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Las migraciones invierten el camino y van del Sur hacia
el Norte - 1
Miedo a los otros
Por Augusto Zamora (*)
Red Voltaire, 20/10/04
Después de siglos sirviendo a las colonias, las
migraciones invierten el camino y van del Sur hacia el Norte, sacudiendo
el tablero del capitalismo mundial.
Entre 1821 y 1924 unos 55 millones de europeos emigraron
a distintos continentes, fundamentalmente a América. Eran los expulsados
de la revolución capitalista que sacudía la mayor parte de Europa
occidental y que había encontrado en la emigración una válvula de
escape a las legiones de miserables excretados por la industrialización.
Los países americanos, a su vez, estaban necesitados de grandes
contingentes humanos con los que poblar sus extensos territorios.
Aquella complementariedad posibilitó que el capitalismo
europeo pudiera desarrollarse sin desencadenar un caos, no obstante lo
cual revoluciones y asonadas se sucedieron cíclicamente entre 1830 y
1934. La suma de miseria y guerras provocará la revolución bolchevique
en Rusia y posibilitará el triunfo del nazismo en Alemania, éste
favorecido por grupos capitalistas temerosos de una sublevación popular.
El problema demográfico también fue acicate del
imperialismo europeo. Merced a su dominio del mundo, las potencias
coloniales promovieron la emigración hacia las colonias, lo que les
permitía resolver dos problemas, hambre y desempleo por una parte;
expolio de las colonias por otra. Grandes contingentes de europeos se
establecieron de Argelia a Sudáfrica, de India a Australia. Las causas de
la emigración eran la pobreza y la presión sobre la tierra provocada por
la voracidad capitalista y el crecimiento poblacional.
Países escasamente poblados como Noruega vieron emigrar
a dos tercios de su población. La emigración se alimentó a sí misma.
Los emigrantes irlandeses enviaron a su país de origen casi dos millones
de libras entre 1850 y 1855, remesas que servían para pagar el viaje de
familiares y amigos. La mitad de Irlanda emigró a EE.UU. Entre 1851 y
1880, 5.3 millones de británicos abandonaron las islas, principalmente a
EE.UU., Australia y Canadá.
A mediados del siglo XIX, pero sobre todo a partir de
1880, italianos y españoles se sumaron al flujo migratorio. De 1880 a
1914, más de 3 millones de españoles partieron a tierras americanas, fenómeno
que, en el caso de España, se verá potenciada por la derrota republicana
en la guerra civil y por la pobreza del país en las décadas siguientes.
Hoy, unos 2 millones de españoles residen en el extranjero, de ellos 1.3
millones en Latinoamérica.
Otras migraciones se produjeron a golpe de capitalismo,
como la colonización rusa de Siberia y la polaca de la cuenca del Ruhr a
finales del siglo XIX, o la emigración interna del campo a la ciudad, que
continúa creciendo sin cesar. No obstante, ninguna tan trágica como la
migración forzada de africanos por la trata de esclavos, que sigue siendo
la página más negra de la rapiña europea. Regiones enteras de África
fueron despobladas y otras desarticuladas para siempre.
Se calcula que unos 12 millones de negros fueron
esclavizados, cifra impresionante considerando que Holanda tenía 5
millones de habitantes en 1900 y Suecia 7 millones en 1950. Aunque abolida
en el siglo XIX, la colonización de África restableció de facto la
esclavitud, sumiendo al continente en un infierno que perdura y del que
huyen, en riadas crecientes, millones de desamparados.
Hasta 1960, aproximadamente, la emigración proporcionó
enormes beneficios a los países europeos. Desde el dominio absoluto que
ejercían sobre colonias y protectorados, éstos debían aceptar la
emigración blanca que los despojaba de tierras y recursos, en tanto los
nativos estaban impedidos de emigrar a las metrópolis. Hispanoamérica
lleva 500 años recibiendo migración española, mientras los indios han
tenido que esperar 500 años para emigrar a España. Una excepción hubo
al impedimento de emigrar: cuando los indígenas eran necesitados como
carne de cañón.
Las guerras mundiales obligaron a franceses y británicos
al reclutamiento masivo de africanos y asiáticos, que pudieron, a costa
de su sangre, conocer Europa. En la I Guerra Mundial, Inglaterra movilizó
a 943 mil hindúes. Francia, a 928 mil vasallos. La II Guerra Mundial
terminó de liquidar los imperios coloniales, obligando a la repatriación
de millones de europeos. La descolonización cerró un ciclo y abrió
otro, inesperado, el de la emigración de los ex siervos a las ex metrópolis.
En América, el crack de 1929 hizo que EE.UU., pusiera
fin a la época dorada de la inmigración. Si de 1899 a 1914 había
recibido 15 millones de emigrantes, entre 1930 y 1945 sólo permitió el
ingreso de 650 mil. El grifo se reabrirá con la nueva edad de oro
derivada de los ingentes beneficios que le dejó la II Gran Guerra.
Latinoamérica siguió recibiendo emigrantes, sobre todo de España e
Italia. En Europa, el crecimiento de los años 60 y 70 requirió abundante
mano de obra de Europa del Sur y el Mediterráneo. En 1974, según la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), había
574 mil españoles y 1 millón 37 mil italianos en los países más ricos
de Europa.
En el Tercer Mundo, el neoliberalismo impulsado por el dúo
Reagan-Thatcher en los años 80 tendrá un efecto devastador, acrecentado
por la corrupción y el despilfarro y por una deuda externa colosal que ha
empeñado su futuro. La destrucción de la Unión Soviética y del bloque
socialista asestó otro golpe demoledor, pues los países pobres perdieron
mercados seguros y una ventajosa asistencia económica y técnica.
Con el fin de la Guerra Fría los países ricos redujeron
drásticamente la ayuda al desarrollo, impusieron el derribo del aparato
estatal y obligaron a privatizar empresas y recursos naturales en provecho
de sus multinacionales. El efecto ha sido un aumento atroz de la
desigualdad en el mundo y la concentración de la riqueza en un número
cada vez más reducido de personas y empresas.
El hundimiento de los países pobres cambió la dirección
de los flujos humanos. Latinoamérica, por siglos receptora de emigración,
fue convertida súbitamente en región emigrante. Desde los años 80,
decenas de millones de latinoamericanos han sido forzados a emigrar. Las
cifras muestran la magnitud del fenómeno. El 23% de los mexicanos, el 15%
de salvadoreños y el 11% de dominicanos vive en EE.UU. En 2000 había 35
millones de "hispanos" por 21.9 millones de 1990. Hoy suman 39
millones, creciendo 1.3 millones por año sólo en aporte migratorio, sin
contar su tasa de natalidad, la más alta de EE.UU.
La emigración ha cambiado las relaciones entre Latinoamérica
y EE.UU., más allá de lo que permiten ver las relaciones formales. Las
remesas de los emigrantes constituyen el pilar que sustenta unas economías
en ruina que tienen en ellas su tabla de salvación. Las remesas
representan el 43% de las divisas de El Salvador, el 35% de las de
Nicaragua y el 21% en Ecuador (a lo que deben sumarse las remitidas por
los emigrados a otros países y a Europa).
México recibe más de 6 mil millones de dólares de
dinero fresco y el país no estalla gracias a la emigración. Cuando en
2001 Bush amenazó con una expulsión masiva de inmigrantes ilegales, México
crujió y los presidentes centroamericanos volaron raudos a EE.UU., a
pedir un indulto. Si la expulsión se daba, sus economías se desplomarían
como naipes y los países reventarían, pues carecían de capacidad para
acoger a los expulsados.
EE.UU. ha quedado preso en su propia trampa. Con Latinoamérica
arruinada tras un siglo de expolio, debe optar entre tragar sin respiro el
alud migratorio del sur o, si cierra sus puertas, ver a la región sumirse
en el caos, lo que suscitaría una multiplicación exponencial de las
riadas migratorias. Si eso ocurriera, enfrentaría dos infiernos, no uno.
Como no se vislumbra un cambio de política, en 2050 EE.UU. tendrá 100
millones de hispanos y será el mayor país hispanohablante del mundo tras
México. La integración continental no se daría por el ALCA sino vía
migración, con un EE.UU., latinoamericanizado, algo que aterra a no pocos
blancos. California, con un 52% de hispanos, ha sido retomada. Y siguen
llegando.
Europa se encuentra inmersa en un camino similar y debería
verse en el espejo de EE.UU., para conocer su futuro inmediato. Esta
sitiada fortaleza colinda con África, Europa del Este y Asia, regiones
pobres cuando no paupérrimas, con elevadas tasas de natalidad,
particularmente África y el Magreb. De los 50 países más pobres del
mundo, 35 están en África, continente que tendrá, en 2050, 1.700
millones de habitantes, de ellos 120 millones magrebíes. En África se
juntan las desdichas del mundo: superpoblación, enfermedades, hambre,
corrupción, guerras y desertización. La marea africana apenas está
comenzando.
Ninguna medida represiva podrá detener ese aluvión como
demuestra el caso de EE.UU., y la propia experiencia europea. EE.UU.,
construyó un muro de 150 kilómetros de largo en su frontera con México,
ha extendido alambradas y sofisticados sistemas de detección en otros
centenares de kilómetros, quintuplicado el gasto y el número de policías
y lo único que ha logrado ha sido aumentar el número de inmigrantes
muertos (unos 3 mil por año) y favorecer a las mafias. El creciente número
de ilegales fallecidos en el "corredor de la muerte", en
Arizona, llevó al gobierno mexicano en 2001 a distribuir 200 mil mochilas
de supervivencia entre quienes se adentraban por aquella mortal zona desértica.
La única alternativa visible para aminorar el fenómeno,
hasta hacerlo controlable, es modificar los términos de intercambio y
crear condiciones que hagan viable los países. Será inevitable condonar
la deuda externa que ahoga las economías y convertirla en ayuda al
desarrollo, creando mecanismos internacionales que impidan su malversación
por las oligarquías y gobiernos corruptos.
El proteccionismo agrícola y comercial deberá dar paso
a un sistema que favorezca las exportaciones de los países pobres (el
aumento de un 1% de las exportaciones incrementaría un 20% la renta del
África subsahariana), aumentando también las inversiones para expandir
el mercado laboral y arraigar a la población. Las multinacionales deberían
ser sometidas a sistemas de control contra la explotación laboral, el
traslado de beneficios y la especulación, para evitar la descapitalización
humana y monetaria.
No menos importante, impedirles fomentar guerras pues,
como afirma el Banco Mundial, muchas de ellas son provocadas para
controlar yacimientos minerales, como ocurre en África. Cambios, en fin,
que desactiven la causa fundamental de la emigración que ha sido, desde
siempre, una huida de la miseria para buscar una vida decorosa y digna.
Parecerá utópico o quimérico, pero no hay otras
soluciones a mano. El capitalismo global ha devastado por siglos
continentes enteros. Mientras los expoliados no pudieron emigrar, las
potencias coloniales vivieron su sueño. Hoy es imposible sostenerlo. Como
EE.UU., deberán escoger entre propugnar un sistema internacional menos
desigual e injusto, adoptando las medidas que haga falta, o ver su
fortaleza asaltada por mareas incesantes de los condenados de la tierra.
Su avanzadilla ya está aquí, señalando el camino desde dentro.
(*) Profesor de Derecho Internacional Público y
Relaciones Internacionales de la UAM
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