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Hiroshima: terrorismo de
Estado
Por John Saxe–Fernández
La Jornada, México, 04/08/05
A 60 años del ataque atómico
contra Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, todavía muchos aceptan la
justificación esgrimida por el gobierno de Harry S. Truman y sus
sucesores de que así se acortó la guerra y, en la interpretación
oficial, popularizada por Hollywood, cientos de miles de soldados de
Estados Unidos habrían salvado la vida. Es lo que se enseña en muchas
escuelas y se difunde por la televisión, especialmente en History Channel,
ese intento por apropiarse del pasado y, en una suerte de ejercicio
orwelliano, digerirlo para expulsarlo al mundo con habitual falta de
objetividad e interpretaciones sesgadas precisamente para consumo de
aquellos pueblos que han sido impactados por dichos sucesos.
Hiroshima es uno de ellos,
demasiado importante para dejarlo en manos de los mercaderes. Su
significación y actualidad es un hecho. Según una encuesta realizada en
2003 entre periodistas y otros formadores de opinión, la abrumadora mayoría
identificó esos ataques con armas atómicas como el suceso más
importante registrado durante el siglo XX. Frente a la actual y sostenida
carrera armamentista, este es un leve reflejo del profundo impacto humano,
histórico y estratégico de Hiroshima y Nagasaki.
Cuando la mentira sistemática
priva para justificar guerras como la de Irak, cobra inusitado relieve político,
no menos que histórico, la investigación de Gar Alperowitz The
decision to use the atomic bomb (Nueva York, Knopf, 1995), que
demuestra documentalmente que esos ataques no fueron causados por
necesidades militares sino por motivaciones políticas que tenían más
que ver con la intención de impactar el medio ambiente posbélico que
acabar con la guerra.
En los hechos el brutal
mensaje de Truman fue: "tenemos el monopolio de este tipo de armas de
destrucción masiva, y no nos tiembla la mano para usarlo contra la
población civil". Es una "misiva" dirigida al resto de la
humanidad, no sólo a Stalin. Por medio de Hiroshima y Nagasaki, Truman
"globalizó" Auswich y, como lo he señalado en otra
oportunidad, proyectó hacia el futuro la práctica del terror de Estado,
del genocidio, de los crímenes de guerra, del exterminio sistemático de
la población, y de las operaciones clandestinas como instrumentos de política
exterior.
Alperowitz muestra que
William D. Leahy, almirante de la marina estadounidense y jefe del Estado
Mayor de Truman, dejó constancia documental de que "el uso de este
armamento bárbaro en Hiroshima y Nagasaki no ayudó materialmente en
nuestra campaña militar contra Japón... Al ser los primeros en usar esa
arma, adoptamos los niveles éticos prevalecientes entre los bárbaros de
las eras oscuras. A mí no se me enseñó a hacer la guerra de esta
manera. Las guerras no pueden ganarse destruyendo mujeres y niños".
Los generales MacArthur y
Eisenhower en ningún momento pensaron que fuera necesario usar la bomba
atómica contra la población civil. Eisenhower escribió: "...
expresé a Stimson (el secretario de Guerra) mis graves dudas, primero en
la base de mi convicción de que Japón ya estaba derrotado y que lanzar
la bomba era un acto totalmente innecesario, y segundo porque sabía que
nuestro país debía evitar ofender a la opinión mundial usando un
armamento innecesario para salvar vidas estadounidenses". Alperowitz
nos recuerda la sorpresa de Norman Cousins, al enterarse, en el curso de
una entrevista con MacArthur realizada después de la guerra, que ni
siquiera fue consultado, expresando, además que no existió justificación
militar alguna para lanzar la bomba.
Hiroshima es un
acontecimiento mayor en la historia de 500 años de la modernidad. Como
advirtió Günther Anders, vivimos en la era en la que "en cualquier
momento disponemos del poder para transformar cualquier lugar de nuestro
planeta, aun nuestro planeta mismo, en una Hiroshima". La reflexión
seria sobre Hiroshima permite apreciar, en toda su magnitud ética y
estratégica, acontecimientos contemporáneos como la actual política
nuclear de Bush y el brutal ataque aéreo contra la población civil iraquí,
perpetrado bajo el lema de shock and awe, la rúbrica del
terrorismo de Estado del secretario de la Defensa Donald H. Rumsfeld y de
Paul D. Wolfowitz, el "presidente" del Banco Mundial. Tan grave
como la cómplice participación del gobierno de Junichiro Koizumi en la
carnicería de Bush en Irak, una bofetada a las víctimas de Hiroshima.
La Casa Blanca alienta la
proliferación y modernización de las armas nucleares, la intensificación
de la carrera armamentista a nivel nuclear y de balística
intercontinental, y gira instrucciones secretas para preparar ataques con
este tipo de armas contra seis naciones, Rusia y China entre ellas. El
Sistema Nacional Antibalístico y la adopción de la guerra preventiva son
parte de un explosivo recetario que incluye 4 mil 500 armas nucleares
ofensivas de Estados Unidos, 3 mil 800 de Rusia, y entre 200 y 400 de
Francia, Inglaterra y China. La de Bush es una política nuclear, a decir
de Robert MacNamara, "inmoral, ilegal, militarmente innecesaria y
espantosamente peligrosa".
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