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Juan Pablo II, el gran restaurador
Por
Leonardo Boff (*)
Servicio de columnistas de IPS (Inter Press Service),
abril 2005
El pontificado de Juan Pablo II ha sido
largo y complejo. Sólo le haremos justicia si lo consideramos dentro de
un amplio marco de temas que desde hace mucho tiempo preocupan a la
Iglesia Católica, escribe Leonardo Boff, figura fundamental de la Teología
de la Liberación que en 1985 fue castigado con el "silencio
obsequioso" por las autoridades doctrinales del Vaticano.
El
Pontificado de Juan Pablo II ha sido largo y complejo. Sólo le haremos
justicia si lo consideramos dentro de un amplio marco de temas que desde
hace mucho tiempo preocupan a la Iglesia.
¿Cuál
es la característica fundamental de este Papado? La restauración y el
retorno a la gran disciplina. Juan Pablo II no se caracterizó por la
reforma, sino por la contrarreforma. Representó la tentativa de detener
un proceso de modernización que irrumpió en la Iglesia desde los años
60 y que estaba interesando a todo el cristianismo. De este modo retrasó
el ajuste de cuentas que la Iglesia está haciendo en relación a dos
graves problemas que la martirizan desde hace cuatro siglos.
El
primero está ligado al surgimiento de otras iglesias como consecuencia
de la Reforma Protestante del siglo XVI, que fracturó la unidad de la
Iglesia romano-católica y la obligó a tolerar otras iglesias que
interpretaba como cismáticas y heréticas.
La
segunda gran cuestión deriva de la modernidad de las luces, con el
surgimiento de la razón, de la tecnociencia, de las libertades civiles y
de la democracia. Esta nueva cultura colocaba en jaque la revelación de
la cual la Iglesia se siente portadora exclusiva y denunciaba la forma en
que la Iglesia se organiza institucionalmente: como una monarquía
absolutista espiritual en contradicción con la democracia y la vigencia
de los derechos humanos.
En
relación a las iglesias evangélicas, la estrategia del Vaticano apuntaba
a la reconversión a fin de restaurar la antigua unidad eclesiástica bajo
la autoridad del Papa.
Hacia
la sociedad moderna la relación era de crítica y condena de su proyecto
emancipatorio y secularizador con miras a recrear la unidad cultural bajo
la égida de los valores morales cristianos.
Las
dos estrategias fracasaron. Las otras iglesias crecieron y se afirmaron en
todos los continentes. La sociedad moderna, con sus libertades, su ciencia
y su técnica se convirtió en el paradigma para el mundo entero. La
Iglesia católica se vio transformada en un bastión de conservadurismo
religioso y de autoritarismo político.
Fue
obra del buen sentido y la osadía de un Papa, Juan XXIII, la convocatoria
de un Concilio Ecuménico para enfrentar valientemente aquellas dos
cuestiones no resueltas.
Efectivamente,
el Concilio Vaticano II (1962-65) asumió como lema, no más el anatema
sino la comprensión, no más la condena sino el diálogo. Respecto a las
otras iglesias inauguró el diálogo ecuménico, que presupone la aceptación
de la existencia de otras iglesias. Respecto al mundo moderno se planteó
una reconciliación con las esferas del trabajo, la ciencia, la técnica,
las libertades y la tolerancia religiosa.
Pero
aún faltaba el tercer ajuste de cuentas: con los pobres, que son la
gran mayoría de la humanidad. Fue mérito de la Iglesia
latinoamericana el recordar que no existe sólo un mundo moderno
desarrollado sino también un submundo subdesarrollado, que suscita una
pregunta incómoda: ¿Cómo anunciar a Dios como Padre en un mundo de
miserables? Sólo tiene sentido anunciar a Dios como Padre si somos
capaces de sacar a los pobres de la miseria, si convertimos esta realidad
de mala en buena.
Es
precisamente lo que hicieron los sectores más dinámicos en Latinoamérica,
animados por algunos profetas como Helder Camara. La consigna era la opción
por los pobres y contra la pobreza.
El
viraje alentó a muchos cristianos a ingresar en los movimientos sociales
de liberación y hasta en frentes armados, mientras numerosos obispos y
cardenales asumieron un papel destacado en el combate a las dictaduras
militares y en la defensa de los derechos humanos, entendidos
principalmente como derechos de los pobres.
Juan
Pablo II fue elegido Papa cuando estaba en curso ese proceso. Su
Pontificado se situó desde el comienzo en la contracorriente de estas
tendencias que eran dominantes. Seguramente fueron determinantes en su
postura su origen polaco y los círculos de la Curia Romana,
marginalizados pero no derrotados por el Concilio Vaticano II. En Roma el
nuevo Papa se encontró con la burocracia vaticana, conservadora por
naturaleza, que pensaba lo mismo que él. Se estableció así un bloque
histórico poderoso Papa-Curia con la meta de imponer la restauración de
la identidad y la antigua disciplina.
Las
condiciones personales de Juan Pablo II lograron realizar de la mejor
manera ese proyecto, gracias a su figura carismática, a su innegable
irradiación, a su habilidad de dramatización mediática.
Para
realizar su designio de restauración se dotó de instrumentos adecuados.
Reescribió el derecho canónico para que encuadrara toda la vida de la
Iglesia, hizo publicar el Catecismo Universal de la Iglesia Católica y
con ello oficializó el pensamiento único dentro de la Iglesia. Quitó
poder de decisión al Sínodo de Obispos, sometiéndolo totalmente al
poder papal, así como limitó el poder de las conferencias continentales
de obispos, de las conferencias nacionales episcopales, de las
conferencias de religiosos en los niveles nacional e internacional,
marginalizó el poder de participación decisoria de los legos y negó
plena ciudadanía eclesial a las mujeres, relegadas a funciones
secundarias, siempre lejos del altar y del púlpito.
Junto
con su principal asesor, el cardenal Joseph Ratzinger, el Papa profesaba
una visión agustiniana de la historia, para la cual lo que realmente
cuenta es sólo lo que pasa a través de la mediación de la Iglesia,
portadora de salvación sobrenatural. Según esa visión, lo que pasa por
la mediación de los hombres y de la historia no alcanza la altura divina
y es insuficiente ante Dios.
Esta
postura lo indujo a una fundamental incomprensión de la teología
latinoamericana de la liberación. Esta afirma que la liberación debe ser
obra de los propios pobres. La Iglesia es sólo una aliada que refuerza y
legitima la lucha de los pobres. Para el cardenal Ratzinger esta liberación
es meramente humana y carente de relevancia sobrenatural.
Es
preciso destacar que el Papa tuvo una visión corta y simplista de este
tipo de teología, que interpretó con la lógica de sus detractores y,
hoy lo sabemos, a partir de las informaciones que la CIA le suministraba,
particularmente sobre la influencia de los teólogos de la liberación en
Centroamérica. La interpretó como un caballo de Troya del marxismo que
él estaba obligado a denunciar, en razón de la experiencia adquirida
sobre el comunismo en su Polonia natal. Se convenció de que el peligro en
Latinoamérica era el marxismo, cuando el verdadero peligro siempre ha
sido el capitalismo salvaje y colonialista con sus elites antipopulares y
retrógradas.
En
Juan Pablo II prevalecía la misión religiosa de la Iglesia y no su misión
social. Si hubiera dicho «vamos a apoyar a los pobres y a comprometer a
la Iglesia con las reformas en nombre del Evangelio y de la tradición
profética», otro hubiera sido el destino político de América Latina.
Por
el contrario, organizó la restauración conservadora en todo el
continente: desplazó a obispos proféticos y designó a obispos
distanciados de la vida del pueblo, cerró instituciones teológicas y
sancionó a sus docentes.
Hubo
una gran contradicción entre las actitudes del Papa y sus enseñanzas.
Hacia afuera, se presentaba como un paladín del diálogo, de las
libertades, la tolerancia, la paz y el ecumenismo; pidió perdón en
varias ocasiones por los errores y condenas eclesiásticas en el pasado;
se reunió con líderes de otras religiones para rezar, unidos, por la paz
mundial. Pero dentro de la Iglesia acalló el derecho de expresión,
prohibió el diálogo y produjo una teología con fuertes tonos
fundamentalistas.
El
proyecto político-eclesiástico asumido por el Papa no resolvió los
problemas que se había planteado en relación a la Reforma, la modernidad
y la pobreza. Mas bien los agravó, retrasando un verdadero ajuste de
cuentas.
Las
limitaciones de su estilo de gobierno de la Iglesia no impidieron que Juan
Pablo II alcanzase la santidad personal en un grado eminente. Así fue, en
el marco de una religión «a la antigua» con gran devoción hacia los
santos y especialmente a Nuestra Señora, a las reliquias y a los lugares
de peregrinación. Fue hombre de profunda oración. A veces al orar se
transfiguraba y empalidecía, otras veces gemía y vertía lágrimas. Una
vez lo sorprendieron en su capilla particular extendido en el suelo en
forma de cruz, como en éxtasis, a semejanza de los iluminados españoles
del siglo XVI.
¿A
quién le corresponde la última palabra? A la historia y a Dios. Nosotros
sólo podremos acceder a la historia, que nos dirá cuál fue su real
significado para el cristianismo y para el mundo en esta fase de cambio de
paradigmas y de cambio de milenio.
(*) Leonardo Boff, teólogo de la liberación,
en 1985 fue castigado con un año de «silencio obsequioso» y depuesto de
sus funciones editoriales y académicas en el campo religioso por las
autoridades doctrinales del Vaticano.
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