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Crecimiento, comercio
exterior y libre comercio
Por Theotonio Dos Santos
ALAI, enviado por
Correspondencia de Prensa, 02/12/04
Existe en nuestros días
una fuerte corriente de pensamiento, quizás hegemónica, que vincula íntimamente
crecimiento, comercio exterior y libre cambio. Sin embargo no hay ninguna
base histórica para realizar estas correlaciones. Ellas son consecuencia
de un razonamiento puramente abstracto que tiene sus raíces en las teorías
de Ricardo de principios del siglo XVIII. De hecho, Ricardo demostró que
sería ideal una situación en la cual cada economía local o nacional se
especializase en aquello(s) producto(s) en los cuales disponga de mayor
ventaja comparativa, desde el punto de vista de la productividad de los
factores locales. Esta teoría fue perfeccionada posteriormente por Ohlin
que incluyó entre los factores locales la relación ente capital y
trabajo expresa en las funciones de producción. Quedó más o menos
aceptado que los países que disponen de más mano de obra que de capital
tienen que especializarse en productos agrícolas y materias primas,
mientras que aquellos con más capital que trabajo (como resultado del
desarrollo tecnológico) deben dedicarse a productos de mayor intensidad
tecnológica. Esta división del trabajo mundial era y es aún presentada
como extremamente favorable a todas las partes en interacción. Es
evidente que para estos razonamientos generales, el libre comercio será
el mundo ideal para el pleno desarrollo de estas condiciones ideales de
comercio mundial.
Sin embargo, ocurre que
el mundo real es muy diferente a estos razonamientos abstractos que
ignoran los acontecimientos y las relaciones claves de la economía
mundial. El mundo concreto no se parece a un modelo de economías
nacionales especializadas alcanzando un crecimiento económico similar.
Por el contrario, desde la expansión económica europea a partir de los
siglos XV y XVI se han especializado las economías locales en función de
la demanda europea: metales preciosos, especies y productos tropicales,
agricultura tropical o semi-tropical y esclavos. Estas economías
exportadoras estuvieron en general en manos de grandes propietarios
europeos creados por las coronas española y portuguesa a las cuales el
Papa entregó todas las tierras del mundo. Este comercio, que sirvió de
fundamento a la economía moderna, no ha sido nunca libre. Fue organizado
por los Estados nacientes en Europa, a través de compañías monopolistas
fundadas por sus protegidos.
Muchos creen que en el
siglo XVIII y XIX, bajo la expansión británica, principalmente, se creó
un mercado libre en el mundo. No podemos concordar con la idea de que un
comercio mundial realizado por empresas inglesas protegidas por la marina
británica pueda ser considerado libre. Estas eran empresas monopolistas
apoyadas por la Reina de Inglaterra administrando vastos territorios del
mundo. La mayor parte de la población de la Tierra se encontraba
subyugada a la dominación directa o indirecta de Gran Bretaña y no
gozaba de ninguna libertad para realizar su comercio. No fue sin razón
que en las potencias emergentes como Estados Unidos, Alemania, Francia o
Japón adoptaron políticas proteccionistas radicales.
El caso más
impresionante de proteccionismo ha sido exactamente el de Estados Unidos
de Norteamérica. En este país, los exportadores de algodón del sur se
rebelaron contra los aranceles impuestos por el norte para proteger sus
industrias nacionales. La rebeldía del sur fue derrumbada con una guerra
civil que dejó dos millones de muertos. Para ganar la lucha contra el Sur
el Norte no dudó en terminar con la esclavitud para acabar
definitivamente con la economía esclavista exportadora y sus ejércitos
de esclavos que se desintegraban con el fin de la esclavitud. Al contrario
de lo que se cree comúnmente, Estados Unidos ha sido siempre un país
proteccionista y ha fundado su poder contemporáneo en la imposición de
los aranceles del norte sobre el sur por la fuerza. ¿Qué sería de
Estados Unidos si hubiera ganado la guerra civil el sur librecambista,
esclavista y políticamente autoritario? Podemos adivinarlo si lo
comparamos con América Latina donde se eliminaron todas las rebeliones de
artesanos y manufactureros y se impusieron la manutención de la
servidumbre y de la esclavitud junto a la especialización exportadora
basada en la doctrina del libre cambio. En esta región ganó el sur
librecambista, esclavista y políticamente autoritario.
Pero si el libre cambio
no ha sido la fuente del crecimiento de las grandes potencias capitalistas
(excepto Inglaterra que inició la revolución industrial y tuvo en el
libre cambio un instrumento para imponerse sobre el resto del mundo al que
sometía como colonias sin ningún derecho al libre comercio), el comercio
que se impone en el mundo a fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX no
puede de ninguna manera ser considerado un libre comercio. En realidad estábamos
en un mundo de grandes potencias imperialistas que dividía el planeta
entre sí, sin permitir a sus colonias ninguna libertad de comercio. Al
mismo tiempo sus empresas monopolistas controlaban el comercio mundial en
las zonas no coloniales. Como sabemos fue la lucha de estas naciones por
el dominio del mundo que llevaron a dos guerras mundiales y a la crisis de
1920, cuando la perspectiva librecambista y liberal sufrió ataques
definitivos que se impusieron mundialmente después de la Segunda Guerra
Mundial
El mundo contemporáneo
de la post-guerra tampoco se caracterizó por un libre comercio. Al
contrario, no fue posible crear una organización mundial del comercio
como lo proponía Keynes. Los dominadores del comercio mundial, los
norteamericanos que tenían después de la guerra cerca de 50% del
comercio mundial, han preferido crear el GATT, para imponer muy raramente
(con pleno acuerdo de las partes) condiciones de rebaja de aranceles.
Se puede decir sin
embargo que estas condiciones de libre comercio están finalmente siendo
creadas en nuestros días con la puesta en marcha de la Organización
Mundial del Comercio. Los hechos indican que los que más exigen libre
comercio en esta organización son exactamente los países del Tercer
Mundo, únicos en adoptar amplias rebajas unilaterales de aranceles,
derrumbando el proteccionismo que habían tardíamente impuesto a sus
economías en los años de 1940 y 1950 para garantizar un primer 'boom'
industrial logrado entre 1930 y 1950.
Sabemos hoy en día que más
de 50% del comercio mundial se realiza al interior de las firmas
multinacionales que no son de ninguna manera base para un libre comercio.
Sabemos también que se crearon impresionantes mecanismos de subsidio
estatal en todos los países desarrollados. Y si alguien tiene alguna duda
sobre esto vea cómo se recupera la economía estadounidense a partir de
los estratosféricos gastos militares del gobierno Bush. Sin hablar en los
subsidios al sector agrícola de bajo poder de competitividad que difícilmente
serán rebajados sustancialmente en EEUU, Europa o Japón.
Por este conjunto de
razones no podemos ver como una estrategia fundamental la propuesta
mexicana de firmar contratos de libre comercio con varios países del
mundo. La prueba de esto es que México no logra desarrollar su comercio
con el resto del mundo quedando limitado al comercio con Estados Unidos. Y
para que quede claro que esta situación no es resultado del NAFTA está
el hecho de que no se expandieron significativamente las relaciones
comerciales con Canadá, también firmante del tratado.
No hay duda que una
situación de libre comercio podría servir positivamente a una economía
que sepa aprovecharse del mismo para aumentar su competitividad. Pero la
clave del comercio se encuentra en la productividad y no en la mayor o
menor libertad arancelaria. Véase el caso de China, que ha expandido más
que cualquier país su comercio en los últimos 20 años. Los chinos no
han firmado tratados de libre comercio ni se puede decir que tienen una
estructura comercial realmente 'libre' en el sentido capitalista. China
continúa siendo un país bastante cerrado al comercio internacional.
Tanto es así que sigue siendo una compradora limitada. Su éxito
comercial se apoya en una moneda de valorización relativamente baja; en
una mano de obra barata y altamente calificada educacional y
culturalmente; en una legislación especial de los distritos industriales,
estos sí muy libres; en los subsidios a los sectores de alta tecnología
que invierten en el país, buscando garantizar su transferencia para
dentro del mismo; en el control de los excedentes de moneda firme generado
por los superávits comerciales gigantescos que produce con el resto del
mundo, sobretodo Estado Unidos.
Como vimos, por lo tanto,
no hay una correlación necesaria entre amplio comercio externo y libre
comercio, ni una relación entre ambos y el crecimiento económico. Al
contrario, excepto Inglaterra, por las razones ya señaladas, las grandes
potencias que emergieron a fines del siglo XIX han adoptado el
proteccionismo como política para asegurar sus empresas emergentes
contra, sobre todo, los ingleses. Asimismo, en todos estos países el
comercio exterior representa una parte pequeña de sus economías. Estados
Unidos ha sido el caso típico de proteccionismo y de pequeña participación
del comercio exterior en su Producto Bruto Interno. Solamente en los últimos
30 años esta nación dominante ha reducido drásticamente sus
exportaciones hacia el resto del mundo y aumentado dramáticamente sus
importaciones. Actualmente se puede decir que el crecimiento económico
estadounidense está apoyado en gran parte en sus apoyos externos. Su déficit
comercial es gigantesco y la deuda norteamericana ha alcanzado niveles
incontrolables. Asimismo, las inversiones internacionales se han
convertido en la única fuente de ahorro dentro de Estados Unidos que vive
hoy de la atracción de inversiones desde el resto del mundo hacia su
economía cada vez más inestable.
Todos sabemos que los
enormes aparatos burocráticos son una fuente de corrupción y de
autoritarismo político. Las aduanas han representado un poder muy
significativo. Los poderes de la inmigración también son impresionantes.
Pero no debemos dejar de acompañar con cuidado el poder creciente de los
aparatos financieros internacionales, particularmente el FMI para los países
en desarrollo. Esta entidad y varias otras responsables por las políticas
de inversión internacional se han convertido en poderes burocráticos y
tecnocráticos colosales. La humanidad necesita desarrollar mecanismos
para permitir una evolución más favorable de las relaciones
internacionales que fortalezcan a los responsables directos de la producción
y la prestación de servicios. Para ello, estas instituciones tienen que
pasar también por una evolución democrática. Es necesario que el público
en general pueda influenciar más claramente las políticas de estas
corporaciones, instituciones e aparatos burocráticos. Pero no siempre se
encuentra un ambiente favorable a estas demandas de mayor libertad y
democracia de las organizaciones básicas de producción. Los empresarios,
por ejemplo, no aceptan con facilidad las exigencias de transparencia en
la contabilidad de las empresas y mecanismos más democráticos para la
representación de las minorías en los sistemas accionarios. Muchos
rechazan las doctrinas que insisten en el contenido social de las empresas
y en sus responsabilidades políticas frente al conjunto de la población,
sin hablar en el contenido ético de sus propias actividades productivas o
de sus servicios.
Pero podemos afirmar que
no habrá grandes avances democráticos en el conjunto de la sociedad si
no se asegura la democracia en el centro mismo de la vida económica que
son las unidades económicas claves como las empresas anónimas,
cooperativas, empresas personales o familiares, economía campesina, etc.
La democracia no resulta de una ampliación de las libertades públicas
que son extremamente necesarias para el desarrollo de las civilizaciones.
La democracia se funda en la ampliación de los poderes de los ciudadanos
para influir en las decisiones fundamentales de la nación. Entre ellas se
encuentra, en primer lugar, la orientación de las inversiones y de las
decisiones sobre nuevas inversiones y sobre el uso de los bienes
materiales y espirituales acumulados por la humanidad en milenios de
desarrollo de la civilización. Los acuerdos de integración regional son
el mejor camino para desarrollar la cooperación entre economías ni
siempre simétricas. Pero no confundamos la integración económica,
social, cultural y política, como la que realiza hoy día Europa, con los
tratados de libre comercio anárquicos e inestables como el que realiza el
TLCAN o pretende hacerlo el ALCA. Además, tales tratados están marcados
por concesiones unilaterales, faltando siempre las facilidades de los dueños
de los grandes mercados. Quedan también fuera de estos acuerdos el libre
movimiento de mano de obra que podría disminuir ciertos nudos de graves
problemas sociales de los países en desarrollo.
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