están plenamente convencidos de que se están
dando.
Otras
veces, los niños tienen un poco más de suerte y hasta reciben un trato
especial para poder llegar a ser mercancías más apetecibles en los
mercados de la adopción. En Honduras se descubrieron “casas de
engorde” en donde las familias miserables depositaban a sus famélicas
criaturas a cambio de unos cuantos dólares para que tuvieran mejor
aspecto ante las familias acomodadas de los países ricos.
Cuesta
trabajo creerlo pero esto es lo que hay. Y cuesta todavía mucho más
trabajo no haber oído ni una palabra de preocupación por este tipo de
terrorismo a la mayoría de los líderes mundiales, tan dispuestos a
actuar cuando lo que sufre es su cartera y la de sus socios.
Una
inmensa proporción de los niños de nuestro planeta no tiene demasiada
suerte. Cada año nacen unos 132 millones y de ellos uno de cada cuatro
vivirá siempre en la pobreza más absoluta. Ahora mismo, habrá unos 600
millones de niños en todo el mundo sumidos en la miseria, muertos
literalmente de hambre y padecimiento, sin más horizonte que la suciedad
de las calles que pisan descalzos y sin más fuerza que la que da el
instinto animal de supervivencia. Uno de cada doce morirá antes de haber
cumplido los doce años, aunque seguramente no sentirán pena por ello si
pudieran tener ese sentimiento y supieran la vida que les aguardaba. La
mayoría morirá de hambre o de enfermedades para nosotros tan banales
como la diarrea que se podrían combatir si no fuera porque más de 1000
millones de personas no tienen acceso al agua potable.
Casi
uno de cada tres niños que nacen en el mundo estará mal nutrido en los
cinco primeros años, cuando ya adquirirán males y carencias para el
resto de sus vidas. Para la mitad de los niños del mundo, un simple vaso
de leche es un privilegio que no está a su alcance, que quizá no lo esté
nunca.
Un
tercio de los niños no será nunca vacunado, a pesar de que el coste de
la mayoría de esas vacunas quizá cueste menos que cualquier fasto de los
que celebramos cientos en cada una de nuestras ciudades más
privilegiadas. Forman parte de esos 2400 millones de personas que según
la Organización Mundial de la Salud no tienen acceso a los servicios
sanitarios.
Uno
de cada cuatro niños está condenado a trabajar, incluso uno de cada tres
en África.
El
último informe sobre la situación de la infancia en el mundo de UNICEF
se dedicaba a poner de relieve la tremenda importancia que tiene la
escolarización para lograr que los niños eviten esta condena a muerte
anticipada en la que se ha convertido su vida. Es muy importante que eso
afecte, sobre todo, a las niñas, que se escolarizan en mucha menor
proporción y que, sin embargo, son las principalmente encargadas de
transmitir valores, incentivos y pautas de comportamiento a los hijos, e
incluso a los hombres adultos. Como ocurre en todas las demás
manifestaciones de la vida, las niñas siempre tienen una situación mucho
peor que la de los niños. Van menos a la escuela, trabajan más, tienen más
responsabilidades, comen menos y peor y sufren más peligro de ser
vendidas o vejadas en el comercio sexual de todo tipo que puebla nuestro
planeta.
En
los países más ricos del mundo, los treinta que forman la OCDE, las
cifras de maltrato infantil son espeluznantes y están encabezadas
precisamente por Estados Unidos. Según UNICEF, en la cabeza del imperio
se dan más de tres millones de casos denunciados de abuso infantil, lo
que tampoco ha justificado una cruzada liberadora del presidente Bush, que
se sepa. Es más, mantiene a su país en posiciones reaccionarias en estos
asuntos que se manifiestan, por ejemplo, en la negación a ratificar la
convención de las Naciones Unidas sobre los derechos de los niños con el
estúpido argumento de que atenta contra los derechos de los padres.
Hace
unos años, el Premio Noble de Economía Amartya Sen denunciaba que en
algunos barrios de Nueva York la mortalidad infantil era mayor que la de
Blangadesh, lo que da idea de que los problemas de la infancia no son
exclusivos de ninguna parte del mundo, aunque sea lógicamente en los países
más pobres donde alcanza niveles mucho más dramáticos.
El
Secretario General de la ONU Kofi Annan calificó hace un par de años
como “fracaso deplorable” lo conseguido hasta entonces para dar solución
a los problemas de los niños en el mundo. Y seguimos igual.
Lógicamente,
a medida que pasa el tiempo el asunto se hace cada vez más difícil. Se
calcula que ya casi un 40% de los niños que nacen en el mundo no se
registran, es decir, que ni siquiera existen formalmente. Así no hay que
computar tampoco su muerte, su violación o su utilización como soldados
o mano de obra barata, cuando esto ocurra a manos de algún desalmado,
bien sea este un policía, un traficante o, sencillamente, el responsable
de las grandes empresas que se están enriqueciendo a costa de todo ello.
Lo
dramático es que para solucionar estos problemas no hacen falta sumas de
recursos descomunales. Lo que principalmente se requiere es la voluntad de
afrontarlos que hoy día no existe con la suficiente fortaleza; alterar el
orden de prioridades para que los intereses comerciales no se impongan
sobre las necesidades humanas y autoridad internacional para sancionar a
los responsables de estos crímenes nauseabundos.
Pero
en lugar de eso, lo que proponen los organismos internacionales que
controlan los países ricos es limitar los gastos sociales, darle plena
libertad a las empresas que prefieren ganar dinero a costa de cualquier
otra cosa y, en suma, mirar vergonzantemente a otro lado.
A
pesar de ellos, sin embargo, no está todo perdido. Hace un par de días
entré en el aula de una escuela infantil recién inaugurada en lo más
alta de un rancho de Caracas. Se levanta sobre lo que hasta hace poco era
el cruce de las aguas negras que fluían libremente y que ahora es una
calle. Me senté entre los niños y un par de ellos, con los ojos
relucientes y mucho más negros aún que su piel, se echaron sobre mi
cuello abrazándome y sonriendo mientras cantaban con todos los demás. Al
salir pensaba que, a pesar de todos los pesares, de las sonrisas de todos
esos niños está naciendo un nuevo mundo.
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