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La deuda externa: ¿quién debe a quién?
Por Ernesto Gutiérrez Betancor
Canariasemanal.com
Reproducido por Globalización, noviembre 2004
En los últimos años, las condiciones de vida de la mayoría de la
población de África, América Latina y Asia han empeorado drásticamente
en relación con la situación en que se encontraban hace tan solo unas décadas.
En el África subsahariana, por ejemplo, el consumo medio por habitante es
menor que en 1970. Los ingresos de la mayoría de los latinoamericanos son
también inferiores, en un 20%, a los que recibían en 1980. Cada vez son
más las personas que mueren a causa del hambre o de enfermedades fácilmente
curables y crece vertiginosamente el número de las que carecen de tierra
e incluso de hogar.
Esta desesperada situación de miseria a menudo se nos presenta como el
producto de una congénita tendencia a la corrupción, la incompetencia y
la ineficacia que, al parecer, caracteriza a no pocos pueblos y etnias.
Vendría a ser el resultado de una suerte de maldición bíblica que
impide a los hombres y mujeres de "el Sur" construir sociedades
civilizadas y democráticas. No obstante, y a pesar de estas dificultades
extrañamente innatas, los gobernantes y las instituciones financieras de
los países más ricos del mundo siempre parecen dispuestos a ayudarles
política, cultural y económicamente.
Al menos, esa es la versión que nos ofrecen los poderosos medios de
comunicación del hemisferio Norte. Sin embargo, los fríos datos estadísticos
se empeñan en mostrar una realidad bien diferente. Lo cierto es que,
gracias al pago de la deuda externa, millones de dólares fluyen,
continuamente, desde los países más necesitados hasta las colmadas arcas
de los Estados Unidos y de las naciones europeas. En 1999, los 41 países
pobres más endeudados (PPME) transfirieron al Norte 1.680 millones de dólares
más de los que recibieron. En el mismo año, los países del llamado
"Tercer Mundo", en su conjunto, realizaron una transferencia
neta de recursos de 114.600 millones de dólares.
A pesar de estos astronómicos pagos, los intereses de la deuda han
seguido aumentándola sin cesar, hasta convertirla en una carga insufrible
para los habitantes de estos países. En 1982 ascendía a 780 mil millones
de dólares. Actualmente se estima que el Tercer Mundo "debe",
en su conjunto, algo más de 2 billones de dólares.
¿Es posible paliar la pobreza con unas economías hipotecadas que deben
destinar la mayor parte de sus ingresos a satisfacer los intereses de la
deuda? Y si no es así, ¿por qué los acreedores, supuestamente
interesados en acabar con esta miseria, se niegan a condonarla a pesar de
que su monto inicial ya ha sido abonado con creces? El África
subsahariana, por ejemplo, entre 1980 y 1996 pagó dos veces el valor de
su deuda externa, sin embargo, hoy se encuentra tres veces más endeudada
que hace 16 años.
Breve historia de la deuda
Hagamos un poco de historia para poder entender en qué condiciones se
generó la deuda, quienes contrataron los préstamos y quiénes fueron sus
beneficiarios.
En realidad, si quisiéramos indagar sobre el origen de la deuda externa
de los países subdesarrollados deberíamos remontarnos hasta la época en
que éstos fueron sometidos a la condición de colonias de las grandes
potencias europeas. Durante toda esa etapa sus conquistadores les
impusieron una economía basada en la exportación de materias primas cuyo
beneficio iba a parar a manos de los colonos. Al mismo tiempo, las metrópolis
convirtieron los territorios ocupados en mercados libres de competencia
para vender sus productos. La lógica del sistema capitalista impuso una
fatal división mundial de la producción: mientras a unos se les
condenaba a ser eternos suministradores de materias primas baratas, otros
se dedicarían a elaborar costosas mercancías manufacturadas. El
"desarrollo" que los colonialistas llevaron a estas regiones,
excusa que aún hoy se utiliza para enmascarar la naturaleza brutal de las
"gestas" europeas, se redujo, en la mayoría de los casos, a la
construcción de las infraestructuras necesarias para garantizar el
comercio ultramarino y el bienestar de los colonos.
Después de la II Guerra Mundial, y en buena medida como consecuencia de
ésta, tanto el imperialismo inglés como el francés perdieron gran parte
de su antigua fortaleza. En África y Asia se desencadenaron fuertes
movimientos de liberación que acabaron con la época colonial. No
obstante, el legado de subdesarrollo que las grandes potencias dejaron en
sus antiguos dominios sentaría las bases para que, en la práctica, las
nuevas naciones no alcanzaran una auténtica independencia. Los viejos
imperios establecieron las formas contemporáneas de dominio que los EEUU
ya habían ensayado en América Latina* (1). Se trataba de conservar la
fachada de soberanía de los países que habían accedido formalmente a su
independencia al mismo tiempo que se continuaba ejerciendo sobre ellos el
control político y económico.
Las economías de los países recién liberados siguieron dependiendo de
las exportaciones agrícolas y mineras para hacer frente a las
importaciones de productos manufacturados. Por otro lado, muchas de las ex
colonias continuaron recurriendo a las empresas de sus antiguas metrópolis
para abastecerse de todo tipo de productos elaborados. De modo que, para
superar el déficit que generaba este "intercambio desigual",
los países pobres se vieron obligados a aceptar préstamos extranjeros.
En teoría el aporte de capital debía servir para dar un impulso inicial
a sus economías que posibilitase un desarrollo autónomo. Como el
desarrollo se identificaba con el modelo occidental, se planearon grandes
proyectos de urbanización e industrialización que pretendían imitar
este arquetipo de civilización. Pero, con alguna excepción, las obras
que llegaron a realizarse resultaron excesivamente costosas e
improductivas. En consecuencia, las economías de la mayor parte de estos
países nunca experimentaron el anhelado despegue.
En realidad, sucedió todo lo contrario. Para hacer frente a los préstamos
(y a las obras de infraestructura, ejecutadas también por empresas de los
países industrializados), terminarían incrementando, aún más, sus
exportaciones agrícolas y mineras. En definitiva, los créditos sirvieron
para reforzar la antigua división colonial del trabajo. Los países
pobres continuaron suministrando materias primas y productos agropecuarios
a las naciones industrializadas y comprándoles, a su vez, bienes de
equipo y capital y productos elaborados a unos precios mucho más
elevados. De esta forma se perpetuó el "intercambio desigual",
y por lo tanto, el continuo déficit comercial que les obligaba a pedir un
préstamo tras otro.
Pero el endeudamiento de una buena parte del llamado "Tercer
Mundo" se multiplicó entre la segunda mitad de los años sesenta y
el final de los setenta del pasado siglo XX; lo que no estuvo determinado,
exclusivamente, por las injustas relaciones heredadas de la época
colonial. Precisamente por esas fechas, los banqueros del norte buscaban
donde invertir las enormes ganancias que habían venido acumulando durante
la etapa de recuperación económica posterior a la Segunda Guerra
Mundial* (2) Cuando la tasa de beneficio en las empresas de los países
desarrollados comenzó a descender, la búsqueda de rentabilidad orientó
sus inversiones hacia la especulación y hacia la "ayuda al
desarrollo" de los países pobres. Enviados de la banca privada, el
Banco Mundial y ministros de los países del Norte utilizaron todas sus
herramientas de persuasión para que los gobernantes de las naciones
subdesarrolladas accedieran a pedir préstamos. Les ofrecían bajas -
aunque también "variables"- tasas de interés, acompañadas de
importantes comisiones por cada trato firmado. Un parte importante de
estas "ayudas" consistía en "créditos a la exportación",
que implicaban el compromiso de seguir comprando los productos elaborados
por las empresas de los países donantes. De esta manera, las potencias
del Norte favorecieron el endeudamiento de sus antiguas colonias al tiempo
que conquistaban nuevos mercados para reactivar sus economías.
Al inundar sus mercados con los productos de las potencias extranjeras,
los dirigentes locales sacrificaron cualquier posibilidad de que los préstamos
sirvieran para desarrollar una industria propia. Aunque si sirvieron para
que ellos y otras minorías corruptas -grandes exportadores nacionales o
extranjeros- pudieran enriquecerse hasta el punto de permitirse gastos tan
suntuarios como los del excéntrico presidente de Costa de Marfil, Félix
Houphouët-Boigny* (3). La compra de propiedades en Europa, el consumo de
todo tipo de artículos de lujo o las inversiones de carácter militar,
fueron algunos de los destinos de los fondos que, teóricamente, debían
potenciar el progreso de los países del Tercer Mundo.
Por otro lado, durante la Guerra Fría, los gobiernos occidentales
prestaron dinero a dictaduras y a regímenes corruptos cuya existencia
resultaba beneficiosa para sus propios intereses económicos y políticos.
Dictadores tan sanguinarios como Mobutu en el Congo, Somoza en Nicaragua,
Ferdinand Marcos, en Filipinas o Pinochet, en Chile, recibieron un
respaldo financiero incondicional. Este apoyo les permitió, entre otras
cosas, modernizar los ejércitos que luego utilizarían para reprimir a su
población. En la mayoría de estos países, una legión de gobernantes
irresponsables endeudaron sus economías mucho más allá de sus
posibilidades reales de reembolso.
Mientras, el FMI, una institución que según las declaraciones de sus
propios portavoces "debía velar para que los Estados realizaran una
política financiera sana que les permitiera un desarrollo sostenido y
socialmente equitativo…" se abstuvo de "alertar" a los
gobiernos que se estaban endeudando excesivamente. Prefirió velar - también
en esta ocasión - por los intereses de las grandes potencias y los bancos
que necesitaban "colocar" su excedente de capital.
Un ambiente internacional tan permisivo potenció que la fuga de
capitales se convirtiera en una práctica habitual. Mubutu Sesé Seko, por
ejemplo, sacó del Congo entre 4 y 6 millardos de dólares, mientras,
Marcos se dedicó a "limpiar" Filipinas colocando 3 millardos de
dólares en los mercados inmobiliarios de Nueva York y en diferentes
bancos suizos. En América Latina, dominada por políticos venales, sucedía
algo similar. Según estimaciones del Banco de la Reserva Federal de
EE.UU., entre 1974 y 1982 se transfirieron al exterior 84 millardos de dólares
desde México, Chile, Venezuela, la Argentina y el Brasil. La riqueza
evadida de esta manera por ciudadanos de los 15 deudores principales del
Tercer Mundo ascendía en 1987 a 300 millardos de dólares, más de la
mitad de su deuda externa. De esta forma, el capital puesto en circulación
regresaba, multiplicado, a su lugar de origen; al mismo tiempo que se
hipotecaba el presente y el futuro de millones de personas del Tercer
Mundo, incluso antes de su nacimiento.
Esta expoliación a gran escala pudo continuar de manera regular durante
la etapa de crecimiento económico posterior a la II Guerra Mundial y
mientras el valor de las materias exportadas por los países del Sur se
mantuvo relativamente estable. Pero ya a finales de de la década de los
sesenta esta fase de expansión comenzó a dar muestras de agotamiento. El
comienzo de los años setenta trajo consigo una recesión generalizada,
agravada por los aumentos en el precio del petróleo que los miembros de
la OPEP acordaron entre los años 1973 y 1979* (4).
Las consecuencias para los países altamente endeudados fueron
especialmente graves. No solamente se incrementó el precio del petróleo
sino también el de la mayoría de los productos que debían importar para
mantener el funcionamiento de sus economías. Simultáneamente, la reducción
drástica de la producción en los países industrializados produjo un
hundimiento de los precios de las materias primas, que constituían su
principal fuente de ingresos.
Las políticas proteccionistas de los países desarrollados, que
impidieron el acceso a sus mercados a los productos de los países
subdesarrollados, con la intención de superar los déficits de sus
balanzas comerciales, contribuyeron también a agravar la situación.
Este continuo deterioro de los términos del intercambio obligó a los países
endeudados a solicitar nuevos préstamos para poder hacer frente a las
importaciones más básicas. Finalmente, tras la segunda alza del petróleo,
la Reserva Federal de los Estados Unidos decidió elevar los intereses de
los créditos hasta unos límites históricos. Otros países desarrollados
adoptaron medidas parecidas. La gravedad de esta disposición estribó en
el hecho de que no sólo se encarecieron los nuevos créditos. También
aumentaron los intereses acumulados durante años sobre los antiguos préstamos,
la mayoría de los cuales habían sido contraídos con tipos de interés
variable. El incremento exponencial de la deuda, unido a la recesión económica,
desencadenó la "crisis". Los deudores se convirtieron en
morosos y los intereses adeudados se acumularon al capital. A partir de
ese momento, se inició un ciclo, aún inacabado, que obliga a estos países
a pedir nuevos créditos que se utilizan, fundamentalmente, para intentar
pagar los intereses acumulados por los anteriores.
¿Qué encubre la propuesta de "ajuste estructural" del FMI?
El nuevo contexto económico mundial, la magnitud de la deuda y el
retraso de los pagos hicieron evidente que los países subdesarrollados no
podrían asumir sus compromisos en las condiciones pactadas. Entonces, las
instituciones financieras internacionales - Banco Mundial y Fondo
Monetario Internacional - propusieron como solución las llamadas
"políticas de ajuste estructural". El programa de ajuste debía
servir, según sus propios creadores, para garantizar los pagos de la
deuda más allá del corto plazo. Pero al mismo tiempo, era la solución
que el BM y el FMI aportaban "para paliar la pobreza y reforzar la
democracia" en estos países. Aunque, teóricamente, el proyecto era
tan solo una propuesta, su aplicación se convirtió en un requisito
indispensable para poder renegociar la deuda y seguir teniendo acceso a
nuevos préstamos. Los posibles donantes, como los bancos privados o los
miembros del Club de París* (5), acordaron que su "ayuda" solo
alcanzaría a aquellos países que contaran con el visto bueno de las
instituciones financieras internacionales. Obviamente, los países
endeudados, que dependían enormemente de estos recursos, no tuvieron más
remedio que capitular uno tras otro ante la presión de sus acreedores.
Uno de los propósitos de los programas de ajuste estructural es el de
"convencer" a los países deudores de que destinen una mayor
cantidad de recursos a aumentar el volumen de sus exportaciones de
materias primas. Más tarde, los dólares obtenidos se deben utilizar para
satisfacer los intereses de la deuda. Entre las condiciones que suelen
imponer el FMI y el BM para lograr sus objetivos se encuentran las
siguientes:
a) La disminución del consumo de toda clase de bienes y servicios. A
esto, el FMI lo llama "gestión de la demanda".
b) La reducción o la desaparición de los servicios sociales, como los
de salud, educación y seguridad social.
c) La privatización de las empresas públicas. Con la venta del
patrimonio colectivo - normalmente a empresas multinacionales - se
obtienen más divisas para garantizar los pagos.
d) La devaluación de las monedas locales frente a las extranjeras para
potenciar las exportaciones.
f) La reducción drástica de los subsidios y ayudas destinados a
proteger las economías locales de la competencia extranjera.
g) La apertura total del mercado nacional a la producción y las
inversiones de las empresas multinacionales.
Éstas son, solamente, algunas de las medidas que se aplican a todos los
países que solicitan la asistencia del FMI, independientemente de las
circunstancias especiales de cada uno de ellos. No es demasiado difícil
deducir cuáles son sus consecuencias más inmediatas:
- Las políticas de "gestión de la demanda", al imponerse en
las regiones más pobres del Planeta, impiden a millones de personas el
acceso a los bienes imprescindibles para sobrevivir dignamente.
- El aumento del volumen de exportaciones, por sí solo, produce una
disminución en el precio de las materias exportadas. Como consecuencia,
los países del Tercer Mundo son obligados a exportar más y más
productos, cada vez más baratos. Esto agota hasta la extenuación sus
recursos naturales, reduce la productividad y provoca la degradación de
su medio ambiente.
- Suprimir las ayudas a la producción propia, al mismo tiempo que se
abren los mercados a la producción foránea, más tecnificada - y a
menudo subvencionada directa o indirectamente por los países
industrializados - solamente puede conducir a la destrucción de las
economías locales. Éstas sucumben, necesariamente, ante la competencia
de las grandes corporaciones multinacionales. Y si al mismo tiempo que
aumenta la dependencia de las importaciones se devalúa la moneda nacional
se consigue empeorar aún más las condiciones del intercambio (ya que las
importaciones se encarecen).
La apertura indiscriminada de los mercados, prepara el terreno para que
estas empresas y los bancos extranjeros puedan reconquistar los viejos
dominios coloniales implantando su particular dictadura. Sus
multimillonarios beneficios, evidentemente, son enviados a los países del
Norte. Fundamentalmente a los EE.UU. y a la UE.
Allí donde el BM y el FMI han conseguido usurpar la soberanía de sus
deudores los resultados han sido similares. Una disminución de las
ganancias procedentes de la exportación con el consiguiente aumento del déficit
comercial y la necesidad de pedir un préstamo tras otro.
A la luz del panorama actual, resulta evidente que esta reestructuración
económica no ha conseguido "paliar la pobreza ni reforzar la
democracia en el Tercer Mundo".Por el contrario, las desigualdades,
el hambre y la mortandad no han dejado de aumentar, al mismo ritmo que la
deuda y la aplicación de las políticas represivas imprescindibles para
sostener los criminales "ajustes".
Aún así, la eficacia de las medidas de las Instituciones Financieras
Internacionales no puede negarse. Los pagos se han venido produciendo con
regularidad gracias a la venta del patrimonio colectivo de los pueblos
endeudados. Además, en los países que han pasado a estar bajo su
control, el FMI ha logrado eternizar la deuda. Es decir, la excusa legal
para continuar, indefinidamente, el saqueo de sus riquezas. En definitiva,
es cierto que los programas de ajuste estructural potencian el desarrollo.
El de los acreedores y el de las corporaciones multinacionales.
La generosidad de los acreedores
A partir de 1994, el Club de París comenzó a negociar posibles
reducciones de la deuda con países africanos avalados por el FMI. Haciéndolo,
eso sí, con cada uno de ellos por separado, ya que a los deudores no se
les permite asociarse. El Club de los prestamistas manifestó su intención
de reducir el monto de la deuda de algunas de las naciones más
necesitadas hasta en un 67%. Pero en realidad, las condiciones para
acceder a estos beneficios eran tan duras que la mayoría de los países
tuvieron que renunciar a ser "ayudados". La reducción total que
se concretó en 1995 para todas las naciones del África subsahariana
representó menos del 1% de su deuda.
También el FMI, desde 1999, decidió ofrecer nuevas
"facilidades" a los países pobres más endeudados. Para ello,
elaboró una lista con 41 candidatos de los que todos, a excepción de
Uganda y Bolivia, continúan esperando. El trato amistoso hacia estos dos
países no ha evitado, sin embargo, que sus respectivas deudas continúen
creciendo.
En realidad, la estrategia de los acreedores no ha variado
sustancialmente desde la crisis de los ochenta. Ésta consiste en
disminuir un poco el peso de la deuda allí donde la situación se torna
insostenible para asegurar la pervivencia del sistema. Cuando el Club de
París, el Banco Mundial y el FMI publicitan - y lo hacen continuamente -
la reducción parcial de la deuda, tergiversan cínicamente la verdadera
naturaleza de sus ofertas. Porque, lo que reducen son los pagos derivados
de algunos intereses y en ningún caso el monto total de la misma.
La deuda impagable y las responsabilidades históricas
Una de las primeras conclusiones que se extraen tras analizar la magnitud
de la deuda, su ritmo de crecimiento y las posibilidades reales de los países
endeudados es que ésta es sencillamente impagable. Por supuesto, los
acreedores no desconocen esta realidad. Es más, son los primeros
interesados en perpetuar la situación actual y para hacerlo cuentan con
instituciones tan prestigiosas como el FMI y el BM. De hecho, la deuda se
ha convertido en un instrumento perfecto para imponer una relación
neocolonial de explotación al 75% de la población mundial. Pero, para
poder establecer las oportunas responsabilidades es necesario recordar
también de dónde proviene el dinero que las naciones ricas prestan a las
subdesarrolladas. Ya que, en definitiva, éste es el producto del saqueo
practicado en éstas últimas durante cientos de años de dominación
(militar, política y económica). El resultado de una expoliación
continuada que financió el desarrollo de las sociedades occidentales. Por
otro lado, con el "negocio de la ayuda" las grandes potencias
obtienen unos suculentos beneficios que permiten sostener, entre otras
cosas, el irracional nivel de consumo del Primer Mundo.
A todo ello hay que unir el hecho de que los pueblos desangrados por la
deuda nunca asumieron ningún compromiso con los prestamistas. Los
contratos se firmaron al margen de su voluntad y de sus intereses; y jamás
se han beneficiado del dinero de los préstamos. Por el contrario, en
demasiadas ocasiones éstos se utilizan para costear los ejércitos
encargados de reprimir sus legítimas reclamaciones.
Tanto el conocimiento de la historia de la deuda como la comprensión de
los factores que la han perpetuado suscitan, casi de manera natural, una
pregunta: ¿Quiénes son los verdaderos deudores?.
Notas y referencias bibliográficas:
(1)El presente trabajo pretende ofrecer una visión general sobre los orígenes
de la deuda del Tercer Mundo y los mecanismos de dominación que la han
perpetuado hasta nuestros días. Al abordar un problema que afecta a países
de tres continentes diferentes desde esta perspectiva, necesariamente
hemos tenido que obviar muchas de sus características específicas. En el
caso concreto de América Latina, por ejemplo, el endeudamiento durante
las guerras de independencia. En cualquier caso, nuestra intención ha
sido la de exponer, de manera sintética y didáctica, la información y
los aspectos comunes que nos parecen más importantes para obtener esta
visión de conjunto.
(2) En los EE.UU., cuya economía se vio estimulada por el esfuerzo bélico,
este periodo comenzó en torno a 1940.
(3) Este político -estrecho colaborador del héroe nacional francés
Charles De Galle- dedicó 350 millones de dólares a la construcción de
una réplica de la Basílica de San Pedro en plena sábana africana. A
pesar de su extravagancia, el suyo no es un caso excepcional. El Emperador
Bokassa, de la República Centroafricana , gastó el 20% del PIB de su país
en una suntuosa coronación de estilo napoleónico.
(4) Mandel, Ernest "La Crisis" Editorial
Fontamara. 1975
(5) El Club de París está compuesto por 19 países
"prestamistas" que tienen como objetivo maximizar los pagos de
la deuda externa. Sus miembros deciden de manera conjunta las medidas más
adecuadas para alcanzar este propósito; se reúnen y negocian con los países
deudores. Éstos últimos se presentan ante el Club de forma individual,
ya que no se les permite asociarse.
(6) Chaves, Emilo José "Intercambio desigual, divisas y deuda
externa: Su rol en la desigualdad y la pobreza mundiales" Rebelión.
3 de septiembre de 2002
(7) "La espiral infinita de la deuda" Le Monde Diplomatique
(8) Oliveres, Arcadi "La deuda externa: Signo de dependencia y reto
de liberación" Red Ciudadana para la Abolición de la Deuda Externa
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