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«El
hombre es el lobo del hombre»
La
adaptación de la economía a la escasez de petróleo
Por Thierry Meyssan (*)
Red
Voltaire, París, 15/06/05
La
opinión pública occidental ha dejado de tomar en serio la
perspectiva, tantas veces anunciada, de un agotamiento de los recursos
petrolíferos. Pero, aunque queda aún petróleo para rato, ese
recurso alcanzará rápidamente un costo muy elevado y las cantidades
disponibles no podrán satisfacer el crecimiento económico mundial.
La transición hacia otras fuentes de energía exigirá difíciles
adaptaciones y ya está dando lugar a las guerras por el control de
los recursos que ha emprendido la Coalición.
La
toma de conciencia, en los años 70, sobre un posible agotamiento de
las reservas mundiales de petróleo sirvió a diferentes corrientes
filosóficas de argumento para justificar su propia moral. Para los
maltusianos del Club de Roma, la ideología del crecimiento conduce al
fin de la humanidad.
Al
no ser posible modificar la civilización industrial, es necesario
limitar la población. Pero el descubrimiento de nuevos yacimientos
(sobre todo en el Mar del Norte) y la aparición de nuevas técnicas más
eficaces de explotación retrasaron la aparición de dificultades y
pusieron en ridículo a los profetas de la desgracia. Siendo así,
cuando se recuerda hoy el problema a los encargados de las decisiones
políticas, la opinión pública no lo toma en cuenta.
Las
fuentes de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) son
limitadas y sólo se tiene una idea inexacta del volumen de reservas
que puede quedar aún en el planeta. Sabiendo que la consideración de
la que gozan ciertos Estados en el seno de las instituciones
internacionales, así como en las bolsas de valores, depende de la
capacidad petrolera que se les atribuye, cada uno de ellos tiende a
exagerar la importancia de su propio patrimonio, y a exagerarla más aún
cuando los rivales alcanzan volúmenes similares al suyo.
En
pocas palabras, es notorio que las cifras oficiales son falsas. No
presentan balances objetivos sino que son parte de un engañoso juego
de póquer entre Estados y compañías petroleras. La evaluación se
hace aún más difícil debido a la existencia de diferentes tipos de
petróleo.
Por
comodidad, se distingue un petróleo convencional, fácil de extraer y
de refinar, y un petróleo no convencional cuya explotación es más o
menos interesante. Los economistas subrayan que, debido al principio
de la oferta y la demanda, yacimientos cuya explotación resulta hoy
demasiado costosa se harán rentables cuando suba el precio del crudo.
Pero
los técnicos señalan que, sea cual sea el precio de venta, ciertos
yacimientos no serán explotados nunca porque ello exigiría más
energía que la que producirían los hidrocarburos extraídos. En ese
caso, la termodinámica impone límites a la ley del mercado.
Como
quiera que sea, si bien se desconocen las cantidades explotables de
petróleo no convencional, los expertos hacen una evaluación de la
cantidad de petróleo convencional que queda aún. Esta no pasa de lo
que puede caber en el lago de Ginebra. O sea, que teniendo en cuenta
el crecimiento económico y el alza permanente de la demanda a la que
éste da lugar, habremos agotado ese tipo de petróleo de aquí a
cuatro o cinco años. Entraremos así en un periodo en que esa fuente
de energía se hará definitivamente más cara.
El
momento en que la producción alcanzará su apogeo, y después del
cual comenzará la crisis del petróleo, se designa con el término «Peak
Oil» (pico petrolero). Numerosos investigadores han tratado de
definir con precisión en qué momento se producirá. Sin embargo, a
nivel general, el concepto carece de sentido. Si se puede hablar
objetivamente de «pico» de producción para un pozo de petróleo en
particular, no es posible hacer lo mismo con respecto a un mercado.
Numerosos
yacimientos han alcanzado ya su pico de producción. Muchos se han
agotado definitivamente. Sin embargo, el concepto ilustra aún una
realidad bien definida: por el momento, la explotación de las
reservas de petróleo de calidad se hace cada vez más costosa y los
precios siguen subiendo. Aún estableciendo los precios, en breve
tiempo la producción será inferior a la demanda. Entraremos entonces
en una economía de escasez.
Ese
factor no cambiará mucho la situación en lo tocante a las ganancias
de las compañías petroleras, que recuperarán –gracias a la
diferencia del precio de venta– lo que pierdan en volumen. Pero no
habrá suficiente combustible para los transportes y la industria,
incluyendo la industria agroalimentaria.
Habrá
que volverse entonces hacia otras fuentes de energía y adaptarse a
ellas. Al contrario de lo que sugieren ciertas expresiones, no hay
energías alternativas al petróleo sino fuentes de energía
alternativas: todos los tipos de energía son equivalentes pero no se
puede hacer funcionar un avión con paneles solares, ni fabricar
fertilizantes con un molino de viento. En muchos casos el gas (también
limitado) reemplazará con éxito al petróleo [1].
Eso
perturbará los flujos comerciales ya que, si bien es fácil
transportar petróleo en supertanqueros, no sucede lo mismo con el gas
metano y, cuando se trata de transportar grandes volúmenes de gas, no
queda más remedio que recurrir a los gasoductos. Estados Unidos, que
no tiene gas en su propio territorio, ni en el de sus vecinos
inmediatos, no podrá importar ese tipo de combustible mientras que
Europa occidental será aprovisionada por Rusia, perspectiva que
implica profundos cambios de alianzas.
Mucho
más que el nivel de desarrollo industrial son los estilos de vida lo
que determina el consumo de energía de un país. Los estadounidenses
consumen el doble de energía por habitante que los europeos y la
utilizan principalmente para el transporte. Es por esa razón que el
aprovisionamiento de petróleo se ha convertido en la gran prioridad
de la administración Bush [2].
Desde
su llegada a la Casa Blanca, George W. otorgó al vicepresidente Dick
Cheney un mandato para dirigir un estudio de fondo y determinar
ciertas decisiones políticas. Es evidente que se edulcoró el informe
público del equipo de Cheney [3] y que existe un conflicto entre la
Casa Blanca y el Congreso sobre ese tema.
Según
el lema de la Casa Blanca, el estilo de vida de los estadounidenses no
es negociable [4]. Por consiguiente, hay que ser capaz de proveer el
petróleo que el mercado interno necesita mientras estén en circulación
los aviones, camiones, automóviles, etc. que utilizan la tecnología
actual, y hay que fabricar nuevos medios de transporte adaptados a
otras fuentes de energía que reemplacen progresivamente los
anteriores.
Teniendo
en cuenta que la vida útil de un vehículo es de alrededor de veinte
años, Estados Unidos tendrá que confiscar dentro de poco todo el
petróleo convencional que queda y parte del petróleo no
convencional. Sin hablar del uso masivo del petróleo en la
agricultura (fertilizantes y pesticidas), que será muy difícil de
reemplazar con otras técnicas.
La
falta de preparación de las economías desarrolladas para esa crisis
es evidente. Las reflexiones de los líderes ecologistas sobre el
abandono de los medios individuales de transporte para pasar al
transporte colectivo tienen que ver con la ética individual, no con
la política general. Cuando no haya gasolina para los autos
deportivos, tampoco la habrá para los autobuses. Será necesario, eso
sí, reestructurar enteramente grandes sectores de la economía
global. P
or
ejemplo, ya no será rentable fabricar en países lejanos los
componentes de determinado producto. En el caso específico de
Francia, habrá que renunciar a la determinación de los precios de
los productos alimentarios en el mercado parisino de Rungis, proceso
que actualmente implica el transporte de todos esos productos hacia
ese sitio desde donde se transportan de nuevo hacia los lugares en que
serán consumidos.
Aunque
falten aún algunos años antes de que lleguemos al «pico petrolero»,
o más bien al principio de la escasez, las guerras por los recursos
ya han empezado. Al tomar el control de Afganistán e instalar bases
en los países vecinos [5], los anglo–norteamericanos se han
garantizado un corredor de evacuación antes de invertir masivamente
en la explotación del petróleo del Mar Caspio. Al colonizar Irak, se
apoderaron de una parte de las reservas del Golfo y ahora miran hacia
Irán.
Al
cabo de los años, la «doctrina Kissinger» cambia de sentido. En los
70, se trataba de controlar el acceso a los recursos naturales para
disponer de un medio de presión sobre el conjunto de las economías
desarrolladas y obtener, desde la fuente, la máxima cantidad de
comisiones.
Hoy
en día, el objetivo del control es acaparar los recursos no para que
pueda adquirirlos el que más pague sino para que sean utilizados por
el conquistador. Los recursos que ayer fueron recompensa se convierten
hoy en botín.
En
ese contexto, los únicos otros Estados que podrán mantener y
acrecentar su nivel de vida son los que dispongan de sus propias
fuentes de energía, ya sean recursos naturales (el gas de Qatar, el
petróleo de Rusia, etc.) o de otro tipo (la energía nuclear de
Francia). Los demás enfrentarán crisis de adaptación que sólo podrán
ser resueltas mediante el progreso técnico.
Notas:
(*)
Periodista y escritor, presidente de la Red Voltaire y de la sección
francesa Réseau Voltaire con sede en París, Francia. Es el autor de
"La gran impostura" y del "Pentagate".
[1]
«L’avenir du gaz naturel», por Arthur Lepic, Voltaire, 18 de marzo
de 2005.
[2]
«Odeurs de pétrole à la Maison–Blanche», por Thierry Meyssan,
Voltaire, 14 de diciembre de 2001.
[3]
«Les ombres du rapport Cheney», por Arthur Lepic, Voltaire, 30 de
marzo de 2004.
[4]
«Dick Cheney, le pic pétrolier et le compte à rebours final», por
Kjell Aleklett, Voltaire, 9 de marzo de 2005.
[5]
Ver por ejemplo «Le despote ouzbek s’achète une respectabilité»,
por Arthur Lepic, Voltaire, 4 de abril de 2004.
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