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Las consecuencias de la
desertización
Por
Cristian Frers (*)
Argenpress, Buenos Aires, 04/08/05
Uno de los más graves
problemas ambientales que se presenta en áreas rurales es la desertización,
fenómeno de degradación de la tierra en zonas áridas, semiáridas y sub–húmedas
secas derivado de los efectos negativos de actividades humanas. Las causas
son el sobrecultivo, la utilización excesiva de las tierras para el
pastoreo y la deforestación, que derivan en agotamiento y erosión del
suelo. La productividad del suelo disminuye, se reduce la producción de
alimentos, se le quita a la tierra su cobertura vegetal y todo ello
impacta en forma negativa en áreas que no están afectadas directamente
por estos síntomas, causando inundaciones, salinización del suelo,
deterioro de la calidad del agua y obstrucción de ríos, corrientes y
reservorios con sedimentos.
La búsqueda de máximos
beneficios a corto plazo de la agricultura intensiva se ha convertido en
la principal causa de degradación de los suelos y el agua y, por tanto,
de los procesos de desertización. El elevado consumo de agua, la fuerte
mecanización y la utilización de productos agroquímicos, constituyen
los elementos característicos de la agricultura intensiva, cuyo
incremento en los últimos tiempos, está propiciando un aumento de la
presión y degradación de nuestros suelos.
Más del 30% de la
superficie del Planeta lo constituyen áreas susceptibles a la desertización.
En ellas viven en torno a mil millones de personas, que en menos de unas décadas
será muy difícil alimentar a la creciente población. Los más
perjudicados son los países de África, de algunas zonas de Asia del este
y del sur, y de Sudamérica.'
La imagen de Argentina como
granero del mundo y productora de cereales y carnes en abundancia no se
ajusta a la realidad: la porción continental de la República Argentina
posee una superficie de 2.700.000 km2, en la cual aproximadamente sólo el
25% corresponde a regiones húmedas y subhúmedas. El 75% restante (15 %
de zonas semiáridas y 60% de zonas áridas) presenta riesgo de
desertificación. Además, un tercio de la población del país (9,5
millones de personas) vive en zonas secas, y de éstas proviene alrededor
de la mitad de la producción agropecuaria nacional.
Ya no se trata de una
posibilidad: el 40% de la superficie continental del país se encuentra
afectado por procesos que están degradando sus tierras.
En la Pampa Semiárida, con
suelos arenosos de pendientes suaves, se generalizó la agricultura con prácticas
incorrectas y el sobrepastoreo en las áreas más secas. Las sequías periódicas
desataron procesos de erosión eólica dando origen a médanos y
exponiendo los suelos a la erosión hídrica.
En la Patagonia, estepa con
relieve de mesetas, la causante principal de la desertificación está
dada por el sobrepastoreo ovino. Los sistemas ganaderos extensivos
establecidos hace más de un siglo no contemplaron el uso sustentable del
pastizal natural, acentuando sus condiciones de aridez por disminución o
eliminación de la cubierta vegetal. Coexisten en el ambiente patagónico
los valles irrigados con severos procesos de salinización y revenimiento.
Actualmente más de 30% de la superficie de la región se encuentra
afectada por procesos erosivos eólicos e hídricos graves o severos.
El Chaco Semiárido gran
planicie ubicada en el centro norte del país, presenta un ecosistema
forestal sujeto a desmonte masivo y sobrepastoreo, que junto a la
agricultura intensiva, expone los suelos a las precipitaciones y
temperaturas extremas, generando pérdidas en fertilidad y eficiencia hídrica,
y procesos erosivos.
En el área de Cuyo
coexisten importantes áreas bajo riego, con problemas de salinización y
revenimiento freático (oasis de cultivo), con extensas llanuras fluvioeólicas
sujetas a sobrepastoreo y deforestación.
Hay que tener presente que
los impactos no sólo tienen relación con el medio ambiente, repercute
también en los sistemas sociales y económicos. Si bien las consecuencias
ambientales corresponden a la destrucción de la fauna y flora, la reducción
significativa de la disponibilidad de los recursos hídricos y deterioro físico
y químico de los suelos genera una pérdida considerable de la capacidad
productiva, provocando cambios sociales (como las migraciones) que
desestructuran las familias y acarrean serios impactos en las zonas
urbanas, para donde se desplazan las personas en busca de mejores
condiciones de vida.
Los cultivos intensivos han
sido y son una de las principales causas de pérdida de suelo fértil. Los
países ricos aplican su tecnología y sus capitales para incrementar la
producción de las tierras. Los países pobres incrementan su producción
de alimentos a través de nuevas roturaciones y desmontes. La falta de
mercado interior obliga a producir para mercados exteriores muy
competitivos.
Las poblaciones en
crecimiento sobreexplotan sus tierras y, debido a esto, tienen que emigrar
cuando ya han agotado todos sus recursos. Son los problemas añadidos,
consecuencia de la desertización y destrucción del medio. El incremento
de la población incide en la pérdida de suelo fértil, ya que se
necesita espacio para edificar. El ritmo de crecimiento demográfico
actual reducirá en un tercio la superficie agrícola por persona, en las
próximas generaciones.
La forma más antigua de
llegar a la desertización de un terreno está ligada directamente a la
supervivencia de los pueblos y la provoca el hombre. El llamado
sobrepastoreo es decir, mantener demasiado ganado en una superficie
dedicada a pastos acarrea la pérdida de especies comestibles y el
consiguiente crecimiento de especies no comestibles. Si la excesiva presión
de pastoreo continúa, la pérdida de la cubierta vegetal puede llevar a
la erosión del suelo. Muy ligada a esta causa aparece la sobreexplotación,
en la que el suelo se agota por la pérdida de nutrientes y la erosión.
Si se acortan los periodos que las tierras quedan en barbecho, es decir,
libres de todo cultivo o se abusa del uso de técnicas mecánicas que
producen una pérdida generalizada de suelo, estaremos frente a un futuro
de tierras infértiles y secas.
También la tala excesiva
de vegetación, para crear tierras agrícolas y pastizales, pero sobre
todo para destinarla a leña caracteriza las tierras secas de los países
en desarrollo provoca que, en regiones enteras (como el Sahel en África),
los alrededores de las ciudades carezcan por completo de árboles.
La salinización del suelo
consecuencia directa del el uso de técnicas agrícolas rudimentarias y prácticas
poco apropiadas, unido a la mala gestión de los programas de irrigación,
es otra de las causas directas de la muerte de la tierra. Todos estos
factores son inherentes a la presencia del hombre en la Tierra, pero en el
último siglo se le sumó otra actividad humana altamente devastadora: el
turismo, sobre todo la preparación urbanística destinado a alojarlo. No
es raro encontrar en zonas cálidas complejos que bien parecen oasis en
desiertos. Las aguas, en muchas ocasiones subterráneas, que la naturaleza
destina a hectáreas se canalizan para servir a unos cuantos metros
cuadrados, en clara disminución de las demás tierras.
Para dominar la
desertificación es indispensable que las sociedades humanas aprendan otra
vez lo que aprendieron por primera vez hace miles de años, esto es, que
la vida social y cultural sólo es posible en las zonas secas si se es
capaz de elaborar una economía que esté en armonía con la naturaleza,
adaptada a las condiciones del lugar.
Para una lucha eficaz
frente al problema de la desertificación se hace imprescindible
desarrollar acciones de prevención y de recuperación. Para la prevención
se requiere planificar un adecuado manejo del recurso suelo, conservar los
bosques, evitar el sobrepastoreo, utilizar métodos adecuados de irrigación,
mejorar los pronósticos de sequía a largo plazo y combatir la pobreza
rural. Para la recuperación de áreas ya degradadas es necesario
reforestar, mejorar el uso del agua y fijar medanos.
Técnicamente, las áreas
afectadas por la desertificación pueden ser 'restauradas' cuando se
recupera el ecosistema a través del abandono del mismo, lo que reduce la
presión de uso de los recursos y posibilita la recuperación de los
componentes originales del ecosistema, logrando una restauración de éste
y de su capacidad de sostenimiento, 'rehabilitadas' cuando se recupera el
ecosistema original a través de un mejor manejo, lo que produce un cambio
permanente o 'habilitadas' cuando se recupera el ecosistema por medio del
agregado de elementos ajenos a él, tales como especies vegetales exóticas,
construyendo un ecosistema distinto del original pero que puede ser
manejado en forma sustentable.
En todo caso resulta
imprescindible realizar las siguientes acciones, tanto para la prevención
en áreas susceptibles como para la recuperación en áreas degradadas:
– Mejorar las condiciones
sociales, culturales y económicas.'
– Prevenir el avance de
la erosión y el deterioro de la vegetación.'
– Planificar el uso del
suelo'
– Realizar actividades
agrícolas con técnicas de labranza conservacionistas'
– Utilizar sistemas de
riego que eviten los peligros de sedimentación y salinización.'
– Desarrollar variedades
de vegetales resistentes a la sequía.'
– Mejorar los pronósticos
de sequía a largo plazo y sistemas de alerta temprana.'
– Conservar los bosques
nativos.'
– Reforestar
(*) Cristian Frers es Técnico
Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación
Social.
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