|
Algunas cuestiones en
debate sobre los cultivos transgénicos y sus efectos sobre el ecosistema
y la población
Por Alberto J. Lapolla (*)
EDI (Economistas de Izquierda), 20/03/05
Los cultivos transgénicos
se han difundido entre nosotros (República Argentina) de manera
explosiva. Hoy la mitad de la superficie cultivada argentina se basa en
soja RR, genéticamente modificada para hacerla resistente al herbicida
glifosato. También se ha autorizado el maíz RR. El permiso para su
ingreso se extiende a 19 países. Su cultivo masivo sólo está autorizado
en cinco de ellos. La Argentina gracias a una resolución del Ingeniero
Felipe Solá, entonces Secretario de Agricultura del ministro Cavallo,
autorizó los cultivos transgénicos, sin ningún estudio previo que
avalara tal decisión. Lo mismo había hecho apenas unos años antes en su
país, R. Reagan, mediante un decreto presidencial, pese a la oposición
de los organismos de control sanitarios y ambientales norteamericanos. Hoy
la transgenia también se expande a usos medicinales e industriales. En
una primera mirada la transgenia parecería una nueva herramienta
tecnológica que viene a resolver problemas existentes y que, como siempre
ocurre, trae aparejada la oposición de quienes se resisten al progreso.
Pero la realidad como siempre es más compleja que lo que parece.
Toda la teoría de la
transgenia se basa en una simplificación de la teoría del ADN de Watson
y Crick en el sentido de que cada carácter genético está determinado
por una única secuencia de ADN. No habiendo interferencias de ningún
tipo en ello. En un sentido la nueva genética de la Ingeniería Genética
y de las empresas de biotecnología -que manejan en un 95% la
investigación, la inversión y el patentamiento de estos productos-, se
resumiría en el slogan ‘un gen, una proteína o un gen un carácter’.
O peor aun, ‘el ADN es la vida’, como señalara luego de la muerte de
Watson, su colega Francis Crick. Este ha sido el dogma central sobre el
que se apoyó este inmenso negocio que hoy mueve miles de millones de
dólares. Es decir, el ADN no sería un código de la vida sino la vida
misma. Manipular el ADN implicaría crear vida. El hombre puede ser Dios.
El problema reside en que
esto no es así, pero reconocerlo abiertamente implica el derrumbe de un
negocio multimillonario Si bien los genetistas vegetales siempre supimos
que había factores ligados a la herencia de varios genes, que algunos
factores tenían una herencia compleja, que había herencia cuantitativa y
que la idea de ‘un gen un carácter’ no era acompañada siempre por la
práctica, la nueva genética pareció arrasar con esas dudas. Sin embargo
estos mismos hechos y otros nuevos fueron apareciendo ya a partir de los
años setenta. Luego con la realización del Plan del Genoma Humano y su
afortunada exposición pública -por mediación del presidente Clinton en
contra de las empresas biotecnológicas que querían su privatización-
permitió el acceso a la comunidad científica internacional a hechos que
confirmaban claramente esta línea. Es decir la relación entre el ADN, el
ARN y las proteínas no era lineal y unidireccional, sino compleja y
multidereccional. Es decir, la presencia de algunas proteínas inhiben la
acción de algunos genes que están en el genoma, pero que se expresan
sólo en algunas condiciones. Genes a los que un pensamiento utilitarista
y determinista ha llamado indebidamente ‘genes basura’.
Simultáneamente se ha observado también que en conjunto la presencia de
algunas proteínas, hace que algunos genes produzcan determinadas
proteínas y no otras. En ausencia de esas proteínas los genes
producirían otras proteínas. Es decir otros caracteres. Así de seguido,
la enfermedad conocida como de la ‘Vaca Loca’ complicó aun más las
cosas para los defensores del dogma central, pues en su transmisión de
animal en animal y de estos hacia el humano no participaba material
genético, sino sustancias de origen proteico denominados priones. Esto
implica que en realidad al manipular genes e introducir un gen dentro del
genotipo de otro organismo, no sólo alteramos barreras que la selección
natural construyó durante millones de años, afectando así al ecosistema
global de una manera irreversible y desconocida, -en particular para el
plazo mínimo de los pocos años que requiere un ensayo de objetivos
comerciales inmediatos, como pretenden las multinacionales de la
alimentación-, sino que además estamos afectando más de un carácter
del nuevo organismo. Es probable que se introduzca el carácter de la
resistencia al glifosato por ejemplo, pero también se introducen otros
elementos que desconocemos en su accionar, pero que seguramente afectarán
algunos aspectos vinculados con la síntesis de proteínas. Por lo cual
las enfermedades de allí derivadas para el hombre y los animales se
vinculan con las alergias, el cáncer y las enfermedades
inmunodeficientes. Tal cual se ha detectado en los estudios serios sobre
los efectos de los cultivos trangénicos respecto de salud en el largo
plazo. El problema mayor aquí radica en que estos efectos no son
investigados. Por lo tanto no pueden ser comunicados. Lo que no se
investiga no se conoce y por lo tanto no existe. En este hecho radica la
tan mentada -por las multinacionales de la biotecnolgía, granarias y sus
agentes- ‘ausencia de efectos nocivos de los cultivos transgénicos
sobre la alimentación humana’.
Problemas más graves se
están reportando con los clones animales y los individuos obtenidos a
partir de la fertilización forzada. Si bien en este caso no es un tema
estricto de transgenia, sí lo es respecto de la biotecnología y la
manipulación de técnicas aun no debidamente experimentadas en sus
consecuencias en el largo plazo. Con una utilización predeterminada
exclusivamente por los beneficios económicos que de ella derivan.
Esta polémica inicialmente
sólo llevada adelante por algunos científicos valientes, como los
Doctores Barry Commoner y Mae-Wan Ho, hoy es un debate abierto en los
países del Primer mundo, particularmente en Europa. Al punto que hace ya
varios años se ha creado el Grupo de Ciencia Independiente que nuclea a
cientos de científicos de todo el mundo en una lucha abierta contra el
uso indiscrimando e incontrolado de la transgenia. De tal forma que
algunos gobiernos del Primer mundo inponen limitaciones a los productos
trangénicos. De tal forma las empresas que los producen se refugian en
países del Tercer mundo como el nuestro, donde los científicos están
ávidos por recibir ‘ayuda’ financiera. Países donde los estados
destruidos por las políticas neoliberales parecen estar mentalmente
incapacitados para controlar a dichas megaempresas. Una vez más el Tercer
mundo hace lo que algunos miembros del Primer mundo dicen que hay que
hacer, transformando a sus pueblos en laboratorios vivientes, en
cobayos humanos para sus ‘investigaciones’ comerciales y en fuentes de
gigantescas ganancias por supuesto. Una vez más se trata de hacer lo
que ellos hacen y no lo que nos dicen que debemos hacer. La contaminación
transgénica es irreversible, cuando la salud de nuestra población y
nuestro ecosistema en su conjunto se encuentren afectados de manera
insoluble, las multinacionales seguirán su camino parasitando otros
países. Siempre y cuando la humanidad no haya podido ponerles límites a
su insaciable capacidad depredatoria sobre el ecosistema global, las
demás especies, la especie humana, los recursos, la economía, las
libertades, la cultura, las tradiciones y la vida misma.
(*) Ingeniero Agrónomo
genetista.
|
|