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Europa
en la mundialización
Por
Michel Aglietta (*)
Cahiers de Lasaire, mayo de 2005
sinpermiso.info, 16/10/05
Traducción de Leonor Març
La
mundialización ha alcanzado una fase histórica: los polos del
crecimiento mundial van a diversificarse. Pero los problemas de
gobernanza derivados de eso se ven exacerbados por la incapacidad de
los estados nacionales para poner por obra las regulaciones
transnacionales necesarias. A este respecto, Europa podría ocupar un
lugar específico, en la medida en que ha construido en el último
medio siglo un proyecto de sociedad transnacional que debería
proporcionarle un papel clave en esa fase histórica. Sin embargo, ese
proyecto parece haber perdido su dinamismo, socavado por como está
por las divisiones entre estados respecto de los objetivos y por la
incapacidad europea para determinar sus fronteras. Todo lo cual revela
su impotencia a la hora de reconocer una identidad común.
La
mundialización ofrece oportunidades de crecimiento, pero padece
deficiencias de gobernanza
Un
verdadero régimen de crecimiento mundial es posible
Esa
posibilidad descansa en dos fuerzas motrices. Por una parte, la
transición demográfica, y por la otra, el potencial que constituyen
las tecnologías de redes. La fuerza de trabajo disminuirá en los países
desarrollados en el curso de las próximas décadas, y en cambio
experimentará un importante aumento en muchos países en desarrollo.
Esa doble evolución comportará una reconversión del capital humano
potencial en esos polos. Al mismo tiempo, los costos delas
transferencias de tecnología de la información bajarán mucho,
porque esas tecnologías están estructuradas en redes que tienen
rendimientos crecientes. En efecto, los gastos en investigación, en
desarrollo de las normas y en instalación de infraestructuras son
costos fijos. Los costos por unidad descienden con la extensión de
las conexiones de red que permiten encauzar flujos de prestaciones
cada vez mayores, mientras que los costes marginales variables son
casi nulos. Eso compota un desarrollo contradictorio que, en los países
emergentes, hace coexistir las tecnologías más avanzadas con los
sectores más atrasados. La India es en esto el ejemplo más
llamativo. Esas enormes disparidades generan síntomas de dislocación
social, como se ve sobre todo hoy en la China. Cuando hayan construido
las instituciones capaces de contener el despliegue desordenado del
capitalismo, los Estados continentales con una gran población se
convertirán en los nuevos polos de crecimiento. Ejercerán un poder
de atracción regional debido a la dimensión de su demanda de bienes
intermediarios y finales, por una parte, y a las oportunidades que
ofrecerán, por la otra, a las inversiones rentables.
Esas
tendencias contradictorias podrían hacer posible un intercambio
intergeneracional mutuamente ventajoso a nivel mundial entre las
poblaciones envejecidas de los países desarrollados y el fuerte
crecimiento de la población joven en los nuevos polos de crecimiento.
Tal intercambio debería traducirse en el hecho de que los países
capitalistas desarrollados inviertan masivamente en ese crecimiento de
los nuevos polos mediante transferencias de capital. Es aquí, sin
embargo, que se plantean los colosales
problemas de gobernanza para dominar los riesgos de esa
interdependencia.
Al
mismo tiempo, la globalización refuerza los efectos nocivos de las
inadaptaciones de lo político
Sostenido
por la globalización financiera, el neoliberalismo invierte la
jerarquía entre el mercado y la política establecida en el marco de
los Estados keynesianos del orden de Bretton Woods, que regulaba las
economías y que dominaba a las finanzas. Conducida en esas
condiciones, lo globalización ha llevado a un allanamientos del
Estado, que se manifiesta por el hecho de que las elecciones
colectivas, inscritas en los presupuestos democráticamente
elaborados, son sometidas a los juicios de los mercados como si fueran
elecciones privadas de un agente económico cualquiera. Ese
allanamiento del Estado dificulta extraordinariamente la posibilidad
de construir regulaciones transnacionales controladas por el conjunto
de los Estados. De aquí el déficit de políticas transnacionales,
que constituye otro handicap a la hora de controlar esa transferencia
intergeneracional.
En
efecto: tenemos, simultáneamente, fuentes de conflicto surgidas de la
incertidumbre financiera y riesgos medioambientales. Pero no hay orden
hegemónico capaz de organizar las relaciones internacionales, ni un
policentrismo cooperativo. Pues, aun si el unilateralismo americano
tiene una gran capacidad de dominación, carece de aptitudes para
organizar las relaciones internacionales. En cuanto a la cooperación
multilateral, se puede estimar que está, hoy por hoy, en su nivel más
bajo.
Este
déficit de regulación implica disfunciones mayores...
La
primera es el fracaso total del proyecto G7 de poner por obra una
arquitectura financiera internacional destinada a aportar una solución
a las crisis internacionales. Eso lleva a un debilitamiento de la
legitimidad del FMI y a la perpetuación de las rivalidades en torno
de la deuda internacional. El ejemplo más flagrante de lo cual es la
Argentina.
La
otra disfunción mayor es la acumulación de desequilibrios
financieros globales, que reflejan las discordancias en los objetivos
de política económica y provocan peligrosas derivas, cuyas
consecuencias se verán en los años venideros: fuga hacia delante de
los EEUU en los déficit, tomando al resto del mundo como rehén;
fuertes distorsiones estructurales de alto riesgo social en el
crecimiento de los nuevos polos que son China y la India. En cuanto a
Europa, su incapacidad para generar un crecimiento autónomo, para dar
a sus ciudadanos de sus distintos países una prosperidad común que
les permitiera concebirse como miembros o partes de una misma entidad,
le impide convertirse en una potencia política capaz de pesar en el
mundo y capaz de inducir una gobernanza mundial, en el sentido de un
mundo multipolar. Apuntar al crecimiento potencial debería ser hoy la
prioridad esencial.
La
prosperidad económica y la identidad política: la doble impotencia
de Europa
La
zona euro está metida en el círculo vicioso del bajo crecimiento...
Cinco
características estructurales son recurrentes desde el desplome bolsístico
del año 2000:
*
crecimiento de la demanda interior anémica en los tres grandes países
de la zona: Alemania, Francia, Italia;
*
debilidad de la progresión de las rentas salariales;
*
reducción de los costos salariales por unidad, bajo el efecto de la
concurrencia internacional, haciendo que las inversiones de las
empresas se limiten a tratar de enjugar los retrasos de productividad
acumulados desde 2001, lo que, al no desarrollar nuevas capacidades de
producción, deja de generar potencial de crecimiento;
*
unas tasas de interés real a largo plazo, débiles en apariencia,
pero en realidad sistemáticamente superiores a la tasa de crecimiento
de hecho del crecimiento anémico que se da en la mayor parte de los
granes países de la zona euro, signo de una política monetaria
insuficientemente sensible a la subutlización de los recursos. El
objetivo de inflación construido sobre la mediana de los países de
la zona euro, contando todos igual, con independencia de su sus
dimensiones, en la determinación de la política monetaria, es un
handicap muy serio. Una política acomodaticia para España o para
Irlanda es indebidamente restrictiva para Alemania e Italia;
*
unas políticas presupuestarias encajonadas entre dos desastres:
demasiado limitadas para ejercer un efecto dinámico sobre la demanda,
pero no lo bastante para lograr la consolidación presupuestaria
prevista en el pacto de estabilidad. Es una fuente conflictos entre
los países que no puede ser regulada por un ejecutivo económico
capaz de elaborar una política presupuestaria concertada para la zona
en su conjunto. Los pequeños a los que no les va mal acusan a los
otros de no respetar el pacto, cuando lo que necesitarían éstos últimos
es una política activadora de la demanda interior. El pacto de
estabilidad es contrario a esa política, pero no puede impedir que se
padezca un déficit a causa de la insuficiencia de la demanda
interior. Al final, la situación es muy negativa. ¿Por qué?
Una
gobernanza europea fundada en reglas de concurrencia, parálisis de la
política macroeconómica
Esta
situación es el resultado de la aplicación de la doctrina
preconizada por la Comisión europea y aceptada por los gobiernos de
la Unión. Se puede resumir así. Para relanzar el crecimiento, es
necesario adoptar políticas de oferta, es decir, políticas
estructurales, definidas al nivel nacional en una lógica de cada quién
para sí, y aplicar el pacto de estabilidad. Esa doctrina es
completamente falsa. Puede funcionar para los pequeños países, pero
no para los grandes. Si el mundo estuviera gobernado por científicos,
tal acúmulo de errores y de disfunciones habría llevado a cambiar de
teoría, pero en el mundo político el empecinamiento en el error es
de todo punto posible.
Actualmente,
Europa no dispone de mecanismos macroeconómicos para que las políticas
estructurales nacionales y el pacto de estabilidad basten para
relanzar el crecimiento. Para que esto ocurriera, sería necesario
reunir tres condiciones que no se dan:
*
para que una consolidación presupuestaria asociada a las políticas
estructurales pueda relanzar el crecimiento haría falta una respuesta
fuerte de las tasas de interés. Porque los ahorros europeos tienen
aversión al riesgo y la política monetaria es inerte. Las tasas de
interés no bajan más porque el Banco Central Europeo no reacciona a
los esfuerzos de los países en materia de reducción del déficit
presupuestario.
*
el vínculo que supone una respuesta del consumo y de la inversión a
las tasas de interés (la baja de la tasas crea un dinamismo de la
demanda privada, del consumo y la inversión) no puede funcionar
porque presupone un sistema financiero que no tenemos. Eso implicaría
tasas de interés variables o comportamientos de renegociación de los
préstamos con las técnicas adecuadas de transferencia de riesgo.
*
En din, sería necesaria una respuesta fuerte de la productividad y
del empleo a la demanda interior: pero, desgraciadamente, la difusión
de las TIC en las empresas ha sido lenta, y lo que más obsesiona a
las empresas es la compresión de los costes.
La
conclusión de todo esto es que Europa no puede relanzar el
crecimiento sin una coordinación de las políticas macroeconómicas
al nivel de la zona euro, sin un gobierno económico a ese nivel, es
decir, desde luego no por la vía de la política de la oferta llevada
a cabo cada quién por su lado, política condenada de antemano al
fracaso. Este es un problema fundamental. ¿Por qué no podemos ir
hacia una coordinación de las políticas macroeconómicas, esto es,
ir en el sentido de un gobierno económico? ¿Por qué es tan difícil
de instituir ese gobierno económico a escala europea?
Nos
enfrentamos a un conflicto de doctrinas sobre la fundación de la
identidad europea
Quien
dice gobierno económico, dice soberanía compartida. Ahora bien;
estamos frente a un conflicto de doctrinas sobre la fundación de la
identidad europea. Es preciso tomarle bien la medida a ese problema.
Hoy existen dos modelos, dos concepciones de la identidad europea. La
primera está constituida por el modelo neoliberal de concurrencia
mutua entre las naciones europeas. Está sostenida por la Gran Bretaña,
y los nuevos países se la tragan. Es la afirmación de las
preferencias nacionales y el rechazo de las soberanías compartidas.
La segunda concepción, sostenida por los fundadores de la Unión
Europea, preconiza la construcción de dominios de soberanía
transnacional con una puesta en común de las capacidades estratégicas
de los Estados, a fin de constituir una potencia política de
envergadura global en un mundo multipolar.
¿Cómo
superar el conflicto entre esas dos doctrinas?
Durante
mucho tiempo, se ha cerrado los ojos frente a esa coexistencia. Pero
la llegada del euro enfocó el proyector sobre esta incoherencia. Hoy,
esas dos representaciones contradictorias no pueden ya seguir
coexistiendo por mucho más tiempo. Las posibilidades de compromiso se
reducen con las actuales instituciones. Cuanto más debe la acción
política movilizar recursos transnacionales para lograr eficacia,
tanto más choca con la fuente de legitimación, que sigue siendo
nacional. Pero la adhesión de las opiniones públicas a un proyecto
de Europa no puede sino venir de la afirmación rotunda de que sólo
la acción coordinada y colectiva puede traer la prosperidad económica.
Y eso está lejos de resultar evidente para los países pequeños y
para los recién llegados
En
conclusión, una Europa de configuración variable, con un núcleo
duro de soberanía compartida, parece la única vía que pudiera
permitir desarrollarse al modelo cooperativo y darle los medios para
satisfacer las condiciones de un relanzamiento de la demanda, y así,
del crecimiento a una escala europea. En pocas palabras: hacer avanzar
la construcción de Europa.
(*)
Michel Aglietta, fundador de la llamada "escuela regulacionista"
en economía, es un especialista mundialmente reconocido en mercados
financieros.
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