La Iglesia

 

La Iglesia no quiere homosexuales

Por Marcelo Colussi (*)
Argenpress, 27/09/05

Pocas instituciones en el mundo son tan falsas, mentirosas y descaradamente hipócritas como la Iglesia Católica. No es ninguna novedad que su organización es de las más verticalistas y patriarcales. Lo que decide su cabeza suprema (supuestamente por inspiración divina) es incuestionable. La democracia es lo más alejado en su práctica institucional.

Por otro lado –ya entrado el siglo XXI– es de las organizaciones más misóginas que puedan encontrarse. Con un oscuro pasado de 'limpieza social' de heréticos (fundamentalmente mujeres: las 'brujas' que se cansaron de quemar durante la Santa Inquisición, calculadas en alrededor de medio millón), continúa siendo hoy –con otra presentación quizá pero con igual fundamentalismo en su esencia– tan machista como hace siglos. ¿Y por qué? ¿Con qué derecho excluye así a las mujeres?

El doble discurso es su especialidad principal. Golpeándose el pecho públicamente, en privado hace todo lo contrario de lo que predica. Para muestra, ahí está el caso de la homosexualidad. No es ninguna novedad que infinidad de sus pastores la practican; los casos de corrupción y violación de menores y hechos de homosexualidad hechos públicos estos últimos tiempos, fundamentalmente en Estados Unidos con manejos mediáticos sensacionalistas y astronómicos resarcimientos económicos, nos lo evidencian en forma palmaria, bochornosa, escandalosa.

Por otro lado no es ninguna novedad que incluso su principal jerarca, el Papa, ha sido en muchas ocasiones homosexual activo; según el Liber Pontificalis, al menos en cinco oportunidades en forma oficial: Juan XII (955–964), Benedicto IX (1032–1044) –quien intentó renunciar a su cargo para 'vivir en completa desgracia y pecado con otro hombre'–, Pablo II –elegido en 1464 y famoso por sus orgías sadomasoquistas donde apuestos jóvenes se dedicaban a atarlo y golpearlo–, Sixto IV (1471–1484) –quien ya gravemente enfermo en su lecho de muerte pidió, en vez de la leche materna que se le recetara como postrer alivio para su dolencia, 'jugo de hombres jóvenes', que le caería mejor–, y Julio III (1550–1555) –a quien el arzobispo de Benevento, Giovanni Della Casa, le dedicara su libro 'In Laudem Sodomiae' (Elogio de la Sodomía)–.

La homosexualidad, lo sabemos, hace parte de la condición humana. Plantear hoy día, con el desarrollo de las ciencias sociales, una supuesta 'esencia' normal ¿heterosexual? es, como mínimo, un error conceptual (por no decir ya, cuando además se hace desde una valoración moralizante, una continuidad de la mentalidad inquisitoria medieval. Torquemada felizmente ya murió). Sin que se trate de hacer una apología de la homosexualidad (por otro lado ¿por qué habría que hacerla? Ella es una posibilidad en términos de perfil psicológico, y punto), puede afirmarse en la actualidad –según especulaciones razonables sobre la base de sólidos conocimientos científicos– que de toda la población masculina mundial hasta un 20 % podría llegar a ser bisexual en algún momento de su vida.

El Vaticano, en una posición retrógrada, equivocada en términos científicos, y lo peor de todo: moralmente hipócrita, la condena. La condena sin considerar con la profundidad del caso que ella está presente en la vida humana de hombres y mujeres, que explicarla como 'pecado' no nos dice nada. Y menos aún condenarla, mientras buena parte de quienes componen la estructura de la Iglesia la practican (¿por qué no habrían de practicarla, siendo tan humana como es?, ¿o no son humanos los sacerdotes y las monjas?)

Ante la asunción del nuevo Papa Benedicto XVI hace ya cinco meses, se esperaban medidas importantes en temas acuciantes para la institución como, entre otras, la homosexualidad, además del sacerdocio femenino, el celibato, la posición con la contracepción o con la pandemia de VIH/SIDA. Pero sabiendo de la línea doctrinaria de este nuevo Pontífice –ortodoxo cerrado ligado a la Congregación para la Doctrina de la Fe, nuevo nombre de la antigua Santa Inquisición– nada hacía presuponer que los futuros pasos fuesen precisamente muy progresistas. De hecho, y desde el mismo día de su asunción, la feligresía fue regañada como 'oveja descarriada', lo cual ya dejó entrever por dónde andaría el nuevo papado.

La respuesta que da la Santa Sede al espinoso tema de la homosexualidad es, ante todo, punitiva: los 'pseudo matrimonios' entre homosexuales son considerados como 'expresión de libertad anárquica que se hace pasar equivocadamente como verdadera liberación del hombre', 'formas que arrancan a Dios del hombre, envilecen el amor humano, suprimen la auténtica capacidad de amar de nuestro tiempo'. En síntesis: si alguien albergaba alguna expectativa de mayor apertura por parte de este nuevo Pontífice en temas humanos, se equivocó. Aunque, claro está, nadie los esperaba en realidad. En todo caso se ratifica lo que se presuponía.

Y en el ámbito interno de la Iglesia la respuesta a la homosexualidad (pensando siempre en la de los varones; sobre la de las mujeres ni se habla) se pretende quirúrgica: lisa y llanamente se plantea prohibir el ingreso de homosexuales como aspirantes a sacerdotes.

Esto es lo que postula un documento elaborado recientemente por la Congregación para la Educación Católica y los Seminarios –que supervisa la formación de los sacerdotes–, en estos momentos en fase de discusión (luego de tres borradores) y en manos de Benedicto XVI, quien se supone dará un veredicto al respecto en el lapso del próximo mes.

'Los aspirantes homosexuales al sacerdocio, aunque se comprometan a la castidad, pueden sentir la tentación en un seminario, que presenta un ambiente especial ya que se está rodeado por hombres y no por mujeres', dice el documento de marras. Situación no muy distinta que la que ocurre en cualquier institución cerrada con miembros de un mismo género: un cuartel militar, un barco de guerra o pesquero, una cárcel de varones o de mujeres, cualquier tipo de internado.

Resulta un tanto triste ver que gente con ese pensamiento (limitado, por cierto; limitado por severos prejuicios. Seguramente ni Ratzinger ni las altas esferas vaticanas son estúpidos, pero tienen la cabeza endurecida por sus estereotipos), gente tan abstrusa es la que enseña, dirige y aconseja sobre la vida moral de buena parte de la humanidad. Pero por suerte el mensaje del Vaticano no es el único; hoy día, distintamente a la época de Torquemada, las poblaciones ya hemos comenzado a romper algunas ataduras. Esperemos –y alentemos– a seguir rompiéndolas.

Este escrito no pretende ser una apología de la homosexualidad; en todo caso se pretende un llamado al respeto de las diferencias, única manera de construir sociedades algo menos carnívoras que las actuales.


(*) Marcelo Colussi. Psicólogo y licenciado en filosofía. Italo–argentino, desde hace 15 años vive y trabaja en el ámbito de los derechos humanos en Centroamérica. Ensayista y escritor, ha publicado en el campo de las ciencias sociales y en la narrativa. 

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