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Se
avecinan guerras por los recursos
Por
Michael T. Klare (*)
La
Jornada, 19/03/06
Traducción
de Ramón Vera Herrera
Es
oficial: la era de las guerras por los recursos está próxima. En una
importante declaración pública, el secretario de Defensa británico,
John Reid, advirtió que al combinarse los efectos del cambio climático
global y los mermados recursos naturales se incrementa la posibilidad de
conflictos violentos por tierras, agua y energía. El cambio climático,
indicó, "hará más escasos los recursos y el agua limpia, y la
tierra agrícola en buen estado será más escasa". Esto generará
que la emergencia por conflictos violentos sea más probable".
Aunque
existen precedentes, la predicción de un surgimiento de conflictos por
los recursos, en boca de Reid, es significativo, debido al alto rango
oficial que respalda sus expresiones y a la vehemencia de éstas. "La
cruda verdad es que la falta de agua y de tierra de sembradío es un
factor significativo que contribuye al trágico conflicto que se
desarrolla en Darfur", declaró. "Debemos tomarlo como señal de
alerta".
Es
más fácil que surjan estos conflictos por recursos en países en
desarrollo, indicó Reid, pero los países avanzados y acaudalados no
necesariamente se salvarán de los efectos dañinos y desestabilizadores
del cambio climático global. En un momento en que sube el nivel del mar,
cuando el agua y la energía comienzan a ser más y más escasos, cuando
las fértiles pero escasas tierras de labor se vuelven desiertos, las
guerras mortíferas por el acceso a los recursos vitales terminarán
siendo un fenómeno global.
El
discurso de Reid, pronunciado en la prestigiosa Chatham House, de Londres
(equivalente británico del Consejo de Relaciones Exteriores), es la más
reciente expresión de una tendencia, creciente en círculos estratégicos,
que considera a los efectos por desajustes en el ambiente y los recursos
(no la orientación política o la ideología) como la mayor fuente de
conflictos armados futuros.
El
momento en que crece la población mundial, se disparan las tasas de
consumo, desaparecen rápidamente las fuentes de energía y el cambio climático
erradica valiosas tierras de cultivo, fija el escenario para luchas
persistentes por el mundo en pos de los recursos vitales. La lucha política
o religiosa no desaparecerá del escenario, pero será canalizada a la
competencia por agua, alimentos y energía.
Antes
del discurso de Reid, la expresión más significativa de esta perspectiva
fue el informe preparado en octubre de 2003 por una consultora, con sede
en California, para el Departamento de Defensa estadounidense. Con el título
de Un escenario de abrupto cambio climático y sus implicaciones para la
seguridad nacional de Estados Unidos, el informe advierte que son amplias
las probabilidades de que este fenómeno genere repentinos sucesos
ambientales cataclísmicos por encima de un incremento gradual (por tanto
manejable) de las temperaturas promedio. Dichos sucesos podrían incluir
un incremento sustancial del nivel del mar, intensas tormentas y
huracanes, y regiones en sequía, con grandes ventarrones de polvo a
escala continental. Esto dispararía agudas batallas entre los
supervivientes de estos efectos por el acceso a comida, agua, tierra
habitable y fuentes de energía.
"La
violencia y perturbación originadas por las tensiones que crean los
abruptos cambios del clima implican un tipo diferente de amenaza a la
seguridad nacional de lo que conocemos hoy", se anota en el informe.
"Pueden surgir confrontaciones militares debido a la necesidad
imperiosa de recursos naturales tales como energía, alimento o agua, y no
tanto por conflictos ideológicos, religiosos o de honor nacional".
Hasta
ahora, este tipo de análisis no ha captado la atención de quienes diseñan
las políticas estadounidenses o británicas. La mayoría insiste en que
las diferencias ideológicas y políticas –el choque entre los valores
de la tolerancia y la democracia, por un lado, y las formas extremistas
del Islam, por el otro– siguen siendo los principales motores de
conflicto internacional. Sin embargo, el discurso de Reid sugiere que se
gesta un viraje importante en el pensamiento estratégico. Los peligros
ambientales pueden dominar pronto la agenda mundial de la seguridad.
Este
viraje se debe en parte al creciente peso de las evidencias que señalan
el papel humano en la alteración de los sistemas climáticos básicos del
planeta. Estudios recientes muestran una reducción rápida de las capas
de hielo polar, acelerado derretimiento de glaciares en América del
Norte, mayor frecuencia de huracanes, entre otros efectos, pero todo prevé
que ya comenzaron los dramáticos cambios del clima, potencialmente dañinos.
Lo más importante, concluyen los estudios, es que la conducta humana
–sobre todo la utilización de combustibles fósiles en fábricas,
plantas de energía y automotores– es la causa más probable de tales
cambios. Esta evaluación puede no haber penetrado aún en la Casa Blanca
y otros bastiones de un pensamiento "que tiene la cabeza en la
arena", pero es claro que cobra fuerza entre los científicos y
analistas del mundo.
Peligro
social del cambio climático
En
gran medida, la discusión pública del cambio climático tiende a
describir sus efectos como un problema ambiental –una amenaza contra el
agua segura, la tierra fértil, los bosques templados, ciertas
especies–. Por supuesto, el cambio climático es una gran amenaza para
el ambiente; de hecho es la mayor amenaza imaginable. Pero considerar el
cambio climático sólo como problema ambiental no hace justicia a la
magnitud de los peligros que entraña. Como lo esclarecen el discurso de
Reid y el estudio del Pentágono, el mayor peligro no es la degradación
de los ecosistemas per se, sino la desintegración de sociedades enteras,
lo que produciría una hambruna descomunal, migraciones masivas y
recurrentes conflictos por los recursos.
"Conforme
las enfermedades, la hambruna y los desastres relacionados con el clima
golpeen, debido al abrupto cambio climático –anota el informe del Pentágono–,
muchas necesidades de los países excederán la capacidad de lidiar con
ellos, es decir, la capacidad de proporcionar requisitos mínimos para la
supervivencia humana. Esto "creará un sentido de desesperación, que
muy probablemente conducirá a la agresión ofensiva" contra los países
que cuenten con un abasto mayor de recursos vitales. "Imaginen a los
países de Europa oriental que luchan por alimentar a sus poblaciones ante
la caída de los suministros de comida, agua y energía: mírenlos vigilar
a Rusia, cuya población va en descenso, para tener acceso a granos,
minerales y fuentes energéticas".
Escenarios
semejantes se replicarán por el planeta conforme aquellos que no cuentan
con los medios para sobrevivir invadan o migren a lugares de mayor
abundancia –lo que producirá luchas interminables entre quienes
"tienen" y quienes "no tienen" recursos.
Es
esta perspectiva, más que nada, lo que preocupa a John Reid. En
particular, expresó preocupación por la inadecuada capacidad de los países
pobres o inestables para lidiar con los efectos del cambio climático, y
por el riesgo resultante de colapsos estatales, guerras civiles y migración
masiva. "Más de 300 millones de personas en Africa carecen
actualmente de agua segura", observó, y "el cambio climático
agravará esta situación", lo que generará guerras como en Darfur.
Aun en el caso de que estos desastres sociales ocurran en los países en
desarrollo, los países ricos también se verán atrapados, sea por
participar en operaciones de mantenimiento de la paz o de ayuda
humanitaria, por frenar a los migrantes indeseados o por luchar para
acceder a fuentes extranjeras de alimento o petróleo.
Cuando
uno lee sobre estos escenarios de pesadilla es fácil convocar imágenes
de gente hambrienta, desesperada, que se mata con cuchillos, estacas o
garrotes –como ocurrió en el pasado y como podría ocurrir–. Pero
estos escenarios también avizoran el uso de armas letales. "En este
mundo de estados guerreadores", el informe del Pentágono predice:
"es inevitable la proliferación de armas nucleares". Conforme
desaparezca el petróleo y el gas natural, más países confiarán en la
energía nuclear para responder a sus requerimientos –y esto
"acelerará la proliferación nuclear conforme los países
desarrollen capacidades de reprocesamiento y enriquecimiento de metales
para garantizar su seguridad".
Pese
a ser especulativos, los informes dejan algo claro: cuando se piense en
los efectos del cambio climático debemos enfatizar sus consecuencias
sociales y políticas tanto como sus efectos ambientales. Una sequía, una
inundación o una tormenta pueden matarnos, seguramente lo harán, pero
también las guerras entre supervivientes de las catástrofes cuando
peleen por las sobras de comida, agua y refugio. Como lo indica Reid, no
importa qué tan acaudalada sea una sociedad, no escapará a estas formas
de conflicto.
Podemos
responder a estas predicciones en dos formas: confiando en las
fortificaciones y la fuerza militar para contar con cierto grado de
ventaja en la lucha global por los recursos, o dando los pasos
significativos para reducir el riesgo de un cambio climático cataclísmico.
Sin
duda habrá muchos políticos y expertos –especialmente en Estados
Unidos– preocupados en impulsar la superioridad de la opción militar,
enfatizando la preponderancia de la fuerza con que cuenta ese país.
Argumentarán que fortificando las fronteras y costas para frenar la
entrada de migrantes indeseables y luchando por las fuentes de crudo
necesarias, podremos mantener nuestro privilegiado nivel de vida durante más
tiempo que otros países menos dotados de instrumentos de poder. Tal vez
así sea. Pero la penosa guerra en Irak, que no parece concluir, y la
fallida respuesta ante el huracán Katrina muestran qué tan ineficientes
son estos instrumentos cuando se confrontan con la dura realidad de un
mundo que no perdona. Y como nos recuerda el informe del Pentágono,
"las batallas constantes por recursos que disminuyen, reducirán los
recursos todavía más de lo que se reduzcan por los efectos climáticos".
La
superioridad militar puede darnos una ilusión de ventaja en las luchas
venideras, pero no puede protegernos de los estragos del cambio climático.
Aunque estemos mejor que Haití o México, también sufriremos las
tormentas, las sequías y las inundaciones. Conforme los socios
comerciales se sumerjan en el caos, nuestras importaciones de alimentos,
materia prima y energía desaparecerán también. Es cierto, podemos
establecer puestos militares en algunos sitios para garantizar el flujo de
materiales críticos, pero el precio siempre irá en aumento en sangre y
recursos necesarios para pagar esta empresa y eventualmente nos rebasará
y destruirá. En última instancia, nuestra única esperanza para un
futuro seguro y garantizado yace en una sustancial reducción de las
emisiones de gases de efecto invernadero y en trabajar con el mundo para
frenar el ritmo del cambio climático global.
(*)
Michael T. Klare es profesor de estudios sobre la paz y la seguridad
mundiales en el Hampshire College, y es autor de los libros Resource wars
y Blood and oil. Publicado en TomPaine.com
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