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El
lado oscuro de la Iglesia católica
Por Roberto Bardini
Bambú Press, 12/04/05
Reproducido
por Rodelu.net
Se
dice que Juan Pablo II cargó hasta el final de su vida el peso de los
problemas de la humanidad: guerras, miseria, injusticia. Quizá también
llevó sobre sus hombros la cruz de su propio templo: oscurantismo,
intolerancia religiosa, torturas, enriquecimiento ilícito...
En
1994, el Papa envió una carta confidencial a unos 60 cardenales
exhortándolos a aprovechar la cercanía de un nuevo milenio para
reflexionar y admitir que la historia de la Iglesia católica ocultaba
un “lado oscuro”. El mensaje fue “filtrado” entre algunos
medios de comunicación italianosEn junio de 1995, Peggy Polk,
analista de asuntos del Vaticano durante tres décadas, escribió en
el Chicago Tribune que, en su escrito, el Juan Pablo II
preguntaba: “¿Cómo puede uno permanecer callado acerca de las
muchas formas de violencia perpetradas en nombre de la fe: guerras de
religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violaciones
de los derechos de las personas?”.
Ese
mismo año, la estadunidense Helen Ellerbe publicó El lado oscuro
de la historia cristiana. A lo largo de 200 páginas, la autora
analiza el dogma católico en la era del oscurantismo, la utilización
del miedo, la oposición a los avances científicos, su opción por la
pena de muerte.
“En
una era en que tantos están buscando un significado espiritual más
profundo, ¿por qué no hay información más accesible sobre la
historia de las instituciones que pretenden transmitir tal verdad
espiritual?”, escribe Ellerbe en el prefacio de la edición en inglés
(Morningstar Books, California, 1995).
El
imperio del miedo
En
el siglo IV, el emperador Constantino, quien había mandado a matar a
su propio hijo y hervir viva a su esposa, se fija en el cristianismo
como un medio para unir el extenso y agitado Imperio Romano. El
monarca relata que en sueños vio una cruz en el cielo con la
inscripción In hoc signo vinces (“Bajo este signo conquistarás”).
Sin embargo, el visionario recién se convierte poco antes de morir, a
los 57 años.
Gracias
a Constantino, el catolicismo se transforma en la religión oficial
del imperio y adquiere un poder sin precedentes. Su sucesor, Flavio
Teodosio, estipula en febrero de 380 que "todas las naciones que
están sujetas a nuestra clemencia y moderación deben continuar
practicando la religión que fue entregada a los romanos por el divino
apóstol Pedro". Los no-cristianos son llamados
"repugnantes, herejes, estúpidos y ciegos".
La
Iglesia se convierte en la clase de jerarquía autoritaria que Jesús
había impugnado. Ireneo, obispo de Lyon, declara: “No tenemos
necesidad alguna de la ley, puesto que ya estamos muy por encima de
ella con nuestro comportamiento divino”.
A medida
que el Imperio Romano se derrumba, la Iglesia va tomando el control en
Europa. Reinterpreta las Escrituras y también la propia historia.
Instiga ataques contra musulmanes, judíos, católicos de Oriente e,
incluso, contra grupos cristianos que no reconocen la autoridad papal.
A medida
que el Imperio Romano se derrumba, la Iglesia va tomando el control en
Europa. Reinterpreta las Escrituras y también la propia historia.
Instiga ataques contra musulmanes, judíos, católicos de Oriente e,
incluso, contra grupos cristianos que no reconocen la autoridad papal.
La
escritora considera que el miedo es esencial para mantener un “orden
jerárquico por decreto divino”. La Biblia exhorta constantemente a
sentir miedo a Dios: “Teme a Dios y observa Sus mandamientos”,
“Bienaventurado aquel que teme a Jehová”, “Temed a Aquel que
después de haber quitado la vida, tiene el poder de echar en el
infierno”.
San Juan
Crisóstomo (347-407), obispo de Constantinopla, explica en el siglo
IV la necesidad del miedo: “Si privaras al mundo de los magistrados
y el miedo que viene de ellos, casas, ciudades y naciones se desplomarían”.
Pena
de muerte: el fin justifica los medios
A
partir del año 435, los considerados “herejes” en el Imperio
Romano pueden ser ejecutados por ley. “Herejía” deriva del griego
hairesis, que significa “elección”, en el sentido de libre
albedrío. Todavía se tolera al judaísmo, pero se lo va aislando
poco a poco. Está prohibido el matrimonio entre judíos y cristianos.
Para las mujeres, el casamiento mixto se castiga igual que el
adulterio: la muerte.
San
Agustín (354-430), obispo de Hipona, vivió como un libertino hasta
los 32 años y tuvo un hijo que nunca reconoció. Luego de
convertirse, proclama el principio Cognire intrare
(”Obligadlos a entrar”) que durante la era medieval se utiliza
para reprimir a los disidentes: “¡Obliga a la gente a entrar! Con
amenazas de la ira de Dios, el Padre acarrea a las almas hacia el
Hijo”.
La
máxima de Maquiavelo acerca de que el fin justifica los medios tiene
adeptos en el Vaticano. Todavía a comienzos del siglo XX, León XIII,
Papa de 1878 a 1903, afirma: “La sentencia de muerte es un medio
necesario y eficaz para que la Iglesia obtenga su fin cuando los
rebeldes actúan en contra de ella”. El pontífice agrega: “Si no
existe otro remedio para salvar a su gente, se puede y debe dar muerte
a estos perversos hombres”.
Mejor
creer que pensar
Entre
los años 500 y 1000, la Iglesia Católica tiene un efecto demoledor
en Europa. Destruye la educación, las ciencias, el arte y la
medicina, fundamentalmente griega y romana. Del siglo VI al VII
recomienda únicamente la “sangría” para todas las dolencias y,
en especial, para evitar el deseo sexual.
La
tecnología de la época se echa a perder. La extensa red de caminos
que facilitaba el transporte, la comunicación y el comercio cae en el
abandono. Los vastos sistemas de acueductos y cañerías dejan de
recibir mantenimiento. Se eliminan los retretes en las casas. Mientras
se deterioran las medidas sanitarias y se pierden los hábitos de
higiene, avanzan las enfermedades. Las pestes diezman poblaciones
enteras durante interminables años.
La fe
ciega reemplaza a la investigación científica. Trescientos años
antes de Cristo, Pitágoras había formulado la hipótesis de que la
tierra gira alrededor del sol; la posibilidad es considerada
aberrante. Habrá que esperar hasta el siglo XVI para que Copérnico
reformule la teoría. Pero cuando en el siglo siguiente Galileo
Galilei asegura que el mundo también gira sobre sí mismo, es
obligado a retractarse por la Inquisición. La Iglesia retira la
condena a Galileo recién en 1965.
Fuera de
los conventos, la educación y el aprendizaje son erradicados. La
Iglesia se opone al estudio de la gramática y el latín. Se clausuran
los institutos de enseñanza y se destruyen bibliotecas enteras. Ya
antes, en 391, había sido incendiada la Biblioteca de Alejandría, la
más grande del mundo, que conservaba 700 mil rollos y pergaminos.
“Todo
rastro de la vieja filosofía y literatura del antiguo mundo ha
desaparecido de la faz de la tierra”, se regodea San Juan Crisóstomo.
Deberán transcurrir muchos años para que los clásicos latinos,
erradicados en la etapa del Oscurantismo, se traduzcan del árabe al
latín en la Edad Media.
En
el siglo XII, Honorio de Autum se pregunta: “¿Cómo se beneficia el
alma con la lucha de Héctor, los argumentos de Platón, los poemas de
Virgilio o las elegías de Ovidio?”.
El
predicador dominico Girolamo Savonarola (1452-1498), que impulsa la
proscripción de los poetas clásicos, escribe en el siglo XV: “La
única cosa buena que les debemos a Platón y Aristóteles es que
ellos presentaron muchos argumentos que nosotros podemos usar en
contra de los herejes. Sin embargo, ellos y otros filósofos ahora están
en el infierno”.
Dos
siglos de orgías de sangre
En
noviembre de 1095, el Papa Urbano II exhorta a los caballeros europeos
a marchar a Jerusalén para reconquistar Tierra Santa. Antes, Gregorio
VII había sentenciado: “Maldito sea el hombre que impide que su
espada derrame sangre”. Los devotos no se andaban con vueltas: en el
año 782, el emperador Carlomagno ordenó la decapitación de cuatro
mil 500 sajones que no querían convertirse al cristianismo.
Miles
de hombres se ponen en marcha hacia Tierra Santa. En Auge y caída
de los Templarios (editorial Martínez Roca, Barcelona, 1986),
Alain Demurger los describe como “un tropel entusiasta e
indisciplinado, que mata en masa a los judíos del Rin, roba a los
campesinos húngaros y saquea los campos bizantinos”.
Jerusalén
cae en julio de 1099. Hay más de 60 mil víctimas entre musulmanes,
judíos, hombres, mujeres, ancianos y niños.
El
historiador y arzobispo francés Guillermo de Tiro, testigo ocular,
relata: “Era imposible mirar al vasto número de muertos sin
horrorizarse; por todos lados había fragmentos de cuerpos humanos y
el piso estaba cubierto de la sangre de los muertos. No era solamente
el espectáculo de cuerpos sin cabeza y extremidades mutiladas tiradas
por todas direcciones que inspiraba el terror a todos los que miraban;
más horripilante era ver a los victoriosos chorreando de sangre de
pie a cabeza. Dentro del Templo murieron alrededor de diez mil
infieles”.
A
lo largo de 200 años se realizan cuatro Cruzadas. Decenas de miles
-quizá millones- son asesinados sin importar si eran árabes o judíos.
La crueldad de los ejércitos católicos no tiene límites. “Hasta
los sarracenos son misericordiosos y gentiles comparados con estos
hombres que llevan la cruz de Cristo sobre sus hombros”, escribe
Nicetas Choniates, un cronista bizantino.
De paso,
los cruzados destruyen todo lo que signifique cultura. Queman libros
musulmanes y pergaminos hebreos, entre ellos los doce mil volúmenes
del Talmud y las obras de Maimónides, filósofo, matemático y físico
judío, nacido en Córdoba, España.
La
Inquisición: aterrorizar y despojar
La
Inquisición medieval se crea durante el reinado del Papa Gregorio IX
(1227-1241) con el objetivo de imponer la obediencia mediante el
terror. En la historia de la humanidad, no existe registro de otra
religión que haya desplegado un aparato tan poderoso y sádico para
controlar a la gente. En los tribunales de la Iglesia, a la inversa
del derecho común,“se es culpable hasta demostrar la inocencia”.
El
inquisidor español Francisco Peña, Doctor en Cánones y Teología,
dice en 1578: "Debemos recordar que el principal propósito del
juicio y la ejecución no es salvar el alma del acusado, sino lograr
el bien público e infundir miedo a otros".
Su
colega Bernardo Gui, un cruel dominico, inquisidor de 1307 a 1323, fue
conocido por el gran público luego de que Umberto Eco lo hiciera
protagonista de su novela El nombre de la rosa, llevada al cine
por Jean-Jacques Annaud. Autor de La técnica de la Inquisición,
Gui sostiene que el laico no debe discutir con el infiel, sino
“meterle con fuerza su espada en el vientre”.
El español
Tomás de Torquemada (1420-1498), otro dominico, gana fama por su
implacable ejercicio de la Inquisición durante once años. Se estima
que bajo su mandato dos mil personas son quemadas en la hoguera. En
1492, aprovecha su función de confesor de Isabel y Fernando, los
Reyes Católicos, y promueve la expulsión de los judíos y los moros
de España.
Los
inquisidores se enriquecen en forma escandalosa. Además de apropiarse
del dinero, las propiedades y otros bienes de sus víctimas, reciben
sobornos de los ricos que pagan para escapar a las posibles
acusaciones.
“La
tortura permaneció como opción legal para la Iglesia desde 1252
cuando fue consentida por el Papa Inocencio IV, hasta 1917, cuando el
nuevo Codex Juris Canonici fue puesto en vigor”, narra
Helen Ellerbe. “Los hornos construidos para matar gente, que
adquirieron una notoriedad infame en la Alemania nazi del siglo XX,
inicialmente fueron utilizados por la Inquisición”. Para la
escritora “no fue sorprendente que los países islámicos ofrecieran
santuarios mucho más seguros para los judíos”.
Thomas
Jefferson escribió en 1785: “Millones de hombres, mujeres y niños
inocentes, desde la introducción del cristianismo, han sido quemados
torturados, mutilados, encarcelados; sin embargo, no hemos avanzado
una sola pulgada hacia un consenso general”.
Quizá
Juan Pablo II se refería exactamente a eso cuando exhortó a los
cardenales a que asumieran el “lado oscuro” de la Iglesia.
(*) Bambú Press está contra lo «políticamente correcto», el «pensamiento
único» y la «globalización» impuesta desde arriba. Está a favor
de la ética, las relaciones fraternales entre personas y la
universalidad construida desde abajo.
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