|
Una reciente resolución de
las autoridades científicas de Argentina invita a recordar la historia
negra de esta transnacional norteamericana que atenta contra el medio
ambiente y la vida
El "negocio"
de envenenar al planeta: El prontuario criminal de Monsanto
Por Fernando Glenza
APM (Agencia Periodística del Mercosur), 10/03/05
Monsanto se presenta a sí
misma como una empresa visionaria, una fuerza de la historia mundial que
trabaja para aportar ciencia de vanguardia y una actitud ambientalmente
responsable a la solución de los problemas más urgentes de la humanidad.
Pero, ¿qué es en realidad Monsanto? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo llegó
a ser el segundo productor mundial de agroquímicos y uno de los
principales proveedores de semillas en el planeta? ¿Es Monsanto la
compañía "limpia y verde" que proclaman sus anuncios, o los
mismos apenas representan una operación de imagen que oculta la
naturaleza criminal de la compañía?
En una Resolución del 13
de diciembre de 2004, el Comité Nacional de Ética en la Ciencia y la
Tecnología (CECTE), dependiente del Ministerio de Educación, Ciencia y
Tecnología de Argentina, tomó conocimiento de la convocatoria al Premio
"Animarse a Emprender", instituido por el Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas, Educativas y Técnicas (CONICET) y la
empresa Monsanto, que otorgaba 30 mil dólares al mejor proyecto en el
área de biotecnología y medio ambiente, y recogió las inquietudes
formuladas sobre este premio por algunos investigadores.
En atención a esas
consideraciones, el CECTE estimó que es "inconveniente" que una
institución pública de la ciencia y la tecnología se asocie en el
otorgamiento de premios a la investigación científica o tecnológica con
organizaciones o empresas que "son objeto de cuestionamientos éticos
por sus responsabilidades y acciones concretas en detrimento del bienestar
general y el medioambiente".
Monsanto es la compañía
que introdujo al mercado la primera generación de cultivos transgénicos,
convirtiéndose en el líder mundial en la promoción de biotecnología en
la agricultura. Actualmente, es el mayor vendedor mundial de semillas
transgénicas en Latinoamérica, Estados Unidos y Canadá. Sus cultivos
representan más del 90 por ciento de todos los cultivos transgénicos del
mundo. Los cultivos resistentes a su herbicida "glifosato", como
la "soja RR" (Roundup Ready) y el "maíz RR", sólo
promueven la agricultura industrial de insumo-dependencia. Una mirada a su
historia nos dará algunas claves reveladoras, y puede ayudarnos a
entender mejor las prácticas actuales de la compañía.
Un resumen de la detallada
investigación realizada por Brian Tokar, autor de "Earth for
Sale" (South End Press, 1997) y "The Green Alternative" (New
Society Publishers, 1992), y profesor de Ecología Social en el Goddard
College, de Plainfield, Vermont, Estados Unidos, muestra una verdadera
colección de atrocidades perpetradas por esta multinacional de gran
ingerencia actual en Latinoamérica.
Con sede en San Louis,
Missouri, Estados Unidos, Monsanto Chemical Company fue fundada en 1901
por John Francis Queeny, un químico autodidacta que llevó la tecnología
de la fabricación de sacarina, el primer edulcorante artificial, de
Alemania a Estados Unidos. En los años 20, Monsanto se convirtió en uno
de los principales fabricantes de ácido sulfúrico y de otros productos
básicos de la industria química, y desde la década del 40 hasta
nuestros días, es una de las cuatro únicas compañías que han estado
siempre entre las 10 primeras empresas químicas de Estados Unidos.
En los años 40, el negocio
de Monsanto giraba en torno a los plásticos y las fibras sintéticas. En
1947, un carguero francés que transportaba nitrato de amonio (utilizado
como fertilizante) explotó en un muelle a unos 90 metros de la fábrica
de plásticos de Monsanto en las afueras de Galveston, en Texas. Más de
500 personas murieron en lo que llegó a ser considerado como uno de los
más grandes desastres de la industria química. La planta producía
estireno y plásticos de poliestireno, que aún se usan para envases de
alimentos y otros productos de consumo masivo. En los años 80, la Agencia
de Protección del Medio Ambiente de los Estados Unidos (EPA), colocó al
poliestireno en el quinto lugar de la clasificación de productos
químicos cuya producción genera las mayores cantidades totales de
residuos peligrosos.
En 1929, la Swann Chemical
Company, adquirida poco después por Monsanto, desarrolló los bifenilos
policlorados (PCBs por sus siglas en inglés), que fueron muy alabados por
su estabilidad química y su ininflamabilidad. Su uso más frecuente se
dio en la industria de equipos eléctricos, que escogió a los PCBs como
refrigerantes incombustibles de una nueva generación de transformadores.
En el transcurso de los años 60, los compuestos de la cada vez más
numerosa familia de los PCBs de Monsanto fueron también usados como
lubricantes, líquidos hidráulicos, aceites lubricantes de herramientas,
revestimientos impermeables y selladores líquidos. Las pruebas de los
efectos tóxicos de los PCBs se remontan a los años 30, cuando
científicos suecos que estudiaban los efectos biológicos del DDT
comenzaron a hallar concentraciones significativas de PCBs en la sangre,
pelo y tejidos grasos de los animales silvestres.
La investigación durante
los años 60 y 70 reveló que los PCBs y otros compuestos organoclorados
aromáticos eran carcinógenos poderosos, y también los relacionó con un
amplio conjunto de trastornos reproductivos, de desarrollo y del sistema
inmunológico. La afinidad química de estos compuestos por las grasas es
responsable de sus enormes tasas de acumulación y bioconcentración, así
como de su expansión a través de la cadena alimenticia marina en el
mundo. Aunque la fabricación de PCBs se prohibió en Estados Unidos en
1976, sus efectos tóxicos y perturbadores del sistema endocrino persisten
en todo el mundo.
La relación de Monsanto
con la dioxina se remonta a la fabricación del herbicida 2,4,5-T, que
comenzó a finales de la década de los 40. Casi inmediatamente, los
trabajadores comenzaron a enfermar, con erupciones en la piel, dolores
inexplicables en las extremidades, articulaciones y otras partes del
cuerpo, debilidad, irritabilidad, nerviosismo y pérdida del deseo sexual.
Documentos internos muestran que la compañía sabía que aquellas
personas estaban realmente tan enfermas como decían, pero la empresa
mantuvo todas las pruebas ocultas. El contaminante responsable de las
dolencias de los trabajadores no fue identificado como dioxina hasta 1957,
pero antes de esa fecha, los especialistas en guerra química del
ejército de los Estados Unidos se habían interesado por dicha sustancia
como una posible arma química.
Monsanto envenenó Vietnam.
El herbicida conocido como Agente Naranja, que fue usado por las fuerzas
militares estadounidenses para desfoliar los ecosistemas de selva tropical
de Vietnam durante los años 60, era una mezcla de 2,4,5-T y 2,4-D que
provenía de varias fuentes, pero el Agente Naranja de Monsanto tenía
concentraciones de dioxina muchas veces superiores al producido por Dow
Chemical, el otro gran productor del defoliante. Esto convirtió a
Monsanto en el principal acusado en la demanda interpuesta por veteranos
de la guerra del Vietnam, que experimentaron un conjunto de síntomas de
debilidad atribuibles a la exposición al Agente Naranja. Cuando en 1984
se alcanzó un acuerdo de indemnización por valor de 180 millones de
dólares entre siete compañías químicas y los abogados de los
veteranos, la justicia ordenó a Monsanto pagar el 45,5 por ciento del
total. Por supuesto, a los tribunales de Estados Unidos ni se los ocurrió
que a una mayor indemnización tenían derecho la sociedad y el Estado de
Vietnam.
El Roundup es el herbicida
más vendido del mundo. Actualmente, los herbicidas de glifosato, tales
como el Roundup, representan al menos una sexta parte de las ventas
anuales totales de Monsanto, y la mitad de los ingresos por operaciones de
la compañía, o quizá algo más, desde que la misma delegó sus
actividades en torno a productos químicos industriales y tejidos
sintéticos en una empresa aparte, llamada Solutia (en septiembre de
1997). Monsanto promociona agresivamente el Roundup como un herbicida
seguro y de uso general en cualquier lugar, desde céspedes y huertas
hasta grandes bosques.
En 1997, Monsanto
respondió a cinco años de quejas del fiscal general del estado de Nueva
York relativas a que sus anuncios del Roundup eran engañosos, cambiando
sus anuncios en el sentido de borrar las referencias a la "biodegradabilidad"
y al carácter "ambientalmente positivo" del herbicida. La serie
de grandes multas y decisiones judiciales contra Monsanto en Estados
Unidos incluyen responsabilidades en casos de muerte por leucemia, multas
de 40 millones de dólares por el vertido de productos peligrosos al medio
ambiente, y muchos otros episodios. En 1995, Monsanto era la quinta
empresa de Estados Unidos en el inventario de vertidos tóxicos de la EPA,
con millones de kilogramos de productos químicos tóxicos descargados
sobre la tierra, en el aire, en el agua y en el subsuelo.
Los productos
farmacéuticos de Monsanto tienen también un historial inquietante. El
producto estrella de la compañía farmacéutica Searle, subsidiaria de
Monsanto, es el edulcorante artificial "aspartame", vendido bajo
los nombres comerciales de Nutrasweet y Equal. En 1981, cuatro años antes
de que Monsanto comprase Searle, un comité consultivo de la FDA (Food and
Drug Administration) compuesto por científicos independientes, confirmó
informes que afirmaban que el aspartame podría inducir tumores
cerebrales.
La FDA retiró a Searle la
licencia de venta del aspartame, pero esta decisión fue anulada por un
nuevo comisionado nombrado por el entonces presidente Ronald Reagan. En
ese momento el actual secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald
Rumsfeld, era el presidente de la compañía.
Un estudio de 1996
publicado en la revista científica Journal of Neuropathology and
Experimental Neurology ha suscitado de nuevo la preocupación,
relacionando el aspartame con un incremento súbito de cánceres
cerebrales a poco de introducirse la substancia. La Unidad de
Investigación sobre Política Científica de la Universidad de Sussex,
Inglaterra, cita una serie de informes de los años 80, que relacionan el
aspartame con un conjunto amplio de reacciones adversas en consumidores
sensibles, incluyendo dolores de cabeza, visión borrosa, entumecimiento,
pérdida de audición, espasmos musculares y ataques inducidos de tipo
epiléptico, entre otras muchas dolencias.
La agresiva promoción que
Monsanto realiza de sus productos biotecnológicos, desde la hormona
recombinante del crecimiento bovino (rBGH) a la soja "Roundup Ready"
y a sus variedades de algodón resistentes a los insectos, resulta a ojos
de cualquier observador como una continuación de sus largas décadas de
prácticas éticamente discutibles.
Originalmente, Monsanto fue
una de las cuatro empresas que querían introducir en el mercado una
hormona sintética del crecimiento bovino, producida por la bacteria E.
coli, manipulada genéticamente para producir la proteína bovina. El
esfuerzo de Monsanto, que duró 14 años, para lograr la aprobación de la
FDA a la comercialización de la BGH recombinante, estuvo lleno de
controversias, llegándose a denunciar un esfuerzo coordinado para
suprimir información sobre los efectos perjudiciales de la hormona.
La hormona de Monsanto se
aprobó por la FDA para su venta comercial a principios de 1994. El año
siguiente, la Unión de Agricultores de Wisconsin, hizo público un
estudio de las experiencias de los granjeros con la droga. Sus hallazgos
excedieron los 21 problemas potenciales de salud que Monsanto fue obligada
a incluir en la etiqueta de advertencia de su marca Posilac (nombre
comercial de la rBGH). Se obtuvieron muchos informes de muertes
espontáneas entre vacas tratadas con rBGH, alta incidencia de infecciones
de ubres, graves dificultades metabólicas y problemas en los partos y, en
algunos casos, imposibilidad de apartar a las vacas tratadas de la
substancia, a la que se habían habituado.
Muchos ganaderos
experimentados que usaron la rBGH tuvieron que reemplazar de repente una
buena parte de sus rebaños. En lugar de responder a las causas de las
quejas de los ganaderos sobre la rBGH, Monsanto emprendió la ofensiva,
amenazando con demandas judiciales contra las pequeñas empresas lecheras
que anunciaban sus productos como libres de la hormona artificial, y
participando en una acción legal interpuesta por varias asociaciones
industriales de comercio contra la primera (y única) ley de etiquetado
obligatorio para la rBGH en Estados Unidos. Todo ello mientras aumentaban
las pruebas de los efectos perjudiciales de la rBGH en la salud de las
vacas y de las personas.
Los esfuerzos para impedir
el etiquetado de las exportaciones estadounidenses de soja y maíz
manipulados genéticamente, parecen indicar que Monsanto sigue aplicando
las tácticas ingeniadas por la compañía para sofocar las quejas contra
la hormona de la leche. Si bien Monsanto argumenta que su soja "Roundup
Ready" acabará por reducir el consumo de herbicidas, el uso
generalizado de variedades de cultivos tolerantes a los herbicidas
significa un aumento de la dependencia de los agricultores respecto del
herbicida. Las malas hierbas que aparecen después de que el herbicida
original se haya dispersado o degradado, se tratan a menudo con más
aplicaciones de herbicida.
Por otra parte, Monsanto ha
aumentado su producción de Roundup en los últimos años. Habiendo
expirado la patente de Roundup en Estados Unidos en el año 2000, y con
una competencia de productos genéricos de glifosato surgiendo en todo el
mundo, el "paquete" de herbicida Roundup y semillas "Roundup
Ready" se ha convertido en la piedra angular de la estrategia de
Monsanto para seguir aumentando sus ventas de herbicida.
Los posibles efectos
ambientales y sanitarios de los cultivos tolerantes al Roundup no han sido
investigados completamente; por ejemplo, los efectos alergénicos, el carácter
invasivo o de mala hierba de estos cultivos y la posibilidad de que la
resistencia al herbicida se transfiera vía polen a otras semillas de soja
o a otras plantas emparentadas.
Mientras que los problemas
con la soja resistente a herbicidas son despreciados como algo muy
genérico y especulativo, la experiencia de los algodoneros con las
semillas manipuladas genéticamente por Monsanto constituye una historia
muy diferente.
Desde 1996 Monsanto ha
sacado dos variedades de algodón manipulado genéticamente; una es una
variedad resistente al Roundup, y la otra, llamada "BT", segrega
una toxina bacteriana para controlar los daños producidos por plagas del
algodón. La toxina, derivada del Bacillus thuringiensis (B.t.), se ha
utilizado por los agricultores ecológicos desde los primeros años 70 en
forma de un aerosol natural bacteriano. Pero a diferencia de las bacterias
B.t., que viven relativamente poco, y segregan su toxina en una forma que
sólo se activa en los sistemas digestivos de ciertos gusanos y orugas,
los cultivos "BT" modificados genéticamente segregan una forma
activa de la toxina a lo largo del ciclo vital de la planta.
Gran parte del maíz
genéticamente manipulado del mercado es una variedad con capacidad de
segregar esta toxina bacteriana, ideada para repeler al gusano de la raíz
del maíz y a otras plagas comunes.
El primer problema de estos
cultivos que segregan plaguicidas es que la presencia de la toxina en todo
el ciclo vital de la planta favorece la aparición de cepas resistentes al
B.t. entre los insectos. La EPA ha determinado que una resistencia
extendida al B.t. puede convertir en inefectivas las aplicaciones
naturales de la bacteria B.t. en apenas tres o cinco años, y pide a los
agricultores que planten hasta un 40 por ciento de sus cultivos con
algodón no manipulado genéticamente, para que sirva de
"refugio" a los insectos y evitar la aparición de resistencias
al B.t. En segundo lugar, la toxina segregada por estas plantas puede
dañar a insectos beneficiosos, además de aquellas otras especies que los
agricultores quieren eliminar.
Pero los efectos nocivos
del algodón "BT" han resultado ser mucho más rápidos de lo
esperado, tanto que Monsanto y sus socios han retirado del mercado más de
2 millones de kilos de semillas de algodón manipuladas genéticamente, y
han acordado pagar a los cultivadores de Estados Unidos una indemnización
de muchos millones de dólares. A pesar de estos problemas, Monsanto sigue
fomentando el uso de la ingeniería genética en la agricultura al tomar
el control de muchas de las mayores y más establecidas empresas de
semillas en los Estados Unidos, controlando el 85 por ciento del mercado
estadounidense de semillas de algodón.
La compañía sigue
también en otros países esta agresiva política de adquisiciones de
empresas y de venta de productos. En 1997, Monsanto compró "Sementes
Agroceres S.A.", descrita como "la principal empresa de semillas
de maíz de Brasil", con una cuota de mercado del 30 por ciento. Por
otro lado, son conocidas las denuncias de importación ilegal de soja
transgénica provenientes de la filial argentina de Monsanto.
Con esta larga e
inquietante historia, se entiende porqué muchos ciudadanos informados de
Europa y Estados Unidos se resisten a confiar en Monsanto el futuro de su
comida y salud. No ocurre lo mismo en Latinoamérica.
Bajo la gestión de su
presidente, Robert Shapiro, Monsanto ha apartado todos los obstáculos
para transformar su imagen de un suministrador de productos químicos
peligrosos en una institución ilustrada y con visión de futuro, que
lucha para alimentar al mundo. Shapiro se describe a sí mismo como un
visionario y un hombre renacentista, encargado de la misión de usar los
recursos de la compañía para cambiar el mundo: "No es un problema
de buenos y malos. No sirve para nada decir -si los malos se fueran,
entonces el mundo iría bien-; es el sistema entero el que ha de cambiar;
hay una gran oportunidad para reinventarlo, dice el ejecutivo de Monsanto.
El sistema
"reinventado" de Shapiro es tal que no sólo continúan
existiendo las grandes empresas, sino que además éstas ejercen cada vez
un mayor control sobre nuestras vidas. Pero últimamente se nos dice que
Monsanto se ha reformado, que se ha desprendido con éxito de sus
divisiones de industria química y que se ha comprometido a reemplazar los
productos químicos con "información", en forma de semillas
manipuladas genéticamente y otros productos de la biotecnología. Esto no
deja de ser una ironía viniendo de una compañía cuyo producto más
rentable es un herbicida.
Monsanto demuestra
claramente que ha aprendido a utilizar la charlatanería adecuada. Así,
Roundup no es un herbicida, sino "una forma de minimizar las labores
del suelo y reducir la erosión". Los cultivos de ingeniería
genética no son simplemente fuentes de beneficio para Monsanto,
"sino que surgen para resolver el problema inexorable del crecimiento
de la población". Por último, se nos quiere hacer creer que la
agresiva promoción de la biotecnología que lleva a cabo Monsanto no es
fruto de la arrogancia empresarial, sino simplemente una "ley de la
naturaleza".
Monsanto ha bautizado el
aparente crecimiento exponencial de lo que llama "conocimiento
biológico" con el nombre de "Ley de Monsanto" -nada
menos-. Como con cualquier otra presunta ley de la Naturaleza, poco se
puede hacer fuera de observar cómo se cumplen sus predicciones, y en este
caso, la predicción es ni más ni menos que el crecimiento exponencial
continuo del poder mundial de Monsanto.
Pero el crecimiento de
cualquier tecnología no es simplemente una "ley de la
naturaleza". Las tecnologías no son fuerzas sociales en sí mismas,
ni simples herramientas neutrales que se pueden utilizar para alcanzar
cualquier fin social, sino el producto de unas instituciones sociales y de
unos intereses económicos particulares.
Por ejemplo, la llamada
"Revolución Verde" de la agricultura de los años 60 y 70
aumentó temporalmente los rendimientos de los cultivos, e hizo también a
agricultores de todas las partes del mundo cada más dependientes de
costosos insumos químicos. Esto provocó desplazamientos generalizados de
campesinos fuera de sus tierras, y en muchos países ha ido en detrimento
del suelo, las aguas subterráneas y las tierras comunales, que han
sustentado a la gente durante miles de años. Estos desequilibrios a gran
escala han alimentado la suburbanización y la pérdida de poder social de
las comunidades, lo que ha conducido a su vez a otro ciclo de
empobrecimiento y hambre.
La "Segunda
Revolución Verde", prometida por Monsanto y otras compañías
biotecnológicas, amenaza con una destrucción aún mayor de las
relaciones sociales y de la posesión tradicional de la tierra.
Al rechazar a Monsanto y su
biotecnología, no estamos necesariamente rechazando la tecnología "per
se", sino que queremos reemplazar una tecnología de manipulación,
control y beneficios, que niega la vida, por otra verdaderamente
ecológica, diseñada para respetar el funcionamiento de la Naturaleza,
mejorar la salud personal y comunitaria, sustentar a las comunidades que
viven de la tierra y operar a una escala genuinamente humana. Si creemos
en la soberanía, es necesario que podamos elegir qué tecnologías son
las mejores para nuestras comunidades, en lugar de que decidan por
nosotros entidades a las que es muy difícil pedir responsabilidades, como
Monsanto.
En vez de tecnologías
ideadas para el enriquecimiento continuo de unos pocos, podemos basar
nuestra tecnología en la esperanza de una mayor armonía entre nuestras
comunidades humanas y el mundo material. Nuestra salud, nuestros alimentos
y el futuro de la vida en la Tierra están realmente en juego.
|
|