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El
alza silenciosa del gas y su nueva geopolítica
Por
Alfredo Jalife-Rahme (*)
Red Voltaire, 17/11/04
El
gas es un combustible de suma importancia para los países
industrializados y aquellos en desarrollo, utilizado en la industria a
gran escala pero también es el principal elemento empleado para usos domésticos
en las sociedades modernas. Grandes conglomerados controlan su extracción
y comercialización. En Bolivia su privatización generó una protesta
civil reprimida con violencia por el poder local aliado al lobby
internacional energético.
Jean
Pierre Chevenement, ex ministro socialista francés de altos vuelos (de
Exteriores con Mitterrand y más tarde del Interior ), describió en forma
contundente que la invasión ilegal a Irak ordenada por Bush se debió a
la cuantiosa pérdida de 13 billones de dólares de la Bolsa de Valores de
Nueva York dos meses después de su llegada al poder.
En
ese entonces, la suma equivalía a 130 por ciento del producto interno
bruto de Estados Unidos y casi la mitad del global, hecho que lo orilló a
capturar el petróleo de la antigua Mesopotamia para intentar resarcir su
descalabro bursátil por la vía militar (TV5, 6 de octubre) -lo cual
coincide notablemente con la triple tesis geofinanciera, geoecónomica y
geopolítica de nuestro libro: Los 11 frentes antes y después del 11
de septiembre: una guerra multidimensional.
Chevènement
señaló que Estados Unidos consideraba un enemigo a China, que se pudiera
unir con Japón (lo cual vemos muy difícil en la fase aciaga del racista
neoliberal Koizumi, a quien ya es tiempo de que la sociedad pacifista
global comience a boicotear sus productos de exportación teñidos de
sangre bélica), y a la dupla franco-alemana, curiosamente los cuatro muy
dependientes del binomio petróleo-gas.
Brad
Foss, de la agencia AP (8 de octubre), comenta con pulcritud que el récord
de 53.31 dólares que acaba de alcanzar el precio del barril de petróleo
en la variedad WIT en el mercado de futuros NYMEX «representa una alza de
79 por ciento en comparación con el año pasado, pero que es todavía 27
dólares menor al precio ajustado a la inflación que alcanzó en 1981, lo
que ha llevado a varios economistas a concluir que Estados Unidos, que se
ha vuelto hoy más eficiente en el consumo energético, tendría la
habilidad de absorber el incremento sin tener que pagar un alto costo
financiero».
En
un aburrido análisis de «oferta y demanda», muy simplón, de James
Cordier, jefe de los corredores de Liberty Trading Group Inc., con sede en
Tampa, Florida, sentenció que los precios seguirán al alza hasta llegar
al punto de provocar una desaceleración de la economía global, lo que a
su vez ocasionaría una corrección de su precio.
Como
los petrofóbicos de la tríada neoliberal mexicana Salinas-Zedillo-Fox,
Cordier desprecia la dimensión geoestratégica del oro negro, al no tomar
en cuenta lo que hemos denominado la «guerra energética», que ha
desplegado en forma subrepticia el eje anglosajón contra sus competidores
geoeconómicos y geofinancieros asiáticos (China, India y Japón) y
europeos (Francia y Alemania), tan dependientes de los hidrocarburos.
El
servicio de Manejo de Minerales (MMS, por sus siglas en inglés) le echa
la culpa al huracán Iván de haber desquiciado la producción en el Golfo
de México, tanto del petróleo, con una pérdida de 17 millones de
barriles, como del gas natural, que disminuyó 74 mil pies cúbicos «desde
el 11 de septiembre» (¡otro 11/9!), cuando «los operadores se vieron
obligados a abandonar sus plataformas marítimas».
Por
lo visto, el «efecto Iván» fue tan calamitoso como cualquier atentado
terrorista contra las instalaciones petroleras y/o gaseras de la geografía
islámica. En vísperas del invierno gélido, la entrega del gas natural
para noviembre se elevó 40 por ciento.
En
solamente dos meses, el precio del gas natural se ha incrementado más de
70 por ciento (20 por ciento la semana anterior), empujado por los
especuladores del eje anglosajón que no pudo controlar el vellocino de
oro negro iraquí (oficialmente, la segunda reserva mundial;
oficiosamente, poseería el doble que Arabia Saudita) debido a la
resistencia de su asombrosa guerrilla nacionalista.
En
forma silenciosa el precio del gas se ha destapado literalmente. Neela
Banerjee («¿Próxima crisis del gas natural?»), International Herald
Tribune, 20 de agosto de 2004) afirma que Estados Unidos aún no es tan
dependiente del gas natural como lo es del petróleo (57 por ciento de sus
importaciones). El 16 por ciento de las importaciones de gas natural de
Estados Unidos proviene primordialmente de Canadá, pero en los próximos
10 años, según el Departamento de Energía, «consumirá 37 por ciento más
de gas», alrededor de 31.2 billones de pies cúbicos.
La
creciente demanda proviene de las plantas eléctricas estadounidenses,
pero pronto la producción canadiense apenas alcanzará para su propio
consumo, lo que significa que Estados Unidos se convertirá en un «importante
importador de gas de regiones como el norte de África, Medio Oriente, la
ex URSS y el Caribe, transportado en forma licuada en gigantes buques
tanque». El toque financiero especulativo del gas licuado se lo dio
recientemente Alan Greenspan, quien adelantó su incremento mayúsculo
para los «próximos cinco años».
Bush
podrá haber perdido su batalla para controlar el petróleo de Irak, pero
en forma silenciosa ha obtenido varias victorias en el frente gasero,
desde Libia, pasando por Indonesia, hasta Rusia, ya no se diga en África.
En el súbito levantamiento de las sanciones a Libia tuvieron mucho que
ver sus cuantiosas reservas de gas (que superan las de su petróleo).
Indonesia,
el país islámico más poblado del planeta, es también el primer
exportador global de gas licuado. Gracias a la nueva variedad de «terrorismo
electoral» que se escenificó en fechas recientes en Yakarta, frente a la
embajada australiana, en vísperas de importantes comicios en los países
afectados por el atentado selectivo y electivo de los sabios geopolíticos
de Al Qaeda, ganaron los escrutinios días después los aliados
respectivos del presidente Bush.
En
Indonesia, el general retirado Susilo Bambang Yudhoyono descolgó una
holgada victoria, y en Australia el belicista John Howard arrancó un
cuarto mandato consecutivo. Ambos resultados en Indonesia y Australia
benefician la «guerra contra el terrorismo global» y la permanente «guerra
preventiva» del bushismo unilateral.
Banerjee
refiere que «en forma gradual las necesidades de gas han comenzado a diseñar
la política exterior de Estados Unidos», por lo que Bush «ha presionado
a Rusia para construir una planta de gas licuado en Murmansk, en asociación
con una compañía estadounidense».
El
programa de Energía y Desarrollo Sustentable (PESD, por sus siglas en
inglés) de la Universidad de Stanford estableció un «proyecto conjunto»
de investigación con el Instituto de Política Pública James Baker III
de la texana Universidad Rice sobre la «geopolítica del gas natural».
A
finales de mayo pasado, en el contexto de la Conferencia Capstone,
abordaron la «geopolítica del gas» con una temática variada que incluía
la «gasificación del Cono Sur» y la cartelización del gas al estilo de
la OPEP. En su «resumen ejecutivo» resalta una frase exquisita: «la
entrega de gas desde las principales zonas de reservas como Rusia e Irán
hacia los centros de la futura demanda requerirá una expansión mayor de
las infraestructuras de transporte (sic) de gas intra-regional y
transfronterizo (...) Nuestro objetivo es iluminar (sic) los desafíos políticos
susceptibles de acompañar un desplazamiento (shift) hacia un mundo gascéntrico.
Nuestra nueva investigación (sic) sobre el gas se centra en la gasificación
(sic) de los dos países más poblados del mundo, China e India».
Siempre
ha sido la tesis de mi columna Bajo la Lupa que detrás de la invasión a
Irak se encontraba, entre sus factores multidimensionales, el «desplazamiento
del petróleo al gas».
De
acuerdo con las dos universidades, en 2001 los integrantes de la ex URSS
contaban con las primeras reservas mundiales, con 56.14 billones de metros
cúbicos, y el Medio Oriente con 55.91. Otras fuentes más actualizadas
colocan a Rusia en forma específica con el primer lugar de reservas, con
36 por ciento, y en segundo lugar a Irán, con 16 por ciento; por cierto,
el tercer lugar, Doha (Qatar), ya lo tiene ocupado Estados Unidos en forma
previsora, como su centro regional de operaciones militares. Además, las
dos universidades fueron tomadas desprevenidas por la reciente restatización
(o si se quiere, «desprivatización») del gas y el petróleo en Rusia.
Todas
la mejores intenciones de seudosustentabilidad ambientalista que enarbola
la insigne Universidad Stanford son mancilladas con la presencia del
texano bushiano James Baker III, uno de los jerarcas del Grupo Carlyle:
poderoso conglomerado energético y de venta de armas que opera en la
penumbra del poder del complejo militar-financiero-tecnomilitar de Estados
Unidos.
En
México, el representante del Grupo Carlyle es el cordobista-salinista-zedillista-
Luis Téllez Kuenzler, quien en su calidad de secretario de Energía del
zedillismo fue a engañar en forma canalla al ignaro Congreso de que el
petróleo se desplomaría a 6 dólares el barril (¡vaya que «se equivocó»!).
La
geopolítica que descubrieron las dos universidades estadounidenses, una
californiana y la otra texana, en su «proyecto conjunto», epitomiza una
vulgar globalización financiera del gas: «una conclusión mayor es que
un cambio tiene lugar en la actualidad en el anterior mundo del gas, de
mercados aislados, a un mundo global de un mercado interdependiente e
internacional. Una serie de desarrollos -demanda creciente, avances tecnológicos,
reducción de costos en la producción y en la entrega a los mercados del
gas licuado, así como la liberalización (sic) del mercado- está
estimulando la integración de los mercados de gas natural. Tales
interconexiones (sic) del mercado tendrán amplias ramificaciones (sic)
tanto para los principales consumidores como para los productores de gas».
La
geopolítica del gas, menos contaminante y más barato (y, por lo visto, más
silencioso), difiere a todas luces de la del petróleo. La guerra de Bush
contra Afganistán en 2001 se libró con la tácita anuencia de Rusia bajo
el establecimiento de un «codominio energético» basado en el gas,
mientras la invasión ilegal de la dupla anglosajona a Irak en la
primavera de 2003 exhibió la fractura de Estados Unidos con Rusia en el
ámbito petrolero. Ahora, el empantanamiento de Estados Unidos en Irak y
Afganistán parece haber desenterrado el «codominio energético» entre
Rusia y Estados Unidos en el mundo gasero, respectivamente primer
productor y primer consumidor a escala global.
(*)
Especialista mexicano en asuntos internacionales. Es autor de varios
libros sobre los síntomas indeseables de la mundialización.
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