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El
otro huracán
Por Mike Davies (*)
ZNet,
diciembre 2005
La génesis
de dos huracanes seguidos de categoría cinco (Katrina y Rita) por encima
del Golfo de México constituyen un acontecimiento preocupante y sin
precedentes. Pero para la mayoría de los meteorólogos, la auténtica
“tormenta de la década” tuvo lugar en marzo de 2004. El huracán
Catarina, que recibió su nombre del estado de Santa Catarina, en el sur
de Brasil, en donde tocó tierra, fue el primer huracán del Atlántico
Sur del que se tiene constancia.
Durante
mucho tiempo, los cánones de la meteorología habían excluido la
posibilidad de un suceso tal. De acuerdo con los expertos, las
temperaturas del mar eran demasiado bajas, y el gradiente transversal del
viento demasiado potente para que una depresión tropical se convirtiera
en un ciclón al sur del ecuador atlántico. De hecho, los meteorólogos
no daban crédito a sus ojos cuando los satélites meteorológicos
transmitieron las primeras imágenes del clásico disco arremolinado con
un ojo bien formado, en estas latitudes prohibidas.
El
origen y el significado de Catarina se han debatido recientemente en una
serie de reuniones y publicaciones. Hay una cuestión crucial que es la
siguiente: Catarina, ¿fue simplemente una curiosa fluctuación estadística
en la meteorología del Atlántico Sur (comparable a la Copa de Europa que
se le escapó en 1986 al FC Barcelona, al fallar todos los lanzamientos de
la tanda de penaltis contra el Steaua de Bucarest) o fue, por el
contrario, un acontecimiento límite que señalaba un cambio de estado
abrupto y fundamental en el sistema climático del planeta?
Los
debates científicos sobre el cambio ambiental y el calentamiento global
hace tiempo que están bajo el espectro de la no linealidad. Los modelos
climáticos, al igual que los modelos econométricos, son más fáciles de
construir y de comprender cuando son simples extrapolaciones lineales de
un comportamiento pasado bien cuantificado; es decir, cuando se mantiene
la proporcionalidad entre causas y efectos.
Pero,
de hecho, todos los principales componentes del clima global – aire,
agua, hielo y vegetación – son no lineales. Cuando se alcanza un
determinado punto crítico pueden pasar de un estado de organización a
otro, con consecuencias catastróficas para unas especies demasiado
adaptadas a las antiguas normas. Sin embargo, hasta principios de los años
90 se pensaba en general que estas transiciones climáticas importantes
tardaban siglos, incluso milenios, en realizarse. Ahora, gracias a que
hemos descodificado unas señales sutiles en los núcleos de hielo y en
los sedimentos de los fondos marinos, sabemos que, en determinadas
circunstancias, las temperaturas globales y la circulación oceánica
pueden cambiar repentinamente, en una década o incluso en menos.
El
ejemplo paradigmático es el suceso conocido como “Younger Dryas”,
hace 12.800 años, cuando un dique de hielo se colapsó liberando un
inmenso volumen de agua de deshielo, que procedente del Manto de Hielo
Laurentino, que estaba en retroceso, fue a parar al Océano Atlántico a
través del Río de San Lorenzo, creado instantáneamente. Este
“refrescamiento” del Atlántico Norte suprimió el aporte de agua cálida
por medio de la Corriente del Golfo, y provocó en Europa una glaciación
que duró mil años.
Los
mecanismos que actúan como disparadores en el sistema climático, por
ejemplo los cambios relativamente pequeños en la salinidad del mar, se
ven exacerbados por bucles causales que actúan como amplificadores. Tal
vez el ejemplo más famoso sea el albedo del hielo marino: las enormes
extensiones de hielo blanco congelado en el Océano Ártico reflejan el
calor, devolviéndolo al espacio, aportando una retroalimentación
positiva a las tendencias de enfriamiento; por otra parte, el hielo marítimo
en disminución aumenta la absorción de calor, con lo cual se acelera su
propia desaparición y el calentamiento global.
Umbrales,
disparadores, amplificadores, caos – la geofísica actual asume que la
historia de la Tierra es inherentemente revolucionaria. Ésta es la razón
por la que muchos destacados investigadores, especialmente los que
estudian temas como la estabilidad del manto de hielo y la circulación
del Atlántico Norte, han tenido siempre reparos con respecto a las
proyecciones consensuadas del Panel Intergubernamental sobre el Cambio
Climático (IPCC, siglas en inglés), la autoridad mundial en materia de
calentamiento global.
A
diferencia de los creacionistas pro-Bush y los serviles de las empresas
petroleras, el escepticismo de estos investigadores se basa en el temor a
que los modelos del IPPC no tengan suficientemente en cuenta la
posibilidad de sucesos catastróficos no lineales como el “Younger Dryas”.Mientras
algunos investigadores basan su modelo del clima de finales del siglo XXI,
con el que tendrán que vivir nuestros hijos, en los precedentes del
Holoceno tardío (la fase más cálida del actual periodo geológico, hace
8000 años), o del Eemiense (el anterior episodio interglaciar, aún más
cálido, hace 120.000 años), un número creciente de geofísicos juegan
con las posibilidades de que un calentamiento desbocado devuelva a la
Tierra al caos tórrido del Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM,siglas
en inglés, hace 55 millones de años), cuando el calentamiento extremo y
acelerado de los océanos dio lugar a extinciones masivas.
Hay
pruebas nuevas y dramáticas de que podríamos estar abocados, si no a un
pavoroso y casi inconcebible PETM, sí a un aterrizaje bastante más duro
del que prevé el IPCC.
Hace
tres semanas, volando hacia Luisiana y el desastre del Katrina, estuve
leyendo la edición del 23 de agosto de EOS, el boletín de la Unión Geofísica
Americana. Me dejó de una pieza el artículo titulado “El sistema ártico
se encamina hacia un estado nuevo, estacionalmente libre de hielo”, una
colaboración de 21 científicos procedentes de casi otras tantas
universidades y centros de investigación. Incluso dos días más tarde,
vagando entre las ruinas del “Lower Ninth Ward”, me di cuenta de que
estaba más preocupado por el artículo de EOS que por las calamidades que
me rodeaban.
El
artículo comienza explicando unas tendencias que les resultarán
familiares a cualquier lector de la sección de ciencia que aparece el
martes en el “New York Times”: Desde hace casi 30 años, el hielo ártico
se está haciendo más delgado y está encogiendo de forma tan dramática
que “tener un Océano Ártico sin hielo estival en el plazo de un siglo
es una posibilidad real”. Sin embargo, los científicos añaden un
observación nueva: que este procesa probablemente es irreversible.
Sorprendentemente, es difícil identificar un solo mecanismo de
retroalimentación en el Ártico que tenga la potencia o velocidad
suficiente para alterar el curso actual del sistema.
Un
Océano Ártico sin hielo es algo que no se ha dado en el último millón
de años, y los autores advierten que la Tierra se dirige inexorablemente
hacia un estado “súper-interglaciar, sin parangón entre las
fluctuaciones glaciales-interglaciares que han prevalecido durante la
historia reciente de la Tierra.”Insisten en que, en el plazo de un
siglo, el calentamiento global probablemente excederá la temperatura máxima
del Eemiense, dejando inservibles los modelos que convertían este hecho
en su escenario esencial. También sugieren que el colapso total o parcial
de la capa de hielo de Groenlandia es una posibilidad real - un
acontecimiento que sin lugar a dudas tendría sobre la Corriente del Golfo
un efecto como el del “Younger Dryas”.
Si
estos científicos están en lo cierto, entonces estamos viviendo en el
equivalente climático de un tren desbocado que va cogiendo velocidad a
medida que pasa por unas estaciones señaladas como “Holoceno tardío”
y “Eemiense”. Además, hablar de un “estado sin parangón” quiere
decir que no sólo estamos dejando atrás los muy favorables parámetros
climáticos del Holoceno, los últimos 10.000 años de clima cálido y
benigno que han favorecido el crecimiento explosivo de la agricultura y la
civilización urbana, sino también los del final de Pleistoceno, que
propiciaron la evolución del homo sapiens en África oriental.
Naturalmente,
otros investigadores pondrán en duda las extraordinarias conclusiones del
artículo de EOS, y sugerirán – o al menos esperamos que lo hagan –
la existencia de fuerzas que proporcionen un contrapeso a la catástrofe
del albedo ártico. Pero de momento la investigación sobre el cambio
global apunta hacia escenarios que representan el peor caso posible.
Todo
esto es, por supuesto, un homenaje perverso al capitalismo industrial y al
imperialismo extractivo, fuerzas geológicas tan extraordinarias que en
poco más de dos siglos, de hecho, esencialmente en los últimos cincuenta
años, han conseguido echar a la Tierra de su pedestal climático e
impulsarla hacia una no linealidad desconocida.
Dentro
de mí hay una vocecilla que dice: a disfrutar, que son cuatro días. Para
qué preocuparnos por Kioto, el reciclado de nuestras latas de aluminio o
el excesivo consumo de papel del váter si dentro de nada vamos a estar
debatiendo sobre cuántos cazadores-recolectores pueden sobrevivir en los
abrasadores desiertos de Nueva Inglaterra o en los bosques tropicales del
Yukon.
Pero
el buen padre que hay dentro de mí exclama: ¿cómo es posible que
podamos estar analizando con seriedad científica si los hijos de nuestros
hijos tendrán, a su vez, hijos? Que Exxon responda a ello en uno de sus
anuncios mojigatos.
(*)
Mike Davis es autor de muchos libros, entre ellos City of Quartz, Dead
Cities and Other Tales, así como el recien publicado Monster at Our Door,
The Global Threat of Avian Flu (The New Press) y Planet of Slums (Verso),
de próxima aparición.
[Este artículo apareció por primera vez en
Tomdispatch.com, un weblog del Nation Institute, que ofrece un flujo
continuo de fuentes y noticias alternativas, y la opinión de Tom
Engelhardt, editor desde hace años y co-fundador del American Empire
Project y autor de The End of Victory Culture.]
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