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Caída internacional del
dólar
Una burbuja a punto de
explotar
Por Nelson Soza Montiel
(*)
Argenpress, 09/02/05
La economía mundial cerró
2004 tal como había comenzado: con irresueltas interrogantes clave para
el futuro próximo. La principal de ellas es que Estados Unidos no sólo
no avanzó en la solución de su déficit de cuenta corriente, sino que
incrementó sus números en rojo: hace poco más de un año, los EEUU tenía
U$S 480 mil millones de deuda; hoy, U$S 660 mil. Sólo el último
trimestre, el déficit de su balanza de pagos alcanzó a los U$S 165.000
millones, principalmente por el déficit fiscal, que se empinó a U$S 413
mil millones, y cuya reducción a corto plazo es incierta. Ello ha
continuado depreciando el valor del dólar frente al euro, al yen y otras
monedas fuertes internacionales. El dólar ha caído alrededor de un 7%
con respecto al euro y al yen en los últimos tres meses, pero desde 2000
lo hizo en un 57% respecto del primero. Y tanto los países asiáticos
como los demás miembros del Grupo de las 8 economías más
industrializados siguen resistiendo presiones de Washington para revaluar
sus monedas.
Durante el segundo
trimestre de 2004, el déficit de cuenta corriente de los EEUU alcanzó al
5,7% del PIB (probablemente, el mayor entre todos los países
industrializados), debido a que el consumo y la inversión estadounidenses
excedieron a la producción doméstica por un alto margen. Mientras tanto,
su déficit balanza comercial sigue en ascenso (en octubre pasado subió
un 8,9%, alcanzado la cifra récord de U$S 55.460 millones, y en los
primeros diez meses de 2004 ya superaba el monto también inédito de U$S
496.500 millones alcanzado en todo 2003. En su proyecto presupuestario
para 2006, la administración Bush acaba de revelar que el déficit fiscal
de 2004 alcanzo a los U$S 412.500 millones y que este año continuará
subiendo (llegaría a los U$S 427.0000 millones). También asegura que en
2006 lo reduciría a U$S 390 mil millones.
En vez de torcer el rumbo,
el Congreso estadounidense lo remachó en diciembre pasado al eliminar las
restricciones a los recortes de impuestos, y elevó el techo de la deuda
federal en U$S 800 mil millones, llevándola a los U$S 8,18 trillones.
Esta una cifra entendible sólo para los economistas y matemáticos de ese
país, donde el trillón -una unidad seguida de 12 ceros- equivale al billón
español.
Acostumbrada a importar
mucho y a exportar muy poco, la economía de los EEUU desarrolla hoy una búsqueda
desesperada de nuevos recursos. A mediados de octubre pasado, Lawrence
Sommers, ex ministro de Hacienda y actual presidente de la Universidad de
Harvard, admitió que el déficit de su país suma ya U$S 660 mil
millones, equivale al 5,7 % del Producto Interno Bruto (PIB) y al uno por
ciento del PIB global, y absorbe dos terceras partes del conjunto de la
cuenta corriente de todo el orbe. Es una situación claramente
insostenible que, sin embargo, aún parecía equilibrarse sobre 'algo'.
Pero al levantarse el manto que lo cubría, quedó en evidencia una serie
de círculos viciosos de proyecciones espantosas, difíciles de tocar dada
su extraordinaria fragilidad.
Tras la crisis asiática,
los EEUU fue una economía de refugio. Apoyada en la existencia de altas
tasas de interés, su economía se venía sosteniendo mediante una captura
fenomenal de recursos financieros de bancos centrales extranjeros. Sólo
los del Este de Asia habían aportado U$S 1,8 billones (contados a la
usanza española) hacia mediados de 2004 (equivalentes a 3/5 del déficit
de cuenta corriente de los EEUU). Hasta China -con una extraña
complicidad- parecía apoyar este proceso adquiriendo y acumulando sus
bonos; otro tanto ocurría con casi todo el globo. El ritmo de crecimiento
de otras deudas y el pago de intereses vitaminizaban al sistema. En algún
momento, el 80% del ahorro mundial estuvo dirigido a sostener la
estabilidad de los EEUU.
Pero la llegada de las
tasas bajas comenzó a enfriar ese flujo. Hoy invertir en los EEUU ya no
es rentable. La devaluación del dólar tornó más delicada esta situación.
Reduciendo artificialmente el valor de su moneda, los EEUU podría estar
estafando a sus acreedores (tan sólo Japón tiene bonos del Tesoro
estadounidenses por U$S 720.000 millones, y China otros 174.000 millones),
pero ello también hace cada vez más difícil que alguien se interese en
seguir adquiriendo el papel verde que pregona la confianza en Dios.
Los EEUU trató de 'huir
hacia adelante' mediante el sobre-estímulo de inversiones. El 9/11 le
brindó una excelente oportunidad de expandir su gasto militar -hoy ya va
en los U$S 500 mil millones anuales-, desarrollando por esta vía una
suerte de 'keynesianismo militar'. Ese gasto le permitía un cierto
mantenimiento del empleo, el abastecimiento de energía barata y la
posibilidad de dar nuevo esplendor al crecimiento de su economía. Pero el
intento no encajó con su desastre comercial: sólo prolongó la agonía.
Y, de paso, demostró que las inyecciones fiscales no podían reemplazar a
la inversión directa o especulativa extranjera -que está en retirada-.
La participación del dólar en las reservas extranjeras globales ha caído
desde un 80% a mediados de los años '70 a un 65% hoy.
La reelección del
Presidente George Bush ya era un problema para el pueblo estadounidense.
Pero, ahora, la sostenida devaluación de su moneda implica que cada dólar
en el bolsillo del trabajador equivaldrá a tres quarters. La depreciación
del dólar reducirá fuertemente el nivel de vida promedio, afectando a
los salarios, pensiones, cuentas de ahorro y valores de bonos. Ello no
tardará en repercutir en una nueva contracción de las tasas de ganancia
y en un crecimiento del desempleo. El alza de los intereses y algo más de
inflación serán parte de la procesión en un país con tasas de ahorro
casi inexistentes y niveles de consumo que hasta ahora vivieron de
prestado.
Lo que hay detrás de todo
este cuadro es una contradicción vital que cruza a prácticamente todos
los principales socios de los EEUU: éstos exigen y esperan de Washington
un ajuste, aunque al mismo tiempo se nutren de sus desequilibrios. Pero la
Casa Blanca desoyó hasta ahora los clamores de otros gobiernos que le
piden establecer un nuevo acuerdo monetario. Bush sigue convencido de que
la devaluación es el camino para resolver su déficit: una suma de déficit
que concluye en una cifra trillonaria. Mientras tanto, continúa generando
una burbuja que podría estallar en cualquier momento.
En cambio, el presidente de
la Reserva Federal (Banco Central) estadounidense, Alan Greenspan, ha
reconocido que 'esta situación sugiere que los inversores internacionales
ajustarán su acumulación de activos en dólares o buscarán retornos más
altos en dólares para compensar el riesgo de concentración, elevando el
costo del financiamiento del déficit de la cuenta corriente de EEUU y
convirtiéndolo cada vez más en menos sostenible.'
Adiós a los 'petrodólares',
hola 'petroeuros'
En una devaluación tan
brusca como la que se está preparando, los Bancos Centrales pierden la fe
en el dólar y comienzan a devolverlo al mercado en cantidades que pueden
ser fabulosas, amenazando con hundir aún más al billete verde. Esto ya
comenzó: Rusia e Indonesia se deshacen masivamente de sus dólares, Chile
emite bonos de deuda en euros, el Banco Central de China (segundo mayor
tenedor de reservas extranjeras, tras de Japón) dice que recortará sus
compras de bonos. Países con deudas principalmente en dólares intentan
prolongar las negociaciones...a la espera de beneficiarse con nuevas bajas
del billete verde.
También es de temer lo que
pase con la inversión de los países árabes (hasta el 11/9, éstos tenían
más de un billón de dólares en los EEUU) y la de los miembros de la
Organización de Países Exportadores de Petróleo: su retirada podría
hacer todavía más insostenible la posición estadounidense. La devaluación
de los '70 -que causó una violenta alza en los precios del crudo- fue de
sólo de un 20% promedio y ocurrió en un contexto económico muy distinto
al actual. Ahora, las pérdidas se anuncian mayores entre los países que
producen el oro negro: en los de la OPEP: sólo en 2004, aquéllas
succionaron un tercio del precio del barril de petróleo.
Todo este escenario ha
levantado una interrogante impensable hasta hace unos años: ¿podría el
dólar perder su estatus de moneda de reserva? Algo similar sucedió a
principios de los '90, cuando la divisa tuvo una prolongada baja, que logró
finalmente remontar. Pero entonces no existía otra alternativa que el dólar.
Hoy está el euro. Ergo: ha comenzado a levantarse el fantasma de la
inminente conversión de los famosos 'petrodólares' en 'petroeuros'. Hay
puntos a favor y en contra de esta posibilidad. Entre los últimos están
que los mercados financieros y de cambios son mucho más débiles en
Europa que en los EEUU y la tasa de crecimiento del PIB sigue siendo más
elevada en este último. A favor juegan el que la economía de la
euro-zona es hoy mayor que la estadounidense y es también el mayor
exportador mundial.
Los europeos perciben la
devaluación del dólar como una amenaza para su comercio, aunque la
fortaleza del euro no deja de serles atractiva en su lucha por la hegemonía
global. La guerra de Irak ha develado este otro trasfondo bélico: una
guerra entre el dólar y el euro. Pero si hay dos regiones en el mundo con
una interrelación muy fuerte, ésas son EEUU y Europa: el comercio entre
ambos representa un quinto del comercio total de cada una de las partes, y
alrededor de la mitad de las inversiones totales en cada parte proviene de
su socio. Por eso Greenspan ha amarrado la suerte de uno al destino del
otro, y advertido la necesidad de 'hacer mucho más tanto en Europa como
en los EEUU para que nuestras economías sean lo suficientemente flexibles
y puedan responder con eficiencia a todos los impactos que seguramente
traerá el futuro.'
La caída del dólar y
una recesión global
En el punto en que está,
la deuda de los EEUU sólo puede crecer. Cualquier disminución es problemática.
Peor aún: catastrófica. El hecho es que las presiones sobre el dólar se
han ido haciendo más fuertes, y una nueva devaluación es inevitable.
Los altos requerimientos de
financiamiento por parte de los EEUU y las renovadas presiones hacia la
baja del dólar pueden elevar la tasa de interés de largo plazo a niveles
superiores a lo proyectado. También es altamente probable que el gobierno
de Bush no logre revertir con rapidez el déficit de cuenta corriente,
porque éste no puede ser corregido sólo con la caída del dólar: EEUU
necesita también mayor ahorro interno público y privado. Y es difícil
que el consumidor promedio estadounidense dé ese voto de confianza (¿Se
lo daría usted a una administración responsable de que su moneda valga
un cuarto menos de su valor?) Si la Casa Blanca no logra reducir el déficit
fiscal, el dólar podría caer más bruscamente y el gasto en consumo caería
bruscamente. Esta combinación de efectos podría redundar en una violenta
y prolongada desaceleración de la economía mundial, un incremento
sustancial de los costos de financiamiento, problemas de insolvencia entre
países altamente endeudados, mayor turbulencia en los mercados
financieros, debilitamiento de los niveles de inversión....
Hay quienes sostienen que
todo depende de la profundidad que pueda alcanzar el derrumbe del dólar.
El problema radica en que, una vez iniciado, es difícil mantener
controlado el proceso -sobre todo cuando discurre en un espacio
globalizado de gigantescas, pero también incontrolables reacciones-. Recuérdese
nada más la forma cómo se expandió el pánico tras el derrumbe de la
moneda tailandesa en 1997.
Bajo este abanico de
circunstancias, una recaída en la recesión y el tránsito hacia una
extensa depresión parecen ser prácticamente inevitables.
Si Japón o China (los dos
principales acreedores estadounidenses) comenzasen a vender sus reservas
en dólares, esta divisa podría caer rápidamente entre un 15 ó 20%
adicionales a lo que ya descendió. Eso obligaría a los EEUU a elevar
fuertemente sus tasas de interés, abandonando la parsimonia con que hasta
ahora inició el ajuste al alza -confiado en que China, Japón o Corea del
Sur seguirán comprándole sus bonos y financiándole sus déficit.
A los chinos, la devaluación
del dólar les afecta sus reservas en un porcentaje importante de su PIB,
y como además el yuan está amarrado al dólar, sigue el mismo derrotero
de éste. Esto podría derivar en un sobrecalentamiento o una brusca
contracción de su economía. Sobre todo porque su sistema crediticio se
encuentra carcomido por un exceso de créditos no recuperables, sostenido
sobre un -hasta ahora- creciente flujo de inversiones externas, mayor crédito
y expansión comercial. Ciertamente, lo que pase en Asia será para nada
beneficioso al resto de la economía -en especial para quienes exportan a
su enorme mercado. Una contracción sólo en China (para no hablar de
India y otras regiones) afectaría a un quinto de la base industrial de
Occidente.
Una caída adicional del dólar
generaría una estampida que multiplicaría los efectos de aquélla: una
gran cantidad de inversionistas, gobiernos, instituciones financieras se
precipitaría a deshacerse de una moneda que pierde a pasos acelerados su
condición de reserva.
El fenómeno podría
revestir efectos funestos para los países en desarrollo -entre ellos los
de América Latina-, que mantienen reservas en esa moneda fluctuantes
entre el 10 al 20% del PIB. En este contexto, es casi un suicido seguir
aferrados a la idea de mantener un excedente de reservas monetarias en dólares
-a la espera de utilizarlos para pagar los intereses de la deuda externa.
Es precisamente el caso chileno: aferrado a una ortodoxia donde la
estabilidad del precio ha sido más importante que el valor real del tipo
de cambio, el Banco Central mantiene prácticamente la totalidad de sus
reservas en dólares.
Suponiendo que -en el
intento de reducir la deuda estadounidense- el dólar baje entre un 20 y
un 30%, las pérdidas que podrían seguir a la presente devaluación podrían
fluctuar entre el 2 al el 5% del Producto de cada tenedor de reservas en dólares.
Según estimaciones del FMI, esas pérdidas podrían proyectarse al
equivalente de un 3.5% del PIB en Argentina, un 5.8% en Chile, un 10% en
China y un 14.1% en Malasia.
Ello equivaldría a
desandar -con creces- todo el camino recorrido y a soportar los efectos de
una nueva 'crisis asiática' como la vivida entre fines de 1997 e inicios
de 2004.
Otro efecto directo son las
consecuencias para países cuyo comercio está concentrado en el área del
dólar (México, con casi un 90% orientado a los EEUU, es el caso más
extremo, pero no el único) Muchos exportadores hicieron pingües
ganancias en 2004 con las alzas que experimentaron el precio del petróleo,
cobre y otras materias primas. Pero para los países en su conjunto,
nuevas y fuertes devaluaciones del dólar podrían originar efectos
nefastos sobre la producción de manufacturas, el consumo y el empleo.
Algunos analistas
internacionales temen que las medidas de remedio hasta ahora insinuadas sólo
actuarían como aceleradores. Una mayor apertura y liberalización de las
economías, como recomendó la reciente reunión de APEC en Santiago,
multiplicaría los efectos perversos de la devaluación. Así, la
intervención en los mercados financieros pasa a asumir un rol vital. A
partir de los desastrosos efectos del contagio financiero creado tras la
crisis asiática, dos de los más férreos defensores de una mayor
regulación para minimizar la volatilidad de os mercados financieros han
sido el Nobel de Economía Joseph Stiglitz y, en Chile y en América
Latina, el economista Ricardo French-Davis -con escaso éxito, a decir
verdad.
(*) Nelson Soza Montiel es
periodista y magíster en economía.
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