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El
Vaticano y la Teología de la Liberación
Diálogo
entre monseñor Oscar Arnulfo Romero y el Papa Juan Pablo II
Radialistas
Apasionadas y Apasionados (*), 25/03/05
Reproducido
por la Red Voltaire
El 24 de marzo no sólo renueve la historia del sangriento golpe militar
argentino que se inició en el año 1976, es también el aniversario del
asesinato del padre Oscar Arnulfo Romero en El Salvador a manos del mayor
del Ejército Roberto D’Aubuisson, fundador del partido ARENA, que hoy
gobierna en ese país. A continuación se reproduce el diálogo entre el
recién asumido Papa Juan Pablo II y Monseñor Romero, a propósito de una
América Latina sitiada por totalitarismos militarizados a fines de los
‘70.
El 24 de marzo no sólo renueve la
historia del sangriento golpe militar argentino que se inició en el año
1976, es también el aniversario del asesinato del padre Oscar Arnulfo
Romero en El Salvador a manos del mayor del Ejército Roberto D’Aubuisson,
fundador del partido ARENA, que hoy gobierna en ese país.
A continuación se reproduce el diálogo
entre el recién asumido Papa Juan Pablo II y Monseñor Romero, a propósito de una América
Latina sitiada por totalitarismos militarizados a fines de los ‘70.
Diálogo
– Compréndame, yo necesito tener
una audiencia con el Santo Padre...
– Comprenda usted que tendrá que
esperar su turno, como todo el mundo.
Otra puerta vaticana se le cierra
en las narices.
Desde San Salvador y con el tiempo
necesario para salvar los obstáculos de las burocracias eclesiásticas,
Monseñor Romero había solicitado una audiencia personal con el Papa Juan
Pablo II. Y viajó a Roma con la tranquilidad de que al llegar todo estaría
arreglado.
Ahora, todas sus precauciones
parecen desvanecidas como humo. Los curiales le dicen no saber nada de
aquella solicitud. Y él va suplicando esa audiencia por despachos y
oficinas. – No puede ser –le dice a otro–, yo escribí hace tiempo y
aquí tiene que estar mi carta...
– ¡El correo italiano es un
desastre!
– Pero mi carta la mandé en mano
con...
Otra puerta cerrada. Y al día
siguiente otra más. Los curiales no quieren que se entreviste con el
Papa. Y el tiempo en Roma, a donde ha ido invitado por unas monjas que
celebran la beatificación de su fundador, se le acaba.
No puede regresar a San Salvador
sin haber visto al Papa, sin haberle contado de todo lo que está
ocurriendo allá.
– Seguiré mendigando esa
audiencia –se alienta Monseñor Romero.
Es domingo. Después de misa, el
Papa baja al gran salón de capacidad superlativa donde le esperan
multitudes en la tradicional audiencia general. Monseñor Romero ha
madrugado para lograr ponerse en primera fila. Y cuando el Papa pasa
saludando, le agarra la mano y no se la suelta.
– Santo Padre –le reclama con
la autoridad de los mendigos–, soy el Arzobispo de San Salvador y le
suplico que me conceda una audiencia.
El Papa asiente. Por fin lo ha
conseguido: al día siguiente será.
Es la primera vez que el Arzobispo
de San Salvador se va a encontrar con el Papa Karol Wojtyla, que hace
apenas medio año es Sumo Pontífice. Le trae, cuidadosamente
seleccionados, informes de todo lo que está pasando en El Salvador para
que el Papa se entere. Y como pasan tantas cosas, los informes abultan.
Monseñor Romero los trae guardados
en una caja y se los muestra ansioso al Papa no más iniciar la
entrevista.
– Santo Padre, ahí podrá usted
leer cómo toda la campaña de calumnias contra la Iglesia y contra un
servidor se organiza desde la misma casa presidencial.
No toca un papel el Papa. Ni roza
el cartapacio. Tampoco pregunta nada. Sólo se queja.
– ¡Ya les he dicho que no vengan
cargados con tantos papeles! Aquí no tenemos tiempo para estar leyendo
tanta cosa.
Monseñor Romero se estremece, pero
trata de encajar el golpe. Y lo encaja: debe haber un malentendido.
En un sobre aparte, le ha llevado
también al Papa una foto de Octavio Ortiz, el sacerdote al que la guardia
mató hace unos meses junto a cuatro jóvenes. La foto es un encuadre en
primer plano de la cara de Octavio muerto. En el rostro aplastado por la
tanqueta se desdibujan los rasgos indios y la sangre los emborrona aún más.
Se aprecia bien un corte hecho con machete en el cuello.
– Yo lo conocía muy bien a
Octavio, Santo Padre, y era un sacerdote cabal. Yo lo ordené y sabía de
todos los trabajos en que andaba. El día aquel estaba dando un curso de
evangelio a los muchachos del barrio...
Le cuenta todo al detalle. Su versión
de arzobispo y la versión que esparció el gobierno.
– Mire cómo le apacharon su
cara, Santo Padre.
El Papa mira fijamente la foto y no
pregunta más. Mira después los empañados ojos del arzobispo Romero y
mueve la mano hacia atrás, como queriéndole quitar dramatismo a la
sangre relatada.
– Tan cruelmente que nos lo
mataron y diciendo que era un guerrillero... –hace memoria el arzobispo.
– ¿Y acaso no lo era?
–contesta frío el Pontífice.
Monseñor Romero guarda la foto de
la que tanta compasión esperaba. Algo le tiembla la mano: debe haber un
malentendido.
Sigue la audiencia. Sentados uno
frente al otro, el Papa le da vueltas a una sola idea.
– Usted, señor arzobispo, debe
de esforzarse por lograr una mejor relación con el gobierno de su país.
Monseñor Romero lo escucha y su
mente vuela hacia El Salvador recordando lo que el gobierno de su país le
hace al pueblo de su país. La voz del Papa lo regresa a la realidad.
– Una armonía entre usted y el
gobierno salvadoreño es lo más cristiano en estos momentos de crisis.
Sigue escuchando Monseñor. Son
argumentos con los que ya ha sido asaeteado en otras ocasiones por otras
autoridades de la Iglesia.
– Si usted supera sus diferencias
con el gobierno trabajará cristianamente por la paz.
Tanto insiste el Papa que el
arzobispo decide dejar de escuchar y pide que lo escuchen. Habla tímido,
pero convencido:
– Pero, Santo Padre, Cristo en el
evangelio nos dijo que él no había venido a traer la paz sino la espada.
El Papa clava aceradamente sus ojos
en los de Romero:
– ¡No exagere, señor arzobispo!
Y se acaban los argumentos y también
la audiencia.
Todo esto me lo contó Monseñor
Romero casi llorando el día 11 de mayo de 1979, en Madrid, cuando
regresaba apresuradamente a su país, consternado por las noticias sobre
una matanza en la Catedral de San Salvador.
Testimonio de María López Vigil,
autora del libro “Piezas para un retrato”, UCA Editores, San Salvador
1993
(*) Programa de radio,
www.radialistas.net
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