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África Neocolonial
Algunos aspectos de su despojo
Por Celina Doria
Observatorio de Conflictos
Reproducido por Argenpress, 08/12/04
A un año de asumir el poder, el gobierno de la República
Democrática del Congo ha sufrido su segundo intento de golpe de estado.
Se suma a esto la amenaza de guerra civil, y el recrudecimiento de la
lucha armada en la zona este del país, frontera con Rwanda y Uganda.
El enfrentamiento de los tres vecinos es un ejemplo más
de los innumerables conflictos que se dan en el continente africano. Las
guerras generan pobreza y los estados resultantes de ellas corrupción,
ausencia de derechos y pequeños déspotas que esquilman a sus propios
conciudadanos. Cada reyerta tiene sus características específicas pero
todas comparten, sin embargo, un sustrato común de miseria, violencia,
inestabilidad política y obscuros intereses en disputa. Se confirma así
la permanencia de una crisis que lleva años sin solución y que ha dado
pie a variadas explicaciones.
Ensayemos también nosotros la nuestra.
Problemática africana
Brevemente, podemos explicitar tres o cuatro temas
que, enredando sus tramas, componen un panorama difícil, que se ha
complejizado con el correr del tiempo.
Pese a que hay voces que minimizan la influencia
negativa del colonialismo y acentúan, en cambio, la problemática
esencialmente africana (boom demográfico, extrema juventud de la población,
bajísima producción de su economía, corrupción de las élites), no es
posible soslayar esta etapa de dominación, sus resultados nefastos y su
progresiva transformación en lo que hoy se define como neocolonialismo.
Una nueva fase, que actualmente permite a las potencias extranjeras, ahora
sin una presencia como fuerza ocupante, continuar con el sometimiento a
través de complejos mecanismos económicos y en ocasiones, militares.
Del lado africano, encontramos instaladas en los
gobiernos a élites corruptas, alejadas de las necesidades de sus pueblos,
en connivencia con los intereses foráneos y sostenidas por fuerzas
militares mercenarias, pagadas por dichos intereses. Buenos conocedores de
las contradicciones étnicas, nacionales o religiosas, muy comunes en África,
las manipulan de acuerdo a la conveniencia propia o ajena.
La vía militar se impone para la resolución de
cualquier discrepancia. La denominación de 'conflicto tribal' encubre los
enfrentamientos del poder central con grupos locales o de éstos entre sí.
El tráfico de armas es altamente redituable, y se asiste al fenómeno de
los 'señores de la guerra', una nueva élite de empresarios políticos-militares
que utilizan la guerra como medio para sacar provecho en términos de
poder o de riquezas. Invierten dinero en armas y soldados, hombres o niños,
inversión arriesgada de mucha rentabilidad.
En el último escalón, la gente del común, de una
pobreza extrema, blanco fácil de la esclavitud, carne de cañón de
guerras y guerrillas, víctima constante del hambre y las enfermedades.
Por su parte, Occidente hace la vista gorda. Frente a
las cámaras de TV o desde las portadas de diarios y revistas los
gobernantes de turno lanzan llamamientos a la paz, se declaran defensores
de los derechos humanos, derraman lágrimas de cocodrilo frente a las
cruentas masacres mientras por lo bajo apañan a los victimarios o
acreditan alguna comisión extra en una cuenta suiza.
Veamos con más detalle estos argumentos.
La etapa colonial
Desde siempre, los variados recursos africanos han
despertado el interés, sino la codicia, de vecinos y foráneos. A partir
del siglo XVI, el avance expansionista de los musulmanes, antiguos
intermediarios con Europa y de los mismos europeos, de la mano de los
portugueses, iniciará una redituable y desigual relación, que se
extiende hasta nuestros días
Para principios del siglo XIX, luego de cuatro siglos
de una trata de esclavos que desangra al continente, los nuevos intereses
económicos promueven su abolición. La revolución industrial necesita
ahora consumidores, dados los avances tecnológicos. No hacen falta tantos
brazos en las plantaciones y los hombres siempre pueden trabajar en sus
lugares de origen, produciendo materia prima.
África es una promesa económica de posibles
producciones. El algodón de Egipto corrige con éxito la baja producción
de Estados Unidos, afectada por la guerra civil. Las minas de oro y
diamantes del sur tientan con sus brillos a los capitalistas europeos. A
partir de la Conferencia de Berlín (1884-1885), los países más
industrializados dominan las colonias y en el corto lapso de veinte años,
se reparten el África.
La modalidad de la ocupación es más o menos la
misma en todos los casos: 'tratados' forzosos se combinan con el
aplastamiento de toda oposición física.
Acto de conservación en un principio, reflejo en pos
de la supervivencia, el movimiento de resistencia se generalizará con la
consolidación del sistema colonial. Esta segunda etapa, ahora fruto de la
reflexión, se manifestará de maneras diversas, la guerra del impuesto de
las cabañas en Sierra Leona, la revuelta bailundu en Angola, las guerras
maji maji en el África Oriental alemana, la rebelión bambata en Sudáfrica,
testimonian con sus miles de víctimas, el rechazo de los pueblos
africanos al sojuzgamiento.
Para lo que es hoy la República Democrática del
Congo el hombre clave de la colonización fue Leopoldo II, rey de los
belgas, quien anexionaría posteriormente Rwanda y Burundi. El discurso
legitimante de Leopoldo, común al imperialismo, pretendía 'civilizar' la
región, transformar una cultura tradicional estática y poco productiva
en una moderna y dinámica. Así la presencia europea se definió en términos
de responsabilidad o deber de una civilización superior que, con actitud
paternalista, asumía 'la tutela de tales pueblos... confiada a naciones
avanzadas' (1)
Lo cierto es que el régimen de Leopoldo fue uno de
los más atroces que se impusieron en África. La explotación del caucho
originaría crímenes inenarrables y una expoliación tremenda de recursos
que permitirían al rey de los belgas recuperar sus inversiones y créditos
en poco tiempo.
Las numerosas estructuras económicas autosuficientes
fueron destruidas o transformadas y subordinadas. Sus conexiones entre sí
se rompieron, como en el caso del comercio transahariano y el de la zona
interlacustre del África oriental y central. Vínculos previamente
existentes entre África y el resto del mundo también fueron afectados
negativamente, en especial la relación con India y Arabia.
En la medida en que la economía colonial empezó a
madurar, prácticamente ningún sector de la sociedad africana pudo quedar
al margen de los parámetros que impuso. La mano de obra fue reclutada a
la fuerza, las formas no disimuladas de trabajo forzado y las situaciones
apenas encubiertas de esclavitud fueron otros tantos aspectos de su
afianzamiento.
Los estados metropolitanos se aliaron a los capitales
privados en la coacción y explotación de los recursos. Así, la
desigualdad del intercambio se amplió en lo macroeconómico. Alto coste
de las mercaderías importadas y crecimiento del sector exportador a
expensas de las comunidades africanas, quienes pagaban la diferencia en
tierras, trabajo, impuestos y capital. Se creó así una dependencia
externa manifestada en términos de capital, mercados, tecnología,
servicios y proceso de toma de decisiones. La economía colonial pasó a
ser una prolongación de la de la potencia colonizadora, sin que ninguno
de los elementos económicos como ahorro, inversión, precios, ingresos y
producción fueran puestos al servicio de las necesidades locales. Los
objetivos de la colonización fueron, en su forma más pura, mantener el
orden, evitar grandes gastos financieros y organizar una mano de obra
productiva. Dependencia económica, desequilibrio y subdesarrollo fueron
las consecuencias.
Independencia y neocolonialismo
La independencia de los estados africanos, en los años
sesenta, no trajo demasiados cambios en las desiguales relaciones con
Occidente. De hecho, el dominio económico ha tergiversado esa
independencia. Los dirigentes africanos que trataron de poner un freno a
la situación, como Patricio Lumumba o Thomas Sankara, fueron físicamente
eliminados con la complicidad activa o pasiva de las potencias extranjeras
y políticos locales venales.
En el caso del Congo belga, su independencia no fue
producto del movimiento nacionalista, sino más bien fruto de la
incapacidad belga de mantener unas posesiones que se volvían cada vez más
conflictivas y poco redituables. Más o menos similar fue la situación
para Rwanda y Burundi, y de l962, fecha de la independencia de estos
estados, datan las continuas guerras civiles que los afligen.
Cobra relevancia en este período el papel jugado por
las élites africanas. Ubicadas en los gobiernos, tomaron el relevo de la
opresión que antes ejercieron los colonizadores. Educadas en occidente,
desconectadas de las realidades sociales de sus tierras, son acusadas de
pasar más tiempo en los países del norte que en los suyos. Sus hijos se
educan en París, New York o Londres, sus inversiones inmobiliarias en el
extranjero se cuentan por miles, sus cuentas en paraísos fiscales se
abren con donaciones, ayudas o créditos para el pueblo africano. Es así
como países con suficientes recursos para dar una vida digna a su población
se ven endeudados por sus gobernantes, sin recibir nada a cambio, salvo el
ajuste de las tasas de interés.
Innumerables concesiones son adjudicadas a los
capitales extranjeros, sin medir consecuencias ni beneficios. En ese
contexto ideológico, por ejemplo, se formó la NEPAD, 'Nueva Sociedad
Económica para África', representada por jefes de estado de Senegal,
Argelia, Sudáfrica y Nigeria, un plan que apunta a 'incrementar las
inversiones privadas extranjeras', en otras palabras, da vía libre al
saqueo 'legal' de los recursos del África.
Como en los Siglos XVI ó XIX, África atrae hoy al
mundo con una serie de recursos, esencialmente mineros, que se califican
como 'estratégicos'. La República Democrática del Congo aseguró mucho
tiempo el suministro de uranio, sus reservas de cobalto y cobre son de las
mayores del mundo, y las de manganeso, cinc, oro y diamantes tienen un
potencial importante. Hasta comienzos de los 80, estas fuentes minerales
fueron un elemento clave en la política americana y europea en relación
al África. Los estados extranjeros se permitieron tanto intervenciones
militares directas como tratos menos claros (apoyo al apartheid
sudafricano, por ejemplo), para sostener su abastecimiento.
Si bien el mercado de minerales no energéticos ha
ido perdiendo valor en relación con los hidrocarburos esto no ha frenado
la voracidad de los capitales, que ahora avanzan sobre las reservas de
petróleo africano.
Congo, Rwanda, Uganda. Una intrincada madeja de
intereses
El cambio en los precios del mercado afectó la
economía africana. En el Congo, las industrias que explotaban el cobre y
el cobalto sufrieron la falta de inversión luego de su nacionalización y
de transformarse en fuente de beneficios de los allegados al presidente
Mobutu. A cambio, el mercado de los diamantes se mantuvo estable y una
nueva opción apareció en el horizonte, el coltan, material poco conocido
pero cuya demanda ha tomado ribetes impensables, debido al auge de la
telefonía celular en la que se utiliza.
Lejos de aportar beneficios o soluciones económicas,
los diamantes y el coltan son fuente de terribles conflictos donde se
cruzan las variables de la lucha tribal, el tráfico de armas, los 'señores
de la guerra' con disputas territoriales de larga data.
En la región de Kivu, al este del Congo, se asientan
las minas de diamantes de Kinsagani, en cuya producción están
interesadas también Uganda y Rwanda. Los diamantes de Kinsagani han
llevado a los dos vecinos a enfrentarse militarmente en territorio congolés,
con el resultado de tres mil pobladores locales muertos.
En l997, una coalición de Uganda, Rwanda y Burundi
invadió el Congo. Con la excusa de luchar contra los rebeldes que se oponían
al presidente Kabila y mantener la paz en el país, las tropas permanecen
instaladas aún hoy. Hay que agregar que Kabila, apoyado por la antedicha
alianza, y ésta por capitales ingleses y norteamericanos, acababa de dar
un golpe de Estado contra el general Mobutu, ligado a intereses franceses
en la región.
A sur de Kivu se encuentra la provincia de Ituri. Con
su capital Bunia, parece estar asentada en una vasta reserva de petróleo
cercana al lago Alberto. En esta zona, el poder local es disputado por dos
grupos, Hemas y Lendus, acusados de crímenes en masa atroces. Uganda
provee armas a ambos y entrena a sus hombres, mantiene de esta manera el
caos en la región y, al mismo tiempo, se presenta como garante de paz.
Sugestivamente, sus exportaciones de diamantes, de los que no es
productora, y de oro, que produce en mínima cantidad, aumentan
considerablemente.
También Rwanda provee armas y entrenamiento a Hemas
y Lendus, si bien no tiene especial interés en Ituri, pero sí, como decíamos
antes, en la provincia de Kivu de donde obtiene oro, diamantes y coltan.
Por otro lado, reclama abiertamente tierras fronterizas con el Congo. Las
luchas tribales también le sirven para legitimar su presencia. En este
caso son las etnias Hutu y Tutsi las que se ven involucradas. La minoría
Tutsi era la casta tradicional que históricamente controló la monarquía,
ejército y administración en la región de Rwanda. Al darse la
independencia en l962, la mayoría Hutu tomó el poder y desde entonces
los conflictos y matanzas se sucedieron sin interrupción. En Abril-Mayo
de l994 extremistas Hutu masacran un millón de personas, principalmente
Tutsis, dichos extremistas habrían buscado refugio en el Congo, y de allí
la presencia, desde hace siete años, de las tropas rwandesas.
Además del robo de sus recursos y el asesinato de
sus habitantes, la infraestructura del Congo en la zona ocupada ha sido
destruida masivamente. Se habla incluso de fábricas enteras,
desmanteladas y trasladadas directamente a Rwanda o Uganda.
La explotación ilegal del coltan sigue un modelo
similar. La demanda se ha ampliado y las grandes compañías como Nokia,
Sony o IBM se disputan la producción. La extracción del mineral es
llevada a cabo por una población que, empujada por la pobreza, se emplea
en las minas por unas pocas monedas y en condiciones de esclavitud. Los
trabajadores más codiciados son los niños, que abandonando en masa la
escuela, se constituyen en una mano de obra barata, dócil y de pequeño
tamaño, condición esta última más que conveniente, pues las minas están
a ras de la tierra y les es más fácil penetrar en ellas. Como síntesis
de las condiciones de trabajo imperantes, se calcula que más de tres
millones de personas han muerto en los últimos años en las minas de
coltan.
El rol de Occidente
Mientras los gobiernos se disputan el territorio, las
empresas se reparten el control económico de la región, financiando a
las fuerzas militares de los dos frentes. El tráfico de armas comparte
las mismas rutas que el comercial: los vuelos de ida al Congo viajan
cargados de armas, los de vuelta, de mineral. Imposible cualquier
posibilidad de desarrollo de una industria local.
Por otro lado, el reclamo a las fuerza occidentales
para que detengan de algún modo la expoliación del Congo y la masacre de
sus habitantes cae en oídos sordos. Las grandes potencias han permanecido
por años en la zona y conocen la situación, pero sólo han intervenido
cuando han estado en juego sus propios intereses.
La masacre tutsi de l994 fue planeada con cuidado,
tanto Bélgica como Francia veían venir los acontecimientos. Bélgica no
pasó de alguna advertencia espantada. Francia, interesada en su posición
estratégica en la zona de los Grandes Lagos, proveyó armas, entrenó
hombres hutu y recibió a sus dirigentes en París, prometió incluso
intervenir militarmente en caso de ser necesario protegerlos.
Los intereses británicos han hecho su parte en la
zona. La contribución financiera a Uganda y Rwanda ha sido importante.
Sin embargo, Inglaterra nunca ha usado su influencia para detener el tráfico
de armas que sustenta la guerra. Es más, el jefe de inteligencia de
Rwanda, James Kabarebe, responsable de crímenes varios, es recibido por
la Oficina de Asuntos Exteriores inglesa y la M16, en un visita
semioficial en Londres.
Estados Unidos tiene a Uganda como modelo de lo que
un país africano debe hacer para salir del subdesarrollo, el FMI y el
Banco Mundial solventan ese crecimiento con créditos garantizados por
beneficios espurios.
La ONU ha dictado dos resoluciones, l304 del 2000 y
l34l del 2001 condenando la invasión, pero lo cierto es que su influencia
no es suficiente.
Las causas del conflicto han sido cuidadosamente
catalogadas, los criminales, identificados, pero la respuesta de occidente
se hace esperar.
'Otra África es posible'
Pensamos que la solución podría, debería mejor
dicho, surgir de los mismos africanos. Algunos intentos están en marcha.
Inspirado en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, se ha iniciado un
Foro Social Africano. Su primera reunión se realizó en el 200l, con sede
en Bomako. En enero del 2003, 250 representantes de 43 países africanos,
algunos de ellos en guerra, se reunieron para la segunda convocatoria en
Addis Abeba. Los participantes provenían de movimientos sociales,
sindicatos, organizaciones de campesinos, ONGs e institutos de
investigaciones. Bajo el lema de 'Otra África es posible' discutieron
problemáticas diversas: salud, situación de la mujer, comunicaciones,
educación, participación, y fundamentalmente la dependencia económica
de los estados representados.
Organizar un evento de la magnitud que se pretende
importa no pocos problemas en un continente devastado como África. Falta
de comunicación, rutas intransitables, conexiones aéreas aleatorias,
falta de medios en general. Sin embargo, se ha colocado la primera piedra
de lo que pretende ser un movimiento contrario a las políticas económicas
que se aplicaron en el continente durante décadas, y que terminaron por
hundirlo en la miseria, la guerra y la desintegración política actuales.
La resolución final de Addis Abeba subraya el
fracaso de las recetas liberales y de los dirigentes que las han seguido.
Rechaza la NEPAD como paradigma del desarrollo del África. Propone, en
cambio, la organización civil, la elaboración de un discurso común en
el que se retome y afiance la cultura africana, no sólo como medio de
resistencia a la dominación extranjera sino como herramienta para
construir un marco económico, político y social para la Otra África. En
ese contexto, se determinarán prioridades propias, en función de
necesidades específicas, dejando de lado los cánones homogeneizantes
impuestos desde afuera y alejados de las características puntuales de las
sociedades locales. El camino es arduo, sin muchas perspectivas.
Los africanos sólo pueden, por ahora, echar mano de
sus experiencias y, agregan, de su inagotable caudal solidario. Tal vez,
con el tiempo, sus voces sean escuchadas y atendidos sus reclamos.
Bibliografía:
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Txente, 'La compleja situación congoleña'
en Rebelión, 2/07/2004
Rodney, W, 'La economía colonial' en Historia
General del África. África bajo el dominio colonial (1880-1935), Unesco,
1987, Vol VII, cap 14
Nota:
(1)
Betts, R.F. 'Métodos e instituciones de la
dominación europea' en Historia General del África. África bajo el
dominio colonial (1880-1935), Unesco, 1987, Vol VII, cap 13, p.341.
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