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La
Iglesia Católica, las mujeres y el sexo
“¡Señor,
aparta de mi ese cáliz”
Por
Roberto Bardini (*)
ALIA2, 08/04/15
A lo largo de 2
mil años, existen muchos ejemplos de la visión estrictamente
masculina del dogma católico. El género femenino es considerado
impuro, imperfecto y torcido. En lo que atañe al acto sexual, las
definiciones suben de tono: excitación diabólica de los genitales,
castigo cósmico, templo construido sobre una cloaca. La pedofilia, en
cambio, parece ser más tolerada.
En 1977, el Papa Paulo VI, declaró que las mujeres están
excluidas del sacerdocio porque “nuestro Señor fue un hombre”.
La estadounidense Helen Ellerbe, autora de El Lado Oscuro de la
Historia Cristiana (Morningstar Books, California, 1995), sostiene que
al considerar a Dios como masculino, la Iglesia propugna la supremacía
de este género como una “extensión del orden divino”.
La cuestión se remonta a los mismos orígenes de la religión.
En su Primera Epístola de San Pablo a los Corintios 7:1, San Pablo
intenta explicar este predominio a través de la creación de Adán y
Eva: “El varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón”.
Existen muchos ejemplos de la visión estrictamente masculina
del dogma católico. Van desde el simple machismo hasta una misoginia
casi patológica.
Tertuliano de Cartago (150-230), conocido como “el azote de
los herejes”, se convirtió al cristianismo en el año 195, luego de
una vida en la que no se privó de ningún vicio. El converso define
como “perversas” a las mujeres. Y explica por qué: “Son lo
suficientemente audaces para enseñar, disputar, ejecutar exorcismos,
emprender curas... ¡quizás incluso para bautizar!“.
San Agustín (354-430), obispo de Hipona, vivió como un
libertino hasta los 32 años y tuvo un hijo que nunca reconoció. A
inicios del siglo V escribe: “Un esposo está destinado a
gobernar sobre su esposa así como el espíritu gobierna sobre la
carne”.
Los inquisidores Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, autores
del Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas), publicado en
1486, sostienen que las mujeres tienen más predisposición a
convertirse en brujas que los hombres. El sexo femenino, explican, “está
más relacionado con las cosas de la carne”. Ellas son “animales
imperfectos y torcidos, mientras que el hombre pertenece a un sexo
privilegiado de cuyo centro surgió Cristo”.
El
martirio de Hypatia
Hypatia, nacida en Alejandría en el año 370 de la era
cristiana, fue una gran erudita, algo excepcional para una mujer de
esa época. Maestra de matemáticas y filosofía, redactó más de 40
libros sobre aritmética, geometría, mecánica y astronomía. Además,
diseñó el astrolabio plano e inventó el planisferio y un destilador
de agua. De niña no fue bautizada; ya adulta prefirió no hacerlo.
En marzo de 415, poco antes de la Pascua, una turba azuzada
por el autoritario arzobispo Cirilo ataca a Hypatia, la desnuda y la
corta en pedazos con afilados caracoles marinos. Su cuerpo es quemado
junto con sus libros. Tenía 45 años.
Cirilo, quien fue cardenal de Alejandría durante 37 años,
justifica el crimen porque ella había “presumido de enseñar a
los hombres, contrariando los mandamientos de Dios”. Poco después,
es canonizado. En 1882, el Papa León XIII lo declara Doctor de la
Iglesia.
El
sexo con mujeres, un veneno diabólico
La primera carta de San Pablo a los corintios asegura que “es
cosa buena para el hombre no tener relaciones con ninguna mujer”.
En la Epístola a los Colosenses, demanda: “Haced morir, pues, lo
terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas,
malos deseos”.
Elaine Pagels relata en su libro Adán, Eva y la Serpiente (Random
House, Nueva York, 1988) que el teólogo griego Clemente de Alejandría
(150-211) condena el sexo oral y anal, además del “coito con una
esposa menstruando, preñada, estéril o menopáusica”.
Unos cuantos siglos después, las enseñanzas de Clemente aún
calan hondo en un ferviente católico argentino: el coronel Mohamed Alí
Seineldín. El 7 de febrero de 2002, el militar carapintada -ex musulmán-
declara a la revista Veintitrés: “La boca y el traste no son
para el sexo”.
San Agustín está convencido de que el sexo es intrínsecamente
perverso y lo denomina “excitación diabólica de los
genitales”. San Jerónimo (342-420) considera como “veneno
a todas las cosas que guarden dentro de sí la semilla del placer
sexual”.
Para San Juan Crisóstomo, “la mujer es castigo cósmico,
mal necesario, deseable calamidad, fascinación mortal, plaga
maquillada”. Boeto, filósofo cristiano del siglo VI, es menos
poético: en La Consolación de la Filosofía escribe que “la
mujer es un templo construido sobre una cloaca”. En el siglo X,
Odo de Cluny afirma: “Abrazar a una mujer es abrazar a un costal
de estiércol”.
Barbara Tuchman (1912-1989), escritora, periodista e
historiadora estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer, menciona en
A Distant Mirror (Ballantine Books, Nueva York, 1978), a un furibundo
sacerdote dominico del siglo XIII que considera a la mujer como “la
confusión del hombre, una bestia insaciable, una ansiedad continua,
una batalla incesante, una ruina diaria, una casa de tempestad, un
estorbo para la devoción”.
El misionero católico Luis Grignon de Montfort (1673-1716),
elevado a la santidad, es un auténtico extremista. Censura las
canciones de amor, los cuentos y los romances “que se extienden
como la peste” porque “corrompen” a la gente.
Joseph
Lambert, prior y médico de la Sorbona, advierte a los
campesinos que los actos lujuriosos, aunque sean secretos, “son
abominables a los ojos de Dios, que los ve todos”.
El
“clero delincuente”
Sin embargo, la Iglesia tiene un lado oscuro que intenta
ocultar a los ojos del mundo. Es lo que el periodista español Pepe
Rodríguez, autor de Pederastia en la Iglesia Católica (Ediciones B,
Barcelona, 2002), llama “el clero delincuente”.
Como se sabe, el Vaticano ha encubierto a lo largo de su
historia miles de abusos sexuales a menores y mujeres cometidos en
todo el mundo, que incluyen fornicación a la fuerza con monjas. Al
final del libro, Rodríguez presenta una lista parcial de obispos y
cardenales dimitidos en los últimos años a causa de delitos de
pedofilia y violación a mujeres. De esa extensa lista, seleccionamos
algunos casos más o menos recientes:
* Alphonsus Penney, arzobispo de San Juan de Terranova (Canadá).
Dimitió en 1990 por ocultar decenas de delitos sexuales cometidos
contra unos 50 menores por más de una veintena de sacerdotes de su diócesis.
* Hubert Patrick O”Connor, obispo de Prince George (Canadá).
En 1991 fue acusado por la Policía de haber violado a varias mujeres.
* Hans Hermann Gröer, cardenal de Viena y presidente de la
Conferencia Episcopal austriaca. Fue forzado a renunciar a todos su
cargos en 1998, tras ser acusado en 1995 por una decena de antiguos
seminaristas -de los que fue confesor- de cometer delitos sexuales
contra menores.
* John Aloysius Ward,
arzobispo de Cardiff (Irlanda). Fue separado de su puesto, en diciembre de 2000, por encubrir
a dos curas pedófilos de su diócesis.
* Pierre Pican, obispo de la diócesis francesa de Bayeux
Lisieux. Condenado en 2001 a tres meses de prisión por encubrir a un
sacerdote pederasta.
* Anthony J. O”Connell, obispo de Palm Beach (Florida),
dimitió en 2002 tras admitir haber abusado de dos seminaristas.
Reconoció que a uno de ellos su diócesis le pagó 125 mil dólares
por ocultar los hechos.
* J. Keith Symons, el obispo anterior de Palm Beach al que
O”Connell sustituyó en 1999, también renunció tras admitir que
había abusado de cinco monaguillos durante los años 50 y 60.
* Julius Paetz, arzobispo de Poznan (Polonia). Dimitió en
2002, tras ser acusado de cometer abusos sexuales con decenas de
seminaristas.
* Brendan Comiskey, obispo de la diócesis irlandesa de Ferns.
Renunció en 2002, al hacerse público que encubrió los delitos
sexuales que uno de sus sacerdotes cometió sobre varios menores.
* Franziskus Eisenbach, obispo auxiliar de la diócesis
alemana de Maguncia. Dimitió en 2002, a consecuencia de la denuncia
presentada por una profesora universitaria, dos años antes, acusándolo
por abuso sexual y daños corporales.
* Rembert Weakland, arzobispo de Milwaukee. En 2002 solicitó
al Vaticano que aceptase su jubilación anticipada, tras saberse que
había compensado con 450 mil dólares a un ex amante que le acusaba
de violación.
* James Williams, obispo de Louisville (Kentucky). Renunció
en 2002, luego de ser acusado por uno de sus antiguos monaguillos de
abuso sexual. Se presentaron 90 denuncias de igual cantidad de víctimas.
* George Pell, arzobispo de Sydney. Dimitió temporalmente en
2002, luego de ser acusado de abusar de un menor de 12 años en 1961.
En 2002, varios feligreses lo habían acusado de encubrir delitos
sexuales del clero, cuando fue obispo auxiliar en Melbourne, en 1993.
* Edgardo Storni, arzobispo de Santa Fe (Argentina). Fue
procesado en 2002 por abusar sexualmente de al menos cincuenta
jovencitos, todos seminaristas. El Vaticano le investigó por esta
misma conducta en 1994, pero ocultó su expediente.
* Francisco José Cox, ex arzobispo de La Serena (Chile). Fue
recluido de por vida en un monasterio en 2002, por “comportamiento
impropio con niños varones” a lo largo de muchos años.
* Bernard Law, arzobispo de Boston. Alejado del cargo en
diciembre de 2002, más de un año después de que en su arquidiócesis
estallasen cientos de casos de delitos sexuales cometidos por
sacerdotes contra menores. Los abusos fueron ocultados por Law. Este
cardenal es el que mayor número de delitos ha encubierto, pero nunca
fue juzgado. Contaba con la protección personal de Juan Pablo II.
* Periodista argentino.
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