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El
papa de la contrarreforma (neoliberal)
Por
Isidoro Cruz Bernal
Socialismo o Barbarie, periódico, 14/04/05
La sola muerte de Juan Pablo II hubiera bastado, por su significado histórico
relevante, para justificar escribir esta nota. Pero también asistimos,
obligatoriamente, como a los actos escolares cuando éramos chicos, a una
omnipresente letanía “informativa” que el establishment
capitalista internacional ha orquestado, por vía de sus agencias
noticiosas (con todas sus repetidoras en el Tercer Mundo, como los canales
argentinos), para congelar cualquier debate sobre la figura de este Papa y
hacer un obituario apologético que se impusiera por la fuerza de los
hechos. O mejor dicho, por la casi imposibilidad de escuchar otra cosa.
Por casi dos semanas estuvimos sumergidos en Juan Pablo II, su vida y
milagros. Los reaccionarios, el gobierno K. y unos cuantos progresistas
hicieron el elogio del personaje de marras. En esta ocasión la escena no
pertenece a la “picaresca” nacional sino que es rigurosamente
universal. La vemos repetida con solo cambiar el nombre del país y de los
ocasionales políticos.
El
que se haya armado, ante la muerte de Juan Pablo II, un operativo político-ideológico
de tal magnitud, obliga a los socialistas revolucionarios a recordar unas
cuantas cosas para hacer un balance más objetivo.
El Vaticano y el contexto de Juan Pablo II
En
cualquier análisis de la situación internacional las posiciones del
Vaticano son siempre un dato a tener en cuenta. No precisamente por su
fuerza material –es un estado sui generis inserto en el interior
de Roma–, sino porque representa un enorme poder espiritual. Es lo que
los marxistas llamamos ideología, entendiendo por ésta las
diversas maneras de pensar con que los sujetos actúan en el mundo (y que
abarcan desde la actitud ante la vida y la muerte, su pensamiento político,
su práctica sexual o sus aspiraciones sociales).
La
Iglesia Católica es una institución que existe desde mediados de la Edad
Antigua y que alcanzó el máximo de su poder en el medioevo. En ese
entonces su poder incluía la dimensión espiritual que aún hoy conserva,
pero también se materializaba política y socialmente. La Iglesia era la
mayor propietaria de tierras de Europa. Sus decisiones tenían múltiples
implicancias para todos los estados. La pérdida de poder del Vaticano se
fue dando a medida que la sociedad capitalista se fue expandiendo.
Esto
no quiere decir que se desarrollara “naturalmente” o de “forma
evolutiva”. Lo que hizo el capitalismo fue “erosionar” el terreno
social en el que la Iglesia asentaba su poder. El desarrollo capitalista
aumentó exponencialmente la productividad, lo que tuvo como resultado que
ciertos grupos burgueses se hicieran con un poder económico y social que
nada le debía a la Iglesia. Es más, que paulatinamente la superó por
mucho.
Esto
tuvo como efecto que la impugnación a la dominación clerical
en una serie de aspectos políticos, ideológicos y en la vida
cotidiana tuviera una base material real que le dio chances de triunfo.
Nada de esto ocurrió de forma suave. Cada trozo de poder que perdía la
Iglesia fue producto de duros combates políticos. Estos fueron
inicialmente impulsados por la intelectualidad de signo más o menos
liberal y se extendió de tal forma que alcanzó hasta los primeros años
del movimiento obrero. Socialistas y anarquistas fueron radicalmente
anticlericales.
Con
el transcurso de los años la Iglesia quedó aislada en la órbita de la
peor reacción ideológica y perdió el combate. A partir de ese entonces
se vio obligada a aceptar que su poder político ya no sería el mismo. De
un poder casi ilimitado que le permitió durante siglos digitar gran parte
de la política de Occidente pasó a tener un poder con límites pero que,
de todas formas, constituía un aparato formidable. La Iglesia Católica
se convirtió en un agencia ideológica que, aun conservando sus intereses
propios, batalla cotidianamente en defensa del sistema capitalista. Fieles
a su tradicional realismo, prefirieron conservar su propia base material y
ponerla al servicio de un sistema que resultó más poderoso que ella.
La
Iglesia es un agente ideológico muy eficaz a causa de que, al no estar al
frente de ningún gobierno en forma directa, evita los desgastes de la
gestión política cotidiana. Es una jerarquía internacional que se
autoadministra y que no está sometida a ningún contralor externo. Su
grado de prestigio está en correlación con su capacidad de hacer de caja
de resonancia de las presiones contradictorias que hay en la sociedad.
Cuando
la Iglesia ha girado demasiado a la derecha se ha aislado. La segunda
posguerra, cuando la Iglesia venía de una activa complicidad con los
nazis, marcó el grado más bajo de su prestigio. Esto la obligó a
abrirse, relativamente, a la realidad de ese tiempo signada por la guerra
fría, la revolución colonial, el fortalecimiento de planteos
antiimperialistas y de izquierda (aunque con la fuerte mediación
stalinista). Los pontificados de Juan XXIII y Paulo VI así como la idea
de una “Iglesia de los pobres”, cualquiera sea la opinión crítica
que los socialistas tengamos de ello, reflejó estos procesos.
La
compleja situación de mediados de los años 70 marcó un punto de inflexión
respecto a la política iniciada por Juan XXIII. En esos años se estaba
viendo signos de agotamiento del ascenso mundial que comenzó en 1968.
Tanto en Europa (con el impasse de la revolución portuguesa) como en
Latinoamérica (con los golpes militares) la situación empezaba a virar
en contra de la revolución. A eso se agrega otro elemento determinante:
la crisis capitalista mundial de 1972-73 empezó a buscar caminos de
resolución “hacia la derecha”. Estos no cuajaron de inmediato, pero a
finales de la década del 70 ya existían signos visibles en ese sentido
(que se harían explícitos en los 80). La burocracia vaticana advirtió
esas señales y, con el ascenso de Juan Pablo II, decidió poner su
“granito de arena” en favor de ese rumbo.
Juan
Pablo II fue el Papa de las contrarreformas neoliberales y, más
parcialmente, el Papa de la “guerra fría” y el “asalto final contra
el comunismo”. No solamente en virtud a su contemporaneidad histórica,
sino por vocación y papel histórico. Un guerrero que habló siempre de
paz, un halcón al que le sentaba bien el traje de paloma. Un repaso a su
historia es muy conveniente.
Los amigos de Juan Pablo II
El
ascenso al poder de este Papa se dio en un contexto en el que el Vaticano
se encontraba metido en un complejo entramado financiero. Aprovechando las
facilidades impositivas que Italia otorga al Vaticano, se
“blanqueaban” millonarias sumas de dinero provenientes del tráfico de
armas y drogas. El centro de este dispositivo fue el célebre Banco
Ambrosiano.
En
esta operación estaban mezclados una serie de personajes. Por ejemplo la
Logia P-2 dirigida por Licio Gelli. [1].
Ésta constituía un poderosísimo “lobby”
financiero-mafioso-ultraderechista que había reclutado a la peor reacción
de la época. Para no abundar citemos al almirante Massera y a un amplio
grupo de militares de la dictadura uruguaya. La P-2 también estuvo
mezclada en la organización de grupos paramilitares en la Italia de los
’70 (la Red Gladio).
El
enlace vaticano de esta trama era el cardenal Paul Marcinkus (que
conjugaba su jerarquía en la Curia con la condición de agente de la
CIA). Otros elementos decisivos eran Roberto Calvi, financista de
vertiginoso ascenso y el capo-maffia Michele Sindona. La estrecha relación
del Banco Ambrosiano con el Banco Vaticano permitía licuar el
financiamiento de algunas operaciones negras de la CIA.
Juan
Pablo II accede al papado en el momento de máximo escándalo ante la
revelación de estos vínculos. Su política fue no solamente de encubrir
todo, sino también proteger y ayudar a Marcinkus, que tenía pedido de
captura de la justicia italiana. Marcinkus quedó en calidad de asilado en
el Estado del Vaticano. Sus amigos Calvi y Sindona corrieron peor suerte,
uno ahorcado en Londres y el otro convenientemente “suicidado”.
En
lo que se refiere a los jefes de estado, Juan Pablo II estrechó profundos
lazos con Reagan y Thatcher, vanguardia del neoliberalismo a escala
planetaria. Si bien lo hizo con la clásica y ambigua terminología del
clero ya en esa época expresó su apoyo hacia el modelo social que ambos
gobiernos comenzaban a implementar. Con EEUU este Papa acordó políticas
de conjunto acerca de Polonia, el Este y América Latina. También, según
contó posteriormente el Gral. Vernon Walters (director de la CIA de 1972
al 76), el Papa de la Paz aprobó el nuevo sistema de misiles implementado
por Reagan.
En
el plano institucional, el papado de Juan Pablo II significó el ascenso
del Opus Dei, orden religiosa integrista de extrema derecha. El Opus fue
puntal de la dictadura fascista de Franco en España. Juan Pablo II
proyectó internacionalmente al Opus. Hoy día, el Opus se ha
”modernizado” algo y defiende la “democracia” política, aunque
combinada con el neoliberalismo más puro y duro.
El
actual Opus Dei combina esa modernización limitada (el reemplazo del
fascismo por el thatcherismo neoliberal) con una política de defensa de
todas las posiciones más reaccionarias del tradicionalismo católico:
contra el divorcio, el aborto, la homosexualidad, etc. También en ese
aspecto era la orden más funcional al estilo de Juan Pablo II.
Por
supuesto que asegurar el predominio del Opus Dei en el catolicismo
significaba la pérdida de gravitación para otras órdenes. En este caso
la gran perdedora del pontificado de Juan Pablo II fue la Compañía de
Jesús, los jesuitas. Al interior de esa orden se encontraba la mayor
concentración de curas tercermundistas, teólogos de la liberación o,
simplemente, curas de tendencias más liberales, horrorizados por el giro
de ultraderecha que tomaba la política vaticana. Esta orden fue
constantemente relegada en los nombramientos de cardenales realizados por
Roma.
Un
aspecto dramático de esta caída en desgracia de los jesuitas fue que
varios de sus miembros en Latinoamérica que habían asumido la
solidaridad con las luchas populares, fueron asesinados por bandas
paramilitares. Son bastante elocuentes los casos de Luis Espinal (1980) en
Bolivia y de Monseñor Romero (1980) e Ignacio Ellacuría (1989) en El
Salvador.
Subordinación y valor
La
censura y la regimentación fueron una marca del papado de Wojtyla. Las
censuras a la Teología de la Liberación y a sus principales
representantes, Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez, es ampliamente
conocida. Pero no solo fueron víctimas los sacerdotes de tendencias
izquierdistas. El teólogo Hans Küng, un hombre con conocimientos de la
filosofía occidental y los fundamentos de otras religiones infinitamente
superiores al de Wojtyla, fue impedido de publicar libros por varios años.
¡Otra vez tuvo razón Discepolo y valió más un burro que un gran
profesor! También Juan Pablo II cerró el Instituto Teológico de
Estudios Superiores (ITES), financiado por diez iglesias latinoamericanas,
así como otros centros de doctrina católica que dijesen algo distinto a
su reaccionario paladar.
Otro
pequeño test: Juan Pablo II canonizó al fascista Escrivá de Balaguer,
fundador del Opus y se negó al insistente pedido de religiosos
latinoamericanos de canonizar a Monseñor Romero, asesinado por las bandas
paramilitares.
Caballo de Troya contra el movimiento
obrero polaco
La
clásica superficialidad del periodismo machacó con el sonsonete de que
“el papa acabó con el comunismo”. Es necesario señalar que, si bien
es cierto que su influencia en el caso polaco fue grande (en el resto de
Europa oriental era mucho más atenuada o mediada), adjudicarle semejante
poder es un despropósito.
Los
signos de agotamiento de los estados burocráticos venían de hacía
muchos años. La combinación de atraso económico, comando burocrático
de la economía y atomización social de las masas (necesaria para
sostener este orden social) se habían expresado en varias crisis que
solamente alcanzaron a ser conjuradas por remedios muy parciales que, a la
menor oportunidad volvían a hacer agua. El bloque también sufría las
consecuencias de algunos de sus actos, como la intervención en
Checoslovaquia (1968), que lo había deslegitimado tanto en su área de
influencia como en Occidente (especialmente en el movimiento obrero y la
izquierda).
La
situación de Polonia en 1980 presentaba varios rasgos: una crisis económica
del estado burocrático que solamente pudo ser paliada a través del
endeudamiento con el FMI y la banca internacional, la emergencia de un
movimiento obrero –Solidaridad– con una amplísima organización y una
conducción dividida entre católicos e izquierdistas y, por último, una
influencia gravitante del catolicismo en el país.
El
pueblo polaco que atravesó varios períodos de disolución nacional
encontró en la religión católica un fundamento para justificar su
existencia. Sus opresores tradicionales, rusos o prusianos, tenían otra
religión. El autoritarismo del estado burocrático dio un enorme empuje
al fortalecimiento de la religiosidad. Mientras que en Occidente las
iglesias se vaciaban, en los estados burocráticos el cristianismo gozaba
de buena salud y la opresión política estimulaba una suerte de ligero
“revival” del perseguido cristianismo de la Roma de los césares.
Hacia
1981 la conflictividad obrera tenía en jaque a la débil burocracia
polaca que esperaba ansiosa la “ayuda” de su casa matriz rusa. Esta
advertía las dificultades que mostraba el contexto internacional para
otra intervención como la de Checoslovaquia y Afganistán. Los
norteamericanos también esperaban intervenir para erosionar a su rival
geopolítico, pero ¿cómo hacerlo cuando el enemigo de mi enemigo es un
movimiento obrero con importantes elementos de autoorganización? Sin
duda, la salida fue hacerlo por la vía ideológica y allí, en el
contexto polaco, Juan Pablo II fue la pieza clave.
Esquemáticamente,
se puede decir que la acción del Papa tuvo varios planos. Juan Pablo II
llamó a Solidaridad a conciliar con el régimen. Todo esto en nombre de
la paz y los valores cristianos. Pero visto desde la lógica vaticano-imperialista
un llamado a la lucha consecuente contra la dictadura burocrática
significaba fortalecer, política y socialmente, al movimiento obrero autónomo.
Mucho más si el régimen caía por una vía revolucionaria. El principal
papel del Papa fue mellar el filo, real y potencial, de Solidaridad,
domesticarla.
Esta
política, como es lógico, fortaleció al ala católica de Solidaridad (Walesa)
y debilitó a su ala izquierda. Modzlewsky. Baluka, Walentinowicz, Bujak y
todo lo que fue el amplio espectro de la izquierda de Solidaridad fue
desplazada o cooptada, una vez que el imperialismo y el Papa lograron
imponer su política de conciliación con el estado burocrático.
Esta
situación tardó varios años en resolverse ya que, por lo menos en lo
aparente, el Papa y el imperialismo llamaban a respetar la
institucionalidad del estado burocrático. Sin duda para que, teniendo que
cargar con el peso de gobernar ilegítimamente y cada vez más al servicio
de pagar su deuda y de ajuste en ajuste contra la población, se fuera
hundiendo gradualmente. La Iglesia Católica se convirtió en el árbitro
de la situación hasta que el régimen stalinista polaco implosionó en
1989.
Tanto
fue el poder que conservó la Iglesia en Polonia que, después de la
transición y con su bendición, Walesa pudo ser presidente, al frente de
una Solidaridad convertida en partido y expurgada de todos sus sectores
independientes progresivos. Su gobierno fue tan neoliberal
como el de Menem. A eso se agregó el hecho de que, guiado por su
mentor político, Juan Pablo II, avanzó en una cruzada contra todo
derecho democrático que tuvieran las mujeres (por ejemplo el aborto), los
homosexuales y cualquier otro grupo social que no comulgara con el
catolicismo ultramontano. Dejó tan mal recuerdo que hoy día Walesa es un
cadáver político, e hizo que en los años en Polonia
gobernasen los ex-stalinistas reciclados en socialdemócratas.
Wojtyla y Latinoamérica
Ya
hemos mencionado las persecuciones que Juan Pablo II desató contra la
Teología de la Liberación.[2] Esto se asentaba en la necesidad de
debilitar al movimiento social del cual este sector había logrado
transformarse en vocero.
Esta
corriente se encontraba en expansión en casi toda América Latina. Un
caso emblemático eran las “comunidades de base” en Brasil. También
en Centroamérica la Teología de la Liberación se hallaba en auge, con
la diferencia que en esa región se desarrollaba una situación
revolucionaria. Las guerrillas de toda la región influenciaban a amplísimos
sectores cristianos. En Nicaragua, Guatemala y El Salvador esa influencia
era de masas.
En
Nicaragua los sandinistas habían dirigido una revolución que, si bien se
ubico concientemente en una política de cerrar toda transición al
socialismo, constituía un proceso revolucionario antiimperialista y con
masas movilizadas que atraía las iras de EEUU. Era evidente que tampoco
contaban con la simpatía de
Juan Pablo II.
En
1983 el Papa fue a Nicaragua. Los sandinistas lo recibieron como una
visita política, casi como una fiscalización. Su política intentaba
ganar tiempo y mostrar una fachada que contradijese la propaganda
imperialista que mostraba una “Nicaragua comunista”, especie de clon
cubano en donde la religión cristiana es perseguida por el estado. La política
de los sandinistas fue llevar a todo el mundo a ver al Papa (incluso con
órdenes de vivar todo lo que dijera Wojtyla). En un país de poco más de
tres millones de personas fueron a la concentración unas 700.000.
El
Papa creyó que estaba ante una réplica del decadente stalinismo polaco y
no ante una revolución real (con todos los límites que tuviese) y quiso
usar su homilía como una tribuna contra la revolución. La situación al
principio se sostuvo, un poco porque su presencia era vivida como una
fiesta y nadie le prestaba una atención extrema a lo que decía. Pero se
desarrollaron algunos incidentes, como el hecho de que el muy cristiano
Juan Pablo se negó a orar por unos jóvenes asesinados por la
“contra”. Esto terminó creando una situación de extrema tensión
entre el Papa y la multitud, que increpó sus actitudes soberbias y daba
gritos de apoyo al gobierno. Juan Pablo II seguía hablando, cada vez más
nervioso, ante una concentración díscola que no aceptaba que le vinieran
a decir cómo tenía que ser gobernado su país. La homilía terminó con
una virtual ruptura entre el Pontífice y sus fieles. Sus pretensiones de
“libertador” habían quedado decepcionadas.
En
Argentina el Papa intervino en dos situaciones relevantes. Muchos de sus
apologistas se refieren al papel que le cupo al Vaticano ante la
posibilidad de guerra entre Chile y la Argentina. El papel pacifista de
Juan Pablo II en esa tentativa de guerra obedeció más a su lógica de
cruzado anticomunista que no podía ver sin desconsuelo que ciudadelas de
la contrarrevolución y el anticomunismo como eran las dictaduras
argentina y chilena se perdiesen ante “contradicciones secundarias”
cuando había que luchar contra el “gran enemigo anticristiano”. Una lógica
similar tuvo su mediación en la guerra de Malvinas. Pero, entre la
Thatcher y Galtieri, era evidente que prefería a la primera. Su retórica
pacifista encubría su parcialidad a favor de los ingleses.
Juan Pablo II “descubre” el
neoliberalismo
Con
la caída de la URSS y el bloque del este se produjo una inflexión
relativa en las posiciones del Papa. Este asumió una retórica en que
condenaba la “injusticia”, hacía llamados a “combatir la pobreza”
y devino un crítico del “capitalismo salvaje”. Sus apologistas toman
esta parte de la trayectoria de Juan Pablo II para, disimular su
trayectoria de conjunto.
Este
tipo de generalidades se repiten todos los días y, a fuerza de oírlas,
van perdiendo significación real. “Combatir la pobreza” o “rechazar
la injusticia” son lugares comunes que ahora también recitan hasta el
Banco Mundial y el FMI.
Otra
cosa muy distinta es qué remedio se propone para combatirlos. Los
organismos de crédito tienen su respuesta: la apertura económica total y
el incremento del comercio internacional. La versión neoliberal de la
libertad en una palabra. Esta buena gente no habla de entidades brumosas
tales como el “capitalismo salvaje” porque para ellos este es el único
que hay.
En
el caso de Juan Pablo II, hombre formado en las ambigüedades del lenguaje
clerical, abundan las condenas al “capitalismo salvaje”. Incluso llegó
a decir que “el comunismo contenía semillas de verdad”
¿Cuáles
eran esas semillas de verdad para Wojtyla? Las respuestas más habituales
eran la condena a la injusticia, de lo que se desprendía que lo único
bueno que había en el socialismo era lo que coincidiera de modo muy
general con la Iglesia y a lo cual ésta pudiera usar para sus propios
fines. En un artículo reciente el filósofo Rubén Dri reflexionaba
agudamente al plantear que uno de los motores del anticomunismo de Juan
Pablo II era la disputa por la representación de “los pobres”. La
izquierda, incluidas sus vertientes más degeneradas, es su competidor.
Concluida la experiencia histórica del comunismo (que en la conciencia
reaccionaria de Wojtyla debe traducirse como el fin de toda experiencia
revolucionaria socialista), la Iglesia católica tiene el monopolio de
“los pobres”. Los socialistas debemos tomar nota de esto y reflexionar
ya que en numerosas ocasiones la lucha de clases nos lleva a encontrarnos
con amplios sectores de masas dirigidos por la Iglesia. Tenemos que
entender cual es la política de esta institución y hacia donde quiere
llevar a los explotados para poder trazarnos una política que pueda
acercar a los trabajadores católicos, o cristianos en general, hacia sus
verdaderos intereses.
Por
otra parte cuando se leen con una mínima atención encíclicas como
“Laborem exercens” o “Centesimus annus” se llega rápidamente a la
conclusión de que las críticas vaticanas al capitalismo son meras quejas
sobre los efectos del capitalismo sin entrar ni un milímetro en sus
razones estructurales. No casualmente Juan Pablo II utiliza la expresión
“capitalismo salvaje” que es un eufemismo que no dice nada concreto. O
mejor dicho, le transmite al poder real el mensaje de que no se quiere
sacar los pies del plato. Las críticas van dirigidas al capitalismo
salvaje, no al capitalismo. Ese lugar común hoy lo repiten todos los políticos
cazavotos de la Tierra. Los que quieren presumir un poco de intelectuales
suelen agregar que el mercado es el mejor sistema de asignación de
recursos que se conoce y finalizan su admonición diciendo ¿o acaso el
socialismo no fracasó?
Juan
Pablo II no peca de mucha originalidad cuando en su encíclica
“Centesimus annus” (1991) dice: “Da la impresión de que...el libre
mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y
responder más eficazmente a las necesidades”. En la misma encíclica
reafirma el principio católico tradicional que habla del “carácter
natural del derecho a la propiedad privada”. Esta afirmación es una de
las trampas más eficaces del capitalismo porque confunde la propiedad
privada personal con la propiedad privada de los medios de producción.
Son estos últimos los que crean la riqueza en una sociedad y el monopolio
de ellos por parte de la burguesía es lo que permite que una ínfima
minoría viva a costillas de la mayoría explotada y oprimida. O
que “los pobres sean más pobres y los ricos más ricos”, para
decirlo en el lenguaje de “progre” a lo Lanata.
Aquel que abomine de que “los pobres sean más pobres y los
ricos...” debe cuestionar el monopolio burgués sobre los medios de
producción y postular su apropiación real por los trabajadores. En caso
contrario, la cosa no pasa de una declaración retórica. Cuando se
defiende el derecho de propiedad en general lo único que se hace es
defender el derecho de los patrones a tener sus fábricas y empresas. El
derecho a la propiedad personal ninguna corriente política ha planteado
abolirlo. Mucho menos los socialistas revolucionarios. O en todo caso, los
socialistas defendemos la propiedad personal de todos los trabajadores
mientras que el capitalismo, aunque lo defienda de palabra, su dinámica
real lo limita gravemente. Hablar de un capitalismo que sea eficaz,
competitivo y, al mismo tiempo, igualitario es proponer la cuadratura del
círculo.
Cuando
Juan Pablo II hablaba contra el capitalismo salvaje le oponía otro
capitalismo. A veces mediante largos rodeos, en otras ocasiones más
abiertamente y menos adornado. Veamos lo que decía este “amigo de los
pobres” en la misma encíclica: “Si por capitalismo se entiende un
sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la
empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente
responsabilidad para con los medios de producción, de la libre
creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es
ciertamente positiva, aunque quizás sería más apropiado hablar de
Economía de empresa, economía de mercado o simplemente de economía
libre”. Se pueden decir muchas cosas sobre las implicancias de este párrafo.
Las dejaremos de lado pero el que descubra una diferencia entre esto y el
neoliberalismo le rogamos que nos lo haga saber.
A
esto hay que agregarle que, en la misma encíclica, Juan Pablo nos dice
que además de bancarnos al capitalismo puro y duro, encima tenemos que
pagar la deuda externa ya que en "Centesimus annus" afirma al
tratar ¿específicamente? el tema deuda externa: “Es ciertamente justo
el principio de que las deudas deben ser pagadas”. Con semejante
generalidad liquida el problema sin considerar la manera en que fue
adquirida. Con semejante “amigo del pueblo” uno está tentado hasta de
mirar con “fraternidad y aprecio” a Cavallo.
Una reflexión final
Podríamos
seguir enumerando unas cuantas cosas más del prontuario consecuentemente
reaccionario del Papa. Solo mencionaremos, ya que son públicamente
conocidas su política a favor de reforzar la preceptiva regimentadora en
la vida cotidiana. En 1987, en su segundo viaje a la Argentina, habló
contra el divorcio, para regocijo de todo el oscurantismo local. Ni hablar
de su oposición radical a que los homosexuales adquieran estatuto de
ciudadanía a través de una unión legal o del derecho de las mujeres a
abortar (ni siquiera en caso de violación). A todo esto Wojtyla lo llamó
“cultura de la muerte” y para protegernos de nuestra propia libertad,
él se autodesignó guardián. No es necesario remarcar el carácter
irracionalista y, prácticamente, criminal de sus condenas al uso de
preservativos en el trato sexual. De un modo cínico se puede creer que
planteos de este tipo son los que socavan la influencia de la Iglesia en
la sociedad. Es posible que a largo plazo sea cierto pero cuando se
dispone del poder material que tiene el catolicismo en el mundo ello no
resulta inofensivo.
En
relación a esto último, Juan Pablo II se puso ese nombre en homenaje a
su breve predecesor Juan Pablo I. Este lo había hecho para remarcar la
continuidad de su papado con el de Juan XXIII y Paulo VI. Wojtyla dio un
violento golpe de timón reaccionario respecto a ellos y al mismo tiempo
conservó las apariencias haciendo, quizás, el homenaje que a veces el
vicio rinde a la virtud.
Su
giro político fue exitoso y coincidió con un giro en el mismo sentido de
la situación mundial. Sin embargo el futuro que le espera a la Iglesia
católica no es del todo claro. La mayoría de los observadores descarta
cualquier giro, aunque sea moderado, al progresismo. La Iglesia conserva
su bastión latinoamericano pero su futuro es incierto. El pontificado de
Juan Pablo II quizás resulte “exitoso” en función de su coincidencia
con un determinado ciclo histórico. Pero el descrédito de la Iglesia en
múltiples aspectos sociales y culturales quizás indiquen que el único rédito
real logrado por Wojtyla haya sido ganar tiempo. Un tiempo dilatorio de
todos los problemas que enfrenta la Iglesia y que decidirán en las próximas
décadas si sobrevivirá y, de hacerlo, en qué condiciones.
Notas:
1.-
Recordemos, además, que Licio Gelli tenía un pasaporte argentino,
extendido gracias a la buena voluntad de su amigo, el Gral. Perón.
2.-
Reconocer que la Teología de la Liberación fue, objetivamente, un ala
izquierda de la Iglesia no implica que la consideremos socialista
revolucionaria ni mucho menos disculpa a las corrientes que le hacen
seguidismo. Hay que mantener una actitud principista ante ella, recordando
a qué institución pertenece y los límites que esa pertenencia implica.
A partir de no perder ese límite de principios, son posibles la unidad de
acción y la colaboración política.
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