La muerte
del Papa

 

El papa de la contrarreforma (neoliberal)

Por Isidoro Cruz Bernal
Socialismo o Barbarie, periódico, 14/04/05

La sola muerte de Juan Pablo II hubiera bastado, por su significado histórico relevante, para justificar escribir esta nota. Pero también asistimos, obligatoriamente, como a los actos escolares cuando éramos chicos, a una omnipresente letanía “informativa” que el establishment capitalista internacional ha orquestado, por vía de sus agencias noticiosas (con todas sus repetidoras en el Tercer Mundo, como los canales argentinos), para congelar cualquier debate sobre la figura de este Papa y hacer un obituario apologético que se impusiera por la fuerza de los hechos. O mejor dicho, por la casi imposibilidad de escuchar otra cosa.

Por casi dos semanas estuvimos sumergidos en Juan Pablo II, su vida y milagros. Los reaccionarios, el gobierno K. y unos cuantos progresistas hicieron el elogio del personaje de marras. En esta ocasión la escena no pertenece a la “picaresca” nacional sino que es rigurosamente universal. La vemos repetida con solo cambiar el nombre del país y de los ocasionales políticos.

El que se haya armado, ante la muerte de Juan Pablo II, un operativo político-ideológico de tal magnitud, obliga a los socialistas revolucionarios a recordar unas cuantas cosas para hacer un balance más objetivo. 

El Vaticano y el contexto de Juan Pablo II

En cualquier análisis de la situación internacional las posiciones del Vaticano son siempre un dato a tener en cuenta. No precisamente por su fuerza material –es un estado sui generis inserto en el interior de Roma–, sino porque representa un enorme poder espiritual. Es lo que los marxistas llamamos ideología, entendiendo por ésta las diversas maneras de pensar con que los sujetos actúan en el mundo (y que abarcan desde la actitud ante la vida y la muerte, su pensamiento político, su práctica sexual o sus aspiraciones sociales).

La Iglesia Católica es una institución que existe desde mediados de la Edad Antigua y que alcanzó el máximo de su poder en el medioevo. En ese entonces su poder incluía la dimensión espiritual que aún hoy conserva, pero también se materializaba política y socialmente. La Iglesia era la mayor propietaria de tierras de Europa. Sus decisiones tenían múltiples implicancias para todos los estados. La pérdida de poder del Vaticano se fue dando a medida que la sociedad capitalista se fue expandiendo.

Esto no quiere decir que se desarrollara “naturalmente” o de “forma evolutiva”. Lo que hizo el capitalismo fue “erosionar” el terreno social en el que la Iglesia asentaba su poder. El desarrollo capitalista aumentó exponencialmente la productividad, lo que tuvo como resultado que ciertos grupos burgueses se hicieran con un poder económico y social que nada le debía a la Iglesia. Es más, que paulatinamente la superó por mucho.

Esto tuvo como efecto que la impugnación a la dominación clerical  en una serie de aspectos políticos, ideológicos y en la vida cotidiana tuviera una base material real que le dio chances de triunfo. Nada de esto ocurrió de forma suave. Cada trozo de poder que perdía la Iglesia fue producto de duros combates políticos. Estos fueron inicialmente impulsados por la intelectualidad de signo más o menos liberal y se extendió de tal forma que alcanzó hasta los primeros años del movimiento obrero. Socialistas y anarquistas fueron radicalmente anticlericales.

Con el transcurso de los años la Iglesia quedó aislada en la órbita de la peor reacción ideológica y perdió el combate. A partir de ese entonces se vio obligada a aceptar que su poder político ya no sería el mismo. De un poder casi ilimitado que le permitió durante siglos digitar gran parte de la política de Occidente pasó a tener un poder con límites pero que, de todas formas, constituía un aparato formidable. La Iglesia Católica se convirtió en un agencia ideológica que, aun conservando sus intereses propios, batalla cotidianamente en defensa del sistema capitalista. Fieles a su tradicional realismo, prefirieron conservar su propia base material y ponerla al servicio de un sistema que resultó más poderoso que ella.

La Iglesia es un agente ideológico muy eficaz a causa de que, al no estar al frente de ningún gobierno en forma directa, evita los desgastes de la gestión política cotidiana. Es una jerarquía internacional que se autoadministra y que no está sometida a ningún contralor externo. Su grado de prestigio está en correlación con su capacidad de hacer de caja de resonancia de las presiones contradictorias que hay en la sociedad.

Cuando la Iglesia ha girado demasiado a la derecha se ha aislado. La segunda posguerra, cuando la Iglesia venía de una activa complicidad con los nazis, marcó el grado más bajo de su prestigio. Esto la obligó a abrirse, relativamente, a la realidad de ese tiempo signada por la guerra fría, la revolución colonial, el fortalecimiento de planteos antiimperialistas y de izquierda (aunque con la fuerte mediación stalinista). Los pontificados de Juan XXIII y Paulo VI así como la idea de una “Iglesia de los pobres”, cualquiera sea la opinión crítica que los socialistas tengamos de ello, reflejó estos procesos.

La compleja situación de mediados de los años 70 marcó un punto de inflexión respecto a la política iniciada por Juan XXIII. En esos años se estaba viendo signos de agotamiento del ascenso mundial que comenzó en 1968. Tanto en Europa (con el impasse de la revolución portuguesa) como en Latinoamérica (con los golpes militares) la situación empezaba a virar en contra de la revolución. A eso se agrega otro elemento determinante: la crisis capitalista mundial de 1972-73 empezó a buscar caminos de resolución “hacia la derecha”. Estos no cuajaron de inmediato, pero a finales de la década del 70 ya existían signos visibles en ese sentido (que se harían explícitos en los 80). La burocracia vaticana advirtió esas señales y, con el ascenso de Juan Pablo II, decidió poner su “granito de arena” en favor de ese rumbo.

Juan Pablo II fue el Papa de las contrarreformas neoliberales y, más parcialmente, el Papa de la “guerra fría” y el “asalto final contra el comunismo”. No solamente en virtud a su contemporaneidad histórica, sino por vocación y papel histórico. Un guerrero que habló siempre de paz, un halcón al que le sentaba bien el traje de paloma. Un repaso a su historia es muy conveniente.

Los amigos de Juan Pablo II

El ascenso al poder de este Papa se dio en un contexto en el que el Vaticano se encontraba metido en un complejo entramado financiero. Aprovechando las facilidades impositivas que Italia otorga al Vaticano, se “blanqueaban” millonarias sumas de dinero provenientes del tráfico de armas y drogas. El centro de este dispositivo fue el célebre Banco Ambrosiano.

En esta operación estaban mezclados una serie de personajes. Por ejemplo la Logia P-2 dirigida por Licio Gelli.  [1]. Ésta constituía un poderosísimo “lobby” financiero-mafioso-ultraderechista que había reclutado a la peor reacción de la época. Para no abundar citemos al almirante Massera y a un amplio grupo de militares de la dictadura uruguaya. La P-2 también estuvo mezclada en la organización de grupos paramilitares en la Italia de los ’70 (la Red Gladio).

El enlace vaticano de esta trama era el cardenal Paul Marcinkus (que conjugaba su jerarquía en la Curia con la condición de agente de la CIA). Otros elementos decisivos eran Roberto Calvi, financista de vertiginoso ascenso y el capo-maffia Michele Sindona. La estrecha relación del Banco Ambrosiano con el Banco Vaticano permitía licuar el financiamiento de algunas operaciones negras de la CIA.

Juan Pablo II accede al papado en el momento de máximo escándalo ante la revelación de estos vínculos. Su política fue no solamente de encubrir todo, sino también proteger y ayudar a Marcinkus, que tenía pedido de captura de la justicia italiana. Marcinkus quedó en calidad de asilado en el Estado del Vaticano. Sus amigos Calvi y Sindona corrieron peor suerte, uno ahorcado en Londres y el otro convenientemente “suicidado”.

En lo que se refiere a los jefes de estado, Juan Pablo II estrechó profundos lazos con Reagan y Thatcher, vanguardia del neoliberalismo a escala planetaria. Si bien lo hizo con la clásica y ambigua terminología del clero ya en esa época expresó su apoyo hacia el modelo social que ambos gobiernos comenzaban a implementar. Con EEUU este Papa acordó políticas de conjunto acerca de Polonia, el Este y América Latina. También, según contó posteriormente el Gral. Vernon Walters (director de la CIA de 1972 al 76), el Papa de la Paz aprobó el nuevo sistema de misiles implementado por Reagan.

En el plano institucional, el papado de Juan Pablo II significó el ascenso del Opus Dei, orden religiosa integrista de extrema derecha. El Opus fue puntal de la dictadura fascista de Franco en España. Juan Pablo II proyectó internacionalmente al Opus. Hoy día, el Opus se ha ”modernizado” algo y defiende la “democracia” política, aunque combinada con el neoliberalismo más puro y duro.

El actual Opus Dei combina esa modernización limitada (el reemplazo del fascismo por el thatcherismo neoliberal) con una política de defensa de todas las posiciones más reaccionarias del tradicionalismo católico: contra el divorcio, el aborto, la homosexualidad, etc. También en ese aspecto era la orden más funcional al estilo de Juan Pablo II.

Por supuesto que asegurar el predominio del Opus Dei en el catolicismo significaba la pérdida de gravitación para otras órdenes. En este caso la gran perdedora del pontificado de Juan Pablo II fue la Compañía de Jesús, los jesuitas. Al interior de esa orden se encontraba la mayor concentración de curas tercermundistas, teólogos de la liberación o, simplemente, curas de tendencias más liberales, horrorizados por el giro de ultraderecha que tomaba la política vaticana. Esta orden fue constantemente relegada en los nombramientos de cardenales realizados por Roma.

Un aspecto dramático de esta caída en desgracia de los jesuitas fue que varios de sus miembros en Latinoamérica que habían asumido la solidaridad con las luchas populares, fueron asesinados por bandas paramilitares. Son bastante elocuentes los casos de Luis Espinal (1980) en Bolivia y de Monseñor Romero (1980) e Ignacio Ellacuría (1989) en El Salvador.

Subordinación y valor

La censura y la regimentación fueron una marca del papado de Wojtyla. Las censuras a la Teología de la Liberación y a sus principales representantes, Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez, es ampliamente conocida. Pero no solo fueron víctimas los sacerdotes de tendencias izquierdistas. El teólogo Hans Küng, un hombre con conocimientos de la filosofía occidental y los fundamentos de otras religiones infinitamente superiores al de Wojtyla, fue impedido de publicar libros por varios años. ¡Otra vez tuvo razón Discepolo y valió más un burro que un gran profesor! También Juan Pablo II cerró el Instituto Teológico de Estudios Superiores (ITES), financiado por diez iglesias latinoamericanas, así como otros centros de doctrina católica que dijesen algo distinto a su reaccionario paladar.

Otro pequeño test: Juan Pablo II canonizó al fascista Escrivá de Balaguer, fundador del Opus y se negó al insistente pedido de religiosos latinoamericanos de canonizar a Monseñor Romero, asesinado por las bandas paramilitares.

Caballo de Troya contra el movimiento obrero polaco

La clásica superficialidad del periodismo machacó con el sonsonete de que “el papa acabó con el comunismo”. Es necesario señalar que, si bien es cierto que su influencia en el caso polaco fue grande (en el resto de Europa oriental era mucho más atenuada o mediada), adjudicarle semejante poder es un despropósito.

Los signos de agotamiento de los estados burocráticos venían de hacía muchos años. La combinación de atraso económico, comando burocrático de la economía y atomización social de las masas (necesaria para sostener este orden social) se habían expresado en varias crisis que solamente alcanzaron a ser conjuradas por remedios muy parciales que, a la menor oportunidad volvían a hacer agua. El bloque también sufría las consecuencias de algunos de sus actos, como la intervención en Checoslovaquia (1968), que lo había deslegitimado tanto en su área de influencia como en Occidente (especialmente en el movimiento obrero y la izquierda).

La situación de Polonia en 1980 presentaba varios rasgos: una crisis económica del estado burocrático que solamente pudo ser paliada a través del endeudamiento con el FMI y la banca internacional, la emergencia de un movimiento obrero –Solidaridad– con una amplísima organización y una conducción dividida entre católicos e izquierdistas y, por último, una influencia gravitante del catolicismo en el país.

El pueblo polaco que atravesó varios períodos de disolución nacional encontró en la religión católica un fundamento para justificar su existencia. Sus opresores tradicionales, rusos o prusianos, tenían otra religión. El autoritarismo del estado burocrático dio un enorme empuje al fortalecimiento de la religiosidad. Mientras que en Occidente las iglesias se vaciaban, en los estados burocráticos el cristianismo gozaba de buena salud y la opresión política estimulaba una suerte de ligero “revival” del perseguido cristianismo de la Roma de los césares.

Hacia 1981 la conflictividad obrera tenía en jaque a la débil burocracia polaca que esperaba ansiosa la “ayuda” de su casa matriz rusa. Esta advertía las dificultades que mostraba el contexto internacional para otra intervención como la de Checoslovaquia y Afganistán. Los norteamericanos también esperaban intervenir para erosionar a su rival geopolítico, pero ¿cómo hacerlo cuando el enemigo de mi enemigo es un movimiento obrero con importantes elementos de autoorganización? Sin duda, la salida fue hacerlo por la vía ideológica y allí, en el contexto polaco, Juan Pablo II fue la pieza clave.

Esquemáticamente, se puede decir que la acción del Papa tuvo varios planos. Juan Pablo II llamó a Solidaridad a conciliar con el régimen. Todo esto en nombre de la paz y los valores cristianos. Pero visto desde la lógica vaticano-imperialista un llamado a la lucha consecuente contra la dictadura burocrática significaba fortalecer, política y socialmente, al movimiento obrero autónomo. Mucho más si el régimen caía por una vía revolucionaria. El principal papel del Papa fue mellar el filo, real y potencial, de Solidaridad, domesticarla.

Esta política, como es lógico, fortaleció al ala católica de Solidaridad (Walesa) y debilitó a su ala izquierda. Modzlewsky. Baluka, Walentinowicz, Bujak y todo lo que fue el amplio espectro de la izquierda de Solidaridad fue desplazada o cooptada, una vez que el imperialismo y el Papa lograron imponer su política de conciliación con el estado burocrático.

Esta situación tardó varios años en resolverse ya que, por lo menos en lo aparente, el Papa y el imperialismo llamaban a respetar la institucionalidad del estado burocrático. Sin duda para que, teniendo que cargar con el peso de gobernar ilegítimamente y cada vez más al servicio de pagar su deuda y de ajuste en ajuste contra la población, se fuera hundiendo gradualmente. La Iglesia Católica se convirtió en el árbitro de la situación hasta que el régimen stalinista polaco implosionó en 1989.

Tanto fue el poder que conservó la Iglesia en Polonia que, después de la transición y con su bendición, Walesa pudo ser presidente, al frente de una Solidaridad convertida en partido y expurgada de todos sus sectores independientes progresivos. Su gobierno fue tan neoliberal  como el de Menem. A eso se agregó el hecho de que, guiado por su mentor político, Juan Pablo II, avanzó en una cruzada contra todo derecho democrático que tuvieran las mujeres (por ejemplo el aborto), los homosexuales y cualquier otro grupo social que no comulgara con el catolicismo ultramontano. Dejó tan mal recuerdo que hoy día Walesa es un cadáver político, e hizo que en los años en Polonia  gobernasen los ex-stalinistas reciclados en socialdemócratas.

Wojtyla y Latinoamérica

Ya hemos mencionado las persecuciones que Juan Pablo II desató contra la Teología de la Liberación.[2] Esto se asentaba en la necesidad de debilitar al movimiento social del cual este sector había logrado transformarse en vocero.

Esta corriente se encontraba en expansión en casi toda América Latina. Un caso emblemático eran las “comunidades de base” en Brasil. También en Centroamérica la Teología de la Liberación se hallaba en auge, con la diferencia que en esa región se desarrollaba una situación revolucionaria. Las guerrillas de toda la región influenciaban a amplísimos sectores cristianos. En Nicaragua, Guatemala y El Salvador esa influencia era de masas.

En Nicaragua los sandinistas habían dirigido una revolución que, si bien se ubico concientemente en una política de cerrar toda transición al socialismo, constituía un proceso revolucionario antiimperialista y con masas movilizadas que atraía las iras de EEUU. Era evidente que tampoco contaban con  la simpatía de Juan Pablo II.

En 1983 el Papa fue a Nicaragua. Los sandinistas lo recibieron como una visita política, casi como una fiscalización. Su política intentaba ganar tiempo y mostrar una fachada que contradijese la propaganda imperialista que mostraba una “Nicaragua comunista”, especie de clon cubano en donde la religión cristiana es perseguida por el estado. La política de los sandinistas fue llevar a todo el mundo a ver al Papa (incluso con órdenes de vivar todo lo que dijera Wojtyla). En un país de poco más de tres millones de personas fueron a la concentración unas 700.000.

El Papa creyó que estaba ante una réplica del decadente stalinismo polaco y no ante una revolución real (con todos los límites que tuviese) y quiso usar su homilía como una tribuna contra la revolución. La situación al principio se sostuvo, un poco porque su presencia era vivida como una fiesta y nadie le prestaba una atención extrema a lo que decía. Pero se desarrollaron algunos incidentes, como el hecho de que el muy cristiano Juan Pablo se negó a orar por unos jóvenes asesinados por la “contra”. Esto terminó creando una situación de extrema tensión entre el Papa y la multitud, que increpó sus actitudes soberbias y daba gritos de apoyo al gobierno. Juan Pablo II seguía hablando, cada vez más nervioso, ante una concentración díscola que no aceptaba que le vinieran a decir cómo tenía que ser gobernado su país. La homilía terminó con una virtual ruptura entre el Pontífice y sus fieles. Sus pretensiones de “libertador” habían quedado decepcionadas.

En Argentina el Papa intervino en dos situaciones relevantes. Muchos de sus apologistas se refieren al papel que le cupo al Vaticano ante la posibilidad de guerra entre Chile y la Argentina. El papel pacifista de Juan Pablo II en esa tentativa de guerra obedeció más a su lógica de cruzado anticomunista que no podía ver sin desconsuelo que ciudadelas de la contrarrevolución y el anticomunismo como eran las dictaduras argentina y chilena se perdiesen ante “contradicciones secundarias” cuando había que luchar contra el “gran enemigo anticristiano”. Una lógica similar tuvo su mediación en la guerra de Malvinas. Pero, entre la Thatcher y Galtieri, era evidente que prefería a la primera. Su retórica pacifista encubría su parcialidad a favor de los ingleses.

Juan Pablo II “descubre” el neoliberalismo

Con la caída de la URSS y el bloque del este se produjo una inflexión relativa en las posiciones del Papa. Este asumió una retórica en que condenaba la “injusticia”, hacía llamados a “combatir la pobreza” y devino un crítico del “capitalismo salvaje”. Sus apologistas toman esta parte de la trayectoria de Juan Pablo II para, disimular su trayectoria de conjunto.

Este tipo de generalidades se repiten todos los días y, a fuerza de oírlas, van perdiendo significación real. “Combatir la pobreza” o “rechazar la injusticia” son lugares comunes que ahora también recitan hasta el Banco Mundial y el FMI.

Otra cosa muy distinta es qué remedio se propone para combatirlos. Los organismos de crédito tienen su respuesta: la apertura económica total y el incremento del comercio internacional. La versión neoliberal de la libertad en una palabra. Esta buena gente no habla de entidades brumosas tales como el “capitalismo salvaje” porque para ellos este es el único que hay.

En el caso de Juan Pablo II, hombre formado en las ambigüedades del lenguaje clerical, abundan las condenas al “capitalismo salvaje”. Incluso llegó a decir que “el comunismo contenía semillas de verdad”

¿Cuáles eran esas semillas de verdad para Wojtyla? Las respuestas más habituales eran la condena a la injusticia, de lo que se desprendía que lo único bueno que había en el socialismo era lo que coincidiera de modo muy general con la Iglesia y a lo cual ésta pudiera usar para sus propios fines. En un artículo reciente el filósofo Rubén Dri reflexionaba agudamente al plantear que uno de los motores del anticomunismo de Juan Pablo II era la disputa por la representación de “los pobres”. La izquierda, incluidas sus vertientes más degeneradas, es su competidor. Concluida la experiencia histórica del comunismo (que en la conciencia reaccionaria de Wojtyla debe traducirse como el fin de toda experiencia revolucionaria socialista), la Iglesia católica tiene el monopolio de “los pobres”. Los socialistas debemos tomar nota de esto y reflexionar ya que en numerosas ocasiones la lucha de clases nos lleva a encontrarnos con amplios sectores de masas dirigidos por la Iglesia. Tenemos que entender cual es la política de esta institución y hacia donde quiere llevar a los explotados para poder trazarnos una política que pueda acercar a los trabajadores católicos, o cristianos en general, hacia sus verdaderos intereses.

Por otra parte cuando se leen con una mínima atención encíclicas como “Laborem exercens” o “Centesimus annus” se llega rápidamente a la conclusión de que las críticas vaticanas al capitalismo son meras quejas sobre los efectos del capitalismo sin entrar ni un milímetro en sus razones estructurales. No casualmente Juan Pablo II utiliza la expresión “capitalismo salvaje” que es un eufemismo que no dice nada concreto. O mejor dicho, le transmite al poder real el mensaje de que no se quiere sacar los pies del plato. Las críticas van dirigidas al capitalismo salvaje, no al capitalismo. Ese lugar común hoy lo repiten todos los políticos cazavotos de la Tierra. Los que quieren presumir un poco de intelectuales suelen agregar que el mercado es el mejor sistema de asignación de recursos que se conoce y finalizan su admonición diciendo ¿o acaso el socialismo no fracasó?

Juan Pablo II no peca de mucha originalidad cuando en su encíclica “Centesimus annus” (1991) dice: “Da la impresión de que...el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder más eficazmente a las necesidades”. En la misma encíclica reafirma el principio católico tradicional que habla del “carácter natural del derecho a la propiedad privada”. Esta afirmación es una de las trampas más eficaces del capitalismo porque confunde la propiedad privada personal con la propiedad privada de los medios de producción. Son estos últimos los que crean la riqueza en una sociedad y el monopolio de ellos por parte de la burguesía es lo que permite que una ínfima minoría viva a costillas de la mayoría explotada y oprimida. O  que “los pobres sean más pobres y los ricos más ricos”, para decirlo en el lenguaje de “progre” a lo Lanata.  Aquel que abomine de que “los pobres sean más pobres y los ricos...” debe cuestionar el monopolio burgués sobre los medios de producción y postular su apropiación real por los trabajadores. En caso contrario, la cosa no pasa de una declaración retórica. Cuando se defiende el derecho de propiedad en general lo único que se hace es defender el derecho de los patrones a tener sus fábricas y empresas. El derecho a la propiedad personal ninguna corriente política ha planteado abolirlo. Mucho menos los socialistas revolucionarios. O en todo caso, los socialistas defendemos la propiedad personal de todos los trabajadores mientras que el capitalismo, aunque lo defienda de palabra, su dinámica real lo limita gravemente. Hablar de un capitalismo que sea eficaz, competitivo y, al mismo tiempo, igualitario es proponer la cuadratura del círculo.

Cuando Juan Pablo II hablaba contra el capitalismo salvaje le oponía otro capitalismo. A veces mediante largos rodeos, en otras ocasiones más abiertamente y menos adornado. Veamos lo que decía este “amigo de los pobres” en la misma encíclica: “Si por capitalismo se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizás sería más apropiado hablar de Economía de empresa, economía de mercado o simplemente de economía libre”. Se pueden decir muchas cosas sobre las implicancias de este párrafo. Las dejaremos de lado pero el que descubra una diferencia entre esto y el neoliberalismo le rogamos que nos lo haga saber.

A esto hay que agregarle que, en la misma encíclica, Juan Pablo nos dice que además de bancarnos al capitalismo puro y duro, encima tenemos que pagar la deuda externa ya que en "Centesimus annus" afirma al tratar ¿específicamente? el tema deuda externa: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas”. Con semejante generalidad liquida el problema sin considerar la manera en que fue adquirida. Con semejante “amigo del pueblo” uno está tentado hasta de mirar con “fraternidad y aprecio” a Cavallo.

Una reflexión final

Podríamos seguir enumerando unas cuantas cosas más del prontuario consecuentemente reaccionario del Papa. Solo mencionaremos, ya que son públicamente conocidas su política a favor de reforzar la preceptiva regimentadora en la vida cotidiana. En 1987, en su segundo viaje a la Argentina, habló contra el divorcio, para regocijo de todo el oscurantismo local. Ni hablar de su oposición radical a que los homosexuales adquieran estatuto de ciudadanía a través de una unión legal o del derecho de las mujeres a abortar (ni siquiera en caso de violación). A todo esto Wojtyla lo llamó “cultura de la muerte” y para protegernos de nuestra propia libertad, él se autodesignó guardián. No es necesario remarcar el carácter irracionalista y, prácticamente, criminal de sus condenas al uso de preservativos en el trato sexual. De un modo cínico se puede creer que planteos de este tipo son los que socavan la influencia de la Iglesia en la sociedad. Es posible que a largo plazo sea cierto pero cuando se dispone del poder material que tiene el catolicismo en el mundo ello no resulta inofensivo.

En relación a esto último, Juan Pablo II se puso ese nombre en homenaje a su breve predecesor Juan Pablo I. Este lo había hecho para remarcar la continuidad de su papado con el de Juan XXIII y Paulo VI. Wojtyla dio un violento golpe de timón reaccionario respecto a ellos y al mismo tiempo conservó las apariencias haciendo, quizás, el homenaje que a veces el vicio rinde a la virtud.

Su giro político fue exitoso y coincidió con un giro en el mismo sentido de la situación mundial. Sin embargo el futuro que le espera a la Iglesia católica no es del todo claro. La mayoría de los observadores descarta cualquier giro, aunque sea moderado, al progresismo. La Iglesia conserva su bastión latinoamericano pero su futuro es incierto. El pontificado de Juan Pablo II quizás resulte “exitoso” en función de su coincidencia con un determinado ciclo histórico. Pero el descrédito de la Iglesia en múltiples aspectos sociales y culturales quizás indiquen que el único rédito real logrado por Wojtyla haya sido ganar tiempo. Un tiempo dilatorio de todos los problemas que enfrenta la Iglesia y que decidirán en las próximas décadas si sobrevivirá y, de hacerlo, en qué condiciones.


Notas:

1.- Recordemos, además, que Licio Gelli tenía un pasaporte argentino, extendido gracias a la buena voluntad de su amigo, el Gral. Perón.

2.- Reconocer que la Teología de la Liberación fue, objetivamente, un ala izquierda de la Iglesia no implica que la consideremos socialista revolucionaria ni mucho menos disculpa a las corrientes que le hacen seguidismo. Hay que mantener una actitud principista ante ella, recordando a qué institución pertenece y los límites que esa pertenencia implica. A partir de no perder ese límite de principios, son posibles la unidad de acción y la colaboración política.

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