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Capitalismo
contra ecología
La
combinación mortal de pobreza urbana y peligros naturales
Por
Mike Davis (1)
Revista
Sin Permiso
Enviado
porCorrespondencia de Prensa, 27/09/05
Traducción
de Jordi Mundó
Una
villa miseria de los alrededores de Buenos Aires es, quizá, el lugar con
el peor fenshui (2) del mundo: está edificada "sobre un antiguo
lago, un vertedero y un cementerio, y se halla en una zona inundable".
De modo que un asentamiento de este tipo sólo puede calificarse de lugar
peligroso y potencialmente dañino para la salud: da igual que se trate de
un barrio precariamente edificado sobre postes de madera hundidos en los
excrementos del río Pasig, en Manila, o de un bustee de Vijayawanada
[India], donde "los residentes, teniendo por seguro que cada año las
inundaciones desbaratarán sus viviendas, no sólo han pintado los números
de las casas en las puertas sino también en cada uno de los
muebles".
Los
ocupantes de estos lugares trocan su seguridad física y su salud por unos
pocos metros cuadrados de tierra y cierta inmunidad contra el desahucio.
Son pioneros conquistando pantanos, cauces fluviales inundables, laderas
de volcanes, montañas de basura, vertederos químicos y márgenes desérticos.
En una visita por Dhaka, Jeremy Seabroke describe cómo un pequeño
suburbio –"un refugio para gentes desplazadas por la erosión del
suelo, por ciclones, por inundaciones, por hambrunas, o por el mayor
creador de inseguridad: el desarrollo"– ha encontrado una especie
de compromiso fáustico en un precario saliente rocoso encajado entre una
fábrica tóxica y un "lago envenenado". Precisamente por su
condición de extrema insalubridad, ese lugar no ofrece atractivo alguno y
"está a salvo del aumento de los precios del suelo de la
ciudad". Lugares como éste son nichos de pobreza en la ecología de
la ciudad, y la gente pobre de solemnidad apenas puede hacer otra cosa que
aceptar vivir en estas condiciones desastrosas.
Los
suburbios empiezan cuando la geología se hace imposible. Por ejemplo, el
avispero de barrios de chabolas que inundan la periferia de Johannesburgo
se levanta inexorablemente en un cinturón de suelos dolomíticos
inestables contaminados por decenios de excavación minera. Al menos la
mitad de la población no blanca de la región vive en asentamientos
construidos en zonas de vertidos tóxicos y con grave riesgo de
hundimiento. De un modo parecido, los suelos arcillosos de los cerros en
los que se erigen las favelas de Belo Horizonte y de otras ciudades
brasileñas son propensos a hundimientos y corrimientos de tierras. Las
famosas favelas de Río de Janeiro están construidas sobre suelos
igualmente inestables compuestos por bóvedas y laderas graníticas que
frecuentemente se vienen abajo, a veces con resultados verdaderamente trágicos:
2.000 muertos en corrimientos de escombros en los años 1966–1967, 200
en 1988 y 70 en las Navidades de 2001.
Sin
embargo, geológicamente hablando, no hay lugar en la Tierra que aúne más
riesgos que el suelo de Caracas. Dos terceras partes de la población de
la ciudad vive en suburbios edificados en las laderas inestables de los
cerros y en las profundas gargantas que rodean el Valle de Caracas, una
zona, además, sísmicamente muy activa. Años atrás, la vegetación
fijaba el arenoso esquisto del lugar, pero el desbrozo de la maleza y las
construcciones precarias han ido desestabilizando el asiento de las
laderas densamente pobladas. La consecuencia ha sido un aumento
incontrolable de corrimientos y hundimientos, que han pasado de menos de
uno por década antes de 1950 a la media actual de dos o más por mes. Sin
embargo, la creciente inestabilidad del suelo no ha arredrado a los
colonizadores, quienes ocupan los salientes más precarios de las faldas
de los collados, las cuestas por donde desagua la lluvia o las bocas de
desfiladeros que se inundan con regularidad.
A
mediados de diciembre de 1999 el norte de Venezuela recibió un tremendo
aguacero. En pocos días cayó lo que en un año, y casi llegó a saturar
el suelo. Piénsese que en algunas zonas la lluvia es vista como un fenómeno
que "se da una vez cada 1.000 años". Se estima que las
inundaciones repentinas y los desprendimientos de roca en Caracas y en
toda la costa caribeña del otro lado de las montañas de Ávila han
matado a 32.000 personas, han destruido las casas de 140.000 y han dejado
sin trabajo a otras 200.000. Un sacerdote católico no pudo evitar decir
que se trataba de un castigo divino por la reciente elección del gobierno
izquierdista de Hugo Chávez, pero el Ministro de Exteriores José Vicente
Rangel se apresuró a responder: "Qué dios tan terriblemente cruel
sería aquel que urdiera su venganza ensañándose con los más
pobres".
Los
corrimientos de tierras son a la región de Caracas lo que las
inundaciones a la región metropolitana de Manila. Situada en un llano
inundable semi–aluvial ribeteado por tres cuencas fluviales y proclive a
sufrir lluvias torrenciales y tifones, Manila es una cuenca de desagüe
natural. Después de 1898, las autoridades coloniales estadounidenses
excavaron canales, dragaron esteros y construyeron estaciones de bombeo
para achicar las aguas pluviales y proteger las partes centrales de la
ciudad. Sin embargo, las mejoras de los últimos años han sido
tristemente rebasadas por las cantidades ingentes de vertidos que colapsan
desagües y esteros (se cree que el fondo del río Pasig está casi cuatro
metros por debajo de la superficie de desechos); por hundimientos debidos
a la sobreexplotación de las capas freáticas subterráneas; por la
deforestación de las cuencas de Marikina y Montalbán; y, más aún, por
la construcción incesante de chabolas en humedales y pantanos.
En
otras palabras, la crisis de la vivienda ha transformado el carácter y la
magnitud del problema de las inundaciones: la quinta parte más pobre de
la población está expuesta a un peligro continuado y a la amenaza de
perderlo todo. En noviembre de 1998, por ejemplo, las inundaciones dañaron
o destruyeron las casas de más de 300.000 personas, y en otra ocasión el
asentamiento de Tatlon quedó sumergido bajo seis metros de agua.
El
pacto con el diablo
Los
ejemplos de Manila y Caracas ilustran cómo la pobreza acrecienta los
peligros geológicos y climáticos. Ciudades ricas edificadas en lugares
peligrosos como Los Angeles o Tokio pueden reducir el riesgo geológico o
meteorológico mediante colosales obras públicas e "ingeniería
avanzada": estabilización de corrimientos de tierras mediante redes
geotextiles y pernos de anclaje; construcción de terrazas y remoción de
laderas húmedas; perforación de pozos de drenaje y bombeo de agua de
suelos saturados; intercepción de inundaciones mediante pequeños diques
y colectores; y canalización de aguas pluviales por vastos complejos de
canales y alcantarillado de cemento. Los programas de seguros nacionales
por inundación junto con los subsidios mixtos de seguro por terremoto
garantizan la reparación y reconstrucción de viviendas en caso de daño
masivo.
En
cambio, en el Tercer Mundo los suburbios que carecen de agua potable y de
canalizaciones de residuos fecales tienen pocas probabilidades de que
alguien acuda en su ayuda mediante la ejecución de costosas obras públicas,
y menos aún de recibir la cobertura de seguros contra desastres. Dos
reputados investigadores sostienen que la deuda externa y el consiguiente
"ajuste estructural" promueven una lógica siniestra de
"incremento de la productividad, la competitividad y la eficiencia a
cambio de un aumento de las consecuencias ambientales adversas, que se
concretan en la proliferación de asentamientos cada vez más precarios y
peligrosos".
Pero
en ocasiones la intervención del Estado puede ser un multiplicador del
riesgo. En noviembre de 2001 los distritos pobres de Bab el Oued, Frais
Vallong y Meaux Fraisier, en la zona occidental de Argel, sufrieron
inundaciones y corrimientos de fango devastadores. Durante 36 horas diluvió
sobre las chabolas de las laderas de los cerros y se inundaron los
barriadas al pie de las lomas circundantes. Murieron más de 900 personas.
Ante la indolente respuesta de las autoridades fueron los propios vecinos,
en especial los más jóvenes, quienes iniciaron los trabajos de rescate.
Cuando ya habían transcurrido tres días, hizo acto de presencia el
presidente Abdelaziz Bouteflika. Los enojados residentes lanzaron toda
clase de eslóganes contra el Gobierno. Bouteflika se hizo un flaco favor
a sí mismo y al Estado diciendo que el desastre había sido la voluntad
de Dios. "Nada podía hacerse", concluyó.
Los
vecinos sabían que esto era absurdo. Como los ingenieros inmediatamente
señalaron, las viviendas de la ladera habían sufrido un desastre
anunciado: "Tenían estructuras muy vulnerables a tormentas fuertes.
En todo el país este tipo de construcciones han sufrido muchos daños por
lluvia a causa de su estado degradado, reparaciones inadecuadas,
envejecimiento y negligencia". Ahondando más en el asunto, cabe
decir que gran parte de la destrucción fue consecuencia directa de la
guerra gubernamental contra las guerrillas islamistas. Para eliminar los
escondites de los insurgentes y sus rutas de huida, las autoridades habían
deforestado las colinas que rodean Bab el Oued y habían sellado las
alcantarillas. Con los drenajes taponados las aguas pluviales no tenían
salida. Además, las autoridades corruptas habían concedido permisos para
la construcción de viviendas de mala calidad en los lechos fluviales,
enriqueciendo a los contratistas individuales a expensas de la salud de la
población.
Más
aún que los corrimientos de tierras y las inundaciones, los terremotos
son un indicador preciso de la crisis de la vivienda urbana. Aunque
algunos terremotos de elevada intensidad afectan a edificios altos –como
el que sobrevino en Ciudad de México en 1985–, la destrucción sísmica
generalmente se corresponde con extraña precisión con la construcción
residencial de ladrillo, tapia o cemento de baja calidad, y esa
coincidencia aumenta cuando las viviendas se erigen en pendientes
inestables y en suelos propensos a la degradación. La construcción de
viviendas informales es un pacto con el diablo cuya cláusula más sutil
es el peligro sísmico. Geoffrey Payne insiste en que "si bien la
relajación en la exigencia en el cumplimiento de las normas y los estándares
en el planeamiento urbano por décadas ha permitido que los pobres de
Turquía hayan tenido un acceso relativamente fácil a suelo y servicios
en las ciudades, no es menos cierto que esta actitud aplicada a las
regulaciones sobre construcción de edificios causó un elevado número de
víctimas mortales y una destrucción generalizada en los terremotos del año
1999".
Durante
el siglo XX los terremotos destruyeron más de 100 millones de casas, la
mayor parte en suburbios, distritos de bloques de viviendas y villas
rurales pobres. Con la mayoría de la población urbana del mundo
concentrada sobre o cerca de los márgenes de placas tectónicas activas,
especialmente en los litorales de los océanos Índico y Pacífico, muchos
millones de personas están seriamente amenazadas tanto por terremotos,
volcanes y tsunamis, como por oleajes violentos y tifones. Si bien es
cierto que el terremotos y el tsunami acontecidos en Sumatra en el año
2004 pueden calificarse de algo insólitos, también es casi seguro que
muchos otros ocurrirán durante el próximo siglo. Los gecekondus de
Estambul, por ejemplo, son un blanco perfecto para los terremotos que se
mueven fatalmente hacía el Oeste por la 'cremallera' del sistema de
fallas móviles del norte de Anatolia. En el mismo sentido, las
autoridades de Lima predicen que al menos 100.000 estructuras –la mayoría
de ellas en tugurios y barriadas– se hundirán sin remedio cuando ocurra
el gran terremoto que se espera para la próxima generación. En estas
ciudades el riesgo sísmico está distribuido de una forma tan desigual
que algunos geógrafos radicales acuñaron el término "clasemoto"
para designar el sesgado patrón que gobierna la destrucción pretérita y
futura.
Nubes
mortales y ataúdes voladores
Si
los peligros naturales son acrecentados por la pobreza urbana, peligros
completamente nuevos y artificiales son creados por las interacciones
entre la pobreza, las industrias tóxicas, el caos circulatorio y el
desplome de las infraestructuras. En las ciudades pobres se han
quebrantado todos los principios clásicos del planeamiento urbano,
incluidos los de la preservación de espacios abiertos y la separación
entre áreas destinadas a usos potencialmente tóxicos y zonas
residenciales.
En
su libro sobre las ciudades pobres del Sur, Jeremy Seabrook narra la
inexorable marcha hacia el desastre de Klong Toey, una barriada pobre del
puerto de Bangkok aprisionada entre dársenas, empresas químicas y
autopistas. En el año 1989, una explosión química envenenó a
centenares de residentes; dos años más tarde, un almacén de productos
químicos saltó por los aires dejando sin casa a 5.500 personas, muchas
de las cuales murieron poco después a causa de misteriosas enfermedades.
El fuego calcinó 63 casas en 1992, 460 viviendas en 1993 (año en que
hubo otra explosión) y varios cientos en 1994. Otros miles de suburbios,
incluidos algunos en países ricos, tienen historias parecidas a las de
Klong Toey. Son víctimas del 'síndrome del vertedero': la concentración
en una misma área de actividades industriales tóxicas como el laminado
de metales, tintado, abrillantado, esmaltado, reciclado de pilas,
moldeado, reparación de vehículos, fabricación de productos químicos y
todo aquello que las clases medias jamás aceptarían en sus distritos.
El
mundo sólo se da cuenta de que la combinación de pobreza e industrias tóxicas
puede resultar fatal cuando se produce una explosión que acaba con miles
de vidas humanas. 1984 fue el annus horribilis. En febrero explotó un
oleoducto en Cubatao, en el 'valle de la contaminación' de Sao Paulo,
incinerando a 500 personas de una favela contigua. Ocho meses después
explotó, con una deflagración parecida a la de una bomba atómica, una
planta de gas natural licuado de Pemex en la colonia de San Juanico de
Ciudad de México, matando a más de 2.000 residentes pobres de solemnidad
(nunca pudo fijarse el número exacto de muertos).
Apenas
habían transcurrido tres semanas desde el holocausto de Ciudad de México
cuando una planta de la Union Carbide en Bhopal, la capital de Madhya
Pradesh, liberó su tristemente célebre nube mortal de metilisocinato;
según un informe del año 2004 de Amnistía Internacional, entre 7.000 y
10.000 personas perecieron de inmediato, y en los años siguientes
murieron otras 15.000 a causa de enfermedades relacionadas. Las víctimas
fueron los más pobres de entre los pobres, mayoritariamente musulmanes.
La planta de envasado de pesticidas se construyó en un lugar en el que ya
había habido asentamientos irregulares. A medida que la planta se fue
ampliando y pasó a producir pesticidas cada vez más nocivos, a su
alrededor fueron floreciendo los bustees. Hasta el instante en que vieron
a sus hijos morir por las calles, los pobres moradores de ese suburbio
hiperdegradado nada sabían sobre qué se producía en la planta o sobre
el peligro apocalíptico que suponía el metilisocinato.
Por
otro lado, los habitantes de los barrios pobres son perfectamente
conscientes de los peligros que entraña el salvaje tráfico que atasca
las calles de la mayor parte de las ciudades del Tercer Mundo. La extensión
descontrolada de la urbanización sin la correspondiente inversión social
en transporte público o autopistas ha convertido el tráfico en una catástrofe
sanitaria. A pesar de haber una congestión insufrible, el uso de vehículos
motorizados crece sin parar en las ciudades en vías de desarrollo. En
1980, el número de vehículos del Tercer Mundo significaba un 18% del
total; en 2020, se calcula que la mitad de los 1.300 millones de coches,
camiones y autobuses –sumados a varios centenares de millones de
motocicletas– circularan por las calles y callejas de los países más
pobres.
La
explosión del parque de automóviles es guiada por poderosas fuerzas que
socavan la igualdad. La política de transportes de la mayoría de
ciudades es un círculo vicioso en el que el deterioro de la calidad del
transporte público fomenta el uso del vehículo privado, y viceversa. El
resultado es una auténtica carnicería. Más de un millón de personas
–dos tercios de las cuales son peatones, ciclistas y pasajeros– mueren
cada año en accidentes de tráfico en el Tercer Mundo. Un investigador de
la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que "las personas
que durante su vida no han tenido nunca coche corren un grave
riesgo". Son especialmente peligrosos los minibuses y los pequeños
colectivos, muy a menudo carentes de licencia y sin ninguna clase de
mantenimiento. En Lagos los autobuses son conocidos como dangos y molue,
'ataúdes voladores' y 'morgues andantes'. El ritmo a paso de tortuga del
tráfico de la mayor parte de ciudades pobres no parece reducir su
capacidad mortífera. Aunque coches y autobuses se arrastran por El Cairo
a velocidades medias inferiores a los 10 kilómetros por hora, la capital
egipcia aún maneja unos índices de siniestralidad anuales de ocho
muertos y 60 heridos por cada 1.000 automóviles. En Lagos, donde el
residente medio pasa una increíble media de tres horas metido en un
insufrible embotellamiento, a menudo pasajeros y conductores de autobús
pierden los estribos. De hecho, hay tantos conductores que se suben a los
bordillos o circulan en dirección contraria que el Ministerio de Tráfico
les ha impuesto la obligación de superar pruebas psiquiátricas y de
demostrar que no tienen antecedentes penales. Mientras tanto, en Nueva
Delhi, el periódico Hindustan Times recientemente se quejó de que los
conductores de clase media raramente se molestan en parar después de
atropellar a pedigüeños andrajosos o a niños pobres.
Según
la OMS, se estima que el coste económico global de los muertos y heridos
en la vía pública es equivalente a "casi el doble del monto total
de las ayudas para el desarrollo recibidas de los países ricos". En
realidad, la OMS tipifica al tráfico como uno de los peores riesgos que
afrontan los pobres urbanos, y pronostica que en el año 2020 será la
tercera causa de muerte. Desafortunadamente, China, donde los coches están
hurtando el dominio de las calles a ciclistas y peatones, estará en
cabeza: solamente en los cinco primeros meses de 2003 casi un cuarto de
millón de chinos murieron o recibieron heridas graves en accidentes de tráfico
urbanos.
Naturalmente,
la motorización rampante está exacerbando la espantosa contaminación
ambiental de las ciudades del Tercer Mundo. Miríadas de viejos autos,
autobuses desvencijados y camiones que cuentan sus años por décadas
asfixian las áreas urbanas con sus letales gases de combustión, mientras
los sucios motores de dos tiempos que propulsan pequeños coches emiten
diez veces más partículas contaminantes que los coches nuevos. Según un
estudio reciente, el aire contaminado es una de las principales causas de
muerte en las megaciudades de crecimiento descontrolado como Ciudad de México
(300 días al año de dañino smog), Sao Paulo, Nueva Delhi y Pequín.
Respirar el aire de Bombay equivale a fumar dos paquetes y medio de
cigarrillos diarios, y el Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente de
Nueva Delhi advirtió que las ciudades de la India "se estaban
convirtiendo en letales cámaras de gas".
Los
expertos en salud pública nos cuentan que los pobres de las ciudades del
Tercer Mundo soportan una 'doble carga' de enfermedad: por un lado, las
mortales enfermedades infecciosas generadas por los contaminantes urbanos
y, por otro, el estrés. Con una cantidad estimada de 1.000 millones de
personas habitando en suburbios en todo el planeta (se espera que en 2030
la cifra se duplique), la pobreza urbana por sí misma está creando
nuevas ecologías epidemiológicas y allanando el camino a plagas como el
VIH–Sida y la gripe aviar. Mucho más aún que en tiempos de Marx y
Dickens, los suburbios constituyen hoy el problema sanitario y
medioambiental global por excelencia. Y además son el mayor desafío a la
solidaridad humana.
1)
Nota de Correspondencia de Prensa: Mike Davis, californiano, profesor de
teoría urbana en el Southen California Institute of Architecture. Autor
de numerosas obras sobre urbanismo, catástrofes naturales, hambrunas y
genocidios coloniales. Actualmente prepara un estudio sobre la historia
mundial del terrorismo revolucionario entre 1878 y 1932 que se editará
bajo el título Heroes of Hell (Héroes del Infierno). Integra el Consejo
Editorial de Sin Permiso.
2)
Nota del traductor: En la sabiduría tradicional china, sistema de leyes
que gobiernan la disposición y orientación espacial respecto a los
flujos de energía, y cuyos efectos favorables o desfavorables son tomados
en cuenta en la localización y diseño de edificios.
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