|
Lo
que pasó con el papa en Nicaragua
Por
Ernesto Cardenal (*)
ALIA2,
07/04/05
"Bienvenido a la Nicaragua
libre gracias a Dios y a la revolución" decía una gran manta en el
aeropuerto cuando llegó el Papa. Si Juan Pablo II la leyó, ella le habrá
dado más disgusto del que ya llevaba adentro.
Analistas religiosos en España observaron que estuvo muy efusivo y cariñoso
en toda su gira por Centroamérica, acarició a los niños, saludó a un
jovencito o alguna jovencita y algún lisiado, pero no estuvo así en
Nicaragua, sino que allí se mantuvo muy serio y muy rígido, sin ninguna
espontaneidad afectiva, ningún gesto que no fuera controlado. Y eso que
fue antes del bochorno que iba a acontecer durante la misa campal en la
plaza.
De las primeras cosas del Papa
cuando pisó suelo nicaragüense fue la humillación pública que me hizo
en el aeropuerto enfrente de todas las cámaras de televisión. Aunque no
me cogió de sorpresa porque estaba preparado para ello.
El Nuncio ya me había advertido
que eso podía pasar. El Papa no quería que ninguno de los sacerdotes en
el gobierno estuviera recibiéndolo en el aeropuerto. Pero solo a mí se
aplicaba eso. El padre Escoto, que era canciller, tenía que estar en una
reunión de cancilleres en Nueva Delhi.
Fernando, mi hermano, que después
fue Ministro de Educación, no lo era entonces, sino que era un dirigente
de la Juventud Sandinista. El padre Parrales, otro de los del Gobierno,
tenía un cargo diplomático en Washington. Sólo yo, como miembro del
gabinete, debía estar presente en el recibimiento. Les dije a los de la
Dirección Nacional que no tenía ningún interés de estar allí, y que
mejor me negociaran por cualquier otra cosa. Porque para la venida del
Papa todo era negociación.
Quién subiría a la escalerilla
del avión para bajar con su Santidad. Si se quitaba el mural de los
fundadores del Frente Sandinista que iba a quedar por encima de la cabeza
del Papa (no se quitó). Hasta lo más nimio se discutía. Porque parece
que cuando viaja un pontífice nada es nimio. Y en cuanto a mí, la
Dirección Nacional no cedió. Dijeron que debía estar allí, porque además
de ser miembro del gabinete era una gloria nacional.
Se amenazó con que en ese caso el
Papa no vendría a Nicaragua. Pero hacía poco el presidente Reagan había
visitado todos los países de Centroamérica salteándose Nicaragua, y
para el Papa era muy feo repetir lo mismo. Al final el gobierno propuso
una solución: el Papa pasaría saludando de lejos a los ministros, y así
no tendría que encontrarse conmigo. El cardenal Silvestrini, que era el
segundo de la Secretaria de Estado, en la que el cardenal Casaroli era el
Secretario, vino una semana antes para afinar los últimos detalles, y
dijo que esa era una solución genial, y que así se haría. Pero el Papa
lo dispuso de otro modo.
Después de todos los saludos de
protocolo, incluyendo los de guardia de honor y la bandera, el Papa le
preguntó a Daniel que lo llevaba del brazo si podía saludar también a
los ministros, y naturalmente le dijo que sí; y se dirigió a nosotros.
Flanqueado por Daniel y el cardenal Casaroli fue dando la mano a los
ministros, y cuando se acercó a donde mí hice lo que en ese caso había
previsto hacer, alertado ya por el Nuncio: y fue quitarme reverentemente
la boina, y doblar la rodilla para besarle el anillo. No permitió él que
se lo besara, y blandiendo el dedo como si fuera un bastón me dijo en
tono de reproche: “Usted debe regularizar su situación”. Como no
contesté nada, volvió a repetir la brusca admonición. Mientras
enfocaban todas las cámaras del mundo.
Un periodista del Atlantic Monthly
escribió que yo le conté que mi mamá, dolida por el incidente, me había
dicho: “Yo creía que te trataría como un padre”, y yo le contesté:
“Me trató como un padre, pero no como una madre”. Francamente no me
acuerdo de eso.
Me parece que todo esto fue bien
premeditado por el Papa. Y que las cámaras de televisión estaban sobre
aviso. El hecho es que esta imagen fue difundida por el mundo entero, y lo
sigue siendo todavía: ahorita mismo, 19 años después me informan que la
han vuelto a sacar con motivo de unos recientes viajes del Papa.
En aquella ocasión el
norteamericano Blase Bonpane escribió una carta abierta al Papa diciéndole
que era un escándalo lo que había hecho conmigo, y que me debía pedir
perdón públicamente. Y le reclamó que al mismo tiempo que a mí se me
hubiera hecho ese rechazo en Nicaragua, en El Salvador se hubiera abrazado
con el asesino de Monseñor Romero.
En realidad era injusta la
reprimenda del Papa, porque yo tenía regularizada mi situación con la
Iglesia. Los sacerdotes con cargos en el gobierno los teníamos con
autorización de los obispos, y ellos habían hecho pública esa
autorización. ( Hasta después fue que el Vaticano nos prohibió tener
esos cargos).
Y la verdad es que lo que más le
disgustaba al Papa de la revolución de Nicaragua es que fuera una
revolución que no perseguía a la Iglesia. El hubiera querido un régimen
como el Polonia, que era anticatólico en un país mayoritariamente católico,
y por lo tanto impopular. Lo que menos quería era una revolución apoyada
masivamente por los cristianos como la nuestra, en un país cristiano, y
por lo tanto una revolución muy popular. ¡Y lo peor de todo para él que
fuera una revolución con sacerdotes!.
No era así la posición del
cardenal Casaroli, el Secretario de Estado. Yo había sido recibido por él
en el Vaticano, tal vez como un año antes. Su ornamentado despacho estaba
exactamente debajo del despacho del Papa, en un piso más abajo. Comenzó
diciéndome que yo sabía la posición del Vaticano con respecto a los
sacerdotes en los puestos de Gobierno; pero que él creía que Nicaragua
podía ser una excepción, porque era una cosa nueva; el solía decir en
el Vaticano: “En Nicaragua todo es nuevo”. Me preguntó por
Solentiname, y cuando le dije que deseaba renunciar para volver allí, vi
la preocupación en su rostro. Me dijo que una decisión de esa clase no
debía hacerse con ligereza; debía ser pensada bien y consultada. Vi que
le impresionó, y como que era algo en lo que no había reparado mucho,
cuando le dije que los cargos de los sacerdotes en la revolución no eran
meramente honoríficos, sino de los más fundamentales en una revolución.
El de canciller era el ministerio más
importante en un gobierno, como era el suyo de Secretario de Estado. A
Fernando le habían encomendado la formación de la juventud, que era el
futuro de la revolución. El de Cultura era el ministerio ideológico de
la revolución: encargado de las publicaciones, literatura, cine, teatro,
artes plásticas, música, bibliotecas, casas de cultura. Y me volvió a
decir que mi ida a Solentiname debía ser bien meditada. También a él lo
que más le gustaba era dar clases de filosofía, pero debía renunciar a
eso por el trabajo que le había tocado hacer en el Vaticano. Me dijo que
el marxismo lo conocía bien, porque había sido nuncio en los países
socialistas por 8 años, y que él no tendría objeción a un marxismo que
exigiera tener que ser ateo, y le dije que ése era el marxismo de la
revolución de Nicaragua.
La noche antes de la gran misa del
Papa en Managua, en la misma plaza, y mientras se hacían en ella los últimos
arreglos de la misa, gobierno y pueblo celebraron juntos los funerales de
17 muchachos de colegio que había sido matados por la contra. Fue éste
el primer ataque fuerte de la contra en Nicaragua; todavía no se había
conformado el ejército y la defensa la hacían los jóvenes, que no tenían
mucha experiencia militar ni buenas armas ( cuando los atacaron ni
siquiera habían colocado postas). La sangre estaba fresca en ese lugar, y
se esperaba allí del Papa al menos una palabra a favor de la paz.
En los otros países de Centroamérica
que visitó el Papa la concurrencia fue de 75000 a 100000 personas ¡pero en Managua fueron
700000! Habían viajado días para ver y escuchar al Papa. Vinieron de
cada rincón del país en camiones repletos. Toda Managua estaba llena de
esos camiones transportando gente. Las masas estaban desde muy temprano en
la mañana aguantando el sol abrasador de todo el día. Se había
decretado día feriado para la venida del Papa y se dispuso transporte
gratis en todo el país, hasta desde los sitios más remotos.
En todas partes se hicieron
comisiones con la autoridad civil, la autoridad militar y el cura del
lugar, para facilitar el viaje a todo el que quisiera ir a Managua, y para
dar el transporte más cómodo a las personas de más edad o con algún
impedimento; lo que costó más de $50000 a la empobrecida Nicaragua. El
gobierno hizo todo lo posible para que la plaza de Managua, en la misa del
Papa, se llenara de gente; porque llenarse de gente sería llenarse de
revolucionarios.
Así fue que en la plaza hubo
700000 personas. Nicaragua tenía entonces 3 millones de habitantes, y eso
quería decir que una cuarta parte de la población estaba allí presente.
También la derecha acarreó por su parte lo más que pudo de gente, y éstos
fueron unas 50000 personas lideradas por el padre Carballo, que entraron a
la plaza desde la noche antes y ocuparon los lugares de adelante.
Nos extraño que el Papa en su
discurso en el aeropuerto hablara de aquellos impedidos de llegar a su
encuentro como hubieran querido. Lo que repitió varias veces durante la
misa. Y ponía un énfasis perverso en cada sílaba, para que se
entendiera bien que eran muchos a los que no se les había permitido
llegar. ¿Acaso podían haber llegado más de las 700000 personas? Y como
los discursos los traía escritos, y habían sido hechos en Roma, ¿ cómo
es que ya sabían desde antes que eran muchos a los que se les impidió
llegar?
El sudor nos empapaba a todos al
comenzar la tarde de aquel 4 de marzo de 1983, pues marzo es uno de los
dos meses más calientes de Nicaragua, y la temperatura puede haber sido
de más de 40 grados: pero nadie sospechaba que los ánimos se iban a
caldear mucho más que esos 40 grados durante la misa del Papa.
Sorpresivamente la misa comenzó
con una alocución del arzobispo Obando. Tanto que se esforzó la revolución
en colmar esa plaza de gente, y fue para que a esa gente le hablara ahora
el archienemigo de la Revolución. En todas las negociaciones previas, en
las que hasta lo más nimio se discutió, no se había contemplado que
monseñor Obando hablara. Y Obando dio la bienvenida al Papa comparando su
llegada a Nicaragua a la visita que una vez Juan XXIII había hecho a una
cárcel a Roma. Me chocó esa comparación de Nicaragua con una cárcel,
pero más me chocó el aplauso de toda la plaza. ¿Era que todo el pueblo
se había volteado contra nosotros?
Las lecturas de la misa no fueron
inocentes. Se veía que habían sido escogidas ex profesamente contra los
sandinistas. Del Antiguo Testamento fue leído lo de la Torre de Babel:
los hombres que se quisieron igualar a Dios. Del Nuevo, lo del Buen
Pastor: solamente Cristo lo es; los otros son ladrones y salteadores.
El tema de la homilía papal fue el
de la unidad de la Iglesia, lo que quería decir un ataque a la llamada
“Iglesia Popular”, o también “ Iglesia paralela”: los cristianos
revolucionarios a los que se nos acusaba de querer destruir esa unidad.
Fernando y yo estábamos sentados
juntos en la tribuna del gobierno, y poco antes de que empezara la misa lo
llamó Daniel Ortega. Era para que les dijera a un grupito de teólogos
que estaban listos a asesorar en caso de una emergencia, que no había
nada que temer, que habían leído la homilía del Papa y que no sería
conflictiva. Pero resulta que no parecía conflictiva para quien la leyera
rápidamente, pero sí lo era pronunciada por el Papa. La agresividad no
estaba en las palabras sino en el tono acusatorio en que eran dichas y aun
gritadas a veces. Una cosa era pasar los ojos por un texto al parecer
inocuo, y otra oírlo vociferado por el Papa.
Era evidente que el Papa odiaba la
revolución sandinista. Y había llegado a Nicaragua a pelear. Lo
desconcertante era que en cada final de frase la plaza estallaba en
aplausos y vivas al Papa. Hubo un momento en que pensé que la revolución
se venía abajo. Me dije que de seguir eso así, a todos los de esa
tribuna del gobierno nos iba a tocar hacer maletas esa tarde. Pero
entonces es que cesaron los grandes aplausos; los que aplaudían ya eran sólo
los 50000 que había acarreado el padre Carballo, y el resto de la plaza
comenzó a protestarle al Papa.
Después me enteré que la
orientación de la revolución en todo el país había sido de no decir
ninguna consigna política, tan sólo gritar vivas al Papa y aplaudir lo
que dijera. Se pensaba que lo que diría sería de carácter personal; eso
había asegurado repetidas veces el Vaticano.
Si uno ve los vídeos de la misa
puede comprobar que hubo un cambio progresivo en la gran mayoría de la
plaza, dejando de aplaudir primero, y protestando más y más después,
conforme se van dando cuenta que el Papa al hablar de la Iglesia esta
hablando contra la revolución y contra los cristianos y los sacerdotes de
la revolución. Y que por lo tanto no fue como muchos dijeron después, un
ataque al Papa hecho premeditadamente por la revolución; sino que el Papa
atacó primero a la revolución, el pueblo se mantuvo confuso y dudoso
como veinte minutos, y después reaccionó contra el Papa.
Repetidas veces el Papa había
dicho que Nicaragua era su “segunda Polonia”. Y ése fue un gran
error, porque Nicaragua no era Polonia. El creía que había un régimen
impopular, rechazado por la gran mayoría cristiana, y que su presencia
beligerante provocaría una sublevación del pueblo contra los comandantes
de la Dirección Nacional y la Junta de Gobierno que estarían presentes
en la plaza. Que bastaba que él hablara contra la revolución sandinista,
y tendría el respaldo masivo de esa plaza. Y el Papa llegó a Nicaragua a
desestabilizar la revolución. Si el Papa no hubiera estado equivocado, la
noticia mundial de ese día habría sido que el pueblo de Nicaragua
rechazaba la revolución. Y ciertamente ese hubiese sido el derrumbe de la
revolución sandinista, como yo lo llegué a temer esa tarde. Pero como el
pueblo defendió su revolución y rechazó al Papa, la noticia mundial fue
“el agravio que se hizo al Papa en Nicaragua”.
El pueblo le faltó el respeto al
Papa, es verdad, pero es que antes el Papa le había faltado el respeto al
pueblo.
Primero las madres de los 17
muchachos muertos comenzaron a pedirle al Papa una oración por sus hijos,
y él no les hizo caso. Y después se acercaron al altar, y empezaron a
pedirlo a gritos. Otros pedían una oración por la paz, y después eran
muchos gritando “ ¡Queremos la paz!”, lo que hizo que el Papa le
respondiera a la multitud gritando: “La primera que quiere la paz es la
Iglesia”; y más tarde, porque las protestas del pueblo iban creciendo,
cogió el micrófono y gritó a todo pulmón: “¡Silencio¡”. A partir
de entonces el irrespeto fue total. El Papa quería decir las palabras de
consagración, las del momento más solemne de la misa, y no podía por
las consignas que la multitud gritaba: “!Queremos la paz!”, y “¡No
pasarán!”.
Había también vivas al Frente
Sandinista, mientras los miles de derecha que estaban en la parte
delantera de la plaza lanzaban vivas al Papa. En uno de los vídeos se oye
a una mujer que grita: ¡No es un Papa de los pobres. Miren cómo se
viste!”. Dos o tres veces más el Papa tuvo que volver a gritar
silencio. Por primera vez en la historia moderna un papa era humillado por
la multitud. En los videos se le ve desconcertado por lo que está
pasando, y varias veces da muestras de vacilación ya que esta a punto de
deja el altar. Al final de la misa, la bendición papal apenas la pudo
hacer, después de iniciarla tres veces, ante una multitud que estaba
cantando el himno del Frente Sandinista.
El Papa se fue directamente de la
misa al aeropuerto, en un auto en el que lo acompañaba sólo el arzobispo
Obando. Y en el trayecto ninguno de los dos se dijeron ninguna palabra. Al
que fue el chofer de ese vehículo, que era un oficial del Ministerio del
Interior, se lo oí contar; que el Papa iba taciturno, y no habló no
comentó nada de lo que había pasado.
Ya en el aeropuerto el Papa quiso
subir al avión sin ningún protocolo de despedida, pero lo detuvieron, y
fue impedido de irse de esa manera.
El embajador de Nicaragua en el
Vaticano, mi amigo Ricardo Peters, me contó que al acabar la misa se le
acercó sombrío el cardenal Casaroli para preguntarle su opinión, y él
le dijo: “El Papa vino a hacer un acto político a Nicaragua, y Su
Eminencia vio el resultado”. Casaroli pareció estar de acuerdo, porque
dijo que verían cómo enmendaban eso en Roma. Pero era algo que no tuvo
enmienda.
El cardenal Casaroli había sido
partidario de las buenas relaciones con Nicaragua, y a lo mejor le alegró
lo que había pasado, por eso le venía a dar la razón a él y demostraba
que la política del Papa estaba equivocada. Pero lo que sucedió es que
él fue destituido de su cargo de Secretario de Estado (el número 2 del
Vaticano y a quien se consideraba un posible Papa) y enviado a una oscura
parroquia de Italia; donde no sé si tendría la oportunidad de dar las
clases de filosofía que amaba. Mientras Obando fue nombrado cardenal, y
al regresar de Roma, antes de ser recibido en Nicaragua, se presentó ante
los exiliados nicaragüenses en Miami, que lo recibieron jubilosos.
Lo que dijo el Vaticano, lo que
dijo la prensa capitalista de todo el mundo entero, lo que dijeron muchos
obispos, fue que el régimen marxista de Nicaragua había cometido un
ultraje contra el Sumo Pontífice, se habló de sacrilegio y de profanación
de la misa papal. Y en otras misas de Centroamérica que él visitó después
se celebraron misas de desagravio. Fue un descrédito mundial para la
revolución ciertamente. ¿ Pero qué hubiera pasado si el pueblo hubiera
seguido aplaudiendo? Me parece que fue una prueba de fuego que la revolución,
y que salió triunfante. Porque era un pueblo mayoritariamente católico
el que estaba allí presente, y ni todo el prestigio y poder espiritual
del Papa de Roma pudo hacer que se volteara contra sus dirigentes, sino
que se volteó contra el Papa.
En Estados Unidos el periódico católico
National Catholic Reporter, escribió que en Managua el Papa se había
negado a hablar de la paz como lo hizo en las otras naciones
centroamericanas, y la multitud se le enfrentó como lo había hecho San
Pablo con el primer Papa.
También hubo otros que señalaron
que en las diferentes misas campales de Centroamérica el mensaje del Papa
fue la paz, menos en Nicaragua, donde era más necesario porque estaba
enfrentando una guerra. No habló de paz y no rezó por los caídos.
Igualmente se señaló que en los países latinoamericanos donde había
guerrillas el Papa siempre se dirigía a los guerrilleros exhortándolos a
que depusieran las armas. Solamente no lo hizo en Nicaragua, que sufría
una guerrilla financiada por Reagan, y era el único sitio donde su
exhortación podría haber influido, porque cometían muchas atrocidades y
crímenes invocando su nombre.
Unos meses después circuló por el
mundo un documento secreto que parece que fue el que asesoró a Juan Pablo
II sobre la situación política y eclesiástica para la visita que haría
a Nicaragua. Teólogos españoles dijeron que la actitud del Papa parecía
haberse atenido literalmente a las propuestas de este documento, y que aquí
se encontraba la clave de la actuación del Papa en este país. La revista
francesa Informaciones Católicas Internacionales comentó:
“Parece más
bien un informe hecho por el Consejo de Seguridad de Estados Unidos que un
documento pastoral. Todo ahí se realiza en términos políticos y de
relaciones de fuerza; no hay ningún vestigio de una preocupación
pastoral o evangélica”.
Se descubrió también que el autor
era el nicaragüense Humberto Belli, un fanático de derecha, que después
del triunfo de la revolución dirigió la campaña ideológica del diario
La Prensa en materia religiosa, colaboró estrechamente con monseñor
Obando, y más tarde en Estados Unidos organizó una campaña de difamación
de la revolución sandinista y de los sectores de la Iglesia que la
apoyaban. Las tesis de Belli extraordinariamente sintetizadas por un
equipo especializado norteamericano fueron dadas al Papa, con una
estructura gramatical y sintáctica tomada del inglés, y con ella fueron
elaborados los discursos que el Papa llevo a Nicaragua.
También hay algo que el Vaticano
ha mantenido en secreto, y son muy pocos los que lo han sabido, y es que
con la venida del Papa llegaron a Nicaragua como 20 chalecos antibalas; y
le insistieron al Papa que usara uno durante su misa campal, aunque él no
lo quiso usar. Y para mi este un dato revelador: indica que sabían que el
Papa estaría incendiario en Nicaragua, que podría incluso hasta tumbar
el Gobierno, y que por tanto podría ser víctima de un atentado.
El superior general de una orden
religiosa muy vinculado al Vaticano reveló una vez en confidencia que el
Papa Juan Pablo II era muy vengativo, y jamás olvidaba lo que se le había
hecho en Nicaragua. Esto es confirmado cuando años después Juan Pablo II
regresó a Nicaragua a vengarse de los sandinistas, y no perdió
oportunidad de humillar a los dirigentes que lo habían humillado, y que
habían perdido el poder político tras una derrota electoral. Ello hizo
que el National Catholic Reporter también escribiera esta vez que el Papa
que había visitado una cárcel de Roma para perdonar al que había
atentado contra su vida, no había sido capaz de perdonar a los
sandinistas.
Esta segunda vez que el Papa dijo
que en su misa campal que ahora si podían llegar a expresar su fe ante él
todos lo que habían querido, sin que nadie se los impidiera: aunque el público
que había en esa misa era una tercera parte del que la primera vez. Se
refirió a la Nicaragua de la vez anterior llamándole “la noche
oscura”, aunque aquella misa había sido a media tarde en pleno sol.
Y es verdad que para muchos católicos
cuando al final de la tarde se alejaban de la tarde se alejaban de la
plaza cubierta de papeles, lo que cayeron fueron muchas tinieblas; y vaciló
la fe de muchos, y hubo otros que talvez perdieron la fe.
Y talvez quien mejor interpretó a la mayoría de los que colmaron a la
plaza fue un vendedor de maní que dijo: “El Papa no nos dijo nada, nos
ha dejado un vaciíto.”
Tomado de manera integra de: Hoja Filosófica. N°
6. Universidad Nacional. Facultad de Filosofía y Letras. Departamento de
Filosofía. Costa Rica.
(*) Sacerdote, escritor y poeta nicaragüense.
|