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La
economía mundial desequilibrada
Por
Michel Husson
Inprecor
Nº 501/502, enero 2005
Traducido
por Victoria Rouge y publicado en español por Panorama Internacional
Correcciones
de SoB
Los
años 2000-2001 marcaron un giro, reduciendo a poca cosa las esperanzas
depositadas en la generalización de los beneficios de la “nueva economía”
y de la “exuberancia irracional” de los mercados financieros.
Ciertamente, Estados Unidos tuvo éxito en minimizar la amplitud de la
recesión pero salió al precio de nuevos desequilibrios, mientras que
Europa se hunde nuevamente en una coyuntura morosa. Los países del Sur
superaron parcialmente las consecuencias de las crisis financieras, pero
continúan sometidos a la incertidumbre de la coyuntura internacional.
Una
recuperación atípica en Estados Unidos
Contrariamente
a las esperanzas que pudo suscitar, la “nueva economía” hizo bajar la
tasa de ganancia de Estados Unidos desde 1997. El gráfico 1 ilustra la
razón principal: las nuevas tecnologías han permitido sin duda ganancias
en la productividad pero no fueron suficientes para compensar un aumento
espectacular de la tasa de acumulación. La “nueva economía” ha sido
pues costosa en inversiones y, a pesar de una baja de su precio relativo,
ésta ha pesado sobre la composición orgánica del capital. Este punto es
fundamental, ya que pone fin a las ilusiones sobre la capacidad del
capitalismo de librarse de sus leyes fundamentales. Las nuevas tecnologías
no son el instrumento mágico que permitiría acumular el capital
gratuitamente.
Gráfico
1. Ganancia y acumulación: Tasa de ganancia: ganancia en % de capital;
Tasa de acumulación : inversiones en % de capital
La
recesión que se sucedió a partir del 2001 tuvo entonces una doble función.
Permitió en primer lugar restaurar la rentabilidad del capital en medio
de una gestión muy ceñida del empleo. Pudimos hablar de recuperación
sin empleo (jobless recovery) en la medida en que éste tuvo la
oportunidad almacenar las ganancias de productividad potencial. Pero los
medios más clásicos de restablecimiento de la tasa de plusvalía tampoco
fueron descuidados, como el alargue de la jornada de trabajo o el bloqueo
de los salarios lo hicieron aún más fácil para el débil dinamismo del
mercado del trabajo. Este período fue igualmente aprovechado para llevar
las tasas de acumulación a un nivel más conforme al de la rentabilidad.
Es impactante ver cómo las dos curvas se juntan luego de divergir
considerablemente.
Este
ajuste no fue hecho sin embargo al precio de una desaceleración durable y
profunda de la economía, en razón de la política económica llevada
adelante por Bush luego del 11 de septiembre. Tiene tres palancas
principales que van todas en el sentido de sostener la actividad. La
primera fue una suerte de “keynesianismo militar” que consistía en
aumentar los gastos militares. La segunda palanca fue una baja
espectacular de los impuestos que permitió estimular el consumo de los
ricos. Por último, las tasas de interés fueron llevadas a un nivel muy
bajo, de manera de sostener el mercado interno, en particular el
inmobiliario. El dinamismo del consumo interno pudo así ser mantenido, y
la amplitud de la recesión limitada. Esta política ha profundizado sin
embargo toda una serie de contradicciones, que son la contra cara de sus
ventajas. Las principales son las siguientes.
1)
la baja de las importaciones, combinada con los gastos militares hicieron
que el presupuesto pasara de un excedente a un déficit importante;
2)
el sostenimiento de la demanda de los hogares por la baja de las tasas de
interés llevó a un aumento sin precedentes de su endeudamiento, y
condujo a un principio de burbuja sobre los mercados hipotecarios;
3)
las desigualdades de ingresos se profundizaron, hasta la caricatura;
4)
el déficit comercial comparado al del resto del mundo continuó agrandándose
y representa hoy más de 5% del PBI (Producto Bruto Interno) de Estados
Unidos, un punto arriba del PBI mundial.
En
este contexto, el escenario de ajuste brutal que amenaza la economía de
Estados Unidos gana en plausibilidad. Se desencadenaría si los capitales
del resto del mundo se negaran a financiar el déficit comercial o si, lo
que sería más o menos lo mismo, si los bancos centrales de los otros países
no aceptaran más guardar las reservas crecientes en dólares y comenzaran
a vender, haciendo bajar todavía más el curso del dólar. Habría
entonces que subir las tasas de interés para tranquilizar a los capitales
extranjeros y/o frenar el crecimiento del mercado interno para liberar los
financiamientos que estos capitales no asegurarían más en la cantidad
deseada. Este giro no controlado conduciría entonces a una implosión
bursátil e hipotecaria y a una crisis social impactante no sólo de los
salarios sino también de las capas sociales cuyas riquezas e ingresos
dependen del valor de sus activos financieros.
No
es un defecto catastrofista lo que conduce a visualizar un tal escenario,
y la no sustentabilidad del curso actual consensúa prácticamente. Para
no tomar más que un ejemplo, el último informe de la OCDE consagra un
capítulo entero a la reducción del déficit externo de Estados Unidos,
que apunta a aumentar su impacto en la economía mundial[1]. Lo importante
no es hacer profecías, sino identificar bien los dos factores esenciales
de los cuales depende la trayectoria de la economía estadounidense en los
años venideros, a saber, su articulación con las otras zonas de la
economía mundial y su capacidad de librar las gancias de la
productividad.
La
cuestión de la productividad
Esta
cuestión absolutamente decisiva está en el centro del debate sobre la
salud de la economía norteamericana, y Alain Greenspan, el presidente de
la banca federal, no pierde ni una ocasión de hacer referencia a ella. El
debate puede tomar aquí un giro técnico pero remite a una caracterización
esencial del capitalismo contemporáneo. El punto de partida es la
progresión más rápida de la productividad- dicho de otro modo, de la
relación entre la producción y el empleo- registrada en Estados Unidos a
partir de mediados de los años ’90. Esta aceleración resaltaba sobre
los resultados [performances] hasta allí mediocres, y netamente
inferiores a los que podíamos registrar en Europa. Justificaba las
esperanzas depositadas en la “nueva economía” y permitía dar sentido
a la explosión bursátil. Según esta línea de análisis, el aumento
vertiginoso de los cursos bursátiles no hacían más que anticipar el de
los beneficios futuros, gracias a la productividad dada por la introducción
de nuevas tecnologías. Los capitales tuvieron pues razón al afluir a
Estados Unidos, aún cuando tenía como contrapartida una profundización
del déficit comercial.
Podríamos
entonces oponer dos tesis, la del ciclo “high tech”, y la del nuevo
crecimiento. Para la primera, las ganancias de productividad no eran más
que el producto transitorio del boom de las inversiones en las nuevas
tecnologías. La productividad volvería a su tendencia pasada de momento
que este esfuerzo de inversiones se relajara. Para lo paladines del nuevo
crecimiento, las mutaciones tecnológicas debían contrariamente tener un
impacto durable sobre las ganancias de la productividad. Los hechos
recientes parecen dar la razón a estos últimos, ya que la productividad
continuó acelerándose a pesar de un retroceso de la tasa de inversión
(gráfico 2). Además, estas ganancias de productividad parecen difundirse
al conjunto de los sectores, en lugar de limitarse en los sectores más
avanzados tecnológicamente, lo que deja mal parado a uno de los
argumentos de los “escépticos”.
Gráfico
2. Productividad e inversión: Productividad: tasa de crecimiento de
Producto Bruto Interno (PBI) per cápita; Tasa de inversión: inversión
en % del PBI
El
debate sin embargo no ha sido resuelto, ya que las salidas de recesión en
Estados Unidos se acompañan tradicionalmente de picos de productividad
significativos. Ciertamente, esta fase de recuperación es particularmente
atípica ya que se hizo con muy poca creación de empleo. El repliegue
marcado del beneficio de las empresas las incitó a una política muy
rigurosa de reestructuraciones y de intensificación del trabajo. Podemos
decir que acumulan así los beneficios de las nuevas tecnologías, pero
sería muy peligroso adelantar que este movimiento puede continuar al
mismo ritmo.
La
observación misma de los hechos es oscurecida por los fenómenos parásitos
como el alargamiento de la duración del trabajo, la extensión del
trabajo no declarado o de los multi-empleos, sin hablar de la imprecisión
de las estadísticas. Hay que señalar aquí una discusión técnica, pero
que mantiene una relación estrecha con el análisis de la “nueva economía”.
Ésta se traduce en un salto adelante de las inversiones que conciernen
particularmente a los equipos informáticos.
¿Pero
se trata de una acumulación de capital o de consumo productivo? La
convención estadística retenida no es la misma en Estados Unidos que en
la mayor parte de los países europeos: en Estados Unidos, una computadora
es contada como capital; en Europa, como un consumo intermedio. Las estadísticas
norteamericanas tienen entonces una tendencia a sobreestimar el PBI (y por
lo tanto la productividad) en relación a las estadísticas europeas[2],
ya que estas incluyen la depreciación de capital. El PBI comienza a
crecer más rápido que Producto Interno Neto que deduce esta depreciación.
En términos marxistas, el hecho de razonar “en bruto” corresponde a
incluir (sin razón) el capital constante consumado en la definición del
valor nuevo creado.
Si
corregimos este sesgo, así como el efecto de la duración del trabajo,
constatamos que la brecha entre Estados Unidos y Europa se reduce. Julian
Callow, economista de Crédite Suisse First Boston, hizo estos cálculos
para el perido 1996-2001. Muestran que la productividad horaria progresó
1,8% por año en Estados Unidos contra 1,4% en Europa: tal diferencia
puede muy bien explicarse por el crecimiento más rápido en Estados
Unidos.
La
imbricación compleja de la economía mundial
La
cuestión del déficit externo americano está estrechamente ligada a la
del análisis de las ganancias de productividad, ya que estas últimas son
la base objetiva de una rentabilidad superior, capaz de reproducir la
atractividad de Estados Unidos. Podemos por lo tanto imaginar dos
escenarios polares. El primero es la prolongación de la situación
actual, donde las ganancias de productividad más rápidas y la
rentabilidad superior continuarían atrayendo los capitales necesarios
para el financiamiento del déficit comercial de Estados Unidos. Esta
configuración es sin embargo difícilmente sustentable: implica en efecto
el mantenimiento de un diferencial de crecimiento entre Estados Unidos y
el conjunto de Europa-Japón, dicho de otro modo un desequilibrio
creciente de la economía mundial. Esto tendría en primer lugar como
consecuencia tensiones sociales crecientes en Europa o en Japón. Además,
el déficit comercial no es sólo el indicador de la supremacía
estadounidense impuesta al resto del mundo; también es, en última
instancia, la medida de una competitividad frágil de su economía,
enfrentada a una competencia creciente en el mercado mundial. La paradoja
es entonces la siguiente: el crecimiento mediocre impuesto a Europa y a
Japón tendrá como contrapartida la constitución de su competitividad a
partir del bloqueo salarial más que de la productividad.
La
supremacía real de la economía de los Estados Unidos es por cierto en
gran parte una ilusión. En un artículo sintético, Will Hutton[3]
insiste en el hecho de que fuera del complejo militar-industrial, “nos
resultaría difícil citar a un sector de alta tecnología donde las
empresas estadounidenses puedan pretender una superioridad sistemática
sobre sus competidores europeos”. Ellos están distanciadas en materia
de tecnología, de inventividad o de innovación en los sectores que van
“del automóvil al aeroespacial, del gas industrial a los teléfonos
celulares”.
El
aumento de la potencia de China es otro motivo de inquietud que domina el
debate económico en Estados Unidos. Representa hoy cerca de la mitad del
déficit comercial norteamericano, y esta proporción no hace más que
aumentar. Entre 1970 y 2002, las exportaciones chinas se multiplicaron por
140, y su competitividad está asegurada por el anclaje del yuan al dólar,
que es uno de los obejtivos del gobierno estadounidense, mucho más cuando
la competencia china comienza además a tocar a los sectores de alta
tecnología. Discutimos mucho sobre la deslocalización y la
desindustrialización, aún cuando lo esencial de las pérdidas de empleos
manufactureros se explican por las ganancias de productividad y las
reestructuraciones.
Dicho
de otro modo, Estados Unidos no domina en función de los resultados [performances]
intrínsecos de su economía, sino gracias a su capacidad de “fijar”
la acumulación de capital a escala mundial que depende en última
instancia de relaciones de fuerzas de naturaleza política. Esta afirmación
hegemónica no es ilimitada, y es por esto que hay que considerar un
segundo escenario donde la competitividad, y la balanza comercial, fueran
reestablecidos por una baja del dólar en relación a las otras divisas,
especialmente el euro.
La
baja imperial del dólar
Este
escenario está además muy comprometido, y se expresa principalmente por
las presiones ejercidas sobre China para que el yuan sea revaluado. En
relación al euro, el movimiento de baja del dólar condujo de aquí en
adelante a una devaluación considerable (del orden del 40% en relación a
su punto más alto de hace un poco más de tres años). Si nos remontamos
en el tiempo, remarcamos que la tasa de cambio del dólar en comparación
con la del euro (o de las monedas europeas de antes) conoció
fluctuaciones muy importantes. Para apreciar mejor su amplitud, hay que
tener en cuenta la inflación respectiva en Europa y en Estados Unidos;
podemos calcular así una tasa de cambio real, y compararla con la tasa de
cambio efectivo para identificar las fases de “sub valuación” y de
“sobre valuación» del dólar en relación al euro (o a una cansta de
monedas equivalente antes de su creación). Estas apreciaciones son
evidentemente relativas según el periodo de referencia tenido en cuenta,
que aquí es el año 1986 (gráfico 3).
Podemos
distinguir varias fases, partiendo de 1971, cuando el dólar se liberó de
su definición en relación al oro. Comenzó entonces a bajar en relación
a las otras monedas, hasta que el shock financiero de 1979, marcado por un
aumento muy fuerte de las tasas de interés americanas, lo hizo subir
nuevamente. En cinco años, el curso real del dólar se rectifica y
recupera más o menos su nivel de 1971. Pero esta apreciación del dólar
tiene inconvenientes, y Estados Unidos decide ponerle fin imponiendo a sus
socios europeos y japoneses los acuerdos del Plaza de 1985, que hacen
bajar brutalmente el dólar, de manera que los productos norteamericanos
recuperan su competitividad perdida. La baja continúa durante una decena
de años, luego el dólar vuelve a subir a partir de 1996-97, hasta la
recesión del 2000. Para esta fecha interviene un nuevo giro que abre un
alza sistemática del euro. Hoy la tasa de cambio real del dólar está en
su punto más bajo jamás registrado desde hace al menos medio siglo.
Gráfico 3.
El valor real del dólar en relación al euro: Tasa de cambio efectiva
relacionada a la tasa de cambio real (corregida por la inflación). El índice
vale 100 en 1986.
La
amplitud de estas fluctuaciones escapa a las determinaciones estrictamente
económicas. Podemos interpretarlas como el resultado de una contradicción
en las modalidades de la dominación norteamericana: Estados Unidos tiene
la necesidad de un dólar fuerte en tanto potencia financiera y monetaria
dominante, pero más bien de un dólar débil en tanto potencia económica
y comercial. Las alzas y las bajas sucesivas del dólar pueden entonces
explicarse por la prioridad relativa concedida a estas dos maneras de
afirmar su supremacía. Las fases de alza corresponden a la voluntad de
restaurar esta supremacía sobre la economía mundial cuando esta se ve
amenazada en el plano financiero, mientras que las fases de baja permiten
reestablecer su competitividad y consolidar las posiciones adquiridas.
Cada período de alza se remite sin embargo a coyunturas particulares: la
fase 1980-1985 corresponde al giro neoliberal destinado a limpiar una
economía mundial en crisis, poniéndola en el corset de la disciplina
financiera; la fase 1996-2000 corresponde como tal a un doble fenómeno:
el despegue de la “nueva economía” y el retorno de los capitales
escaldados por la crisis financieras a repetición en los países
emergentes.
Gráfico
4. Diferencial de crecimiento de EE.UU./UE y tasa de cambio €/$:
diferencial de crecimiento; tasa de cambio
La
integración creciente de la economía mundial tiene como consecuencia una
sensibilidad creciente del crecimiento europeo a la tasa de cambio del
euro en relación al dólar. Se trata de una variable eje que no sólo
juega sobre los intercambios bilaterales entre Estados Unidos y Europa
sino que contribuye a determinar sus resultados [performances] respectivos
sobre el conjunto de los mercados terceros. Una baja del dólar en relación
al euro hace más competitivos a los productos norteamericanos, no sólo
en el mercado europeo sino en el conjunto del mercado mundial. Es por esto
que constatamos en el último decenio una correlación estrecha (y que no
existió antes) entre el diferencial de crecimiento Europa/Estados Unidos
y la tasa de cambio del euro en relación al dólar. Cuando este último
baja, la brecha entre el crecimiento en Europa y en Estados Unidos se
agranda en beneficio de este último (gráfico 4).
Estados
Unidos de esta manera trasladó la disminución del crecimiento hacia
Euroland que, luego de los años de mejoras (1997-2000), se ve nuevamente
sumergida en una coyuntura mediocre y que retorna hacia la baja. Este
movimiento de las tasas de cambio se combina con las políticas económicas
desastrosas llevadas a cabo en Europa. El gran entusiasmo de la
“Estrategia europea para el empleo” se disipó, y el Pacto de
estabilidad económica resultó impracticable. La insistencia en llevar
adelante políticas de austeridad salarial cada vez más duras (bajo el
pretexto de la competitividad) tuvo éxito en amortiguar el mercado
interno, las bajas de impuestos a los ricos no doparon el consumo de
manera durable. La debilidad de la inversión no permite renovar con
ganancias de productividad suficientes, a pesar de una política sistemática
de reestructuraciones de firmas europeas.
Este
contraste entre la coyuntura de Estados Unidos y la de Europa subraya la débil
integación del capitalismo europeo en dos puntos. Cada uno de los países
de la Unión Europea se posiciona de manera diferente en relación a la
configuración del conjunto, y asistimos a un comienzo del estallido de
sus trayectorias: algunos pueden salir mejor del apuro (especialmente el
Reino Unido y los pequeños países) en relación a los países del
“corazón” europeo (Francia, Alemania e Italia), y este fenómeno es
un obstáculo suplementario para la coordinación de sus políticas económicas.
Vemos también que aparece una brecha creciente entre las economías
nacionales y los grupos mundiales, especialmente en materia de acumulación
del capital. Los grandes grupos son hasta un cierto punto indiferentes a
la morosidad del mercado europeo en la medida en que invierten y venden en
otros mercados. Sus intereses tienden pues a estar cada vez más
disociados de la salud relativa de la economía europea, y es de esta
manera que podemos comprender cómo pueden escapar a las contradicciones
de la política económica europea. Esto puede parecer suicida, pero es el
mercado mundial el que sirve de escapatoria.
El
precio del petróleo
2004
ha registrado un alza significativa del precio del petróleo. A pesar de
que fluctuó alrededor de $30 el barril a lo largo de todo el 2003, alcanzó
los $50, antes de volver a descender a cerca de $40. Esta evolución
impresionante debe sin embargo ser puesta en perspectiva. El curso del
petróleo tuvo dos peldaños, en 1973-74 luego en 1979, que corresponden a
lo que llamamos en esa época los “shocks petroleros” : el precio del
petróleo fue llevado progresivamente a cerca de $20. Luego una nueva alza
se desarrolló a partir de 1999, y ésta condujo el precio del barril al
doble y se situó nuevamente en la cima alcanzada a principios de los años
’80.
Gráfico
5. Precio del barril en dólares
Pero
esta evolución del precio del petróleo debió ser corregida de la
inflación, ya que todos los precios también aumentaron. Por lo tanto hay
que convertir el curso pasado en dólares del 2004, si queremos hacer
posible la comparación en el tiempo. Esto deja entonces lecciones
diferentes. El precio real del petróleo hoy en día no hace más que
regresar al nivel obtenido entre los dos shocks petroleros de 1973 y 1979
(gráfico 5). Debe agregarse otro correctivo en lo que concierne a la Unión
Europea en el periodo reciente: estos países pagan el petróleo en dólares,
de manera tal que la baja del dólar en relación al euro compensa en
parte el alza del precio del petróleo formulado en dólares. Constatamos
entonces que esta alza es relativamente débil y que, para Europa, el
precio del barril es más o menos el mismo desde el 2000, fecha de la última
suba significativa (gráfico 6). La invocación ritual del precio del petróleo
para explicar las revisiones a la baja de las perspectivas de crecimiento
deben pues ser relativizadas: el efecto global es relativamente reducido a
corto y mediano plazo. La cuestión de fondo, la de un enrarecimiento de
los recursos, pesa como la espada de Democles sobre la economía mundial
pero tiene un horizonte más lejano. En lo inmediato, el alza del precio
del petróleo es más bien un arma que va a ser utilizada para obtener una
revaluación del yuan que permitiría aliviar la factura de China, gran
importador de petróleo, mejorando la competitividad de los productos
estadounidenses.
Gráfico
6. Precio del barril a precio de 2004: dólares de 2004; euros de 2004
El
efecto boomerang de la globalización
El
escepticismo en cuanto a los beneficios de la globalización está ganando
las altas esferas de la economía dominante. Paul Samuelson, premio Nobel
y teórico del enriquecimiento mutuo de las naciones gracias al comercio
internacional, acaba de publicar un artículo en el que se expresan todas
estas dudas[4]. Su punto de partida es la constante de la baja tendencial
de parte de Estados Unidos en la producción mundial: estaba cerca del 50%
inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y se sitúa hoy entre
el 20 y el 25%. Dicho sea de paso, la teoría liberal no garantizó para
nada el mantenimiento del peso relativo de la economía de Estados Unidos.
Es como si la teoría se volviera menos interesante a partir de que el
momento de su puesta en marcha no conduce a su objetivo práctico. La
melancolía del premio Nobel proviene del hecho que el progreso técnico
en China concierne ahora a los sectores en los cuales Estados Unidos
disponía de ventajas comparativas más netas. Eso dice mucho de lo
absurdo de la teoría, que postulaba pues la ausencia de avance tecnológico,
y sobre los vínculos estrechos que ella consideraba con los intereses de
la potencia dominante. Ciertamente, el artículo de Samuelson ha dado
lugar a enérgicas protestas de los doctrinarios del libre cambio, entre
ellos Jadish Bhagwati (por otro lado, autor de un himno a la globalización)[5]
pero da cuenta de una toma de conciencia naciente a propósito de los
efectos retorno de esta globalización sobre la economía de EE.UU.
Todo
esto quiere decir que la configuración actual de la economía mundial está
acompañada de una profundización de las contradicciones ligadas al
proceso de la globalización capitalista. El “Imperio” está en
realidad profundamente dividido, y podemos ver la expresión moderna de la
ley del desarrollo desigual y combinado. Vemos en efecto aparecer una
doble línea de fractura en el seno de las zonas de esta economía
mundial: entre Estados Unidos y las otras economías dominantes, alrededor
de la baja del dólar; y entre economías dominantes y “países
emergentes”. Estos últimos amenazan la estabilidad del conjunto de la
economía mundial ganando partes del mercado y logrando aumentar el precio
de las materias primas, principalemente el del petróleo.
El
capitalismo hoy está liberado de sus “trabas” : la circulación de
capitales es más o menos libre, y las conquistas sociales ya han
retrocedido ampliamente en todo el mundo. Desde este punto de vista, la
influencia de las finanzas no debe ser comprendida como una forma de
parasitismo que impedirá al capitalismo funcionar correctamente. Se trata
al contrario de un dispositivo que permite el establecimiento tendencial
de un mercado mundial, donde los salarios son puestos directamente a
competir y sometidos a las exigencias de rentabilidad que se oponen a la
satisfacción de las necesidades sociales no rentables. Gracias a las
finanzas, el capitalismo contemporáneo se acerca a un funcionamiento
“puro” en el sentido que se desembaraza progresivamente de todo lo que
podría encuadralo o regularlo. Este movimiento no sabrá auto-reformarse
e implica una redistribución regresiva de la riqueza. Es por esto que las
construcciones que apuntan a separar la paja del trigo –por ejemplo el
“buen” capitalismo productivo del “mal” capitalismo financiero –
o imaginar un capitalismo a la vez hiper-competitivo y más igualitario,
rebelan pues una utopía reformista que no corresponde a su curso actual.
La
paradoja de la globalización podría entonces ser enunciada de esta
manera: mientras más logra el capitalismo modelar la economía mundial a
su conveniencia, más crecen las tensiones. El capitalismo mundial está
hoy instalado en una fase de inestabilidad duradera. Y la cuestión
fundamental es saber si esta inestabilidad se va a desemarañar según el
eje de los conflictos inter-capitalistas o el de los enfrentamientos
sociales.
Notas:
[1]
“Les enjeux de la réduction du déficit de la balance courante des
Etats-Unis”, Perspectives économiques de l'OCDE n° 75, cap. 5 http://gesd.free.fr/ozusbal.pdf
[2] sobre este punto, ver François Lequiller, “The
new economy and the measurement of GDP growth”, documento de trabajo
INSEE
G2001/1, febrero 2001 http://gesd.free.fr/lequill.pdf
[3] Will Hutton, “The American Prosperity Myth”,
The Nation, September 1, 2003 http://guesde.free.fr/hutton04.pdf
[4]
las principales partes de este dossier están disponibles en el sitio:
http://hussonet.free.fr/mondiali.htm.
[5] In Defense of Globalization, Oxford University
Press, 2004.
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